gouhl
Usuario (México)
Dale Play antes de empezar a leer Motel La silenciosa carretera es perturbada por el viejo y ruidoso motor de un Buick Century del 73, lo unico que se puede ver a la distancia es la misma carretera y la inmensa arboleda envuelta por una ligera niebla grisacea iluminada unicamente por la humilde luz de la luna, los faros del automovil solo logran aluzar ligeramente unos metros mas alla en el solitario camino. Adentro del automovil 4 sujetos riendo histericamente aullando burlescamente, en el maletero, se movian y saltaban 2 grandes valijas repletas de dinero. Desde luego el dinero no habia sido conseguido decentemente con arduo trabajo, sino a costa de 2 vidas que habian sido eclipsadas por el Colt 1911 que cargaba con habilidad el conductor. El asalto a aquel banco habia ocurrido hace apenas un par de horas en el pequeño pueblo de Blackwood Hills. El conductor impaciente casi ni se daba cuenta de que cada vez sus emociones de adrenalina iban siendo lentamente sustituidas por la preocupacion. El dinero estaba en sus manos pero sabia claramente que la policia con toda seguridad estaria detras de ellos ahora mismo a toda velocidad, de su mente emergian muchas ideas para despistar a los polis y librarse de ellos. Lo primero que penso fue seguir la carretera nacional hasta la desviacion hacia Great Valley, pero sabia que los policias tal vez tendrian retenes en las carreteras, tambien penso aparcar el automovil y huir a pie pero si encontraban el auto sabrian exactamente en que direccion podrian huir, muchas voces dentro de su cabeza susurraban muchas salidas, en una insania de ideas. Todo aquello quedo atras, se le iluminaron los ojos cuando percibio una desviacion entre la arboleda, el camino era extraño, no tenia pavimento y parecia antiguo. Sin pensarlo demasiado viro el volante y se interno en el camino rodeado por el asfixiante y oscuro bosque. Penso que la desviacion seria una ruta poco probable de direccion en la que los buscaria la policia. Los viejos robles y pinos secos se movian con el viento y parecia que sus tetricas ramas queria rasgar el negro azulado del cielo estrellado que apenas se podia percibir desde aquel viejo automovil, a medida que avanzaban el Buick se quedaba sin gasolina y su unica esperanza era una ligera e intermitente luz que se notaba a lo lejos, aquella luz era el faro exterior de un Motel, analizando sus probabilidades optaron por hospedarse en aquel viejo lugar, no sin antes tener una ligera discucion sobre el plan que debian trazarse, finalmente los criminales decidieron bajar del automovil sin levantar sospechas, para hospedarse en el viejo motel. Se aparcaron en la parte trasera del Motel el escandaloso motor hizo aullar a unos cuantos perros pero finalmente cesaron sus aullidos, uno a uno bajaron del coche alrededor de toda aquella construccion lo unico que se veia era la infinita arboleda y el follaje quebradizo y gris que se alzaba y crujia. El faro de luz exterior del lugar emitia un ligero sonido de estatica. Uno de los tipos encendio un cigarrillo y de grandes bocanadas lo termino antes de entrar en la recepcion. La recepcion era apenas una habitacion pequeña, adentro un pequeño mostrador con descoloridos souvenirs y fotografias de los diversos lugares turisticos de la zona, un gran mapa del estado de North Hope ligeramente razgado, una pequeña campanilla se posaba en el centro del mostrador, uno de los hombres la toco, y al cabo de unos segundos aparecio un hombre de aspecto demacrado con inmensas ojeras y muy delgado, Tenia apenas unos cuantos cabellos plateados en su cabeza y una indumentaria ciertamente cincuentera, los hombres pidieron sus habitaciones y uno a uno les fue dando una llave, los esqueleticos dedos del encargado rosaron los del conductor y este se percato de que estaban totalmente helados, los rufianes salieron de la recepcion para dirigirse a su habitacion. Al irse el conductor, percibio una ligera sonrisa en aquel extraño encargado. Los hombres se retiraron a sus habitaciones cansados y exaustos, el conductor del automovil no tardo en dormirse, sin embargo su sueño no duro demasiado. Un escalofrio recorrio su espalda, su habitacion estaba helada y sus pulmones se sentian incomodos al respirar aquel denso aire que lo rodeaba, algo confuso y somnoliento, decidio sentarse en la cama para fumar un cigarrillo, pero el terror lo invadio al voltear la cabeza y mirar hacia la ventana, unos ojos amarillos brillantes se posaban en el centro, mirandolo fijamente, no eran ojos normales eran gigantescos del tamaño de dos grandes pelotas de beisbol, un nudo en su estomago no lo dejo moverse, estaba totalmente paralizado ante aquella iridescente y oscura mirada, se estremecio y se tallo los ojos, fue un alivio, los ojos ya no estaban en su ventana, pero el horror mas demencial lo presencio al ver que los ojos ahora se posaban en la entreabierta puerta de su habitacion. Una criatura pesadillezca se deslizo lentamente en su habitacion, la ligera luz nocturna lo dejo observar detenidamente aquella aberracion. Se movia en cuatro patas las patas posteriores eran descomunalmente musculosas con garras de al menos 10 cm de largo, las patas traseras eran cortas y delgadas pero tambien rebosaban de aquellas afiladas garras, su espalda era muy delgada y dejaba ver su columna que atravesaba de una manera natural su piel la encorvacion de la criatura era demencial. Su rostro recordaba el de un humano, con grandes ojos que parecian totalmente ausentes de vida y una boca pequeña con labios muy delgados, su nariz era practicamente inexistente unicamente se veia un par de orificios por los cuales despedia un humo verde amarillo. El hombre sencillamente estaba atonito, por su mente no circulaba absolutamente nada excepto un panico ahogado, comenzo a llorar, quizo gritar pero no podia, de donde habria salido tal criatura.Su mirada paso fugazmente de nuevo por la puerta y el claramente pudo distinguir a un hombre, era el encargado, dibujando en su cara una mueca de burla, con esa sarcastica sonrisa con la que le entrego la llave de su maldita habitacion. El Blackwood Journal publico al dia siguiente la desaparicion de los criminales, al parecer solo el dinero y el automovil fueron encontrados en el kilometro 66, el viejo Buick fue encontrado totalmente destruido, apenas reconocible.
Vengo a traer este relato poco conocido del maestro del terror Howard Phillips Lovecraft; Ceremonia Escuchen el video mientras leen. Ceremonia (1925) Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender. Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus tejados y chimeneas ' los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos. Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario. Unicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería. Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandone mis esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas. Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650. Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de yerba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas. Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas, Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil ... o su máscara, Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquias y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre e¡ puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo. Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiré de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacía el exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos. La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente hablamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial. Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchado formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que Prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aqúel detestable Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono más, audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas. En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías pánicos donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas. La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando saco de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él. Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698. Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el vicio estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban. En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio parroquias de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi 'cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquel, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles. Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo lbn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.»
Vengo de nuevo, con otro de los mejores relatos del maestro del terror, un escritor al que le debemos gran parte del concepto actual de literatura de horror. Reproduce el video antes de empezar a leer. El Model De Pickman (1925) No tienes por qué pensar que estoy loco, Eliot; muchos otros tienen manías raras. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, que jamás monta en un automóvil? Si a mí no me gusta ese maldito metro, es asunto mío; y, además, hemos llegado más deprisa en taxi. Si hubiéramos venido en tranvía habríamos tenido que subir a pie la colina desde Park Street. Sé perfectamente que estoy más nervioso que cuando nos vimos el año pasado, pero no por ello debes pensar que lo que necesito es una clínica. Bien sabe Dios que no me faltan motivos para estar internado, pero afortunadamente creo que estoy en mi sano juicio. ¿Por qué ese tercer grado? No acostumbrabas a ser tan inquisitivo. Bueno, si tienes que oírlo, no veo por qué no puedes hacerlo. Tal vez sea lo mejor, pues desde que te enteraste de que había dejado de ir al Art Club y me mantenía a distancia de Pickman no has cesado de escribirme como lo haría un atribulado padre. Ahora que Pickman ha desaparecido de la escena voy por el club de en cuando, pero mis nervios ya no son lo que eran. No, no sé qué ha sido de Pickman, y prefiero no adivinarlo. Podías haber sospechado que dejé de verle porque sabía algo confidencial; ése es precisamente el motivo por el que no quiera pensar a dónde ha ido. Dejemos a la policía que averigüe lo que pueda.. que no será mucho, a juzgar por el hecho de que no saben todavía nada de la vieja casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters. No estoy seguro de que volviera a encontrarla yo... ni de que lo intentara, ni siquiera a plena luz del día. Sí, sé bien, o temo saber, por qué la tenía alquilada. De eso voy a hablarte. Y espero que entiendas antes de que haya terminado por qué no pienso ir a decírselo a la policía. Me pedirían que les llevara basta allí, pero yo no podría volver a aquel lugar ni aun en el supuesto de que conociese el camino. Algo había allí... Bueno, por eso ahora no puedo coger el metro ni (y puedes reírte también de lo que voy a decirte) bajar a ningún sótano. Supongo que comprenderías que no dejé de ver a Pickman por las mismas estúpidas razones que les movieron a hacerlo a esas mojigatas mujerzuelas que son el doctor Reid, Joe Minot o Rosworth. No me escandalizo ante el arte morboso, y cuando un hombre tiene el talento de Pickman considero un honor el haberle conocido, al margen de la dirección que tome su obra. Jamás tuvo Boston un pintor con las dotes de Richard Upton Pickman. Lo dije hace mucho y sigo manteniéndolo, y ni siquiera me retracté un ápice de lo dicho cuando expuso su «Demonio necrófago alimentándose». A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle. Tú sabes bien que producir obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una especial intuición de la Naturaleza. Cualquier ganapán de esos que dibujan portadas puede embadurnar un lienzo sin orden ni concierto y darle el nombre de pesadilla, aquelarre o retrato del diablo, pero sólo un gran pintor puede conseguir que resulte verosímil o suscite pavor. Y ello porque sólo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en uno el sentido latente de lo siniestro. No creo que tenga que explicarte a estas alturas por qué un Fuseli nos hace estremecer mientras que la portada de un vulgar cuento de fantasmas nos mueve a risa. Hay algo que esos artistas captan -algo que trasciende a la propia vida- y que logran transmitirnos por unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee, y otro tanto puede decirse de Angarola de Chicago. Y Pickman la poseía en un grado que jamás alcanzó nadie ni, quiéralo el cielo alcanzará en lo sucesivo. No me preguntes qué es lo que ven. Tú sabes perfectamente que en el arte normal existe una gran diferencia entre lo vital y palpitante, ya proceda de la naturaleza o de modelos, y estas porquerías sin el menor valor que los pintorzuchos mercantilizados producen a discreción en el estudio. Bien, pues diría que el artista realmente original tiene una visión que le lleva a configurar modelos o a plasmar escenas del mundo espectral en que vive. De cualquier modo, consigue unos resultados que difieren tanto de los almibarados sueños del que quiere dárselas de pintor, como la producción del pintor de la naturaleza de los pastiches del dibujante que ha seguido cursos por correspondencia. Si yo hubiera visto lo que Pickman vio... Pero, ¡basta! Será mejor que echemos un trago antes de seguir adelante. ¡Dios mío!, yo no estaría vivo si hubiera visto lo que aquel hombre... si es que hombre era. Recordarás que el fuerte de Pickman era la expresión de la cara. No creo que desde Goya nadie haya puesto tal carga de intensidad diabólica en una serie de rasgos o en una expresión. Y, con anterioridad a Goya, habría que retrotraerse a aquellos artífices del medioevo que esculpieron las gárgolas y quimeras de Nôtre Dame y del Mont Saint-Michel. Ellos creían en toda clase de cosas... y posiblemente veían también toda clase de cosas, pues la Edad Media pasó por varias fases muy curiosas. Recuerdo que el año antes de irte le preguntaste a Pickman en cierta ocasión de dónde diablos le venían semejantes ideas y visiones. ¿No se echó a reír a carcajadas? A aquellas risotadas se debió en parte el que Reid dejara de hablarle. Reid, como bien sabes, acababa de empezar un curso sobre patología comparada, y utilizaba un vocabulario un tanto engolado al hablar sobre el sentido biológico o evolutivo de este o aquel síntoma físico o mental. Según me dijo, Pickman le desagradaba más cada día que pasaba, hasta el punto de que al final llegó casi a asustarle, pues, veía que sus rasgos y expresión tomaban un cariz que no le gustaba, un cariz que no tenía nada de humano. Hablaba mucho sobre el régimen alimenticio, y dijo que a su juicio Pickman era un ser anormal y excéntrico en grado sumo. Supongo que le dirías a Reid, si es que cruzasteis alguna carta al respecto, que se dejó arrebatar los nervios o atormentar la imaginación por los cuadros de Pickman. Es lo que le dije yo... por aquel entonces. Pero convéncete de que no dejé de ver a Pickman por nada de eso. Al contrario, mi admiración por él siguió creciendo, pues su «Demonio necrófago alimentándose» me parecía una auténtica obra maestra. Como sabes, el club no quiso exponerlo y el Museo de Bellas Artes no lo aceptó como donación. Por mi parte, puedo añadir que nadie quiso comprarlo, así que Pickman lo guardó en su casa hasta el día en que se marchó. Ahora está en poder de su padre, en Salem. Como debes saber, Pickman procede de una antigua familia de esa ciudad, y uno de sus antepasados murió en la horca en 1692 convicto de brujería. Adquirí la costumbre de visitar a Pickman con cierta asiduidad, sobre todo desde que me puse a recoger material para una monografía sobre arte fantasmagórico. Probablemente fuese su obra la que me metió la idea en la cabeza; en cualquier caso, hallé en él una auténtica mina de datos y sugerencias al ponerme a redactarla. Me enseñó todos los cuadros y dibujos que tenía, incluso unos bocetos a lápiz y pluma que habrían provocado , estoy absolutamente convencido, su expulsión del club si los hubieran visto ciertos socios. Al poco tiempo ya era casi un fanático de su arte, y pasaba horas enteras escuchando cual un escolar teorías artísticas y especulaciones filosóficas lo bastante descabelladas como para justificar su internamiento en el manicomio de Danvers. La admiración por mi héroe, unida al hecho de que la gente empezaba a tener cada vez menos trato con él, le hizo mostrarse extremadamente confidencial conmigo; y una tarde me insinuó que si mantenía la boca bien cerrada y no me hacía el remilgado, me mostraría algo muy poco corriente, algo que superaba con creces lo que guardaba en casa. -Hay cosas -dijo-, que no van con Newburg Street, cosas que estarían fuera de lugar y que no cabe imaginarse aquí. Yo me dedico a captar las emanaciones del alma, y eso es algo que no se encuentra en las advenedizas y artificiales calles construidas por el hombre. Back Bay no es Boston... en realidad no es nada todavía, porque aún no ha tenido tiempo de acumular recuerdos y atraerse a los espíritus locales. En caso de haber fantasmas aquí, serían todo lo más los fantasmas domesticados de cualquier marisma pantanosa o gruta poco profunda, y lo que yo necesito son fantasmas humanos: los fantasmas de seres lo bastante refinados como para asomarse al infierno y comprender el significado de lo visto allí. »El lugar indicado para vivir un artista es el North End. Si los estetas fueran sinceros, soportarían los suburbios por eso de que allí se acumulan las tradiciones. Pero, ¡Por Dios! ¿No comprendes que esos lugares no han sido simplemente construidos sino que han ido creciendo? Allí, generación tras generación, la gente ha vivido, sentido y muerto, y en tiempos en que no se temía ni vivir, ni sentir, ni morir. ¿Sabías que en 1632 había un molino en Copps Hill, y que la mitad de las calles actuales fueron trazadas hacia 1650? Puedo mostrarte casas que llevan en pie dos siglos y medio, e incluso más; casas que han presenciado lo que bastaría para ver reducida a escombros una casa moderna. ¿Qué sabe el hombre de hoy de la vida y de las fuerzas que se ocultan tras ellas ? Para ti los embrujos de Salem no pasan de una ilusión, pero me encantaría que mi requetatarabuela pudiera contarte ciertas cosas. La ahorcaron en Gallows Hill, bajo la mirada santurrona de Cotton Mather . Mather, ¡maldito sea su nombre!, temía que alguien consiguiera escapar de esta detestable jaula de monotonía. ¡Ojalá alguien le hubiese hechizado o sorbido la sangre durante la noche! »Puedo mostrarte una casa en donde Mather vivió, y otra en la que temía entrar a pesar de todas sus encantadoras baladronadas. Sabía cosas que no se atrevió a decir en aquel estúpido Magnalia o el no menos pueril Maravillas del mundo invisible. ¿Sabías que hubo un tiempo en que todo el North End estaba agujereado por túneles a través de los cuales las casas de ciertas personas se comunicaban entre sí, y con el camposanto y con el mar? ¡Mucho procesar y mucho perseguir a cielo descubierto! Pero cada día sucedían cosas que no podían entender y de noche se oían risas que no sabían de donde provenían. »En ocho de cada diez casas construidas antes de 1700, y sin tocar desde entonces, podría mostrarte algo extraño en el sótano. Apenas pasa mes que no se oiga hablar de obreros que descubren galerías y pozos cubiertos de ladrillos, que no conducen a parte alguna, al derribar este o aquel edificio. Tuviste ocasión de ver uno cerca de Henchman Street desde el ferrocarril elevado el año pasado. Allí había brujas y lo que sus conjuros convocan; piratas y lo que ellos trajeron del mar; contrabandistas, corsarios... y puedo asegurarte que en aquellos tiempos la gente sabía cómo vivir y cómo ensanchar los confines de la vida. Este no era, sin duda, el único mundo que le era dado conocer a un hombre inteligente y lleno de arrojo ¡quía! Y pensar que hoy en cambio, los cerebros son tan inocuos que hasta un club de supuestos artistas se estremece y sufre convulsiones si un cuadro hiere los sentimientos de los contertulios de un salón de té de Beacon Street. »Lo único que salva al presente es que su estupidez le impide cuestionar con sumo rigor el pasado. ¿Qué dicen en realidad los mapas , documentos y guías acerca del North End? ¡Bah! Tonterías. Así, a primera vista, me comprometo a llevarte a treinta o cuarenta callejas y redes de callejuelas al norte de Prince Street, de cuya existencia no sospechan ni diez seres vivos fuera de los extranjeros que pululan por ellas. Y ¿qué saben de ellas esos hombres de facciones mediterráneas? No, Thurber, esos antiguos lugares se encuentran en el mejor de los sueños, rebosan de prodigios, terror y evasiones de lo manido, y no hay alma humana que los comprenda ni sepa sacar partido de ellos. Mejor dicho, no hay más que una... pues yo no me he puesto a escarbar en el pasado para nada. »Escucha, a ti te interesan estas cosas. ¿Y si te dijera que tengo otro estudio allí, donde puedo captar el espíritu nocturno de antiguos horrores y pintar cosas en las que ni se me hubiera ocurrido pensar en Newbury Street? Naturalmente, no voy a ir a contárselo a esas condenadas mujerzuelas del club.. empezando por Reid, ¡maldito sea., que va por ahí diciendo cosas tales como que yo soy una especie de monstruo que desciende por el tobogán de la evolución en sentido contrario. Sí, Thurber, hace mucho que decidí que había que pintar el terror de la vida lo mismo que se pinta su belleza, así que me puse a explorar en lugares donde tenía fundados motivos para saber que en ellos el terror existía. »Cogí un local que no creo conozcan más de tres hombres nórdicos aparte de mí. No está muy lejos del elevado, en cuanto a distancia se refiere, pero dista siglos por lo que al alma respecta. Lo que me impulsó a cogerlo es el extraño y viejo pozo de ladrillo que hay en el sótano, ya sabes, uno de esos sótanos de los que te he hablado. El antro, pues no cabe otro calificativo, casi no se tiene en pie, por lo que a nadie se le ocurriría vivir allí, y me avergonzaría decirte lo poco que pago por él. Las ventanas están entabladas, pero lo prefiero así, pues para mi trabajo no necesito la luz del día. Pinto en el sótano, donde la inspiración me viene con más facilidad, pero tengo otras habitaciones amuebladas en la planta baja. El dueño es un siciliano, y lo he alquilado bajo el nombre de Peters. »Si te encuentras con ánimos, te llevaré a verlo esta noche. Creo que te gustarán los cuadros pues, como dije, en ellos he puesto lo mejor de mi expresión artística. El trayecto hasta allí no es largo; a veces lo hago a pie, pues no quiero llamar la atención con un taxi en semejante lugar. Podemos tomar el metro en South Station y bajar en Battery Street. Desde allí no hay que andar mucho. Bueno, Eliot, tras semejante arenga lo único que podía hacer era resistir los deseos de correr en lugar de andar en busca del primer taxi libre que saliera a nuestro encuentro. Después, cogimos el elevado en South Station y hacia las doce ya habíamos bajado las escaleras de Battery Street. Luego nos pusimos a andar a lo largo del viejo muelle de Constitution Wharf. No me fijé en los cruces, por lo que no sabría decirte dónde torcimos, pero puedo asegurarte que no fue en Greenough Lane. Al torcer, subimos por un desierto callejón de lo más antiguo y sucio que haya visto jamás, de tejados desvencijados, con los cristales de las ventanas rotos y arcaicas chimeneas medio derruidas que se destacaban contra la luz de la luna. No creo que hubiera siquiera tres casas en todo lo que abarcaba la vista que no estuvieran ya levantadas en tiempos de Cotton Mather; cuando menos, divisaba dos con un voladizo, y en cierta ocasión me pareció ver una hilera de tejados con el ya casi olvidado estilo holandés, aunque los anticuarios dicen que ya no queda ni uno solo en Boston. Al salir de aquel apenas iluminado callejón, torcimos a la izquierda adentrándonos en otro igualmente silencioso y aún más estrecho, sin la menor luz, y en un instante me pareció que doblábamos una curva en ángulo obtuso siguiendo hacia la derecha. Al cabo de un rato Pickman sacó una linterna y la enfocó hacia una puerta antediluviana de diez paneles, espeluznantemente roída por la carcoma. Tras abrirla, mi anfitrión me condujo hasta un vestíbulo vacío en donde en otro tiempo debió haber un magnífico artesonado de roble oscuro, sencillo, desde luego, pero patéticamente evocador de los tiempos de Andros, Phipps y la brujería. A continuación, me hizo traspasar una puerta que había a la izquierda, encendió una lámpara de petróleo y me dijo que me acomodara como si me encontrase en mi propia casa. Bueno, Eliot, soy uno de esos tipos a los que el hombre de la calle llama con toda justicia «duro», pero confieso que lo que vi en las paredes de aquella habitación me hizo pasar un mal rato. Eran los cuadros de Pickman, ya sabes a los que me refiero -aquellos que no podía pintar en Newbury Street y ni siquiera le dejaron exponerlos allí- y tenía toda la razón cuando dijo que «se le había ido la mano». Bueno, será mejor que echemos otro trago; lo necesito para contar lo que sigue. Sería inútil tratar de describirte aquellos cuadros, pues el más horroroso y diabólico horror, la más increíble repulsión y hediondez moral se desprendían de simples pinceladas imposibles de traducir en palabras. No había nada en ellos de la técnica exótica característica de Sidney Sime, nada de los paisajes transplanetarios ni de los hongos lunares con los que Clark Ashton Smith nos hiela la sangre. Los trasfondos eran en su mayoría antiguos cementerios, bosques frondosos, arrecifes marinos, túneles de ladrillo, antiguas estancias artesonadas o simples criptas de mampostería. El camposanto de Copps Hill, apenas a unas manzanas de la casa, era uno de sus escenarios favoritos. La demencia y la monstruosidad podían apreciarse en las figuras que se veían en primer término, pues en el morboso arte de Pickman predominaba el retrato demoníaco. Rara vez aquellas figuras eran completamente humanas, aunque con frecuencia se acercaban en diverso grado a lo humano. La mayoría de los cuerpos, si bien toscamente bípedos, tenían una tendencia a inclinarse hacia delante y un cierto aire canino. La textura de muchos de ellos era de una aspereza bastante desagradable al tacto. ¡Parece como si los estuviera viendo! Se ocupaban en... bueno, no me pidas que entre en detalles. Por lo general estaban comiendo.. pero será mejor que no diga qué. A veces los mostraba en grupos en cementerios o pasadizos subterráneos, y a menudo aparecían luchando por la presa o, mejor dicho, el tesoro descubierto. ¡Y qué expresividad tan genuinamente diabólica sabía en ocasiones infundir Pickman a los ciegos rostros de tan macabro botín! De cuando en cuando se les veía saltando en plena noche desde ventanas abiertas, o agazapados sobre el pecho de algún durmiente, al acecho de su garganta. En un lienzo se veía a un grupo de ellos aullando alrededor de una bruja ahorcada en Gallows Hill, cuyas demacradas facciones guardaban un extraordinario parecido con las de aquellos seres. Pero no creas que fueron aquellas horripilantes escenas lo que me hizo perder el sentido. No soy un niño de tres años y no es, ni mucho menos, la primera vez que veo cosas así. Eran los rostros, Eliot, aquellos endiablados rostros que miraban de soslayo y parecían querer salir del lienzo como si se les hubiese inspirado un aliento vital. ¡Dios mío, juraría que estaban vivos! Aquella bruja nauseabunda que se veía en el lienzo había despertado los fuegos del averno y su escoba era una varita de sembrar pesadillas. ¡Pásame la garrafa, Eliot! Había algo llamado «La lección»... ¡Santo cielo, en mala hora lo vería! Escucha, ¡te imaginas un círculo de inefables seres de aspecto canino agazapados en un cementerio enseñando a un niño a comer según su usanza? El coste de una presa producto de una suplantación supongo... Ya sabes, el viejo mito de esos extraños seres que dejan sus vástagos en la cuna en sustitución de las criaturas humanas que arrebatan. Pickman mostraba en el cuadro lo que les depara la fortuna a los niños así arrebatados, cómo crecen... cuando justo entonces comencé a ver la espantosa afinidad que había entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. Por medio de aquellas gradaciones de morbosidad entre lo resueltamente no humano y lo degradadamente humano trataba de establecer un sardónico nexo evolutivo: ¡los seres caninos procedían de los mortales! Y apenas acababa de inquirirme qué hacía con las crías que quedaban con los seres humanos a modo de trueque, cuando mi mirada tropezó con un cuadro que representaba a la perfección dicha idea. Se trataba de un antiguo interior puritano: una estancia de gruesas vigas con ventanas de celosía, un largo banco y un mobiliario del siglo XVII de estilo bastante tosco, con la familia sentada en torno al padre mientras éste leía las Escrituras. Todos los rostros, salvo uno, mostraban nobleza y veneración, pero ese uno reflejaba la burla del averno. Era el rostro de un varón de edad juvenil, sin duda pertenecía a un supuesto hijo de aquel piadoso padre, pero en realidad era de la parentela de los seres impuros. Era el niño suplantado... y, en un rasgo de suprema ironía, Pickman había pintado las facciones de aquel adolescente de forma que guardaban un extraordinario parecido con las suyas. Para entonces, Pickman había encendido ya una lámpara en una habitación contigua y, cortésmente, abrió la puerta para que pasara yo, al tiempo que me preguntaba si quería ver sus «estudios modernos». Me había sido imposible darle a conocer muchas de mis opiniones -el espanto y la repugnancia que se apoderaron de mí me dejaron sin habla-, pero creo que comprendió perfectamente cuáles eran mis sensaciones y se sintió muy halagado. Y ahora quiero que quede bien claro una vez más, Eliot, que no soy uno de esos alfeñiques que se lanzan a gritar en cuanto ven algo que se aparta lo más mínimo de lo habitual. Me considero un hombre maduro y con algo de mundo, y supongo que con lo que viste de mí en Francia te basta para saber que no soy un tipo fácilmente impresionable. Ten presente, por otro lado, que acababa de recobrar el aliento y de empezar a familiarizarme con aquellos horribles cuadros que hacían de la Nueva Inglaterra colonial una especie de antesala del infierno. Pues bien, a pesar de todo ello, la habitación contigua me arrancó un angustioso grito de la garganta, y tuve que agarrarme al vano de la puerta para no desfallecer. En la otra estancia había un sinfín de engendros y brujas invadiendo el mundo de nuestros antepasados, pero lo que había en ésta nos traía el horror a las puertas mismas de nuestra vida cotidiana. ¡Dios mío, qué cosas pintaba aquel hombre! Uno de los lienzos se llamaba «Accidente en el metro», y en él un tropel de abominables seres surgían de alguna ignota catacumba a través de una grieta abierta en el suelo de la estación de metro de Boylston Street y se lanzaban sobre la multitud que esperaba en el andén. Otro mostraba un baile en Copps Hill en medio de las tumbas, sobre un fondo actual. También había unas cuantas vistas de sótanos, con monstruos que se deslizaban furtivamente a través de agujeros y hendiduras abiertos en la mampostería, haciendo siniestras muecas mientras permanecían agazapados tras barriles o calderas y aguardaban a que su primera víctima descendiera por la escalera. Un horrible lienzo parecía recoger una amplia muestra representativa de Beacon Hill, con multitudinarios ejércitos de los mefíticos monstruos surgiendo de los escondrijos que acribillaban el suelo. Había asimismo tratamientos libérrimos de bailes en los cementerios modernos, pero lo que me impresionó más que nada fue una escena en una ignota cripta, en donde multitud de fieras se apelotonaban en turno a una de ellas que sostenía entre las manos y leía en voz alta una conocida guía de Boston. Todas las fieras apuntaban a un determinado pasaje, y todos los rostros parecían contraídos con una risa tan epiléptica y reverberante que creí incluso oír su diabólico eco. El título del cuadro era «Holmes, Lowell y Longfellow yacen enterrados en Mount Auburn». A medida que recobraba el ánimo y me iba acostumbrando a aquella segunda estancia de arte diabólico y morboso, me puse a analizar algunos aspectos de la repugnancia y aversión que me inspiraba todo aquello. En primer lugar, me dije a mí mismo, aquellos seres me asqueaban porque no eran sino la más fiel muestra de la total falta de humanidad e insensible crueldad de Pickman. Semejante personaje debía ser un implacable enemigo de todo el género humano a tenor del regocijo que mostraba por la tortura carnal y espiritual y la degradación del cuerpo humano. En segundo lugar, lo que me producía pavor en aquellos cuadros era precisamente su grandeza. Aquel arte era un arte que convencía: al mirar los cuadros veíamos a los demonios en persona y nos inspiraban miedo. Y lo extraño del caso era que la subyugante fuerza de Pickman no provenía de una selectividad previa o del cultivo de lo extravagante. En sus cuadros no había nada de difuso, de distorsionado ni de convencional; los perfiles estaban bien definidos, y los detalles eran precisos hasta rayar en lo deplorable. ¡Y qué decir de los rostros! Lo que allí se veía era algo más que la simple interpretación de un artista; era el mismo infierno, retratado cristalinamente y con la más absoluta fidelidad. Eso es justo lo que era, ¡cielos! Aquel hombre no tenía nada de imaginativo ni de romántico. Ni siquiera trataba de ofrecernos las agitadas y multidimensionales instantáneas que nos asaltan en los sueños sino que fría y sardónicamente reflejaba un mundo de horror estable, mecanicista y bien organizado, que él veía plena, brillante, firme y resueltamente. Sólo Dios sabe lo que podría ser ese mundo o dónde llegó a vislumbrar Pickman las sacrílegas formas que trotaban, brincaban y se arrastraban por él. Pero, cualquiera que fuese la increíble fuente en que se inspirasen sus imágenes, una cosa estaba fuera de duda: Pickman era, en todos los sentidos -tanto a la hora de concebir como de ejecutar-, un concienzudo y casi científico pintor realista. A continuación bajé tras mi anfitrión a su estudio en el sótano, y me preparé para el asalto de algo diabólico entre aquellos lienzos sin terminar. Cuando llegamos al final de la escalera impregnada de humedad, Pickman enfocó la linterna hacia un rincón del enorme espacio que se abría ante nosotros, iluminando el brocal circular de ladrillo de lo que debía ser un gran pozo excavado en el terroso suelo. Nos acercamos y vi que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de diámetro, con paredes que tendrían un pie de grosor, y estaba unas seis pulgadas por encima del nivel del suelo, una sólida construcción del siglo XVII, si no me equivocaba. Aquello, decía Pickman, era un buen ejemplo de lo que había estado hablando antes: una abertura de la red de túneles que discurrían bajo la colina. Observé distraídamente que el pozo no estaba recubierto de ladrillo, y que por toda cubierta tenía un pesado disco de madera. Pensando en todas las cosas a las que el pozo podía hallarse conectado si las descabelladas ideas de Pickman eran algo más que mera retórica, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Luego, siempre yo detrás de él, subimos un escalón y atravesamos una estrecha puerta que daba a una amplia estancia, con un suelo entarimado y amueblada como si fuese un estudio. Una instalación de gas acetileno suministraba la luz necesaria para poder trabajar. Los cuadros sin acabar, montados en caballetes o apoyados contra la pared, eran tan espeluznantes como los que había visto en el piso de arriba, y constituían una buena prueba de la meticulosidad con que trabajaba el artista. Las escenas estaban esbozadas con sumo cuidado, y las líneas trazadas a lápiz hablaban por sí solas de la prolija minuciosidad de Pickman al tratar de conseguir la perspectiva y proporciones exactas. Era todo un gran pintor, y sigo sosteniéndolo hoy aun con todo lo que sé. Una gran cámara fotográfica que había encima de una mesa me llamó la atención, y al inquirirle acerca de ella Pickman me dijo que la utilizaba para tomar escenas que le sirvieran luego para el fondo de sus cuadros, pues así podía pintar a partir de fotografías sin tener que salir del estudio en lugar de ir cargado con su equipo por toda la ciudad en busca de esta o aquella vista. A juicio suyo, las fotografías eran tan buenas como cualquier escena o modelo reales para trabajos de larga duración, y, según dijo, las empleaba habitualmente. Había algo muy desapacible en los nauseabundos bocetos y en las monstruosidades a medio terminar que echaban torvas miradas desde cualquier ángulo de la estancia, y cuando Pickman descubrió súbitamente un gran lienzo que se encontraba lejos de la luz no pude evitar que se me escapara un estruendoso grito, el segundo que profería aquella noche. Resonó una y otra vez a través de las mortecinas bóvedas de aquel antiguo y salitroso sótano, y tuve que realizar un tremendo esfuerzo para contener una histérica carcajada. ¡Dios misericordioso! Eliot, no sé cuánto había de real y cuánto de febril fantasía en todo aquello. ¡Jamás podría imaginarme semejante sueño! El cuadro representaba un colosal e indescriptible monstruo de centelleantes ojos rojos, que tenía entre sus huesudas garras algo que debió haber sido un hombre, y le roía la cabeza como un chiquillo chupa un pirulí. Estaba en cuclillas, y al mirarle parecía como si en cualquier momento fuera a soltar su presa en busca de un bocado jugoso. Pero, ¡maldición!, la causa de aquel pánico atroz no era ni mucho menos aquella diabólica figura, ni aquel rostro perruno de orejas puntiagudas, ojos inyectados en sangre, nariz chata y labios babeantes. No eran tampoco aquellas garras cubiertas de escamas, ni el cuerpo recubierto de moho, ni los pies semiungulados... no, no era nada de eso, aunque habría bastado cualquiera de tales notas para volver loco al hombre más pintado. Era la técnica, Eliot; aquella maldita, implacable y desnaturalizada técnica. Puedo jurar que jamás había visto plasmado en un lienzo el aliento vital de forma tan real. El monstruo estaba presente allí -lanzaba feroces miradas, roía y lanzaba feroces miradas-, y entonces pude comprender que sólo una suspensión de las leyes de la naturaleza podía llevar a un hombre a pintar semejantes seres sin contar con un modelo, sin haberse asomado a ese mundo inferior que a ningún mortal no vendido al diablo le ha sido dado ver. Prendido con una chincheta a una parte sin pintar del lienzo había un trozo de papel muy arrugado; probablemente, pensé, sería una de esas fotografías de las que se sirve Pickman para pintar un trasfondo no menos horroroso que la pesadilla que se destacaba sobre él. Alargué el brazo para estirarlo y ver de qué se trataba, cuando de repente Pickman dio un respingo como si le hubieran pinchado. Había estado escuchando con suma atención desde que mi grito de pavor despertó insólitos ecos en el oscuro sótano, y ahora parecía estar poseído de un miedo que, si bien no podía compararse con el mío, tenía un origen más físico que espiritual. Sacó un revólver y me hizo un gesto para que me callara, tras lo cual se encaminó al sótano principal y cerró la puerta detrás suyo. Creo que me quedé paralizado por unos instantes. A semejanza de Pickman agucé el oído, y me pareció oír el leve sonido de alguien que correteaba, seguido de unos alaridos o golpes en una dirección que no sabría decir. Pensé en gigantescas ratas y sentí que un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Luego se oyó un amortiguado estruendo que me puso la carne de gallina; un sigiloso y vacilante estruendo, aunque no sé cómo expresarlo en palabras. Parecía como si un gran madero hubiese caído encima de una superficie de piedra o ladrillo. Madera sobre ladrillo, ¿me sugería algo aquello? Volvió a oírse el ruido, esta vez más fuerte, seguido de una vibración como si el cuadro cayera ahora más lejos. A continuación, se oyó un sonido chirriante y agudo, a Pickman farfullando algo en voz alta y la atronadora descarga de las seis recámaras de un revólver, disparadas espectacularmente tal como lo haría un domador de leones para impresionar al público. A renglón seguido, un chillido o graznido amortiguado, y un fuerte batacazo. Luego, más chirridos producidos por la madera y el ladrillo, seguidos de una pausa y de la apertura de la puerta, sonido éste que me produjo, lo confieso, un violento sobresalto. Pickman reapareció con su arma aún humeante al tiempo que imprecaba a las abotagadas ratas que infestaban el antiguo pozo. -El diablo sabrá lo que comen, Thurber -dijo esbozando una irónica sonrisa-, pues esos arcaicos túneles comunican con cementerios, guaridas de brujas y llegan hasta el mismo litoral. Pero sea lo que sea, han debido quedarse sin provisiones, pues estaban rabiosas por salir. Tus gritos debieron excitarlas. Lo mejor será andar con cuidado por estos parajes. Nuestros amigos roedores son el mayor inconveniente, aunque a veces pienso que con ellos se consigue crear una cierta atmósfera y colorido. Bueno, Eliot, aquel fue el final de la aventura nocturna. Pickman me había prometido enseñarme el lugar, y bien sabe Dios que lo hizo. Me sacó de aquella maraña de callejas por otra dirección al parecer, pues cuando vimos la luz de una farola nos hallábamos en una calle que me resultaba familiar, con monótonas hileras de bloques de pisos y viejas casas entremezcladas. Aquella calle no era otra que Charter Street, pero yo me encontraba demasiado agitado como para poder advertirlo. Era ya demasiado tarde para tomar el elevado, así que volvimos andando a lo largo de Hannover Street. Recuerdo muy bien el paseo. Dimos la vuelta en Tremont y, tras subir por Beacon, llegamos a la esquina de Joy, en donde nos separamos. Desde entonces no hemos vuelto a vernos más. ¿Por qué dejé de ver a Pickman? No seas impaciente. Espera que llame para que nos traigan café, pues ya hemos tomado bastante de lo otro, y al menos yo necesito beber algo. No... no eran los cuadros que vi en aquel lugar; aunque juraría que bastaría con ellos para que a Pickman no le permitieran el acceso en nueve de cada diez hogares y clubs de Boston. Supongo que ahora comprenderás por qué evito por todos los medios bajar a metros o sótanos. Fue... fue algo que encontré en mi abrigo a la mañana siguiente. Me refiero al arrugado papel prendido a aquel horripilante lienzo del sótano, aquello que tomé por una fotografía de alguna vista que Pickman pretendía reproducir a manera de trasfondo para el monstruo. El último respingo de Pickman se produjo justo cuando iba a desenrollar el papel, y, al parecer; me lo metí distraídamente en el bolsillo. Pero, bueno, aquí está el café. Te aconsejo que lo tomes puro, Eliot. Sí, a aquel papel se debió el que no volviera a ver más a Pickman. Richard Upton Pickman, el artista más dotado que he conocido... y el más execrable ser que haya traspasado jamás los límites de la vida para abismarse en las simas del mito y la locura. El viejo Reid tenía razón, Eliot. no puede decirse que Pickman fuera humano estrictamente hablando. O bien nació bajo una influencia maligna, o dio con la forma de abrir la puerta prohibida. Ya da lo mismo, pues desapareció... volvió a abismarse en esa increíble oscuridad que él tanto gustaba frecuentar. Será mejor que encendamos el candelabro. No me pidas que te explique, o siquiera conjeture, qué es lo que quemé. Tampoco me preguntes qué había tras esa especie de topo gateador que tan bien se las arregló Pickman para hacer pasar por ratas. Hay secretos que pueden proceder de los viejos tiempos de Salem, y Cotton Mather cuenta cosas aún más extrañas. Bien sabes tú cuán endiabladamente expresivos eran los cuadros de Pickman, cómo todos nos preguntamos más de una vez de dónde podía sacar aquellos rostros. Bueno... después de todo, aquel papel no era la fotografía de una perspectiva. En él se veía únicamente el ser monstruoso que estaba pintando en aquel horrible lienzo. Era el modelo en que se inspiraba... y el trasfondo no era sino la pared del estudio del sótano pintada con todo lujo de detalle. Por el amor de Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural.
Uno de los mejores relatos concernientes a los Mitos de Cthulhu y aportacion al universo de Howard Philips Lovecraft, por parte del talentoso escritor Frank Belknap Long. Reproduce la cancion antes de empezar a leer. Frank Belknap Long Los Perros de Tindalos (The Hounds Of Tindalos) 1 -Me alegro de que haya venido -dijo Chalmers. Estaba sentado junto a la ventana y tenía el semblante muy pálido. Dos altas velas que goteaban cerca de su codo arrojaban una luz enfermiza y ambarina sobre su larga nariz y su barbilla ligeramente deprimida. No había nada moderno en el apartamento de Chalmers. Tenía alma de asceta medieval, y prefería los manuscritos ilustrados a los automóviles, y las gárgolas de piedra de torva mirada a los aparatos de radio y las máquinas de calcular. Al cruzar la habitación hasta el sofá, que había despejado para mí, miré hacia su mesa y me sorprendió descubrir que había estado estudiando las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo, y que había llenado cantidades de hojas de delgado y amarillento papel con curiosos dibujos geométricos. -Extraña vecindad la de Einstein y John Dee -dije, al tiempo que mis ojos iban de los diagramas matemáticos a los sesenta o setenta libros raros que componían su curiosa y pequeña biblioteca. Plotino y Emmanuel Moscopulus, santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy se codeaban en la oscura estantería de ébano, y las sillas, la mesa y el escritorio estaban repletos de folletos sobre hechicería y brujería medievales y magia negra, así como sobre todas las cosas fascinantes y audaces que el mundo moderno ha arrumbado. Chalmers sonrió con simpatía, y me tendió un cigarrillo ruso en una bandeja curiosamente tallada. -Estamos descubriendo ahora precisamente -dijo- que los viejos alquimistas y hechiceros tenían razón en unas dos terceras partes, y que su moderno biólogo materialista está equivocado en nueve décimas. -Usted siempre se ha burlado de la ciencia moderna -dije con cierta impaciencia. -Sólo del dogmatismo científico -replicó-. Siempre he sido un rebelde, un defensor de las causas perdidas; por eso he decidido rechazar las conclusiones de los biólogos contemporáneos. -¿Y Einstein? -pregunté. -¡Es un sacerdote de las matemáticas trascendentales! -murmuró reverentemente-. Es un místico profundo, un explorador de la gran sospecha. -Entonces no menosprecia enteramente la ciencia. -Por supuesto que no -afirmó-. Simplemente desconfío del positivismo científico de estos últimos cincuenta años, del positivismo de Haeckel y de Darwin y de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente al intentar explicar el misterio del origen y destino del hombre. -Déles tiempo -repliqué. Los ojos de Chalmers relampaguearon. -Amigo mío -murmuró-, su juego de palabras es sublime. Darles tiempo. Eso es precisamente lo que haría. Pero su moderno biólogo se ríe del tiempo. Tiene la clave, pero se niega a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo, en realidad? Einstein cree que es relativo, que puede interpretarse en términos de espacio, de un espacio curvo. Pero ¿debemos detenernos aquí? Cuando las matemáticas nos abandonan, ¿no podemos seguir con... la intuición? -Está usted pisando un terreno peligroso -observé-. Esa es una trampa que el verdadero investigador evita. Por eso ha avanzado tan despacio la ciencia moderna. No acepta nada que no pueda demostrarse. Pero usted... -Yo tomaría hashish, opio, toda clase de drogas. Yo quisiera emular a los sabios orientales. Y entonces, quizá, captaría... -¿El qué? -La cuarta dimensión. -Eso es un disparate teosófico. -Quizá. Pero creo que las drogas dilatan la conciencia humana. William James coincide conmigo. Y he descubierto una nueva. -¿Una nueva droga? -La utilizaban hace siglos los alquimistas chinos; pero es prácticamente desconocida en Occidente. Sus propiedades ocultas son asombrosas. Con ayuda de mis conocimientos matemáticos, creo que puedo retroceder en el tiempo. -No comprendo. -El tiempo es meramente nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión del espacio. Tiempo y movimiento son dos ilusiones. Todo lo que ha existido desde el principio del mundo existe todavía. Los acontecimientos que ocurrieron hace siglos en este planeta siguen existiendo en otra dimensión del espacio. Los acontecimientos que sucederán dentro de siglos existen ya. Nosotros no podemos percibir su existencia porque no podemos entrar en la dimensión del espacio que los contiene. Los seres humanos, tal como los conocemos, son meramente fracciones, fracciones infinitamente pequeñas de un todo enorme. Cada ser humano se halla vinculado a toda la vida que le ha precedido en este planeta. Todos sus antepasados son partes de él. Sólo el tiempo le separa de sus predecesores, y el tiempo es una ilusión y no existe. -Creo que comprendo -murmuré. -Bastará para mi propósito con que se forme una vaga idea de lo que deseo llevar a cabo. Quiero arrancarme de los ojos el velo de la ilusión que el tiempo ha arrojado sobre ellos, y ver el principio y el fin. -¿Y cree usted que esta nueva droga le ayudará? -Estoy seguro de que sí. Y quiero que me ayude usted. Me propongo tomar la droga inmediatamente. No puedo esperar. Debo ver -sus ojos fulguraron extrañamente-. Voy a retroceder, a retroceder en el tiempo. Se levantó y dio unos pasos hasta la chimenea. Cuando se volvió hacia mí otra vez sostenía en la palma de la mano una cajita cuadrada. -Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tsé, y bajo su influjo llegó a ver el Tao. El Tao es la fuerza misteriosa del mundo; lo envuelve y lo penetra todo; contiene al universo visible, a todo cuanto llamamos realidad. El que capte los misterios del Tao ve claramente todo cuanto existió y cuanto existirá. -¡Tonterías! -repliqué. -El Tao se asemeja a un gran animal, tumbado, inmóvil, que contiene en su inmenso cuerpo todos los mundos de nuestro universo, los pasados, los presentes y los futuros. Nosotros vemos las porciones del inmenso monstruo a través de un resquicio que llamamos tiempo. Con la ayuda de esta droga, ensancharé este resquicio. Contemplaré la gran figura de la vida, la gran bestia yacente en su totalidad. -¿Y qué es lo que desea que haga yo? -Presenciarlo, amigo mío. Presenciarlo y tomar nota. Y si retrocedo demasiado de prisa, devolverme a la realidad. Puede hacerlo sacudiéndome violentamente. Si le parece que sufro algún dolor físico agudo, debe hacerme volver inmediatamente. -Chalmers -dije-, desearía que no hiciese ese experimento. Va a correr riesgos horribles. No creo que exista ninguna cuarta dimensión, y además no creo en absoluto en el Tao. No apruebo su deseo de someterse a drogas desconocidas. -Conozco las propiedades de esta droga -replicó él-. Sé con toda precisión de qué modo actúa sobre el animal humano y conozco sus peligros. El riesgo no reside en la droga misma. Mi único temor es el de perderme en el tiempo. Mire, ayudaré a la droga. Antes de tragarme esta píldora concentraré mi atención en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado sobre este papel -alzó la carta matemática que tenía sobre sus rodillas-. Prepararé mi mente para un viaje por el tiempo. Me acercaré a la cuarta dimensión con la mente consciente, antes de tomar la droga que me permitirá ejercer poderes ocultos de percepción. Antes de penetrar en el mundo del sueño de los místicos orientales recabaré toda la ayuda matemática que la moderna ciencia puede ofrecer. Estos conocimientos matemáticos, este acercamiento consciente a una aprehensión real de la cuarta dimensión del tiempo, complementa la acción de la droga. La droga abrirá nuevas y prodigiosas perspectivas; la preparación matemática me permitirá aprehenderlas intelectualmente. He captado a menudo la cuarta dimensión en sueños, emocionalmente, instintivamente, pero nunca he podido recordar, en la vida vigil, los ocultos esplendores que se me revelaron de manera fugaz. »Pero con su ayuda, creo que podré recordarlos. Usted tomará nota de todo lo que diga mientras esté bajo el influjo de la droga. Por muy extraño o incoherente que sea lo que diga, no deberá omitir nada. Cuando despierte, podré facilitar la clave de todo cuanto parezca misterioso o increíble. No estoy seguro de lograrlo, pero si lo consigo -sus ojos centellearon extrañamente-, ¡el tiempo dejará de existir para mí! Se sentó repentinamente. -Haré la prueba ahora mismo. Por favor, póngase allí, junto a la ventana, y preste atención. ¿Tiene una pluma estilográfica? Asentí lúgubremente y saqué mi pluma Waterman verde del bolsillo superior de mi chaqueta. -¿Y cuaderno de notas, Frank? Saqué a regañadientes una agenda. -Insisto en que desapruebo este experimento -murmuré-. Va a correr un riesgo espantoso. -¡No se ponga usted como una vieja medrosa! -me reprendió-. Nada de cuanto diga me hará detenerme ahora. Le ruego que guarde silencio mientras estudio estos diagramas. Alzó los diagramas y los examinó atentamente. Miré cómo el reloj de la repisa de la chimenea marcaba los segundos; una rara sensación de miedo me oprimía el corazón hasta sofocarme. De súbito, se paró el reloj, y exactamente en ese instante Chalmers se tragó la droga. Me levanté inmediatamente y fui hacia él, pero sus ojos me suplicaron que no interfiriese. -El reloj se ha detenido -murmuró-. Las fuerzas que lo controlan aprueban mi experimento. El Tiempo se ha parado, y yo he tomado la droga. Pido a Dios que no extravíe mi camino. Cerró los ojos y se reclinó en el sofá. La sangre había desaparecido en su rostro y respiraba con fatiga. Evidentemente, la droga estaba obrando con extraordinaria rapidez. -Empieza a oscurecer -murmuró-. Escriba eso. Empieza a oscurecer, y los objetos familiares de la habitación están desapareciendo. Puedo distinguirlos vagamente a través de las pestañas, pero están desvaneciéndose rápidamente. Sacudí la pluma para hacer salir la tinta, y escribí taquigráficamente, mientras él seguía hablando. -Voy a abandonar la habitación. Las paredes se están diluyendo y ya no puedo ver ninguno de los objetos familiares. Su rostro, sin embargo, aún sigue siendo visible para mí. Espero que siga escribiendo. Creo que voy a dar un gran salto... un salto a través del espacio. O quizá a través del tiempo. No sé. Todo es oscuro, indistinto. Permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Luego, de pronto, se enderezó y sus párpados se agitaron y abrieron. -¡Dios del cielo! -exclamó-. ¡Veo! Hacía esfuerzos en su butaca como para incorporarse, mirando fijamente hacia la pared opuesta. Pero yo sabía que miraba más allá del muro, y que los objetos de la habitación no existían para él. -¡Chalmers! -grité-. Chalmers, ¿le despierto? -¡No! -gritó-. ¡Lo veo todo! Todos los billones de vidas que me precedieron en este planeta están ante mí en este momento. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, bailan, cantan. Se sientan alrededor de toscas fogatas en desiertos solitarios y grises, y surcan el aire en monoplanos. Cruzan los mares en canoas y en enormes vapores, pintan bisontes y mamuts en las paredes de oscuras cavernas y cubren enormes telas con extraños dibujos futuristas. Contemplo las migraciones desde Atlanta. Y desde Lemuria. Veo las razas anteriores: una horda extraña de enanos negros sojuzga el Asia, y los neandertales de cabeza hundida y rodillas encorvadas se extienden obscenamente por Europa. Veo a los aqueos invadiendo las islas griegas, y los rudos comienzos de la cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Estoy en tierras de Italia. Asisto al rapto de las sabinas; marcho con las legiones imperiales. Tiemblo con pasmo y horror al avanzar los enormes estandartes, y el suelo se estremece bajo las pisadas de los victoriosos hastati. Mil esclavos desnudos se arrastran ante mí cuando paso en una litera de oro y marfil tirada por bueyes de Tebas negros como la noche, y las jóvenes, arrojándome flores, me gritan al pasar: Ave Caesar; y yo hago un gesto de asentimiento y sonrío. Ahora soy esclavo en una galera mora. Veo cómo erigen una gran catedral. Se levanta piedra a piedra, y a lo largo de meses y años sigo ahí, y veo cómo van encajando cada piedra en su sitio. Me queman en una cruz con la cabeza hacia abajo en los perfumados jardines de Nerón, y contemplo con burla y regocijo a los afanosos torturadores, en las cámaras de la Inquisición. »Recorro los más sagrados santuarios; entro en los templos de Venus. Me arrodillo en adoración ante la Magna Mater, y arrojo monedas a las rodillas desnudas de las sagradas cortesanas sentadas con velado rostro en los bosquecillos de Babilonia. Entro en un teatro isabelino y me mezclo con el populacho maloliente y aplaudo El mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas calles de Florencia. Veo a la joven Beatriz, y el borde de su vestido roza mis sandalias mientras la miro con arrobamiento. Soy sacerdote de Isis, y mi magia maravilla a las naciones. Simón el Mago se arrodilla ante mí, implorando mi ayuda, y el faraón tiembla cuando yo me acerco. En la India, hablo con los Maestros y huyo gritando de su presencia, pues sus revelaciones son como sal en la herida que sangra. »Lo percibo todo simultáneamente. Lo contemplo todo desde todos los ángulos, soy una parte de esos prolíficos miles de millones de seres que bullen a mi alrededor. Existo en todos los hombres y todos los hombres existen en mí. Percibo la totalidad de la humana historia en un simple instante, la pasada y la presente. »Con un simple esfuerzo, puedo ver más y más atrás. Ahora retrocedo a través de extraños ángulos y curvas. Los ángulos y las curvas se multiplican en torno mío. Percibo grandes segmentos de tiempo a través de las curvas. Hay un tiempo curvo y un tiempo angular. Los seres que existen en el tiempo angular no pueden entrar en el tiempo curvo. Es muy extraño. »Retrocedo más y más. El hombre ha desaparecido de la Tierra. Los reptiles gigantescos se acurrucan bajo las enormes palmeras y nadan en las aguas repugnantemente negras de los lagos. Ahora han desaparecido los reptiles. No quedan animales en la tierra; pero bajo las aguas, claramente visibles para mí, se mueven lentamente oscuras formas por entre una vegetación corrompida. »Las formas se vuelven cada vez más simples. Ahora son meras células. A mi alrededor hay ángulos... ángulos extraños sin paralelo en la Tierra. Estoy desesperadamente asustado. »Hay un abismo de ser que el hombre no ha sospechado jamás. Le miré fijamente. Chalmers se había puesto de pie y gesticulaba con los brazos. -Ahora cruzo ángulos extraterrestres; me acerco... ¡Oh, el miedo abrasador! -¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere que le interrumpa? Se llevó vivamente la mano derecha al rostro, como para cubrir una visión inenarrable. -¡Aún no! -exclamó-; seguiré. Veré... lo que... hay... más allá... Un sudor frío bañó su frente, y sus hombros se estremecieron espasmódicamente. -Más allá de la vida -su rostro se puso ceniciento de terror-, hay seres que no puedo distinguir. Se mueven con lentitud a través de los ángulos. No tienen cuerpo, y se desplazan lentamente por ángulos atroces. Fue entonces cuando me di cuenta del olor que reinaba en la habitación. Era un olor acre, indescriptible, tan nauseabundo que apenas se podía soportar. Me dirigí rápidamente a la ventana y la abrí de par en par. Cuando me volví hacia Chalmers, y le miré a los ojos, casi me desmayé. -¡Creo que me han olfateado! -exclamó-. Se están volviendo hacia mí. Temblaba horriblemente. Por un momento, arañó en el aire con las manos. Luego sus piernas perdieron fuerzas y se desplomó de bruces, gimiendo y profiriendo ruidos inarticulados. Le contemplé en silencio mientras se arrastraba por el suelo. Ya no era un hombre. Enseñaba los dientes y le caía la saliva por las comisuras de la boca. -¡Chalmers -exclamé-, déjelo! ¡Déjelo!, ¿me oye? Como en respuesta a mi súplica comenzó a proferir una serie de sonidos roncos y convulsivos que más parecían ladridos de perro que otra cosa, y a retorcerse espantosamente en círculo alrededor de la habitación. Me incliné y le agarré por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente. Él volvió la cabeza y me mordió la muñeca. Me puse enfermo de horror, pero no me atreví a soltarlo por temor a que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia. -Chalmers -murmuré-, deténgase. No hay nada en la habitación que pueda hacerle ningún daño. ¿Me entiende? Seguí sacudiéndole y amonestándole, y, gradualmente, la locura se fue borrando de su rostro. Temblando convulsivamente, se desplomó grotescamente acurrucado sobre la alfombra china. Lo llevé al sofá y lo acomodé en él. Su semblante estaba contraído de dolor; comprendí que luchaba torpemente por escapar de los abominables recuerdos. -Whisky -susurró-. Encontrará una botella en la vitrina junto a la ventana... en el estante de arriba a la izquierda. Cuando le tendí la botella, sus dedos se apretaron alrededor de ella hasta que sus nudillos se pusieron azules. -Casi acaban conmigo -boqueó. Tomó grandes sorbos de la estimulante bebida, y poco a poco le volvió el color a la cara. -Esa droga es muy perniciosa -murmuré. -No ha sido la droga -gimió él. Sus ojos no habían perdido el fulgor demente, pero todavía tenía aspecto de alma perdida. -Me habían olfateado en el tiempo -gimió-. He ido demasiado lejos. -¿Cómo eran? -pregunté, por seguirle la comente. Se inclinó hacia adelante y me agarró del brazo. Temblaba horriblemente. -¡No hay palabras en nuestra lengua que puedan describirlos! -hablaba en un ronco susurro-. Simbolizan vagamente el mito de la Caída, en una forma obscena que a veces se encuentra grabada en antiguas tabletas. Los griegos tenían un nombre para ellos, que ocultaba su impureza esencial. El árbol, la serpiente y la manzana son símbolos vagos de un misterio espantoso. Su voz se había elevado hasta el grito. -Frank, Frank, en el principio se cometió una terrible e inenarrable acción. Antes del tiempo, aconteció esa acción, y a partir de ella... Se había levantado y paseaba histéricamente por la habitación. -Las acciones de los muertos se desplazan a través de ángulos en las oscuras oquedades del tiempo. ¡Están hambrientos y sedientos! -Chalmers... -Supliqué que se sosegara-. Vivimos en la tercera década del siglo xx. -¡Están flacos y sedientos! -gritó-. ¡Son los Perros de Tíndalos! -Chalmers, ¿quiere que llame a un médico? -Un médico no puede ayudarme ahora. Son horrores del alma, y sin embargo -se miró las manos y gimió-, son reales, Frank. Los he visto durante un horrible momento. Durante un instante, he estado en el otro lado. He estado en las grises y pálidas orillas del otro lado del tiempo y del espacio. En una horrible luz que no era luz, en un silencio que gritaba, y los he visto. »En sus cuerpos flacos y hambrientos se concentraba toda la maldad del universo. Pero ¿tenían cuerpo? Los he visto sólo un momento; no estoy seguro. Pero los he oído resollar. Durante un instante indescriptible los he sentido respirar sobre mi rostro. Se han vuelto hacia mí, y he huido gritando. En un instante, he huido gritando a través del tiempo. Me he alejado millones y millones de años. »Pero me han olfateado. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente de la impureza que los circundaba. Tienen sed de aquello que hay de limpio en nosotros, de aquello que dimana de las acciones sin mancha. Hay una parte de nosotros que no participa de la acción, y que ellos odian. Pero no imagine que son literalmente, prosaicamente malvados. Están más allá del bien y del mal, según los conocemos nosotros. Son ellos quienes se apartaron al principio de la pureza. Por medio de la acción, se convirtieron en cuerpo de muerte, receptáculos de toda la impureza. Pero no son malos en nuestro sentido, porque en las esferas, a través de las cuales se mueven, no existe el pensamiento, ni la moral, ni lo justo, ni lo injusto, según lo entendemos nosotros. Únicamente existe lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa mediante el ángulo; lo puro mediante las curvas. El hombre, su parte pura, procede de una curva. No se ría. Me refiero literalmente. Me levanté y busqué mi sombrero. -Le compadezco de veras, Chalmers -dije, y me dirigí a la puerta-. Pero no tengo intención de seguir escuchando semejante galimatías. Le mandaré mi médico para que le vea. Es persona madura y amable, y no se ofenderá si le manda usted al diablo. Pero espero que escuche su consejo. Una semana de descanso en un buen sanatorio le sentará inmensamente bien. Le oí reírse mientras bajaba yo las escaleras, pero su risa era tan absolutamente carente de alegría que me hizo llorar. 2 Cuando Chalmers telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar el receptor en el acto. Su petición era tan inusitada y su voz tan tremendamente histérica que temí que el seguir relacionándome con él pusiese en peligro mi propia salud mental. Pero no podía dudar de su aflicción, y cuando se desmoronó completamente y le oí sollozar por el teléfono, decidí acceder a lo que me pedía. -Muy bien -dije-. Iré inmediatamente y llevaré el yeso. De camino a casa de Chalmers, me detuve en un almacén y compré veinte libras de yeso de París. Cuando entré en la habitación de mi amigo, se hallaba éste acurrucado junto a la ventana, vigilando la pared opuesta con unos ojos enfebrecidos de pavor. Al verme se levantó y agarró el saco del yeso con una avidez que me asombró y horrorizó. Había desalojado todo el mobiliario y la habitación presentaba un aspecto desolado. -¡Cabe dentro de lo posible que podamos burlarlos! -exclamó-. Pero debemos actuar rápidamente. Tráigala aquí de prisa, Frank; hay una escalera de mano en el recibidor. Tráigala en seguida. Y traiga un cubo con agua. -¿Para qué? -murmuré. Se volvió vivamente, y vi su rostro agitado. -¡Para amasar el yeso! -exclamó-. Para amasar el yeso que salvará nuestros cuerpos y nuestras almas de una contaminación nefanda. Para amasar el yeso que salvará al mundo de... ¡Frank, hay que impedir que entren! -¿Quiénes? -pregunté. -¡Los Perros de Tíndalos! -gruñó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos. Voy a enyesar todos los rincones, todas las aberturas. Debemos hacer que esta habitación se parezca al interior de una esfera. Yo sabía que habría sido inútil discutir con él. Traje la escalera de mano, Chalmers amasó el yeso, y trabajamos febrilmente durante tres horas. Recubrimos las cuatro esquinas de la pared y las intersecciones del suelo con la pared y de la pared con el techo, y redondeamos los ángulos del hueco de la ventana. -Permaneceré en esta habitación hasta que vuelvan en el tiempo -afirmó cuando nuestra tarea quedó concluida-. Cuando descubran que el olor les lleva a través de curvas, darán media vuelta. Regresarán hambrientos, gruñendo insatisfechos, a la impureza que existió en el principio antes del tiempo, más allá del espacio. Asentí cortésmente y encendí un cigarrillo. -Ha hecho bien en ayudar -dijo. -¿Irá a que le vea un médico, Chalmers? -le rogué. -Tal vez... mañana -murmuró-. Ahora tengo que vigilar y esperar. -¿Esperar a qué? -pregunté apremiante. Chalmers sonrió pálidamente. -Sé que cree que estoy chiflado -dijo-. Tiene usted una mente perspicaz pero prosaica, y no puede concebir un ser que no dependa para existir de la fuerza y de la materia. Pero ¿se le ha ocurrido alguna vez, amigo mío, que la fuerza y la materia son meramente barreras para la percepción impuestas por el tiempo y el espacio? Cuando uno sabe, como yo, que el tiempo y el espacio son idénticos y que son falaces porque no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, uno ya no busca en el mundo visible una explicación del misterio y del terror del ser. Me levanté y me dirigí hacia la puerta. -Perdóneme -exclamó-. No quiero ofenderle. Usted tiene una inteligencia superlativa, pero yo... yo la tengo sobrehumana. Es natural que yo comprenda sus limitaciones. -Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé los escalones de dos en dos-. Le enviaré un médico en seguida -murmuré para mis adentros-. Es un caso perdido, y sabe Dios lo que sucederá si no le atiende alguien inmediatamente. 3 Lo que sigue es un resumen de dos noticias que aparecieron en la Partridgeville Gazette del 3 de julio de 1928. Un terremoto sacude el distrito financiero A las dos en punto de esta madrugada, un temblor de tierra de inusitada intensidad ha roto varios cristales de ventanas en Central Square y ha averiado completamente el sistema eléctrico y los raíles del tranvía. La sacudida se ha sentido en los distritos periféricos, y el campanario de la Primera Iglesia Anabaptista de Angell Hill (construida por Christopher Wren en 1717) se ha derrumbado completamente. Los bomberos están tratando actualmente de apagar un incendio que amenaza destruir la fábrica de adhesivos de Partridgeville. Se ha prometido la más urgente y completa investigación para determinar la responsabilidad de tan desastroso suceso. Escritor ocultista asesinado por un visitante desconocido Crimen horrible en Central Square El misterio rodea la muerte de Halpin Chalmers A las 9 horas del día de hoy ha sido hallado el cuerpo de Halpin Chalmers, autor y periodista, en una habitación vacía sobre la joyería de Smithwick & Isaacs, en el número 25 de Central Square. Las indagaciones del forense han revelado que la habitación había sido alquilada amueblada por el señor Chalmers el 1 de mayo, y que éste había eliminado los muebles hacía un par de semanas. Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo y miembro de la Sociedad de Bibliófilos. Anteriormente había residido en Brooklyn, Nueva York. A las 7, el señor L. E. Hancock, que ocupa el apartamento opuesto a la habitación de Chalmers del edificio Smithwick & Isaacs, notó un olor extraño al abrir la puerta para entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Partridgeville Gazette. Describe el olor como extremadamente acre y nauseabundo, y afirma que era tan fuerte en la proximidad de la habitación de Chalmers, que se vio obligado a taparse la nariz al pasar por delante. Estaba a punto de volver a su propio apartamento, cuando se le ocurrió que Chalmers podía haber olvidado accidentalmente cerrar el gas de su pequeña cocina. Se sintió alarmado ante tal pensamiento, así que decidió averiguarlo; y al no obtener respuesta de Chalmers a sus repetidas llamadas a la puerta, lo notificó al conserje. Este abrió con una llave maestra, y los dos hombres irrumpieron rápidamente en la habitación de Chalmers. La estancia se hallaba totalmente desprovista de mobiliario, y Hancock afirma que tan pronto como vio el suelo se le heló el corazón; el conserje, sin decir palabra, se dirigió a la ventana abierta y desde allí inspeccionó el edificio de enfrente lo menos durante cinco minutos. Chalmers yacía tendido de espaldas en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo, y tenía el pecho y los brazos cubiertos de un extraño pus o licor azulenco. La cabeza descansaba grotescamente sobre el pecho, cercenada del cuerpo, y tenía la cara contraída y horriblemente mutilada. No se veían rastros de sangre en ninguna parte. La habitación presentaba un aspecto de lo más singular. Las intersecciones de las paredes, techo y suelo habían sido rellenadas con yeso de París, si bien algunos trozos se habían resquebrajado y desprendido, y alguien había reunido los cascotes en el suelo alrededor del hombre asesinado, de suerte que formaban un triángulo. Junto al cadáver se han encontrado varias hojas de papel amarillento y chamuscado. Dichas hojas contenían fantásticos dibujos geométricos y símbolos y varias frases garabateadas apresuradamente. Estas frases resultan casi ilegibles, y tan absurdas que no han proporcionado ninguna clave sobre la identidad del que ha perpetrado el crimen: «Espero y vigilo -escribió Chalmers-. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que puedan cogerme, pero debo tener cuidado con los Doels. Tal vez ellos puedan contribuir a que irrumpan aquí. Los sátiros colaborarán, y pueden avanzar a través de los círculos escarlata. Los griegos sabían un medio de prevenir eso. Es una lástima que hayamos olvidado tantas cosas.» En otra hoja de papel, la más chamuscada de los siete u ocho fragmentos encontrados por el sargento detective Douglas (del destacamento de Partridgeville), tenía garabateado lo siguiente: «¡Gran Dios, el yeso se está cayendo! Una terrible sacudida ha desprendido el yeso y se está cayendo. ¡Tal vez haya sido un temblor de tierra! No podía haber prevenido esto. Se está haciendo oscuro en la habitación. Tengo que telefonear a Frank. Pero ¿llegará a tiempo? Lo intentaré. Recitaré la fórmula de Einstein. Recitaré... ¡Dios, están irrumpiendo! ¡Están entrando! De los rincones de la pared brota humo. Sus lenguas... ¡Aaahhh!...» En opinión del sargento detective Douglas, Chalmers ha sido también envenenado por algún químico desconocido. Ha enviado muestras del extraño limo azul encontrado sobre el cuerpo de Chalmers a los Laboratorios Químicos de Partridgeville, y espera que el informe arroje alguna luz sobre uno de los más misteriosos crímenes de los recientes años. Es cierto que Chalmers tuvo un invitado la noche antes del terremoto, pues su vecino oyó claramente un murmullo bajo de conversación en la habitación de aquél, al cruzar por delante de la puerta cuando se dirigía a la escalera. Se sospecha seriamente de este desconocido visitante, y la policía se esfuerza activamente en descubrir su identidad. 4 Informe de James Morton, químico y bacteriólogo Estimado señor Douglas: El fluido que usted me envió para su análisis es el más raro que he examinado jamás. Parece protoplasma viviente, pero carece de las sustancias conocidas como enzimas. Los enzimas catalizan las reacciones químicas que tienen lugar en las células vivas, y cuando la célula muere, la desintegran por hidrolización. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad resistente, esto es, la inmortalidad. Los enzimas son componentes negativos, por así decir, del organismo unicelular, que es la base de toda vida. Los biólogos niegan categóricamente que la materia viviente pueda existir sin enzimas. Y sin embargo, la sustancia que usted me ha enviado está viva y carece de estos cuerpos «indispensables». Buen Dios, señor, ¿se da cuenta de las asombrosas perspectivas que esto abre? 5 Extracto de El Vigilante Secreto, del fallecido Halpin Chalmers ¿Qué diríamos si, paralelamente a la vida que conocemos, existiese otra vida que no muere, que carece de los elementos que destruyen nuestra vida? Quizá en otra dimensión existe una fuerza distinta de aquella que genera nuestra vida. Quizá esta fuerza emite energía, o algo similar a la energía, que pasa de la dimensión desconocida donde está y crea una nueva forma de vida celular en nuestra dimensión. Nadie sabe que dicha nueva vida celular existe en nuestra dimensión. Ah, pero yo he visto sus manifestaciones. He hablado con ellos. En mi habitación, de noche, he hablado con los Doels. Y en sueños, he visto a su hacedor. He estado en el dudoso borde del otro lado del tiempo y la materia y lo he visto. Se mueve a través de extrañas curvas y atroces ángulos. Algún día viajaré en el tiempo, y me enfrentaré con ello cara a cara.