irreverente69
Usuario (España)
Entre tanta basura y tanto ruido!Os traigo un poco de musica española, actual y fuera de todo lo comercial. Espero que os guste y que alguna te lleves, saludosTítulo: ‘Simulacro’Artista: Rafael BerrioIncluida en: ’1971′ (Warner, 2010)Título: “I’ll Be Around”Artista: The Gramophone AllstarsIncluida en: "Simbiosi" (Liquidator Music 2010)Título: ‘Swastika sweetheart’Artista: LügerIncluida en: ‘Lüger’ (Giradiscos, 2010)Título: "Mar el poder del mar"Artista: Facto Delafe y las flores azules Incluida en: vs Las Trompetas de la Muerte (2010)Título: ‘Las pistas falsas conducen al desamor’Artista: The Secret SocietyIncluida en: ‘Peores cosas pasan en el mar’ (Gran Derby, 2011)Título: "Del monton" Artista: Señor ChinarroIncluida en: (Presidente 2011)Título: ’Dice la gente’Artista: Kiko VenenoIncluida en: "Dice la gente (2010)"Título: "Better than nothing" Artista: Tasty GrooveTítulo: ‘Madrid’Artista: Ornamento y DelitoIncluida en: ‘Putas y cocheros’ (2009)
LOS ARGENTINOS -”ESOS CANALLAS QUE TAN BIEN ME CAEN”- POR JAIME BAYLY“Les reprochan a los argentinos que hablan mucho y se dan aires de sabihondos. Pues es eso precisamente lo que me hechiza de ellos: escucharlos decir sus chácharas, sus versos, sus embustes, sus trampas pendencieras, porque los argentinos más divertidos son siempre los más mentirosos y los más tramposos y los más canallas, esos son los que mejor me caen” dice Jaime Bayly, el escritor y animador y provocador y en una de esas candidato a presidente del Perú, sobre los argentinos.Por lo visto nos quiere mucho y nos retrata desde su mirada siempre propia. Salió en el diario La Nación de Chile, aquí el texto completo:Por Jaime Bayly:Me llevo bien con los argentinos a pesar de que en Sudamérica tienen fama de pedantes, de presumidos, de no sentirse sudamericanos sino europeos. Y Buenos Aires, aunque les duela a muchos sudamericanos acomplejados que tienen fobia a todo lo argentino (o sea fobia a mí también, porque soy argentino por elección, estadounidense por conveniencia y peruano por accidente), es sin duda la ciudad más europea de Sudamérica y, como a las grandes ciudades europeas, le ha pasado algo que no la ha hecho perder su esplendor, pero que la ha dotado de cierto riesgo, de peligro soterrado, de sordidez y morbo, y es que la que antes era una ciudad afrancesada se ha convertido en una ciudad no por europea menos sudamericana y tercermundista y mezclada de todas las sangres mestizas que las demás grandes ciudades del mundo.Del mismo modo que en Santiago hay miles de peruanos y bolivianos con fama de ladrones (y peruanas con fama de buenas nanas y cocineras), en Buenos Aires se entrevera un fascinante batiburrillo de europeos y bolivianos, de australianos y paraguayos, de canadienses y ecuatorianos, de gays holandeses refinados y gays sin un céntimo pero no por eso menos refinados que han escapado de algunos países centroamericanos como Honduras o Nicaragua o Panamá para afincarse en Buenos Aires y sentirse libres.Porque Buenos Aires, con sus días revueltos de protestas cotidianas y marchas incendiarias y energúmenos que se conjuran para interrumpir una calle sin que la policía haga nada, sigue siendo la ciudad más fascinante de Sudamérica, y también la más europea y tercermundista, porque en ella perviven las nobles tradiciones de los que esconden sus dineros centenarios, pero ahora tienen que cohabitar con las costumbres vocingleras de los invasores, los intrusos, los bolivianos, paraguayos, peruanos, centroamericanos, muchos de los cuales viven hacinados seis en un cuarto diminuto, apiñados como animales.A mí que no me hablen mal de los argentinos ni de la Argentina ni de los porteños siquiera, como si los mendocinos o los rosarinos o los cordobeses fuesen genéticamente mejores que los porteños: en lo que a mí respecta, todos los argentinos son divertidos, raros, bizarros, pintorescos, todos me caen bien; incluso los que me caen mal me caen bien porque me parecen personajes literarios.Les reprochan a los argentinos que hablan mucho y se dan aires de sabihondos. Pues es eso precisamente lo que me hechiza de ellos: escucharlos decir sus chácharas, sus versos, sus embustes, sus trampas pendencieras, porque los argentinos más divertidos son siempre los más mentirosos y los más tramposos y los más canallas, esos son los que mejor me caen. Todo argentino es entrenador de la selección de fútbol de su país (y si lo dejan, de la de España también).Todo argentino es presidente de su país (y si lo dejan, dictador de Cuba también). Todo argentino tiene el plan para que Estados Unidos salga de la crisis (y si lo dejan, para que el mundo entero también). Todo argentino es un profeta, un visionario, un iluminado. Todo argentino sabe. Sabe todo. Sabe más que nadie, más que vos y que yo y que cualquier boludo del orto.Todo argentino está de vuelta. Todo argentino tiene respuestas a todas las preguntas, incluso si no entiende las preguntas y si al responder ni él mismo entiende lo que está diciendo. Pero responde. Opina. Habla. Sentencia. Se la juega. Arma el equipo. Ordena el país. Gobierna el mundo. Gana las guerras. Divide a los buenos de los malos, a los decentes de los chantas.Y todo argentino habla y habla y habla y no para de hablar. Y no importa ya si lo que dice tiene sentido alguno (porque bien pronto uno advierte que todo carece de sentido y que el embrujo de la Argentina radica en que nada tiene sentido racionalmente y sin embargo todo es fascinante y hechicero y es allí donde quieres quedarte), lo que importa es que el argentino no para de hablar y tiene opiniones de todo y sobre todo y además opiniones enfáticas, terminantes, sin concesiones, atrabiliarias, opiniones en las que en dos minutos pone al mundo en orden y luego llega a su casa y la mujer lo manda al carajo y recién entonces se calla el argentino.Pero en la calle no se calla: en la calle, en los taxis, en los cafés, en las barras de los bares, en los colectivos, en ciertas esquinas del centro, el argentino habla y habla y está siempre dispuesto a hablar, a opinar, a tomar partido, a encenderse, a ponerse bilioso, agresivo, pasional, italiano, exasperado, a ponerse a gritar y a discutir con nadie, porque muchos hablan sin que nadie siquiera los escuche, pero es eso lo que me fascina del argentino: que no para de hablar y tiene una opinión concluyente y arbitraria sobre todo lo divino y lo humano y nada hace más feliz a un argentino, sea rico o pobre, macho o puto, vago o más vago, que sentarse en un lugar cualquiera, pedir empanadas y pasarse horas hablando y dándole un sentido al caos del mundo con el fragoroso y torrencial caos verbal que encierra a los argentinos en una suerte de gran torre de babel en la que todos hablan el mismo idioma y sin embargo nadie se entiende, nadie puede entenderse, porque cada uno se siente el dueño de la razón y entonces el argentino es por definición un hablador, un predicador, un charlatán, un mitómano, un embustero y, ante todo, un enemigo visceral del silencio y la conciliación, porque si bien todo argentino está dispuesto a hablar aunque nadie lo escuche, siempre prefiere discutir con otro y si es posible a los gritos y luego irse a los golpes y agarrarse a piñas y enseguida cada uno consigue a una pandilla de vándalos ambulantes y, ya dispuestos a matar y morir, los conjurados se enzarzan en una feroz riña callejera por algún asunto pasional (generalmente una pasión que tiene que ver con el fútbol o la política) y entonces el argentino, ya liado a golpes contra otro argentino, y sin recordar bien por qué comenzaron a pelear, revela que posee algo en sus genes histriónicos que no tenemos los demás sudamericanos: una fe ciega en sus opiniones (aun si no sabe lo que va a decir y se encuentra improvisando en medio del camino) y un coraje para morir en una batahola callejera defendiendo esas opiniones por las que está dispuesto a dar la vida pisoteado por un caballo de la policía que defecará sobre su cadáver heroico.