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Usuario (Argentina)

Buenas, hoy les quiero dejar de regalo dos cuentos cortos de Cortázar, ambos del libro "Final de Juego" ... antes (en otro post) dejè un cuento de "Bestiario" , cuentos llenos de locuras mitológicas, criaturas extrañas y situaciones absurdas... Estos cuentos, extraídos de esta obra, rondan los asesinatos, la traición y la muerte como salida... Estos cuentos atrapan al lector y lo llevan a desenlaces inesperados... Aquí mi intro... Aquí los cuentos... Abrazos! Continuidad de los parques (Final del juego, 1956) Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. El río (Final del juego, 1956) Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras. Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y ajetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón rídiculo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme. Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos. Si te gustaron o no y deja un comentario!!! Estos cuentos estan buenos para debatirlos, asi que si hay debate mejor Saludos!
Hola gente, les quiero traer hoy algo sobre Finlandia, para todos los amantes del metal en varios de sus generos, este país ha sido cuna de muchas de las más importantes. Finlandia es un país maravilloso, hoy espero se puedan trasladar con el post, al menos unos minutos hacia allí. Si te interesa el fenómeno del sol de medianoche, las auroras boreales o algunos otros datos, este es tu post Finlandia! * Año de entrada en la UE: 1995 * Sistema político: república * Capital: Helsinki * Superficie total: 338 000 km² * Número de habitantes: 5,3 millones * Moneda: euro * Lenguas oficiales de la UE habladas en el país: finés y sueco. Ubicaciòn geografica, ciudades principales y aeropuertos: Información del país Al viajar a Finlandia es bueno saber que el territorio finlandés está cubierto por bosques en un 69 % de su extensión lo que le convierte comparativamente en el país más boscoso de la tierra. También los más de 187.000 lagos y 6.299 km de costa (1.126 en líneas rectas) hacen de Finlandia un país muy especial y "refrescante". La economía, tráfico, cultura y arquitectura moderna están integradas con bosques, lagos y mares. El ser humano se ha forjado espacio para sí mismo pero ha respetado y conservado intactas extensas áreas de naturaleza alrededor de poblaciones y ciudades. Los finlandeses valoran la tradición, la amistad y la honestidad y aunque son moderados y tímidos por naturaleza, se abren al trato. La naturaleza imponente del país ha forjado su carácter originando una relación especial con el bosque y la libertad, convirtiéndolos en elementos íntimos de su espíritu y cultura reflejados en tradiciones, refranes y leyendas. Por ello el bosque es también protagonista de la literatura, el arte, cine y música. El bosque significa calor y seguridad pero también riqueza y vida. Los finlandeses afirman que “el bosque protege a sus retoños” y por eso lo respetan y le conceden un lugar especial en sus vidas. En Finlandia, la naturaleza otorga y el ser humano recibe, pero no despoja. Clima: ¿Cuándo hay que viajar a Finlandia? Es difícil comprender el gran contraste de las cuatro estaciones del año en Finlandia. Además el tema de la luz lo complica aún más. Aquí intentaré aclarar un poco estas diferencias que siempre inquietan al viajero. En resumen podemos decir que para disfrutar de la nieve la temporada ideal es de diciembre a mediados de abril. Y para disfrutar del verano los meses ideales son junio, julio y agosto. Primavera y otoño son también temporadas bien interesantes e ideales para estancias en ciudades, compras, cruceros, etc. Septiembre es temporada alta en Laponia por los paisajes con colores de otoño (ruska) En cuanto a la luz - o su falta, cabe mencionar que la época de penumbra (=pocas horas de luz, "kaamos" en finés.) dura dos meses y medio, de noviembre a mediados de enero. Luego los días se hacen cada vez más largos y la época del Sol de Medianoche (=luz prácticamente toda la noche), de mediados de mayo hasta finales de julio. El cambio entre estos dos extremos es paulatino. Por lo tanto febrero y septiembre son meses cuando los días son tan largos, o cortos. Exótico, ¿no? El verano es totalmente opuesto al invierno. Por eso decimos que son dos países en uno. Tienes que experimentar las dos caras del país para saber lo diferente que puede resultar según la época del año. Sol de medianoche En el norte de Finlandia, el sol no se pone durante varias semanas desde mediados de mayo hasta finales de julio. En la parte más septentrional del país este "día más largo de verano" dura más de dos meses. Incluso en zonas más meridionales no oscurece por la noche, y los días se ven separados sólo por algunas horas de crepúsculo. Época de penumbra (Kaamos) Como el punto más septentrional de Finlandia es posterior al circulo polar ártico, disfruta de una época mágica llamada kaamos. Kaamos es una palabra finlandesa para la luz azulada, misteriosa mezcla de oscuridad y crepúsculo exclusivos del invierno nórdico. El sol de medianoche en el norte de Finlandia (Nordkapp). Algo increible! Atardecer en Lammi Aurora Boreal La Aurora Boreal es un fenómeno muy distinto al Sol de Medianoche aunque ambos son maravillosos fenómenos de la naturaleza que se dejan ver en los cielos del norte. La Aurora Boreal se presenta 200 días al año en Laponia, aunque no se puede ver siempre y nunca durante la época del Sol de Medianoche. La expresión en finés de la aurora boreal, "Revontuli", viene de una fábula lapona o saami. Repo significa zorro (diminutivo) y tuli fuego. Por lo tanto Revontuli es Fuego del Zorro. Según la leyenda, los rabos de los zorros que corrían por los montes lapones, se golpeaban contra los montones de nieve y las chispas que salían de tales golpes se reflejaban en el cielo. Los asiáticos creen que después de haber visto la Aurora Boreal, vivirás feliz el resto de tu vida. Especialmente se cree que es una fuente de fertilidad. Los científicos tienen otra explicación para este fenómeno: La Aurora Boreal es un meteoro luminoso que se produce alrededor de las zonas polares. Se origina cuando las partículas eléctricamente cargadas y transportadas por el viento solar impactan a gran velocidad con los átomos y moléculas de la atmósfera terrestre. En el choque éstos liberan energía, la cual se precipita emitiendo cuantos luminosos. Las auroras boreales más comunes con las de átomos de oxígeno, de color verde amarillento, que se presentan a alturas de entre 90 y 150 kilómetros. También la aurora roja que a veces se ve sobre la verde proviene de átomos de oxígeno, mientras que el azul se origina en los iones de la molécula de hidrógeno. Las auroras boreales se producen tanto en invierno como en verano, pero cuando hay luz todo el día no se ven y por eso es imposible verlas durante la época del Sol de Medianoche. Las mejores probabilidades para verla son en septiembre-octubre y febrero-marzo, a partir de las 9 de la noche llegando a su mejor punto a las 23.30. La investigación finlandesa sobre la aurora boreal está concentrada en Sodankylä (a 100 kms. al norte de Rovaniemi) y en Nurmijärvi (a 50 km de Helsinki) Aurora boreal o revontulet sobre Ivalo Aurora boreal sobre Finlandia Veinte cosas interesantes que quizá no sabías sobre Finlandia! 1. Campeonato mundial de llevar a cuestas a la mujer: Todos los años se celebra este campeonato. Son 250 metros de obstáculos, incluido un foso con agua, llevando a la mujer a la espalda. Si la dejas caer has perdido. ¿El premio? un barril de cerveza con el mismo peso que el hombre. 2. Día del dormilón: Tradicionalmente, la última persona de la familia en levantarse es arrojada a un río o al mar en el día del dormilón (27 de Julio). 3. Torneo de sudor: deporte típico en Finlandia. Varias personas compiten en el interior de la sauna, calentándola cada vez más y más hasta que sólo una de ellas resiste en el interior. Será el ganador. 4. Bosques y lagos: las dos terceras partes del país son bosques (la proporción más alta de cualquier país). El resto está cubierto por lagos (más de 200.000). No me extraña que su población no sea mayor de 5 millones de habitantes. 5. Concurso internacional de “guitarra en el aire”: Todos los años se celebra este concurso en Oulu. Se trata de tocar una guitarra lo mejor posible. ¿Lo original? que la guitarra es imaginaria. 6. El Pato Donald(Akku Ankka) Según una leyenda urbana en 1977 se prohibió la venta de los comics de este simpático pato porque ¡¡¡¡¡No llevaba pantalones!!!!!!. ¿La realidad? Los políticos decidieron que ya estaba bien de gastar el dinero de los contribuyentes en que las bibliotecas tuvieran al día la colección de comics del pato Donald. 7. Teléfonos móviles: El país de “Nokia” es el que mayor porcentaje de usuarios de teléfonos móviles tiene. Más de un 95% de la población posee al menos un teléfono móvil 8. Abrazos:Los fineses no son muy dados a demostrar sentimientos en grupo ( a no ser que haya bebida por medio) . El saludo estándar es una mirada fija al infinito 9. Saunas: Una de los símbolos del país. Hay una sauna por cada 3 habitantes. Los arqueólogos han encontrado restos de saunas que databan de antes de Cristo. 10. Idioma: El finés es uno de los idiomas más difíciles del mundo. Ese puede ser un motivo de por qué la mayoría de los fineses hablen inglés. Además tienen la palabra más larga del mundo: lentokonesuihku-turbiinimoottoriapumekaanikkoal-iupseerioppilas, una graduación en las fuerzas aéreas finlandesas. ¿Cuánto medirá la placa de su despacho? 11. Hielo: Los fineses tienen que, literalmente, romper el hielo en invierno si quieren salir del país en barco. Actualmente Finlandia es uno de los principales constructores de rompehielos del mundo. 12. Hombre más joven e ganar una medalla olímpica:Toni Nieminen ganó la medalla de oro en la categoría de “Salto de esquí” en los Juegos Olímpicos de Invierno en Francia 1992. Tenía 16 años. 13. Señales en la carretera: Como el país es bilingüe (sus dos lenguas oficiales son el finés y el sueco) en las carreteras, tienen las señales en ambos idiomas. Por ejemplo: Helsinki (finés) Helsingfors(sueco); Oulu (finés) Uleaborg(sueco). 14. Igualdad: Finlandia fue el segundo país en permitir votar a las mujeres. Además en 1907 fue el primer país en permitir que las mujeres fueran parlamentarias. 15. Navidades: Los fineses no tienen que esperar a Navidad para abrir los regalos. Lo hacen en Nochebuena. 16. Certificado de manejo de computadoras: Finlandia introdujo este certificado en 1998. Hoy en día 140 países reconocen este certificado de conocimientos en informática. 17. Alcohol: A los fineses les gusta beber más de la cuenta. Por 2 veces en el último siglo, se vetó la venta de alcohol en el país. Hoy en día la venta de alcohol es un monopolio del estado. 18. Rubias: Finlandia tiene la más alta proporción de rubias que ningún otro país. 19. Aurora Boreal: Northern Lights. Otro de los símbolos de Finlandia. En finés se denomina revontulet. 20. Seguridad: A pesar de las excentricidades Finlandia es el país con menos corrupcion y más democrático del mundo. Video con imagenes y banda sonora Finlandesa (Apocalyptica) link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=b7xvhYAq2N4 Los fiordos! una maravilla natural caracteristica de Finlandia --------------------------------------- Bueno gente, eso es todo, me voy a apolillar que mañana hay que laburar!! Este ha sido mi humilde aporte a esta gran cultura y pais que tanta alegria me ha dado!! De yapa, mi foto con su servidor envuelto en la bandera de Finlandia!! la foto que garpa el post! Fuentes: http://www.visitafinlandia.com http://www.carlosleopoldo.com/post/20-curiosidades-sobre-finlandia/
Hola a todos, les dejo un cuento solamente de cortazar, para aquellos que no han tenido el gusto de leer algo de su creación pueda conocerlo y asi no tengan que bajarse un libro o buscarlo por la red, Cortazar me parece un gran escritor, a algunos no les agrada, pero en fin son gustos, este cuento corto es genial y tal vez para el que no haya leido Cortazar les puede parecer un buen comienzo de un gran viaje... En fín... Julio Cortázar (1914-1984) Carta a una señorita en París (Bestiario, 1951) Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones. Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro —quizá, con suerte, tres— cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aun—que yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.) Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio. Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija—ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pudee me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión. Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris. Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad. De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.) Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches —sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches— y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza. Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano —yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo—; y se comen el trébol. Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos —un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses—, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López. No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro —no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha—. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así. Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡ Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vaina esperanza de que no sea verdad. Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa —usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos— y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido —en su infancia, quizá— que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas). A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas. Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón —porque Sara ha de ser así, con camisón— y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso. Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora — En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan. Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes —no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos. He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales. Si llegaste hasta aca dejà un comentario del cuento!