ilciudadano
Usuario (Argentina)
Náufrago de una sociedad. (Cuento – de Desiderio) Año 1977 en Puerto Vilelas, Provincia del Chaco sobre el Río Paraná, como a dos leguas de la desembocadura del riacho Araza, uno de los tantos que se mezclan con ese mar amarronado, que baja serpenteante desde Brasil, pasando por Paraguay, límite natural entre las provincias del Chaco y Corrientes en Argentina; en un rancho de barro con un alero grande mirando al Oeste, plantado como un estandarte un una barranca a unos tres metros del nivel del río, vivía en esa época, el “Chacho”, su apodo era conocido en toda la zona, solo nombrarlo era un salvoconducto para acceder a muchos lugares secretos y muy cuidados por los pescadores costeros. De aproximadamente unos 60 años, edad tan indefinida como su nombre verdadero, de baja estatura, tez morena, con la piel curtida y resquebrajada por el agua y el sol, solía andar descalzo por esos lugares, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, de esa forma ingresaba al monte, donde cazaba con una escopeta cuyos cartuchos armaba él mismo. La vegetación del monte, con abundante “espinas coronas” -un tipo de arbusto con espinas de mas de dos centímetros-, parecían no perforar la piel de sus pies curtidos por esta costumbre, caminaba por el monte decidido, nada parecía afectarlo. Cierto día lo acompañamos a cazar, ver sus actitudes, precauciones y baquía al hacerlo, nos resultó una experiencia inolvidable, un “guazuncho” sorprendido por la luz de su linterna, en medio de la noche, recibía el certero disparo que le quitaba la vida en un segundo, lo alzaba sobre sus hombros y corría hasta el rancho donde lo cuereaba con la sangre aún caliente para no romper el cuero, recién en ese momento nos percatábamos de que había preparado agua caliente, ganchos y cuchillos muy filosos para hacerlo. Más tarde, un ruido en el pajonal hacia el río, un “carpincho” –capibara- que buscaba la costa, alcanzado por un tiro certero, quedaba flotando. Entonces el Chacho dejaba la escopeta en la costa se tiraba decidido arrastrándolo fuera del agua. Nosotros éramos tres jóvenes de entre 18 y 20 años que trabajábamos en el correo de Resistencia como mensajeros y, cuando podíamos escaparnos, a la madrugada salíamos de nuestra casa en moto, al llegar al Arazá dejábamos nuestros vehículos y alquilábamos la canoa, remábamos esas leguas, llegando cansados hasta ese, "su lugar", como solía llamarlo, donde nos esperaba con una tranquilidad envidiable y decía: Los vi cuando dieron la vuelta en él recodo -casi media legua- nosotros cansados de remar, nos alegrábamos que nos haya visto, había preparado agua fresca mientras destripaba y limpiaba algunos pescados que luego, una vez salados y pasados por harina, fritaba en una olla, seguro almuerzo para la hora del mediodía. Lo visitábamos cada fin de mes, escapando de la rutina de nuestro trabajo, aprovechando el dinero del sueldo y en busca de silencio, la buena pesca, la sombra fresca, y con la seguridad de que el Chacho nos recibiría una vez más en ese pedazo de la costa, dónde pasábamos desde el viernes a la tarde hasta el domingo. Cuando estábamos de vacaciones, solíamos pasar a veces tres días o cuatro días con sus noches, pescando desde el margen del río o cazando en el monte virgen. En una de esas expediciones, noche de invierno frío, se había largado una lluvia que nos obligó a refugiarnos en el alero del rancho, allí, silenciosamente él empezó a amasar unas tortas fritas en una lata de dulce de batata, mezclando harina, grasa, agua y sal –elementos que valoraba más que el dinero y que le obsequiábamos desinteresadamente en cada viaje, como agradecimiento por sus atenciones-, el Chacho hacía todo con una facilidad de duende, casi mágico, nosotros lo mirábamos como fritaba en una olla de hierro a la que la llamaba “morocha” –por tanto humo de la leña que usaba para armar el fogón- en una mezcla de grasa de patí con aceite... Una vez hecho el mate cocido, echando yerba a la inmensa pava que hervía en el fuego chispeante, nos reunimos en la mesa a comer esas delicias y de pronto, tal vez por esa intimidad que da una comida compartida en una mesa a la costa del río, extrañados notamos que nos hablaba, sin levantar la vista, soltando lentamente cada palabra como masticándolas antes de largarlas a la noche tormentosa. Empezó a contarnos parte de su historia... Yo no soy de acá... -Dijo muy pausadamente, mirando los truenos que dibujaban arabescos sobre el río ennegrecido, reflejo de la noche–, vine del Paraguay río abajo, cuando Strossner no me dejó vivir más en mi Patria, un día armé la canoa que había comprado y tenía escondida, la calafatee, y con algunos bártulos, un cuchillo, unas líneas, anzuelos y la linterna de tres elementos, empecé a remar río abajo... En ese entonces tenía como 30 años mas o menos, me perseguían porque no pensaba como los del partido colorado... –El General Strossner era el dictador que gobernaba el Paraguay como La junta militar que gobernaba la Argentina después del golpe de Estado de Marzo del ’76-. Tenía mujer, dos hijos una nena y un varón y habitaba una casa humilde que era de mi padre... Pero, cansado de las injusticias...... Un día me tuve que ir. No los extraña -Preguntó Cardozo-. Y... . Si... A veces... Cuando llueve como ahora, me agarra una nostalgia de ellos y mi casa... Pero si no me escapaba, seguro me iban a matar, y ellos no la iban a pasar mejor... . Estuve preso por contestarle a la autoridad, la cosa no venía bien. Al cumplir 16 años había desertado del Servicio Militar, en ésa época se cumplía haciendo dos años de policía sin cobrar ningún sueldo, formándonos en la disciplina militar, comiendo y durmiendo como presos y haciendo guardia en la frontera y los edificios públicos... Allí empezó mi calvario. Después de pensarlo solo, sin decirle nada a nadie, ni a mi mujer, después de que cierto día, por no pagar un impuesto, me estaquearon fiero en la comisaría; no aguanté mas el atropello... . Escapé y me escondí en el monte. Creo que allí me decidí a dejar todo, sin decirle nada a nadie, nunca más volví a la casa ... Leiva entonces, -dejando el jarro de aluminio vacío sobre la mesa- le hizo una seña a Cardozo. Che ... Parece que está parando la lluvia. Vamos a ver si sacamos algo, mañana es domingo y tenemos que volver a Resistencia- los mensajeros visitaban al Chacho cuando podían, pero el lunes tenían que tomar servicio, siempre volvían hasta ese pedazo de paisaje que tanto apreciaban, donde la pesca era abundante, la naturaleza y el silencio eran un tesoro para compartir con amigos. El hombre pareció no escucharlo y siguió diciendo -Cuando llegué a la boca del Araza, navegando solo y agazapado desde la costa contra los pajonales, como un animal... comía lo que sacaba del río, de vez en cuando llegaba a la costa para encender un fuego... Así despacito en dos semanas remando, llegué hasta acá, levanté el ranchito. Con el correr del tiempo, me acostumbré... No la paso mal, los de Prefectura pasan con su lancha de vez en cuando y me hacen algunas preguntas, ya saben que soy un refugiado... Conocen mi historia y no me dicen más nada... Yo les regalo algún armado, o un patí... Así pasaron como treinta años, a veces Norniella –Un locutor de LT5 Radio Chaco- pasa con su Lancha y me pregunta como anda el pique... Me contaron que él da el pronóstico de pesca en su programa de radio, y por ese servicio, me deja ropa usada, algún calzado, harina, sal, municiones y pólvora para armar los cartuchos... Con eso me alcanza, pesca nunca falta, tengo gallinas y cazo en el monte, siempre hay algún carpincho que busca el agua, el cuero y la grasa son es muy apreciados, si me falta algo, los canjeo en el almacén del pueblo por mercadería. Si no voy hasta el pajonal grande y con la fija –una especie de lanza casera con un hierro afilado del 8 atado en la punta- pesco algún yacaré y también le saco el cuero. -De pronto queda en silencio-.... Al rato dice: En una época, tuve mujer en el Araza, nos conocimos en un baile de San Baltasar, viví un tiempo en su casa... . Pero extrañaba el rancho... Acá tengo todas mis cosas, la invité pero ella no quiso venir, tengo dos hijos allá, de vez en cuando les llevo algo, algún dorado que saqué, algún cuero de regalo.... Pero de acá, no me saca nadie... Solo la muerte.... –Dijo con la mirada perdida en el horizonte-. -De pronto pareció despertar de un sueño, tal vez sin querer, recorrió su vida con el relato-, tras un largo silencio nos miró y buscó entre sus ropas un pequeño paquete de tabaco, sacó un papel, lo armó y prendió el cigarrito. Mirando al río nos dijo a los tres: Si, pasó la lluvia, vayan a pescar y tiren a fondo con plomada porque seguro que sacan algún armado grande. Así hicimos, conocía el río Paraná como sus manos, solía pararse en la barranca y respirar hondo... Hay olor a dorado.. –Decía mirando los remolinos del agua al atardecer-. Tirábamos allí y seguro enganchábamos uno. Recuerdos muy preciados son en mi vida actual esos momentos inolvidables en ese lugar y aquel personaje increíble. Cuantas anécdotas, cuánto aprendizaje de ese maestro de la naturaleza, analfabeto quizás... Pero con su sabiduría de vida. Para conservar los peces, una vez pescados los colocábamos en un en un jaulón que había fabricado con palos de la costa, atados con pedazos de cordel, sumergido pero atado a un árbol con un nylon del 100, en el agua mantenía vivos a los peces vivos hasta la hora del regreso, los limpiábamos antes de subir a la canoa y volver a nuestra vida de ciudad, después de remar esas dos leguas de vuelta para devolver la canoa y continuar el viaje a casa en nuestras motos. Poco tiempo después de aquella lluvia volvimos, pero el rancho estaba vacío... Tiramos nuestras líneas de pesca, pasó una lancha y, al vernos, pegó la vuelta el conductor dijo: No lo busquen más al Chacho.... ¿Porqué? –Preguntó Vera secándose las manos en el pantalón-. Hace unos días, lo encontraron muerto en el rancho, pasó Prefectura y al no verlo bajaron y lo encontraron. Parecía dormir en su catre, junto a sus perros, pero estaba muerto... . Se fue al otro río... Al río grande... Donde se fueron todos. Se fue el Chacho... –dijo el pescador, y se fue- Seguramente, encontró la Paz, no era un mal hombre, solo un poco arisco y por las circunstancias de aquella historia que nos confió, se alejó de toda civilización. Murió en su Ley –Dijo Cardozo- Si –Respondió Leiva- Pero que solo y triste es este lugar sin el Chacho... ¿No?... Siguieron pescando un rato, pero antes que anocheciera, sin decir nada, los tres amigos recogieron las líneas, guardaron todo, subieron a la canoa y volvieron al Araza... No era lo mismo el lugar, menos para pasar la noche. Seguro que el Chacho, convertido en espíritu, estaría allí, cuidando su rancho, mirando el río con él pucho entre los dedos... Vera prendió un cigarrillo y dijo –Lo vamos a extrañar, al viejo... -Solo se oían los remos en el agua-. Pasó un cardenal y con su canto pareció contestarle, pero nadie dijo nada. Tampoco volvieron a pescar en esa costa aquellos tres amigos, pero lo que nunca hicieron es olvidar al Chacho, nunca supieron su nombre, no hizo falta, en la costa del río cuando mencionaban su apodo comentando que lo conocieron y estuvieron muchas veces pescando en su rancho. Todos los miraban asombrados, con un silencioso respeto, no tenía muchos amigos el Chacho –les dijo un pescador un día-. Cardozo lo miró un rato en silencio y dijo: Pero nosotros sí fuimos sus amigos, cazamos y pescamos con él, comimos y descansamos en su rancho, conocimos su historia -la que ahora es de ustedes- Vera y Leiva lo miraron sonrientes aprobaron con la cabeza y siguieron mirando el río.....