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Usuario (Argentina)
Queridos hermanos y hermanas: En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo. Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios». A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión. 1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad - Dios ofrece siempre novedad -, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahám abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada. 2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura - y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 1,9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia? 3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión. La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca:«Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.
Un nauseabundo caso de manipulación para dañar al Papa. Ahora, con sexo, luchas de poder y blanqueo de dinero como música de fondo. A unos días del cónclave, algunos medios, entre otros los españoles El País, El Mundo, y Religión Digital, “sacan a la luz” un informe hiper-ultra-requete-secreto que sólo conocen tres cardenales octogenarios y el Papa, y que está guardado en la caja fuerte pontificia, en caso de que tal caja exista. Son los tres cardenales (Herranz, Tomko y De Giorgi) a los que Benedicto XVI encargó estudiar la fuga de documentos del Papa (el caso Vatileaks). El Vaticano pidió una investigación judicial (externa) para determinar los posibles delitos relativos a esa fuga de documentos o revelados en ellos, y que acabó con la condena a Paolo Gabriele (mayordomo del Papa); al tiempo que abrió otra investigación interna para determinar, no los delitos, sino los pecados y corruptelas morales dentro de la Iglesia. Ahora bien, aunque el supuestamente demoledor informe es más secreto que la fórmula de la Cocacola, y en Italia es llamado “el padre de todos los dossieres”, resulta que una revista italiana dice que ha tenido acceso a su contenido, y que éste habla de blanqueo de dinero, de relaciones homosexuales con jovencitos del coro vaticano, de luchas de poder entre cardenales, de que Ben Laden (¡!) y la mafia estaban dentro del banco vaticano, y de que a Manolete lo mató una monja disfrazada de toro. Esto último aún no se ha publicado, pero será cuestión de días… Pero si el informe es tan hermético, ¿quién lo ha filtrado? Son tres las fuentes de tal noticia: 1º) El martes 19 de febrero, la revista Panorama, propiedad de Berlusconi, adelanta que este jueves (21) publicaría el informe, con el titular: El dossier que condicionará el Cónclave. Casualmente, Berlusconi vuelve a lanzarse a la carrera política contra Mario Monti, que ha sido recibido por Benedicto XVI en una de las últimas audiencias del Papa, y en la que quedó patente una vez más el trato de amistad que hay entre ambos y que jamás hubo con Il cavagliere. De hecho, Panorama ha sacado en portada, en uno de sus últimos números, una foto de Monti como James Bond, con el epígrafe “licencia para espiar”. Sobre la renuncia del Papa, ha titulado recientemente artículos como: “Renuncia del Papa: ¿vejez o complot?”; "Los obispos y la curia le han dejado solo"; “El último bofetón a Sodano”; “Ravasi contra Scola”; o “Dimisión para evitar el arresto”, en el que se hace eco de un bulo que dice que el Papa dimite para evitar un arresto por crímenes de lesa humanidad y la confiscación de todos los bienes de la Iglesia, tras una próxima orden de captura internacional. Dan Brown es, lisa y llanamente, un Cuentacuentos colegial al lado de esta gente. 2º) Dos días después, el jueves 21, el diario La Reppublica, publica un artículo titulado “Sexo y carrerismo, el chantaje en el Vaticano detrás de la renuncia del Papa”, firmado por Concita De Gregorio, ex directora del diario L’Unita, de línea editorial comunista y fundado por el marxista Gramsci en 1924. En un alarde de profesionalidad, De Gregorio no cita como fuente a Panorama, por más que utilice la información que el martes había adelantado esa revista, aliñándola con escándalos de hace años y datos de su propia cosecha, que tampoco se sabe de dónde salen. (Nota para españoles: en lo que se refiere a anticlericalismo y cristofobia, La Reppublica y L’Unita se llevan la palma en Italia). Los medios españoles e internacionales online se hacen eco de la noticia de forma inmediata, y hoy la llevan en sus ediciones de papel. En todos esos artículos se cita como fuente a La Reppublica, aunque ya nadie cita el informe de Panorama. 3º) Por último, hoy, el diario Ilsussidiario, publica una entrevista con el periodista que cubre la información del Vaticano (que no vaticanista) para Panorama, Ignazio Ingrao, autor del informe que ha publicado Panorama. En la entrevista, Ingrao denuncia que La Reppublica ha utilizado su información, aunque parezca una investigación propia, y que, ojo, el artículo de Panorama NO habla del contenido del dossier, sino de una “reconstrucción” de lo que podría poner el dossier. Dice Ingrao: “El artículo de Panorama es más equilibrado que el de La Reppublica; he tratado de dar una lectura menos sesgada de la realidad. Lo que hice fue reconstruir el método seguido por los tres cardenales 007 Julián Herranz, Jozef Tomko y Salvatore De Giorgi, que han hecho un trabajo muy minucioso, con una investigación de la situación general de la Curia y entrevistas a muchas personas”. Además, todos los medios dan por buena la versión de La Reppublica, o sea, que este informe existe, dice tales barbaridades y es lo que ha provocado la renuncia del Papa, a lo que Ingrao dice, por cierto, que no, que eso no ha sido lo determinante. O sea, que al final, el tal informe no se ha filtrado, ni dice nada de lo que dicen que dice. Los lectores sabrán, pero me parece que esta manipulación vil es como para que sea conocida y difundida. Al tiempo, pido desde aquí a Jesús Bastante, de Religión Digital; a Irene Hernández de Velasco, corresponsal de El Mundo en Roma; a Pablo Ordaz, de El País, así como a todos los periodistas españoles que se han hecho eco de lo que dice La Reppublica, que RECTIFIQUEN sus informaciones; que aclaren la verdadera fuente de la noticia; que se hagan eco de lo que dice Ingrao y que den a conocer a sus lectores que la información que están ofreciendo es sesgada, pues no habla de hechos, sino de una “reconstrucción”, que además se ha copiado de otro medio al que nadie cita. Por honestidad profesional, es lo menos que podéis hacer, compañeros. José Antonio Méndez
Quién es JesúsSegún el Evangelio de Marcos, un día Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le manifestaron las distintas opiniones de la gente sobre su persona. Pero, después, Jesús les hizo una segunda pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,27-29).Esta cuestión se sigue planteando hoy a todo hombre a quien llega la noticia sobre Jesús y su mensaje. Y hemos de advertir en seguida que se trata de una cuestión muy comprometedora, porque la respuesta que demos afectará necesariamente a nuestra vida.1. La historia de JesúsAnte todo hemos de decir que Jesús fue un personaje que existió realmente y que vivió hace ahora veinte siglos. Para reconstruir su historia contamos hoy con cuatro tipos de fuentes:- La historia civil romana: En efecto, los grandes historiadores romanos de los siglos I y II, Flavio Josefo, Tácito, Suetonio y Plinio, nos dan noticias sobre un nuevo movimiento religioso surgido en el seno del judaísmo y que, según ellos, fue fundado por un tal Jesús que murió ejecutado siendo procurador de Judea Poncio Pilato. - La literatura judía contemporánea: Los escritos de los rabinos judíos del siglo I nos permiten reconstruir la cultura, las costumbres y, sobre todo, la religión de la época de Jesús. - Los descubrimientos arqueológicos: Las excavaciones realizadas en este siglo nos han permitido conocer muy de cerca algunos lugares relacionados con la vida de Jesús. Son particularmente importantes los descubrimientos de Nazaret, Cafarnaúm y Jerusalén. - Los escritos del Nuevo Testamento: Se trata de las noticias conservadas por sus propios discípulos, puestas por escrito de veinte a sesenta años después de la muerte de Jesús. Ésta es la fuente más importante.Todas estas noticias no nos permiten reconstruir una biografía completa de Jesús, pero sí fijar una serie de datos históricos perfectamente justificados y fiables. Y esto es muy importante, ya que todo el valor del mensaje de Jesús reside precisamente en que Jesús haya existido. La historia de Jesús es parte esencial del Credo cristiano: «Nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, resucitó al tercer día…» Son todas afirmaciones de tipo histórico.a) El país de JesúsJesús fue un hombre de raza judía que nació, vivió y murió en el territorio que los romanos llamaban «Palestina» y que coincide casi exactamente con el moderno estado de Israel. ¿En qué situación se encontraba este país hace exactamente veinte siglos?Políticamente este territorio pertenecía al Imperio Romano. Palestina fue conquistada por las legiones romanas de Pompeyo en el año 63 antes de Cristo e incorporada a la provincia romana de Siria. Siguiendo su política de congraciarse con los pueblos conquistados, los romanos respetaron la religión judía con su culto y su organización sacerdotal. El año 37 a.C. confiaron el gobierno de Palestina a un idumeo, Herodes el Grande, que gobernó con el título de «rey aliado» hasta el año 4 a.C. en que murió. Fue un tirano sanguinario que asesinó incluso a varios miembros de su familia. En los últimos años de su reinado nacería Jesús. Cuando murió este rey, los romanos dividieron Palestina en tres partes, que confiaron a tres de sus hijos: Judea y Samaria (sur y centro) a Arquelao, que pronto sería destituido y sustituido por un procurador; Galilea (norte) a Herodes Antipas, y los territorios del nordeste del Jordán a Filipo. En los años de su vida pública, Jesús vivió bajo la jurisdicción de Herodes Antipas mientras estaba en Galilea, y bajo la jurisdicción del procurador Poncio Pilato cuando bajaba a la capital Jerusalén.La religión judía, basada en la Ley de Moisés y en los escritos de los Profetas, giraba en torno a dos instituciones: el gran Templo de Jerusalén, verdadero centro espiritual del país, y la sinagoga, institución local donde los judíos se reunían para escuchar la palabra de Dios y para orar. Pero el judaísmo de esta época estaba dividido en una serie de tendencias o partidos, aun aceptando todos un mismo credo básico. Las dos tendencias más influyentes eran los «saduceos», miembros casi todos del alto sacerdocio, y los «fariseos», que eran muy legalistas y tenían gran influencia social. Después estaban también los «zelotas», que se oponían de forma violenta a la dominación romana; los «esenios», una especie de secta que no aceptaba ni el Templo ni su sacerdocio, y los «samaritanos», que eran considerados como herejes. Jesús se relacionó prácticamente con personas de todas las tendencias, pero no se dejó encuadrar en ninguna de ellas.Las fuentes de riqueza eran la agricultura, la ganadería, el pequeño comercio y la pesca en el lago de Galilea y en las orillas del Mediterráneo. Pero en la época de Jesús el país era bastante pobre, debido sobre todo a la voracidad recaudatoria de los romanos. Además, la propiedad estaba en muy pocas manos: la inmensa mayoría de la población eran jornaleros, siervos y esclavos. Entre esta clase ínfima, que tenía serios problemas para subsistir, y el grupo reducido de los terratenientes, había una pequeña clase media formada por artesanos, comerciantes y patronos de pesca, que disfrutaban de una mayor libertad económica aun dentro de la penuria. Jesús nació en una familia de artesanos y tuvo contacto con todas las clases sociales, aunque se dirigió preferentemente a la clase más humilde y a lo que hoy llamaríamos mundo de la marginación.b) La vida de JesúsNo sabemos con exactitud la fecha del nacimiento de Jesús, pero podemos aproximarnos bastante a ella. Hay que situarla entre el año 7 antes de nuestra era, en el que comenzó el censo de población que determinaría el lugar del nacimiento, y el año 4, también a.C., en el cual murió Herodes el Grande; por tanto, unos años antes de la fecha que se fijó a principios de la Edad Media para dar comienzo a nuestra era. Su madre, llamada María (Miriam en arameo), era una joven de Nazaret que, según la costumbre de la época, debía de tener alrededor de 15 años a la hora de casarse y tener el primer hijo. El que todos consideraban su padre, José, era de la estirpe del rey David y, por tanto, oriundo de Belén de Judea, patria del gran rey israelita. Cuando se casó debía de tener entre los 18 y los 25 años. Ejercía el oficio de artesano («tekton») que en aquella época abarcaba todas las tareas del ramo de la construcción: picapedrero, albañil, carpintero…Jesús no nació en Nazaret, donde vivían sus padres, sino en Belén, el pueblo del que era natural su padre. La circunstancia humana que motivó este hecho fue el censo que mandó hacer el emperador Augusto y que obligó a José a desplazarse con su esposa a Belén, cuando ya María estaba a punto de dar a luz. Pero detrás de esta motivación política se esconde un designio providencial importante: Jesús iba a ser el «Hijo de David» por excelencia, es decir, el nuevo vástago del tronco de Jesé (el padre de David) ungido por el Espíritu para establecer definitivamente la justicia, según anunció el profeta Isaías (cf. Is 11,1-9). En él se cumpliría la antigua profecía que hizo Natán a David: «Tu dinastía y tu reino subsistirán para siempre ante mí y tu trono se afirmará para siempre» (2 Sm 7,16). Por eso el profeta Miqueas había anunciado que el Mesías nacería en la misma patria de David (cf. Miq 5,1).Durante la mayor parte de su vida, Jesús vivió en Nazaret y trabajó en el mismo oficio de su padre. Cuando tenía aproximadamente unos 30 años se hizo bautizar por Juan el Bautista y comenzó lo que llamamos su «vida pública», que duró de dos a tres años. A este período tan corto pertenecen la mayor parte de las noticias que conservamos sobre él. Recorrió predicando casi toda Palestina, con algunas incursiones a los países vecinos que hoy llamamos Líbano, Jordania y Siria.Los recuerdos que nos transmiten los Evangelios nos permiten dividir esta vida pública en dos períodos un poco distintos. En el primero, más intenso en desplazamientos y contactos, Jesús se dedicó a predicar a las multitudes y a ir creando un pequeño grupo de discípulos; el escenario fundamental de este período fue Galilea, y la base de operaciones la ciudad de Cafarnaúm. En el segundo, que el evangelista Lucas presenta como un largo viaje hacia Jerusalén, se concentró más en la formación de sus discípulos, mientras iba subiendo de tono su confrontación con el judaísmo oficial. Y este enfrentamiento llevó a su arresto, juicio y ejecución.Sabemos con certeza que Jesús murió crucificado la víspera de la Pascua judía del año 30 de nuestra era. Si ese año la Pascua se hubiera celebrado normalmente según el calendario judío, extremo que no conocemos con toda seguridad, Jesús habría muerto el 6 de abril del año 30. También conocemos el lugar donde fue ejecutado: en una gran piedra situada fuera de las murallas de Jerusalén, que, quizás por su forma, la gente llamaba «La Calavera».2. La personalidad de JesúsLa lectura atenta de los Evangelios nos permite descubrir, no sólo la trayectoria general de la vida de Jesús, sino también los rasgos fundamentales de su personalidad humana, tal como fueron percibidos por sus discípulos e incluso por sus enemigos.a) Un hombre libreYa desde su adolescencia (cf. Lc 2,41-52) Jesús se manifiesta como un hombre libre frente a todo y frente a todos los que puedan obstaculizar su misión. Libre frente a su familia (cf. Mc 3,21) y a sus amigos (cf. Mc 8,31-33). Libre frente al poder político de los romanos (cf. Lc 13,31-33). Y libre, sobre todo, frente a los ritos, las prescripciones y las costumbres del judaísmo de su tiempo, cuando él creía que se convertían en obstáculos para cumplir la auténtica voluntad de Dios y servir al bien del hombre. Fue precisamente esta libertad la que irritó a todos los poderes constituidos, que decidieron acabar con él.b) Un hombre con una experiencia religiosa profunda y original Hay un elemento fundamental en la vida de Jesús: su obediencia radical y su confianza total en Dios, a quien le llamaba «Abba» («papá»). Lo que alimentaba su vida y daba sentido a toda su actuación era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34). Y ésta era también la motivación y la fuerza que hacía posible su libertad: necesitaba ser libre para amar y obedecer al Padre.No es de extrañar, pues, que fuera un gran orante: dedicaba largas horas todos los días a dialogar con el Padre (cf. Lc 6,12), y nos ha dejado oraciones de una profundidad y belleza inigualables (cf. Mt 11,25-26; Lc 11,1-3; Jn 17; Mc 14,36). Y fue precisamente su rica y original experiencia de Dios lo que quiso transmitirnos. El objetivo último de toda su vida fue manifestarnos a un Dios cercano, amigo de los hombres, liberador, que se preocupa de los últimos, que sabe acoger y perdonar y que nos convoca a todos a la gran fiesta de su Reino. En una palabra, a un Dios que es «Buena Noticia» para el hombre.c) Un hombre con una gran sensibilidadLa fortaleza de su carácter se armonizaba con una gran riqueza de sentimientos. Era sumamente sensible para apreciar las maravillas de la naturaleza: le gustaban los montes y el mar, y se fijaba en la belleza de las flores y de los pájaros (cf. Mt 6,26-30). Pero sus sentimientos se manifiestan sobre todo en las relaciones humanas. Siente una compasión espontánea ante todo tipo de necesidad o desgracia (cf. Mc 1,41; Lc 7,11-17; Mc 6,32-33); ama profundamente a sus amigos y llora ante su muerte (cf. Jn 11,35-38; 18,8); se indigna ante la injusticia o la adulteración de la religión (cf. Mc 3,5; 10,14; Jn 2,13-22); se angustia profundamente ante la perspectiva de su muerte (cf. Mc 14,33).d) Un hombre para los demásJesús dijo que «no había venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). En efecto, nunca buscó su propio interés, no se preocupó de su propia fama (cf. Mt 8,20), no buscó dinero ni seguridad alguna (cf. Lc 16,3), tampoco buscó el poder (cf. Jn 6,15), no vivió para una esposa ni una familia y supo renunciar a sus proyectos para servir a los demás (cf. Mc 6,32-37). Fue siempre un hombre disponible para los otros.Además, sabía acoger a cada persona en su originalidad y en su problemática irrepetible. No pensaba en la humanidad, sino en cada hombre y en todo hombre que se cruzaba en su camino, como Zaqueo (cf. Lc 19,1-10), la samaritana (cf. Jn 4), la adúltera (cf. Jn 8,2-11)…Y, sobre todo, estuvo siempre de parte de los que necesitaban ayuda para ser libres y encontrar la verdad de su vida: el pueblo humilde (cf. Mc 6,34), la gente inculta (cf. Jn 9,34), las personas de mala reputación (cf. Lc 7,36.50), los enfermos (cf. Mc 1,23-28), las mujeres (cf. Lc 8,2-3) y los niños (cf. Mc 10,13- 16).3. El misterio de Jesús a) Nacido de María, virgenLos evangelistas Mateo y Lucas, dos fuentes independientes entre sí, afirman explícitamente un hecho desconcertante: Jesús nació sin intervención de varón (cf. Mt 1,18-20; Lc 1,34-35). No hay precedentes de una afirmación similar ni en el mundo bíblico ni en el extrabíblico. Y concretamente en el ambiente judío la virginidad no tenía ningún sentido. Los cristianos, en cambio, hemos mantenido siempre este dato que choca con las leyes de la naturaleza y que se prestó, ya en la antigüedad, a bromas de mal gusto: Orígenes, en el siglo II, se tuvo que enfrentar con la leyenda malévola de que Jesús era hijo de María y de un centurión romano que la había violado. ¿Qué significado pudo tener este acontecimiento?Desde luego no tuvo una significación moral: no era nada indigno que Jesús naciera del amor de un hombre y una mujer, como nacemos todos por disposición del Creador. La solución hay que buscarla en la explicación que da el ángel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35). Es decir, Dios ha querido manifestar con la intervención del Espíritu creador que con Jesús comienza algo nuevo; ha pegado un corte en la continuidad de la creación para indicar un nuevo inicio, una nueva creación. Y, sobre todo, ha querido subrayar que a Jesús no lo hemos producido nosotros, que viene desde arriba, que nos es regalado. Jesús no tiene más padre que Dios.b) Superior a MoisésJesús se presentó como el único que podía interpretar legítimamente la Ley de Moisés (cf. Mt 19,7-9). Más aún, tuvo la osadía de corregir esa Ley que, para el pueblo judío, era la manifestación suprema de la voluntad de Dios. En el Sermón de la Montaña afirma varias veces: «Se dijo a los antepasados… pero yo os digo» (cf. Mt 5,21-48), cambiando así el alcance y la significación de varios preceptos de esa Ley. Con ello se colocaba por encima de Moisés y se presentaba como el único que conoce la voluntad verdadera de Dios (cf. Mt 11,27). ¿De dónde le viene esta autoridad y libertad para adoptar actitud tan inaudita?c) Portador de la salvaciónJesús ofrece el perdón de los pecados a hombres y a mujeres (cf. Mt 9,1-8; Lc 7,36-50). Y lo hace de manera gratuita, sin exigirles una penitencia previa. Ante el escándalo de los judíos, que estaban convencidos de que esa autoridad sólo la tenía Dios, Jesús explica que el Dios verdadero es amor y perdón (cf. Lc 15). Y, además, afirma que ese Dios perdona a través de él. ¿Con qué derecho identifica su obrar con el de Dios?Pero la oferta del perdón es sólo parte de una pretensión más inaudita: la suerte final de los hombres depende de la postura que adopten ante él (cf. Lc 12,8; Mc 8,35). Y esto es así porque está convencido de que, en su actuación y mensaje, Dios libera y salva definitivamente al hombre. ¿Cómo se puede colocar en un lugar tan decisivo entre Dios y la humanidad?d) Hijo de DiosYa hemos visto que Jesús se dirigió a Dios con la misma confianza y familiaridad con que un niño judío se dirigía a su padre. Ningún judío se había atrevido nunca a llamar a Dios «Abba». Pero con este nombre, Jesús no sólo manifiesta una confianza inusitada en Dios, sino también la conciencia de estar en una relación única con él, distinta de la que pueden tener otros hombres: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Y esta conciencia la mantendrá hasta el final, jugándose la vida por ella (cf. Lc 22,69-71).Sí, Jesús se proclamó Hijo de Dios y explicó la afirmación diciendo: «El Padre y yo somos una misma cosa» (Jn 10,30). Ante esta pretensión, que explica todas las demás, caben cuatro reacciones, que son otras tantas respuestas a la pregunta que hemos formulado al principio:1.- Se trata de un loco. Algunos contemporáneos, incluso familiares, lo llegaron a pensar así. Pero esta explicación no satisface: Jesús aparece como un hombre muy equilibrado. Y así lo ven incluso sus enemigos, a quienes les parece más peligroso que un loco.2.- Es un embaucador ambicioso. Tampoco esta interpretación casa: nunca quiso aparecer como un milagrero y siempre rehuyó la tentación política. Además, el hecho de que diera su vida por mantener su pretensión da autenticidad a sus palabras.3.- Fue una persona bienintencionada, pero que se equivocó. Quizás pensaron esto sus discípulos después de su muerte. Pero los acontecimientos inmediatos desmontaron también esta hipótesis. 4.- Jesús es el Hijo de Dios vivo. Esta fue la gran confesión de Pedro hacia la mitad de la vida pública (cf. Mt 16,16). Posteriormente creyó haberse equivocado. Pero, al tercer día después de la muerte de Jesús, tuvo que reconocer, junto con los demás apóstoles, que, en Jesús, se había encontrado con Dios mismo. Y esto es lo que predicaron por todo el mundo hasta dar la vida por ello. Lo que pasa es que, para dar esta respuesta, hace falta algo más que nuestra inteligencia y nuestro conocimiento de la historia: «Bienaventurado tú… porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17). «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae» (Jn 6,44). Si nosotros, como Pedro, somos capaces de responder que Jesús es el Hijo de Dios, es porque hemos recibido el mismo don, la fe.

La literatura bíblica nació en tres lenguas diferentes, dos de ellas semíticas, el hebreo y el arameo, y una indoeuropea, el griego. Aquéllas están representadas en la Biblia en la forma de su edad de oro; el griego es el del período helenístico, cuando esa gran cultura se democratizó en todo el Oriente. El hebreo clásico que ha llegado a nosotros traducido en literatura se sustancia prácticamente todo en los libros de la Biblia; el arameo y el griego, por el contrario, se despliegan en literaturas abundantes; los libros bíblicos representan tan sólo una fracción pequeña. Estas dos lenguas en su expresión bíblica presentan modalidades que las distinguen de las respectivas expresiones en literatura extrabíblica. Responden al mundo concreto en que vivieron, al ser vehículo de expresión de una comunidad muy definida. Tienen su peculiar semántica, provocada en gran medida por la Biblia hebrea. En hebreo están escritos la mayor parte de los libros del Antiguo Testamento. El arameo tiene tan sólo unos capítulos de los libros de Esdras y de Daniel (Esd 4, 8-6, 18; 7, 12-26; Dn 2, 4-7, 28; Jr 10, 11), con expresiones o vocablos sueltos en otros libros de ambos Testamentos. En griego se conservan los siete libros llamados deuterocanónicos del Antiguo Testamento (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y los dos de los Macabeos), así como las adiciones, también deuterocanónicas, de los libros de Ester y de Daniel. Se sabe que algunos de esos libros nacieron en hebreo o arameo; se han encontrado partes en su lengua original. En griego se escribió también el Nuevo Testamento, si bien se puede hablar de un Mateo arameo prior al actual y del trasfondo arameo de otros libros. En las tres lenguas bíblicas se han aclimatado términos de diverso origen. La lengua es creada o adoptada por una sociedad para expresarse por ella. Esa sociedad la adapta y la marca con el sello de su genio. Al entenderse y hacerse entender por sus recursos, le confía sus características patentes o secretas. La lengua es objetivación de los signos comunes de comunicación. Es institución constitutiva de una sociedad. El individuo se bautiza para ella por la lengua común. Entra por ahí en las estructuras externas y mentales que constituyen la comunidad. Los signos objetivados en la lengua son subjetivizados, al ser apropiados por el individuo; entonces le sirven para traducir su personalidad. Pero, a la vez que apropia la objetivación, está también activo en ella, contribuye a modificarla. Y así la lengua es un proceso dialéctico de dar y recibir, entre la persona y la comunidad. La lengua traduce la cosmovisión particular del grupo que la usa, revela su sistema de pensamiento y de vida. Las lenguas bíblicas encierran las estructuras íntimas del pueblo y de los autores que en ellas se comunicaron. Son, por tanto, la puerta de acceso a su mundo, que se asoma al exterior por esa misma puerta. El hebreo El hebreo es una lengua semítica, perteneciente al grupo occidental, es decir, del Oriente más cercano. Es triliteral o de tres consonantes radicales, y sencilla de estructura. El grupo occidental abarca los subgrupos del norte y del sur, entre los que median desde época remota diferencias dialectales. Antes de venir los hebreos a esa geografía se escribían ya esas lenguas del grupo occidental en el alfabeto cananeo-fenicio, que tiene veintidós letras consonantes; algunas de ellas se usaban un poco anárquicamente con función de vocales. En el subgrupo norte se usaba la escritura cuneiforme; en el subgrupo sur, una escritura tendente al jeroglífico. El hebreo es, según eso, una lengua afín al ugarítico, al fenicio, al edomita, al moabita; las dos últimas tienen pocos testigos. Probablemente resultó del subgrupo del Sur modificado por los arameos noroccidentales que la hicieron su lengua. El testigo documental más antiguo del hebreo es el calendario de Guezer, del siglo X antes de Cristo. Según él, se escribía (y así siempre) de derecha a izquierda, en escritura continua, sin división de palabras, lo cual dificulta su lectura. En ese momento el hebreo está todavía en trance de cristalización, sin fijación gramatical. Y es en ese estadio cuando los hebreos la adoptan. El nacimiento de la literatura en la época de David y Salomón promueve la fijación de la lengua y su enriquecimiento. No es fácil trazar en detalle esa evolución, al no tener otros documentos que los bíblicos. A su luz parece que había diferencias dialectales entre el hebreo de Israel y el de Judá. En la época post-exílica se ve el hebreo expuesto a la presión de las culturas dominantes. El arameo se expande como lengua hablada, hasta el punto de desplazar el hebreo. El mismo pueblo de la Biblia llega a necesitar que le traduzcan los libros de sus antepasados. La afirmación de que el hebreo cesó enteramente como lengua hablada en Palestina tropieza con el fenómeno curioso de la lengua de la Misna, difícil de explicar como mera lengua artificial y literaria. Tal vez en la tonante de la era cristiana se hablaba en alguna región de Palestina un hebreo evolucionado que sería la base del misnaíco. En todo caso, el hebreo no tuvo interrupción decisiva como lengua literaria y de los sabios. Cuando el hebreo cesó definitivamente como lengua hablada ante el arameo, y luego el griego, el latín y otras lenguas, hubo necesidad de preservar su recta pronunciación, y para ello fue preciso vocalizar toda la literatura, escrita sólo en consonantes. Aparte algunos signos consonánticos usados ya como vocales, se idearon sistemas de vocalización a base de puntos combinados. Fueron los masoretas quienes desde el siglo IV de la era cristiana emprendieron esta tarea que duró varios siglos. Se destacaron dos sistemas diferentes de vocalizar o puntuar, uno supralinear de los judíos de Babilonia, y el otro infralinear de los masoretas de Tiberíades. Fue el segundo el que prevaleció. El arameo El arameo abarca todo un grupo de dialectos semitas afines al hebreo. Los arameos, de cuyo seno proceden los patriarcas, acusan su presencia en el segundo milenio antes de Cristo en toda el área mesopotámica, en Canaán y en el norte de Arabia. Inscripciones en arameo antiguo se encuentran en el norte de Siria desde el siglo X antes de Cristo en adelante. Los arameos toman el alfabeto cananeo-fenicio y desarrollan en él su propia lengua. La preponderancia de los arameos en todo el Oriente y la sencillez de su lengua frente al asirio hacen que aquélla tome papel de lengua oficial en las comunicaciones internacionales, y en esa función se la encuentra en la documentación asiría y luego en la persa. Con ello se sale del área aramea para ser la lengua de la correspondencia oficial entre las cancillerías. Es lo que se ha venido a llamar «arameo imperial», conocido por toda la gente culta. Ese era el caso en Judá ya mucho antes de la muerte del hebreo (2Re 18, 13-37). En la época persa es cuando la lengua aramea conoce su máxima expansión, también como lengua hablada. Hay documentación aramea en todas las regiones que fueron provincias del Imperio. Continúa todavía en apogeo entrando en la época helenística, hasta que fue suplantado en su universalidad por el griego común. Según las regiones se multiplicó en dialectos, y así surgieron varios arameos, algunos de los cuales están representados por traducciones de la Biblia. En Palestina prosperó el arameo occidental, que fue la lengua hablada en la región hasta la conquista árabe. El árabe influenció algunas de sus modalidades, como el nabateo y el palmirense. Con abundante expresión literaria hay varias ramas arameas del tronco occidental. El arameo judío palestinense cuenta con los targumes y el talmud palestino; el samaritano ofrece, entre otros documentos, el targum del Pentateuco; el arameo cristiano sirio floreció en el gran centro cultural de Edesa y produjo la versión de la Biblia llamada Peshitta. Posiblemente el arameo de Palestina tuviera una variante dialectal en Galilea, y ésta habría sido la lengua materna de Jesús de Nazaret. Del tronco oriental del arameo, lengua del talmud babilónico, deriva el mandeo y el siríaco, que se habla hasta hoy en algunas aldeas. Los capítulos arameos de la Biblia que hemos mencionado están en arameo imperial. En el hebreo postexílico abundan los términos y giros arameos. En el Nuevo Testamento recurren expresiones del arameo hablado o coloquial y hay todo un sustrato arameo detrás del griego bíblico. El Griego El griego bíblico no es el mismo de la época clásica, anterior al 300 a. C. Pertenece al griego helenístico, que va desde aquella fecha hasta el año 500 de la era cristiana; le sigue el griego bizantino y después el moderno. El griego helenístico es la lengua que se expande con el imperio de Alejandro. Es una lengua universal que funde dialectos, pero que desciende de categoría, según el patrón del griego clásico. Este sobrevive, por supuesto, en imitaciones literarias un tanto artificiales, en cuanto que no corresponden a la lengua que se habla. El griego helenístico se distingue con el nombre de koiné, griego «común», del pueblo no letrado ni escolarizado. Presenta un vocabulario evolucionado bajo la presión de otras lenguas, en especial semíticas, y una morfología muy simplificada. Cierto que con referencia al griego clásico, el koiné presenta en su calidad grados diversos, desde el abiertamente incorrecto hasta el más cuidado. Koiné no quiere sólo decir común y popular, sino también lengua extendida y universalizada. En la lengua koiné hay escritos profanos, de diversos autores griegos, y escritos cristianos, apócrifos y de los padres apostólicos; y hay también un gran número de papiros e inscripciones. Con todo, la expresión literaria más masiva de esta lengua está en la Biblia griega y en el Nuevo Testamento. En ambos se encuentra la máxima variedad en calidad de lengua, desde la que se avecina a la ática hasta la decididamente popular. La Biblia griega es la versión de los Setenta (LXX), obra que realizaron los judíos de Alejandría para facilitar la comprensión del Antiguo Testamento a un público judío o gentil que no conocía el hebreo. Comenzó por el Pentateuco en el siglo III a. C. y concluyó entrada ya la era cristiana. Al ser traducción de una literatura sagrada, no tiene toda la agilidad de una creación literaria libre. Con todo, no se puede decir que sea hebraizante; al contrario, heleniza generalmente los conceptos. Es la obra más extensa en el griego común. En el siglo II de la era cristiana surgen otras traducciones de la Biblia hebrea al griego, como son las de Aquila, Símaco y Teodoción. El Nuevo Testamento es también griego común, muy variado en calidad, igual que los Setenta, conforme a la cultura literaria del que escribe y según la dependencia o libertad que pueda tener con respecto al fondo semita. Por supuesto, el fondo semita es real. Los dichos de Jesús debieron ser traducidos del arameo hablado. Las citas del Antiguo Testamento siguen generalmente la traducción de los Setenta. El griego del Nuevo Testamento es en general más vivo que el de la versión alejandrina. Se encuentran en él más de cuatro centenares de palabras que le son exclusivas. Eso no quiere decir que sean forzosamente semitismos. Proceden del lenguaje no literario, pero griego. El descubrimiento del griego koiné permite esta explicación, que previene de exagerar las peculiaridades de la lengua del Nuevo Testamento. En cuanto a calidad, no hay en el Nuevo Testamento ningún libro tan clásico corno el deuterocanónico de la Sabiduría. De los más áticos es Lucas; el más popular e incorrecto es el de la Apocalipsis. Pablo está en la línea de los oradores estoicos, correcto, pero de composición compleja y difícil. Fuente: González Ángel, Curso Bíblico a distancia nº 1 ¿Qué es la Biblia y cómo leerla?
HistoriaDurante el primer siglo, los cristianos de Roma no tuvieron cementerios propios. Si poseían terrenos, enterraban en ellos a sus muertos. Si no, recurrían a los cementerios comunes que usaban también los paganos. Por este motivo, San Pedro fue enterrado en la "necrópolis" (ciudad de los muertos) de la Colina Vaticana, abierta a todos; del mismo modo, San Pablo fue sepultado en una necrópolis de la Vía Ostiense.En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones, los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe. Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario. Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución. Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen. Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.Cuando los bárbaros (Godos y Longobardos) invadieron Italia y bajaron a Roma, destruyeron sistemáticamente muchos de sus monumentos y saquearon muchos lugares, incluidas las catacumbas. Impotentes frente a tales devastaciones, que se realizaron repetidamente, hacia la mitad del siglo VIII y el comienzo del IX los papas hicieron trasladar las reliquias de los mártires y de los santos a las iglesias de la ciudad, por razones de seguridad. Una vez realizado el traslado de las reliquias, no se volvieron a visitar las catacumbas y se abandonaron totalmente, excepto las de San Sebastián, San Lorenzo y San Pancracio. Con el tiempo, materiales de desprendimientos y la vegetación obstruyeron y escondieron las entradas de las demás, hasta el punto de que se perdió su rastro. Y durante toda la Edad Media se ignoró dónde se encontraban. La exploración y el estudio científico de las catacumbas empezaron, siglos más tarde, con Antonio Bosio (1575-1629), llamado el "Colón de la Roma subterránea". Y en el siglo pasado, Juan Bautista de Rossi (1822-1894), considerado el fundador y padre de la Arqueología Cristiana, realizó la exploración sistemática de las catacumbas, especialmente de las de San Calixto.DescripciónLas catacumbas están formadas por galerías subterráneas, que parecen verdaderos laberintos y que en conjunto alcanzan a medir muchos kilómetros. En las paredes de toba de este intrincado sistema de galerías se excavaron filas de nichos rectangulares, llamados lóculos, de diferentes dimensiones, capaces de albergar un solo cadáver, aunque no era raro que contuviesen dos o más. La sepultura de los primeros cristianos era muy sencilla y pobre. Siguiendo el ejemplo de la de Cristo, se envolvían los cadáveres en una sábana o lienzo, sin ataúd. Los lóculos se cerraban después con lápidas de mármol o, en la mayor parte de los casos, con piezas de barro cocido y se fijaban con argamasa. Sobre la tapa se grababa a veces el nombre del difunto, con un símbolo cristiano o el deseo de paz en el cielo. Con frecuencia se ponían junto a las tumbas lámparas de aceite o redomas con perfumes. Por su colocación en filas superpuestas, las tumbas daban la idea de un gran dormitorio, llamado cementerio, término de origen griego que significa "lugar de descanso". De este modo, los cristianos querían afirmar su fe en la resurrección de los cuerpos. Además de los lóculos, había otras clases de tumbas: el arcosolio, el sarcófago, la forma, el cubículo y la cripta.El arcosolio, una tumba típica de los siglos tercero y cuarto, es un nicho mucho más grande con un arco encima. La lápida de mármol se ponía horizontalmente. Generalmente el arcosolio servía de tumba a toda una familia. El sarcófago es un sepulcro de piedra o de mármol, ordinariamente adornado con esculturas en relieve o con inscripciones. La forma es una tumba excavada en el suelo de las criptas, de los cubículos o de las galerías. Numerosas formas se encuentran junto a las tumbas de los mártires. Los cubículos (el término significa "cuartos de dormir" ) eran pequeñas piezas, verdaderas tumbas de familia, con capacidad para varios lóculos. El uso de una tumba de familia no era un privilegio reservado a los ricos. Los cubículos y los arcosolios estaban con frecuencia decorados con frescos que tomaban escenas bíblicas y reproducían los temas del Bautismo, la Eucaristía y la Resurrección, simbolizada con el ciclo de Jonás. La cripta es una pieza más grande. En tiempos del papa San Dámaso, muchas tumbas de mártires se transformaron en criptas, es decir, en pequeñas iglesias subterráneas, embellecidas con pinturas, mosaicos y otros tipos de decoración.Las catacumbas eran tarea exclusiva de una asociación especializada de trabajadores llamados "fossores" (excavadores). Excavaban una galería tras otra a la débil luz de sus lámparas y para llevar la tierra a la superficie se servían de cestos o sacos que hacían pasar a través de los lucernarios, que se habían abierto en la bóveda del techo de las criptas, de los cubículos o a lo largo de las galerías. Los lucernarios eran grandes pozos que llegaban hasta la superficie. Cuando concluía el trabajo de excavación, los lucernarios quedaban abiertos al aire y la luz como conductos de ventilación e iluminación. Los antiguos cristianos no usaban el término de "catacumba". La palabra es de origen griego y significa "cavidad", "cuenca". Los Romanos llamaban así a una localidad de la Vía Appia, en la que se encontraban canteras para la extracción de los bloques de toba. Allí cerca se excavaron las catacumbas de San Sebastián. En el siglo IX el término se extendió a todos los cementerios con el significado específico de cementerios subterráneos.Los SimbolosLos primeros cristianos vivían en medio de una sociedad mayoritariamente pagana y hostil. Desde la persecución de Nerón (64 después de Cristo) se consideraba que su religión era "una superstición extraña e ilegal". Los paganos desconfiaban de los cristianos y se mantenían a distancia, sospechaban de ellos y los acusaban de los peores delitos. Los perseguían, los encarcelaban y los condenaban al destierro o a la muerte. Como no podían profesar abiertamente su fe, los cristianos se valían de símbolos que pintaban en los muros de las catacumbas y, con mayor frecuencia, grababan en las lápidas de mármol que cerraban las tumbas. Como a todos los antiguos, a los cristianos les agradaba mucho el simbolismo. Los símbolos expresaban visiblemente su fe. El término "símbolo" se aplica a un signo concreto o a una figura que, de acuerdo con la intención del autor, evoca una idea o una realidad espiritual. Los símbolos más importantes son el Buen Pastor, el "orante", el monograma de Cristo y el pez. El Buen Pastor con la oveja sobre los hombros representa a Cristo salvador y al alma que ha salvado. Este símbolo se encuentra con frecuencia en los frescos, en los relieves de los sarcófagos, en las estatuas, así como grabado sobre las tumbas. El orante: esta figura, representada con los brazos abiertos, es símbolo del alma que vive ya en la paz divina. El monograma de Cristo está formado por dos letras del alfabeto griego: la X (ji) y la P (ro) superpuestas. Son las dos primeras letras de la palabra griega "Christòs" (Jristós), es decir, Cristo. Este monograma, puesto en una tumba, indicaba que el difunto era cristiano.El pez. En griego se dice "IXTHYS" (Ijzýs). Puestas en vertical, estas letras forman un acróstico: "Iesús Jristós, Zeú Yiós, Sotér" = Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. Acróstico es una palabra griega que significa la primera letra de cada línea o párrafo. Es un símbolo muy difundido de Cristo, emblema y compendio de la fe cristiana. Otros símbolos son la paloma, el Alfa y la Omega, el ancla, el ave fénix, etc. La paloma con el ramo de olivo en el pico es símbolo del alma en la paz divina. El Alfa y la Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego. Significan que Cristo es el principio y el fin de todas las cosas. El ancla es el símbolo de la salvación, símbolo del alma que ha alcanzado felizmente el puerto de la eternidad. El ave fénix, ave mítica de Arabia que, según creían los antiguos, renace de sus cenizas después de un determinado número de siglos, es el símbolo de la resurrección. Los símbolos y los frescos son como un Evangelio en miniatura, una síntesis de la fe cristiana.Importancia de las CatacumbasEn Roma hay más de sesenta catacumbas, con cientos de kilómetros de galerías y decenas de miles de tumbas. También hay catacumbas en Chiusi, Bolsena, Nápoles, Sicilia oriental y Africa del Norte. El sistema de excavación subterránea no lo inventaron los cristianos ni lo causaron las persecuciones. Las catacumbas eran simplemente cementerios colectivos cristianos, excavados en la profundidad de la tierra. Los cristianos adoptaron la técnica de la excavación que ya existía y la desarrollaron en gran escala con una vasta red de galerías en niveles superpuestos. Esta fue la solución para los problemas del entierro para una gran comunidad con un número creciente de miembros. El rápido y enorme desarrollo de algunas catacumbas se explica con el culto de los mártires que se sepultaban en ellas, porque muchos cristianos insistían en tener una tumba cerca de los venerados sepulcros, para asegurarse su protección. Las catacumbas, por la importancia que encierran, reciben hoy la visita de miles de peregrinos de todas las partes del mundo. Por su precioso patrimonio de pinturas, inscripciones, esculturas, etc., son consideradas auténticos archivos de la Iglesia primitiva, que documentan los usos y costumbres, los ritos y la doctrina cristiana como se entendía, se enseñaba y se practicaba entonces.Los primeros cristianos no sepultaron su fe y su vida bajo tierra, sino que vivieron la vida común del pueblo en la familia, en la sociedad, en todos los trabajos, empleos y profesiones. Dieron testimonio de su fe en todas partes, pero fue en las catacumbas donde aquellos heroicos cristianos encontraron la fuerza y el apoyo para afrontar las pruebas y las persecuciones, mientras oraban al Señor e invocaban la intercesión de los mártires. Los cristianos de los primeros tiempos dieron un maravilloso testimonio de Cristo, muchos de ellos hasta el derramamiento de la sangre, de modo que su martirio se convirtió en un distintivo glorioso de la Iglesia. A pesar del hecho de que las catacumbas no son, después de todo, más que cementerios, hablan a la mente y al corazón de los que las visitan con un lenguaje silencioso y eficaz. En las catacumbas todo habla de vida más que de muerte. Cada galería, cada símbolo o pintura que se encuentra, cada inscripción que se lee, hace revivir el pasado y ofrece un claro mensaje de fe y de testimonio cristiano.link: http://www.youtube.com/watch?v=oNAInpou6-Q&feature=player_detailpage

Hola! Quiero compartir con ustedes una reflexión sobre el salmo 35, del jesuita Carlos G. Valles, espero que les guste y les sirva!! Que Dios los bendiga y les de paz!! "En ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz." Quiero vivir, sentirme vivo, palpar las energías de la creación cuando suben y se esparcen por las células de mi cuerpo y los tejidos de mi alma. La vida es la esencia de todas las bendiciones que Dios da al hombre, el roce del dedo de Dios que convierte un montón de arcilla en un ser viviente y hace de una sombra inerte el rey de la creación. La vida es la gloria de Dios hecha movimiento, la Palabra divina traducida en sonrisa, el amor eterno que hace palpitar el corazón del hombre. La vida es todo lo que es bueno, vibrante y alegre. La vida es la bendición de las bendiciones. Deseo vivir la vida. En mis pensamientos y en mis sentimientos, en mis conversaciones y en mis encuentros, en mi amistad y en mi amor. Quiero que la centella de la vida encienda todo lo que hago y todo lo que soy. Que mi paso se acelere, que mi pensamiento se agudice, que mi mirada se alargue y mi sonrisa se ilumine cuando la vida amanezca en mí. Quiero vivir. Yo quiero vivir, y tú eres la fuente de la vida. Cuanto más me acerque a ti, más vida tendré. La única vida verdadera es la que viene de ti, y la única manera de participar en ella es estar cerca de ti. Déjame beber de esa fuente, déjame meter las manos en sus aguas para sentir su frescura, su pureza y su fuerza. Que las aguas vivas de ese divino manantial fluyan a través de mi alma y de mi cuerpo, y su corriente inunde el pozo de mi corazón. Olas de alegría en carne mortal. También eres la luz. En un mundo de oscuridad, de duda y de incertidumbre, tú eres el rayo rectilíneo, el cándido amanecer, el mediodía que todo lo revela. Si para vivir hay que acercarse a ti, para ver también. "En tu luz vemos la luz." Señor, quiero tu luz, tu visión, tu punto de vista. Quiero ver las cosas como tú las ves, quiero verlas desde tu punto de vista, desde tu horizonte, desde tu ángulo; quiero ver así a las personas y los acontecimientos y la historia del hombre y los sucesos de mi vida. Quiero verlo todo con tu luz. Tu luz es el don de la fe. Tu vida es el don de la gracia. Dame tu gracia y tu fe para que yo pueda ver y vivir la plenitud de tu creación con la plenitud de mi ser. "Señor, tu misericordia llega hasta el cielo, tu fidelidad hasta las nubes; tu justicia hasta las altas cordilleras, tus sentencias son como el océano inmenso. Tú socorres a hombres y animales: ¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a la sombra de tus alas, Se nutren de lo sabroso de tu casa, Les das a beber del torrente de tus delicias." Señor, ¡dame de esa agua!

Cuando una persona se encuentra agobiada por el peso de una preocupación, solemos decirle que necesita distraerse. Y le recomendamos que salga un poco de todo ese entramado de tensiones que le oprimen, y busque fuera de él un horizonte más luminoso y recomponedor. Y efectivamente, lo normal es que ese periodo de descanso en un ambiente gratificante produzca el cambio deseado. Pero también se puede dar el caso de que lo que una persona necesite no sea distraerse sino reflexionar: volverse sobre sí misma para hacer de su vida objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar errores y vivir con más acierto. Reflexionar con sosiego puede tener resultados muy beneficiosos para quien esté convencido de su necesidad. Lo malo es que muchas veces es precisamente esto lo más difícil, convencernos de que necesitamos reflexionar. Porque no suele costarnos comprender que necesitamos distraernos, pero cuando la necesidad es de reflexión, nos cuesta más caer en la cuenta, no se sabe bien por qué. Quizá se deba, en bastantes ocasiones, a que la reflexión va intrínsecamente unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y rehuimos pensar en ello. Si esto nos sucede -continúo glosando ideas de Miguel Angel Martí-, debemos alertarnos. Cuando la vida va más aprisa que nuestro pensamiento y nos encontramos actuando sin habernos dado tiempo a hacer una elección razonada, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: «necesitas reflexionar». Porque de no hacerlo, nuestras reflexiones (cuando las haya) serán siempre a posteriori, a hechos consumados. Y la reflexión -que es el ejercicio de la razón aplicada a nuestra propia vida- debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo mejor. La huida hacia adelante -que suele justificarse luego con complicadas razones que intentan disculpar los comportamientos erróneos- es una grave equivocación, de la que siempre sale perjudicado quien la toma como norma de conducta. Esta fuga hacia adelante deja de lado a la razón, que queda obligada a aparecer sólo al final, como una pobre esclava que es reclamada en última instancia para intentar justificar una elección que comprendemos que fue errónea. El hombre no puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago, para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa las heridas de una conducta irreflexiva. La reflexión no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace cuestión de sí mismo, se interesa por él, no sólo por su actividad, se vuelve a su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar, poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles consecuencias en caso de optar por una solución determinada. Y luego podemos preguntar, y pedir consejo, pero al final nuestra vida debe ser fruto de nuestras decisiones personales, todo lo contrastadas que se quieran, pero la última palabra la debemos dar nosotros. Y esa última palabra debe ser pensada con la seriedad que se merece.

Hay un lugar en Jerusalén llamado Dominus Flevit, que quiere decir literalmente “El Señor lloró”. Dice la tradición que desde este punto observó Jesús la ciudad, y sabiendo lo que ocurriría en ella, lloró. El vino a ellos, a Su pueblo, y no dejó de decir palabra o de hacer milagro, tratando de convencerlos. Pero el pueblo elegido tuvo el corazón duro, y lo rechazó. Lo rechazó la gente común y también lo rechazaron los que estaban en el Templo sobre el monte Sión, los sacerdotes y doctores de la ley.Me pregunto qué siente Jesús en estos tiempos cuando nos mira a los cristianos, que somos Su pueblo nacido después de la Resurrección. La clave está en la observación que se hiciera sobre nuestros hermanos de la Iglesia primitiva, la de los primeros tiempos: “miren cómo se aman” (del teólogo Tertuliano, año 155-230). Somos los miembros del Cuerpo Místico de Jesús, y eso es una gran responsabilidad que debemos honrar en todo ámbito, en nuestras familias, trabajos, en todo momento. ¿Acaso quienes hoy nos ven como cristianos, como integrantes de la Iglesia de Cristo, exclaman con asombro “miren cómo se aman”?Demasiadas veces escucho que gente alejada de Dios rechaza la invitación a volver al Señor con amargas palabras: “con Dios no tengo problemas, pero no tuve buenas experiencias con los que están en las primeras filas de los bancos de las iglesias, y luego llevan unas vidas que dan vergüenza”. Es obvio que resulta una muy práctica excusa el reaccionar de ese modo, pero también es cierto que muchos católicos damos un mal ejemplo en nuestro carácter de miembros de la Iglesia, como testigos vivos de Su amor. En realidad, espantamos a las ovejas, en lugar de atraerlas al rebaño. También en otras ocasiones los alejados reaccionan a las invitaciones recordando “a aquel sacerdote que cometió un acto que no es digno de un consagrado a Dios”. Con tan simple motivo descartan de plano toda aproximación a la Iglesia, olvidando que no es a hombre alguno que se busca en los Sacramentos, sino a Dios mismo. Por supuesto que esta gente no se molesta en descubrir o resaltar la figura de tantos sacerdotes santos que se encuentran en el camino. Para ellos es preferible quedarse con la imagen de aquel que no llevó su apostolado con dignidad, o al menos así lo parecía.He dudado mucho hasta concluir sobre cual es la mejor forma de responder a estos planteos, que son tan frecuentes, lamentablemente. Negar que existan malos cristianos, laicos como consagrados, no tiene sentido ya que los ejemplos abundan. Tratar de argumentar sobre la proporción de malos sobre buenos es entrar en un debate interminable. Mi conclusión fue la de reconocer que, personas al fin, tenemos de los buenos y de los otros en nuestras filas, ¿cómo negarlo? Pero es fundamental dejar muy en claro que, frente a los que no representan dignamente su carácter de cristianos, Dios llora, como lloró en Jerusalén aquel día.Si, el Señor llora con amargura cuando ve que aquellos que debemos unir, desparramamos, que aquellos que debemos amar, odiamos. Y llora aún más amargamente cuando ve que con una sonrisa de burla nos miran y dicen: “miren cómo se pelean”. Imaginen la tristeza de Jesús cuando es testigo de que, amparados en la falta de amor de algunos cristianos cercanos a Su Iglesia, muchos otros cristianos se alejan de El, dejándolo más sólo aún. Al alejarnos de la Iglesia nos alejamos de Jesús, quien más que nunca necesita de nuestro amor para construir un círculo de caridad cristiana alrededor de Su Templo.Y yo, ¿a qué grupo pertenezco? Como me decía un sacerdote amigo, si tengo el “Currículum Católicus Vitae” y concurro asiduamente a los Sacramentos, mejor que lleve una vida que sea un testimonio de amor y unión. Que mi vida sea una invitación a acercarse a la religión. Y si me he alejado de la Iglesia por no sentirme a gusto con algunos de los que están en ella, mejor comprenda que al que he dejado sólo es a Jesús. La Iglesia es Cristo, es muchísimo más que los hombres y mujeres que la conformamos como miembros activos. A la Iglesia se asiste al encuentro con Dios, porque la celebración de la Eucaristía es la oración perfecta, es el milagro continuo que se reproduce en todos los altares del mundo, día a día. Reflexionemos en lo que con gran ironía dijo una vez un miembro de una iglesia protestante: “si los católicos creyeran realmente que Jesucristo está presente en Cuerpo y Sangre en la Hostia Consagrada, en el Sagrario, debieran estar allí a tiempo completo, de rodillas y adorando”. Y el Señor lloró…
«Una vez más, Michel, como impelido por todas sus fuerzas anímicas, se traslada en su imaginación al lado de la mujer amada y estima la deuda que tiene contraída con ella. »Evelyne le ha moldeado de nuevo, lo ha reformado, ha hecho de él otro hombre. Recuerda lo que era antes de conocerla y lo que ahora es, sólo porque ella ha tenido fe en él, porque le juzgó, en el fondo, más perfecto y mejor de lo que era en realidad. »Ahora lo ve claro. Lo que ella vio en él es el hombre que ha querido ser. Y puede decirle: “Mi corazón es lo que tú has querido que fuera. Este hombre que ves es el resultado de tu obra”. »En cierto modo somos siempre lo que la mujer que amamos quiere que seamos. La misión de la mujer es la de volver a crear al hombre. Alcanzar la verdad a través del amor es el más bello y hermoso destino que puede darse en este mundo.» Estas reflexiones extraídas de “Cuerpos y almas”, una de las mejores novelas de Maxence van der Meersch, muestran un pequeño destello de hasta qué punto el amor puede transformar a las personas. Un amor entendido como hacer feliz al otro y no cómo un egoísta hacerse feliz a uno mismo. Un amor quizá no entendido por otros y que se abre camino en medio de incomprensiones y frialdades. Un amor percibido no como un buen partido sino como una entrega completa a otra persona que, tal vez, los demás piensan que no lo merece. Esa apuesta de Michel había sido duramente juzgada por su padre, que durante años menospreció su decisión, hasta que, finalmente, abatido por la terquedad de los errores de toda su vida, comprendió lo que hasta entonces había estado velado a sus ojos: «Lo inexplicable es esto —concluía el anciano doctor hablando a su hijo—, que uno quiera perderse por otro y que perdiendo salga uno ganando. ¡El amor! ¡Todo el misterio de la existencia! Que uno se avenga a perder y perdiendo gane. Lo único que tal vez me haga creer un día... En el fondo, quizá hayas escogido el mejor camino...». La vida adquiere sentido en la medida en que se entrega, en la medida en que se hace un don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro una persona que le quiera y le comprenda y le cuide, en vez de acudir buscando querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. La persona que hace de la necesidad de ser querida la clave principal de su vida, pero apenas quiere a los otros, resultará siempre una personalidad inmadura y dependiente de ese afecto que tanto ansía. En cambio, cuando una persona se siente querida, incluso sin apenas merecerlo, es fácil que acoja ese afecto como un don inmerecido ante el que debe corresponder con agradecimiento. Y la forma más lógica de agradecer y corresponder al cariño es queriendo. Y cuando se quiere a las personas, no sólo cambia el modo en que las vemos, sino que hace cambiar también a la persona que quiere. Las personas son transformadas por el amor que reciben, y así, con ese amor recibido sin esperar nada a cambio, las vidas se acrisolan con el entretejerse de otras vidas humanas y mejoran casi sin darse cuenta. Sin la experiencia de haber sido querido, es difícil querer. Por eso, centrar la vida en los demás —y no como un trueque o contraprestación de sentimientos sino como un darse sin más—, crea una dinámica positiva que transforma por completo cualquier colectivo humano. La experiencia de ser y de sentirse querido perfecciona y agranda la generosidad del querer.

Palestina en tiempo de Jesús era una teocracia: las normas sociales estaban dirigidas por ideas religiosas y los mismos gobernantes eran personas religiosas. La división de clases sociales dependía en gran parte de las actitudes religiosas, de si se cumplían o no ciertas leyes religiosas, reducidas básicamente en aquel entonces al cumplimiento del sábado y a la observancia de las purificaciones legales, cosas que difícilmente podían cumplir los pobres. El mundo de los pobres en esta época estaba formado principalmente por campesinos, en su mayoría peones de haciendas, artesanos y multitud de gente sin trabajo, que se dedicaba a pedir limosna o al pillaje. Entre ellos había multitud de enfermos... El pueblo, generalmente analfabeto, hablaba el arameo. Las clases cultas hablaban y leían el hebreo, el idioma de la Biblia y de todos los escritos oficiales de Judea. Estaba prohibido rezar a Yahvé en el idioma popular, como cosa indigna. Por ello el pueblo estaba condenado a no entender gran parte de todas esas prácticas imprescindibles para ser considerados buena gente. Pero lo más grave no era que no entendiesen, sino que en la mayoría de los casos ni siquiera podían cumplir estas normas. Un campesino o un artesano no podía detener tres veces al día su trabajo para realizar complicados lavatorios rituales y poder así dirigirse a Dios con los rezos prescritos. Ni podían tampoco cumplir la observancia del sábado, en el que no se podía trabajar absolutamente nada, ni curar, ni cocinar, ni aun casi ni caminar. Un pobre no podía permitirse esos lujos... Por ello los fariseos consideraban "pecadores" a todos los pobres. Su estado de pobreza era mirado como castigo de Dios, indignado contra sus inobservancias. Murmuran de ellos: "Esa gente, que no entiende la Ley, está maldita" (Juan 7,49). Dice un escrito de la época: "Un fariseo no se quedará nunca como huesped en la casa de esa gente, así como tampoco la recibirá en la suya". Una lista de normas añade: "Está prohibido apiadarse de quien no tiene formación". Se conservan listas de los oficios mal vistos en aquella época. Y llama mucho la atención que el primer lugar de estos oficios despreciados lo ocupa con frecuencia la ocupación de pastor. Los pastores no podían ser testigos en un juicio ni ocupar ningún cargo público. Se les miraba como gente ladrona y mentirosa. Para nosotros, los pastorcitos de Belén se han convertido en algo romántico, pero a los fariseos, en cambio, les sentaría muy mal lo que dice San Lucas de que la venida del Mesías fue anunciada en primer lugar a ellos. Parece que el oficio peor visto era el de curtidor de pieles. Tanto, que era el único caso en el que se permitía a una mujer divorciarse de su marido: si éste era curtidor. Sólo conociendo este desprecio se puede apreciar el mensaje de Pablo cuando dice que se ha hospedado en casa de un curtidor de pieles: fue a buscar la casa del más despreciado... En los documentos de los monjes esenios, contemporáneos de Jesús, descubiertos junto al mar Muerto, en el año 1945, se encuentran frases como éstas: "No me apiadaré de los que se apartan del camino". Y así oraban acerca de los que ellos consideraban pecadores: "Maldito seas; que nadie tenga misericordia de ti: tus obras son tinieblas. Que seas condenado a la obscuridad del fuego eterno". Jesús se sublevó contra toda esta forma de pensar. El no podía aceptar la idea de Dios que se escondía en los entretelones de todo esto. Su Padre Dios no era manipulable ni encasillable, de forma que tuviera que considerar "justos" a los que cumplían ciertas normas de conducta, y castigar como "pecadores" a todos los pobres que ni entendían, ni podían cumplir tan complicadas normas. A los que aquella sociedad llamaba "malditos de Dios", Jesús los llamó "benditos de Dios", como muy bien lo resume el mensaje de las Bienaventuranzas. Escribas y fariseos predicaban que los pobres ignorantes estaban excluidos del Reino de Dios: eran pecadores, ya condenados. Jesús les dice que de ellos es el Reino de Dios... El vuelco que da Jesús a toda aquella manera de pensar es total.