freakkie2006
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Registrate y eliminá la publicidad! Son trabajos de una artista plástica que publica en Flickr. Se llama Sabrina Silvestri Mansilla. Acá les mando algunas imágenes de lo que tiene posteado. Me parecen excelentes. Las fotos las saqué de su espacio en flickr: http://www.flickr.com/photos/sabrinasilvestrimansilla Espero que les gusten. Saludos!
El número de Rolling Stone que está en la calle (con Barak Obama en la tapa), además de incluir una entrevista a Luis A. Spinetta tiene una nota con varios periodistas. A todos se los sometió a las mismas consignas, una de ellas es: "Rezo por vos: La salud de Charly como reality nacional". Lo terminé de leer y me puse a transcribir a tecleo puro. Acá va (en orden de aparición): Daniel Malnatti: "Charly es el monigote que él creó, con el que todos nos divertimos. En una época también nos divertimos escuchando su música, la pasamos bien... Es un ser humano: su salud me preocupa y me da un poco de pena, nada más". Matías Martin: "El siempre tiene algún problema por el cual la gente se horroriza, pero ladra ante la primera muestra de cariño. Es parte de un juego perverso, que arma con enorme habilidad. Es un maestro de la comunicación, así como un maestro de la música. Me gustaría que esté bien y siga grabando, pero no lo siento una bandera". Ernesto Tenembaum: "Que Charly resuelva sus problemas como pueda, ojalá le vaya bien. La atención de los medios es esperable, irreversible e inevitable. Es como preguntarse si es legítima la lluvia: sólo queda ponerte el paraguas". Pablo Marchetti (revista Barcelona): "Me preocupa su salud, porque es un grandísimo artista, un tipo que me cambió la vida, en la medida en que un gran artista puede hacerlo. Aquí siento los límites de la argentinidad, no desde el patriotismo, sino desde los códigos. Agradezco haber nacido en este lugar y en esta época, porque puedo decodificar hasta los más mínimos detalles en la obra de Juan Gelman, Los Decadentes, Favio, Spinetta, Leónidas Lamborghini, Marcelo Mercadante y Calamaro. Charly es el que más está en el aire y en las calles, el que es más de todos". Sebastián Wainraich: "Mucha gente está feliz con que Charly esté así: levanta el dedito y dice "Mirá como termina, es un drogadicto". Los que amamos su música nos ponemos un poquito tristes, pero me parece que el que peor la pasa es él y los que lo quieren de verdad como ser humano. Yo no tengo como ayudarlo, tiene más de 50 y si él no se ayuda... Es su manera de vivir. Los medios siempre buscan golpes de efecto para vender, pero esta vez no los vi juzgando tanto, sino más bien informando. Hubo imágenes innecesarias como Charly en camilla, pero eso ya ni se discute". Gabriel Schultz: "Publicitar la salud de una persona es de mal gusto. Periodísticamente no me atrae el día a día de lo que le pasa. El me ha hecho muy bien con su música. Que lo ayuden Migue, Nito; Palito... que lo ayuden los que pueden. Si yo no voy a hacer nada, tampoco me meto en su vida. Estoy esperando que saque un disco nuevo y que me haga sentir lo mismo que siento cada vez que escucho algo suyo". Bonus track: Una de las preguntas es sobre Julio Cobos. La mejor respuesta la dio el de Barcelona... "Cobos es como la Tota Santillán: es muy berreta lo que pasa con él. Me parecen una grandísima pelotudez el toro Cleto, el merchandasing y la actitud del propio Cobos; pero también es una gansada acusarlo de traidor. ¡Es un radical mendocino! ¿Qué esperaban? ¿Cuántas veces metieron preso a Charly mientras él era gobernador?"
Registrate y eliminá la publicidad! Nota firmada por Hugo Salas y publicada en el suplemento Radar de Página/12, el domingo 31.08.08 MASA Y PODER Las ceremonias de apertura y cierre de las Olimpíadas fueron las niñas mimadas de la organización china. El mundo se babeó y repitió como bobo que estábamos frente a una ceremonia “como sólo los chinos podían hacer”. Pero hubo dos datos que nadie registró demasiado. El primero, que el director de ese espectáculo fue Zhang Yimou, el célebre director disidente de películas como Sorgo rojo, Esposas y concubinas y La casa de las dagas voladoras, durante años enfrentado al régimen comunista que censuró sus trabajos. El segundo dato: fueron los ingleses (organizadores de Londres 2012) y el mismo Yimou quienes lo pusieron en evidencia con sus declaraciones, la disciplina feroz y la explotación inhumana de los 15 mil chinos involucrados en esas coreografías, prueba del poderío y la preparación del anunciado nuevo imperio. Ahora, Occidente brama de espanto. Las declaraciones de Zhang Yimou –director de las ceremonias de apertura y cierre de los recientes Juegos Olímpicos– a un periódico chino, traducidas y reproducidas luego por todo el orbe, causaron acrítico revuelo internacional. A grandes rasgos, el maestro de escena se limitó a señalar que resultaría imposible montar semejante demostración de regularidad y simetría física bajo las condiciones de producción que rigen en Occidente, donde los sindicatos e instituciones que nuclean a artistas y performers impiden las extenuantes jornadas de trabajo necesarias, e incluso se permitió deslizar la ironía de que sólo Corea del Norte hubiese podido hacerlo mejor. Es cierto que, en sus propias palabras, recordando su experiencia como régisseur para el Metropolitan Opera de Nueva York, sus opiniones sonaron un poco más controvertidas: “Allí sólo trabajan cuatro días y medio por semana, se toman dos recreos por día, no se puede trabajar después de hora y el respeto por los derechos humanos impide que padezcan la más mínima incomodidad física. Por si fuera poco, ni siquiera se los puede criticar”. A estas declaraciones, la prensa no tardó en sumar otros datos: que los más de 15 mil involucrados vivieron en barracas militares sin permiso de salida durante los meses de ensayo, que los casi 900 performers ocultos bajo las cajas que representaban los tipos móviles de la imprenta llevaban pañales para poder permanecer encerrados en ellas seis horas y que previsiblemente hubo numerosos desmayos e incluso heridos de consideración durante los ensayos. Desde ya, tales condiciones de trabajo son indignantes y no deberían permitirse bajo ningún punto de vista en ningún lugar del planeta. Ahora bien, ¿de qué se indigna “Occidente”? ¿No era notorio y evidente, ya el 8 de agosto, que semejante despliegue no podía producirse sino bajo tales condiciones? ¿No se cansaron de festejar nuestros noticieros que se trataba de una ceremonia “como sólo los chinos podían hacerla”? En ese momento, que se recuerde, sólo hubo exclamaciones de júbilo y admiración, se les caía la baba (con la misma admiración con que, aún hoy, muchos argentinos recuerdan la presentación del infame Mundial ’78), y nadie salía a preguntarse por qué un director antes “contestatario” se hacía cargo de la puesta en escena. Ocurre que, al igual que con ciertos productos alimenticios, a la sociedad contemporánea le encanta consumir estos espectáculos, pero no quiere saber de qué están hechos. Dejando de lado detalles “tontos” (como el uso de animación computada para “mejorar” las imágenes de los fuegos artificiales o el hecho de que la nena que cantaba en realidad hacía playback de otra, considerada no-bonita), que a decir verdad constituyen el pan cotidiano del mundo del espectáculo (¿o acaso un país europeo o Estados Unidos pondrían a una nena “fea”?), es probable que si Zhang Yimou se hubiera abstenido de hacer estas declaraciones, nadie hubiese traído a colación las condiciones en que se produjo el espectáculo. A fin de cuentas, los discursos románticos del talento y la vocación (seguidos del sacrificio) siempre están a mano para no hablar del arte como un producto del trabajo humano, realidad “olvidada” que sólo se vuelve evidente, tangible en estas monumentales manifestaciones faraónicas, por lo general asociadas al poder político. Pero, ¿cuántos de quienes hoy se indignan por estas condiciones manifiestan también su desaprobación por el férreo régimen disciplinario que se aplica incluso a niños y niñas muy pequeños en las escuelas de ballet de todo el mundo (un régimen que entre otras cosas incluye pesajes constantes, en sociedades donde los trastornos de la alimentación han alcanzado niveles epidémicos), y ello por no hablar del mundo “deportivo”, asolado por los rankings y la profesionalización? ¿Alguien se preguntó, alguna vez, en qué condiciones trabajan los obreros que participan de la erección de los rascacielos que dan reconocimiento y prestigio a varios arquitectos occidentales? Por otra parte, ¿tanto difieren estas condiciones de trabajo de las que aquejan en nuestro país a las cajeras de supermercado, conminadas a no abandonar sus puestos ni aun en caso de indisposición? Y las 16 horas de trabajo, ¿a quién espantan? Tal vez a los europeos, que tienen jornadas laborales de 4 días, pero no a los niños textiles del Sudeste asiático, como así tampoco a los empleados de call centers de la India. Vale decir: frente a las ceremonias chinas, el mundo demócrata-corporativista se indigna de ver objetivizados sus propios modos de funcionamiento, esos que barre bajo la alfombra de los “países en vías de desarrollo” (no deja de ser una lamentable paradoja, desde luego, que no sea dentro del capitalismo sino en un Estado supuestamente comunista donde se consume un hecho de explotación tan palmario). En realidad, para las airadas voces liberales, lo escandaloso no son esas condiciones laborales sino que salgan a la luz dentro del inmaculado terreno de lo “estético”, que se hable del costo humano del espectáculo, ese punto en que lo intangible artístico, lo sublime trascendental, se degrada al barro de la fuerza, el sudor, el trabajo. Lo que Occidente no le perdona a Zhang Yimou –más allá del tono desafortunado, si hay que creerles a los traductores ingleses–, lo que no puede perdonarle, es que destruya de un plumazo el inmaculado y etéreo espacio del ocio burgués, evidenciando la explotación necesaria para producir esas figuras tan valoradas del orden, la regularidad, la simetría y la uniformidad. De hecho, si alguna pregunta deja abierta este escandalete, es la misma que varios directores de teatro, desde lo performático, vienen planteándose en las últimas décadas: si puede pensarse, hoy, un modo distinto de realidad escénica que no parta de la explotación (y la autoexplotación) de un cuerpo para el disfrute de un tercero. Por si esto fuera poco, cabe recordar que tanto la apertura como el cierre de los Juegos no son arte sino espectáculo puro y duro, show, y cualquiera sabe que en esta arena estética degradada las condiciones de trabajo se vuelven aún más caníbales (en tanto toda chorus line está integrada por artistas funcionales, reemplazables, descartables; valga a modo de ejemplo e ilustración la saga de lesiones de Patinando por un sueño). Si en el arte, aun el monumental, la afirmación de la singularidad y el culto del individualismo (sin dejar de ser problemáticos) constituyen cuanto menos una posibilidad de evidenciar los problemas de la explotación y la crueldad, el show, en su condición absolutamente acrítica, no puede sino dar “lo que el público quiere”, sin plantear jamás dudas por el costo de esa producción. Lo que han hecho, una vez más con su habitual conciencia de la historia, los chinos.
Pizza conmigo Una lista (seguramente a completar) de las pizzerías porteñas que hay que visitar sí o sí. Las cuartetas Quizá la mejor de todas en términos de estricta grande de muzarella. De postre, casi como una obligación, la gloriosa sopa inglesa, con todo lo que tiene que tener un postre para que uno salga del lugar extasiado. Está ubicada en Corrientes 838, al lado del teatro Opera y frente al Gran Rex, con lo que es la cita obligada antes o después de un recital en esos lares (si es que uno encuentra mesa libre). Pero ojo, en noches de mucha actividad en la zona, advertir que uno quiere la cerveza bien fría, porque de lo contrario puede llegar una botella tibia. El cuartito En Talcahuano 937 está ubicado este local clásico de Barrio Norte, donde el buen precio y las fotos de boxeadores de distintas épocas son la vedette del ambiente, aunque una grande de muzarella es la obligación, al igual que el infaltable flan con dulce de leche como postre. Guerrín Otro clásico, comparable en otros tiempos con la hoy desaparecida e inigualable Serafín. Hoy quizá no sea lo mismo pero sigue manteniendo cierto estirpe de lugar obligado, pese a la pobre atención. Corrientes al 1300 es el lugar. La Continental Son varios los locales que esta cadena tiene en Buenos Aires. En todos la pizza es muy buena aunque un tanto cara. La atención en general no es del todo satisfactoria, pero si se trata de comer pizza, es una de las mejores opciones del territorio porteño. Duero / Ebro De las más nuevas, las mejores. Parte de la cadena Ríos de España, creadora de la pizza de 10 porciones, toda una exageración que además presenta mucha variedad de gustos. Eso sí, hay que prepararse para altos precios, sobre todo en las pizzas más originales. ¿El mejor local? Sin dudas el de Av. Santa Fe y Pueyrredòn, a todo trapo, con decoración de diseño, wi-fi y buena atención. Bonus track: El lujo y limpieza de los baños. La americana La esquina de Callao y Bartolomé Mitre tiene como estrella a esta pizzería donde el queso no falta en ninguna porción y donde las mesas sin mantel y con lo justo nos reciben listas para una pizza de las mejores. Banchero ¡El creador de la fugaza con queso! Sí, una de las variedades estelares de la pizza argentina nació en Banchero, que tiene en Pueyrredón al 100 y Corrientes al 1300 sus centros neurálgicos. En la posta céntrica, los sàbados a la noche es difícil conseguir mesa, pero la espera valdrá la pena y el resultado será aceitosamente disfrutable. Lucio Este local ubicado en la esquina de Scalabrini Ortiz al 4000 no sólo tiene las mejores medialunas de Palermo sino que además sirve una pizza gloriosa, rica y abundante. Se recomienda conocer una de las especialidades de la casa: Pizza con pasta de anchoas, ilegalmente rica. Los inmortales Hay que mencionarla, pero ya no es lo que era. Las porciones dejan con ganas de más y la atención es de las peorcitas en el rubro. Pero la foto de Gardel en el fondo y las de otros notables de la cultura popular argentina hacen que nunca esté de más darse una vuelta por el local ya clásico de Corrientes. fuente: http://monosenlacara.blogspot.com