gabymoreno
Usuario (Argentina)
Eri duerme en su habitación, no quiere despertar. Eri ya no conoce la diferencia entre estar muerta y mantener su sistema autónomo a un mínimo vital, para seguir respirando este aire hostil, ingerir los líquidos necesarios que eviten su desbalance hidroelectrolítico y mantener su volemia, para mantener ese volumen minuto que sólo tiene como amenaza cercana esa filosa navaja que tanta afinidad manifiesta por su arteria radial. A Eri no le importa nada, siempre lo tuvo todo y nada de lo que tuvo sirvió para hacerla feliz. Eri respira porque no sabe cómo detener su respiración, opta por encerrarse en la prisión de su habitación de blancas paredes. Su cama y su mente son su lugar de reclusión donde cumple con una injusta condena, una condena que sutilmente le cargó en su frágil espalda la sociedad entera de consumo y exitismo. Eri es una hermosa muchacha convertida en modelo, admirada y deseada. Ella es la típica chica de clase media ascendiente de una familia tipo que intenta contrastar con un país en recesión producto de un neoliberalismo mercantilista brutal y una sociedad injusta. Eri decide dormir y no despertar, en la ironía de que ella ya no tiene ningún sueño, ninguna aspiración. Ella ya no conoce la esperanza ni los deseos, porque el tiempo es un tirano donde hace sentir esas horas como pesados siglos, a pesar que no espera nada ni a nadie, a pesar de que ya no desea nada ni nadie. Eri ya no come, su inanición lastima su frágil cuerpo de muchachita modelo, ya no se trata de una anorexia nervosa caracterizada por un obsesivo miedo al aumento de peso y la consecuente percepción de una imagen corporal alterada, pues bien nada de eso… Eri no come por simple hastío, sus músculos ya no le responden y sus tiemblan sus piernas y sus frágiles manos. Eri siente el frío, sin saber si se trata de las bajas temperaturas de en Tokyo a las 3 AM o si se trata de la crueldad de una sociedad carente de amor y viciada de triunfalismo y excesos, donde las imposiciones y el “ganar a toda costa” generan un fenómeno de supresión de identidad y personalidad tan brutal, tan enajenante, como una forma de esclavitud y nulidad del libre albedrío que convierten a la persona en una dependencia de algo o alguien, condenada a permanecer dentro de sí, atrapada en su propia desorientación social. Eri yace en su cama, tendida sobre blancas sabanas y su suave y confortable colchón, ella duerme ahora, su sonrisa es como una herida perfecta, en sus oníricas imágenes idealiza su propia caída, como si esperara su ocaso, como una Polaroid que se queda sin sus muñecas… Entonces despierta, ella despierta… no sólo vuelve a su estado de vigilia, ella despierta de toda esa enajenación brutal, ella no quiere ser una muñeca más para esa cruel Polaroid, ella no quiere ser una cara bonita y un cuerpo hermoso si eso implica renunciar a sus deseos, y con esa renuncia el olvido de la personalidad propia. Eri se levanta sin fuerzas, pero con voluntad. Eri grita con todas sus fuerzas desde lo más profundo de su corazón por sus anhelos de libertad, a pesar de que su voz se quiebra y apenas emite un tímido susurro. Eri ha dado su primer paso, pidiendo ayuda… Ella no sabe qué hacer, mucho menos puede entonces preguntarse “cuándo” “cómo” o “donde”, pero sabe que no quiere estar sola, que no desea ser un ladrillo más en esta cruel construcción social de marginación y violencia figurada. Ella ha tenido la fortuna de no tener que ser, o de no tener que sufrir lo que aquella inmigrante china de 19 años en el Alphaville. Son casi las 7 menos 10 en la mañana. Eri siente el calor de su hermana que duerme junto a ella, acompañándola, decidida a reconciliar las diferencias y a saltar los temibles abismos. Ella lo siente muy profundamente a pesar de que no lo reflejan su cuerpo ni su expresión, sus labios apenas se mueven ligeramente, como si quisieran reaccionar, alejar los miedos, disipar las tinieblas. Ella ahora puede fundir su retina con un nuevo horizonte, el horizonte de un nuevo amanecer, una nueva esperanza. El frío de la mañana hace calar los huesos. Eri tiembla, y quizá ese temblor sea un humilde presagio o indicio de un acontecimiento futuro, de algo que está por venir. Es el momento donde el alma sana sus heridas espirituales y esas grietas emocionales de la conciencia se disponen a enviar señales a sí misma y hacia los demás, como si fuera una sinapsis o una regulación endócrina. Funde la retina con un nuevo horizonte, la luz y la claridad de la mañana, el pico de cortisol, cobran forma y espacio envueltos en un aire de mística esperanzadora. La noche llegó a su fin. “Aún falta mucho tiempo para que nos visiten de nuevo las tinieblas.” "You were from a perfect world... A world that threw me away today... Today... to run away" Un merecido reconocimiento a Haruki Murakami y su novela After Dark.