G

gatotacha

Usuario

Primer post: 27 may 2018Último post: 30 may 2018
4
Posts
92
Puntos totales
110
Comentarios
E
El Hada Verde: historia de la bebida más poderosa del mundo
OfftopicporAnónimo5/27/2018

Probablemente no exista en el mundo una bebida rodeada de tanto misterio y tantas historias oscuras como la absenta, licor prohibido durante siglos, deseado por grandes bebedores y buscado como fuente de inspiración por artistas de toda calaña alrededor del mundo. La historia de la mítica “Hada Verde” comienza entre Suiza e Italia en el siglo XVIII, y tiene su capítulo más importante en París, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando genios de la escena artística europea como los poetas Rimbaud y Baudelaire o pintores como Van Gogh y Toulouse-Lautrec se declararon sus amantes incondicionales. Este destilado de ajenjo que puede tener hasta 89° de alcohol -“alquimia líquida que cambia las ideas”, según dicen que dijo el escritor Ernest Hemingway-, ya impresionaba desde la estética: al verter agua helada sobre su superficie verde brillante los artistas bohemios de entonces observaban maravillados cómo su color cambiaba como por arte de magia. En su momento las autoridades atribuyeron a la absenta potentes efectos alucinógenos (nunca confirmados por la ciencia, pero tampoco desmentidos del todo por sus consumidores asiduos) y la encontraron causal de conductas antisociales, lo que llevó a que se la prohibiera en Suiza, Estados Unidos, Argentina y Francia, entre otros países de gran consumo. Por uno de esos caprichos de las modas en el mundo globalizado, la absenta volvió a tomarse masivamente y su prohibición se levantó, durante la primera década de este siglo. Así, el "Hada Verde" volvió a los bares, para hacer renacer su mito que nunca llegó a extinguirse.

22
0
L
Los gauchos matreros
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/27/2018

Dijo Borges que profesaron la antigua fe del coraje. “Nunca dijo: Soy gaucho” JORGE LUIS BORGES Alonso Carrió de la Vandera escribió en el “Lazarillo de ciegos y caminantes” (1773) que el gaucho vivía en las compañías de Buenos Aires, Tucumán y Uruguay. Paul Groussac decía que era de origen uruguayo y que no se extendió por el llano hasta finales del XIX. La misma opinión tenían Félix de Azara y Rómulo Múniz, pero no, en cambio, Martiniano Leguizamón, que afirmaba su antiquísima existencia en la Argentina como resultado de la mezcla de criollos y mestizos que, desde la Asunción, bajaron a poblar las fundaciones de Santa Fe y Buenos Aires. Menéndez Pelayo se refería al gaucho como sinónimo de criollo y sostenía que los gauchos eran los campesinos andaluces y extremeños transplantados a América en los tiempos de la conquista y la colonización. Todas estas discusiones igual dan, en todo caso: Al gaucho se lo inventaron José Hernández, Eduardo Gutiérrez y Ricardo Güiraldes, y Borges dijo que los hombres de la ciudad le fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas. Al gaucho se lo inventaron Hilario Ascasubi y Bartolomé Hidalgo, y Borges dijo que los gauchos no habían oído jamás la palabra gaucho, o acaso la habrían oído como una injuria. Borges dijo que los gauchos fueron pastores de la hacienda brava, enlazadores, marcadores, troperos, capataces, hombres de la partida policial, alguna vez matreros, sufridos, castos y pobres y nunca ninguno de ellos fue un caudillo. Borges dijo que eran capaces de ironía, a diferencia de otros campesinos, que morían y mataban con inocencia y que los había peones tigreros, que mataban pumas enfrentándolos con un cuchillo y un poncho. Borges dijo, quizá con razón, que el mito del gaucho lo produjo lentamente la vigilia y los sueños de Buenos Aires. El gaucho pasó de ser un jornalero campestre a ser un poema porteño y no le quedó más remedio que ser capaz de ironía y de decir con metáforas rústicas. No le quedó más remedio que morir y matar con inocencia. Le pasó como al vikingo, que se vio obligado a los cuernos después de que se los pintara Gustav Malstrom. El gaucho acabó identificándose, inevitablemente, con sus ficciones, como advierte Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte. El gaucho mítico es su pilcha, que es como llama a sus avíos, que son el sombrero chambergo de ala corta y copa baja; el pañuelo que se anudaba sobre la cabeza a la corsaria o debajo del mentón, a la serenera, y le protegía las trenzas; el cinto de rastras de monedas de plata engarzadas en cuero de ciervo o de lagarto; el poncho de lana de oveja criolla, que la decían oveja chilluda, y que una vez fue de cuero de potro sobado; las botas de vaca y las espuelas nazarenas de rodetes anchos y calados que el gaucho se despojaba por urbanidad en cuanto, extrañamente, echaba el pie en tierra y el facón terrible, el cuchillo verijero que decían que lo mismo servía para abrir un asao que para cerrar una discusión. La gauchería Gauchos matreros y bandidos fueron David Segundo Peralta, Felipe Pascual Pacheco y Guillermo Hoyo. David Segundo Peralta era de Monteros del Tucumán, le decían el Mate Cosido por un siete que le remendaron en la cabeza y se asoció con el bandolero anarquista Juan Bautista Bairoletto, santafesino de la Cañada de Gómez que se pegó un tiro en 1941, en la Colonia de San Pedro de Atuel, en Mendoza, para que no le prendiese la partida. A Felipe Pascual Pacheco le dijeron por bravo el Tigre de Quequén y mató a un vasco en Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires, y a otros trece hombres más y durante un tiempo peleó en la divisa del comandante Miguel Martínez de Hoz, juez de paz de Lobería. El Tigre de Quequén mató a los dos célebres cuchilleros Almirón y el Negro de los Olivos y cuentan que tuvo familia con sus propias hijas. A Guillermo Hoyo le dijeron la Hormiga Negra porque era recogido y pardo y mató al gaucho Pedro José Rodríguez, al bracero Santiago Andino, al matón Pedro Soria de notable cuchillo, a varios soldados que le siguieron y a un acordeonista de nombre Mariano Rivero para robarle el pulmón. Degolló a un niño para quitarle una pieza de queso y le dieron presidio, en cambio, por el asesinato a puñaladas de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en San Nicolás a la que mató, en realidad, un tal Martín Díaz por la deuda de un préstamo. La Hormiga Negra murió de viejito en 1918 superando los ochenta años y guardando su biografía escrita por Eduardo Gutiérrez, que cargó con resignación porque decía que el gaucho servía para todo y que después de ser el juguete de la policía le tomaban los literatos para contarle a la gente según sus ocurrencias. Disfrutó su leyenda más bien a la fuerza y una vez que los hermanos Podestá del Circo Criollo le quisieron representar, les amenazó con un facón y acabó con la función. Gauchos matreros fueron Juan Cuello, que fue fusilado en Santos Lugares por el general Rosas, Ernesto Ezquer el Gato Moro, Servando Cardoso el Calandria y los hermanos Barrientos. El gaucho mítico fue Juan Moreira, que acaso nació en San José de Flores sin padre reconocido, que pudo ser un gallego de nombre Mateo Blanco o un sereno llamado Cirilo Moreira al que mandó fusilar el general Rosas. Moreira era recio y analfabeto y le prestaron de zagal a una hacienda en donde aprendió el oficio de resero y le tomó cuerda al juego de la taba y a los gallos. Además de a pelear aprendió a tocar la guitarra y se prometió con Vicenta Andrea Santillán, con la que engendró, con el tiempo, tres hijos. Durante una época fue cuchillero del gobernador Adolfo Alsina, que llegó a ser vicepresidente de la república durante el mandato de Sarmiento. Alsina se lo quiso llevar de guardaespaldas a Buenos Aires, pero Moreira prefirió el pasto y el gobernador le regaló un caballo y un puñal terrible de ochenta centímetros de hoja. Moreira fue gaucho derecho hasta que mató a cuchilladas a un pulpero genovés apellidado Sardetti por una deuda de diez mil pesos. Se echó al llano y vivió de matrear, generalmente a caballo, y guardó de únicas pertenencias el cuchillo de Alsina, dos pistolas y un perro al que le decía el Cacique y le vigilaba la vela. Juan Moreira se hizo fama de invulnerable en desafíos a puñal y de sus encuentros con la policía ganó una cicatriz en la cara y otra en la mano derecha. Al gaucho bravo Juan Moreira lo mató la policía federal el 30 de abril de 1874 en el patio del burdel La Estrella en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires. Moreira intentó librar una tapia para escapar a caballo pero recién la empezó a trepar con su cuchillo desnudo entre los dientes, el sargento Andrés Chirino le metió un bayonetazo en el costado que le clavó contra la pared. Moreira revolvió de pura rabia y le contestó al sargento un tiro en el pómulo que le dejó tuerto y una cuchillada que le cortó cuatro dedos de la mano izquierda. Después murió Moreira en el patio del boliche, probablemente rematado a tiros por el comandante Federico Bosch, capitán de la partida. El sargento Andrés Chirino reclamó la recompensa de cuarenta mil pesos y se la retrasaron hasta el olvido, le licenciaron de la milicia por medio manco y le dieron una portería en el 733 de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires. Andrés Chirino murió con cien años. A las afueras del coraje de Juan Moreira, el gaucho ruin y vil canalla fue Leonardo Condorí, caníbal y ultrajador. Leonardo Condorí tenía una risa de dientes negros, poca talla y orejas grandes, era analfabeto pero sabía contar hasta cien y llevaba un tajo en el cuello y otro en la cara de reyertas por hembras que perdió. En 1908 andaba en una yerra de reses en Jujuy y andaba sin vaciar porque de puro picio no gastaba mujer desde hacía años. Ya tenía el pretérito mancillado por haber estrangulado en Santo Domingo a una muda de quince años a la que quiso disfrutar. El uno de julio de 1908 salió de jornalear en la hacienda de Los Corralitos, allá en Jujuy, y se fue a procurar una medida de aguardiente cuando se encontró con Visitación Sivila, que le decían Almita, y la propuso yacer a cambio de veinte céntimos de peso. Almita le huyó y Leonardo Condorí la tentó pero no consumó y, rabioso, la apuñaló en el cuello y le cortó un trozo de muslo. También le robó un puño de cigarrillos de Villagrán y una bolsa de fideos. El trozo de muslo lo saló, lo secó en charque y se lo comió. A Leonardo Condorí le dieron presidio en Ushuaia, al lado del Faro del Fin del Mundo, y a la tumba de Almita Sivila fueron los jujeños a pedir milagros.

10
4
G
Gastronomía japonesa
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/30/2018

Issei Sagawa consideraba que su amiga Renée Hartevelt estaba muy buena en el sentido gastronómico de la exprecion “El caníbal es un gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época pre-porcina” AMBROSE BIERCE Le llaman sashimi los japoneses a comerse un pez crudo porque no le saben hacer una salsa de pil pil y le llaman los finolis cocina de fusión a freír un huevo sin puntilla y con la yema como una piedra pero poniéndole al lado una filigranita de vinagre de Módena, que ni es vinagre ni es nada. También le dicen minimalismo a no tener un puerco real para poner una alfombra en el salón comedor y el que no se consuela es porque no quiere. Los japoneses se comen los peces crudos porque se perdieron un capítulo de la civilización y no se han enterado de que los boquerones se albardan. Los japoneses miran en cinemascope y plantan ya arboles que no dan sombra. El hombre como es debido se avergüenza de su animalismo y adorna sus instintos primarios poniéndole ligas al sexo y una salsa au poivre al lomo de ternera para diferenciarse del mono de la cueva, que irrumpía en la hembra por el sur cuando la veía agachada en una campa y se comía la carne cruda. Los japoneses refinan el sexo vendándoles en constricción los pies a sus señoras para que no gasten más allá de un treinta y cinco y colgándolas del techo atadas en posturitas de la disciplina del shibari pero en el culinario prefieren el plato sin hacer y sacan a la mesa el atún rojo recién pescadito de la mar. Luego te lo sirven con wasabi y una alga y un cacito de arroz viudo igual que el del hospital, te hacen un número como de lanzacuchillos de circo y te atizan una dolorosa que te tiemblan por lo que no deja de ser la comida del gato. Brillat-Savarin decía que los predestinados para la gastronomía eran, por lo general, de estatura mediana, cara redonda, ojos brillantes, frente pequeña, nariz corta, labios carnudos y barba redonda. El gastrónomo japonés es, en cambio, melancólico y samurai y tiene añoranza de horno con el que somarrar un cabrito. Issei Sagawa hoy es un gastrónomo ilustre con columna en las revistas manducatorias pero ayer fue vanguardista y se comió a una novia holandesa que tuvo en grado de tentativa. Issei Sawaga es un japonés con voz de pito, medio enano y cojo de estribor. Nació el 26 de abril de 1949 en Kobe, en donde les dan masajes y cerveza a los bueyes de la matanza, y de pequeño soñó pesadillas en las que le cocían en una marmita con hojas de laurel y daditos de caldo concentrado. En secundaria le sospecharon de marica pero a él le gustaba Grace Kelly y la quería morder. Al canijo le gustaban las chicas vikingas que no le hacían el menor caso porque tenían que arriarse su buen medio metro para mirarle a los ojos. Cuando estaba estudiando Literatura Inglesa en la Universidad de Wako, en Tokio, se coló en la habitación de una profesora de ISSEI SAGAWAlengua alemana y la intentó matar clavándole un paraguas, pero tuvo que poner los pies en polvorosa. Su padre era un ejecutivo ricachón de la multinacional Kurita Water Industries y en 1977 le financió los estudios de literatura moderna en el instituto Censier de la Universidad de la Sorbona de París. Issei Sagawa fue estudiante talludo y vanguardista, casi un rentista como de novela de Evelyn Waugh pero en tono limón, y exhibía notables conocimientos de arte y afición por los tebeos manga. Sagawa se compró un rifle del calibre 22 para protegerse de los apaches de Pigalle, que visten jerseys de rayas marineras y viven a la luz de las farolas, y frecuentó la compañía de Renée Hartevelt, una estudiante holandesa de literatura comparada que tenía veinticinco años y que hacía el honor a las trigueñas anatomías de su patria. Rotundas y frescas como de comer margarina y oler a tulipán. Pasearon juntos bordeando el Sena y Sagawa le invitó a las exposiciones de los modernos y a conciertos de tuba. Una vez la invitó a su casa y cuando se fue lamió la silla en la que se había sentado para alimentarse de su calor cotidiano. Grabó su voz en un magnetofón, le envió cartas de amor y pensó en comérsela. Estaba enamorado y tenía hambre, dos circunstancias que los demás seres humanos manejan en autonomía, pero Sagawa pensaba, como Georges Bataille, que un beso es el prólogo del canibalismo. Hirvió arroz de asilo y se compró cuchillos iwaki para el sushi. Tertulia y cena para uno El 11 de julio de 1981 la invitó a su casa a cenar sujiyaki y a tertuliar de libros la sobremesa. Más tarde dijo que cuando Renée se lavó las manos, él se la imagino limpiándose el esplendor en el bidet. Le declaró su amor y ella le dijo que no podía ser, pero que quería ser su amiga. Cuando una mujer ofrece amistad cuando le están demandando amor está diciendo en eufemística: ni sueñes que te vas a encaramar a mi grupa, cojo enano. El cojo enano Issei Sagawa se retiró a su habitación, cargó el rifle del 22 y regresó al comedor. Disparó a Renée en la base del cuello y la mató. Después intentó comerse una nalga pero no pudo rasgar la piel con los dientes y tuvo que acceder a la carne roja separando con un cuchillo eléctrico la grasa, que le pareció del color del maíz. Encontró la cena mollar y más delicada que el filete de res y siguió comiéndose un trozo de la nariz, el pezón izquierdo, las caderas y un muslo. Cuando se hartó acumuló despensa en la nevera y se acostó con el despojo. A la mañana siguiente se merendó un brazo, el otro muslo y la lengua. Al tercer día el menú era carroña y llegaron las moscas en tropel y Sagawa comprendió que la fiesta había terminado, despedazó los restos, los metió en un par de maletas y los abandonó en el Bosque de Boulogne, a los pies de una morera. A Sagawa le metieron en el manicomio de Paul Guiraud con la intención de tirar la llave pero se puso malito y le diagnosticaron una encefalitis avanzada con toda la pinta de que iba a llevarle a la tumba en donde solo había una inflamación intestinal y su padre consiguió que le trasladaran al hospital psiquiátrico de Matsuzawa, en Tokio, donde se puso sano como una pera y salió en libertad en quince meses. Escribió una novela de la que vendió 200.000 ejemplares, salió en la tele en programas de recetas y recuperó su vocación de artista esculpiendo nalgas de mujeres blancas. Durante un tiempo recogió el pis de una amiga en botellas y se lo bebía, pero cuando la fuente se preñó encontró que la orina sabía a maternidad y abandonó el hábito. Dibujó tebeos manga y salió en una película porno, los Rolling Stones le dedicaron una canción y hoy escribe una columna en una revista gastronómica. El que era un enano de metro y medio con una pata renqueante y comedor de culos sin metáforas tiene ahora club de fans y recomienda despreciar la carne de las plantas de los pies y el clítoris en el periodo de la menstruación y aconseja reposar las tajadas un par de días antes de hincarlas el tenedor porque así adquieren dulzor. Tiene pinta de japonés al que le birlan la cartera en el metro de Barcelona camino de ir a tirarle fotos a la Sagrada Familia y ha manifestado en alguna ocasión su voluntad de cerrar el círculo dejándose ahogar con la saliva de una mujer hermosa. No obstante, ha declarado que comer excrementos es ir demasiado lejos. A su manera, no deja de ser un filántropo que guarda esperanzas en el ser humano y que contradijo al aforista polaco Stanislaw Jercy Lec, que escribió que como el hombre está asqueado del hombre, preveía la desaparición del canibalismo.

0
0
1
126 balas para Bonnie y Clyde
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/27/2018

Con permiso: he de decirles que Bonnie Parker era una perra”. FRANK HAMER. RANGER DE TEXAS. Dicen que el joven Clyde Barrow escondía la mansedumbre jugando con pistolones, que en las alcobas le quedaban las faenas de poco adorno y las chavalas que tumbaba se quedaban como antes de empezar. Dicen que por flojo le echaban al corral y que por eso exhibía el macherío bronco de ladearse el ala del sombrero y amenazar con una escopeta grande y así compensaba, pero eso solo lo pudo confirmar Bonnie Parker, la chica pizpireta y asesina que compartió sus noches de escapada, pero prefirió llevarse la intimidad a la tumba y a los que les tranquilizan las interpretaciones freudianas les dejó con las ganas. El joven Clyde Barrow penó condena en el presidio de Huntsville en 1930 por asaltar una gasolinera, y como estaba recién crecido los nefandarios viejos de la trena le tiraban piropos, le quisieron de bardaje y le hicieron la estancia arrastrada. Para no cavar en el tajo forzoso, con el grillo en la bota y en lo alto el sol picón de Texas, se cortó dos dedos del pie derecho y acabó de rendir la cuenta en la enfermería. Salió en 1932 con dos muletas y tres determinaciones: no volver, no cavar y no dejarse coger vivo. Bonnie Parker era chiquita y nerviosa, medía metro y medio y pesaba 45 kilos, de pequeña imitaba a Shirley Temple y se moría por salir en las revistas de variedades. Se casó con dieciséis años con el peor tipo que encontró, se llamaba Roy Thornton y unas veces iba a cenar y otras no. Cuando conoció a Clyde Barrow tenía el nombre del legítimo tatuado en el muslo y al legítimo en su totalidad cumpliendo cadena perpetua en la trena, trabajaba de camarera en un bar de pueblerinos en Rowena, Texas, y se pintaba de amarillo las uñas de los pies. Clyde le contó cómo era el hambre y le dio un garbeo en un buga birlado, le enseñó su pie tullido al que sobraba calcetín, le dijo que la carretera no tenía final y se la llevó a asaltar una ferretería. Ambos tenían apenas los veinte años y pensaron que su juventud era incompatible con la muerte, pisaron hasta donde daba y no volvieron atrás, su aventura corta y sangrienta se hizo balada porque era la época de la sopa floja de la beneficencia y las colas de parados y los héroes eran John Dillinger, Cara de Niño Nelson y George “Machine Gun” Kelly, los que no suplicaban un tajo pagado con miseria porque sacaban la de escupir y se llevaban la caja fuerte. Cuando son malos tiempos y la tierra no prende, los hombres que cuentan las costillas de sus BONNIE Y CLYDEhijos sin necesidad de pasearlas con los dedos tienden a mirar con simpatía a los forajidos, eso nadie lo puede censurar, pero Bonnie y Clyde no pasaron de chorizos nómadas con el gatillo al pelo que atracaban bancos de pueblo y colmados rurales. Vivían en el camino, robaban Fords de ocho cilindros y disparaban a la primera, en los dos años escasos que duró su viaje sin meta, desde el 32 al 34, asesinaron a doce hombres, nueve de ellos polis. Clyde era bajito y tenía mordida de ratón, tiesaba al andar para parecer más largo pero no pestañeaba, su primera pieza fue un tendero viejo a las afueras de Hillsboro, en Texas, no fue un gran trofeo, se llamaba J. W. Bucher, tenía sesenta años y fiaba a los paisanos. Bonnie escribía largos poemas que enviaba a los periódicos y tenía los ojos azules, se bautizó en las montañas de Alma, en Arkansas, donde disparó a quemarropa al oficial H. D. Humphries con una escopeta del doce y le dejó para el cura. Se hacían fotografías en las que posaban chuletas, Bonnie mascando un puro camionero y Clyde exhibiendo su ajuar artillero, se hacían fotografías pegándose el lote después de una hazaña y criaron cartel romántico, eran desafiantes y jóvenes y tenían poco futuro. En julio de 1933 cayó Buck Barrow, el hermano mayor de Clyde, le acribilló la policía en un tiroteo en Platte City, Missouri, y su mujer Blanche, que nunca se había acostumbrado a la carretera y soñaba con un hogar de cortinas de flores y un horno para tartas, fue encarcelada. Clyde y Bonnie, junto a un compinche llamado Henry Methvin, emprendieron la huida atizándose jornadas de mil kilómetros al volante pero sin salir de un triangulo formado por el sur de Missouri, Oklahoma, Texas, Arkansas y Lousiana. Como las alimañas territoriales, se encontraban incómodos lejos de sus querencias y tendían a regresar a los pagos conocidos, a pesar de tener México cerca nunca acariciaron la idea de cruzar la raya y lo más lejos que llegaron fue una vez que se alejaron hasta Carolina del Norte para visitar una fábrica de cigarros. El padre de Henry Methvin comprendió que si su hijo seguía caminando la senda de Bonnie y Clyde lo mejor que le podía esperar era una bala en un pulmón, así que acudió al capitán de los Rangers Frank Hamer y negoció su indulto a cambio de entregar a la pareja. El viejo les dio cobijo en su granja de Arcadia, en Lousiana, y los hombres de Hamer tomaron posiciones. Eran seis y no llevaron ganas de dar oportunidades. El 23 de mayo de 1934, a las nueve y diez de la mañana, Bonnie y Clyde regresaban a la granja en un Ford de ocho caballos. Aminoraron para coger un montículo a la altura de Shreveport y los hombres de Hamer les frieron sin avisar. Ciento veintiséis balas impactaron en el coche y cinco se clavaron en un árbol del camino, Clyde recibió más de cuarenta y la pequeña Bonnie Parker otras tantas. Cuando Hamer se acercó a los cuerpos un hombre de su grupo que se llamaba Gault le advirtió: “¡Cuidado Capitán! Puede que no estén muertos”. Siempre hay un tipo que sale a pasear con un paraguas la tarde más despejada del año. Clyde Barrow tenía los lóbulos de las orejas pegados a la parte superior de la mandíbula, lo que para el profesor Mauricio Xandro, del Instituto de Fisiognomía Helioda de Suiza, evidencia malos instintos. Bonnie Parker tenía los pómulos salientes, que indican, según Mauricio Xandro, señales de crueldad. El profesor Mauricio Xandro, que también es miembro de la Sociedad de Grafología de París, ya conocía la biografía sangrienta de Bonnie y Clyde cuando les juzgó las jetas, con lo que salió a la palestra resabiado. Así cualquiera. Bonnie y Clyde murieron con menos de veinticinco años, con las caras sin madurar. Cuando acercaron sus restos a Arcadia para que los recogieran las autoridades el pueblo se llenó de periodistas y la cerveza subió de quince a veinticinco centavos la botella.

60
18
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.