G

gance33

Usuario (Argentina)

Primer post: 12 ene 2010Último post: 16 oct 2013
4
Posts
1
Puntos totales
0
Comentarios
Tarjetas Navideñas - Villancicos rockeros by Mayonesa Natur
Tarjetas Navideñas - Villancicos rockeros by Mayonesa Natur
HumorporAnónimo12/22/2010

Mayonesa Natura preparó para estas fiestas una aplicación para que podamos enviar unas tarjetas navideñas piolas a nuestros seres queridos. La idea es que tenemos unos Villancicos con verduritas rockeras y un presentador (huevo) al que le podemos poner nuestra cara (o la cara que queramos) y mandala a nuestros amigos. La aplicación está piola para mandar una tarjeta diferente en estas fiestas. Pueden entrar a www.jugaconnatura.com.ar y mandar una tarjetita piola. Espero les guste.

0
0
Marketing Politico 2.0?
Marketing Politico 2.0?
HumorporAnónimo1/12/2010

Nadie sospechaba que Carlos podía acuñar el concepto. Un innovador.

0
0
E
El Pulpo Paul está confundido
HumorporAnónimo7/8/2010

Hay cosas que no cambian más... Una es la confusión de Ortega y Gasset. Con este chiste por ahí se acuerdan cuando les pregunten... Era uno o dos?

1
6
Salir conmigo - Cuentos cortos By JotaElePeGé
Salir conmigo - Cuentos cortos By JotaElePeGé
ArteporAnónimo10/16/2013

- Hola… ¿hablo Conmigo? - Sí, ¿quién habla? - Yo. - ¡Ey!, ¿qué hacés?, ¿cómo estás? ¡Tanto tiempo! - Bien, bien, ¿y vos? - Y… acá andamos. En realidad bien la verdad. No me voy a quejar. - Qué bueno. Yo igual. ¡Che! Te llamo porque tengo dos entradas para ir al teatro a ver la obra de un amigo en común, el Avestruz, y quería invitarte. - ¿El Avestruz? ¿La misma obra de siempre? - No. Una nueva. Se estrenó ayer. - ¡No me digas! ¡No sabía nada! ¡Buenísimo, dale, vamos! Así empezó mi noche conmigo mismo. ¿Cuándo fue la última noche que estuve conmigo? La verdad es que no hace mucho. Pero hace varios meses que no me invitaba a salir. Primero fuimos al teatro. Al salir de casa, me apresuré en correr a llegar primero y abrirle, como se haría con una dama, la puerta del auto. Estaba dispuesto a ser lo más atento posible con alguien a quien quiero y al que últimamente, no le estaba dando pelota. Llegamos y pagamos una cochera techada, bastante cara por cierto, pero ninguno de los dos queríamos sorpresas con el coche -¨la nena¨ de la casa-. Las ubicaciones eran por orden de llegada y a la carta. Se nos hizo un poquito tarde y por ello no había un lugar con dos butacas contiguas pero igual decidimos sentarnos juntos. Por suerte, cabíamos en la misma silla. La pasamos bien en el teatro. Nos reímos mucho más que en la última obra del Avestruz y el final lo compartimos de pie aplaudiendo a nuestro amigo y toda su genialidad y el desparpajo que despliega cuando está sobre las tablas. De allí partimos a cenar. - Elegí vos. - No, elegí vos. - Yo tengo hambre. Bastante. - Yo también. - ¿Qué tenés ganas de comer? - Yo pastas, ¿y vos? - Idem. - ¿Y a dónde vamos? - Ya sé. - Ya sé –dijimos al unísono. No hizo falta aclarar a dónde nos dirigíamos. Sin acotar más nada partimos al restaurante del Tano -otro amigo. Es que él y yo nos conocemos bastante. Se entenderá que somos más que camaradas, casi como hermanos. Imaginate, nos frecuentamos desde el año del ñaupa. Sin intención de ser grosero ni de ofender a mi vieja: nos frecuentamos desde el día de la gran madre que nos parió. Es exacto que a lo largo de la vida nos hemos peleado unas cuantas veces pero siempre terminamos unidos. En las distancias adolescentes, yo siempre pensaba: por más que me enoje y me pelee con éste, nada nos va a separar; somos como los caballitos de mar: si uno se tiene que morir, el otro también se va con él y me juego la vida a que vamos a terminar muriendo juntos. Y a pesar de la corta edad de aquel lógico argumento, algo de razón tenía. Si acá estamos todavía. Llegamos a lo del Tano y tuvimos que esperar un rato porque no había mesas vacías. Y menos para dos. En lo del Tano es más común ver esas mesas largas llenas de grupos de parejas o bandas de amigos. Es una de las razones por las cuales ahí las mozas nunca dan a basto. Es más fácil y eficiente levantar el pedido en mesas de dos ó de cuatro. Pero cuando son muchos para una sola comanda, siempre pasa que uno quiere saber qué come el otro para ver si se le pasó algo que no vio en la carta o si se tienta copiando al anterior y eligiendo lo mismo. Y en esas mesas numerosas, es mucho, muchísimo más difícil aún ponerse de acuerdo sobre qué tomar: si cerveza, si gaseosa, si vino, si blanco o tinto, si calidad o precio… Además las pobres mozas pierden mucho más tiempo explicando el contenido de los platos o escribiendo y tachando, escribiendo y tachando, escribiendo y tachando las idas y venidas de los comensales inseguros o indecisos. Finalmente nos tocó una mesita bien ubicadita al lado de la pared con sillas para dos. Así que nos sentamos frente a frente para poder conversar mirándonos a los ojos. Es que a esas personas que te hablan mirando para abajo, para arriba o para los costados, yo mucho no les confío. La chica que nos atendía se sorprendió un poco de que pidiera un plato de ravioles y otro de sorrentinos, pero casi de mala manera, por su intromisión y atrevimiento, le dije que eso era un problema mío. Y se retiró sin preguntar ni sugerir más nada. - Yo invito. - No, ni en pedo. Invito yo. - ¿Quién pagó la última vez? - No me acuerdo. Pero no importa. Yo pago. - No-no-no, mejor hoy pagamos a medias. Y la próxima vemos. - Está bien –dije cerrando la primera y única discusión de la noche. Me pareció justo. Después de todo yo ya había conseguido las entradas para el teatro, que como me las regaló el Avestruz, no me costaron nada pero di por hecho que él no lo sabía. Cenamos muy bien. Como siempre en ese lugar. - Che, las pastas del Tano son las mejores pastas de la ciudad. Yo creo que en un ranking se llevan el primero, el segundo y el tercer lugar. - Yo creo lo mismo, no hay con qué darles –me respondí metiéndome el último sorrentino que quedaba y pasando el pan por los postrimeros rosados rastros de salsa mixta. Los ravioles me los había zampado antes y los engullí más rápido que bolsa de papas fritas. Cuando la moza retiró los dos platos vacíos, impecables, casi listos como para ponerlos en la mesa vacante de al lado, me miró despavorida. Nosotros también la miramos y con la panza bien llena, le sonreímos. Y ella como asustada corrió a llevarse los platos a la cocina. No entiendo por qué cada vez que salgo conmigo tengo este tipo de problemas. La gente cree que uno está loco. Es como que no pueden ver a dos tipos hablando consigo mismo. En tregua con su paz interior. Pero él y yo sabemos que están equivocados. Hasta creo que el mundo sería distinto si cada tanto la gente se invitara a salir a sí misma. Nada más sano para desahogarse, rebajar la intensidad emocional o tomar decisiones -y hasta para superar momentos de crisis- que salir a pasear con uno mismo, nuestro mejor amigo. O con quien al menos, debiera serlo. Un poco entonados, decidimos que la mejor idea era irnos a seguir conversando con un paisaje mejorado: mirando pasar mujeres bonitas en algún lugar de la zona de cervecerías, bares y boliches. Caímos en un bodegón de mala muerte. Mala elección. No pasaba nada. Pero por suerte no fui yo quien lo eligió. La culpa la tuvo él que se sentó en la primera mesa que encontró. Pedimos una cerveza bien helada y nos trajeron dos porroncitos a temperatura Madagascar. Fue el primer síntoma de que el antro no pintaba bien. Las chicas lindas nunca llegaron. Intentábamos adivinar sus siluetas mirándolas pasar como a una cuadra de distancia. Ellas parecían querer esquivarnos o más bien evitar la zona en la que este tipo, siempre el mismo ansioso, nos hizo sentar apresuradamente. Igualmente la pasamos bien. La música del lugar no era tan mala, dialogamos bastante y nos pusimos al día de muchas cosas de las que hacía un tiempo que no conversábamos. Me enteré de su último desamor y él se enteró del mío. Increíblemente eran idénticamente parecidos. Para terminar la noche decidimos ir a tomar unos tragos más a casa. Fuimos también con la intención de distraernos un rato y de jugar al truco. Pero no pudimos: nos faltaba uno. Además no podíamos mentirnos. Y truco sin mentira, no es truco. Después de tres vodkas con mandarina (bueno, los compartimos así que fueron como uno y medio para cada uno) optamos por irnos a descansar. Resolvimos que ya era demasiado alcohol y sobrado tiempo compartido. Por suerte mi cama es grande, porque terminamos durmiendo juntos. Eso sí, cada uno de su lado. A esta altura de mi vida, tampoco es cuestión que termine acostándome con mi mejor amigo.

0
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.