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Primer post: 9 abr 2008Último post: 15 ago 2008
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El Islam
El Islam
InfoporAnónimo8/15/2008

El origen del Islam A inicios del s. VII surgió en la península arábiga un sistema religioso, político y social que llegó a abarcar ya en el s. IX desde la península Ibérica hasta el río Indo y el Turkestán. Este espacio fue un crisol en el que se fundieron diferentes culturas con tradiciones muy distintas, unidas por una misma religión, el islam o islamismo. Hacia finales del s. VI, La Meca era el núcleo más influyente de la península arábiga. Ostentaba gran relevancia religiosa al poseer los principales santuarios de Arabia, y era uno de los principales centros caravaneros de Oriente próximo, ya que distribuía los productos de Extremo oriente y África oriental hacia Siria y Palestina, y viceversa. Esta intensa actividad comercial había acrecentado las diferencias sociales, provocando inestabilidad, tanto entre conciudadanos como entre ellos con los pueblos nómadas. En este marco de tribus y clanes de comerciantes enfrentados entre sí, inestable socialmente, surgió de una de las tribus más importantes, la de los quraixíes, un personaje que vino a traer un nuevo mensaje religioso y a articular una nueva sociedad. Esta tarea la llevó a cabo Muhammad (como le denominan los musulmanes, en árabe), Mahoma como tradicionalmente se le ha conocido en castellano. • Mahoma, la hégira y una nueva forma de vida Aunque se desconoce la fecha exacta, Mahoma nació en La Meca hacia el 570 en el seno de una familia de comerciantes. Trabajó como caravanero, y a través de sus viajes entró en contacto con las religiones judía y cristiana. Según la tradición, a partir de 610 tuvo una serie de revelaciones divinas; decía que se trataba de la verdadera Palabra de Dios, que le era transmitida a través del arcángel Gabriel. Estas revelaciones, serán compiladas y ordenadas después de su muerte y acabarán configurando el texto del Corán, el libro sagrado del islam. Empezó a explicar sus experiencias y sus ideas en La Meca; sus primeros seguidores se contaron entre sus familiares y amigos, pero pronto fue creciendo el número de fieles. La religión que él predicaba recibió el nombre de islam, que significa "sumisión confiada a la voluntad del único dios, Allah" (pronunciado como Alá). Los seguidores de esta religión se llamaron musulmanes. Mahoma ganó rápidamente adeptos entre los sectores más humildes de La Meca, ya que denunciaba los abusos de los ricos y exigía, en nombre de Dios, mayor atención a los más desfavorecidos. Sus predicaciones no fueron bien recibidas por los clanes más poderosos, pues reivindicaba un mayor igualitarismo, respeto a la mujer, etc. y en el 622 tuvo que trasladarse a la vecina ciudad de Yatrib (a unos 300 km al N de La Meca). Esta emigración (la llamada hégira) de Mahoma con sus seguidores significaba la ruptura con los antiguos lazos tribales y el origen de una nueva sociedad basada en la religión revelada al profeta Mahoma. Esta fecha de la hégira más tarde se considerará el inicio de la era islámica. Con un grupo de seguidores se hará con el control de Yatrib; allí surgió la primera umma o sociedad islámica, estableciéndose las normas básicas de convivencia y de gobierno de los musulmanes. Yatrib desde entonces se llamó Medina (Madinat Al-Nabí, la ciudad del profeta) y fue la base desde donde se inició la conquista de Arabia, comenzando en el 630 por la de la ciudad sagrada de La Meca. Mahoma predicó una nueva religión que se presentaba como heredera del verdadero Mensaje que Dios había transmitido a los judíos y luego a los cristianos, pero éstos no lo habían escuchado y lo habían cambiado. Esta nueva religión era en realidad un nuevo modo de vida privada, pero también pública. El nuevo estado que se fue configurando desde Medina se articuló como un proyecto político-religioso consistente en unir a todos los árabes en un solo estado teocrático, con una única religión, desterrando los cultos animistas e idolátricos. Con este aglutinante religioso se reafirmará la conciencia nacional árabe como un elemento esencial del nuevo estado. La doctrina islámica proporcionó creencias y, al mismo tiempo, normas de vida social, de cohesión política y consejos prácticos para poder incluir a unas tribus nómadas sin tradición nacional dentro de una nueva estructura estatal. La expansión del Islam Tras la muerte de Mahoma, los ejércitos musulmanes extendieron la nueva religión más allá de Arabia. Destruyeron el Imperio persa, ocuparon la mayor parte del bizantino y sus conquistas se extendieron desde el río Indo a los Pirineos. Esta expansión supuso la creación de un gran Imperio, asumiendo para ello muchos de los usos y tradiciones de la administración bizantina y persa. Pero, sobre todo, supuso la formación de un gran espacio comercial, de un mercado común que iba desde China hasta la península Ibérica pasando por el golfo Pérsico. Gracias a esta expansión territorial los musulmanes heredaron la cultura del mundo clásico a través de Bizancio, asimilaron los conocimientos de las civilizaciones del Este asiático y crearon una cultura de síntesis con el saber cultural de estos pueblos, que difundieron por todo el Imperio y territorios vecinos, influyendo así en la cultura y ciencia europeas de la edad media, pero sobre todo del renacimiento. En la formación y evolución del Imperio islámico se distinguen fundamentalmente tres etapas: la época de los califas ortodoxos (632-660), la de los califas Omeyas (661-750) y la de los Abasíes (750-1055). • Los califas ortodoxos Tras la muerte de Mahoma, le sucedieron en la dirección y en el gobierno de los asuntos políticos, militares y religiosos del islam personas elegidas entre los miembros de su familia. Estas personas (Abu Bakr, Umar ibn al-Jattab, Uzmán y Alí) recibieron el nombre de califas (vicarios del profeta de Dios) y a ellos compete la protección de todos los musulmanes. También la organización y la consolidación del Estado islámico que acababa de constituirse, dirigiendo los inicios de la expansión más allá de la península Arábiga: así, arrebataron Siria, Palestina y Egipto a los bizantinos, y acabaron con el Imperio sasánida. No obstante, tuvieron que enfrentarse a sublevaciones provocadas por tribus que no aceptaban las nuevas autoridades y a luchas internas por la posesión del poder, ya que Mahoma murió sin haber regulado su sucesión a la jefatura del islam. • Los Omeyas En el 661, después de diversos conflictos y de la muerte de Alí, se proclamó califa a Muáwiya, que reafirmó la autoridad califal y convirtió el califato en un régimen monárquico y hereditario. De este modo, los Omeyas se consolidaron en el poder durante un siglo. Entre sus primeras actuaciones, trasladó la capital del Imperio de La Meca a Damasco (había sido gobernador de Siria) y Arabia perdió relevancia política; La Meca y Medina cedieron su papel político, y se convirtieron en centros de peregrinación y culto religioso. La influencia grecolatina penetró profundamente en el emergente mundo islámico, puesto que Siria había sido anteriormente una provincia de gran importancia dentro del Imperio bizantino. Los Omeyas continuaron la expansión y culminaron la formación del Imperio islámico. Por el este llegaron hasta el río Indo y el Turkestán, y por el oeste se extendieron por el norte de África y la península Ibérica. La conquista de Europa quedó interrumpida en la batalla de Poitiers (732), donde fueron derrotados por los francos de Carlos Martel. Los chinos les obligaron a retroceder hasta el valle de Ferganá (717). Un nuevo fracaso fue la imposibilidad de conquistar la ciudad de Constantinopla, a pesar del asedio a la que la sometieron a principios del s. VIII. Controlar un imperio tan extenso y tan diverso acarreaba grandes dificultades. Las revueltas sociales provocadas por la población conversa y los levantamientos de Jariyíes y Abasíes fueron algunos de los factores que provocaron la caída de los Omeyas. • Los Abasíes A mediados del s. VIII los Abasíes aprovecharon la convulsa situación para hacerse con el control del Imperio. Esta dinastía fue fundada por un descendiente de Mahoma, Abul-Abbás, responsable de la muerte de casi todos los miembros de la familia Omeya (a excepción de Abderramán, que más tarde continuaría en Al-Andalus el gobierno de los omeyas), y trasladó en el 762 la capital del Imperio a Bagdad. Los Abasíes aportaron un nuevo sistema político y administrativo, inspirado en el sistema persa. Se impuso un modelo de monarquía absoluta y teocrática. Los primeros califas asumieron el doble papel de guía religioso, y de jefe militar y político. Con posterioridad ejercerán sólo el papel de jefe espiritual y cabeza de la comunidad de fieles, dejando el gobierno directo en manos de los visires, que establecieron sus propias dinastías. La figura del califa, rodeada de un lujo superlativo, de una corte numerosísima y regida por un complejo protocolo, se convertirá en una figura alejada del pueblo, oculta a los ojos de sus súbditos. La época de mayor esplendor de los Abasíes abarca los ss. VIII y IX. Conocieron un importante desarrollo cultural y un gran apogeo comercial. Las naves árabes comerciaban desde las islas Molucas hasta las costas andaluzas y se formaron importantes centros urbanos con talleres artesanales y grandes bazares. Las traducciones al árabe de textos griegos, siríacos y romanos, la difusión de conocimientos orientales y las aportaciones propiamente musulmanas confirieron al mundo islámico una superioridad científica sobre Europa que perduró hasta el s. XV. • La decadencia del Imperio Sin embargo, hacia el s. X, el Imperio islámico inició un proceso de decadencia y de disgregación, provocado por diversos factores, entre ellos, las elevadas cargas fiscales y un gobierno despótico. A su vez, influyeron la independencia de algunos territorios de la parte occidental del Imperio, que quedaron bajo el control de Omeyas, Fatimíes o Idrisíes (Al-Andalus, Túnez, Marruecos, Egipto), los levantamientos contra la autoridad califal dirigidos por algunos sectores religiosos heterodoxos, especialmente por los chiíes, las revueltas sociales provocadas por los sectores más desfavorecidos del Imperio (esclavos negros de Mesopotamia, campesinos y artesanos persas, etc.) y la pérdida de autoridad del califa en favor de los jefes militares, convertidos en señores feudales de las zonas que estaban bajo su mando. La organización del Imperio islámico La gran extensión del Imperio hizo necesaria la creación de una amplia administración que, a falta de tradición en el mundo árabe, se inspiró en modelos bizantinos y persas. Una gran red de rutas comerciales surcó este territorio e impulsó un importante crecimiento urbano, lo cual implicó a su vez un florecimiento cultural y científico. • Un sólido sistema de gobierno En el ámbito político se creó un tipo de imperio donde el califa era la autoridad suprema, con poder político, militar y religioso. En un principio, el cargo de califa fue electivo; los Omeyas lo convirtieron en hereditario. En la época de los Abasíes, la figura del califa se divinizó, transformándose en imam (guía religioso). Las funciones temporales las delegaron en el visir, cargo que también llegó a hacerse hereditario, y que presidía el consejo de los diwanes, especie de consejo de ministros. Entre los diwanes destacaban en importancia el de hacienda (diwan al-jarach), el de comunicaciones oficiales, correos e informaciones secretas (diwan al-barid) y el del ejército (diwan al-chays). El territorio ocupado se dividió en provincias o coras, gobernadas por un jefe del ejército, el emir, o por un representante del califa, el walí, que gozaba de poder administrativo, judicial, militar y religioso. El ámil era el encargado de ingresar en las cuentas del Estado las contribuciones de la provincia. Desde la época omeya los califas nombraron jueces o cadíes, que aplicaban la justicia según la interpretación que de la ley coránica hacían los ulemas (sabios versados en la interpretación del Corán). Realizaban matrimonios, aplicaban testamentos e incluso ejercían una función didáctica y pedagógica a través de las lecturas del Corán. El sistema fiscal obligaba a todos los musulmanes a pagar un impuesto (el diezmo) en relación con sus propiedades agrícolas. Los no conversos pagaban un impuesto personal (yizya) y otro territorial (jarach), que les permitía conservar sus propiedades. Si se convertían a la religión islámica, dejaban de pagar ambos impuestos. Como quiera que se incrementaron las conversiones al islam, para evitar la bajada de ingresos, los Omeyas reimplantaron el impuesto del jarach sin vinculación con las creencias religiosas del propietario. • Equilibrio económico y actividad comercial El esplendor económico de la civilización islámica se debió a un importante equilibrio entre el campo y la ciudad, entre la agricultura, la artesanía y el comercio. El pastoreo nómada, actividad tradicional de los árabes antes de la expansión territorial, había perdido importancia y la agricultura alcanzó altos niveles de producción. Los árabes mejoraron y difundieron a lo largo de todo el Imperio algunas técnicas de regadío (diques, canales subterráneos, norias, etc.), aumentaron la superficie de tierras irrigadas e introdujeron nuevos productos (cítricos, albaricoques, caña de azúcar, café, algodón, morera, etc.). También mejoraron las técnicas utilizadas en la agricultura de secano, especialmente los sistemas de arado y de abono de la tierra, y diversificaron los cultivos con las rotaciones. La islámica fue una civilización fundamentalmente urbana. Los musulmanes generaron una red de ciudades que constituyeron el centro político, administrativo, religioso y, sobre todo, económico de la vida del Imperio. El islam monopolizó las rutas comerciales más importantes del momento: la de la seda, a través de las estepas de Asia Central, las marítimas del Mediterráneo y del Índico (mar Rojo y golfo Pérsico) y la fluvial del Nilo, entre otras. Esta importante actividad comercial fomentó el desarrollo en las ciudades de una artesanía especializada en la elaboración de telas finas (damasquinados, muselinas), en el trabajo del cuero (cordobanes), en el de la plata (orfebrería) o el hierro (espadas de Toledo). Además de estos productos, comerciaban con piedras preciosas, perlas, perfumes, papel, especias, marfil, oro, esclavos, madera y víveres. Las ciudades fueron también el escenario de un comercio local y regional, desarrollado por pequeños comerciantes en los mercados inmediatos a la mezquita mayor (zocos) y en las ferias semanales. • La civilización islámica como síntesis de culturas Los árabes crearon una cultura -a partir de su propia mentalidad y de la asimilación de los valores culturales de los pueblos que conquistaron o con los que mantuvieron estrechas relaciones- y la difundieron por todo el Imperio. La cultura islámica fue una excelente síntesis de elementos árabes, persas, hindúes, chinos y bizantinos. La religión islámica y la lengua árabe, principal medio de expresión de esta cultura, actuaron como aglutinantes y favorecedores de su expansión. Los pensadores y los científicos musulmanes tradujeron y estudiaron las obras de los filósofos y científicos griegos y romanos (Platón, Aristóteles, Ptolomeo, Hipócrates, Galeno) y difundieron por todo el Imperio técnicas y conocimientos procedentes del Imperio bizantino (formas de gobierno, elementos arquitectónicos, etc.), de Persia (administración, concepciones geográficas), de la India (sistema de numeración, astronomía, seda) o de China (pólvora, papel, brújula, etc.). Los musulmanes desarrollaron la mayor parte de las disciplinas científicas y técnicas. Hubo una astronomía aplicada a la orientación de las mezquitas y al cálculo de las fiestas del calendario religioso musulmán y una astronomía científica que permitió realizar observaciones de eclipses, prepararon tablas astronómicas y catálogos de estrellas fijas. En matemáticas adoptaron el uso de cifras hindúes y la numeración decimal, utilizando el cero; también desarrollaron el álgebra y la trigonometría. Los tratados de química revelan un enorme conocimiento de las técnicas de laboratorio. En física desarrollaron importantes estudios de óptica, fundamentales para el tratamiento de enfermedades oculares muy habituales en los países desérticos y tropicales. La medicina islámica siguió los pasos de las medicinas griega y china. Muy importantes también fueron las aportaciones en los campos de la filosofía y de la literatura. La obra de Averroes (1126-1198), intelectual islámico nacido en Córdoba, constituye una interpretación completa del pensamiento aristotélico y ejerció una importante influencia en el pensamiento filosófico medieval europeo. La doctrina del Profeta La doctrina predicada por Mahoma fue recogida en el Corán, libro sagrado de los musulmanes, y en el conjunto de la sunna o tradición islámica. El Profeta se limitó a predicar el islam, religión cuyo principio básico consiste en la sumisión plena a la voluntad de Alá, el Dios único. El islam triunfó sobre el paganismo de los árabes, asimilando en parte sus tradiciones, y logró una expansión rápida por Occidente y Oriente. • El Corán y la sunna El libro sagrado para los musulmanes es el Corán. Según la tradición se trata de la auténtica revelación de la palabra de Dios, que el arcángel Gabriel fue transmitiendo a lo largo de 22 años a Mahoma. Por esta razón se califica de libro increado, es decir, fruto de una revelación divina y no de una inspiración humana. Al ser Dios el autor, el Corán es para los musulmanes infalible, inimitable e intraducible. El Corán está constituido por 114 suras o capítulos, cada una de las cuales, a su vez, está formada por varias aleyas o versículos. Cada sura desarrolla un tema o varios, en cantidades variables de aleyas. La sura más corta consta de tres aleyas, y la más larga, de 306. En el Corán se hallan los principales dogmas del islam: la unicidad de Dios, la descripción del paraíso y del infierno, la descripción de la vida después de la muerte, etc. También se explican en él las historias de los pueblos anteriores al islam, la visión musulmana de los profetas (Abraham, Noé, Moisés, Jesús, etc.). Asimismo el Corán contiene varios preceptos legales o leyes para regular la vida social: los derechos de los vecinos, el derecho de la mujer, el derecho de la lactancia, etc. La sunna o tradición es la segunda fuente esencial del islam. Se basa en una recopilación de hechos y dichos de Mahoma (hadiz, pl. hadices), junto con varias interpretaciones de algunos temas del Corán. Los hadices reflejan lo que el profeta Mahoma dijo, hizo personalmente, o permitió y no prohibió, y son el corpus de tradiciones que configuraron las normas de vida de los primeros musulmanes. En algunos casos se conservaron sus declaraciones genuinas, pero a la larga fueron objeto de añadidos por parte de musulmanes, que querían exponer opiniones teológicas o legales favorables a intereses de determinados grupos. A diferencia del Corán, memorizado por muchos seguidores de Mahoma durante sus vidas y compilado por escrito muy pronto, la transmisión del hadiz fue en gran parte oral y las actuales colecciones autorizadas no son anteriores al s. IX. Por ello, las palabras de la sunna, a pesar de que han sido sometidas a severas revisiones religiosas de veracidad, no se consideran infalibles. • Los dogmas fundamentales del islam Dios es el único autor de la creación e indiscutible dueño de cuanto existe en el mundo. El concepto de único Dios en el Corán excluye categóricamente la asociación de otras personas u otros seres con Dios en la divinidad. No se admite, por ejemplo, la Trinidad cristiana, porque este concepto enturbia la pureza de la unicidad divina. La relación entre el Creador y sus criaturas es de amor recíproco. Formar parte del islam significa establecer un pacto con Dios: la persona creyente adorará a Dios como único señor del universo y dará testimonio de su amor mediante la obediencia absoluta y el cumplimiento del ritual ordenado. Por otro lado, Dios, en su inmensa bondad, confiere su benevolencia y total misericordia al creyente ofreciéndole amparo en esta vida y justa recompensa en la otra. Según el islam, Dios cumple cuatro funciones fundamentales respecto al universo y a la humanidad en particular: creación, sustento, dirección y juicio. Dios, que creó el universo por su absoluta misericordia, está obligado también a mantenerlo. Toda la naturaleza ha sido subordinada a la humanidad, que puede explotarla y beneficiarse de ella. Sin embargo, el último objetivo de la humanidad consiste en existir para el servicio de Dios, adorarle y construir un orden social justo y libre de corrupciones. El islam cree que, a través de los mensajeros de Alá, se llega a conocer a Dios como él quiere ser conocido. Los mensajeros incluyen a los profetas. El Corán menciona a muchos de ellos, aunque no a todos, pues su finalidad no es la historia. Los profetas constituyen una unidad indivisible y se debe creer en todos ellos, ya que aceptar a unos y rechazar a otros equivale a negar la verdad divina. Jesucristo, es considerado el profeta más importante, y se afirma que no murió en la cruz, puesto que Dios lo arrebató y sustituyó por otra persona que fue quien murió. Todos los profetas son humanos; no participan de la divinidad, pero son los modelos más altos y valiosos para la humanidad. • La sharia El derecho islámico, llamado sharia, es la expresión de la voluntad de Dios, manifestada en la manera de guiar e instruir a Mahoma, pero también es el término técnico que designa la ley canónica del islam tal y como la presentan los libros elaborados por los doctores de las cuatro escuelas ortodoxas de derecho. La base doctrinal se fundamenta en el Corán, en el cual se encuentran una serie de preceptos y se explican los objetivos morales de la comunidad. Para comprender claramente el sentido de la sharia o ley musulmana hay que tener presente el sentido del orden social esbozado por Mahoma en su estancia en Medina. Se trata de una agrupación de hermanos en la fe, de cualquier raza y condición, iguales ante Allah, incorporados a la comunidad de los creyentes por el simple acto de la profesión de fe en la unicidad divina y en la misión profética de Mahoma. En esta sociedad, los derechos del Estado son los derechos de Allah y Dios vela por el cumplimiento de sus órdenes, concretadas en la sharia. De su observancia habrá de dar luego cuenta cumpida a Allah, a quien el creyente debe entregarse rendidamente: esto es lo que significa la palabra islam: rendido abandono en manos de Dios. En un sentido más amplio y más tardío el término sharia significará, además, el conjunto de preceptos divinos que regulan las acciones humanas. La comunidad de los fieles La vitalidad del islam se debe a una honda adhesión de sus miembros a su comunidad. La base de la sociedad islámica es la comunidad de los fieles, que queda consolidada por el cumplimiento de los cinco pilares del islam: profesión de fe, oración, limosna, ayuno en el mes de Ramadán y peregrinación a La Meca. Su misión es difundir el bien y prohibir el mal, y de este modo reformar la Tierra. Desde la infancia se toma conciencia de que sólo los musulmanes son hermanos. A los cristianos y a los judíos hay que convencerles hasta que acepten el estatuto especial que les está reservado; en todo caso, el islam se concibe a sí mismo como una religión triunfante que finalmente acabará por imponerse a las demás religiones, por la paz o, si es preciso, por la guerra. • El yihad y la umma El término yihad significa esfuerzo personal y se interpreta generalmente como la prestancia particular que se requiere en defensa de la comunidad islámica, cuando ésta es atacada. Aunque el Corán afirma que la comunidad musulmana debe estar siempre en pie de guerra, preparada y alerta para cualquier eventualidad y armarse debidamente, el verdadero significado de ello es que debe estar preparada para su defensa en caso de necesidad. Puede englobar el uso de la violencia y la utilización de ejércitos si es necesario, y por ello, a pesar de lo referido, el yihad ha sido utilizado en ocasiones para justificar guerras motivadas tan sólo por ambiciones políticas. La umma, de umm, que significa madre, es la comunidad de los fieles, los únicos que pueden honrar y servir a Dios, los que constituyen el partido de Dios. La lógica de la sociedad islámica hace que un musulmán no pueda vivir como tal sometido a un poder político o en un estado no musulmán. En la lógica religiosa islámica, sólo la sociedad musulmana garantiza todos los derechos políticos y religiosos al musulmán; aún así, judíos o cristianos se hallan dentro del estatuto de protegido dentro de esta sociedad, estando obligados a prestar un reconocimiento de soberanía hacia el legítimo gobernante musulmán mediante el pago de un impuesto especial; de lo contrario será combatido por considerársele un rebelde. El concepto islámico de sociedad es teocrático en tanto que el objetivo de todos los musulmanes es el gobierno de Dios en la Tierra. Sin embargo, esto no implica que las autoridades religiosas hayan tenido influencia política en determinadas sociedades musulmanas, siendo su poder variable según los diversos estados y sociedades. La filosofía social islámica se basa en la creencia de que todas las esferas de la vida constituyen una unidad indivisible que debe estar imbuida por completo de los valores islámicos. La fe islámica se considera en posesión de la verdad total, es un dogma. saludos Fuente

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Leyendas y Mitos Patagónicos
InfoporAnónimo4/9/2008

EL CALAFATE Koonek, la anciana hechicera de la tribu, estaba demasiado agotada para continuar caminando hacia el Norte; el invierno estaba próximo y había que buscar lugares donde no faltara caza. Como era habitual en esos casos, se le construyó un buen Kau (toldo, casa) y se le dejo abundante comida; pero seguramente no le alcanzaría para todo el invierno. Para esa época no existían los calafates. Quedó totalmente sola; hasta los pájaros emigraron con la llegada de las primeras nieves, pero ella subsistió inexplicablemente. A la llegada de la primavera se asomaron las primeras golondrinas, algunos chorlos y algunas inquietas ratoneras. Koonek les increpó la actitud de haberla dejado sola, sumida en el silencio; a lo que las avecillas respondieron que ello se debía a que durante el invierno no tenían dónde resguardarse del viento y del frío y además el alimento era escaso. Koonek sin salir del toldo, les respondió: “desde ahora en adelante podrán quedarse, tendrán abrigo y alimento. ”Cuando abrieron el toldo, la anciana hechicera ya no estaba, se había convertido en una hermosa mata, espinosa, amarilla y de perfumadas flores, las que al promediar el verano ya eran moradas frutas de abundante semilla. Los pajaritos comieron su fruto y los tehuelches desparramaron las semillas de Aike en Aike (de lugar en lugar). Ya nunca más se fueron las aves y las que se habían ido, al enterarse, regresaron. "Por eso el que come calafate vuelve". LEYENDA DEL VOLCÁN LANÍN Hace muchos años, vivía en la cumbre del Lanín, Pillán, el Dios del mal, aunque era justo y defensor de la naturaleza. Un día, mocetones de la tribu de Huanquimil, persiguiendo huemules, de cuya carne se alimentaban, y se abrigaban con su piel, llegaron, sin darse cuenta, (porque sabían que ahí estaba vigilando Pillán), a una gran altura. Entonces Pillán, como dueño de la montaña, desencadenó una tormenta y el volcán empezó a arrojar lava, humo, llamas ardientes y cenizas que provocaron el terror de la población. Consultado el brujo de la tribu, sin cuya opinión los indígenas no resolvían nada, la respuesta vino después de algunos días en el hueco de una montaña. Para aplacar las iras de Pillán era necesario sacrificar a Huilefún, la hija menor del cacique, bella y entrañablemente querida por la tribu, y arrojar sus restos en la hoguera del volcán. El cacique no tuvo más remedio que aceptar el terrible fallo. El portador de la princesa sería el muchacho más joven y más valiente de la tribu, Quechuán, a quien el brujo dio las explicaciones del caso. Al cumplir con aquel mandato, Quechuán cargó a la muchacha en sus hombros y la llevó hasta el lugar de la montaña donde con más fuerza soplaban los vientos de Pillán, sin una sola queja de la princesa cuando fue abandonada en aquella soledad. Inmediatamente vio acercarse en vuelo majestuoso, un cóndor cuyos ojos refulgían con llamaradas de fuego. Tomó a la joven con sus garras y elevándose con ella la arrojó al mismo cráter huracanado y frío del sur. Densos nubarrones ocultaron el cielo y una espesa nevada cubrió la hoguera. El holocausto de Huilefún pareció calmar para siempre las iras de Pillán. Desde entonces el Lanín es un volcán apagado, con sus fuegos sin duda ocultos debajo de la cúpula blanca, tal vez como la ven sorprendidos los viajeros que van en busca de emociones y se encuentran bruscamente con su impresionante panorama. Pillán mismo, a pesar de ser la divinidad del mal, quiso castigar así a los cazadores de la tribu abajeña que en su locura por matar y ciegos de ira por la vivacidad de su organismo invadieron los dominios donde estaba prohibida la caza del huemul. LA CREACIÓN DE LA LUNA Kóoch (ser supremo, creador) ya había creado al sol para iluminar el día y dar calor a la existencia, pero durante el descanso de éste, Tons (la oscuridad, madre de los malos espíritus) daba libertad a sus hijos (los malos espíritus) que prodigaban los males por doquier y los gigantes Hol-Gok asomados por los ojos de las maderas viejas, por los huecos de las rocas y desde lo profundo de las cavernas, acechaban a los indios para prodigarles sus males, enfermedades y desgracias, entonces Kóoch crea a la luna, llamándola Keenyenkon (luna llena) para que ilumine a la tierra y aleje con su lumbre a los malos espíritus. Las nubes que divagaban por el cielo, fueron presurosas a contarle al sol la buena nueva y tanto le hablaron de la pálida dama nocturna que decidió conocerla y una mañana quebró con sus rayos el horizonte antes de lo acostumbrado, por su parte Keenyenkon tampoco pudo resistir el embrujo del rubio madrugador y lo acompañó a través del azul del cielo hasta perderse en el horizonte quebrado de los Andes en un rojo atardecer. LOS INVENTOS DE ELAL Dicen los tehuelches que la Patagonia era solo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando por primera vez. Venía desde más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido Elal, a quién cargó en su blanco lomo para depositarlo sobre la cumbre del cerro Chaltén (ubicado en la zona cordillerana de Santa Cruz, conocido hoy como cerro Fitz Roy). Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores. Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén; los pájaros le trajeron alimento y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre. Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kókeshke (el frío) y Shie (la nieve). Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagonia lo atacaron furiosos, ayudados por el hielo y por Máip (el viento asesino). Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí dos piedras que se agachó a recoger, y ese fue su primer invento: el fuego. Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que él mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día modelando estatuitas de barro, creó los hombres y las mujeres: los tehuelches. A ellos los Chónek les confió los secretos de la caza; les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a ponerles el señuelo; a fabricar las armas y a encender el fuego. También a fabricar abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos, hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que tan solo él sabía. Cuentan que hasta la luna y el sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. También que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal castigó una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, protector de los Tehuelches, dio por terminados sus trabajos. Dicen que un día poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores, pero sí que transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquellos a los propios, para que nunca murieran los secretos de los Tehuelches. Y cuando el sol ya se asomaba en el horizonte Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar. Inclinándose sobre el ave que lo llevaba, y acariciando su cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar. Dicen que varias islas se distinguen todavía desde la costa patagónica y que en alguna de ella muy lejos, donde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal. Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que resucitados llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendéunk (espíritu tutelar que lleva la cuenta de las acciones de los tehuelches y los conduce, después de muertos, al encuentro de Elal. LEYENDA DEL VOLCÁN DOMUYO En la cima del Domuyo vivía una hermosísima joven encantada, custodiada por un toro colorado y por un caballo de lustroso pelo negro. Nadie podía llegar hasta ella pues el bravísimo toro escarbaba con sus poderosas patas arrojando enormes piedras monte abajo, y el potro salvaje resoplaba desatando tormentas de viento y nieve, truenos y rayos. Más arriba había un tronco enorme de oro purísimo y reluciente, guardado por espíritus celosos y vengativos. Sucedió que un valiente cacique, ansioso por conocer personalmente lo que había escuchado, comenzó a escalar las sagradas laderas del Domuyo. Durante la ascensión comenzaron a caer piedras por la pendiente, que rodaban hasta el abismo. De repente vio con sus propios ojos al negro potro salvaje pasar a su lado dando furiosos resoplidos y desatando un remolino de nubes negras y una tremenda tormenta. El caballo negro pasó varias veces a su lado envuelto en torbellinos de nieve. Ante tan grande peligro rezó a Futa Chau (Dios) para que le diera coraje y lo ayudara. Dios escuchó su ruego, y de pronto cesó el viento y la nieve. Siguió entonces subiendo con sumo cuidado, pues el blanco manto de nieve había tapado las huellas. Finalmente llegó a una explanada donde descubrió una laguna cuyas aguas relucientes exhalaban un suave perfume; sus orillas estaban adornadas con totoras de oro, y vio, asombrado, a la joven de la leyenda de hermosura celestial que peinaba sus cabellos con un peine de oro. El cacique quedó hechizado al contemplar sus ojos negros, sus rojos labios, su elegante talle y sus pequeñas y graciosas manos. Quiso acercarse para preguntarle por qué estaba allí y saber su historia, pero de entre las totoras salió un toro colorado dando un bramido que estremeció la montaña, sacudiendo furioso la cabeza y la cola como para embestirlo. Huyó el cacique rápidamente subiendo más arriba, logrando escapar del furor del toro. Llegó finalmente a la cumbre, donde con inmensa alegría encontró un gran tronco de oro, tan brillante a la luz del sol, que no podía mirarlo de frente. Lo tocó tembloroso e intentó con su cuchillo romperle un pedazo para llevarlo consigo. Vano fue su intento: era macizo y durísimo. Escarbó, entonces, con su cuchillo junto al tronco y pudo sacar algunos pedazos que guardó entre sus ropas, emprendiendo el regreso. Ya empezaba a oscurecer y corrió pendiente abajo para que no lo sorprendiera la oscuridad en plena montaña. De pronto sintió que le arrojaban piedras desde atrás y escuchó gritos y maldiciones. Una piedra le dio en la espalda y le hizo caer al suelo. Pensó entonces que quizás sucedía esto por los troncos de oro que llevaba y los tiró lejos de sí con gran pena. Inmediatamente cesaron las piedras y los gritos. Corrió entonces desesperadamente pendiente abajo, llegando exhausto al pie del cerro, donde se tiró a descansar y se durmió. En sueños vio a un anciano que severamente le amonestaba: - “Has sido muy temerario y dale gracias a Dios porque aún estás vivo. Pero para que no enseñes a otros el camino y corran peligro de muerte, despertarás en otro lugar”. Sintió que lo llevaban por el aire y cuando despertó, se halló en un lugar desconocido totalmente y no pudo encontrar sus huellas por ninguna parte. Volvió a su tribu por otro camino contando lo que había sucedido. Poco tiempo después murió a consecuencia de las pedradas recibidas, aconsejando a todos que no intentaran nunca subir a la encantada cima del Domuyo. LEYENDA DEL CERRO TRONADOR El misionero jesuita P. Mascardi, según las crónicas, ya en el año 1670, recogió entre los indígenas la siguiente leyenda: Linco Nahuel, que quiere decir "Tigre de Ejército", era un cacique muy valeroso y tan celoso de sus dominios que no permitía a nadie acercarse a ellos. Para su vigilancia mantenía centinelas en todas las alturas. Hubo un día en que llegó hasta el pie del cerro una tribu de hombres enanos. Venían armados. Con flechas enarboladas lograron vencer y tomar prisionero a Linco Nahuel y gran número de su gente. Los empujaron hacia la cumbre y comenzaron a arrojarlos uno a uno al abismo del cráter. El soberbio cacique Linco Nahuel, fue obligado a contemplar desde la cúspide el doloroso espectáculo de ver cómo los enemigos, a pesar de ser tan pequeños, despeñaban a sus queridos súbditos. Ante este hecho insólito se estremeció el Pillán, o espíritu dueño del cerro que tiene su morada en el interior del mismo, quien profundamente disgustado por la violación de sus dominios, envolvió en nieve a todos los combatientes, araucanos e intrusos, y los precipitó rodando valle abajo. Solamente respetó a los dos caciques contrincantes a quienes transformó en dos riscos que se ven ubicados frente a frente en el filo del cerro. El propósito que perseguía era el de que escucharan el fragor incesante que producían los precipitados en la profundidad del volcán. Fuente: Libro Joiuen Tsoneka “Leyendas Tehuelches”, de Mario Echeverría Baleta - portalpatagonico.com Saludos si les gusto comenten

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Pupilas de San Julián. Una historia de la Patagonia Rebelde
Pupilas de San Julián. Una historia de la Patagonia Rebelde
InfoporAnónimo4/11/2008

Navegando me encontré con esta historia muy interesante que paso en un pequeño pueblo y como sin armas se pelea igual ‘Pupilas’ de San Julián se niegan a prestar servicio San Julián. El 17 de febrero de 1922. Tras finalizar la campaña donde el ejército fusiló a cientos de peones rurales en Santa Cruz, el comandante Varela le dio franco a los soldados. Un numeroso grupo se dirigió al prostíbulo La Catalana. Las mujeres los recibieron con las escobas en alto y, sin temor a ninguna represalia les gritaron "¡Asesinos! ¡Con ustedes no nos acostamos!", mientras cargaban las escobas en la espalda de los represores. Van presas. "Son las únicas voces de repudio en medio del silencio de la sociedad cómplice. Temiendo que el episodio se difundiera se las deja en libertad... total... era la opinión de cinco pobres mujeres", dice Osvaldo Bayer, investigador, escritor e historiador que recuperó los episodios de aquella trágica represión. La negativa de las mujeres El 17 de febrero de 1922 en Puerto San Julián, Santa Cruz, más precisamente en el prostíbulo "La Catalana" Consuelo García, 29 años, argentina, soltera; Ángela Fortunato, 31 años, argentina, casada; Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera; María Juliache, 28 años, española, soltera; Maud Foster, 31 años, inglesa, soltera; junto con Paulina Rovira, la dueña del prostíbulo, encabezaron lo que Osvaldo Bayer llamó "la única derrota de los vencedores". En un artículo escrito por Bayer, sobre este tema destaca que "tras la campaña de caza a los huelguistas, los soldados habían demostrado ser "fuertes, duros y machos" fusilando sin asco a indefensos obreros gallegos, chilenos, polacos, rusos, alemanes, argentinos, por la osadía de pedir una cama limpia para pasar la noche, un paquete de velas, y jornada de descanso. "Cumplida la carnicería, Varela consideró pertinente, para solaz y esparcimiento de sus subordinados, enviarlos de visita a los prostíbulos de la zona. Paulina Rovira, encargada de la casa de tolerancia "La Catalana" en San Julián, recibe el aviso. Pero, las cinco pupilas del establecimiento se le rebelan. Llegada la tropa, las mujeres esgrimen palos y escobas y al grito de: "¡Asesinos, cabrones, no nos acostamos con asesinos!" rechazan a los soldados. Este episodio, que el tiempo ha convertido en leyenda, forma parte ya de historia de las huelgas y fusilamientos en la Patagonia, y ha sido recreado de diversas maneras. Desde la serie histórica novelada por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia Trágica; el texto dramático para ser representado en El maruchito: sangre y encubrimiento allí en las tierras del viento, de Juan Raúl Rithner; y la obra en Pupilas del desierto de Lili Muñoz. Mujeres sin voz Estas mujeres no tenían voz para la historia oficial, "eran mujeres públicas, lisa y llanamente, putas, último lugar social, seres desclasados; pero fueron, sin embargo, las únicas que se atrevieron a enfrentar a los asesinos y resistir desde el mínimo lugar de dignidad que les habían dejado", dice Bayer. Después de su increíble acto de rebelión, se hicieron invisibles para la versión estatal, por voluntad propia, sabiéndose la parte más delgada del hilo, o por voluntad del relato oficial, a quien convenía su invisibilidad. Bayer cuenta que estas mujeres a causa de su rebelión fueron detenidas en la comisaría de San Julián, y que con ellas marcharon los tres músicos del prostíbulo: Hipólito Arregui, Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, que son dejados de inmediato en libertad al llegar a la comisaría porque declaran solícitos que reprueban la actitud de las pupilas. Además, son músicos que siempre prestan sus servicios gratuitos en las fechas patrias. Cuando decir No es ganar La orden del militar a cargo de la tropa, ante el "no" de las pupilas, de ingresar al prostíbulo aunque sea por la fuerza, lleva a que las pupilas se defiendan con sus armas (escobas, palos, etc.) e impidan de ese modo que la violación (invisible para la sociedad) se concrete. De acuerdo a la lógica militar la violación de esas mujeres no era, propiamente, una violación, sino el derecho del vencedor de usar a los vencidos, y por eso ellas deben defenderse con sus propias manos. Enfrentando de manera visible lo que los militares habían realizado de manera invisible. El prostíbulo estaba en el pueblo, todo el mundo vería que disparaban a mujeres desarmadas, en cambio nadie vio cuando disparaban sobre peones desarmados. Ese es uno de los desafíos que las pupilas le arrojan a la cara a las tropas de Varela. Pero Varela sabe que dar la orden de disparar sería una victoria pírrica. El pueblo se coloca del lado de las tropas de Varela –por miedo, por razones- y nadie (ni sus propios compañeros músicos) se pone al lado de ellas. Ellas ponen su cuerpo en escena, como campo de batalla. Y ganan, aunque esa batalla ha quedado en el olvido hasta que Bayer recupera la dignidad de esas mujeres. Les Dejo algunas imagen de protagonista Obreros detenidos por los fusiladores Parte de las fuerzas de Varela El asesino Varela Saludos Fuente

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