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Primer post: 3 ene 2009Último post: 8 ene 2009
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Crisis de panico y ansiedad
Crisis de panico y ansiedad
InfoporAnónimo1/8/2009

Registrate y eliminá la publicidad! Ataques de panico El enfermo que sufre episodios de pánico se siente súbitamente aterrorizado sin una razón evidente para él mismo o para los demás. Durante el ataque de pánico se producen síntomas físicos muy intensos como taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, temblores o mareos. Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Durante un ataque de pánico o crisis de angustia se presenta al individuo una súbita aparición de un nivel elevado de ansiedad y excitación fisiológica sin causa aparente. La aparición de estos episodios de miedo intenso es generalmente abrupta y suele no tener un claro desencadenante. Los ataques de pánico se manifiestan como episodios que irrumpen abrupta e inesperadamente sin causa aparente y se acompañan de síntomas asociados al miedo como hipertensión arterial, taquicardia, dificultad respiratoria, mareos e inestabilidad, sudoración, vómitos o naúseas...(síntomas coherentes con la emoción de miedo que los provoca). Generalmente, acompaña a la crisis una extrañeza del yo junto a una percepción de irrealidad y de no reconocimiento del entorno. Los ataques de pánico no duran mucho, pero son tan intensos que parecen durar una eternidad para el afectado. A menudo el individuo siente que está en peligro de muerte inminente y tiene una necesidad imperativa de escapar de un lugar o de una situación temida (aspecto coherente con la emoción que el sujeto está sintiendo). El hecho de no poder escapar físicamente de la situación de miedo extremo en que se encuentra el afectado acentúa los síntomas de pánico sobremanera. Experimentar un ataque de pánico es una terrible, incómoda e intensa experiencia que suele relacionarse con que la persona restrinja su conducta, lo que puede conducir, en casos, a adoptar conductas limitativas para evitar la repetición de las crisis. El trastorno puede desembocar en agorafobia por miedo a presentar nuevas crisis si se presenta una fuerte conducta evitativa en el afectado. A veces el fenómeno de crísis se reproduce durante el sueño. La edad de inicio de este tipo de trastorno (entre 18 y 25 años la mayoría de los casos (DSM y CIE) puede hacer pensar en que el problema esté relacionado con la desvinculación y la autonomía personal. Al parecer, el ataque de pánico se desencadena, bien por factores externos - como afrontar una situación que produzca intranquilidad al sujeto- o bien por factores internos que posiblemente tienen que ver con significados internos que pertenecen a la vida de la persona que los sufre. Definición Según el Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU. (NIMH) los ataques de pánico son sensaciones repentinas de terror sin motivo aparente que aparecen dentro del denominado trastorno de pánico (uno de los trastornos de la ansiedad). En estos ataques pueden presentarse síntomas físicos, tales como: * Taquicardia * Dolor en el pecho * Dificultad para respirar * Mareos Por otro lado, la cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association (DSM IV) contempla dentro de los Criterios Diagnósticos de los Trastornos Mentales varios aspectos para diagnósticar la crisis de angustia (ataque de pánico ). Concretamente, define el ataque de pánico como una aparición temporal y aislada de miedo o malestar intensos, acompañada de cuatro (o más) de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros 10 min: * 1. palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca * 2. sudoración Frente al miedo. * 3. temblores o sacudidas * 4. sensación de ahogo o falta de aliento * 5. sensación de atragantarse * 6. opresión o malestar torácico * 7. náuseas o molestias abdominales * 8. inestabilidad, mareo o desmayo * 9. desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo) * 10. miedo a perder el control o volverse loco * 11. miedo a morir * 12. parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo) y * 13. escalofríos o sofocaciones No obstante, DSM IV no contempla el ataque de pánico como una enfermedad codificada ni diagnosticable. Trastorno de pánico En el trastorno de pánico, la persona experimenta ataques de pánico repetidos e inesperados y sufre ansiedad persistente sobre la posibilidad que los ataques de pánico vuelvan a ocurrir. De las personas que sufren ataques de pánico repetidos y persistentes o que sienten una fuerte ansiedad ante el hecho de sufrir otros ataques se dice que sufren un trastorno de pánico. El trastorno de pánico se distingue de otros tipos de trastorno de ansiedad en que los ataques de pánico son repentinos, inesperados y sin causa aparente. Síntomas En el ataque de pánico pueden presentarse uno o varios de los siguientes síntomas físicos vinculados al miedo: * Dolor en el pecho o taquicardias. * Respiración forzada, arrítmica, apresurada y con síntomas de ahogo. * Mareos * Bajada de temperatura de las extremidades. El pánico y el miedo a la muerte. * Naúseas o vómitos * Temblores, escalofríos, estremecimientos y hormigueo. * Contracciones musculares. * Sequedad en la boca y en el paladar. * Sensibilidad a la luz (dilatación de pupila). * Temblores o sacudidas * Sudoración * Opresión o malestar torácico * Parestesias ('Sensación de hormigueo en las manos o en pies') * Escalofríos * Sensación de ahogo * Sensación de atragantamiento * Dificultades para hablar o comunicarse. En la crisis también se presentan algunos de los siguientes miedos y sensaciones: * Sensación de perder el control. * Sensación de miedo a la muerte * Miedo a descontrolarse, a enloquecer o a perder la razón. * Despersonalización o desrealización. Percepción de irrealidad: sentirse a uno mismo y al entorno como si no fuera real * Deseo imperativo de escapar del lugar, momento y situación en el que se producen las crisis. Es normal que, paradójicamente, estos episodios aparezcan en momentos de relajación del afectado, cuando la atención no está capturada por ninguna situación exterior importante. Por el contrario, el hecho de que surja un motivo externo llamativo para llamar la atención puede eliminar los síntomas. Hiperventilación Durante el estado de alerta se altera la forma de respirar y la velocidad a la que se hace, como en toda situación en donde una persona se sienta asustada. Si en ese momento el cuerpo no consume la energía para la que se ha preparado, se puede producir una "hiperventilación" que produce muchos de los incómodos síntomas percibidos durante la crisis: * Mareos * Quedarse sin aliento * Nudo en la garganta * Hormigueo o entumecimiento en las manos o los pies * Náuseas * Confusión. El cambio en la forma de respirar puede limitar estos síntomas al relajarse muchas de las variables corporales. Además, el hecho de que la persona perciba poder estar haciendo algo para cuidarse a sí misma y gestionar la crisis hace que se sienta algo más segura, ya que percibe poder controlar en algo en la situación. Desrealización Uno de los síntomas más terribles para los afectados es la percepción de desrealización. La desrealización es un cambio en la percepción del entorno de un individuo, en donde el mundo a su alrededor parece irreal o desconocido. Términos comúnmente usados para describir los síntomas y sensaciones de Desrealización son los que siguen: * Como ver através de un velo * Una sensación de niebla en los sentidos * Separado de sí mismo * Estar atrapado en un vidrio * Retraído * Sentirse aislado o distante del entorno inmediato * Ser un espectador de algún juego extraño y sin sentido * Sin vida * Como un sueño Esta condición es directamente causada por y es síntoma de ansiedad. Está causada por cambios que ocurren en la forma en que las señales nerviosas son procesadas por el cerebro durante los desordenes de ansiedad. El proceso de pánico El pánico es una forma de miedo intenso en la que aparecen fenómenos fisiológicos y psicológicos coherentes con esa emoción. Según los enfoques cognitivos, en el proceso de pánico, una imagen mental, real o imaginaria, desencadena un rápido proceso que involucra al cerebro y al cuerpo. La espiral creciente de sucesos de percepciones de amenaza y reacciones corporales de miedo que se producen en el organismo desencadena una serie de síntomas que desembocan en una inminente sensación de pérdida de control por parte del afectado que parece superar la voluntad y minar instantáneamente la confianza y la seguridad del individuo. Esta instantánea y gran carencia de seguridad suele provocar un gran deseo de huida y una amenazante sensación de miedo a morir, enloquecer o provocar una escena indeseada. Según otros enfoques de este problema, la sensación de miedo o pánico se desencadena debido a cambios en la vida de la persona que sufre el ataque y a los significados atribuidos a dichos cambios. Estas personas tienen dificultad para conectar dichos cambios con la sensación de pánico, que identifican en muchos casos como un problema físico (ataque cardiaco, asfixia, etc.). Según los enfoque cognitivos-conductuales, una vez concebida la idea que desencadena el pánico, la crisis fisiológica y psicológica se activa como consecuencia del círculo creciente de percepciones mentales y reacciones corporales de miedo. Las reacciones fisiológicas desencadenan nuevas percepciones de miedo que incrementan las reacciones del cuerpo de una manera cíclica y creciente. La incapacidad del sujeto para activar estrategias eficaces para detener el fenómeno creciente acaba desencadenando el denominado ataque de pánico. Fases de la Crisis de Pánico WILSON R. Reid describe dos etapas en el desarrollo de la crisis: * En la primera etapa - ansiedad anticipatoria - existe una comunicación inconsciente entre la mente y el cuerpo. La mente considera que se aproxima una situación temida y estimula un proceso de pensamiento cuando recuerda una situación pasada difícil. En ese momento la mente crea una imagen que indica al cuerpo a que responda ahora como si se estuvieran produciendo dificultades pasadas. Con esta información sobre crisis pasadas, la mente comienza a cuestionarse su capacidad para hacer frente a la crisis y se pregunta sobre su capacidad para hacer frente a la crisis. Estas preguntas instruyen al cuerpo para prepararse contra cualquiera de las peores consecuencias posibles. La mente evoca imágenes en las que el sujeto no ha podido controlar el episodio anteriormente y se envía un mensaje de protección al cuerpo . * En la segunda etapa - el ataque de pánico - estos mensajes entre mente y cuerpo ya no son silenciosos, pero sus efectos son los mismos. Esto provoca sensaciones físicas que el cuerpo genera (como las taquicardias). El individuo afectado tiene miedo de los síntomas percibidos e inconscientemente emite instrucciones al cuerpo para protegerse, con las cuales el cuerpo comienza a "cambiar su química" con el fin de protegerse de la emergencia. Sin embargo, como no se trata de una verdadera crisis física, no se puede utilizar correctamente la estrategia del organismo, preparado para la alerta, de una manera eficaz. Como consecuencia, se produce un aumento de los síntomas físicos que a su vez crea el ciclo auto-reforzado de percepciones de amenaza y reacciones corporales que se sufren durante el ataque de pánico Fisiología del Pánico Aunque estos episodios de miedo extremo pueden aparecer de manera inesperada, son considerados como parte de la respuesta evolutiva de los seres vivos comúnmente conocida como lucha o huida de utilidad en la naturaleza. En la crisis esta respuesta se produce fuera de contexto, inundando el organismo de hormonas (especialmente adrenalina y noradrenalina) como ayuda en defensa propia frente a una amenaza percibida. El miedo extremo produce cambios fisiológicos inmediatos: se incrementa el metabolismo celular, aumenta la presión arterial, la glucosa en sangre y la actividad cerebral, así como la coagulación sanguínea. El sistema inmunológico se detiene (al igual que toda función no esencial), la sangre fluye a los músculos mayores (especialmente a las extremidades inferiores en preparación para la huida) y el corazón bombea sangre a gran velocidad para trasportar hormonas a las células (especialmente adrenalina y noradrenalina). También se producen modificaciones faciales: agrandamiento de los ojos para mejorar la visión y dilatación de las pupilas para facilitar la admisión de luz, la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente. Cuando el sistema límbico fija su atención en una amenaza o una percepción de peligro (existente o no), los lóbulos frontales (encargados de cambiar la atención consciente de una cosa a otra) se desactivan parcialmente. Durante un ataque de pánico[2] la atención consciente queda fijada en el peligro inminente percibido. El mecanismo del miedo. ¿Lucha o huida?. Una imagen mental o real, aroma u otros estímulos pueden desencadenar síntomas fisiológicos de alerta en el cuerpo (ritmo cardíaco, presión sanguínea, etc.). Esta respuesta fisiológica adecuada del cuerpo es interpretada por el sujeto como una confirmación de la amenaza y se produce una retroalimentación positiva del miedo que impide una valoración del auténtico riesgo por parte del afectado. La cadena de percepciones de la mente y reacciones del cuerpo se produce rápida y secuencialmente en una escalada incontrolada que conlleva a la crisis. Dado que los primeros ciclos de percepción y reacción se producen de manera inconsciente, el afectado se percata del hecho cuando los síntomas han alcanzado cierta intensidad. Esto sucede especialmente en el caso de las fobias: la atención del fóbico, incapaz de prestar atención a otra cosa distinta de su percepción de amenaza, magnifica desproporcionadamente el peligro percibido. Aspectos Psicológicos de la crisis. La "trampa" del pánico Muchos expertos e investigadores, incluyendo a los doctores David Carbonell y Giogio Nardone, describen los ataques de pánico y el trastorno de pánico como una trampa (muy eficaz) en dos ámbitos fundamentales. En primer lugar, la trampa del que sufre una crisis consiste en creer que lo que está viviendo es peligroso (es decir, se va a tener un ataque al corazón, desmayo, locura, o "hacer algo descontrolado" cuando realmente un ataque de pánico no presenta ningún peligro en absoluto. En segundo lugar, los afectados caen en la trampa de hacer cualquier cosa que creen que les ayudará a evitar las crisis cuando lo que realmente hacen es empeorar los ataques de pánico. Estas actividades incluyen comportamientos de evitación, tratando de controlar los ataques de pánico, luchar contra ataques de pánico, caer en supersticiones y rituales para evitar ataques de pánico y tener un exceso de autoprotección. Es decir, que lo que se hace para enfrentarse a los ataques de pánico, la mayoría de las veces lo perpetúa. (Carbonell 2004). En la "cárcel" del pánico. Según Georgio Nardone y Federica Cagnoni (Arezzo), una experiencia inicial, real o imaginaria, puede introducir en la mente del sujeto una nueva posibilidad de reacción perceptiva: la del temor. A partir de esa experiencia, todo lo que se lleva a cabo se hace con el fin de defenderse del peligro real o imaginario. Sin embargo, esa reacción no funciona sino que por el contrario, se confirma aún más la amenaza, lo que empeora los efectos e induce una clásica situación de reacción de pánico, tanto en términos de la generalización del miedo en lo psíquico como en la respuesta del comportamiento En particular, se han identificado (Nardone, 1993, 2001) tres intentos típicos de soluciones llevadas a cabo por el sujeto: 1) evitación, 2) solicitud de ayuda y 3) intento de control. * Evitación. El efecto de evitar, de hecho, representa una afirmación para el individuo de la amenaza de la situación evitada que prepara un comportamiento de sucesivas conductas evasivas. Todo esto tiene como único efecto el incremento del temor por confirmar, pero también incrementa el escepticismo con respecto a los propios recursos, aumentando de esta manera la fobia e incluso las reacciones. De esa forma, el trastorno se hace cada vez más invalidante y limitador. * Solicitud de ayuda. Una vez que el círculo vicioso de la evasión se activa, la persona a menudo utiliza una segunda "estrategia" que revela ser contraproducente: la solicitud de ayuda, es decir, la necesidad de estar siempre acompañado y confortado por alguien que está dispuesto a intervenir en caso de crisis y de pánico al perder el control. El efecto de esa solicitud es inicialmente el de tranquilizar a la persona afectada, pero poco a poco conduce a aumentar el miedo y sus consecuentes limitaciones. De hecho, esta posibilidad de tener a alguien o algo (una sustancia o medicamento) para intervenir rápidamente en ayuda del que sufre el temor, termina por confirmar que el afectado es incapaz de enfrentar la situación temida en primera persona y, por tanto, ser capaz de manejar las consecuencias. Incluso este proceso tiende a generalizarse y lleva a la persona a una forma grave del trastorno fóbico basado en la lógica de ser dependendiente" y no poder controlarse. * Intento de control. El control sobre el comportamiento fisiológico y sus reacciones redunda en un ciclo perceptivo-reactivo para obligar a entrar al sujeto en acción a fin de afrontar el miedo. Pero en el intento de mantener el control a toda costa sobre el propio organismo y sus funciones psiquiátricas se experimenta una situación paradójica: la focalización de la atención en las reacciones fisiológicas (latidos del corazón, respiración, equilibrio, etc) conduce inevitablemente a una alteración de algunas de las funciones anteriores, lo que provoca un temor que a cambio genera más alteraciones, activando de esta forma un círculo vicioso en el que "el intento de control desemboca en una pérdida de control". Cómo afrontar el pánico La actitud frente al pánico Afrontar el pánico requiere tiempo y paciencia para redefinir las actitudes frente al miedo extremo para enfrentarse al miedo y no evitarlo. La Asociación Madrileña de Agorafobia (AMADAG) proporciona 10 reglas para afrontar una crisis de pánico: * Recuerde que lo que siente no es más que la exageración de las reacciones normales al estrés. * No es ni dañino ni peligroso, solo desagradable. Nada peor puede pasar. * No añada pensamientos alarmantes sobre lo que está pasando y lo que podría ocurrir. * Fíjese en lo que pasa a su cuerpo ahora, no en lo que Ud. teme que podría ocurrir. * Espere y deje que pase el temor. No luche contra él. Acéptelo. * Cuando Ud. deja de pensar cosas alarmantes el temor se extingue por sí solo. * Recuerde que lo principal es aprender a afrontar el miedo, no a evitarlo. Esta es una oportunidad para progresar. * Piense en el progreso que ha hecho hasta ahora, a pesar de las dificultades. Piense en lo satisfecho que estará cuando supere este momento. * Cuando empiece a sentirse mejor, mire alrededor y piense lo que puede planear para hacer después. * Cuando esté listo para continuar, comience despacio, relajado. No necesita correr ni esforzarse. WILSON R. Reid defiende ocho actitudes de recuperación para afrontar el pánico frente a opciones como las técnicas específicas de recuperación. Compara las ocho actitudes más habituales de los enfermos frente a actitudes que resultan más eficaces. Actitudes habituales/Actitudes "curativas" * "No puedo permitir que nadie lo sepa"/"No me avergüenzo". * "El pánico es malo. Es el enemigo."/"¿Qué puedo aprender como estudiante del pánico?" * "Quiero evitar los síntomas"/"Quiero hacer frente a los síntomas para adquirir conocimientos". * "Tengo que descansar ahora"/"No me importa estar preocupado aquí y ahora". * "Tengo que permanecer en alerta."/"No voy a permanecer en alerta contra la ansiedad." * "Esto es una prueba."/"Esto es la práctica." * "Tengo que tener certeza de que no hay riesgos."/"Puedo tolerar la incertidumbre." * "Será mejor que esto funcione."/"No importa si no funciona". Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Ataque_de_panico

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666 notas sobre el diablo
InfoporAnónimo1/3/2009

A esta altura de los tiempos –sobre todo: luego de haber atravesado el siglo XX– son pocos los que no están de acuerdo en lo siguiente: Dios ha muerto (y no sólo por decisión de Nietzsche) y el Diablo está más vivo que nunca. No obstante, es arduo entenderlo. El Diablo ha sido un ente subordinado a Dios. Angel caído, rebelde maligno expulsado del Cielo, seductor implacable al servicio del Mal, el Diablo sólo existe dentro de un contexto o –si se prefiere– de un plan divino. Para creer en el Diablo hay que creer en Dios, hasta tal extremo ambos conceptos se implican. Pero el plan divino no se ve por ningún lado y el Diablo se ve saludable en todas partes. No es casual que el Diablo se convierta en una figura fascinante. Escupe contra lo establecido, contra lo sacralizado. Se rebela, quiere ser lo Otro de Dios. Quiere encontrar en el Mal la expresión suprema de la libertad. Si la historia humana, en tanto expresión de una desobediencia fundante, existe es porque existe como pecado, porque el Diablo tentó a Eva, porque Eva tentó a Adán, porque comieron el fruto del árbol del conocimiento y fueron arrojados del Cielo. Por haber escupido en él. Para las visiones cristianas (que demonizan, si se me permite decirlo así, al Diablo) el ángel caído subvierte el orden de Dios. Para las visiones dialécticas –inspiradas en Hegel y Marx– el Diablo subvierte el orden burgués. Hay, para esto, un ejemplo brillante: Severino Di Giovanni. Severino se consideraba un maldito, acaso en la tradición de Baudelaire. (Nota: Ver las Letanías a Satán en Las flores del mal.) Era, se asumía como el Mal, porque era la negación de la sociedad establecida. Vestía de negro, el color de los malditos y, en una de sus más bellas cartas de amor, escribe: “¡Oh, cuántos problemas se presentan en los senderos de mi joven existencia, trastornada por miles de torbellinos del mal! No obstante, el ángel de mi mente me ha dicho tantas veces que sólo en el mal está la vida (...) El mal me hace amar al más puro de los ángeles” (Nota: Osvaldo Bayer, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Galerna, 1970, p. 226.) Sabemos cuál es, para Severino, el más puro de los ángeles: el ángel rebelde, el ángel caído, el que ha renegado del paraíso del buen Dios. Di Giovanni no sólo reniega de la sociedad burguesa, sino que quiere destruirla: en ella ve el paraíso de los poderosos y sus bombas son las de la furia del Angel Caído. El concepto del Diablo surge para ayudar a Dios. Es tan evidente el mal en este mundo, tan evidente el dolor, los padecimientos de todo tipo (físicos y morales) que la pregunta está a la mano de cualquiera que piense con mediana hondura estas cuestiones: ¿si Dios es bueno, por qué permite el Mal? Pocos hombres de la Iglesia se han planteado esto con mayor desgarramiento que San Agustín. No lo hizo Santo Tomás. El tomismo adquiere la forma de una summa. El agustinismo se expresa en primera persona: adquiere la forma de las confesiones. Donde Santo Tomás estratifica el Saber, San Agustín habla desde la duda, desde el desgarramiento. Así, dice: “¿Quién me ha hecho a mí? ¿No me ha hecho mi Dios, que no sólo es bueno, sino la misma bondad? ¿Pues de dónde me vino a mí el querer el mal y no querer el bien?” (San Agustín, Confesiones, Libro VII, cap. 3, Alianza, 1990, p. 159). Vemos, aquí, el punto central de la confesión: yo deseo el Mal y no el Bien; si Dios, que es el Bien, me hizo, ¿de dónde surge esta atracción por el Mal? Sigue San Agustín: “¿Quién puso esta voluntad dentro de mí? ¿Quién sembró esta semilla de amargura en mí, habiendo sido hecho por mi Dios, que es la dulzura misma? Y si la puso el diablo, ¿quién hizo al diablo?” (Confesiones, ed. cit., p. 159.) Agustín conoce la respuesta bíblica: el Diablo era un ángel bueno que se hizo demonio. No le alcanza. Pregunta cómo llegó el Diablo a poseer esa voluntad mala que lo hizo demonio. Lo que implica seguir preguntando la misma insidiosa, lacerante pregunta: “¿Dónde está el mal? ¿De dónde y por dónde se ha colado en el mundo? ¿Cuál es su raíz y su semilla?” Y también: “¿De dónde viene, pues, el mal, si Dios hizo todas las cosas buenas y siendo bueno las hizo buenas? (...) Tanto el Creador como su creación son buenas. ¿De dónde procede el mal?” (Confesiones, ed. cit., p. 161/162.) La confesión –su mecanismo de explicitación extrema– lleva a San Agustín a escribir textos que parecieran acercarlo a espíritus como el de Kierkegaard o aun Dostoievski: “Todo esto revolvía mi espíritu, desdichado y entristecido sobremanera por las agudísimas preocupaciones que el miedo a la muerte y el no haber encontrado la verdad le causaban” (Confesiones, ed. cit., p. 162). Finalmente, habrá de calmarse. Todos necesitan encontrar paz para su espíritu y acaso más un hombre ligado a una concepción de lo sagrado sin contradicciones internas. Es decir, Dios no puede ser malo ni crear el Mal. ¿Quién queda? El hombre, claro. Agustín habrá de recurrir al mito del pecado. El Mal existe porque el hombre ha pecado; idea que habrá de redondear –con menos dudas y desgarramientos– San Buenaventura: el Mal existe porque el hombre ha obrado por causa de sí y no por causa de Dios, y esto es el pecado. Los teólogos son los abogados de Dios. Consagran sus vidas a demostrar su inocencia. A explicar cómo en un mundo arrasado por las atrocidades aún debemos creer en un Dios bueno e inteligente, que quiere lo mejor para nosotros. Y la más efectiva y –sin duda– espectacular de las pruebas que han presentado los abogados de Dios... es el Diablo. La historia del Diablo es inabarcable y deslumbrante. Baudelaire dijo esa frase célebre: que la gran ventaja del Diablo es que la gente no cree en él. Y Bram Stoker la retoma en Drácula: la gran ventaja del vampiro (ese perfecto matiz del Diablo) es que nadie cree en él, dijo. Y luego Freud y el inconsciente. Digámoslo: el inconsciente freudiano es el Diablo. Es lo que se oculta, lo que se niega desde la razón, lo que viene a alterar el calmo universo de lo consciente. Y el nihilismo nietzscheano alcanza su más explícita altura demoníaca cuando postula la muerte de Dios. Nadie ha postulado la muerte del Diablo. Busquemos ayuda en la palabra. Esa palabra, Diablo, debe venir de alguna parte y su procedencia alumbrará una que otra cosa. “El inglés devil (escribe Jeffrey Burton Russell en El príncipe de las tinieblas), como el alemán teufel y el diablo español, derivan todos del griego diabolos, que quiere decir ‘calumniador’, ‘perjuro’ o un ‘adversario’ en la corte. Este nombre fue aplicado por primera vez al Diablo en la traducción al griego del antiguo Testamento (siglos II y III a. C.), en correspondencia al término hebreo satán, que significa ‘adversario’, ‘obstáculo’ u ‘oponente’”. Ya lo tenemos a Satán en el lugar adecuado: es el enemigo de la corte. El que vino a arruinar la beatitud de Dios y sus ángeles, esa siesta sin conflictos, ese escenario sin drama alguno. El Diablo introduce el drama, que surge, siempre, del conflicto. Goethe, al escribir el Prólogo en el Cielo (que abre el Fausto y se inspira en el Libro de Job, como tantas otras cosas), nos presenta al Diablo (Mefistófeles, aquí) en el ámbito de la corte celestial. Goethe lo exhibe cómodo al Diablo, incómodo a Dios. El Diablo está de visita en el Paraíso, sus diálogos con Dios no son frecuentes. De este modo –cuando Dios y los Arcángeles se dispersan–, dice en soledad: “De cuando en cuando pláceme ver al Viejo y me guardo bien de romper con él” (Goethe, ob. cit., p. 117.) Sin embargo, ¿hasta qué extremo punto no ha roto con el buen Dios un ángel que se atreve a decirle el Viejo? Hoy se nos postula un nuevo paraíso. El capitalismo (con su poder mediático e informático) dice ser lo Unico. Dice ser el Cielo. Todo pensamiento que se postule como lo Uno se postula como Dios. Como lo bueno y como lo mejor. Se trata, entonces, de construir la alteridad. Bien manejada, la diferencia derrideana puede presentar estimulantes aristas demoníacas. Porque de eso se trata: de construir la diferencia, de impulsar el acto rebelde y fundacional que proclame lo Otro. Y lo Otro es el Diablo. ¿Cómo no habríamos de creer en él? http://www.pagina12.com.ar/fotos/thumb/232/20060611/notas/NA40FO01.JPG Severino di givanni http://www.italianosenamerica.com/site/historias/images/severino6.jpg

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