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¿Qué clase de cosa es esta mente nuestra que parece operar fuera de nuestro control? ¿Quién, de hecho, puede afirmar que controla su mente? ¿Quién puede pensar en algo durante más de unos segundos sin que inmediatamente otros pensamientos no voluntarios se entrometan? ¿Quién puede obligar a su mente a no pensar en el sexo, por ejemplo, en la venganza o en la gloria personal? Una vez que entra uno de estos pensamientos es casi imposible librarse de ellos y luego, de repente, nos abandonan y los reemplaza algún otro pensamiento, igualmente no deseado. Si hay alguien que tiene la fama por haberse formulado esas preguntas cuando a nadie se le había pasado por la cabeza es Sigmund Freud y será el protagonista en nuestra historia de hoy. Nacido en Moravia, en 1856, de joven se leyó todas las obras de William Shakespeare. Estudió medicina en Viena especializándose en neurología y psiquiatría. Durante la década de 1890 desarrolló una técnica para el tratamiento de los pacientes que sufrían de histeria animándoles a realizar asociaciones libres consiguiendo algunas curas notables o, al menos, remisiones de los síntomas. Durante esos años fue cuando describió lo que hoy conocemos como subconsciente. Es una cosa de lo más enigmática. Cualquiera que esté dispuesto a mirarse al espejo sin cerrar los ojos sabe que tiene un subconsciente y quizá lo ha sabido siempre, pero conscientemente siempre lo ha negado. La grandeza de Freud fue en que siguió pensando tenaz y sistemáticamente sobre este fenómeno hasta que empezó a entenderlo. Todo el mundo reconocía secretamente que en su propio caso mucho de lo que decía Freud era verdad. ¿Qué ser humano normal no es consciente de que bajo la superficie de la consciencia se agolpan deseos sexuales que emergen en los momentos menos esperados y quizá menos apropiados? Dijo cosas en las que acertó pero también otras en las que hoy consideramos que no iba acertado. Por supuesto, fue objeto de burla y ridículo por sus teorías sobre el sexo. Su reputación era la de un libertino, de una persona desagradable; y todo a causa de sus teorías. Con frecuencia se le ha negado la categoría de científico y a su obra psicoanalítica de ciencia. Y la verdad es que existen notables diferencias entre el método científico utilizado en física, química o matemáticas, con lo que él hizo. Hay que decir, sin embargo, que fue quizás lo más parecido que pudo hacer: hizo hipótesis sobre “fuerzas” que nos afectaban e intentó darles algún tipo de explicación lógica. Sea científicamente correcto o no, tuviera razón o no, estemos de acuerdo con él o no, lo que está claro es que Freud marcó un “antes” y un “después”. Nunca volveremos a contemplar igual nuestras pasiones, fobias, filias o simples inclinaciones como lo hacíamos antes de él. Ya no las veremos nunca más como un producto del momento o una circunstancia imprevisible, sino como fuerzas psicológicas (el subconsciente) que quedan fuera de nuestro control racional y modifican nuestro comportamiento. Cuando Hitler tomó el poder en 1933 no fue una sorpresa para él que los primeros libros que quemaran los llamados “camisas pardas” fueran los suyos. Esto, según él, era una psicosis en masa. Según dijo: Estamos progresando, en la Edad media me hubieran quemado a mí, ahora se contentan con quemar mis libros. Tuvo que escapar de Viena con su hija Ana después de pagar el 20% de sus bienes y se mudó a Londres muriendo al año siguiente. Pero no quiero ahondar en lo que todo el mundo conoce sobre él, sino otra faceta en la que quizás no es tan conocido. Fue un crítico brillante tanto de literatura como de sociedad en general. Cuando estalló la primera guerra mundial, todo el mundo quedó sobrecogido por el horror, la brutalidad y la crueldad que habían estado agazapadas todo el tiempo bajo la superficie de la corrección social. Freud quedó tan conmocionado como los demás, pero no tan sorprendido. Tampoco se había sorprendió cuando los nazis empezaron a matar judíos e intentaron matarle a él mismo. Él decía que todas esas cosas siempre habían estado allí, esperando. Y es que, a principios de 1915, cuando Freud ya era famoso por su obra “La interpretación de los sueños”, publicó un artículo titulado “Reflexiones sobre estos tiempos sobre la guerra y la muerte”. Fue un artículo que pone los pelos de punta sólo por ver lo actual que puede llegar a ser teniendo casi cien años. Empezó hablando de la desilusión que sentía mucha gente, sobre todo en Alemania, al descubrir la crueldad y brutalidad de lo que eran capaces naciones e individuos que antes se creían civilizados. Se contaban historias terribles acerca de conductas de los soldados de todos los países. Sobre cómo violaban en grupo a jóvenes y luego las mataban, sobre cómo ensartaban sus bayonetas a mujeres embarazadas, sobre cómo disparaban a los prisioneros para herirles y ver cómo sufrían sólo por diversión, o sobre cómo torturaban a niños y animales porque les gustaba oírles gritar. Eran historias demasiado próximas a la experiencia que cada uno había tenido de la guerra como para negarlas. Naturalmente, era más fácil creer estas historias sobre los soldados enemigos que sobre los propios. Decía que los gobiernos de todos los países combatientes, mientras sostenían que sus propios ciudadanos tenían que seguir obedeciendo las leyes de la vida civilizada, no tenían ningún reparo en actuar contra los gobiernos enemigos y sus ciudadanos sin ningún respeto por las leyes o costumbres civilizadas. Dichos gobiernos mentían sistemáticamente y se dedicaban con entusiasmo a producir y desplegar armas cada vez más monstruosas, entre ellas el gas venenoso y bombardeo sobre población civil indefensa. Eran tan despiadados como lo fuera cualquier bárbaro y no parecían avergonzarse lo más mínimo por ello. Esperemos que estén equivocados, decía Freud, y que los alemanes no seamos tan malos como creen. Pero añadió: tampoco somos tan buenos como nos gustaría hacerles creer. Somos humanos, igual que ellos. Y el ser humano no se siente feliz en la civilización, por mucho que afirme lo contrario. Contaba que, psicológicamente, el hombre civilizado ha estado viviendo por encima de sus posibilidades, pues existe un yo más profundo, una especie de salvaje primitivo, dentro de todos nosotros que ansía librarse de los límites que pone la civilización. Yo lo sé porque lo he visto en todos mis pacientes sin excepción: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, cultos y analfabetos. Así pues, no me sorporende lo que ha revelado la guerra y a vosotros tampoco debiera sorprenderos. En un ensayo posterior escribió que la gente, en lo más profundo, no es demasiado buena. El elemento de verdad tras todo esto y lo que la gente está tan predispuesta a negar es que los hombres no son criaturas amables que quieren ser amadas y que como máximo se defienden si son atacadas. Son, por el contrario, criaturas cuyo acervo instintivo debe reconocerse una buena dosis de agresividad. Y añadió “Homo homini lupus” [el hombre es un lobo para el hombre] ¿Quién , a la luz de toda su experiencia de la vida y de la historia puede tener el valor de negar esa afirmación?. También hizo mención sobre el cambio de actitud frente a la muerte que había provocado la guerra: En tiempos de paz, la muerte se puede mantener a una distancia segura. Uno la puede negar o, al menos, evitar mencionarla o pensar en ella. En la guerra, esa negación deviene imposible. La muerte se entromente en la vida de cualquiera de la forma más irritante e indecorosa. Pero eso no es algo malo, pues en lo más profundo de nuestros subconscientes primitivos, somos muy conscientes de la muerte, incluso aunque superficialmente la neguemos. Deseamos la muerte de nuestros enemigos, somos ambivalentes sobre la muerte de nuestros seres queridos y tememos nuestra propia muerte, en la que al mismo tiempo no creemos de verdad. Y concluyó: Si estás dispuesto a vivir, prepárate a morir. Unas opiniones muy fuertes. No dejan indiferente, ¿verdad? La gran ironía de su vida es que a pesar de trabajar en el campo de la psicología que toma su nombre del griego “obra del alma”, nunca creyó que los humanos tuvieran un alma eterna. Siempre buscó las razones de la salud y la enfermedad en equilibrio o desequilibrio de fuerzas físicas. Aunque más tarde, en 1933 y junto al gran Albert Einstein, publicó un artículo titulado “¿Por qué la guerra?”, lo que le dio la fama fue su libro “La interpretación de los sueños”. No se publicó en 1899 cuando estaba listo porque la editorial consideró más atractivo que saliera el año 1900, un número más redondo. Curiosamente, no se agotó el primer día que salió a la venta como el famoso libro de Darwin, sino que se imprimieron 600 ejemplares de los cuales sólo se vendieron 123 las primeras seis semanas y 228 en los años siguientes. Aquí podemos plantearnos cuál es el valor real de las cosas terrenales. Por aquella época, y por decirlo así, nadie daba un duro por ese libro, pero en 1998 salió a la venta un libro de aquellos de primera edición en Christie’s (Nueva York) y su coste en catálogo oscilaba entre 40.000 y 60.000 dólares. Pero, aunque se pagara mucho por uno de esos libros, no cabe duda que sus legados y sus ideas tienen mucho más valor. Fuente: www.historiasdelaciencia.com
Loco, tanto puto, tanto gaita, tanto lechuguita, tanto metrosexual, rarito, discreto, prolijo y demás mariconeadas me tienen las bolas al plato. Si vieja! Tenemos que revelarnos los pocos normales que quedamos contra este sistema atestado de pijas y decirle BASTA! A tanta putez. Loco, hasta las minas se han dado cuenta de la invasión de amanerados y eses en el mundo y piden a gritos que volvamos los machos!. Hasta ellas están hartas de tanta manito quebrada, tanto pelito y tanta histeriqueada por parte del sexo opuesto. Es hora que el don de la discreción nos lo perdamos en el ojete y volvamos a ser los transeúntes morbosos, babosos cuasi-albañiles que se daban vuelta para relojear cuanto culo, tetas, gambas o concha pasara a nuestro alrededor. Basta loco de tanta remera ajustada de colores maracas y tanto pantalón a cuadros! Es tiempo de que vuelva la camisa o la remera (o la chomba en el caso de los más finos) de colores de macho: azul, negro o rojo y PUNTO! Basta de pantalones de tela de balín con bolsillos para guardar pijas, que vuelva el jean azul y nada más. Cortala ya, culo aventurero con eso de pasar horas y horas peinándote para parecer despeinado. El macho de aquellos era el que se levantaba y rajaba despeinado posta o se peinaba a lo galán de novela y se la bancaba a morir. Vos podador de garchas ¿Hasta cuando vas a escuchar esa música de putos hecha con computadoritas? Eso dejáselo a las frígidas y a los idos. Es tiempo de volver a las raíces, a la crudeza, es tiempo de volver al rocanrol que desborda los mares. Al ruido de guitarras distorsionadas, a las baterías con la doble maza al re-palazo, a los monos mechudos tirando los bajos y los saxos por los aires, gritando, haciendo pogo, mosh y slam. ¿Porque no dejas de mirar esos mini-autos de juguete? ¿Cuando te vas a dejar de gustar sentir la cola húmeda?. No te digo que seas un ordinario y que te compres una chevy, pero fijate en autos de hombre, ruidosos, con espacio para garchar o intentar tocarte un culito, una teta, o por lo menos que te tiren un petiso. Yo te pregunto a vos, a vos goloso la mema, ¿porque no le dejas de poner tanta gaseosita a los tragos? Yo no digo que tomes ginebra pura, pero deja de rebajar tanto ya, amante del pintalabios. Sé como mi amigo Poliya o mi amigo Abel que toman fernet con hielo. Uno esta soberbiamente desnutrido y el otro exageradamente obeso por este motivo, pero son machos y se la bancan y se ríen todo el día. ¿Donde han quedado las voces wiskeras, carrasposas y ásperas que hacían sonar tangazos en la radio?¿Las bajaron con coca o jugo? Basta ya puto culo con vértigo de juntarte a comer cosas de minas, como fideos y tacos. No podes no saber hacer un asado!. ¿Donde ha quedado el macho cabrío que te hacía un fuego con una paja que se clavaba y una hoja de una porno de la Chicholina y le tiraba un pedazo de carne vacuna (no como la que te embarcan por popa) y se comía un harto asado con los vagos o deleitaba a las minas? Me espanta entrar al baño de hombres de los boliches y que los vagos se estén pegando las patillas, parando las pelucas, haciéndose los despeinados y arreglándose las manguitas de la remera o el collarcito de Marge Simpson que se compraron en la playa. Era de machos ir al baño a mear o a vomitar, nada más. Te lavabas las manos y partías a la pesca nuevamente (y a veces… lamento decirlo chicas, ni las manos te lavabas). ¿Dónde han quedado los machos que se la jugaban por una mina que no fuese su mamá? Y se animaban a gritar a los cuatro vientos que estaban enamorados y que la culiarian todo el día aunque estuviesen rengos. Ahora son todos tibios, miran de reojo a las minas y son más vuelteros que ellas. Cuando eran ellas las que nos tenían que volver locos. ¿Dónde han quedado los sexópatas, los verduleros, los guitarreros, los chamuyeros, los que gozaban ponerla todos los fines de semana, aunque sea haciéndole el favor a una de esas nenas entraditas en kilos?. Ahora no tiene onda. ¿Que concha es eso de tener amigas mujeres? No hay nada más de degustador de salchichón primavera que tener amigas. ¿No era que nos hacíamos los amigos para fomentar el apareo? ¿Soy tarado o me perdí una parte? Sinceramente no entiendo. Cuando veo un vago entre minas y que esta piola, no está como un lobo en celo, pienso tres alternativas: o son sus hermanas (porque el macho ni a las primas deja pasar), o se toca con un poster de Martín Karadagian o es lelo. Como podes ser tan extractor de leche y usar perfumes de mina!. Era de machos una rociada de axe o colbert y punto, el mismo del chivo!, que concha te andas poniendo esos perfumes exóticos, con frascos de mina y olores de puto. ¿Te colas los envases en el orto después? Ahora vos, vos esculpidor de porongas de porcelana, ¿Qué concha haces bailando en un boliche?. El macho de antes solo se sabía dejar llevar por la sapiencia de la fémina en el arte del baile, mientras él desplegaba la magia del cortejo. Ahora los culiados del orto bailan con más swing que las minas, como compitiendo con ellas. Y bailan toda la noche solos, con lentes, falopeados y mirando bultos de vagos a mas no poder. No estoy en contra de los que hacen deportes, pero de ahí a tomar anabólicos o pastillas y estar todo el día en el gimnasio sudando entre vagos… ¿Sos puto o soñas con espartacos? ¿Dónde están los machos del fulbito de los domingos?¿Donde está esa panza de cerveza y choripan, enérgica y masculina? Basta loco, basta! Nos están invadiendo, nos han quitado terreno, volvamos al ruedo, volvamos a nuestro lugar, como dice la propaganda de wrangler!!!! Volvamos al lugar que ocupábamos antes, cuando le gritábamos “yeeeeeguaaaaa” a las minas. Nos cagábamos a piñas si nos piropeaban a la novia, o por el gusto de pegarnos como animales, cuando sabíamos hacer asados y el escote en las remeras era solamente para ellas. Volvamos loco, por favor!!! No dejemos que el lado rosa nos arrastre!!! Fuente: ladespensadelhumor.blogspot.com
Los diarios de Cristóbal Colón recopilados por fray Bartolomé de las Casas constituyen una obra sin par, en la que el almirante de la Santa María, figura puntera en la historia universal, nos relata sus impresiones de un mundo nuevo –¡tan distinto del europeo!–, que él creía ser las Indias. Todo en el Nuevo Mundo asombraba a los descubridores, y Colón nos describe entusiasmado las canoas, las hamacas, los árboles, las frutas, los animales y las costumbres que ve por vez primera. ¿Cómo serían las primeras entrevistas entre los españoles y los indios de las Antillas, ignorantes unos y otros del idioma de sus interlocutores? A juzgar por las anotaciones de los diarios colombinos, muchas palabras de las lenguas vernáculas parecen entenderlas los españoles con dificultad, o cambian de pronunciación de unas islas a otras. Como no es cosa de reproducir aquí en versión completa una obra que puede encontrarse en cualquier biblioteca y comprarse en cualquier librería, me limitaré a copiar sólo algunos pasajes escogidos del primer viaje, que son los que me interesan para la entrega de hoy. En la anotación correspondiente al 23 de noviembre de 1492, cinco semanas después de arribar a las nuevas tierras, De las Casas escribe: «que había en [Bohío] gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostraban tener gran miedo. Y desque vieron que lleva este camino, diz que no podían hablar porque los comían y que son gente muy armada». El 26 de noviembre de 1492: «Toda la gente que hasta hoy ha hallado diz que tiene grandísimo temor de los Caniba o Canima, y dicen que viven en esta isla de Bohío. [...] no podían hablar temiendo que los habían de comer». El 27 de noviembre de 1492: «no sé la lengua, y la gente de estas tierras no me entienden ni yo ni otro que yo tenga a ellos. Y estos indios que yo traigo muchas veces les entiendo una cosa por otra al contrario». El 11 de diciembre de 1492: «porque todas estas islas viven con gran miedo de los de Caniba, y [creo] que Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecino, y terná navíos y vendrán a captivarlos, y como no vuelven creen que se los han comido». El 17 de diciembre de 1492: «trujéronles ciertas flechas de los de Caniba o de los Caníbales [...]. Mostráronles dos hombres que les faltaban algunos pedazos de carne de su cuerpo y hiciéronles entender que los caníbales los habían comido a bocados; el Almirante no lo creyó». El 26 de diciembre de 1492: «el comienzo fue sobre habla de los de Caniba, que ellos llaman caribes, que los vienen a tomar». Y el 13 de enero de 1493, por último: «que en las islas pasadas estaban con gran temor de Carib, y en algunas le llamaban Caniba, pero en la Española Carib; y que debe de ser gente arriscada, pues andan por todas estas islas y comen la gente que pueden haber». De la lectura de estos pasajes se deduce que los temibles caníbales –que supuestamente comían carne humana–, no eran más que una variante fonética de los caríbales o caribes, pueblo que dominaba por entonces gran parte de las Antillas y cuyo nombre se conserva en el del mar Caribe. A pesar de este origen común, ¿verdad que a todos nos suena más dulce, más cálido, más sensual el adjetivo caribeño que el adjetivo caníbal?
Síndrome Alicia en el Pais de las Maravillas: Conocido también como micropsia, es una distorsión de la percepción visual que presenta los objetos cercanos desproporcionalmente pequeños, como si se vieran a traves del lado equivocado de un telescopio. Pica: Apetito compulsivo por productos no comestibles generalmente arcilla, piedras, ceniza de cigarrillo, clavos, pelo... Se da entre las mujeres embarazadas y niños de areas muy pobres. Se cree que está relacionado con las deficiencias nutricionales sin embargo existe una teoria que lo vincula a daños cerebrales o enfermedad mental. Es especialmente peligroso en la variedad conocida como acufagia ("apetito" por objetos afilados o cortantes). Sindrome de Acento Extranjero: Por daños en areas del cerebro relacionadas con la producción del lenguaje los afectados por este síndrome comienzan a hablar su lengua nativa con un acento extranjero, modificando su tono y pronunciación anteriores a la lesión. Sindrome Capgras: Los afectados creen que alguno de sus seres queridos (pariente, esposo/a, padres...) ha sido sustituido por un extraño, un impostor al que en ocasiones pueden llegar a atacar. Este síndrome puede afectar al propio reconocimiento no reconocerse uno mismo ante el espejo. Extremadamente raro, esta relacionado con daños cerebrales, desordenes psicóticos y verios problemas neurológicos que afectan a las habilidades de reconocimiento de caras. Síndrome Riley-Day: Causado por una anormalidad cromosómica encontrada entre los judios Ashkenazi (descendientes de los judios del este de Europa) los afectados no sienten ningún dolor conviertiéndoles en personas propensas a los accidentes al no darse cuenta de los signos de aviso tales como quemaduras o heridas. Sindrome de Retractación Genital: Tambien conocido como Koro y otros muchos nombres según la cultura. Las victimas creen que sus genitales están desapareciendo dentro de sus cuerpos. El Koro es contagioso y puede desatarse una epidemia en aquellos lugares donde son fuertes las creencias en los poderes de la brujeria.
Autoflagelación en extremo: Se amputan brazos y piernas motivados por un raro desorden psíquico Se trata de gente que siente la necesidad de amputarse las extremidades. Es una enfermedad psiquiátrica extraña y poco frecuente a la que llaman desorden de identidad de la integridad corporal. Sólo afecta a unas miles de personas en todo el mundo. Esta afección recuerda el argumento de Limbo, de Bernard Wolfe, donde los hombres comienzan a mutilar mente y cuerpo para disminuir su agresividad. (New York Times, Clarín, Axxón) Cuando el hombre sin piernas llegó por sus propios medios a un desayuno con el docttor Michael First en Brooklyn, Nueva York, no era sólo para mostrarle lo independiente que podía ser a pesar de su discapacidad. Era para demostrarle que, finalmente, lo había logrado: se había hecho amputar las dos piernas, aunque estuvieran en perfecto estado. El doctor First, profesor de psiquiatría en la Universidad de Columbia en Nueva York, había conocido a este hombre a través de su investigación de una enfermedad psiquiátrica extraña y poco frecuente que él llama desorden de identidad de la integridad corporal, o B.I.I.D., su sigla en inglés. "Esto está absolutamente más allá del terreno del comportamiento normal", dijo sobre el trastorno que, según él, aflige a no más de unas miles de personas en todo el mundo. El doctor First forma parte de un pequeño núcleo de psicólogos y psiquiatras que intentan definir el desorden, entender sus orígenes y decidir si incluirlo en la biblia enciclopédica de la psiquiatría, el Manual de Diagnóstico y Estadísticas, como una enfermedad hecha y derecha. El desorden está apareciendo como un argumento o un tema documental en un puñado de películas, obras y programas de televisión. El B.I.I.D. llevó a mucha gente a autoflagelarse con armas o sierras eléctricas en un esfuerzo por forzar una amputación quirúrgica. Unos pocos intentaron realizarse amputaciones en el exterior, entre ellos un hombre que se murió por una gangrena después de una amputación en una clínica en Tijuana, México. El desorden se llegó a conocer por diferentes nombres, pero el más nuevo, desorden de identidad de la integridad corporal, fue utilizado por primera vez por el doctor First en la publicación Psychological Medicine en 2004. Para el doctor First, la analogía más cercana era el desorden de identidad de género. "Cuando se hizo el primer cambio de sexo en los años 50, generó el mismo tipo de horror que hoy crea la amputación voluntaria", dijo el doctor First. "Los cirujanos se preguntaban ‘¿Cómo le puedo hacer algo así a una persona que es normal?" El dilema del cirujano al que se le pide que practique una amputación a un miembro sano es similar". Aún así, la analogía no es perfecta. "Una cosa es decir que alguien quiere dejar de ser hombre y convertirse en mujer; ambos son estados normales", dijo el Dr. First. "Pero querer dejar de ser una persona con cuatro miembros para convertirse en un amputado es mucho más problemático. Esa idea no tiene que ver con la gente normal". Nadie sabe a ciencia cierta qué causa este desorden o cómo se lo puede tratar. El doctor J. Mike Bensler y el doctor Douglas Paauw, del Centro Médico de la Universidad de Washington en Seattle, dijeron en un escrito en el Southern Medical Journal en 2003, que probablemente tuviera una naturaleza sexual y emocional. La condición, íntimamente, es una "fantasía erótica", escribieron, con dos componentes: "someterse a la amputación de un miembro y lograr desenvolverse a pesar de una discapacidad". En el estudio del doctor First, más de la mitad de sus pacientes habían conocido a un amputado cuando eran jóvenes y, desde ese momento, se obsesionaron con la idea de quitarse los miembros. "No es que yo quisiera tanto ser un amputado, sino que sentía que, supuestamente, no tenía que tener mis piernas", dijo el compañero de desayuno del doctor First en una entrevista telefónica, que concedió bajo condición de conservar su anonimato. "Desde que yo recuerdo, cuando tenía tres o cuatro años de edad, me gustaba jugar a que usaba palos de croquet como muletas", dijo. "Me gustaba pensar cómo sería no tener una pierna". (Se nota que vi Nip Tuck ayer?) Mas info en ingles: http://www.biid.org/

El nudo simple: El gran clásico de los nudos de corbata. Es el nudo más utilizado. Es fácil de hacer y de deshacer. Es perfecto para la mayoría de las corbatas y para casi todos los cuellos de camisa. Finalmente, para tener éxito al hacer el nudo simple, es necesario que: -el nudo esté en armonía con el cuello de la camisa. No debe quedar ni muy disimulado, ni muy alejado del cuello. -la parte más ancha de la corbata (justo antes de "la punta más ancha" se sitúa a nivel del cinturón. El doble simple: Es parecido al nudo simple; lo que los diferencia es un segundo pase, un segundo en enrollamiento. Este nudo es ideal para los hombres de pequeña estatura. Es perfecto para los cuellos italianos y las corbatas un poco finas. Es fácil y rápido de hacer. El nudo Windsor: Que el duque de Windsor puso de moda, es un nudo con un encanto muy inglés. Es voluminoso, por lo que se lleva con cuellos muy separados (cuellos italianos, por ejemplo) y corbatas muy finas. Para estar bien hecho, el nudo debe ser perfectamente simétrico. Es bastante complicado de realizar. El medio Windsor: El medio Windsor es menos grueso y más fácil de hacer que el Windsor. Es ideal para las corbatas estrechas, las sedas finas y los cuellos abiertos. El nudo pequeño El nudo pequeño, como su nombre indica, es pequeño y conviene por lo tanto a las corbatas gruesas (de seda tejida por ejemplo) y a los cuellos ajustados. Cuidado, no olvide dar la vuelta 180º a una parte de la corbata (ver el esquema de aquí abajo). Este nudo es muy fácil de realizar. El nudo cruzado Utilizado con corbatas finas, es un nudo muy elegante pero bastante complicado de armar.
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Una monedita por Ronaldo El club Leyton Orient es un modesto equipo que juega en la Division One (algo asi como la tercera) de Inglaterra desde hace varios años. Pero un grupo de hinchas del club quiere que eso cambie, y espera que su club alcance la Premier League. ¿Como pretenden lograrlo? contratando a un delantero de primer nivel mundial, nada más y nada menos que Ronaldo, el mayor goleador de la historia de los mundiales, actualmente jugador del Real Madrid. Para conseguirlo organizaron una colecta a través de su sitio, donde pretenden juntar los £20.000.000 (algo asi como 37 millones de USD) necesarios para comprar y mantener al crack brasileño. Hechando un vistazo al Ron-ometro, parece que están bastante lejos del objetivo, aunque quien dice que no lleguen a juntarlo. Si tenes ganas de donar unos pesitos, pero no crees que se llegue al objetivo y la plata se heche a perder, no te preocupes, en el sitio aclaran que “en el improbable caso de que no se llegue a los 20 millones deseados, los fondos irán a parar al club”, y hasta se consultará en el foro cuál es el mejor destino de lo recaudado. http://www.leytonorient.co.uk/ronaldo.php

Some facts on the 14 cylinder version: Total engine weight: 2300 tons (The crankshaft alone weighs 300 tons.) Length: 89 feet Height: 44 feet Maximum power: 108,920 hp at 102 rpm Maximum torque: 5,608,312 lb/ft at 102rpm
El sordo El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la columna. Se inclinó por sobre el hombro del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo "Quiero hablar con vos". El sordo levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, pegó una hojeada sobre los otros componentes de la mesa y amagó una evasiva. - Vamos allá -dijo el otro, señalando las mesas del fondo. El Sordo se puso de pie, serio. Casi ninguno, ni Pochi, ni Roger, ni Gustavo, se habían percatado de la situación. - Pagale al hombre, che -dijo en voz alta, Ricardo, el único que había caído en la cuenta. - ¿ Siempre lo mismo, Sordo? -se anotó el Zorro, zumbón-. No lo cagués al muchacho. Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso. - Parece que viene pesada la cosa -se rió el Zorro. - ¿ Y no lo escuchaste al punto? -preguntó Ricardo- "Quiero hablar con vos" le dijo. Nada de "¿Podría hablar un momentito con vos?" o "¿ Tendrías un minuto para atenderme?". Nada. "Quiero hablar con vos" y a la lona. - Será cana. - Es un novio que se levantó el Sordo en las vacaciones -dijo Pochi. - Se habrá puesto celoso el quía -supuso el Zorro. - Lo ve con tantos machos. - ¿Dónde "machos"? -se hizo el boludo, Guillermo. Y sin transición alguna volvieron al tema de las bailantas y de las tres negras que había traído el Flaco Campana del Brasil para bailar en los pueblos. "No le queda guita pero coge al costo" justificaba el Pochi. El tipo se había sentado enfrente del Sordo y se quedó mirando hacia el lado del mostrador, los ojos entrecerrados, rebuscando algo con la lengua entre los dientes, tomada la mano que sostenía el pucho en el reborde de aluminio de la mesa. El Sordo pudo mirarlo un poco más. Sin ser muy alto, tenía cierta pinta de bestia. Algún pozo de viruela en la mejilla, sombra de barba, remera de marca desconocida abierta en sus tres botones. Prolijo, pese a todo. Por un momento bastante largo pareció que el tipo no iba a empezar a hablar nunca. - Vos te encamaste con mi mujer -soltó de golpe mirándolo, ahora sí, al Sordo. - ¿Cómo? -el Sordo adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello, como un tero al caminar. - Que vos te encamaste con mi mujer. - ¿Con tu mujer? El otro había adelantado el maxilar inferior dejando un orificio circular entre sus labios, por donde el humo del cigarrillo escapaba y le nublaba los ojos. No dijo nada más, y, por el casi imperceptible trepidar de la mesa, era notorio que oscilaba una pierna pivoteando sobre el pie flexionado como si cosiera a máquina. - Espera un cachito... Esperá un cachito...-se rascó una ceja el Sordo amagando una sonrisa forzada-. Yo a vos...¿te conozco? - Sí, me conocés... - Porque, vos acá aparecés... -sobrevoló la información del Sordo- ... me venís a buscar a la mesa, me presionás para que venga a hablar con vos... Me hacés levantar de la mesa donde... -Sí me conocés... -... yo estoy con mis amigos conversando lo más tranquilo y, de rompe y raja, me salís con esto de que... - No te hagas el turro que me conocés... El Sordo paró. Se quedó con la mano izquierda cerrada con la punta de los dedos hacia arriba, interrogante, junto al pecho. - ¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si nos volvimos todos locos. - Me conocés de la puerta de la escuela Mariano Moreno, de Paraguay al 1200... Vos vas a buscar a tu piba ahí. Y yo también. - ¿ Vos también? - Sí señor... Y a veces voy yo y a veces va mi jermu. Y vos a veces chamuyás con mi jermu ahí y otras veces ... -el tipo inclinó la cabeza como si quisiera apoyar una oreja en el nerolite de la mesa en tanto golpeaba con el índice-..chamuyás con ella acá, en este mismo boliche. -¿Acá? - Sí señor -el tono del tipo tenía un atisbo de grosería y un siseo remarcado. - Y... ¿Quién es tu mujer? - No te hagás el boludo que vos sabés muy bien quién es mi mujer. - No, mi viejo... -se enojó el Sordo-. No sé quién es tu mujer y tampoco tengo la más puta idea de quién sos vos... Vos me venís con eso de que vas a buscar a tus pibes a la escuela Mariano Moreno y yo también voy de vez en cuando a buscar a mi piba a esa escuela; pero te puedo asegurar que no me acuerdo ni en pedo de vos ni de tu cara ni de un carajo... - No levantés la voz, no levantés la voz -pidió el otro, lo que en parte tranquilizó al Sordo. Al parecer, el inquisidor no buscaba un escándalo aunque su tono estaba más cerca de la amenaza que del paternalismo-. Y no te hagas el boludito -al decir "boludito" sacudió hacia ambos costados la cabeza acompañando cada sílaba-. No te hagas el boludito -repitió- porque la semana pasada yo fuí con mi mujer a buscar los pibes al colegio y vos estabas ahí, y justo estabas al lado nuestro, y estuvimos hablando, así que no me vengas con que no sabés quién mierda es el que tenés sentado enfrente. El Sordo se tiró hacia atrás en su silla, en parte como asombrado, en parte para alejarse de ese par de ojos que amartillaban el reproche demasiado cerca suyo. Unió las manos en una palmada y se mordió el labio inferior. - Esto es increíble -dijo como para sí-. Pero mirá las cosas que uno se tiene que bancar -observó hacia todos lados como buscando una explicación y, de paso, constató si los muchachos de la mesa seguían las alternativas del episodio y si llegado el momento, se hallaban dispuestos a entrar en acción en caso de que volara el primer tortazo. - El que me la tendría que bancar soy yo -se señaló el pecho el otro-. Y no me la banco. Así que no me vengas con que no me conocés y tampoco conocés a mi mujer porque está muy claro que no es así. Y tampoco andés mirando para tu mesa porque ninguno de esos pelotudos va a venir a ayudarte. Esos son muy buenos para hablar al pedo pero a la hora de los bifes se borran todos. - Pero ¿Qué decís? ¡Pero escucháme! -quedó cortado el Sordo, enojado, no tanto por el análisis social que el intruso había esgrimido impunemente sobre sus amigos sino más bien porque aquel tipo se había dado cuenta de su mirada de auxilio hacia la base- ¡Me pongo así para escucharte con el oído sano! ¿O por qué te pensás que me dicen el Sordo? - Sí señor...-siguió el otro-. Porque en este boliche son muy de pajearse en charlas intelectuales, son muy del franeleo pajero todos ustedes y de hacerse los nórdicos, los suecos, en la cuestión de las minas. Pero en donde yo me crié, toda esa histeria, no corre, mi querido. Allá estas cosas se resuelven sin tanto psicoanálisis, estas cosas se resuelven como se resuelven en el barrio. Y yo sabía, estaba seguro, que esto iba a pasar cuando mi mujer me dijo que venía a este boliche de mierda, lleno de trolos, de pichicateros y de pajeros. - Pará un cacho... pará un cacho... -buscó aire el Sordo, sin saber muy bien cómo seguir. - Y por eso vos me vas a explicar bien explicado cómo fue todo este fato con mi mujer, con la hija de puta de mi mujer... - Pará un cacho... -continuó haciendo tiempo el Sordo-. Te digo una cosa... Te digo una cosa... Yo te estoy respondiendo, te estoy contestando por una elemental regla de cortesía. Por una... digamos... elemental norma de respeto -el otro lo miraba sin entender-. Pero la verdad es que no debería darte ni cinco de pelota, ni cinco de bola debería darte... Vos no sos mi viejo, ni sos cana, ni sos el fiscal de la Nación para venir a apurarme con este asunto de ... - ¿Sabés quién soy yo? ¿Sabés quién soy yo? -el otro volvió a echar el torso sobre la mesa-. Yo soy el esposo de Marcela. El marido de Marcela. Ése soy yo. El esposo de la mina con la que vos te encamaste. O te encamás. Eso lo tengo que averiguar todavía... El Sordo lo miró un momentito. - ¿Quién es Marcela? ¿De qué Marcela me estás hablando? - Marcela Tessone... ¿La ubicás ahora? -podía decirse que una sonrisa cínica merodeaba la boca del tipo. - ¿Tessone? Mirá... -El Sordo adoptó un tono condescendiente, como si tuviese que explicarle a un niño un tema muy distante de su capacidad de razonamiento-. Acá todo el mundo se conoce por el nombre o por el apodo. Yo, hay muchachos de la mesa esos que vos decís que son todos putos, que se borran todos - a los que conozco nada más que por el apodo ¡ y los conozco desde hace años! Pero que no tengo ni la más puta idea de cómo se llaman, del nombre, del apellido, de nada. Por eso vos me decís Tessone y yo te digo ... que sí... que puede ser... que por ahí la... - La morocha, alta, medio narigona... Que vos le prestaste el libro de Soljenitsyn... El Sordo se quedó mirándolo. No había mayores posibilidades de evadir el tema. Y el tipo había pronunciado el nombre de Soljenitsyn bastante bien. - ¿Un libro de Soljenitsyn? -caviló, sin embargo, frunciendo los labios-. Ah sí... - Para iniciarla en lo intelectual...-de nuevo la sorna. - Sí... Ya sé cuál es... - Y la boluda se deslumbra con cualquier cosa. Hasta con un Patoruzito se deslumbra... - Marcela... Se quedaron un momento callados, observándose. Filoso el tipo. Más a la defensiva el Sordo. - ¿Entonces? -sacudió el tipo. - Entonces ... ¿Qué? El otro mantuvo la mirada fija. - Y sí -admitió el Sordo sin arriar demasiado sus banderas-. A veces hablamos con tu mujer. Si es ésa que vos decís, a veces hablamos. Acá, en el boliche. Cuando ella viene. Pero te digo que viene muy de vez en cuando. Pero nada más. Yo a ella casi no la conozco. La conozco a la amiga. - A la Patri. - A ésa. A la Patricia. A ella la conozco más. - ¿Así que la conocés a la amiga? -de nuevo la ironía-. La conocés a la amiga pero le prestás un libro a mi mujer. - A tu mujer la conozco pero... oíme... la conozco como uno puede conocer a tanta gente en esta ciudad. Que la conocés de verla mil veces por la calle. Como... como vos me decías que yo te conocía a vos, de la puerta de la escuela. Pero eso no quiere decir que te conozco. Sí por ahí te veo y digo "Qué cara conocida", pero nada más... Rosario es una ciudad chica... Y hablo con ella como puedo hablar con tanta gente que viene acá, somos todos amigos... - Sí... Amigos... Amigos... Son todos muy amigos... - Pero nada más... El otro se pasó la mano por la cara como para modelarse de nuevo los pómulos. - Mirá, mirá... -dijo-. No me vengas con versos, a mí ya no me caben los versos... - Pero... -arremetió el Sordo-. ¿Y de dónde salió eso de que yo me encamo con tu mujer? ¿Quién te dijo eso de que yo me encamé con tu mujer? ¿Quién te fué con esa pelotudez? - Ella. Ella me lo dijo. El Sordo sintió el impacto. Se demudó. Miró hacia el techo, hacia la mampara de madera que separaba el salón del quiosquito que da a la calle Sarmiento. Vió a Pedro riéndose con una mina. A Cary y a Querol hablando con una pendejita rubia. El mundo seguía andando y él no podía creer todavía que estaba sentado allí, en el banquillo de los acusados, ante un inquisidor que manejaba más información de la tolerable. - ¿Ella te dijo eso? ¿Marcela? - Sí señor. Marcela me lo dijo. El Sordo meneó la cabeza. - ¿Ella te lo dijo? - Ella. - Mentira. - Ah, claro... Aparte de cornudo, mentiroso... -se sonrió el tipo, inexplicablemente cordial. - ¡No! Digo, mentiras de ella. Mentiras, bolazos. Te está macaneando... - Ah... Me está macaneando... - ¡Sí señor! Seguro, por supuesto.. Te está macaneando. Está hablando al pedo. No puede decir esa barbaridad, esa pelotudez... - ¿Y para qué me lo dice? ¿A ver? - Qué se yo. Te querrá joder. Te querrá cagar la vida. Andá a saber. Vos sabés cómo son las mujeres. Las mujeres suelen ser muy hijas de puta, muy... - Cuidado con lo que decís... - Bueno... -El Sordo ya no sabía de dónde podía venir el cachetazo, adónde podía pisar sin que estallase una mina-. Te lo digo en un sentido muy... - Tenés razón, tenés razón... -acordó el otro, sin embargo-. Mi mujer es una hija de puta, pero no es boluda. No es ninguna boluda. Y no va a venir a decirme una cosa así gratuitamente, para que yo la cague a trompadas. No me vino a decir que se le habían pasado los fideos o que se había olvidado un paraguas, querido. Me vino a decir que se había encamado con un tipo... - Sí... ¡Y justo me viene a elegir a mí! ¡A meterme en un quilombo a mí! - ... y ella sabe que yo no soy un intelectual, mi viejo, ella sabe que yo la voy a cagar a trompadas, no se la va a llevar de arriba si me aparece con una cosa de ésas... - Te querrá cagar la vida, viejo. Qué sé yo... Te sale con esas cosas porque te habrá dado la cana con alguna mina. Te conocerá alguna fulería y en esas cosas las mujeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con tal de... - ¿Inventar cualquier historia? - embistió el otro-. ¿Inventar también el día en que se encamó con vos? ¿Y la hora? ¿Y el telo al que fueron? - ¿El telo? ¿ Te dijo el telo? Pero... - Además, querido... ¡Yo no soy de engañar a mi mujer, mi viejo! -el otro estiró una mano hacia adelante mostrando al Sordo la palma como si lo hubiesen herido en lo más profundo-. Yo podré tener mil quilombos con mi mujer, pero eso no hace que yo ande haciéndome el pelotudo con cualquier mina que se me cruce. Que ella sea una guacha no quiere decir que... - ¿También te dió el nombre de un telo? ¡Dios querido! Pero qué imaginación que tiene esta mina... -el Sordo volvió a estallar sus manos en una palmada. - Nada de imaginación, mi viejo. Nada de imaginación -el tipo variaba el ángulo de sus ataques con una velocidad incontrolable.- No sigas haciéndote el boludo porque ella me lo dijo todo, me batió todo, me lo contó todo... El Sordo lo observó, algo desarmado. -... y ella será una guacha que podrá venir a joderme con muchas cosas, pero nunca con ese tema -siguió el tipo-. Y si me viene a contar una cosa así, es porque es cierto, es verdad. Eso que me dijo es cierto. Otro silencio. El Sordo resopló, enarcó las cejas poblando su frente de arrugas paralelas y horizontales. Luego se encogió de hombros. - Y bueno... -suspiró- ¿Qué querés que te diga?... si ella te dijo eso... Si ella me manda al muere... - El jueves pasado. A las siete de la tarde. En el Gato Negro. Con video porno y todos los chiches... - Y dale, bueno... Agregale cama de agua también... Nunca hubiera imaginado que a Marcela se le podían ocurrir tantas cosas... - Entonces, viejo... -pisó firme el otro- ... Yo quiero que arreglemos este asunto. El Sordo lo miró, ceñudo, curioso. - Afuera -señaló el tipo con el mentón. - Pero... ¿Qué estás diciendo? - Lo que te digo. En donde se te ocurra. Los dos, vamos y... - Pero ... ¿de qué me hablás? - Nos cagamos bien a trompadas. - ¿A trompadas? -el Sordo lo miraba con una expresión de infinito asombro-. ¿Pero vos estás en pedo? - Sí señor. A trompadas. El Sordo se recostó, relajado, sobre el respaldo de su silla. - Yo no me cago a trompadas ni por mi vieja -aclaró. - No la metas a tu vieja en este asunto. - Yo a mi vieja la meto donde se me cantan las bolas. Ahora lo único que falta es que venga cualquera a decirme lo que tengo que hacer con mi vieja. - Lo que pasa es que acá -generalizó el otro- están muy acostumbrados a parlarla demasiado, querido. Acá, vos y todos estos pajeros están muy acostumbrados a charlarla lunga, de cualquier cosa. Resuelven el fato de la guita, de la política, de la Revolución, sin levantar el culo de la silla. Son revolucionarios de café ustedes. Idiotas útiles. Y vos te creés que conmigo va a ser lo mismo. Y que vas a poder explicarme cómo fue que te cogiste a la hija de puta de mi mujer en una charla, en una conferencia de prensa; que me vas a poder decir cómo que te la empomaste y yo te voy a decir "¡Pero mire qué bien, qué cosa más interesante! ¿Qué diría Soljenitsyn a todo esto?" O algún otro de esos escritores culorrotos que ustedes se pasan leyendo todo el día.... - Te equivocás, te equivocás... -dijo el Sordo, jugueteando con un tiquet viejo de consumición entre los dedos-. No nos pasamos leyendo. Vos estás confundido -más tranquilo al comprobar que, pese a esa encendida llamada a la acción directa, pese a esa invitación a la violencia, la cosa venía demasiado dialéctica como para derivar en un holocausto. - Conmigo no corre ésa. Esa mano no corre conmigo... - Tu mujer no se encamó conmigo -afirmó el Sordo- Y te voy a decir una cosa, te voy a decir una cosa... Vos podés creer lo que se te cantes las pelotas, después de todo es tu mujer. Pero te voy a decir una cosa, como para que vos entiendas... - No hay nada que entender, mi viejo... Esto está muy claro... Acá lo ... - ¿Sabés por qué no me encamé con tu mujer, ni me encamo, ni me encamaría nunca? Ahí sí el tipo lo miró, atento. - ¿Sabés por qué? -reafirmó el Sordo. - ¿Por qué? - Porque tu mujer no me gusta. - ¿Cómo que... no te gusta? - No me gusta. Muy simple. No me gusta. - ¿Por qué no te gusta? - Es jovata, viejo. Está muy achacada. - ¿Jovata? ¡No tiene 40 años, querido! ¡No seas pelotudo! - Mirá, si no tiene 40 años, los aparenta. Te digo más, yo le daba cerca de 45. - 37 pirulos tiene. Recién cumplidos. - ¡Y bueno! - ¿Qué? ¿ Me vas a decir que alguna de estas pendejas que están por acá, aquella, por ejemplo, con esa pinta de muerta de hambre, están mejor que mi mujer? ¿Pero no ves la pinta de pichicateras que tienen todas, que parece que hace mil años que no toman sol, fumadas todas, sucias, los pelos roñosos? ¿Ésas son las pendejas que te gustan a vos? ¡Por favor! Dejame de joder. Además, no me vengas con versos, mi viejo. Si vos tampoco sos ningún pendejo ¿O me vas a venir con que a vos las pendejas todavía te dan pelota? No te dan ni cinco de pelota a vos, mi querido ¿O te pensas que yo no te veo? ¿O porqué te pasás, acaso todas las tardes, sentado en la mesa de todos esos viejos chotos como me dice Marcela que te pasás? Porque te dan mucha bola las pendejas, seguramente. Por eso. Viejos chotos haciéndose los galanes... - A mí no me gusta... - Además, mi mujer, será una hija de puta que se encama con el primer pelotudo que le cruza, pero se rompe el culo haciendo gimnasia para mantenerse en forma, querido ¡Las veces que me he tenido que hacer la comida cuando vuelvo del trabajo porque ella está haciendo la gimnasia, tirada enfrente del televisor con la mina esa y el grone de la ESPN, que hacen gimnasia arriba de un portaaviones! Y te va al gimnasio, y te sale a correr... - No me gusta. No me digas porque no me gusta... - Más de una de estas pendejas querría tener el culo que tiene mi mujer. Las gomas que tiene mi mujer, mirá lo que te digo... - A vos te parece porque sos el marido. Tenés que convencerte porque... - ¡No me tengo que convencer un carajo, querido! Yo no soy tan boludo, no me pongo ciego ante la realidad, yo no me engaño... Marcela será una guacha pero sigue estando buenísima... ¿O te creés que yo no veo cómo la miran los tipos por la calle? - No me gusta. - Tendrías que verla en bolas...Bueno... -saltó el tipo-. ¡Si vos la viste en bolas, hijo de puta! ¡Oíme, salgamos y...! - No es eso, no es eso... Yo no te digo que no esté buena... - ¿Qué no va a estar buena? ¿Y que me decís entonces? - No sé... No es mi tipo de mujer... No... No... Qué se yo... Vos no lo tomés a mal, pero ... La nariz... - ¿Qué pasa con la nariz? ¡Ahora no me vengas con que no te gustan las narigonas! Al contrario. Eso es lo que hace interesante a una mujer... ¡ Mirá la Barbara Streisand, por ejemplo, mirala a ella! Ahora no me vas a salir con que te gustan estas pendejas que se hacen la estética y que quedan todas con la misma napia. Ésas te gustan, seguro, esas narices de mierda que parecen caniches... - No es eso... - Además... A la Ley de Almada, mi viejo. Le tapás la cara con una almohada. - No es eso... - ¡Por favor, mi viejo! ¿ Que me venís? - Es que a mi me gusta la mujer más... ¿ cómo decirte? Más... - ¿Más qué? - Más dulce, ¿me entendés?... Más modosita... Más manuable... Tu mujer, Marcela, es muy grandota, muy agresiva. Demasiado... - ¿Agresiva? ¡Porque tiene personalidad, querido! Ella es así. Avasallante ¿O querés una boluda de ésas que se creen una muñequita de lujo? - No te digo agresiva... - ¡Porque te sabe llevar una conversación! Eso es lo que te jode. Están todos acostumbrados a estar con minas que se callan la boca y le dicen que sí a todo, y no se bancan una mina que tenga los ovarios bien puestos como para copar una mesa y opinar de las cosas igual que los tipos. Eso es lo que pasa. ¡Claro! Todos los piolas de tu mesa pueden decir mil pelotudeces de lo que se les cante pero si aparece una mina con ideas propias no se la aguantan... - Será así... Será así... Por ahí tenés razón... - Lo que pasa es que ella te sabe llevar una conversación y... - Y te aclaro que ella no viene a la mesa nuestra. - Porque ha estudiado, mi viejo ¡Y quién te dice que no ha estudiado más que cualquiera de todos estos intelectuales...! ¡Intelectuales de la poronga! - Seré chapado a la antigua. Lo admito -enarcó las cejas el Sordo, casi como apesadumbrado. - Fijate que al final, yo... -no detuvo su arremetida el otro- que no soy lo que puede decirse un tipo de estudios, porque apenas si tengo el secundario, me banco una mina evolucionada. Pero ustedes no. Para ustedes una... - ¿Sabés lo que pasa? ¿Sabés lo que pasa? Yo seré un antiguo, pero me jode que una mina te interrumpa cuando estás hablando ¿viste? No te digo que me joda que hable. Pero que sepa respetar cuando el que habla es otro. Que no se meta. Y eso es lo que hace Marcela. Se mete. En ese aspecto es... desubicada... grosera... - ¡Por favor! ¡Mirá con lo que me salís! - Te digo más... Más de una vez, pensé, te juro que pensé, sin conocerte, eh, sin conocerte... "Pobre tipo el marido de esta mina! ¡Lo que debe ser aguantar a esta mina!" - Pero... ¡Por favor!... Ella... ¡Ella es una santa! Es incapaz de ... - Porque una cosa es charlar un ratito acá, todo muy bien, muy lindo, muy entretenido. Pero otra cosa es tenerla todo el día en tu casa y... - ¡No estás a su altura, querido! ¡No estás a su altura!... Es una señora... - Te digo más... Ahora que te conozco, ahora que te conozco y veo que sos un tipo honesto, frontal, un tipo que va de frente, como viniste de frente conmigo, un tipo que tiene la grandeza de plantear una cosa delicada como ésta, cara a cara... merecerías otra mina. No sé... Más dulce, menos agresiva, menos jodida. - Por favor... Ya quisieras vos encontrar una mina como Marcela. Ya quisieras vos... - Puede ser... -caviló el Sordo. La conversación parecía haberse agotado-. Puede ser... El otro miró el reloj. - Me voy -dijo-. Ya debe haber llegado -se paró. El Sordo también, las manos en los bolsillos. - ¿Tomamos algo? -frunció las cejas, mirando la mesa vacía y tratando de recordar. El tipo negó con la cabeza. - Chau -dijo-. Pero la vamos a seguir -advirtió. Y se fué por la puerta de Sarmiento y Santa Fé. El Sordo se volvió para la Mesa de los Galanes. Cuando el tipo pasó junto a donde estaban Cary y Querol, hizo un gesto con el mentón señalándole al Sordo la adolescente flaquita que charlaba con ellos. - ¡Seguro que una cosa así te gusta a vos! ¡Qué vas a comparar! -casi gritó, antes de continuar su retirada. El Sordo admitió con un gesto ambiguo y siguió para su mesa. Ésta se había poblado bastante. Habían llegado el Pitufo, el Peruca, Belmondo y Hernán. El Sordo tuvo que buscarse una silla de otra mesa y ubicarse en segunda fila, en un ángulo poco favorable. - Mirá vos -se rió el Zorro-. Tenías ringside y te lo cagaron. El Sordo iba a contestar cuando volvió el tipo, por el mismo lado que la vez anterior, por detrás de la misma columna. Era obvio que había salido por la esquina y había vuelto a entrar por Santa Fé. Le tocó el hombre al Sordo y se agachó para hablarle al oído. - ¿Sabés por qué vos decís eso? -le dijo. El Sordo esperó, fastidiado.- ¿ Sabés porqué vos decís eso? - ¿Qué digo? - Que no te gusta. - ¿Por qué? - Porque Marcela no te da pelota. Por eso -el Sordo giró para mirarlo -. No te da bola. - Sí... Seguro... - Claro, querido. Como eso de la zorra y las uvas... "Estaban verdes" - Sí... Seguramente... - Entonces decís que no te gusta, que es fea, que es un escracho... - El Sordo meneó, la cabeza con disgusto, resoplando. - Sí, preguntale... - Y... ¡No le va a dar bola a un tísico como vos, justamente! - Claro... Preguntale... -repitió el Sordo, ya engranado. El otro se irguió, siempre sonriendo y hasta se dio el lujo de palmearlo al Sordo en el hombro. - Sí. Seguro. Preguntale que hizo el jueves a la tarde... A eso de las siete... Preguntale El otro le dió la última palmada de despedida y se alejó, contento. - ¡Preguntale! -alcanzó a gritar, airado, el Sordo-. ¡ Qué hizo! ¡Preguntale! Pero el otro había desaparecido por la puerta de la esquina. Y esta vez ya no regresó. Roberto Fontanarrosa