jorgeorozco6
Usuario (México)
Don Mitro le contó a su amigo: “Tengo un problema con mi esposa: nunca me hace piojito cuando se lo pido”. Responde, pensativo, el otro: “Extraño comportamiento es ése. Si te hace güey no veo por qué no te quiera hacer piojito”. (Para beneficio de mis cuatro lectores en el extranjero diré que en México “hacer piojito” es un mimo consistente en rascar delicadamente con un dedo la cabeza de alguien. Un hombre estaba casado con una bruja. Cierta noche le pidió: “Hazme piojito”. Desde entonces nadie lo ha vuelto a ver, pero algunos lo han sentido. Por otra parte, “hacer güey” a alguien es engañarlo)... El abogado defensor se dirigió al jurado, formado exclusivamente por varones. Les preguntó con magnílocuo acento: “¿Permitirán ustedes, señores del jurado, que la acusada, esta joven y hermosa viuda sin familia ni amigos, languidezca en una prisión, en vez de esperar que llegue algún amable y compasivo caballero a consolarla de las horas de soledad y sin amor que pasa en su coqueto apartamentito del número 225 de la calle 45 sur, reclinada en un acogedor diván junto a su teléfono, el 1567-983-45024?”… En el parque dos niños se hicieron de palabras. Pepito, aunque no los conocía, los incitó por separado a que no se dejaran, y luego los convenció de dirimir aquella diferencia en un duelo a trompadas. Ya en la liza del combate les dijo: “Quítense las chaquetas y las camisas. Son muy finas, de marca. Podrían romperlas, y luego los regañarían sus papás”. Ante esos razonables argumentos los beligerantes siguieron el consejo. En lo más recio de la batalla Pepito cogió las prendas de los dos y se echó a correr. Un señor que había seguido las acciones le comentó a su vecino de banca: “No cabe duda: ese niño va a ser abogado”… Un caballero de más de 80 años fue acusado de violación. Ante el juez, su abogado hizo que el valetudinario señor se bajara el pantalón y lo demás, y luego le pidió a la acusadora que hiciera tocamientos, sobos, roces y manipulaciones en la parte corporal que en los términos de la acusación el señor había usado para cometer su ilícito. Se dirige el defensor al juez y le dice: “¿Lo ve, su señoría? La evidencia no se sostiene”… Un tipo le comentó a su amigo: “Mi esposa contrajo un raro virus que provoca tartamudez. Lo que me preocupa es que ese virus se trasmite por la vía sexual, y me pregunto dónde lo contraería”. Responde el amigo: “¿Co-co-cómo di-di-dices?”… Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, fue a una fiesta e invitó a bailar a una señora. “Se ve usted bien borracho” -le dice ella. “Es usted muy amable, hermosa dama -contesta Garrajarra-. Y sobrio me veo mejor”... Don Astasio llegó a su casa cuando no se le esperaba. Entró en la recámara y vio un cuadro que lo dejó patidifuso: su joven esposa se hallaba en el lecho, y en el centro de la habitación estaba un tipo sin nada de ropa encima. Antes de que el estupefacto don Astasio pudiera articular palabra le dice el individuo: “Qué bueno que llegó usted, señor mío. Soy el abogado del banco, y le estaba diciendo a su esposa que así como estoy yo lo vamos a dejar a usted si no nos paga el saldo de su tarjeta de crédito”... Llegaron los recién casados a la suite nupcial donde pasarían la noche de bodas. El novio, muy nervioso, no acertaba a meter la llave en la cerradura de la habitación. Le dice con inquietud su flamante mujercita: “Quizá mejor dejamos para mañana lo de la noche de bodas, Leovigildo. Con esa puntería...”… Don Usurino, el avaro del pueblo, tenía un hijo. Único hijo, claro, pues hasta en eso quiso ahorrar el viejo cutre. Ignoraba que el dinero es como el abono que se pone a la tierra para que dé más fruto: no sirve si no se distribuye. Sucedió que el muchacho fue a cenar con su novia. A su regreso le preguntó don Usurino, inquieto: “¿Cuánto costó la cena?”. Responde el chico: “60 pesos por los dos”. “¡Vaya! -suspira con alivio el viejo cicatero-. No fue mucho”. Explica el muchacho: “Es todo lo que ella traía”. (¡Ah, joven matatías, llevas los mismos pasos que tu roñoso padre! Alguna vez quizá serás como el famoso Howard Hughes. Un periodista lo llamó “millonario perverso, paranoico, megalómano, soberbio e inmoral”. Irritado exclamó Hughes: “¡Ese hombre me insulta! ¡Soy billonario!”)... El asaltante apunta con su pistola a la cajera del restorán de comida rápida, y le ordena con tono amenazante: “¡Deme el dinero!”. Pregunta la muchacha: “¿Es para llevar?”... Pepito, hijo de indocumentados, estudiaba en una escuela del sur de Estados Unidos. En la clase de matemáticas Miss Chievous, la maestra, le pidió a un alumno: “A ver, Johnny: dame un número formado por dos dígitos”. Respondió el niño: “15”. “¿Y por qué no 51?” –replicó ella, burlona. Se vuelve la profesora hacia otro niño. “Timmy –le dice-. Dame otro número formado por dos dígitos”. “84” –contesta el chiquillo. Otra vez le dice la profesora en tono de chunga: “¿Y por qué no 48?”. Se dirige la maestra a Pepito: “Dame tú también un número formado por dos dígitos”. Responde el chiquillo sin vacilar: “22”. Con acento burlón repite Miss Chievous: “¿Y por qué no… ¡Pepito! ¡A mí no me vengas con esos trucos de mexicano!”…