dinosaurio81
Usuario (Bolivia)
La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano. —Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca. Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos. Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente: —Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted! Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío. —¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa. Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies. —¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó. —Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater. —No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero. —Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater. —Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura. —Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie. Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez: —Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo? —¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero. —Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre. —Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho. —De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie. Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo: —¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater. —¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo. —Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere. —Esto no es Inglaterra —repuso el camarero. —No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide. —Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero. —Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie. El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano. —Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut. —No entiendo el italiano —respondió el camarero. —No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito. El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo: —Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada. —De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra. —Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado. —Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie. —Tengo que coger el tren —dije. —Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club… —No tiene importancia, papá —dije. —Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren. Se acercó a un quiosco y pidió: —Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista? —Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde. —Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación. —Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.

El psicoanálisis emerge históricamente en el punto en que la práctica médica encuentra su límite. En una realidad cultural signada por la represión y la tradición positivista fue necesario que Freud tropezara con serios obstáculos y que haya sabido no descuidarlos, para que se autorizara a apartarse del discurso dominante. No sólo las histerias asomaban como obstáculo en aquellos primeros pasos del camino abierto por Freud, su relación con la cocaína también constituyó un atolladero que logró sortear produciendo incluso una ruptura con el saber médico en momentos en que a través de destacadas labores investigativas como neurólogo aspiraba a alcanzar un renombre dentro de la comunidad científica. Suele decirse que la falta de escritos específicos sobre las toxicomanías en la obra freudiana constituye una especie de punto ciego vinculado con su propia potencialidad adictiva , o más aún, que su affaire con la cocaína en los años 1880, habría bloqueado la elaboración teórica sobre este particular. Esta explicación, si bien introduce una disyunción entre droga y palabra que no deja de ser interesante, es rebatible en lo que a adicicción se referiere, si se considera que Freud alcanzó la edad avanzada en admirables condiciones de agilidad y lucidez mental. El 30 de abril de 1884, con tres años en la profesion de médico, Freud comienza a experimentar - sobre sí mismo, sobre Martha y sobre otros – los efectos de la cocaína. Habiendo leído los experimentos de Aschenbrandt sobre la administración de droga a soldados en maniobras con el fin de combatir la fatiga, intentará averiguar por qué vía la cocaína podía aliviar la angustia y la depresión. La carta del 21 de abril de 1884 en la que anoticia a Martha sobre "un proyecto terapéutico y de esperanza" es el primer antecedente sobre el asunto: "He leído últimamente algunas cosas sobre la cocaína, el ingrediente activo de las hojas de coca que algunas tribus de indios mastican a fin de aumentar su resistencia al hambre y la fatiga. Un alemán (se refiere a Aschenbrandt, 1883) ha probado este producto con algunos soldados y afirma que efectivamente sirve para hacerles más fuertes y resistentes. Ahora he hecho un pedido y por razones evidentes voy a probarlo en casos de enfermedades cardíacas y después de agotamiento nervioso, sobre todo en el terrible estado que se produce cuando deja de tomarse morfina (como en el caso del Dr. Fleischel)" . Sus experimentos prometedores lo llevan a escribir Uber coca, un artículo que sienta precedentes en los anales de la investigación científica porque introduce la cocaína en la medicina y satisface en todos los sentidos las exigencias que incumben a este género: descripción botánica de la planta, datos históricos detallados de su utilización en Perú, recorrido completo de la literatura científica que le había sido consagrada, fórmula química del alcaloide, estudio de los efectos en los animales, repertorio de lo que se sabe de sus efectos en el hombre con aporte de una experimentación original y un análisis argumentado de sus numerosas indicaciones en función de hipótesis que conciernen a las vías y a los modos de acción fisiológica del producto. Para situar el alcance de Über Coca, sería conveniente dejar de lado lo que hoy evoca el término cocaína y acomodarnos al hecho de que esta no era entonces para nada un producto prohibido. La prohibición data de 1906. En los años 1880, la cocaína gozaba en los Estados Unidos de una inocente preferencia que superaba ampliamente los círculos médicos. El consumo de vinos que contenían coca – los vinos Mariani – era cosa popular. Cuando Albert Niemann logra aislar el principio activo de la materia prima del Vino Mariani, la cocaína se vuelve objeto de una campaña promocional montada por Parke & Davis y otros laboratorios interesados en su distribución mundial. La propaganda emplea lemas similares: "No pierda tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína." La Coca-Cola iba a contener cocaína hasta 1903. La asociación contra la fiebre del heno había adoptado la cocaína como remedio oficial. En suma, el entusiasmo era casi general con respecto a este maravilloso sustento que fortifica el sistema nervioso, ayuda a la digestión, estimula los cuerpos fatigados, calma los dolores y libera de la toxicomanía a aquellos que están enredados en ella. La situación era muy diferente en Europa, donde se hablaba muy poco de la cocaína. No hay que excluir que el interés suscitado por Über Coca se haya debido al hecho de que se trataba del mejor estudio europeo escrito hasta entonces. Es de notar, además, que el status que reviste nosológicamente la neurosis en sus inicios (1785), conforme con el modelo anátomo-clínico, responda a un modelo "lesional". De allí Allouch infiere que "si el discurso médico en el cual se inscribe se caracteriza por tomar su apoyo sobre el significante-amo de la lesión, la cocaína será ese objeto que en el lugar del Otro, dará consistencia a lo supuesto de esta lesión al ratificar en contrapunto su verdad. De allí que la cocaína no es y no podría ser un medicamento entre otros. Ella encarna, por confirmar la lesión, lo que es necesario designar como lo que es el medicamento. Resulta de ello que su acción no podría ser unívoca pues esta univocidad dejaría lugar a otra acción posible y, entonces, a otro medicamento. Über Coca marca esta posición eminente." Por lo demás, el artículo muestra un tono de entusiasmo que Bernfeld no deja de destacar: Freud escribe por ejemplo acerca de un “don” (Gabe) de cocaína allí donde hubiese debido hablar, en términos científicos, de una dosis. Bernfeld extrae de ello, con razón, la conclusión de que ese texto está atravesado por una “corriente subyacente muy persuasiva”. Freud le escribe a Martha y habla allí de su texto como de un “cántico a la gloria de la cocaína”, confirmando así lo que le decía el 25 de Mayo cuando acababa de curar con coca a un enfermo afectado de un catarro gástrico: “Si todo va bien, escribiré sobre esto un artículo y espero que la cocaína se colocará al lado y por encima de la morfina. Ella hace nacer en mí otras esperanzas y otros proyectos. La tomo regularmente en muy pequeñas dosis para combatir la depresión y la mala digestión y esto con el más brillante éxito. Espero lograr suprimir los vómitos más tenaces, incluso si son debidos a algún grave padecimiento; en resumen, sólo ahora me siento médico pues he podido acudir en ayuda de un enfermo y espero socorrer a otros.” Jean-Luis Brau en su Historia de las drogas, refiere que el amor tuvo la culpa de que el fundador del psicoanálisis no fuese el primero en descubrir las propiedades anestésicas de la cocaína. Se refiere al hecho de que cuando Freud decide emprender sus dos investigaciones paralelas: sobre los efectos anestésicos y como posible cura para la adicción de los morfinómanos, su novia, que residía en Hamburgo, lo llamó para que acudiese a verla, y Freud encargó a su colega, el doctor Köningstein que continuase sus trabajos, quien a su vez se remitió al doctor Koller para terminar los experimentos. Koller logró utilizar la cocaína como anestésico local y resumió su descubrimiento en una comunicación a la Sociedad Oftalmológica de Alemania el 15 de septiembre de 1884 adquiriendo la posición célebre ante la comunidad científica tan añorada por Freud. Luego de recetar cocaína en pequeñas dosis como antidepresivo, Freud publica sus Escritos sobre la cocaína donde sugiere seis campos para su aplicación terapéutica: 1) como estimulante, 2) para trastornos gástricos, 3) para la caquexia (pérdida de fuerzas y reservas alimenticias), 4) para curar a morfinómanos y alcohólicos, 5) en aplicaciones locales, y 6) como afrodisiaco. Pero el pharmakon reveló rápidamente su cara diabólica. Fleischl, su muy admirado colega, quien tomaba morfina para luchar contra los dolores causados por la amputación de un dedo de la mano, sucumbirá lentamente a los efectos de la cocaína recetada por Freud. Fleisch murió adicto a esta última. Freud cargó con esa muerte llevándola como acusaciones de su Superyó durante largo tiempo, como lo testimonió el sueño de “La inyección de Irma”. Este trágico desenlace ha sido tal vez una de las razones más poderosas que empujaron a Freud a insistir en el tratamiento por la palabra, descreyendo de los fármacos que asomaban entonces. Pues si, como señala Pierre Eyguesier , el encuentro de Freud con la cocaína marca "la puerta de entrada para la experiencia psicoanalítica de una manera tan decisiva como el autoanálisis", su ulterior abandono como pharmakon es concomitante al descubrimiento de la dependencia de las producciones histéricas a los hechos de lengua, lo que abrió la posibilidad del paso al tratamiento por la palabra. En julio de 1885 Erlenmeyer prueba el tratamiento propuesto por Freud, pero observó que aparecían síntomas de estrés físico y mental en los pacientes durante el período de consumo y de abstinencia de este fármaco, que causaban alucinaciones visuales y auditivas, así como un síndrome maníaco agudo. Estos estudios hicieron que Erlenmeyer discutiera la ligereza con la que Sigmund Freud recomendaba el empleo de la droga como tratamiento de deshabituación de la morfina. Cuando Louis Lewin lanza un escandaloso ataque a las opiniones de Freud, que defendían a la cocaína como sustancia incapaz de provocar daño alguno, y se opone a su utilización para el tratamiento de los adictos a la morfina, Erlenmeyer se suma a la embestida y acusa a Freud de haber desatado sobre el mundo "el tercer azote de la humanidad", después del opio y del alcohol . Desde los inicios de sus investigaciones Freud avizoraba en la cocaína un medio poderoso para aliviar y hasta suprimir sus propios sufrimientos. Desde sus primeras experiencias efectuadas sobre sí mismo, adhiere con entusiasmo a las tesis de Mantegazza, para quien la cocaína resultaba casi universalmente eficaz para mejorar los desórdenes funcionales agrupados bajo el nombre de neurastenia. Freud llamaba así al conjunto de manifestaciones patológicas que por entonces él mismo padecía: estados transitorios de fatiga, apatía, depresión, trastornos digestivos, crisis de ansiedad, síntomas neuróticos que perturbaban principalmente su capacidad de trabajo intelectual. Dirá Freud: “El efecto psíquico del cloruro de cocaína en dosis de 0.05 a 0.10 gramos consiste en optimismo y una duradera euforia, que no muestra diferencia alguna con la euforia normal de una persona sana. No aparece la sensación de excitacion que acompaña los estímulos producidos por el alcohol. También produce la característica necesidad de emprender inmediatamente alguna actividad, típica del alcohol. Se nota un aumento del control de uno mismo y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar; por otro lado, si uno se pone a trabajar echa de menos ese aumento de la fuerza mental que el alcohol, el té o el café producen. Uno se encuentra sencillamente normal, y pronto le resulta difícil creer que se encuentra bajo los efectos de una droga.” Y: “He comprobado en mí mismo unas doce veces este efecto de la coca, que suprime el hambre, el sueño y la fatiga, y permite acentuar el esfuerzo intelectual.” La acción de la cocaína se revela benéfica tanto para anestesiar las necesidades fisiológicas y hacer olvidar los dolores, como para despertar y motorizar el rendimiento físico e intelectual. Freud se hacía lenguas de la prodigiosa acción estimulante de la coca: “Todos las opiniones concuerdan en que la euforia despertada por la coca no va seguida de ningún estado de lasitud, de ningún tipo de depresión.” Fernando Geberovich afirma que: “la cocaína pasó a ser para Freud el antídoto mágico, de un lado para anestesiar todo lo que, de fuente interna o externa, arriesgara ser un obstáculos que lo alejara de sus ideales, y del otro para estimular todo aquello que lo acercaba a ellos; ideales que pueden resumirse en una doble representación: la Naturaleza y sus secretos, Amor y Ciencia, Femenino y Pensamiento. Pero este “protector químico de los ideales” se transformará rápidamente en ídolo todopoderoso, como lo atestigua esta carta a su novia:“¡Ten cuidado, Princesa mía! Cuando vuelva te besaré hasta que quedes toda roja. (...) Este muy conocido pasaje muestra que, cuando el objeto de investigación pasa a ser el objeto en el cuerpo, el remedio se transforma en sustancia mágica a glorificar, y no podemos menos que constatar un fenómeno de erotización del ideal.” Sobre este punto de coalescencia de lo mágico y de lo científico que Uber Coca deja traslucir, y que ha sido descuidado en la biografía freudiana al punto de reducir la relacion de Freud con la cocaina a un simple episodion – como se verá – , se asienta la tesis que Allouch desarrolla en “Letra por letra” cuando señala que “es por haber escrito su experiencia ligada a la cocaína en términos ligados a las exigencias universitarias, de un discurso científico, que Freud llegó a renunciar a los “beneficios” de esta substancia tan ponderada.” Mientras Jones relega el asunto a un hecho episódico juvenil y a una falta de espíritu crítico que le impidió dar su verdadero alcance al hecho. Bernfeld asevera que el entusiasmo de Freud por conseguir cierto potenciamiento gracias a la droga no perseguía otro fines que los del trabajo; cuando, en rigor de verdad, en sus cartas a Martha abundan fascinantes metáforas guerreras organizadoras de la relación con su novia y sugerentes alusiones sobre los efectos “mágicos” del fármaco como realizar sin fatiga largos trabajos, mantenerse despierto a controlar el apetito, esto último lo lleva incluso a considerar la posibilidad de prescribirla para evitar los vómitos. Por otra parte, Byck, pródigo en elogios, se afana en presentar a Freud como precursor de la psicofarmacología, en una línea cercana a la de Moreau de Tours como la del experimentador que se toma a sí mismo como cobayo ; presentación desatinada considerando que Freud se apartó tempranamente de sus investigaciones farmacológicas. Con un tono de manifiesta decepción Freud calificará en 1925 a la cocaína como un "allotrion", palabra griega que en los medios científicos de entonces denunciaba peyorativamente la entrada en escena de un objeto extraño al universo de la ciencia. Esta decepción asociada -como pudo entreverse hasta aquí - con la muerte de Fleisch y las duras réplicas de Lewin, Erlenmayer y otros médicos alemanes o anglosajones, no carece de importancia, pues si bien y a pesar de todos sus esfuerzos científicos, Freud no descubre el principio universal de la acción de la cocaína habrá de seguir estudiando con aspiraciones científicas, pero no con las mismas herramientas, los "principios universales" de la subjetividad. Del obstáculo de la acción de la coca sobre la subjetividad, pasará a dedicarse en Salpêtrière cuando se reuna con Charcot, al obstáculo de la anatomía "contra" la histeria. Notas Con respecto a los primeros trabajos de investigación realizados por Freud, Ernst Jones señala que el concepto de unidad de células y procesos nerviosos parece haber pertenecido a Freud quien había hecho valiosas aportaciones sobre este tema. Aun así, el nombre de Freud no se menciona entre los numerosos pioneros de la teoría neuronal, como sí ocurrió con Wilhelm His, Auguste Forel y Ramón y Cajal. Albert Niemann fue el farmaceuta que descubrió la cocaína en forma cristalina. Pharmakon (lo que cura enferma) popularizado por Derrida, quien lo extrajo de Platón. En la antigüedad, el término pharmacon era utilizado para describir tanto a los medicamentos como a los tóxicos.Pharmacon = remedio y veneno. Enreud devint drogman. Moreau de Tours, alumno de Esquirol, es considerado el padre de la psiquiatría experimental y el iniciador de los estudios sobre las farmacopsicosis; experimentos, estos, que lo llevaron a consumir hachís en su laboratorio. En su obra princeps, Du hachisch et de l'aliénation mentale (Del hachís y de la alienación mental), publicada en 1845, consideraba que los efectos de esa planta constituían "un medio poderoso y único de exploración en materia de patogenia mental". Puede consultarse el artículo titulado "Maldita cocaína" , publicado por Página 12 el 2/04/2000, que destaca las intenciones políticas que subyacen en Byck al presentar a Freud como precursor de la Psicofarmacología. http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/radar/00-04/00-04-02/nota1.htm> Artículo relacionado VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, "Peter Sloterdijk; Experimentos con uno mismo; Abstinencias, drogas y ritual" En Revista Oxigen, Nº 20 Febrero, 2006, (España),UE. http://www.revistaoxigen.com/Menus/articulos/vasquezrocca/sloterdijk.htm Escrito por: Rosa Aksenchuk Fuente: http://www.psikeba.com.ar
El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Pemaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena, y en el preciso momento en que empezaban las partidas de bridge. Hartley cruzó con las bolsas el amplio porche y entró en el vestíbulo seguido por su mujer y por su hija. Los tres parecían muy cansados, y contemplaron la brillante y acogedora habitación con la gratitud del viajero que ha dejado atrás la tensión y el peligro: los había pillado en la carretera una terrible tormenta de nieve a primeras horas de aquella mañana. Venían de Nueva York, y había nevado durante todo el trayecto, dijeron. El señor Hartley dejó en el suelo las bolsas y volvió al coche a coger los esquís. Su mujer se sentó en una de las sillas del vestíbulo y su hija, tímida y cansada, se acercó a ella. Un poco de nieve blanqueaba el pelo de la niña, y su madre se la quitó con los dedos. Entonces, la viuda Butterick, la dueña del hostal, salió al porche y le gritó a Hartley que no hacía falta que aparcara el coche; lo haría uno de los empleados. Él regresó al vestíbulo y firmó el registro. Parecía un hombre agradable, de voz cortante y un modo de ser firme y educado. Su esposa era una elegante mujer de pelo oscuro, muerta de fatiga en aquellos momentos, y la niña debía de tener unos siete años. La señora Butterick le preguntó a Hartley si no había estado antes en el hostal. —Cuando le hice la reserva —dijo—, su nombre me sonaba. —Mi mujer y yo estuvimos aquí en febrero, hace ocho años —respondió Hartley—. Llegamos el 23, y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente. Luego subieron a la habitación. Bajaron otra vez y se quedaron el tiempo suficiente para cenar unas sobras que habían guardado al calor de la cocina. La niña estaba tan cansada que casi se durmió en la mesa. Subieron de nuevo después de cenar. En la estación fría, la vida del hostal Pemaquoddy giraba enteramente en torno a los deportes de invierno. Ni los holgazanes ni los bebedores eran bien vistos, y casi todo el mundo se tomaba el esquí en serio. Por la mañana cruzaban el valle en autobús para ir a las montañas, y si hacía buen tiempo subían con una cesta de comida y se quedaban en las laderas nevadas hasta el atardecer. A veces preferían quedarse patinando en una pista que se había creado mediante la inundación de un almacén textil cercano al hostal. Tras éste había una colina que solía usarse para esquiar cuando las condiciones en la montaña no eran buenas. Para acceder a la colina se usaba un rudimentario arrastre construido por el hijo de la señora Butterick. —Compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —decía siempre la viuda al hablar del arrastre—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula! Y al contarlo se llevaba una mano al corazón, como si los peligros del trayecto fueran todavía un recuerdo muy próximo. La mañana que siguió a su llegada, los Hartley adoptaron la rutina del ejercicio y el aire libre propio de Pemaquoddy. La señora Hartley era una mujer algo despistada. Aquella misma mañana subió al autobús, se sentó y se puso a hablar con otra pasajera, y de pronto advirtió que había olvidado los esquís. Todos aguardaron mientras su marido iba a buscárselos. Ella llevaba un brillante anorak con adorno de pieles que parecía apropiado para alguien de rostro más joven; la prenda daba a su propietaria un aspecto como de cansancio. El marido vestía con ropas de la Marina, marcadas con su nombre y su grado. Anne, la hija, era bonita. Llevaba el pelo peinado en unas pulcras trenzas, tirantes; un reguero de pecas surcaba su naricita, y miraba las cosas con la fría y crítica atención propia de su edad. Hartley esquiaba bien. Subía y bajaba la ladera con los esquís paralelos, las rodillas dobladas y los hombros meciéndose grácilmente en semicírculo. Su mujer no era tan diestra, pero sabía lo que se hacía, y disfrutaba con el aire frío y la nieve. Se caía alguna que otra vez, y cuando alguien la ayudaba a levantarse, y el contacto de la nieve en la cara avivaba sus colores, parecía mucho más joven. Anne no sabía esquiar. Se quedó al pie de la pista mirando a sus padres. Estos la llamaron, pero ella no se movió, y al cabo de un rato empezó a tiritar. Su madre se le acercó y quiso animarla, pero la niña se apartó, enfadada. —No quiero que tú me enseñes —dijo—. Quiero que me enseñe papá. La señora Hartley llamó a su marido. Tan pronto como Hartley prestó atención a Anne, la niña ya no lo dudó. Siguió a su padre colina arriba y abajo, y siempre que él la acompañaba, la niña parecía feliz y confiada. Hartley se quedó al lado de Anne hasta después del almuerzo. Luego la llevó junto a un monitor profesional que daba una clase para principiantes, fuera de las pistas. El matrimonio Hartley fue con el grupo hasta el pie de la pendiente, y el padre llevó aparte a su hija. —Tu madre y yo vamos a hacer unos cuantos recorridos —dijo—, y quiero que vayas a la clase del señor Ritter y que aprendas todo lo que puedas. Si es que alguna vez aprendes a esquiar, Anne, aprenderás sin mi ayuda. Volveremos a eso de las cuatro, y entonces me enseñarás lo que hayas aprendido. —Sí, papá —asintió la niña. —Ahora, ve a la clase. —Sí, papá. Hartley y su esposa esperaron hasta que Anne escaló la ladera y se unió al grupo de aprendices. Luego se marcharon. Anne atendió al monitor unos minutos, pero en cuanto se percató de que sus padres se habían ido, se separó del grupo y se marchó colina abajo en dirección al albergue. «Señorita—la llamó el instructor—. Señorita...» Ella no contestó. Entró en la cabaña, se quitó el anorak y los guantes, los extendió con cuidado sobre una mesa para que se secaran y se sentó junto al fuego, agachando la cabeza para ocultar la cara. Se quedó allí sentada toda la tarde. Poco antes de oscurecer, cuando sus padres volvieron golpeando el suelo con los pies para sacudirse la nieve de las botas, ella salió corriendo al encuentro de su padre. Su cara hinchada mostraba rastros de llanto. —Oh, papá, ¡creí que no ibas a volver! Le echó los brazos al cuello y sepultó el rostro entre las ropas del señor Hartley. —Vamos, Anne, vamos —dijo él, dándole palmaditas en la espalda y sonriendo a la gente, que parecía haber captado la escena. Anne, sentada junto a él en el camino de vuelta, lo agarraba del brazo. Esa noche, en el hostal, los Hartley bajaron al bar antes de cenar y se instalaron en una mesa junto a la pared. Madre e hija bebieron zumo de tomate, y Hartley tomó tres cócteles old-fashioned. Le dio a la niña las rodajas de naranja y las guindas de su bebida. A ella le interesaba todo lo que hacía su padre. Encendía sus cigarrillos y apagaba de un soplo las cerillas. Consultaba su reloj y reía todos sus chistes. Su risa era aguda, agradable. La familia conversaba tranquilamente. El matrimonio hablaba entre sí menos que con Anne, como si hubiesen llegado a un punto en su vida en común en el que ya no había nada que decir. Se enzarzaron en deshilvanados comentarios sobre la montaña y la nieve, y en el curso de aquella tentativa de avivar la conversación, Hartley, por alguna razón, dirigió a su mujer unas palabras bruscas. Ella se levantó rápidamente de la mesa. Tal vez llorando. Cruzó a prisa el vestíbulo y subió la escalera. Padre e hija se quedaron en el bar. Cuando sonó la campanilla que anunciaba la cena, Hartley pidió al recepcionista que enviaran a su mujer una bandeja. Cenó con la niña en el comedor. Después se sentó en el salón y comenzó a leer un ejemplar atrasado de Fortune, mientras Anne jugaba con otros niños. Como aquéllos eran algo más jóvenes que ella, los trataba afable y cariñosamente, imitando a un adulto. Les enseñó un juego de cartas sencillo, y más tarde les leyó un cuento. Cuando mandaron a la gente menuda a la cama, Anne se puso a leer un libro. Su padre la llevó a su habitación hacia las nueve de la noche. Más tarde, él bajó de nuevo y fue al bar. Bebió solo y charló con el camarero sobre las diversas marcas de bourbon. —A mi padre se lo mandaban de Kentucky en barriles —dijo Hartley. Una leve aspereza en su voz y sus modales enérgicos y corteses hacían que sus palabras pareciesen importantes—. Eran muy pequeños, que yo recuerde. Supongo que no tendrían más de cuatro o cinco litros. Por lo general, se los enviaban dos veces al año. Cuando la abuela le preguntaba qué eran, él siempre le decía que estaban llenos de sidra dulce. Después de hablar del bourbon, hicieron comentarios sobre el pueblo y los cambios habidos en el hostal. —Ya hemos estado aquí una vez —dijo Hartley—. Hace ocho años, en febrero. —Entonces repitió, palabra por palabra, lo que había dicho en el vestíbulo la noche anterior—. Llegamos el 23 y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente. Los días siguientes de los Hartley fueron casi iguales que el primero. Él dedicaba las primeras horas a enseñar a su hija. Anne aprendía rápidamente; cuando estaba con su padre se volvía audaz y airosa, pero apenas él se marchaba, se refugiaba en el albergue y se sentaba junto al fuego. Todos los días, después de comer, llegaba un momento en que él le soltaba un sermón sobre la seguridad en uno mismo. —Tu madre y yo nos vamos ahora —le decía—, y quiero que esquíes por tu cuenta, Anne. Ella asentía y estaba de acuerdo con él, pero tan pronto como su padre se marchaba, se metía en el albergue y esperaba allí. Una vez —el tercer día—, él perdió los estribos. —Escúchame, Anne —gritó—: si quieres aprender a esquiar, tienes que aprender tú sola. El tono de su voz hirió a la niña, al parecer sin enseñarle, como contrapartida, el camino a la independencia. Anne se convirtió en una figurita familiar, allí sentada junto al fuego, una tarde tras otra. A veces, Hartley alteraba su rutina. Volvían los tres al hostal en uno de los primeros autobuses, y él llevaba a Anne a la pista de patinaje y le daba una clase. En esas ocasiones, se quedaban fuera hasta bastante tarde. A veces la madre los miraba desde la ventana del salón. La pista se hallaba al pie del rudimentario arrastre construido por el hijo de la viuda Butterick. Los postes terminales del arrastre parecían horcas a la luz del crepúsculo, y Hartley y su hija parecían personificar la contricción y la paciencia. Una y otra vez, serios, solemnes, recorrían en círculos la pequeña pista, como si él la iniciara a ella en algo más misterioso que un deporte. Todo el mundo en el hostal los apreciaba, pero los otros huéspedes tenían la sensación de que los Hartley habían sufrido una pérdida reciente: de dinero, quizá, o tal vez el señor Hartley había perdido su empleo. Su mujer seguía con sus despistes, y la gente empezó a pensar que aquel rasgo de su carácter obedecía a alguna desdicha que de un modo u otro habría quebrantado su entereza, el dominio de sí misma. Parecía esforzarse en ser amistosa y, como una mujer sola, intervenía en cuanta conversación hubiera. Era hija de un médico, decía. Hablaba de su padre como si éste hubiera sido un gran personaje, y evocaba su infancia con intenso placer. —El cuarto de estar de mi madre en Grafton medía trece metros de largo —decía—. Había chimeneas en cada rincón. Era una de esas viejas y maravillosas casas victorianas. En la vitrina de la porcelana del comedor había piezas como las que tenía la madre de la señora Hartley. En el vestíbulo había un pisapapeles como el que una vez le habían regalado de niña. De vez en cuando, también hablaba de su origen. En una ocasión, la viuda Butterick le pidió que trinchase una pierna de cordero, y mientras afilaba el cuchillo, dijo: —Nunca lo hago sin acordarme de papá. En la colección de bastones expuesta en el recibidor, había uno repujado en plata. —Es exactamente igual que el bastón que el señor Wentworth le trajo a papá de Irlanda —dijo la señora Hartley. Anne adoraba a su padre, pero evidentemente también quería a su madre. De noche, cuando estaba cansada, se sentaba a su lado en un sofá y descansaba la cabeza en el hombro de la señora Hartley. Al parecer, el padre se convertía para ella en la única persona del mundo solamente en la montaña, cuando el entorno era extraño. Una noche, cuando el matrimonio estaba jugando al bridge —era bastante tarde y Anne ya estaba acostada—, la niña empezó a llamar a su padre. —Ya voy yo, cariño —dijo la señora Hartley, que se disculpó y subió a la habitación. —Que venga papá —pidió la niña llorando, y los jugadores de la mesa pudieron oírlo. Su madre la tranquilizó y bajó a la sala. —Tenía una pesadilla —explicó, y siguió jugando. El día siguiente fue ventoso y cálido. A media tarde empezó a llover, y salvo los esquiadores más intrépidos, todos volvieron a sus hoteles. El bar del hostal se llenó muy temprano. Encendieron la radio para oír los boletines meteorológicos, y un huésped muy serio descolgó el teléfono del vestíbulo y llamó a otras estaciones. ¿Estaba lloviendo en Pico? ¿Llovía en Stowe? ¿Y en Ste. Agathe? El matrimonio Hartley estuvo en el bar esa tarde. Ella tomó una copa por primera vez desde su llegada, pero no pareció disfrutarla. Anne jugaba en el salón con los demás niños. Un poco antes de la cena, Hartley fue al vestíbulo y preguntó a la señora Butterick si les sería posible cenar en su habitación. La viuda dijo que podría arreglarlo. Cuando sonó la campanilla, los Hartley subieron, y una camarera les llevó unas bandejas. Después de cenar, Anne bajó otra vez al salón a jugar. Cuando el comedor quedó desierto, la camarera subió a recoger las bandejas. El tragaluz que había sobre la puerta de la habitación de los Hartley estaba abierto, y, cuando avanzaba por el pasillo, la camarera pudo oír la voz de la señora Hartley, una voz tan descontrolada, tan gutural y quejumbrosa, que se detuvo y escuchó como si la vida de aquella mujer corriera peligro. —¿Por qué tenemos que volver? ¿Por qué tenemos que hacer estos viajes a los sitios donde creímos ser felices? ¿A santo de qué todo esto? ¿De qué ha servido hasta ahora? Repasamos el listín buscando los nombres de gente que conocimos hace diez años y los invitamos a cenar, pero ¿de qué vale todo eso? ¿De qué ha servido hasta ahora? Volvemos a restaurantes, a montañas, a casas, incluso a vecindarios, recorremos los suburbios pensando que nos sentiremos felices, y jamás lo conseguimos. Por el amor de Dios, ¿por qué seguimos empeñados en algo tan horrible? ¿Por qué no acabamos de una vez? ¿No podemos volver a separarnos? Así era mucho mejor. ¿No lo era? Era mejor para Anne, me da igual lo que digas, era mejor para ella. Puedo llevármela otra vez y tú puedes vivir en la ciudad. ¿Por qué no puedo hacerlo, por qué, por qué, por qué no puedo...? La camarera, asustada, volvió sobre sus pasos. Cuando bajó la escalera, Anne, sentada en el salón, leía un cuento a los niños más pequeños. Esa noche, aclaró el tiempo y volvió el frío. Todo se congeló. Por la mañana, la viuda Butterick anunció que todas las pistas de la montaña estaban cerradas y que el autobús no haría ningún viaje. Hartley y otros huéspedes rompieron la capa de hielo que cubría la colina de detrás del hostal, y uno de los empleados puso en marcha el primitivo arrastre. —Mi hijo compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —dijo la viuda al oír las vacilantes explosiones del artilugio—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula! La ladera de la colina detrás del hostal era el único sitio donde era posible esquiar en Pemaquoddy y sus alrededores; esto atrajo, después de comer, a un montón de gente de otros hoteles. Los esquís de tantas personas remolcadas una y otra vez cuesta arriba acabaron por poner al descubierto la piedra viva; hubo que arrojar paladas de nieve en las huellas. El cable del arrastre estaba bastante raído, y el hijo de la señora Butterick había diseñado tan torpemente el mecanismo que el trayecto resultaba arduo y cansado para los esquiadores. La señora Hartley intentó que Anne utilizase el arrastre, pero ella se negó si su padre no iba delante. Él le enseñó a acomodarse, a coger la cuerda con firmeza, a doblar las rodillas y a arrastrar los bastones. En cuanto él empezó a moverse, ella lo siguió, encantada. Subió y bajó con él toda la tarde, feliz porque aquella vez no lo perdía de vista. Rota y apartada la capa de hielo de la pista, el terreno quedó en buenas condiciones, y espontáneamente se estableció el extraño y casi coercitivo ritmo de ascender y esquiar, ascender y esquiar. Hada una tarde magnífica. Aunque había nubes cargadas de nieve, una luz brillante y alegre se filtraba a través de ellas. Visto desde lo alto de la colina, el campo era blanco y negro. Los únicos colores eran los del fuego extinguido, y la vista resultaba impresionante, como si la desolación fuera algo más que invierno; como si fuera obra de un magno incendio. La gente hablaba, desde luego, mientras esquiaba o aguardaba para coger el cable, pero apenas era posible oírla. Se oía el ruido sordo del motor del arrastre y el chirrido de la rueda de hierro sobre la cual giraba el cable, pero los esquiadores parecían haber perdido el habla, absortos en su rítmico subir y bajar. La tarde fue un incesante ciclo de movimiento. Había una sola cola a la izquierda de la ladera; uno tras otro, los esquiadores sujetaban la gastada cuerda, y en la cumbre de la colina se separaban de ella para lanzarse por la pendiente que habían escogido. Pasaban y volvían a pasar por la misma superficie, como quien ha perdido un anillo o una llave en la playa y recorre una y otra vez la misma arena. En medio del silencio, la pequeña Anne empezó a chillar. El brazo se le había enganchado en el cable raído; había caído al suelo, y estaba siendo brutalmente arrastrada ladera arriba, rumbo a la rueda de hierro. —¡Paren el arrastre! —rugió el padre—. ¡Párenlo! ¡Paren el arrastre! Todo el mundo en la colina comenzó a gritar: «¡Paren el arrastre! ¡Párenlo! ¡Paren!». Pero no había nadie allí para pararlo. Los chillidos de Anne eran roncos y terribles, y cuanto más se esforzaba por soltarse de la cuerda, más violentamente la arrojaba ésta contra el suelo. El espacio y el frío parecían amortiguar las voces —incluso la angustia de las voces—, que se elevaban pidiendo que pararan el arrastre. Los gritos de la niña fueron desgarradores hasta que la rueda de hierro le partió el cuello. Los Hartley salieron para Nueva York ese mismo día, cuando hubo oscurecido. Conducirían toda la noche detrás del coche fúnebre. Varias personas se ofrecieron a llevar el volante, pero Hartley dijo que quería conducir él, y su mujer también parecía querer que él lo hiciese. Cuando todo estuvo a punto, la afligida pareja atravesó el porche, mirando en torno a ellos la desconcertante belleza de la noche. Hacía mucho frío, el cielo estaba despejado, y las constelaciones brillaban más que las luces del hostal o del pueblo. El ayudó a su mujer a subir al coche, y después de ponerle una manta sobre las piernas, emprendieron el largo, largo viaje. Extraído de Cheever.wordpress.com

David Nebreda (n. en Madrid el 1 de agosto de 1952) es un fotógrafo español. Licenciado en Bellas Artes. A la corta edad de 19 años los médicos le diagnosticaron esquizofrenia. Vive encerrado en un piso de Madrid con apenas dos habitaciones donde ha realizado la totalidad de su obra fotográfica, sin tomar medicación, sin comunicación con el exterior, sin radio, prensa, libros ni televisión. Vegetariano desde los 20 años, practica la abstinencia sexual, y se somete a severos ayunos que le mantinen un estado de delgadez extrema. Sus imágenes llegaron a las manos del galerista Renos Xippas quien le dedicó una exposición en su galería de París, fue allí donde Léo Scheer descubrió su obra, impresionado por su fuerza decidió hacerse editor para poder divulgar su obra. Ha publicado ya dos libros de fotos. Autodidacta dentro de la fotografía, sorprende por su sabia utilización de la técnica, el dominio de la luz y los claroscuros de sus fotografías, no manipula el positivado aunque si utiliza la doble exposición. Su obra es casi desconocida en España, en Francia ha sido promocionada por gente de la categoría del antes citado Léo Sheer, filósofo crítico y uno de los promotores de Canal + Francia, e incluso ha sido objeto de un artículo de Jean Baudrillard. El único referente cercano a su obra puede ser la del artista Joel-Peter Witkin, aunque el busca sus modelos en personas ajenas o en cadáveres, no como Nebreda que basa todo su trabajo en su propia persona. 20 años encerrado en casa, bajo torturas autoinflingidas fotografiadas para mostrar lo más siniestro, lo más grotesco. Masoquismo, mutilaciones, extrema delgadez, las fotografía para "salir" de su propia realidad… Aquí les dejo una colección de algunas de sus fotos, ojalá los moderadores no las eliminen. Este es muy fuerte "Cara cubierta con mierda" Aqui les dejo 2 comentarios sobre David Nebreda que encontré en: , estos dos comentarios me parecieron interesantes: Rogelio Vallejo a Oct 4th, 2008 dijo: El problema es que no todo lo que se ha dicho de Nebreda aquí y en otras partes es totalmente correcto. Por ejemplo lo de que nunca salió/sale? de su casa. Lo conocí en París, a través de su editor Leo Scheer, en ocasión de la exposición de sus fotografías (Paris Foto) y luego un par de colegas y yo lo entrevistamos varias veces en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes. Lo hicimos porque queríamos traer su obra para una exposición en Cardiff (Gales) y publicar un catálogo en inglés sobre su obra. Cada encuentro con David, como cada comunicación telefónica o por correo, fue extremadamente difícil e inolvidable. Recuerdo vivamente cuando nos llevó personalmente a ver las fotografías que se las estaban imprimiendo… Tampoco olvido que en ciertos momentos parecimos coincidir, pero al final, quizá nuestra falta de preparación para entender a personas como él nos llevó a un fracaso total: de comunicación y finalmente del proyecto. Otros dirían que el fracasó se debió a que David Nebreda no podía dejar de controlarnos totalmente -no permitiendo ninguna libertad de expresión u opinión académica, por ejemplo- tal como puede controlar la preparación, la ejecución y la reproducción de sus imágenes. Sus obsesiones quizá lo llevaban a desconfiar hasta de los que deseaban promover su trabajo. En cuanto a la promoción de su obra, alguien dijo: el peor enemigo de las obras de Nebreda es Nebreda mismo. Y otros han sido todavía más crueles… RAVL P. a Jan 15th, 2009 dijo: Creo que catalogar al unico artista outsider vivo del momento como un pobre desgraciado es un error. Es un hombre que se a enfrentado (como todos) a un conflicto vital ( en este caso una esquizofrenia, pero podría ser cualquier otra cosa) ha tomado una decisión al respecto y simplemente vive la vida que a optado por considerar la mejor para él (lo cual es bastante mas inteligente, maduro y responsable que asumir los cánones preestablecidos por una sociedad corrupta y automutilarse para caber en el molde). Mientras tanto crea una obra introspectiva de calidad ( tanto técnica como temática) y tendra sus rutinas, sus alegrías y sus penas como cualquier otro. A mi lo que me parece terrible, patético y acojonante es currar 8 horas diarias en un antro de mierda, alienarse hasta la anulación completa y aprovechar el tiempo libre para ingerir mierda por televisión o en centros comerciales, que es bastante mas perjudicial que llenarse la cara de tus propios excrementos y hacere una foto, por que a fin de cuentas eso se limpia y punto, pero lo otro te convierte en un subhumano sin justificación vital.