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Usuario (Colombia)
"Las mujeres son histéricas". Algunas más y otras menos. Así dice la sabiduría popular y quizás sea una de las frases más enervantes que una mujer pueda escuchar. Pero lejos de la denostación que implica esta relación con la histeria, algo hay de cierto en este cuento: está muy bien documentado que las mujeres son más ansiosas y nerviosas que los hombres. Sin embargo, lo que hoy se sabe es que eso tiene bien poco que ver con las hormonas o con la biología femenina. Las verdaderas responsables son la sociedad y las expectativas que moldean el comportamiento de las mujeres, incluso desde que son muy pequeñas.El libro de la investigadora y experta en trastornos de ansiedad de la Ucla, Michelle Craske, es muy claro en este punto. En Los orígenes de las fobias y los desórdenes de ansiedad: Por qué más mujeres que hombres, la psicóloga asegura que, contrario a lo que se cree, en los primeros meses de vida son los niños, no las niñas, los que necesitan mayor contención emocional. Esta tendencia se mantiene inalterable hasta alrededor de los dos años. Recién en ese momento, las mujeres pasan a la delantera y despliegan, con mayor fuerza, lo que los psicólogos conocen como "afectividad negativa", que incluye estados como la rabia, el disgusto, la culpa, el miedo y el nerviosismo. Según la investigación de Craske, este cambio ocurre aproximadamente "a la misma edad en que los efectos de la socialización de género se hacen evidentes", o sea, cuando los niños y niñas comienzan a comprender que se los trata de diferente forma dentro de la familia.Es precisamente este aspecto, la crianza, el que lo define todo. Otro estudio, dirigido por el investigador de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, Rob McGee, señala que hasta los 11 años, los hombres y las mujeres tienen posibilidades muy parecidas de desarrollar un trastorno de ansiedad. Sin embargo, ya a los 15 años, cuando son mucho más evidentes las divergencias en las expectativas que pesan sobre ambos sexos, ellas tienen seis veces más posibilidades de llegar a cuadros ansiosos.El periodista y autor del libro Nervio: equilibrio bajo presión, serenidad bajo estrés y la nueva ciencia del miedo y la tranquilidad, Taylor Crak, refuerza a La Tercera la idea del peso de la crianza, ejemplificada en lo que él denomina "efecto de la rodilla raspada". Este concepto se refiere a las diferencias con que los padres enfrentan las manifestaciones emocionales de sus hijos e hijas. "Si una niña se cae (se raspa la rodilla) y llora, los padres la acogerán y le darán atención, mientras que a los niños que hacen lo mismo suele decírseles que se aguanten", explica Clark. Y con el tiempo, hay buenas posibilidades de que esto haga que las niñas estén más predispuestas a reaccionar con preocupación y ansiedad, "sabiendo que a cierto nivel, esa respuesta les ha asegurado la atención de su mamá y papá en el pasado".Pero algo hay que concederle a la biología. Un estudio, de 2010, de la Universidad Estatal de Florida, realizado con cerebros de roedores, mostró que la mayor cantidad de testosterona liberada en los cerebros de los ratones machos parece darles una mayor amortiguación frente a la ansiedad que el que ofrece el de las ratas hembras. No obstante, como en todas las predisposiciones biológicas, esto es sólo una potencialidad. La psicóloga de la Universidad de Cambridge, Terri Apter señala a La Tercera que el ambiente siempre tiene algo que decir en nuestra historia. "Cómo respondemos a las cosas que ocurren en nuestro ambiente influencia nuestras hormonas. De este modo, ver una correlación entre la ansiedad y las hormonas no muestra que las hormonas causen ansiedad; es más, la ansiedad puede gatillar la producción de algunas hormonas relacionadas con este estado".Y esto ocurre incluso en las mujeres que se resisten al estereotipo. En un estudio dirigido por la investigadora de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, Barbara L. Fredrickson, se le pidió a hombres y mujeres que completaran una prueba de matemáticas. Un grupo mixto debía usar traje de baño y el otro podía vestir un chaleco. ¿El resultado? Las mujeres en traje de baño se desempeñaron mucho peor que aquellas que usaron chaleco, pero en los hombres la ropa no tuvo ningún efecto sobre su desempeño. Esto comprueba, dice Apter, que "el efecto del estereotipo lleva a que la gente crea que el estereotipo es correcto. A la vez, éste autorefuerza", que es lo que le ocurrió a los hombres del experimento.Esta tendencia está tan extendida en nuestras sociedades, que incluso frente a respuestas emocionales equivalentes entre hombres y mujeres, ellas terminan siendo vistas, y viéndose a sí mismas, como más emocionales. Así lo detalla un estudio de las investigadoras Lisa Feldman (Boston College), Lucy Robin (U. de Indiana), Paula R. Pietromonaco (U. de Massachusetts en Amherst) y Kristen M. Eyssell (U. Estatal de Pennsylvania), que señala que ellas, a la hora de recordar eventos pasados, se describen como "más afectivamente intensas, abiertas y sensibles a sus sentimientos, ansiosas, tristes y felices" que los hombres, algo que no concuerda con la medición de sus reacciones en el presente: en ese momento, ellas parecen reaccionar de manera similar a su contraparte masculina.Pero el mundo ha cambiado, y pudiera pensarse que en una cultura que avanza hacia un equilibrio cada vez mayor en la valoración de hombres y mujeres, esta tendencia debería disminuir. Sin embargo, Taylor Clark afirma que cada vez es más frecuente la "aceptación de la expresión emocional (para hombres y mujeres), así que no me puedo imaginar a una sociedad que desincentive que las mujeres expresen lo que sienten". Muy por el contrario, si se produce una reversión en la tendencia, debería ser por el lado de los hombres, algo que Clark ve con esperanza, pues considera necesario combatir "el tremendo estigma asociado al miedo en nuestra cultura, esa falsa idea de que el temor y la ansiedad son muestras de debilidad, y que son un enemigo al cual debemos combatir". .