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Primer post: 25 abr 2015Último post: 21 jun 2015
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¿Por qué comes carne?
EcologiaporAnónimo6/21/2015

Es imposible que una persona disfrute alimentarse, con la carne ensangrentada de un animal. Tragarse el alma de un ser vivo que fue salvajemente violentado, sacrificado y despellejado, para complacer el apetito caníbal masticado por la gran Sociedad Moderna, solo demuestra la cobardía, la ignorancia y la miseria espiritual, que habita en los corazones malsanos de la gente común y corriente. ¿Usted tiene un corazón malsano? Llevarse a la boca el destino fatal de un indefenso animal, deja un sabor amargo en el paladar de los inconscientes comensales, quienes derrochan grandes sumas de dinero putrefacto, para que el cordero de dios les quite el pecado de la lengua, la indigestión del estómago y el sarro de los dientes. Algunos dicen que comer carne atrae la mala suerte, el cáncer y la muerte. Otros afirman que la carne atrae la felicidad, el éxito y la buena vibra. ¿Quiénes tendrán la razón? Casi todo el Mundo come carne. Ya sabemos que más de 300 millones de toneladas de carne se consumen anualmente, que cada año más de 950 millones de personas sufren de hambre crónica en el planeta, y que cada día mueren más de 15.000 niños por no tener un plato de comida en sus mandíbulas. Una vez más, usted tiene el privilegio de pertenecer a la gran Sociedad del Consumo, del Derroche y del Descarte, para que los desperdicios del desayuno, del almuerzo y de la cena, terminen agudizando la crisis socio-económica que se esconde en el contenedor de la basura. Poco importa si se trata de carne de cerdo, de vaca, de oveja, de caballo, de cabra, de conejo, de búfalo, de panda, de burro o de cadáveres humanos, porque cuando las cabezas de ganado vacuno, ovino y porcino se entrecruzan con la lana del rey, entonces quedamos intoxicados por la alta cantidad de mioglobina, de hierro, de benzopireno y de grasas saturadas que ostentan las carnes rojas, blancas y negras. Las amas de casa, los ingenieros, los abogados, las secretarias, los estudiantes, los políticos, los maestros y los comerciantes, sienten el derecho y el deber de comerse la carne proveniente de los mataderos. Niños, jóvenes y adultos, son consumidores adictos al bistec de palomilla, al lomito ahumado, al filete de basa, a las chuletas de puerco y a las albóndigas de res. Los ladrones, los secuestradores, los sicarios, los extorsionistas, los psicópatas y los violadores, también sienten el derecho y el deber de comerse un suculento pollo al horno, un solomillo de buey, un churrasco relleno de chorizo, unas salchichas de pavo y unos medallones de merluza. link: https://www.youtube.com/watch?v=WJAaHhUeb3Y ¿Qué relación existirá entre el mal hábito de comer animales, y las injusticias sociales que padecemos a diario? Vivimos atorados en un gigantesco Wall Street llamado planeta Tierra. Aquí la vida se gana o se pierde por la calidad de los billetes en mano. Todo es un bendito negocio lleno de genocidios, de ecocidios y de biocidios. Por eso, la música, el deporte, la educación, el trabajo, el amor, y hasta la carne que comemos en el hogar, en la oficina, en el parque, en los restaurantes, en los autobuses y en los mataderos, representa cada uno de los agitados tentáculos que mueven al sistema financiero global. Precisamente, en los arquitectónicos mataderos que engalanan la geografía de la Tierra, se corrompe el derecho a la vida que posee cualquier especie animal. A diario, se envenenan, se mutilan y se decapitan las entrañas de millones de Seres Vivos, que no contaron con la astucia ni con la misericordia del Diablo capitalista. Con aturdimiento eléctrico, con disparos al centro del cráneo, con salvajes cuchillazos, con pistola de bala cautiva, con series de estrangulamiento, con malditas motosierras o con simples machetazos, los animales de granja se transforman en una costosa mercancía que permanece obediente en su corral, hasta que finalmente son colgados, degollados y evaporizados, para que la frescura de las vísceras, de las pieles y de los huesos, sean del agrado de todos los enérgicos clientes del rebaño. Lamentablemente, las cámaras de refrigeración no pueden congelar el apetito caníbal de la masa obrera que se encarga de cortar, empaquetar, almacenar y esperar que los camiones, transporten el biocidio hasta las carnicerías, charcuterías, supermercados y frigoríficos de nuestras ciudades, donde se comercializará cada lágrima del reino animal, que será comprada por los ansiosos consumidores, quienes sorprenderán con un platillo especial a sus esposos, hijos, amigos, vecinos y colegas del trabajo. Lo peor, es que los mataderos presentan condiciones insalubres para procesar la carne, lo que se traduce en enfermedades para los deshumanizados trabajadores y para los asquerosos consumidores, que incluyen el temido contagio de salmonela, Shigella y de la bacteria E. coli. Recordemos que a los animales se les inyectan hormonas artificiales de crecimiento para elevar la producción de carne, generando la contaminación por microorganismos ante la falta de control sanitario y por la ausencia de medidas de higiene laboral, que son evitadas en la mayoría de los mataderos de la industria cárnica global. link: https://www.youtube.com/watch?v=c0XaFuNM4v0 El multicultural Diablo capitalista, va llenando de alegría la cocina, la mesa y los platos de las familias en América, en Europa, en África, en Asia y en Oceanía. Nuestra ambición rompe las fronteras y no conoce de límites. Queremos el hígado, las costillas, las piernas, el rabo, los cuernos, los ojos, el sebo, las alitas, el corazón, las aletas, la saliva, las espinas, las patas, el hocico, los huevos, las uñas, el ombligo, los muslos, las plumas, y hasta el excremento de los adorables animalitos, que será posteriormente hervido, horneado, asado y recrudecido por la paila del mejor menú gourmet. La vida no es suficiente fortuna, para satisfacer los bajos instintos del Homo Sapiens. Un nuevo platillo, una nueva receta, un nuevo aroma y un nuevo mesonero que tomará la orden de los hambrientos comensales. En nombre de falsos afrodisíacos, de arcaicos remedios caseros, de vagas supersticiones y de una triste curiosidad felina, nos atrevemos a consumir a ciegas el sagrado prepucio de la inmoralidad, de la retaliación y de la clásica estupidez humana. Dicen que es de mala educación poner los codos en la mesa, pero mayor descortesía es asesinar con beneplácito a un animalito, por el deseo carnívoro de nuestras agrietadas papilas gustativas. El resultado de ese tortuoso calvario en los mataderos, se enfatiza con cada gemido de dolor que se escucha a plena luz del Sol y a plena luz de la Luna. Quizás usted desconoce que la carne procesada contiene distintas sustancias químicas nocivas para la salud humana, como el amoníaco, el monóxido de carbono, las nitrosaminas y la peligrosa “baba rosa” o ano de vacuno pulverizado, que es un aditivo empleado para que los recortes de carne barata descompuesta, sean reutilizados en aras de su posterior venta al público. Todo el arsenal de químicos suministrado a la carne, pretende engañar al olfato de los consumidores, para que no intuyan las bacterias, las larvas y los gusanos que se reproducen dentro del material cárnico, lo cual podría afectar la demanda de los kilos de carne en nuestros países. Después de leer las escalofriantes historias de exterminio animal que ocurren en los mataderos, hay que tener el corazón de piedra para no lanzar el cuchillo, el tenedor y la cuchara en el furioso suelo. Algunos ciudadanos se asustan tras escuchar la verdad oculta en los mataderos, por lo que deciden no seguir comiéndose la vida de un pobre angelito. Hay otros compatriotas que se mofan de esos exagerados cuentos chinos, y siguen comiendo carne con absoluta paz interior. ¿Usted se mofa o se asusta del delito? La gente no es tonta. Cuando las personas van a la carnicería y piden el bistec, la pechuga o las tripas, saben de antemano que están pagando por la trágica muerte de un animal. A ellos les gusta mirar fijamente a los animalitos, que son guindados y exhibidos como trofeos en los supermercados. Los tocan, los huelen, los ambicionan. Los clientes quieren quedarse con el mejor cuero del matadero, para justificar cada jugoso centavito gastado en la nutritiva víctima. Dichos animales, son mucho más inteligentes que sus depredadores de turno, ya que no se oponen a ser vendidos, comprados y sazonados en un infernal sartén de acero inoxidable. Ellos esperan que los comensales despierten, reflexionen y eviten ingerirlos. Pero, como los comensales no fueron testigos de la demoledora matanza ocurrida en el matadero, pues se sienten autosuficientes para cocinar y comer la carne molida sin remordimiento en la panza. Sin embargo, la culpa entra por nuestra garganta, y se deposita en lo más profundo del cuerpo humano, buscando que los parásitos se transformen en una gastritis aguda, en molestas hemorroides, en cuadros de estreñimiento y en incontrolables flatulencias. A su vez, el consumo de carne procesada segrega una gran cantidad de toxinas, que predispone un comportamiento agresivo y vengativo en los comensales. Usted piensa que todo se resuelve con una burbujeante pastilla de Alka-Seltzer, con 24 horas de gula en el claustrofóbico gimnasio, o comprando en la farmacia un explosivo cóctel de enemas. Pero no debemos olvidar que la carne produce un irreparable daño en las paredes intestinales, malogrando nuestro sistema digestivo, y deteriorando el funcionamiento de los riñones, del hígado, del colon y de la vesícula. En caso de llevar un estilo de vida sedentario, el consumo de carne puede agravar enfermedades cardiovasculares en las personas, que se paga con la obesidad, con el reumatismo, con jaquecas, con hiperhidrosis y hasta con infartos. link: https://www.youtube.com/watch?v=VkzbY3B7VPY Si la carne es tan negativa para nuestra salud, surgen las necesarias interrogantes ¿Por qué seguimos comiendo kilos y más kilos de carne? ¿Será que nos gusta consumir la maldad? ¿Qué motivos nos obligan a continuar honrando la muerte de un animal? La verdad es que nosotros NO tenemos la culpa del ecocidio perpetrado. El problema radica en el gran negocio mundial que representa consumir carne, y que nos venden a través de un constante bombardeo publicitario en la TV (telenovelas, películas, concursos), en los letreros a full color que se visualizan en las calles, en la santa misa oficiada en las iglesias, en los pasillos de los centros comerciales, y con el resto de mensajes subliminales que nos llevan a idolatrar un estilo de vida carnívoro, sanguinario y fraudulento. Sin darnos cuenta, malgastamos el dinero comprando kilos y más kilos de la sabrosa carne, que nos roba el sueldo obtenido con el sudor de nuestra frente, que nos arruina el placer sexual por la esterilidad devenida de su exagerada ingesta, y que nos esclaviza a vivir presos en las mismas jaulas donde se engorda al exquisito ganado. Por ese motivo, muchísimas personas asisten con alegría a las terribles corridas de toros, a los circos que ridiculizan y castigan con latigazos a los animales, a las clandestinas peleas de gallos, a las lucrativas carreras de caballos, a las callejeras peleas de perros, y a cualquier otro evento de extrema crueldad animal, en el que los espectadores no sienten un ápice de arrepentimiento por tanta violencia en contra de la fauna universal. No existe compasión, empatía o rechazo ante el salvajismo que sufren los animales, porque saben que minutos después de consumir el mórbido entretenimiento frente a sus ojos, seguirán comiendo carne y celebrando la muerte en los establecimientos de Mcdonald's, de Burger King, de Kentucky Fried Chicken, de Subway, de Wendy's, y en los demás restaurantes de comida rápida. Vemos que la hipnosis colectiva sufrida por la Sociedad Moderna, se atreve a pagar y a disfrutar del perturbador bodrio caníbal, para enaltecer el pasado oscuro de los cavernícolas, de los trogloditas y de los primates, que se dedicaron a glorificar rituales, cultos y danzas, para acabar con el hambre y con la sed de las deidades, de los santos y de sus tribus. Aunque ya no necesitamos golpearnos la cabeza con un garrote en la jungla, seguimos disfrutando comer carne en nuestra selva citadina. Aunque ya no necesitamos la rueda para elaborar la hermosa alfarería, seguimos disfrutando comer carne en el asfalto de la carretera. Aunque ya no necesitamos cazar con arco y flecha a una ternerita, seguimos usando la puntería para comer carne a fuego lento. A todos nos dolió muchísimo el terremoto en Nepal de 7,9 grados, que cobró la vida de más de 7000 personas en abril del 2015, pero también nos duelen los más de 500.000 animales que mueren cada cinco años en Nepal, por culpa del festival de Gadhimai realizado en el pueblo de Bariyarpur, para que los devotos hindúes sacrifiquen la vida de la fauna, en honor a su poderosa diosa Gadhimai. Ese maquiavélico jolgorio en Nepal, se une a otros demoníacos rituales como la matanza de delfines en Japón, las ceremonias de Santería en Cuba, la cacería de focas en Canadá, o la Tauromaquia en Iberoamérica. Es increíble observar el nivel de hipocresía reflejado por un gran número de personas, que dicen ser “defensores” a capa y espada de los derechos de los animales, pero que jamás emplazan la falta de ética que cotejan a diario. Probablemente usted tenga como mascota a un perro o a un gato dentro de su casa, siendo el animalito favorito para llenar de ladridos y maullidos cada rincón de nuestras vidas. Los protegemos, les damos cariño y los llevamos al veterinario en caso de enfermarse. La ironía, es que todos los días nos alimentamos de la carne ensangrentada de otros seres vivos, que no tuvieron la suerte de encontrar un cálido hogar para vivir, y que demuestra el egoísmo y el cinismo de sus queridos verdugos. Basta con saber que en Vietnam se consume un promedio de 25 millones de ratas al año, y se sacrifican más de 5 millones de perros para alimentar de carne a los vietnamitas, pese a que China supera la cifra con sus más de 10 millones de perritos asesinados anualmente. Entre pieles, guantes, abrigos, cosméticos, cinturones, llaveros, zapatos, carteras y sombreros, queda claro que las prendas de vestir y los accesorios fashion, que llegan en calidad de importación hasta las tiendas de nuestras ciudades latinoamericanas, son una grandiosa oportunidad para que los hombres y las mujeres compren lo más nuevo de la temporada, e incluso, se alimenten con un delicioso platillo hecho con el pelaje, con la pesadilla y con la carne canina. link: https://www.youtube.com/watch?v=Mt8rbVVXrdg Los latinoamericanos nos sentimos chéveres preparando esa divertida barbacoa, que reluce bajo el inclemente sol de un fin de semana. El humo de la parrilla con carbón vegetal, la espectacular salsa de las brochetas, y las bebidas con altísima dosis de alcohol, se entrelaza con los chistes, las sonrisas y los relatos de nuestros invitados. Todos quieren comerse el premio, para no pensar en el baño de sangre. La ocasión es perfecta para olvidar la procedencia de la carne consumida, por lo que permitimos que las máquinas trituradoras de los mataderos, se entretengan con las escopetas de los cazadores furtivos, y con los esquizofrénicos dientes de ajo que figuran en la mágica velada. Como vemos, la carne es una gloria omnipresente en todo el planeta Tierra, pese a las negativas consecuencias ambientales que provoca su negocio. Es consabido que la actividad ganadera aumenta la tasa de deforestación a nivel mundial, por la expansión de la frontera agrícola que carcome las más de 13 millones de hectáreas de bosque nativo, que se pierden anualmente para fecundar la semilla del ecocidio. Además, se contaminan las fuentes de agua dulce y salada (ríos, lagos y mares), por la huella hídrica incrementada a pasos agigantados, para que tanto la economía de bajo impacto ambiental conllevada por los campesinos, como las tierras ancestrales pertenecientes a los pueblos originarios, se vayan quedando ahogadas con tanto efluente tóxico (heces fecales, orina, sangre), y por la retención de malos olores que polucionan los ecosistemas de sus regiones. Padecemos de un extremo caos ecológico, donde la Pachamama es la codiciada carroña que todos picoteamos, mordemos y despellejamos a mansalva, pretendiendo seguir con la aniquilación de los recursos naturales y con la destrucción de la rica biodiversidad de la Tierra. No podemos obligarte a que dejes de comer carne, pero confiamos en tu capacidad de discernimiento para comprender el significado holístico de mis laicas palabras. De todas formas, creemos que la buena salud del Ser humano se fortalece con la rutina del ejercicio corporal, con el pacifismo, con la tolerancia, con el altruismo y con buenos hábitos alimenticios. Cabe destacar, que el veganismo es la práctica de abstenerse del consumo de alimentos de origen animal, y prioriza el respeto por todas las especies de fauna que yacen en el planeta Tierra. Es la sabiduría de los inmortales. Una decisión que requiere de introspección en cada uno de nosotros, para NO caer presos en el círculo vicioso de maltratar a los animales, con el fin de obtener artículos de uso masivo, con el interés de asistir a shows circenses muy perjudiciales para la salud mental de las personas, y con las ganas de alimentarnos de la carne procesada por la Bestia. Preferimos una dieta llena de frutas, verduras, cereales y muchísimos deseos de apreciar el milagro fortuito de la vida. De allí, que cada 20 de marzo festejamos el Día Mundial sin Carne, instando a que la colectividad reflexione sobre el martirio que sufren los animales en los mataderos, y que NO siga siendo cómplice del crimen ecológico en contra de las especies de fauna. Esperamos que ese corazón malsano que no te deja comer en paz, se llene de amor, esperanza y respeto por la vida de todos los animales, evitando que palpite con la herida abierta de otro Ser Vivo en agonía, y buscando consolidar un modelo de vida ecológicamente sostenible y sustentable. Queremos que hoy te mires frente al espejo, reflejes tu propia verdad, y con los ojos bien abiertos me respondas ¿Por qué comes carne? http://tiempoconsciente.com/por-que-comes-carne/ Ekologia.com.ve

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Coca Cola, 100 años enfermando a la gente
Salud BienestarporAnónimo4/25/2015

“No es 100 años vieja, sino 100 años joven y 100 años nueva”. Con esas erráticas palabras la transnacional estadounidense Coca Cola, festeja el centenario de su icónica botella de vidrio Contour, que desde el año 1.915 viene lavándole el cerebro a toda la Humanidad, destruyendo la salud de sus inocentes víctimas, contaminando los recursos naturales del Medio Ambiente, y adorando ciegamente a la chispa del dios dinero, que le paga con religiosidad las infernales estrategias de marketing. Aunque comenzó siendo vendida en las farmacias de Estados Unidos, el tónico cerebral Coca Cola generaba una gran adicción al juntarse con la saliva, con la lengua y con la garganta de sus hipnotizados pacientes, por lo que el espíritu capitalista del farmacéutico Pemberton, convertiría el codiciado jarabe para la tos en el famoso refresco americano, que representa la máxima expresión cultural del gran pueblo estadounidense. ¿Por qué es tan oscuro el líquido de la Coca Cola? Si bien Samuelson intentó disimularlo con la elegancia de una silueta curva en relieve, no pudo limpiar la sucia imagen de la botella americana, que sigue siendo imposible de mirarla fijamente a los ojos, porque desconocemos el grosor de las cicatrices que burbujean en su turbio corazón. Yo me quedo admirando la forma y el fondo de la Coca Cola, solo para preguntarme ¿Cómo es posible que la gente ingiera litros y más litros de la atrofiada pócima mágica? Seguro que Dalí, Warhol, Baker y Rockwell se arrepienten de haber manchado el óleo y la tinta de sus obras de arte, con el simplismo taciturno de la estampida del buey. Si no entiendes el significado de mis laicas palabras, es porque te encanta beber y eructar con una refrescante Coca Cola en la palma de tu mano, mientras te rascas el trasero lleno de flatulencias y hemorroides con el imperdible control remoto, esperando disfrutar la televisión basura que entretiene desde el cómodo sofá de tu hogar. Dicen que el Universo es tan infinito como la ilimitada estupidez humana. Agua para que florezcan las plantas del soleado jardín, y Coca Cola para enfermar nuestros envejecidos cuerpos. La gente ya no distingue el bien del mal, el amor del odio y la verdad de la mentira. ¡Qué fácil es lavarle el cerebro a la Sociedad Moderna! Basta con un constante bombardeo publicitario en las calles, con hiperactivos spots en la TV, con pegajosos jingles en la radio y con coloridos banners en la Internet, para que el Tío Sam y su legendario adoctrinamiento de masas Made in USA, logre conseguir todas las metas que se proponga en la vida. No es casualidad que uno de los slogans de la Coca Cola, para celebrar los 100 años de la botella Contour sea “Contiene recuerdos y otros ingredientes secretos”. Precisamente, en sus ingredientes secretos radica el mayor éxito de la Coca Cola, pues transmite oralmente enfermedades degenerativas a todos sus consumidores, gracias a la prematura llegada de la diabetes que te vuelve adicto a la inyección de una trágica insulina, por toda la glucosa que se acumula en la sangre producto de la obesidad de los enfermos, quienes tarde o temprano acabarán postrados en una cama, preguntándose ¿Qué hice yo para merecerme esto? Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS), que cada año recibe el jugoso financiamiento económico de la empresa Coca Cola, tuvo que reconocer públicamente que la venta indiscriminada de refrescos alrededor del planeta Tierra, es uno de los factores principales que acelera la aparición de la hiperglucemia, de la osteoporosis, de la hipertensión, de la gastritis aguda, de los cálculos renales, de la taquicardia y del deterioro del esmalte dental por la presencia de caries. Recientemente leía comentarios escritos en las redes sociales por unos fanáticos de la Coca Cola, quienes no reconocían los daños a la salud causados por su ingesta. Ellos criticaban al resto de los foristas, y argumentaban sus opiniones a favor del refresco diciendo lo siguiente: “Váyanse a la mierda hijos de puta. ¡Aguante la Coca Cola!” “No digas boludeces maricón, andá a cagar” “Vergación si hablan paja, son una bola de huevones”. Navegando de incógnito en la Web, me preguntaba en silencio ¿Qué relación existirá entre la gente boca sucia y los consumidores de Coca Cola? Uno sale a la calle y observa que la mayoría de los individuos groseros, vulgares y obstinados que nacen, crecen y se reproducen en la amalgama multicultural de nuestras ciudades, son acérrimos adeptos de las bebidas carbonatadas que ofrece la transnacional estadounidense Coca Cola. Antes de perder mi fe en la Humanidad, leí otro comentario que decía “Es un tema complejo, porque todos sabemos lo dañina que es la Coca Cola para la salud, pero con hielo y estando bien fría, qué mas da, jajaja”. Tras leer su mensaje le pregunté en calidad de invitado “Amigo ¿Por qué no lees lo que acabas de escribir? Él me dijo ¿A qué te refieres? Y yo le dije ¿Cómo es posible que sigas bebiendo Coca Cola, si tú mismo reconoces que es perjudicial para el organismo? Finalmente me respondió “No lo sé, algún día supongo que la voy a dejar, no sé cómo ni cuándo, pero de que la dejo, la dejo”, y me colocó un emoticón de carita feliz para terminar con su sincera respuesta. Esa triste forma de pensar, es un espejo social de la adicción generada por el consumo de los refrescos a escala mundial. Hay mucho conformismo, terquedad y necesidad en dejar que otros decidan nuestro propio estilo de vida, incluyendo los hábitos alimenticios, los tiempos de ocio, los perfiles laborales, los gustos musicales, el estado civil, los prejuicios morales y hasta las preferencias sexuales. Vemos que la presión social de encajar con los ovejas del rebaño, nos deja esclavizados a obedecer la mediática voz de mando, sin pensar en el quiebre de la capacidad analítica y reflexiva que yace con independencia en cada uno de nosotros. Quisiéramos preguntarle a la bondadosa Sylvia Likens, qué sintió después que la obligaron a meterse en dos ocasiones, una botella de Coca Cola dentro de su vagina. Por infortunio, ella murió y jamás reveló la fórmula secreta del alucinante refresco. Pero nos dejó una gran lección de vida: La Coca Cola es un fiel reflejo del deshumanizado Mundo en el que vivimos, donde el materialismo, la hipocresía, la sed de venganza, el rencor, el orgullo, la soberbia y la envidia, van de la mano con la refrescante chispa de la vida. Pregúntate y respóndeme con sinceridad ¿Le habrías salvado la vida a Sylvia? Yo creo que le hubieras hecho bullying hasta cansarte, luego le tomarías un selfie mientras se desangra frente a ti, y finalmente subirías la macabra foto a tu muro de Facebook, para obtener con rapidez un millón de nuevos seguidores. Desde su fundación que data del año 1886, la Coca Cola se transformó en el gran símbolo de la guerra, del racismo y del genocidio impuesto por el régimen norteamericano, representando con gran fidelidad la fútil idiosincrasia de su gente. No sólo porque financió la campaña electoral del genocida George W Bush, quien ya tiene asegurado un puesto V.I.P en el infierno, sino porque la Coca Cola siempre ha estado involucrada en desfalcos, sobornos, actos de corrupción, secuestros, torturas, paramilitarismo y asesinatos que cobraron la vida del sindicalista Pedro Quevedo en Guatemala, cuya sangre llena de impunidad social, sigue resplandeciendo en el hermético vestíbulo del Hotel Mezhdunarodnaya en Rusia. Con su hashtag #BotellaÚnica, la Coca Cola viene desarrollando una agresiva campaña de marketing para festejar sus 100 años de poca madre. Desde las redes sociales de Twitter y Facebook, hemos visto analogías que comparan la ingesta de la Coca Cola con el cosquilleo que produce dar el primer beso. Se afirma que la felicidad se destapa cuando compartes una Coca Cola. Piden que la efervescencia alcance las estrellas dentro de sus botellas. Nos aseguran que el sonido perfecto “Phsst, fizzzz, clink clink, glug, glug… ahhh” proviene de una Coca Cola. Y hasta un fanático extremo reconoce que sus dos amores en la vida son la videoconsola X-Box 360 y una botella de Coca Cola. Yo creo que la Coca Cola se convirtió en una religión adorada por los “cocacoleros”, porque nos acompaña en los momentos de alegría y nos ayuda en los momentos de tristeza. Es omnipresente, pues se vende en más de 200 países del Mundo. Todos los días la compramos y la honramos como si fuera un mandamiento o un manuscrito bíblico. Ninguna religión es más todopoderosa que la canonizada Coca Cola, ya que rompe con las barreras culturales, lingüísticas y sociales que separan a diario a su feligresía universal. Tanto así, que Coca Cola inspiró a 200 jóvenes de distintas nacionalidades, para que cantaran desde una colina en Italia “Me gustaría hacer del Mundo un hogar, quiero enseñarles a cantar y enviar un mensaje de paz”. Definitivamente ¡Lo lograron! Por eso nos deleitamos al observar que todas y todos le rinden pleitesía al monoteísmo de la Coca Cola, y se gozan al máximo cada bendito sorbo que ilumina la chispa de la vida, simbolizando una luz de esperanza para mantener la paz que habita en el esquizofrénico planeta. Cabe destacar, que en su nuevo spot titulado “Un Mundo Generoso”, podemos ver el altruismo que despierta la Coca Cola en sus solidarios consumidores. Desde un agradable turista en un kiosco, pasando por una enojada monja a quien le remolcaron su accidentado carro con una grúa, y llegando hasta un valiente bombero rescatista, se inhiben de beber el codiciado refresco para entregarle “la felicidad” a otra persona menos favorecida. ¡WOW! Es sorprendente ver el júbilo de la monja al aceptar la Coca Cola, y tenerle más fe a una sagrada botella de vidrio que al rezo de los grandes misterios del rosario. No hay duda que vivimos inmersos en un despiadado proceso de transculturación, de hipnosis colectiva y de alienación social, que deja a la Pachamama al borde del fatal ecocidio. Pese a la alegría de la monjita, debemos considerar que por culpa de la reluciente botella Contour, el tono rojizo de la Coca Cola se convirtió en un baño de sangre para la Madre Tierra. Tenemos el anecdótico caso del río Matasnillo y de la Bahía de Panamá, donde Coca Cola derramó miles de litros de un colorante químico, que perturbó la hermosísima flora y fauna panameña e impactó el iris de los atónitos pobladores, quienes pensaron ser testigos de la primera de las plagas egipcias. Sabemos que la prestigiosa confederación Oxfam ubicó a la Coca Cola, en la lista de las 10 transnacionales menos comprometidas en frenar los estragos ambientales, causados por las emisiones de gases de Efecto Invernadero en el planeta Tierra. La colosal quema de combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón), facilita la retención en la atmósfera del dióxido de carbono, metano y óxido nitroso. Así, se acrecienta el problema del Cambio Climático y de sus drásticas alteraciones meteorológicas, que incluyen sequías, incendios forestales, pérdidas de cosechas y desertificación de los suelos, para que se acelere el implacable Calentamiento Global en los cimientos de la biosfera. En calles, plazas, aceras, parques y demás espacios públicos de nuestras ciudades, hay un sinfín de latas y botellas de Coca Cola aglomeradas en el suelo, las cuales van destruyendo el equilibrio ecológico de ríos, playas, humedales y campos rurales. Es común visualizar el recorrido citadino de los gigantescos camiones rojos de la Coca Cola, llenos de humo diesel para quemar la santidad del aire a través del tubo de escape, y provocar enfermedades respiratorias en los malogrados pulmones del prójimo. Los camioneros deben mear y entregar con premura el adictivo refresco a los restaurantes, a los kioscos, a las tiendas, a los colegios, a las canchas deportivas, a los bodegones y a los centros comerciales. Pero nunca se aprecia que los monstruosos camiones o sus diminutos consumidores, se dediquen a recoger, reutilizar y reciclar todos los envases de plástico, vidrio y aluminio que se acumulan en la capa vegetal o en el asfalto. La apatía ecológica de la Coca Cola, es comprobable viendo el etiquetado especial de sus botellas, para evocar los 100 años de la inigualable Contour. Si observamos en detalle la información de la etiqueta, resultará casi imposible hallar el símbolo de respeto ambiental, que invita a desechar el envase en un contenedor de basura. Recordemos que el plástico y el vidrio son dos de los materiales sintéticos, que generan mayor polución en el entorno biofísico que albergamos, pues la Naturaleza tarda de 100 a 4000 años en lograr la biodegradación total de los tóxicos envases inorgánicos. Por culpa de transnacionales irresponsables como Coca Cola, hay más de 8 millones de toneladas métricas de plástico flotando en los océanos del planeta Tierra, que se están transformando en basureros marinos repletos de tereftalato de polietileno (PET), por la falta de políticas públicas que prioricen el reciclaje y protejan a las especies de fauna acuática. Es consabido que la Coca Cola junto a sus salvajes aliados comerciales, que abarcan a Monsanto, Nestlé, McDonald's y Cargill, están involucrados en graves delitos ambientales, que engloban la deforestación progresiva de los bosques nativos y la contaminación de fuentes de agua dulce y salada en la geografía del Mundo, por la expansión de la frontera agrícola y por las frecuentes descargas de residuos industriales que polucionan los hábitats. Así, se priva del vital líquido a los pueblos y a los lugareños que se cruzan con el mercantilizado camino de la ambición corporativa, buscando que las atemporales concesiones, las explotaciones de pozos o las kilométricas hectáreas, tengan espacio de sobra para aniquilar los ecosistemas y la biodiversidad autóctona. Usted seguramente desconoce que por cada litro de la azucarada Coca Cola, se requieren en promedio 2,5 litros de agua, para comprobar el fracaso de los Objetivos del Milenio emprendidos por la ONU, y reeditar el triunfo del incontrolable empobrecimiento global. Basta con mover la brújula a Chiapas, Kerala, Concón, Fontibón o Nejapa, para beber un poco de los efluentes cancerígenos que se llevan la vida de los agricultores y de los campesinos. No obstante, duele reconocer que esos aguerridos compatriotas en pie de lucha, también se beben los litros de la espumosa Coca Cola mientras protestan por los derechos de sus tierras, ya que la transnacional yanqui sabe confundir, engañar y lavarles el cerebro a las comunidades globales. Además, la Coca Cola es con insistencia demandada por la explotación laboral, por los despidos masivos y por el incumplimiento de contratos que afectan a sus trabajadores. Ellos no son vistos como Seres Humanos, sino como máquinas borregas dominadas por el sistema opresor de turno. Basta con viajar a la planta embotelladora de Coca Cola en Fuenlabrada (España), y apreciar como el desmantelamiento de sus instalaciones perjudicó a gran parte de la masa obrera, que fue echada a la calle, golpeada y reprimida por la policía española al servicio de la transnacional americana. Un gran número de asalariados no fueron reenganchados a sus puestos de trabajo, incumpliendo las decisiones judiciales de los organismos competentes en España. Pero cuando se trata de cumplir con la ley, la Coca Cola siempre evita pagar los sueldos, las prestaciones sociales, los seguros médicos y demás beneficios contractuales, porque tiene maletines dolarizados por doquier para comprar los bolsillos de los jueces, de los tribunales y de las salas constitucionales. Incluso, los recortes de personal establecidos sin previo aviso, sumado a las pésimas condiciones de trabajo y a la sobrecarga laboral impuesta por la Coca Cola, han llevado al suicidio forzado a muchísimos de sus empleados, tal como aconteció con los trabajadores de Télécom en Francia o de Foxconn en China. ¡Qué loco se ha vuelto este Mundo! Se encuentra tan oscuro como el pasado, el presente, y el futuro de la hitleriana Coca Cola en el Cuarto Reich. Antes nos exterminaban dentro de las cámaras de gas, con el ácido cianhídrico enlatado en el Zyklon B. Ahora nos asesinan a cielo abierto, con el ácido fosfórico embotellado de la Coca Cola. Ambos son potentes pesticidas que causan la muerte de sus cándidas víctimas. Seguimos estando presos en el holocausto de Auschwitz. El Zyklon B lo siguen vendiendo para exterminar la plaga de insectos y roedores checos. La Coca Cola la siguen vendiendo en casi todo el planeta Tierra, para exterminar insectos, roedores y al Homo Sapiens. Ayer nos decían con entusiasmo Arbeit macht frei. Hoy nos dicen con alevosía zu Tode Trinken. Creemos que si las personas se atrevieran a triturar una lata con el puño cerrado, o a romper una botella de vidrio con furia en el pavimento, seguro que se les quitarían las ganas de ingerir litros y más litros de la gasolina con hielo. La gente bebe Coca Cola como una ridícula treta psicológica para sacarse las frustraciones, el stress, los corajes y las ansiedades que se amontonan en la vida diaria de ancianos, adultos y niños. Sin embargo, dicen que la única forma de que la Coca Cola pueda causarle daño a un niño, sería que alguien lanzara una botella por la ventana y le cayera encima. Por eso me entristece ver que jovencitos y hasta bebés recién nacidos, se la pasan chupando Coca-Cola por la completa irresponsabilidad de sus padres, quienes acabaron traumados por tantas botellas de Coca Cola que les lanzaron desde la ventana en la etapa de la infancia. Es la auténtica verdad. Sus progenitores juegan con la salud de sus hijos, sin pensar en las consecuencias negativas de malograr el hígado, los riñones, el páncreas, la vesícula, los dientes, y los huesos de sus gordísimos retoños lactantes. Lo que empiezan siendo calambres musculares, se convierten en úlceras que terminan en amputaciones, por los kilos de azúcar que la diabética Coca Cola deposita e incinera en el reloj biológico del cuerpo humano. Hirviéndola en una cazuela a fuego lento o mezclándola con leche descremada, con filetes de carne, con pastillas de mentas, con bichos del jardín o con tornillos oxidados, es impresionante dilucidar al alto poder corrosivo de la Coca Cola, que se transforma en azul petróleo, en huevo podrido, en desinfectante del inodoro, en aceite lubricante, en explosión doméstica y en plaguicida de bajo costo. Vale aclarar, que la combinación de agua carbonatada con ácido ortofosfórico, cafeína, aspartamo, benzoato de sodio, fenilalanina, metanol, color caramelo, fructosa, acesulfame de potasio, y demás ingredientes adheridos a las gaseosas de Coca Cola (Original, Light, Zero, Stevia), influyen con mayor daño en nuestro organismo que los cigarrillos, los energizantes y las cervezas. Es tanta la perversión consumista, que Coca Cola le paga a famosos nutricionistas, instructores de gimnasios y expertos del fitness, para que tiren a la basura su ética profesional y afirmen en blogs, en periódicos y en revistas como “American Heart Month”, que una lata pequeña de Coca Cola constituye “una buena merienda” para mantener ejercitado el cuerpo. De igual manera, se maquilla el veneno con el uso de saborizantes artificiales (vainilla, limón, naranja, cereza, uva), que envician las papilas gustativas de los adictos cocacoleros, para que rechacen cualquier bebida, zumo o alimento de origen natural. Seamos sinceros, la composición química de la Coca Cola demuestra claramente que es una droga vendida sin prescripción médica. Usted se está drogando a diario consumiendo una sustancia transgénica invasiva, que desequilibra el bienestar físico y mental del cuerpo humano. Si supieran que la vida es un pequeñísimo instante sideral en retrospectiva, no fueran tan tontos para asfixiar por voluntad propia el pequeñísimo sueño cósmico de la vida, bebiendo la ignorante chispa que honra la muerte. Piensa que tu abuelo podría haber vivido 10 años más, tu mamá podría haber vivido 5 años más, y tú tienes la vida entera para recapacitar y no continuar haciéndole un irreparable daño al organismo. Yo no lo digo porque escribí un artículo de opinión o porque investigué bastante al respecto. Lo afirmo, porque como la gran mayoría de las personas, yo también compraba los refrescos de la Coca Cola, pero fue por mi propia mala experiencia que dejé de ingerirlos hace más de 10 años. Recuerdo que cuando estudiaba en la universidad y bebía Coca Cola, me daba con recurrencia acidez estomacal. El centro del pecho se me endurecía muchísimo, hasta pensaba que me daría un infarto por el fuerte dolor torácico. Los ojos se me enrojecían. Sentía que mis dientes se estaban volviendo arcilla, y perdía la paciencia con facilidad. Era obvio que las bebidas carbonatadas me estaban enfermando. Por eso, decidí cambiar drásticamente mis hábitos alimenticios, bebiendo ocho vasos de agua al día que activan los órganos internos, favorecen la digestión, bajan la presión arterial, aumentan la energía, reducen el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares, hidratan la piel y desintoxican el sistema linfático. A su vez, le dí prioridad a las galletas integrales, a los jugos naturales, a las ensaladas, a los cereales, a las frutas y a la milagrosa práctica del veganismo. Ese cambio radical en mi estilo de vida, me ha transformado en un hombre más positivo ante los retos que trae consigo la vida, mejorando mi estabilidad emocional y mi concentración, para desenvolverme como periodista en mi querida Venezuela. Dicen que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Pero parece que el flash capitalista en el centenario de Coca Cola, inmortalizará el destino de todos sus ángeles caídos. Fuente original: http://ekologia.com.ve/

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