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diegohue2

Usuario (Argentina)

Primer post: 14 ago 2009Último post: 27 may 2010
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Lost: la mirada de Jack
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/27/2010

El último secreto de sus ojos El dramatismo de los violines hace de un vertiginoso tobogán de emociones. Allí va Jack, ese héroe inquebrantable, que no es más que un tipo ordinario empecinado en arreglarlo todo, ese que hace seis años corrió entre fuselajes destrozados para ayudar a los 48 sobrevivientes del accidente del vuelo 815 de Oceanic Airlines en una isla del Pacífico sur; va a reposar en el mismo sitio en el que Lost comenzó, el del primerísimo plano de su ojo derecho. Pero esta vez no son otros los que están rotos, sino él. Acaso para que aprenda que no era cierta su prédica, “live togheter, die alone”, Vincent, el perro de Walt, vuelve a descubrirlo, como en el primer episodio, entre bambúes. Y Jack sonríe, parece recuperado. Porque los ve, porque las puntas se unen y ahí están Hurley, Locke, Sayid, Claire, Charlie, Kate, Sawyer, Rose y Cía., en otro lugar sin lugar y tiempo sin tiempo. Ese Jack, sentado en un banco de iglesia, también sonríe. De la misma forma que, minutos antes, lo hace Juliet cuando descubre a James en el hospital y, finalmente, se comprende el balbuceo de ella en el primer capítulo de la sexta temporada. Es que Lost es (fue y será) binario y cíclico: el bien y el mal, la verdad y la mentira, la vida y la muerte, el pasado y el futuro, una procesión de un lado a otro de estos presuntos opuestos. Y también lo es (fue y será) hacia afuera, como lo evidencian Fringe (también producida por el gurú J.J. Abrams) y Flashforward: por estatuto y fundamento, hay (hubo y habrá) un Antes y un Después. Francis Fukuyama no tiene razón. Es un cuchillazo en las tripas propinado por el Falso Locke o Flo- cke (curiosamente, Flocke es el nombre de una ¡osa polar! nacida en cautiverio en el Zoológico de Nuremberg, Alemania, con perdón por la apofenia) el que termina con la vida del cirujano, previa muerte del hermano de Jacob por un escopetazo de Kate. Y habrá sido la sensación que atravesó al séquito de peregrinos frente a la pantalla (sólo en Estados Unidos, fueron más de 13 millones): “The end” es el nombre del último episodio de la serie más controversial de los últimos tiempos, 104 minutos orgásmicos que en el Norte se estrenaron el domingo pasado, por la cadena ABC, y en Argentina el martes por la noche en una maratónica velada que arrancó a las 20 por AXN, con un repaso de la vida de los protagonistas y los misterios del programa. Habrá que incluir, en las cifras de rating nacional e internacional, a los miles de fanáticos que descargaron el capítulo desde Internet, tal vez la misma noche del estreno, para ver entre lágrimas –pero sin sollozos que despertaran al concubino desafectado por la pandemia– las imágenes amarillentas que recuperaban lo perdido en el no-lugar/no-tiempo (entre tantas, la de Terry O’Quinn con una naranja cual protector bucal se lleva los laureles en el emotivómetro). Y sí, finalmente estaban muertos, como había deslizado Richard Alpert en “Ab Aeterno”. Pero lo estaban sólo en ese preludio al ¿Paraíso?, primereado como “realidad alternativa” (por el recurso denominado flashesideway). Ni consecuencia del accidente inicial ni del estallido de la bomba de hidrógeno en “The incident”, donde sólo muere Juliet. Los decesos de los demás “losties” no están necesariamente vinculados con sus destinos en la isla: de entre los “candidatos”, Hurley ocupa el lugar de Jacob, que fue de Jack por menos de un día; Claire, Miles, Kate, Lapidus, Sawyer y Alpert escapan en el avión de Ajira Airways; y váyase a saber lo que le ocurre a Desmond, responsable de vulnerizar a Flocke, volverlo mortal y evitar así la transformación de éste en el temido Humo Negro. Muchos enigmas quedan sin resolver, pues los productores y guionista Damon Lindelof y Carlton Cuse pusieron el eje en los personajes, en el camino de redención de los “losties”, antes que en resolver la incidencia del efecto Casimir y los conejos numerados, la estatua con cuatro dedos, los viajes en el tiempo o la secuencia numérica 4, 8, 15, 16, 23, 42 (que sin embargo fue explicada en “The Lost Experience” como una “fórmula matemática diseñada para predecir el fin de la humanidad”, según Lostpedia). “Hay algunas preguntas que son muy agradables e interesantes de hacer, y hay otras que no tenemos interés en responder. Lo llamamos el ‘debate midicloriano’, porque en cierto sentido, explicar algo místico lo desmitifica”, había alegado Lindelof. Y da en el clavo: en buena parte, el éxito del programa estuvo en su fuerza mítica, intra y extra diegética. Lost se acabó. Y es inacabable e inabarcable. Porque además de una nueva forma de consumo y de marketing viral, una estructura narrativa envidiable, un puñado de personajes entrañables y 121 episodios coleccionables, la criatura de Abrams es una síntesis perfecta entre realidad y ficción. Con tanta historia, ley, profecía, lírica y sabiduría encima, ¿cómo no pasar cuadro a cuadro Cloverfield o esperar con ansias el estreno de Super 8, dirigida por Abrams y producida por Steven Spielberg, o ver con detenimiento los Misterios del Universo? ¿Cómo evitar creer en la existencia de un Jacob elector, mientras Fito Páez entonaba ese enorme Himno Nacional, entre los miles de asistentes a la 9 de Julio? ¿Cómo no revisar los números del boleto del colectivo o el código de barras de cada producto en casa? ¿Cómo no buscar conspiraciones y organizaciones secretas en las páginas de los diarios sensacionalistas en busca del logo de Dharma? ¿Cómo no pensar que en algún lugar del mundo está Desmond apretando, una y otra vez, un botón para salvar el mundo? Ya el “pastor cristiano” abre las puertas de la iglesia y la luz entra y lo inunda todo. Ya el ojo derecho de Jack relampaguea y se cierra. Será cuestión de recordar. Y dejar ir.

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cuento propio: imanes
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/14/2009

IMANES -¿Fuiste al nuevo supermercado? -¿Al de la vuelta? -No, al enorme y nuevo ¿Fuiste? -No abuelo, pero dicen que es bastante grande, tiene cientos de góndolas. -¿Muchas? -Sí, hay de todo, el tío Jorge me contó que el vió lanchas. -¿A motor? -Sí, lanchas a motor, una al lado de otra en una góndola. -¿Y que más? -También dicen que hay una sección entera de asadores con rueditas, de esos que te gustan. -Que lindo, ¿Qué más habrá? -Hay una sección enorme de libros también, ¿Por qué en vez de preguntar tanto no lo llevo a pasear por ahí? -No me gusta que me lleven -Pero abuelo si no lo llevo... ¿quién le va a empujar la silla? -Yo, yo me puedo llevar solo, como hice siempre. -¿Y cómo va a ir entonces? -Vos me llevás y después me pasás a buscar. -Bueno... Pero le avisamos a papá. -No, sin avisar a nadie, no tengo que avisarle a nadie cuando voy de compras. -Bueno, yo lo llevo, pero después ni una palabra. -Descuidá, este viejo no dice nada. -Vamos, te llevo hasta el auto por lo menos -Gracias -Cuidado con las cajas que dejé en el piso, son delicadas. -¿Qué son? -Es una computadora nueva para la oficina. -Ah, en tantas cajas... -Viene en muchas partes, después tengo que ponerme a armarla. -¿Sabés cómo? -No, pero me fijo en Internet. -Ah. -Ya casi llegamos, es por ahí ¿Ves? -Es gigante... -¿Viste? -Muy lindo. -Estaciono y te acompaño hasta la puerta. -Bueno. -Cuidado con la computadora cuando bajes. -Bueno. -Vení te llevo. -No gracias, ahora puedo yo. -Bueno, mirá que puertas enormes. -Sí y muchas. ¡Cuánta gente! -¿Vio? Pero se deben dispersar bastante en un supermercado tan grande. -Sí, aunque la zona de las verduras debe estar repleta. -Mirá abuelo, una silla eléctrica con carrito adelante. -Que bueno, nunca usé una de esas. -Vení vamos a preguntar. -Sí. -Disculpe ¿Se pueden usar las sillas? -Por supuesto, venga yo le ayudo a subirse -Bueno, parece cómoda. -Con cuidado, ¿Anduvo en una antes? -No, ¿Como se avanza? -Tiene una palanquita ¿ve? -Sí. -Y con este se frena. -Ah. -Y con este se prende y apaga. -Bien. -Se lo prendo... y listo, ya puede andar. -Es fácil, gracias por la ayuda. -De nada, cualquier cosa me avisa. -Lo vengo a buscar a las siete abuelo. -Bien -¿Me va a estar esperando no? -Sí -Bueno, más le vale, no quiero tener que buscarlo en ese laberinto. La silla avanzaba lentamente entre la gente que se habría paso hacia los lados. Los que lo veían se hacían a un lado rápidamente y el viejo pasaba lentamente, mirándolos. Más de uno no lo vio, y el viejo en su embriaguez, tampoco. Los primeros metros transcurrieron lentamente, con algunos roces y choques imprevistos, pero sin molestias mayores. El viejo deseaba alejarse de toda aquella gente, avanzar sin problemas. Luego de entrar por el primer pasillo, giró a la izquierda torciendo bruscamente el volante de la silla. Estaba en la sección de cotillón más grande del mundo; las góndolas a sus costados exhibían toda clase de máscaras, divididas por tipo. Era tan grande la sección que el pasillo entero por el que el viejo avanzaba era exclusivamente de máscaras de terror verdes. Había máscaras de marcianos, de saltamontes, de gusanos, hasta había una columna entera de máscaras de moco. De vez en cuando se cruzaba con alguien que tomaba una máscara y se la probaba en los espejos colocados a un lado de las columnas. Llegó a un pasillo, lo cruzó, y del otro lado, comenzaba una sección de lo que parecían pelapapas, alzó la cabeza y leyó el letrero “Pelapapas – Pasillo 1: Mango de madera” El viejo avanzó, los pelapapas le parecieron todos iguales, y aunque avanzó bastante y pasó al lado de diferentes variedades, ninguno le llamó demasiado la atención, a diferencia de muchas señoras a sus costados que revisaban uno por uno, notando diferencias de calidades y materiales de los pelapapas. En una esquina se amontonaba un grupo enorme de personas empujándose, y de vez en cuando se oía algún insulto. El viejo avanzó hasta estar a unos metros de la muchedumbre y leyó el cartel que pendía sobre sus cabezas agitadas, “Secadores de pelo inalámbricos en oferta” Esquivando a la multitud giró en la esquina y cambió de pasillo, en este se amontonaban cientos de toboganes de plástico, a un costado, retando a un niño de unos doce años había un guardia de seguridad. Al fin –Pensó el viejo- -Disculpe señor -Sí, ¿En que le puedo ayudar?-Buscaba la sección de asadores. -¿Asadores? No sabía que teníamos. -Mi hijo dijo que hay una sección enorme de asadores. -Tal vez tengamos, pero no le puedo asegurar, si me da un segundo pregunto a Información. -Bueno -Hola Su, habla Rodriguez, ¿Tenemos sección de asadores? Ah, bueno, gracias. -¿Hay? -Sí, en el pasillo número cincuenta y cuatro del bloque “H” -¿Por donde voy? -Derecho por este pasillo, y cuando llegue al final gire a la izquierda, luego avanza hasta la sección de maquillajes y gira a la derecha, ahí encontrará la sección de asadores. -Muchas gracias -¿Me entendió bien no? -Si, muchas gracias. Se alejó lentamente del guardia y comenzó a avanzar por el pasillo, luego de veinte minutos y muchas góndolas repletas de toboganes, hamacas, castillos y piletas, llegó a una pared enorme que se alzaba hasta el techo que parecía más lejano que nunca, dobló en un giro demasiado lento y anticipado, luego siguió su camino por el profundo pasillo que se extendía hasta un horizonte apenas divisible. La sección que atravesaba estaba atestada de Imanes de heladera, había cientos de miles de imanes clasificados pasillo por pasillo en color, país, comida, estación, clima, ocasiones especiales, deportes, electrodomésticos, oficina, animales, paisajes y personas famosas. Estaba en medio de un pasillo lleno de actores famosos en imanes cuando la silla produjo un sonido extraño y comenzó a apagarse lentamente hasta detenerse del todo. Por un instante el pasillo pareció infinito, el supermercado infinito, y los rostros imantados a sus costados espantosos y estúpidos. El tiempo pasó, las luces comenzaron a apagarse, y nadie pasó por la sección de los imanes. Debe ser la batería –Pensó el viejo-

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