haruhi_fujioka
Usuario (México)
En mayo de 1961, cuando el presidente John F. Kennedy anunció al Congreso que Estados Unidos que "Se comprometía a situar un hombre en la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra antes del fin de la década", empezó la carrera hacia la Luna. Existen numerosas teorias que dudan sobre la llegada del hombre a la luna. La guerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética apenas había empezado, los Soviéticos tenían cierta ventaja en éste tipo de misiones, habían sido los primeros en mandar un hombre al espacio. Estados Unidos no tardó en "empatar" a los Soviéticos, ese mismo año John Glenn, un americano había orbitado la tierra y regresó sano y salvo. Pero la tragedia ocurrió poco después, la cápsula Apollo I estalló en llamas durante las pruebas y los 3 astronautas dentro de ella murieron inevitablemente. Mucha gente ahora cree que es imposible que los humanos hayan logrado llegar a la Luna en 1960, pues, la tecnología que los humanos había desarrollado en ese entonces no era la suficiente para llegar a la luna. La NASA realizó unos estudios de viabilidad que indicaron que sólo tenían un 0.0017% de posibilidades de situar un hombre en la Luna y de devolverlo luego a Tierra, sano y salvo. De hecho, una lavadora moderna tiene más memoria que la computadora central de la nave Apollo en ése entonces. Bill Kaysing aprueba éste tipo de teorías, Kaysing dice, en su libro " We Never Went To The Moon" que la NASA y la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) trabajaron juntas para falsificar el aterrizaje del Apolo 11. Según Kaysing, la NASA sólo lanzó un cohete Saturno V vacío. Éste regresó a la Tierra cuando estaba fuera de la vista del público. Además, se cree que la NASA hizo una grabación falsa del aterrizaje Lunar en Area 51, la base militar de Nevada. Los astronautas y el Control de la Misión, de verdad querían llegar a la Luna, por supuesto que sí, pero,, recordemos, éste era un sueño imposible con la tecnología de la época, lo cual sigmifica que ellos tambíen cooperaron para grabar la cinta falsa del Aterrizaje Lunar. Se tomaron fotografías y películas falsas de el Aterrizaje Lunar; y los astronautas "volvieron a la Tierra" soltando al océano una cápsula espacial falsa desde un avión del ejército. Kaysing dice que los astronautas fueron hechos pasar por un lavado de cerebro para garantizar que cooperarían. Timothy Good, un especialista en éste tipo de casos, además de OVNIS, explica, en su libro "Beyond Top Secret", que los astronautas vieron extraterrestres en la Luna. Evidencia? En una conversación secreta entre el Control de la misión y los astronautas del Apolo 11 Armstrong y Aldrin, que fue registrada por los soviéticos, se habla de avistamientos OVNIS en la Luna. El Dr. Vladimir Azhazha, físico y profesor de matemáticas en Rusia, dijo que el encuentro ocurrió poco después de que aterrizara el módulo lunar, claro, el público nunca pudo escuchar el informe de los astronautas porque la NASA lo prohibió. Por qué prohibiría la NASA que sus propios ciudadanos escucharan los informes y opiniones de sus astronautas? Maurice Chatelain, un especialista en comunicaciones de la NASA, comentó que "el encuentro con ovnis era perfectamente conocido en la NASA" y que "todas las misiones Apolo habían sido seguidas por ovnis". Toda esta información nos dice que la NASA escenificó un "Aterrizaje Lunar" en Nevada para que las personas pensaran que en realidad fuimos a la Luna, y para detener la batalla entre soviéticos y americanos para ver quien llegaba a la Luna primero. Ocultando lo que realmente sucedería en el espacio. Además, por qué la NASA no ha enviado a NINGUN astronauta a la Luna después de ese año?. Por qué nisiquiera planea hacer otro encuentro lunar? Acaso la Luna es una basa OVNI? Acaso no quieren que el planeta entero sepa la verdad?.
No todas las agonías son iguales. Unas pueden ser dolorosas, y otras dulces como un sopor. Si te interesa saber QUÉ SE SIENTE al morir, aquí tienes algunos ejemplos. Decapitado ¿Guillotina o hacha? Da igual, porque si nos cortan la cabeza, nada nos librará de sufrir dos segundos de dolor extremo. La cuchilla cercena los huesos que unen la cabeza al cuerpo, y eso, según explicó el forense Harold Hillman en New Scientist: "Tiene que causar un gran dolor". Grande, pero breve, ya que dos segundos después caeremos inconscientes por la hemorragia, aunque el cerebro conservará aún sangre y oxígeno para sobrevivir 15 segundos mas. ¿Explica eso los casos de cabezas cortadas que mueven los ojos o la boca? Según Hillman, solo son espasmos involuntarios causados por la agonizante química cerebral. Ahogado Aunque muramos en el mar, puede que nuestros pulmones sigan estando secos. ¿Por qué? Gracias a la laringe, cuyos espasmos impiden el paso del agua al aparato respiratorio. Pero ni eso nos salvará. El agua anegará el estómago, y la falta de oxígeno hará que se nos amorate el rostro y que el cerebro sufra un coma mortal en unos minutos. Gaseado El monóxido de carbono provoca una muerte rápida e indolora; por eso lo llaman el asesino silencioso. En caso de intoxicación, el CO2 sustituye al oxígeno en el organismo, ya que su afinidad para mezclarse con la sangre es 250 veces superior. La víctima solo nota un dolor de cabeza seguido de náuseas. Lo más probable es que se quede dormida antes de morir, pero si intenta huir, no podrá moverse. Los músculos están agarrotados por el gas, y el desdichado solo puede reptar unos metros. Quemado ¿Qué podemos hacer si el fuego nos rodea? Esperar un milagro, porque en sólo unos segundos las llamas prenderán nuestros cabellos e irán consumiendo, por este orden, las manos, los hombros, el pecho y el rostro; aunque no veremos cómo nuestro cuerpo se calcina, ya que los glóbulos oculares estallarán al contacto con el fuego. Se estima que el dolor es mil veces superior al que se siente al poner la mano sobre una sartén al rojo, y dura diez minutos, lo que tardan las llamas en achicharrar los nervios. Pero, probablemente, moriremos antes por las gravísimas heridas. Sediento Ya que el exceso de alcohol causa una ligera deshidratación, podemos imaginar que morir de sed provoca un dolor de cabeza cien veces superior al de la peor resaca que recordemos. Porque, debido a la falta de agua, el cuerpo se nutre del líquido cefalorraquídeo del cerebro, y por tanto, lo seca. Además, tras dos días sin beber, dejamos de orinar y los riñones se hinchan como un globo, lo que causa un dolor similar a una puñalada; los ojos se secan y endurecen como si fueran de cristal. La agonía dura de tres a siete días. Asfixiado Un hueso de pollo atascado en las vías respiratorias, o las manos de un estrangulador alrededor de nuestro cuello, provocan la hipoxia, que es la falta del suministro necesario de oxígeno a los tejidos y al cerebro. Las células sanguíneas, desoxigenadas, pierden su color rojizo y adquieren un tono morado que se refleja en la piel. La víctima pierde la conciencia en pocos minutos, y muere de un paro cardíaco. Congelado Algunas víctimas de muerte por hipotermia se desnudan antes de fallecer, aunque se ignora la causa. Lo que sí se sabe es que el peligro comienza cuando la temperatura corporal baja a 35ºC. Tras los escalofríos iniciales, las manos se entumecen, señal de que nos quedan 90 minutos de vida. Los vasos sanguíneos se hielan, lo que impide la circulación: en una hora, las extremidades estarán congeladas y el dolor será atroz. Ates de caer inconscientes por falta de riego cerebral, algunos se desnudan. ¿Por qué? Las alucinaciones pueden ser la causa. Desangrado Tenemos cinco litros de sangre en el cuerpo; perderla toda puede llevar desde unos minutos hasta horas, según el tipo de herida. Al sabio romano Petronio, que se suicidó cortándose las venas durante un banquete, le dio tiempo a hablar de filosofía. ¿Pero sufrió? En absoluto. Podemos perder hasta el 15% de la sangre sin sentir más que un mareo. Pero conforme aumenta la hemorragia, sufriremos una grave hipotermia, hasta que, tras perder 2,5 litros de sangre, entremos en coma.
La infanticida Francesa Sin duda es la mujer que ha logrado poner los pelos de punta a todas y cada una de las madres y padres de la vecina Francia. Una ama de casa que de pronto salta a las noticias por unos sucesos horrendos, los peores sin duda de los muchos años de historia de nuestro país vecino. Experiencias traumáticas en sus primeros partos la llevaron a deshacerse de sus siguientes hijos El horror comenzó a destaparse el pasado sábado 24 de Julio del 2010. Parecía una apacible mañana de jardinería en una vivienda unifamiliar de la localidad francesa de Villers-au-Tertre. Una pareja que acababa de comprar el chalé se disponía a plantar un árbol cerca del porche. Bastaron varios golpes de azada para toparse con dos bolsas de plástico con los restos de otros tantos bebés en su interior. Superado el espanto inicial, los nuevos propietarios acertaron con marcar los números que pronto llevaron hasta el lugar a varias patrullas policiales. El terror sólo había dado sus primeros pasos. Las sospechas iniciales apuntaron hacia los anteriores dueños del inmueble. Perteneció a un matrimonio de ancianos fallecidos hace varios años. Pero la pista era la buena y pronto se llegó hasta la heredera, Dominique Cottrez. Vivía cerca, a escasamente un kilómetro. En su casa se presentaron los agentes encargados de la investigación el mismo día y allí se toparon con lo que puede constituir el mayor infanticidio de la historia de Francia. La mujer de 47 años confesó que los cadáveres hallados en la antigua propiedad de sus padres pertenecían a dos de sus hijos. Y fue aún más explícita: había otros seis bebés enterrados entre el prado y el garaje de su propio hogar. En los siguientes días perros entrenados para realizar búsquedas subterráneas localizaron los cadáveres, también minuciosamente envueltos en bolsas de nailon. Cottrez dejó caer aún un dato más para agrandar el macabro descubrimiento. Quizás haya otros cuatro más, porque con el tiempo perdió la cuenta. Esta enfermera tampoco puso reparos para confesar la motivación que le llevó a deshacerse de los hijos que habían nacido entre 1989 y 2006 en el seno de su matrimonio con Pierre-Marie Cottrez, carpintero y concejal del pintoresco municipio. Una vez detenida el martes lo explicó todo ante el fiscal de Douai, Eric Vaillant. Al parecer, sus dos primeros partos -de los que nacieron dos hijas hoy venteañeras que ya la han hecho abuela- fueron traumáticos. Ello le llevó a negarse a pasar de nuevo por la experiencia de criar niños y a acabar con sus siguientes descendientes nada más alumbrarlos. Asfixió a todos. Preguntada por qué no acudió a los médicos para evitar quedar embarazada, su respuesta fue contundente: no creía en ellos. No le ayudaron en su sufrimiento en los partos que sí decidió soportar. Dominique Cottrez se enfrenta a ocho cargos de homicidio voluntario de menores de 15 años y lo normal es que sobre ella recaiga una condena de cadena perpetua -según informó ayer el fiscal-, siempre y cuando los análisis psiquiátricos determinen que era consciente y responsable de sus actos. El marido, también detenido inicialmente por omisión de denuncia y ocultación de cadáveres, ha sido puesto en libertad. La infanticida sostiene que él desconocía los crímenes e incluso sus embarazos. El gran tamaño de esta mujer podría haber servido para ocultar las gestaciones. El caso ha sacudido a Francia. Pero sobre todo a los habitantes de Villers-au-Tertre, una pequeña comuna campestre de 620 habitantes, una docena menos de los que hubiera tenido sin la pavorosa actuación de Dominique. El alcalde del pueblo, Patrick Mercier, como casi siempre en estos casos, aseguró a la prensa que la pareja parecía llevar una vida relativamente normal, discreta, como la del resto de los vecinos. Les conocía bien porque el marido cumplía su tercera legislatura en el seno del consejo municipal. Es «alguien respetable». La esposa «salía muy poco», cohibida por su generosa corpulencia. Francia se ha llevado una sorpresa, pero no tan grande. En 1984 una pareja fue condenada en el departamento de la Corrèze, al sur de París, a cinco y ocho años de prisión por haber ahogado y enterrado a siete recién nacidos. Más recientemente, una mujer confesó en marzo que mató a seis hijos y escondió sus cuerpos en una bodega de su casa, en el noroeste del país.
Leyendas urbanas japonesas - ¿Por qué van las chicas en grupo al baño? - Para protegerse de Hanako-san. Kokkuri-san, Kokkuri-san, dime, ¿cuándo me voy a morir?: Kokkuri-san, es la ouija japonesa, para aterrorizarnos se necesitarán los siguientes elementos: dos estudiantes japonesas (por si solas no debian causarnos terror), el alfabeto hiragana (esto si que da miedo) escrito en un tablero o en una hoja grande y un bolígrafo que debe ser sostenido por las susodichas mientras hacen preguntas tenebrosas al Kokkuri-san. Las historias que podemos encontrar guardan muchas similitudes con las protagonizadas en occidente por la ouija, por supuesto el juego (al igual que el equivalente occidental) ha dado lugar a peliculas. Toire no Hanako-san: Una estudiante sale de clase, camina por el solitario pasillo y entra en los servicios de chicas. Aunque están vacios todos la chica comete el error de abrir la cuarta puerta de los servicios. A partir de ese momento ya no está sola, los fantasmales ojos de Hanako-san (más correctamente, “Toire no Hanako-san”) se clavan en ella. Hanako-san es el fantasma de una adolescente presente en todas las escuelas de Japón, habita en el servicio de las chicas, en el reservado número cuatro. No se le responsabiliza más que de dar buenos sustos a las estudiantes en los momentos menos apropiados. Los hombres que quieran ser asustados por Hanako-san sin arriesgarse a una denuncia por voyeurismo pueden probar con la película. Kuchisake onna: Noche oscura, carretera solitaria, conductor confiado, autoestopista hermosa. Pero no, no es la autoestopista fantasma de la versión occidental. Aunque el cuerpo de la pasajera se intuye bello y sus ojos anticipan un rostro fascinante la parte inferior de su cara está oculta con un velo blanco. La mujer se sienta en el asiento de atrás y el conductor reanuda el viaje. “¿Soy hermosa?” -le pregunta la pasajera al conductor. “Sí, lo es”, afirma el hombre, y para confirmar sus primeras impresiones le dirige una mirada a través del espejo retrovisor. Pero la mujer se ha quitado el velo que cubría su boca y ésta aparece abierta con unos profundos cortes que le llegan hasta la orejas en una gran sonrisa macabra al fondo de la cual culebrea su lengua. El conductor ni siquiera escucha sus gritos de horror, a partir de este momento lo único que escuchará es la pregunta repetirse una y otra vez en su cerebro: “¿Soy hermosa?… ¿soy hermosa?… ¿soy hermosa?…” En otras versiones Kuchisake onna, la mujer de la cara cortada, caza y desfigura niños con su gran velocidad sorprendiendolos cuando menos se lo esperan. A veces se puede escapar de ella lanzandole un fruta lo que da al perseguido el tiempo suficiente para huir. El último cliente: Un taxista regresa de llevar a un pasajero por una solitaria carretera de montaña, para su sorpresa encuentra un nuevo cliente en el arcén de la carretera. El hombre se acomoda en el asiento de atrás del taxi y da una dirección, aunque el lugar es desconocido para el taxista el pasajero se compromete a guiarlo para llegar a su destino. Atraviesan pequeños pueblos, pasan por caminos olvidados y poco a poco el taxista comienza a inquietarse. Tras un buen rato de conducción se gira hacia atrás y pregunta al pasajero dónde se encuentran. Al hacerlo se sorprende por última vez al ver que el pasajero ha desaparecido, sin embargo se solventan sus dudas sobre donde está: al borde del precipicio a punto de dejar que sea la gravedad quien marque velocidad y recorrido.
Toda película de terror tiene su historia truculenta detrás que mitifican su rodaje, como si realmente el hecho de hacer películas de miedo fuera un acto maldito. "Terror en Amithy Ville", "La Profecía" o "Poltergeist", son sólo algunos títulos en los cuales cuelga el cartel de "rodaje maldito". Muchas veces, la mera casualidad o el deseo de sus directores por hacer de su película un mito, son los causantes verdaderos de esos supuestos "encantamiento" de guión. Los distribuidores se encargan de darle unas pinceladas mágicas (marqueting en realidad), y la película funciona el doble de bien. No es éste el caso, sin embargo, de "El Exorcista". Los publicitarios de la película detallaron a la prensa los percances en la se vio envuelta la película. En la primera semana de rodaje, murieron el abuelo de la protagonista femenina, Linda Blair, y el hermano del protagonista masculino, Max Von Sydow. El hijo del actor Jason Miller, que interpretaba al sufridor padre Karras, sufrió un grave accidente de moto que casi acaba con su vida. Ellen Burstym, que encarnaba a la madre de Reagan (Linda Blair), tuvo que abandonar el rodaje durante dos semanas, a causa de un fuerte dolor en la espalda. Durante seis semanas se paralizó el rodaje de la película, por el inexplicable incendio de los decorados de la habitación de la niña. Un carpintero perdió un dedo mientras trabajaba en esos mismos decorados. Se dice, que la figura del demonio Pazuzu, que aparece al comienzo del film, se perdió en su camino a Irak, donde se iban a rodar las escenas de las excavaciones arqueológicas, apareciendo luego en Hong Kong. Varios metros de película ya filmados y positivados, desparecieron igualmente misteriosamente. ¿Casualidad? ¿Deseos de buscarle una quinta pata al gato? Todo es posible; sin embargo, lo que le ocurrió a William Peter Blatty, autor de la novela, no deja lugar a una mala interpretación. Cuando la madre de Blatty murió, fue enterrada con un medallón sobre su pecho. Varios meses después, la joya reapareció de repente en torno el cuello de su hijo.

"Cuando ocurren cosas, normalmente es a una persona o un grupo de personas compartiendo la misma experiencia, pero esto que voy a contar sucede en un pueblo, y ocurre a todos sus habitantes, los cuales ya están acostumbrados... Pero yo, como visitante, y mis primas, hemos vivido unas experiencias que a la gente de allí les parece "normales". Fuimos a ese pueblo donde mis tíos tenían en las afueras una casa cerca del pantano. Para ir al pueblo tenías que seguir un camino de tierra durante cuatro kilómetros hasta llegar. Como en la casa de noche nos aburríamos, mis tíos nos acercaban al pueblo en coche para que pasáramos allí unas horas con los chicos del pueblo. Era verano y las noches invitaban a pasarlas hablando y disfrutando de compañía. Los chicos del pueblo al principio nos parecían muy fantasiosos o que nos querían meter miedo. Decían que algunas noches se oía el gemido de un niño pidiendo ayuda... pero no venía de ninguna parte, sino de todo el pueblo. Cada uno de los habitantes lo oía en su propia casa, en la calle, en la tienda, en el bar... partía de las paredes, del suelo... a veces incluso sentían un empujón violento que los lanzaba al suelo... Contaban que incluso una mujer embarazada perdió a su hijo en la plaza una tarde en la que se encontraba hablando con unas amigas al sentir que unas manos aprisionaban su vientre con tanta fuerza que la hizo abortar allí mismo. Ella estuvo a punto de morir y cuando se recuperó, se fueron del pueblo y no volvieron a él. Les preguntamos que quién podría provocar esas cosas... y que después de lo de la mujer ¿cómo es que la gente no se va del pueblo también? Entonces nos contaron una especie de leyenda y del por qué creen que "eso" atacó tan ferozmente a la mujer. Hacía unos diez años, unos niños del pueblo decidieron irse una noche de verano a otro pueblo vecino. Para ello tenían que atravesar un campo donde en uno de los laterales estaba el cementerio que compartían los dos pueblos y que se hallaba justo a la mitad del camino. Cuando ya estaban bien avanzados oyeron un crujido a sus espaldas. Era el hermano menor de uno de ellos. Le instaron a que se volviese a casa pues no querían cargar con críos y éste se negó en rotundo, más que nada es que le daba miedo volverse solo. Entonces decidieron despistarle. Al llegar a la altura del cementerio dijeron que iban a jugar para esconderse en él. Como había luna llena se veía bastante bien, este chico aceptó sin sospechar nada... Ya en el cementerio, uno contaba y los demás se escondieron todos juntos, mientras este chico se escondía en otro lado pensando que todos estaban haciendo lo mismo. Cuando ya le perdieron de vista, los chicos se reunieron y salieron por una de las tapias dejando a este chico escondido. No podían evitar reirse de lo fácil que había resultado engañarlo hasta que oyeron un grito desgarrador... Al principio pensaron que se trataba de una broma, hasta que el segundo grito reaccionaron y volvieron a entrar en el cementerio... Estuvieron buscando por todas partes pero no le encontraron, gritaron su nombre, dieron vueltas y más vueltas y nada. Al cabo de muchas horas, cuando ya despuntaba el alba decidieron buscar ayuda en el pueblo con la esperanza de que el chico les hubiese gastado una broma y se hubiese ido a casa. Al llegar al pueblo, el hermano fue a su habitación, no había dormido allí, la madre le preguntó por su hermano pequeño y éste le tuvo que contar la verdad. La madre avisó al padre y éste a todo el pueblo... Salieron todos en busca del muchacho al cementerio. Cuando llegaron allí, uno de los vecinos descubrió con terror que el cuerpo del chico se encontraba en una de las fosas que acababan de abrir días antes para un nuevo difunto... El chico tenía la cabeza reventada, los huesos de las piernas y de los brazos retorcidos en una figura grotesca, los ojos cristalizados por el pánico y la boca en una mueca de absoluto terror... Fue un día negro en todo el pueblo, nadie se explicaba lo que había ocurrido allí. El hermano, con los años, fue internado en un psiquiátrico pues decía que su hermano se estaba vengando de él, le veía en todas partes, le pegaba... Los médicos le diagnosticaron neurosis obsesiva posttraumática, pero no podían explicar los contínuos moratones que aparecían por todo su cuerpo, incluso en la cara... Al cabo de unos años, la madre de estos hermanos se quedó embarazada... y a los siete meses le ocurrió lo que ya contaron antes: Algo había provocado la muerte de su bebé y quizás su propia muerte de la que escapó por poco. Los chicos decían que los gritos que oían por las noches eran iguales que los que oyeron en el cementerio. Oyendo esta historia la verdad es que les creímos... habíamos pasado un buen rato de miedo y nuestro tio nos vendría pronto a recoger para llevarnos a casa... Cuando íbamos hacia el coche, sentí un golpe fuerte en mi espalda que me obligó a apoyarme en mi prima de una forma violenta. Casi nos vamos las dos al suelo... Miré hacia atrás, pero los chicos estaban hablando entre ellos a unos tres metros de nosotros. Mi tío dijo que me había tropezado. Mi prima, sin convencerse del todo, fue hacia los chicos, cuando de repente volvió la cabeza hacia el otro lado de forma violenta... Dijo que alguien la había abofeteado... y tenía una mano marcada en la cara... una mano pequeña... Nos asustamos muchísimo... y empezamos a gritar presas de la histeria... Los chicos vinieron a auxiliarnos mientras mi tío abría el coche rápidamente para meternos dentro. Los chicos hicieron una barrera con sus brazos protegiéndonos de lo que fuese y pudimos meternos en el coche. Por el cristal pude ver cómo golpeaban a algo invisible que les estaba atacando. Mi tio condujo a gran velocidad tocando el claxon como un loco. Al llegar a la casa llamó a mis otros tios y todos fueron al pueblo a ayudar a los chicos, pero ya todo había pasado. Éstos se encontraban agotados por la lucha, con arañazos, golpes... pero dijeron que estaban acostumbrados, que no pasaba nada. Las agresiones en ese pueblo son esporádicas y no siempre a las mismas personas... pero ellos sienten que tienen que estar ahí para que ese niño que murió de forma tan violenta no esté solo... Llegará el momento en que pueda descansar en paz."
¿Recuerdan la vieja serie animada de "calabozos y dragones"? (dragones y mazmorras para españa) Si recuerdan se trataba un grupo de chicos que entran a un juego de feria y son transportados al mundo de calabozos y dragones, en donde encuentran a un enanito llamado el Amo del calabozo y a un terible villano llamado Venger. Esa serie fue muy famosa por crear empatía de los televidentes hacia los personajes de los chicos quienes en varias ocasiones entraban en la desesperación y terminaban en lagrimas al no poder regresar a casa. La serie duró tres temporadas de 1983 a 1986, pero fue sacada del aire antes de que tuviera un cápitulo final, incluso se contrató a un famoso guionista llamado Michael reaves... El episodio se debería de llamar Requiem y prometía ser apoteotico, sin embargo nunca se produjó... Rumores en internet circulan desde entonces diciendo que el verdadero final es que los niños en realidad estaban muertos desde el prmier episodio y están en el infierno. que el Amo del calabozo y Venger son en realidad el diablo en dos formas y que sólo juega con los sentimientos de los niños manteniendoles la esperanza de volver a casa, y el unicornio bebe Uni no es un demonio. ¿tú que opinas?

Ha pasado mucho tiempo que no posteaba una historia de terror pero aqui les traigo una espero que la disfruten El pasillo de la planta baja era oscuro y estrecho. Al fondo, una única luz brillaba en el umbral de las escaleras que bajaban al sótano, a la sala de la caldera, allí donde una noche más volvían a escucharse las voces. Cristóbal era el tercer vigilante nocturno en lo que iba de año, el undécimo desde que, según la leyenda, empezaran a escucharse los gritos. Ninguno de sus predecesores habían terminado en condiciones de contarlo, tres estaban ingresados en diferentes centros psiquiátricos, cinco habían desaparecido, el resto se había suicidado. El complejo llevaba cerrado más de sesenta años, abandonado en algún momento cercano al final de la Guerra Civil. Había sido concebido como hogar de discapacitados a principios de siglo y reconvertido en hospital de campaña durante los años más oscuros de la contienda. Los últimos informes databan del cuarenta y dos, después, nada. El terrible incendio había devorado dos de las alas anexas y parte del edificio principal, los expertos declararon que el fuego había surgido de un fallo en las conducciones de la caldera, pero nadie había querido investigar más allá. Ni causas, ni víctimas, ni responsables, todo había quedado silenciado. Hasta que la llegada del nuevo equipo ministerial supuso el inicio de las labores de restauración del viejo y defenestrado caserón. Cuatro años antes de que Cristóbal consiguiera el puesto las autoridades habían vuelto a abrir las puertas, habían quebrado los sellos, habían desenterrado sus secretos. Y habían dado comienzo a las voces. Aquella noche, como otras tantas, Cristóbal atravesó el estrecho pasillo con la linterna tiritando en su mano zurda y la diestra aferrada a la empuñadura de la porra que llevaba sujeta al cinturón. Sólo llevaba dos meses en aquel trabajo, y jamás hubiera imaginado que el terror iba a comenzar tan pronto. Le habían hablado de las voces, no le habían ocultado nada. Le habían explicado los misterios y los inconvenientes de aceptar el turno nocturno de vigilancia en un hospital abandonado, en un hospital con esa historia, en un lugar con aquella leyenda negra. ¿Qué había ocurrido entre sus paredes en el año cuarenta y dos? Las voces intentaban explicarlo, pero nadie sabía o quería hacerles caso. Los gritos no sonaban cada noche, sino solamente algunas, en las madrugadas más frías y silenciosas de la sierra de Madrid. El tiempo parecía detenerse, el aire empezaba a oler a rancio, a reseco, chillidos como de reses siendo abiertas en canal recorrían las paredes del antiguo sanatorio como un filo de navaja. Siempre procedían de la habitación de la caldera, igual que el calor, el olor a sudor sucio, igual que la temperatura infernal que surgía de una caldera muerta hacía más de medio siglo. Cristóbal volvió a sentir su corazón acelerarse cuando llegó al final de la escalera. El titubeante haz de su linterna dibujó un círculo espectral en la pared de hormigón que conducía a la puerta reforzada de la sala de calderas. Empezó a avanzar, muy despacio, sabiendo a ciencia cierta que el calor que sentía al acercarse era sólo producto de su imaginación, así como las voces, los gritos, chillidos estremecedores de niños ardiendo. ¿Qué ocultaban aquellas paredes? ¿Qué escondía esa máquina infernal? ¿Qué habían hecho con ella? Los gritos se clavaban en las sienes del vigilante rompiendo su fortaleza, pensó que por qué las autoridades no se decidían a derruir el ala de la caldera, ¡el edificio entero!, olvidar la restauración y enterrar para siempre los terrores y los crímenes cometidos ahí dentro. Entonces las voces gritaron más fuerte. ¡Basta!, chilló Cristóbal, cerrando el puño entorno al pomo que parecía arder en su palma. Sólo tenía que entrar, cerrar la llave una vez más, así cesaría el dolor, cesarían los gritos. Al menos hasta la próxima noche. Antes de abrir ya sabía lo que iba a encontrar al otro lado, nada. La sala iba a estar vacía como siempre, la caldera fría y sus juntas oxidadas, la vieja rueda hexagonal giraría con un quejido para acallar los gritos que no pertenecían a nadie de este mundo, que no eran reales, que nunca lo eran. Realizaría el ritual, jugaría con ellos una vez más, pero cuando el calor y las voces desaparecieran de nuevo correría hasta su garita y engulliría un litro de café pensando en cómo redactar su carta de despido. No lo soportaba más. No quería acabar como los otros, completamente loco. Su mano giró el picaporte y empujó la puerta sin esfuerzo, qué raro, debería estar oxidada. En lugar de una habitación oscura encontró la sala iluminada, caliente, vibrante debido al inmenso calor que despedía el monstruo de acero que dormitaba en su interior. Los gritos resonaban con más fuerza que nunca en unas paredes de cemento que habían perdido sus telarañas como si no las hubieran ganado nunca, los tubos de metal que recorrían el suelo y trepaban hacia el techo aparecían relucientes como recién bruñidos y hasta la última de las herramientas estaba colocada en su sitio. La puerta se cerró de golpe tras los talones de Cristóbal. En el centro de la habitación la calabaza de acero parecía mirar a los ojos del vigilante. Un fuego infernal se sacudía en su interior, golpeando el cristal del ventanuco redondo de su única puerta. Las llamas crepitaban despidiendo por las rendijas de la caldera un intenso calor y un hedor a carne quemada que Cristóbal no había experimentado antes. Nada de eso debería estar pasando, nada debería ser tan real, o al menos no parecerlo. Sin embargo el sudor se deslizaba por su piel desde debajo de su gorra y sentía el dolor del fuego calentando su cara, su uniforme, sus manos. Los chillidos brotaban del interior de la caldera, no cabía duda, tan dolorosos, tan intensos, que estaban rompiendo el alma del aterrado vigilante. ¡Silencio! ¡Callad! Cristóbal dio un paso más hacia la caldera que parecía estar a punto de reventar. Las agujas de sus medidores, que deberían estar rotas e inservibles, marcaban niveles de temperatura y presión sobrehumanos. La visión del vigilante comenzaba a nublarse por el vapor y el sofoco y decidió hacer lo único que sabía podía funcionar: si giraba la llave hexagonal, si apagaba la caldera, podía conseguir que todo terminara. Se acercó al monstruo de acero con la mirada fija en ese ojo de cristal contra el que se sacudían las brasas, empañado y turbio por la ceniza y que no dejaba distinguir su interior. El plástico negro de la linterna se arrugó como uno de los vasos de la máquina de café que había visto arder en algún momento de aburrimiento, la lanzó contra una de las paredes y alargó la mano hacia la rueda de hierro en la unión de los dos medidores. ¡Está muerta, lo sé!, gritó para sí, al borde de la locura, consciente de que si conseguía hacerla girar, ilógicamente aquel infierno cesaría. Sus dedos rodearon las muescas de la manivela y dejó escapar un alarido al sentir la piel quemada. El hierro ardía pero aún así reunió fuerzas para obligarse a girar una manija desahuciada desde los años cuarenta. ¿Qué había ocurrido allí dentro? La pieza de metal giró por fin pero lo hizo para separarse de su soporte, para romperse, para desprenderse de la caldera y bailar entre los dedos del vigilante como en una broma macabra. Casi a la vez algo explotó en el interior del horno, su gruesa barriga se estremeció de repente y la temperatura aumentó todavía algunos grados. Los gritos, los gritos, Cristóbal se llevó las manos a la cabeza, ¡los gritos! Estaba paralizado en el centro de la habitación cuando empezaron los golpes. Aunque le resultara increíble –y qué no lo era ya procedían del corazón de la caldera, mezclados entre las voces. Eran sacudidas, como pataleos, puñetazos contra las paredes del gigante de acero. Cristóbal retrocedió horrorizado, los gritos además tenían forma, tenían cuerpo y querían escapar. No podía ser cierto, quiso asomarse apenas unos centímetros al interior del cristal y entonces una mano delgada y gris golpeó desde dentro el ventanuco. El vigilante dio un salto hacia atrás y se sintió al borde del infarto. Aquella mano era real, ¡la estaba viendo! Los dedos huesudos se deslizaron por el cristal dejando una marca como de cinco arañazos en el hollín. Había gente allí dentro, era cierto, había gente abrasándose viva. Cristóbal se abalanzó contra la puerta y trató de abrirla pero sólo consiguió quemarse los dedos y que el calor sofocante le dejara sin respiración. Volvió a intentarlo, golpeó el cristal con su porra, buscó entre las herramientas con qué forzar la maldita caldera pero todo fue imposible. Aquellas personas se estaban quemando ante sus ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Entonces los gritos cesaron y, de alguna manera, Cristóbal lo entendió todo. Aquellos condenados no estaban intentando salir, ya estaban muertos de todos modos. Se dio la vuelta hacia la caldera y encontró la portezuela abriéndose lentamente. Distinguió las sombras retorciéndose entre las llamas. Brazos, torsos, ojos que le buscaban, ojos que le encontraron. Echó a correr hacia la puerta de la habitación mientras, a su espalda, una pierna ennegrecida surgió de las fauces de la caldera. Un ser calcinado salió de su interior, luego otro, vestían jirones quemados de batas de hospital que debieron ser azules y presentaban vagamente forma humana. El vigilante chocó de sopetón contra la puerta y contra la realidad al mismo tiempo: aquella puerta no iba a abrirse, nunca más, al menos para él. Chilló como no había chillado nunca y lloró como un niño antes de que la mano caliente y descarnada le agarrara por los pelos y le diera la vuelta. La forma le miró con su único ojo, cabeza sin pelo y pústulas por todo el cuerpo. Detrás de él le esperaban más. Cráneos rapados, cicatrices, puntos de sutura, sangre en encías y globos oculares. Enfermos, todos enfermos. El fruto de la ignorancia, del miedo, de la crueldad y de la matanza. Le miraron durante unos segundos y él leyó la venganza en sus rostros. Sacrificio, escuchó, no supo bien de dónde. El olor de sus propias heces se confundió en su cabeza con el de la carne quemada, el de los brazos y manos que le agarraron y le levantaron del suelo, que arrancaron su mano del picaporte de la puerta cerrada, de su último asidero con la realidad. Gritó en busca de auxilio pero sabía bien que nadie iba a oírle, igual que sabía que nadie iba a encontrarle, que le darían por desaparecido como a los otros vigilantes. No había podido escapar a la caldera, no había podido eludir la purga de los pecados de otros. Las criaturas tiraban de él hacia el interior de la caldera mientras luchaba por escapar de la muerte. Golpeó a una de ellas en la cara y escuchó el crujido de la piel quebrarse cuando su puño atravesó aquella cabeza tostada y reseca. De una patada arrancó un brazo decrépito que le agarraba el tobillo y por un momento consiguió zafarse y correr otra vez hacia la puerta. Pero las criaturas doblaron su esfuerzo, más y más de ellas brotaron del interior de la caldera que parecía vomitar cadáveres calcinados. ¿Qué había sucedido ahí dentro? Los enfermos volvieron a abalanzarse sobre él, le agarraron quince brazos, treinta manos, despojos de mujeres y niños le asieron del pelo y le mordieron las manos, los hombres más fuertes le levantaron del suelo y le cargaron en volandas hacia las fauces abiertas de aquel horno crematorio infernal, mal parto de las mentes enfermas de hombres supuestamente cuerdos. Las suelas de los zapatos del vigilante se derritieron como goma y los dedos de sus pies ardieron en llamas. Sus gritos eran tan fuertes como lo habían sido los de las criaturas durante aquellas noches horribles de hacía sesenta años. Sus tibias crujieron, las rótulas estallaron y sus muslos se llenaron de ampollas sangrantes. Los testículos de Cristóbal reventaron y empezaron a brotarle llamas del abdomen, estómago y demás vísceras incendiadas, pero no conseguía morir. El humo encharcó sus pulmones pero la asfixia tampoco acabó con él. La piel de sus manos se desprendió del hueso y se arrugó hacia atrás como un calcetín, con medio cuerpo dentro de la caldera los globos oculares saltaron de sus órbitas y su cabello ardió como un manojo de bengalas. Las criaturas entraron en la caldera detrás de él, se sentaron a su alrededor en el centro de las llamas. Le miraban. Le oían chillar, le observaban consumirse. Entonces sus voces se unieron a la suya. Voces estremeciendo los cimientos del viejo sanatorio, los crímenes del pasado, las raíces de un mal ancestral. Del mal que surge del propio ser humano. Dieciocho minutos después de haber empezado, todo terminó de golpe. La caldera se apagó y las voces… las voces guardaron silencio.
Todo ocurrio el 26 de noviembre del 2001, la familia Guajardo quien era Matilde, Omar, Fernando (los hijos de entre 7 y 15 años) y los padres Julio y Rebeca recien se habia mudado a esa cabaña en el bosque. La casa tenia de todo un gran patio, 9 habitaciones, 2 pisos y por ultimo un POZO. Todo ocurre en la noche del 27 de noviembre del 2001, eran exactamente las 3:09 A.M Matilde estaba completamente dormida cuando se cae algo en la cocina, ella fue a investigar y encontró un vaso de vidrio roto en el piso, Matilde no tuvo mas remedio que tener que ordenar el desastre cuando de pronto Omar(el hijo menor de la familia )se despierta y va a la cocina, Matilde estaba limpiando cuando de pronto aparece una sombra en la pared de la cocina, de pronto aparece Omar y Matilde se asusta y da un fuerte grito: ahhhh...dijo Matilde-¡Omar eres un inmaduro idiota!. Omar se pone a reir pero de pronto Omar y Matilde ven la sombra que va al patio trasero de la casa, entonces Omar y Matilde se asustan y van a buscar corriendo del susto a Fernando (el hermano mayor), se lo cuentan todo, Fernando cree que solo es una broma infantil y dice que ira a investigar lo que pasó con aspecto de broma, entonces pasó lo indispensable: a Omar lo arrastran hasta lo mas oscuro de la parcela Matilde grita y despierta a sus padres. Los padres corren a donde Matilde y Fernando entonces le cuentan lo ocurrido. La madre y el padre no lo podian creer, llevaron linternas los padres y los niños se quedaron en la casa. Paso 1 hora desde que los padres fueron a ver que pasaba y los niños se preocuparon cogieron unas linternas de alta potencia y fueron a buscar a sus padres y a Omar pero lo único que encontraron fue un pozo. Los muchachos fijaron bien la luz y encontraron huesos, sangre humana reciente y cuernos. !Cuernos¡, dijo Fernando, entonces se apaga la luz de la linterna Matilde grita y todo acaba. En el dia Fernando despierta dentro de un pozo seco lleno de sangre y de pronto aparecen sombras inhumanas y poco a poco Fernando siente que le despedazan la carne. La casa fue vendida y poco después la otra familia desapareció sin dejar rastro alguno... Hasta el dia de hoy la cabaña sigue en pie.
John Lawsrick... ¿te suena conocido? Seguramente no. Este asesino es de la época de que nuestros abuelos eran chicos, pero no se te ocurra investigar sobre el, no encontraras nada, ya que todos sus expedientes e información desaparecieron misteriosamente... esta historia me la contó mi mismisima abuela, la cual vivió la historia... todavía me la acuerdo... ¿quieres que te la cuente? ¿estás realmente dispuesto a sentir terror? Si tu respuesta es si, sigue leyendo... John era un niño nacido en Texas, hace muchisimo tiempo. Tenía un peculiar odio por los bebes del pueblo. Cuando tenia 6 años, su madre tuvo 2 mellizos, y la pobre no podia ocuparse de los 3, así que dió en adopción al pobre John. Pasaron años buscando unos padres adoptivos, pero nada sucedía. Todos los que miraban al chico sentian una mirada fria y seca al mismo tiempo, un odio infernal que reinaba en el. Por ese motivo, nunca lo dieron en adopción. En fin... el se quedo en su casa. La relación con su madre no era la misma, ya ni le hablaba, les hacia maldades a sus hermanitos (ahora de 5 años). Hasta que un día, la madre se cansó. Lo dejó en la puerta de una iglesia. John seguia con el mismo odio de siempre, tanto, que se escapo de donde la madre lo había dejado, y a la noche entro a su casa, y asesino a la madre y a los hermanos. La policia lo empezó a buscar... pero nunca lo encontraron. John creció escapandose de la justicia, de país a país, de continente a continente. Hasta que un día, por 1968, el asesino llegó a Buenos Aires. Nadie lo sabía en ese entonces, pero además de matar a las personas en casas humildes, robaba. Lo que me contó mi abuela, es que un día a la noche, ella escuchó un ruido aterrador en las chapas de arriba de la casa. Salió de su cama, y fue a buscar a los 2 bebes de la vecina que ella tenia que cuidar. No vió nada allí afuera. Volvió a su cama, y se durmió. Al día siguiente, despertó, y vió a los dos bebés muertos en sus cunas. Ya no sabia ni que habia pasado. A la noche siguiente, volvió a sentir esos ruidos. Se levantó, y allí habia un hombre calvo y alto hurgando en su casa. ¿Quien eres? le preguntó el. Mi abuela salió corriendo a la calle, y fue a la estación de policias más cercana. Ellos lo atraparon, y lo condenaron a muerte. Ese día, John murió en la silla eléctrica. Pero... su espiritu sigue vagando y matando a los bebes que ve. Podría entrar en tu casa, sin advertencia. Yo que tu, me cuidaria más.