fedegatt
Usuario (Argentina)

Hola hoy les traigo este relato que lo utilice para un trabajo de derecho laboral para la carrera de relaciones laborales, espero que les guste y les haga pensar y tomar conciencia de lo importante que es saber y averiguar de donde provienen las cosas que compramos, ya sean de marcas o de ferias...María tiene hoy 31 años, pero cuando la trajeron de Bolivia a Buenos Aires no llegaba a los 25 y su hijo recién con algunos meses de vida, todavía estaba lejos del primer año. En La Paz, María vendía casi siempre frutas en alguna vereda agrietada, y algunas pocas veces verduras, y cuando el sol amenazaba a caer ella buscaba las tantas formas de entretener a su nene para que olvidara el hambre hasta que llegara la hora del puchero, que no siempre llegaba.Un día se entero que una tía lejana estaba en la ciudad buscando interesados en viajar a Buenos Aires para trabajar en un taller textil. La promesa tenía gusto a redención terrenal: viaje pago, comida diaria, techo asegurado y salario en dólares. “Nos trajeron engañados”, recuerda ahora María y por su memoria también desfilan los tantos otros rostros que viajaron con ella en el colectivo que salió de la capital boliviana hasta chocar con la frontera argentina. El sueño duro poco… cuando quisieron cruzar cayeron en que la cedula que tenían no les servía y que debían alquilar un DNI trucho para entrar al país. A los pocos días dio con un documento que le sirvió a ella, pero no encontraba nadie le consiguiera otro para su hijo. La desesperación era una combinación entre los días que caían, el dinero que se iba y el engaño que se materializaba. Finalmente, cortó el pelo de su nene bien al ras y le puso un saquito rosa para que encajara con el único DNI de niña que llego a obtener. Ya en Buenos Aires, las cosas no mejoraron. Pronto descubrió que su salario iba a ser de 100 pesos y que además de costurera también seria ayudante de cocina. Por las noches dormía abrazada a su hijo, en una habitación con cuchetas y colchones en el piso, junto a otras diez o doce personas. A las siete de la mañana comenzaba el día de trabajo que recién se interrumpía a la una del mediodía para almorzar, luego se retomaba hasta la hora de la merienda, se reiniciaba hasta que llegara la cena y finalmente se volvía a las maquinas hasta las dos o tres de la mañana. Ella cobrara 100 pesos fijos, pero los obreros que únicamente se dedicaban a la costura cobraban por prenda: “las más complicadas se abonaban 25 centavos, pero había algunas por las que pagaban apenas 5 centavos”, relata María. Una tarde de mucho calor, su hijo jugaba con una nena, hija de otra costurera, y juntos recorrían el taller. Tocaban las texturas de las telas y caminaban por debajo de las mesas, casi desconociendo el infierno, hasta que se les dio por tomar una tijera que estaba sobre una prenda y llevarla a la habitación. Cuando se necesitó la tijera, la dueña del taller estallo en gritos porque había desaparecido. Entonces recorrió el edificio hasta dar con los niños que, sentados en el piso frio, intentaban aplacar el aburrimiento, ya con la tijera abandonada al costado. El castigo fue inmediato: se les corto las pestañas a los dos para que aprendieran.Ese fue el quiebre, María tomo a su hijo y se escapo a la nada. Pasaron mil y una más, hasta que encontró el comedor comunitario de la Asamblea 20 de Diciembre, donde se estaba gestando la cooperativa textil.Desde hace 4 años, María trabaja en La Alameda de lunes a viernes, unas ocho horas diarias como máximo. Desde hace cuatro años, cuando su hijo tiene un acto en la escuela, María esta sentada en primera fila aplaudiendo y, tal vez, recordándose llegar a Buenos Aires con todas las expectativas de una vida nueva que, aunque con cierta demora, parece finalmente estar llegando.Espero que les haya gustado, y sepan que si el estado no hace lo suficiente, el deber es nuestro de aunque sea no contribuir con uno de los peores delitos del hombre... Muchas gracias y que tengan buen dia!!!