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elledany

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Primer post: 29 sept 2018Último post: 1 oct 2018
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No somos todos negros pero si somos todos
No somos todos negros pero si somos todos
OfftopicporAnónimo9/29/2018

¿ Qué es comer sano y saludable ? Como regla general, debes escoger alimentos que sean bajos en grasas saturadas y en colesterol. También debes limitar tu ingesta de azúcar y sal. Debes comer más alimentos con fibra, como frutas, vegetales y cereales. Haz variaciones en tu dieta habitual y procura comer de todo ..... o no , tal vez ....... El Insigne Dr. Stanislaus Masturbieren nos ilustra : Desde Estados Unidos hasta Malasia, pasando por el norte de África y la India, los genitales masculinos son consumidos, en su mayoría, por hombres que creen que mejorarán sus atributos. Tal vez, por esta misma razón no sea tan popular consumir los genitales femeninos. Y si no fijense ..... no te comés el mejillón y tirás la concha ? Francia: rougnons blancs ('riñones blancos') Son típicos huevos de cordero (en la foto), pero también los de toro, los de pato y los de pavo. Hay un sinfín de formas para comerlos, pero las más populares suelen ser bien fritos, a la plancha o estofados, chicas ..... ya no hay freirse una teta ..... Italia: lattume En Sicilia es popular comer los sacos de esperma de atún secos y curados, como si fuera un embutido cualquiera para degustar solo o con pan. Rusia: moloka Es el esperma o lecha del arenque, que se come escabechada. China: dragón en llamas de deseo y H? bi?n t?ng La primera, una sopa con pene de yak y la segunda, con el de un tigre. En China, por influencia de la medicina tradicional (como se explica más adelante) se consumen los penes de muchos animales: de yak, de tigre, de foca canadiense, de burro, de caballo, de perro ruso y de cabra mongola, por nombrar unos cuantos, según cuenta Robert Rotenberg de la DePaul University en Udders, penises and testicles. De hecho, hay un restaurante especializado en cocina con penes llamado Guolizhuang. Hungría: kakashere pörkölt Es un estofado de turmas de gallo con mucha paprika y pimientos. Japón: shirako (‘niños blancos’) Con este nombre llaman en Japón al esperma del bacalao, del rape o del pez globo y se puede consumir en tempura, en salsa o crudo, en el sushi. Malaysia: sup kambing torpedo Es una sopa elaborada con el pene de un toro como ingrediente estrella y aderezada con tomates, pak choi y garam masala. Antiguo califato árabe: criadillas de toro Crudas o secas, eran lo que recomendaba la medicina islámica, en concreto, Mensué El Viejo entre los siglos VIII y el IX. ¿Cuál es la explicación a todo esto? Ya en tiempos de los romanos la medicina contemplaba una cura especial para todo tipo de dolencias: la organoterapia. Así lo cuenta Jerry Hopkins en Extreme Cuisine: “se creía que comer el órgano sano de un animal podría curar las dolencia que afectara al órgano humano correspondiente”. Así, si tenías cólicos en el riñón, tenías que comer riñón. Y si tenías disfunción eréctil o esterilidad, tenías que comer el pene y los testículos del animal de preferencia en tus tierras. En esto estaban de acuerdo los sabios de la medicina china: contemplaban que cada órgano iba asociado a las energías del yin o el yang y que las enfermedades se debían a un desequilibrio de las mismas. Así, la impotencia sexual se relacionaba a una falta de yang, la energía caliente, y hacía falta comer el órgano más cargado de yang que existía: el pene. No es de extrañar que en China comer pene se considere mejor que tomar viagra, según explica la etnógrafa y desolada Carole Counihan de la Universidad de Millersville para National Geographic. Sin embargo, se ha comprobado que esta correlación no existe: comer los testículos o el pene de un animal no favorece a los testículos ni al pene de su comensal. ASI QUE ...... si se la come es porque le gusta ! Usted se preguntará cuáles son los platos preferidos del Dr. ? Si el Dr. ....? Si algún creativo con iniciativa visitante de la página se pregunta qué come .... sépalo . El Dr, Stanislaus Masturbieren zafa , es vegetariano ... come nabos, zanahorias, batatas, choclos .... como usted ..... GRACIAS POR COMPARTIR ! !

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Ad illum bombulum
OfftopicporAnónimo10/1/2018

Bueno .... tarde al pedo , noche al pedo , obvio , sale post al pedo. Eso significa el título en latín " El pedo existe " , veamos ....... Poné play plis ........ link: <iframe width="640" height="480" src="https://www.youtube.com/embed/oiZPP4NOolQ" frameborder="0" allow="autoplay; encrypted-media" allowfullscreen></iframe> Aterrado, he leído que en Malawi está prohibido tirarse pedos en público desde 2011. Uno debe buscar un cuarto de baño cercano, y una vez allí, consumando un placer privado y universal, ventearse a gusto entre los aromas de otros rectos cumplidores de la ley. El motivo lo explicaba George Chaponda, ministro malauí de Justicia y Asuntos Constitucionales —el tema no merecía ser ventilado por un cargo inferior— en una entrevista concedida a la emisora Capital FM: «El gobierno tiene derecho a asegurar la decencia y el orden. La medida está dirigida a moldear a los ciudadanos para que sean responsables y disciplinados, porque los pedos se pueden controlar». Una afirmación, esta última, en torno a la que siempre ha girado la controversia. Camilo José Cela, sin ir más lejos, no dudaba en afirmar que la represión de las ventosidades era causa de daño cerebral. El propio Tiberio Claudio, el mismo año que fue coronado emperador, se vio obligado a publicar el edicto Flatum crepitumque ventris in convivio mettendis, destinado a regular la libre expulsión de gases, tras observar que algunos de sus súbditos se habían resignado a fallecer con terribles dolores intestinales antes que peerse en su presencia. También otros como Erasístrato o Galeno pontificaron sobre lo perjudicial que es aguantarse un pedo. E incluso ustedes mismos habrán advertido en alguna ocasión esa revolución interior, como de animal enjaulado, que uno siente cuando aprieta las nalgas y estrangula el gaseoducto. Lejos de poder controlarse, cuando las entrañas comienzan a carburar, la evasión es irrefrenable. El pedo transeúnte, por oposición al domiciliario, es una forma pagana de pecar. Pero ello no implica que todos podamos ser santos. Los códigos estéticos y morales, como los programas electorales, están para ser incumplidos. De hecho, si lo analizamos con seriedad, tirarse un pedo en público es en realidad una cuestión de libertad de expresión. Y acaso en su sentido más literal. «Expresión», como la propia palabra indica, significa lo contrario a «presión» —si algún filólogo se atreve a negarlo será porque, evidentemente, no está en su sano juicio—. Expresión. Lo que antes era presión, ya no lo es. De ahí que pitar al himno nacional antes de un partido se considere también un ejercicio de libertad de expresión, ya que los aficionados se liberan de la presión producida por las instituciones del Estado, que viene a ser como un padrastro cabrón. Un ejemplo gráfico de todo ello es la tetera que silba cuando ya no puede más, expulsando el vapor por el orificio diseñado a tal efecto. Igual que los pedos, vamos. Cuántas veces ha sido celebrado el cuesco público a lo largo de la historia. Como explica Rubén Monasterios en Apología de la flatulencia, fue quizá el Renacimiento el escenario inaugural de su reprobación, y Erasmo de Rotterdam el primero de sus opositores. En De civilitate morum puerilium, el filósofo decreta que los niños deben «retener los gases comprimiendo el vientre para no ofender a los presentes». Pero es en la Edad Contemporánea cuando se recrudece la censura, por asociación entre las ventosidades y las costumbres del Antiguo Régimen, desdeñadas a partir de la Revolución francesa. Antes de eso, la aceptación y aclamación del pedo era costumbre general. Todavía hoy se conservan unas tablillas sumerias dedicadas al conquistador de Uruk: «Al gran Lugalzagezi, ya que cuando estalla su viento es como el vapor que se escapa del vino hervido». Los moabitas, a su vez, adoraban a Baal-peor, a quien rendían culto arrodillándose en el suelo con el culo en pompa para, tras colocarse todos en semicírculo con el ano orientado hacia la imagen del dios, exhalar flatulencias al unísono. Los romanos, por su parte, alababan a Crepitus, al que ofrecían sus pedos y eructos durante las bacanales, y que probablemente se inspiraba en el dios egipcio Krep-ra, que era ofrendado con los excrementos de sus fieles. Pero no hace falta remontarse tanto tiempo atrás. En la corte de Luis XV, la nobleza acostumbraba a peerse sin remilgos en sus visitas a palacio, y nada era más apreciado que obtener del rey otro pedo como respuesta, lo cual era aplaudido y celebrado con alborozo. Aunque quizá sea más llamativa la costumbre medieval inglesa por la que el día de Navidad, a modo de festejo, los vasallos debían desfilar ante el monarca y pegar un salto, eructar y tirarse un pedo. Pero si la cosa va de reyes y flatos, urge recordar a Quevedo. En cierta ocasión, paseando con Felipe IV, al autor madrileño se le desató un zapato subiendo una escalinata. Cuando se agachó para abrocharlo, el rey, que caminaba detrás de él, le pegó un manotazo en el culo como reproche por haberle colocado las nalgas frente a la cara, a lo que Quevedo contestó despachándole en los morros un tremendo pedo. Sabedor de que el cabreo real sería mayúsculo, el escritor pretextó: «¿A qué puerta llamará el rey que no le abran?». Y ahí quedó la cosa. La esencia intangible del pedo siempre pareció interesar a Quevedo. En Disidencias (Seix Barral, 1978) Goytisolo señala que «los críticos y estudiosos de la obra de Quevedo acostumbran a esquivar con un mohín de disgusto la obsesión escatológica del escritor o la despachan con unas breves frases condescendientes, cuando no francamente condenatorias». Para Goytisolo se trata de un tema fundamental en la obra de Quevedo que no ha sido tratado aún «con la seriedad que merece». Lo encontramos en su prosa, como por ejemplo en Gracias y desgracias del ojo del culo, pero también en sus versos. Las ventosidades están presentes en sus sátiras y en varios de sus epitafios, así como en sus enigmas y romances. Célebre es el soneto conocido como «La voz del ojo», donde, atribuyendo a las flatulencias la capacidad de dispensar la muerte y dar la vida, facultades propias de reyes, compara a todos los monarcas con un culo. Asimismo, el enigma 629, cuya respuesta es las nalgas, termina diciendo: Un eco es nuestra voz, de que, ofendidos, y con razón, se muestran dos sentidos; y así la urbanidad, aunque forzadas, nos tiene a soliloquios condenadas; es al fin nuestra vida, por recoleta, siempre desabrida. Sin embargo no es Quevedo el único pedorro célebre cuyas anécdotas gaseosas han alcanzado notoriedad. El ensayo El beneficio de las ventosidades de Jonathan Swift (Sexto Piso, 2009) viene precedido por un breve Tratado sobre los gases escrito a finales del siglo XVIII por Charles James Fox, en el que, después de inventariar y describir las diferentes clases de pedos, distinguiendo el pedo sonoro y rotundo (o pedo vehemente), el pedo doble, el pedo de lento silbido, el pedo mojado y el pedo sombrío y de poca fuerza, enumera una serie de episodios flatulentos de cierta consideración histórica protagonizados por lo que el célebre político británico denomina «zullencos eminentes«. El tratado se inicia con un prólogo del propio autor, a modo de carta dirigida al presidente de la Cámara de los Lores. «Varios de vuestros pares me han contado que Su Señoría se tira pedos, sin reserva alguna, al ocupar el asiento oficial de la asamblea de nobles. Esto demuestra la sinceridad y la imparcialidad de Su Señoría», comienza diciendo el primer párrafo. Estoy, en este punto, totalmente de acuerdo con Fox, que destaca la sinceridad del pedorro, alguien que no se guarda ni oculta nada, en un sentido equiparable a cómo, en mi opinión, es el pedo un ejercicio de libertad de expresión. Coincido igualmente en su carácter imparcial, pues no puede haber sentencia más injusta, y por tanto igual de ecuánime para todos, que una ventosidad inapelable. Continúa el autor con una afirmación: la de que admira la espléndida naturaleza en todas sus manifestaciones, y que detesta a esas personas despreciables y afectadas que la constriñen y la corrigen en cualquiera de sus formas. No cabe duda de cuánta sabiduría encierran estas palabras. Por citar algunas de las anécdotas relatadas en el libro, mencionaré la del señor que exhaló nueve flatulencias cuando el reloj dio las nueve, la del juez Robert Price, que tenía por costumbre aromatizar su sala después de cada sentencia, y la del vigoroso Higson, que apostó que sería capaz de apagar veinticuatro velas con veinticuatro pedos, y aunque apagó las veinticuatro, en lo que a gases se refiere solo pudo expulsar veintitrés. La extición de la última llama, por desgracia, corrió a cargo de un sólido. Error de cálculo. Los pedos que han pasado a los anales de la historia, no obstante, han sido otros. Uno de ellos sirvió a Heracles para llevar a cabo su quinto trabajo, que consistía en limpiar en un solo día los malolientes establos de Augías, cuyo hedor impregnaba todo el Peloponeso. Se bajó los calzones, asomó el culo, y los establos quedaron como una patena de un solo resoplido anal. De los cuescos de Ulises nos habla Homero en La Odisea, al describir cómo inflaba las velas de su barco mediante pedos colosales cuando se quedaba sin viento en la popa. Incluso en la Biblia se hace referencia a las ventosidades de Sansón, con las que desplazaba de un golpe intestinal a varias docenas de filisteos. Pero quizá los pedos más llamativos hayan sido los de Joseph Pujol, conocido como Le Pétomane. Músico francés descendiente de catalanes, llegó a interpretar sus composiciones en el Moulin Rouge y el Thé"tre Pompadour. Tocaba la flauta, la trompeta, la tuba y otros instrumentos de viento, con la particularidad de que lo hacía con el culo. Mediante un tubo de goma introducido por el ano en un extremo y por la boquilla del instrumento en el otro, le bastaba con peerse para hacerlo sonar, una habilidad fenomenal con la que demostraba superar las condiciones de la naturaleza humana hasta lo indecible, ya que era capaz incluso de interpretar la Marsellesa sin detenerse. Su fama traspasó fronteras y hubo otros que se interesaron por esta forma de hacer música y hasta lo imitaron. Uno de ellos, como no podía ser de otro modo, fue Dalí, aunque jamás pasó de ser un principiante. Cuenta su secretario, Robert Descharnes, que cuando el pintor conoció a Jordi Pujol en 1981, su apellido le hizo pensar que quizá le agradaría recordar las artes gaseosas del otro Pujol, por lo que le hizo pasar a una sala, lo sentó frente a un cuadro y colocándose a su lado y de espaldas a él, le soltó en la cara un extraordinario pedo. Si las habituales declaraciones del genio de Figueres alabando a Franco no allanaban el camino para una relación cordial con el president de la Generalitat, desde luego sus flatulencias tampoco. Lo cual, por cierto, es algo que no comprendo. En el librito en el que Bioy Casares recoge sus conversaciones con Borges, publicado en 2006 por Destino, hay un diálogo sobre Octavio Paz y las ventosidades que siempre me ha llamado la atención. Bioy apunta: «Octavio Paz envió a Sur un poema de amor con el verso “tus pedos estallan y se desvanecen”». A lo que Borges contesta: «Se verá a sí mismo como un conquistador de nuevas regiones para la poesía… Qué regiones». «Menos mal que se desvanecen», finaliza Bioy. De nuevo, nos encontramos con la burla y la censura del cuesco, incluso del cuesco poético, como si se tratase de algo zafio o infame. Hemos visto que los pedos son símbolo de sinceridad e imparcialidad, ejercicio de libertad civil, herramienta artística, motivo histórico de regocijo e incluso elemento de oración. Ya en el año 420 a.C. Hipócrates recomendaba que «si es posible, es preferible liberar la ventosidad silenciosamente. Pero mejor que contenerla y acumularla internamente es liberarla con ruido». Aguantarse un pedo, por tanto, no solo me parece una imprudencia y un atentado contra la propia integridad física, sino una grosería propia de hipócritas, egoístas y embusteros que solo piensan en su propia imagen y prefieren ignorar la historia, la ciencia y el arte antes que traicionar un convencionalismo ridículo y anticuado. Tírense ustedes todos los pedos que quieran. Hablen públicamente sobre flatos y ventosidades. Aquí disponen de todos los argumentos necesarios para cargarse de razón. No permitan que una panda de sibaritas les afeen la flatulencia en la mesa, el ascensor, el coche, el bar o el trabajo. Son ellos los maleducados. Es a ellos a quienes debería dar vergüenza tratar de dominar, oprimir y apretar la naturaleza humana como si fuesen dioses. Olvidan que el pedo, etéreo y volátil, es la viva imagen de la pureza. La voz interior que no podemos evitar escuchar, que diría Machado. Escribe Quevedo en Gracias y desgracias del ojo del culo: «Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento». Prueba de amor. Superad eso, estirados de Malawi. Y recordad: el que primero lo huele, debajo lo tiene.

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