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davidmurillo3551

Usuario (Chile)

Primer post: 6 jun 2015Último post: 2 sept 2015
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¿Esta realmente Walt Disney congelado?
InfoporAnónimo9/2/2015

Muy buenas a todos, Seguramente habréis oído hablar de Walt Disney, y de su misterio. Desde el día de su muerte, muchas personas creen y han creído de Walt Disney se congeló antes de morir para intentar salvarle en el futuro, pero, ¿Es eso real, o es todo un mito? ¿Y por qué se inventó ese mito, si es que lo es? La verad es que no, Walt Disney murió el 15 de diciembre de 1966 debido a un fatal cáncer de pulmón que le arrebató la vida. Su cuerpo fue incinerado un día después de su muerte y sus cenizas reposan ahora en un cementerio. Ya hemos respondido una de las dos preguntas que hemos planteado. Nos queda solo esta, ¿Por qué se inventó ese falso mito de que Walt Disney está criogenizado (congelado)? Bueno, su "entierro" se llevo a cabo, si, pero de una manera muy privada. Solo la familia y la gente muy cercana a Disney acudió a este acto, y fue eso lo que causó que las personas empezasen a sospechar que la real muerte de su ídolo. Además, quién no hubiese querido que Walter siguiese con vida un tiempo más. Este solo fue una de las razones or la cual la gente empezó a sospechar. Disney, en unos días cercanos a su muerte, se interesó mucho en el tema de la criogenización. Esto no era nada privado ni secreto, y juntando los dos datos, uno con un poco de imaginación pudiera pensar que este señor estuviese "invernando" hasta que se inventase una nueva cura... y ahora alejándonos un poco del tema, ¿Es posible criogenizar a alguien? En el presente aun no es posible, puesto que los humanos carecen de una maquinaria celular especializada para eso, es decir, que cuando congelas a un ser humano, los cristales de hielo son muy peligrosos cuando están dentro de las células puesto que crecen sin control y terminan por romper las paredes celulares y por tanto matándolas... Pero esto no significa que no pueda ocurrir en el futuro. De hecho, existe una rana que usa como método de supervivencia en el invierno algo parecido. El animal se congela totalmente y espera ansioso la primavera, incluso su corazón deja de latir. Esta penúltima negación destrozaría todos los mitos sobre famosos congelados (no se si hay alguno, pero deberá haber por ahí un loquillo que piense eso) RESUMIENDO... Walt Disney NO esta congelado ni mucho menos. Ahora yace sentado en el cielo a la derecha de Mickey observándonos. La criogenización es imposible, lo que lleva consigo que Walt Disney no puede estar congelado. Espero haber enseñado algo nuevo y si les sorprendí, y creían que sí esta congelado, por favor denme puntos. Y si no les sorprendí, también!

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Blog en crecimiento
InfoporAnónimo6/6/2015

Muy buenos días a todos los que están leyendo este post. La razón por la que estoy escribiendo esto es para contarles sobre mi blog de historias de ciencia ficción. No busco que sigan a mi blog ni nada de eso, solo quiero darles a conocer al maravillosos mundo de la ciencia ficción, un mundo donde todo puede pasar. Muchas veces la gente cree que la ciencia ficción consta solamente de alienígenas y futuro (la mayor parte sí) pero no todo, por eso quiero invitarles a leer mis cuentos. Muchas gracias trangueros, para los interesados, el blog es www.historiasficcion.wordpress.com. Si tienen buenas ideas mándenme un mail

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¿sabes todo sobre los animales? Entra y compruébamelo
InfoporAnónimo6/7/2015

Hola a todos. ¿creen que saben todo sobre los animales? aquí les dejo una recopilación de datos que seguro no sabías. No se olviden de visitar mi blog www.historiasficcion.wordpress.com 1. Es físicamente imposible para los cerdos mirar al cielo. (¿Tiene que ver con que los judíos no lo comen?) 2. Las ratas se multiplican tan rápido que en 18 meses, dos ratas pueden tener más de un millón de descendientes. 3. Las ovejas no beben agua en movimiento. 4. La cucaracha puede vivir nueve días sin su cabeza, antes de morir de hambre. 5. Es posible hacer que una vaca suba escaleras, pero no que las baje. 6. El ojo del avestruz es más grande que su cerebro. (Igual que algunos políticos mexicanos) 7. El animal mas dormilón es el Koala, pernocta 22 horas por día. (Me dicen koala =)) 8. Los camellos aguantan hasta 10 días sin beber agua pero cuando hay pueden beber mas de 106 litros en una sentada. 9. Las hormigas no duermen. 10. Un mosquito puede "oler" la sangre humana de su cena desde una distancia de hasta 50 kilómetros. 11. La jirafa es el único mamífero que no tiene cuerdas vocales, por lo que es completamente muda. 12. Los animales no pueden dormir de espaldas, solo el hombre. (hahaha yo he visto varios perros conchudos dormir de espaldas) 13. El tamaño del cerebro de un cocodrilo es igual al del dedo pulgar de una persona. (¿Más políticos?) 14. El pez vela es sin duda el pez más rápido que surca los mares pudiendo alcanzar en distancias cortas la velocidad de 110 Km/h. 15. En Bucarest hay 4 ratas por persona, cada año se comen 450 mil toneladas de arroz, suficientes para alimentar a 3 millones de personas. 16. El caballo que más vivió hasta ahora llegó a tener 64 años. 17. La agresividad sexual de la rana toro macho es tal que se aparea con todo aquello que se mueva. (Igual que muchos cuates que conozco jajaja) 18. El material más resistente creado por la naturaleza es la tela de araña. 19. La Jirafa duerme tan sólo 7 minutos por día y lo hace de pie. 20. El mosquito tiene 47 dientes, el tiburón ballena tiene más de 4.500 y el pez-gato tiene 9.280. 21. El corazón del colibrí, igual que el del canario, late hasta mil veces por minuto. 22. El búho puede girar la cabeza 360 grados. 23. Una vaca emite a la atmósfera 182.500 litros de metano al año (una de las causas del agujero de la Capa de Ozono). 24. El chimpancé tiene el récord de rapidez en el acto sexual entre los mamíferos: Lo consuman en tan sólo 3 segundos. El ratón necesita 5 segundos. (Así que cualquier precoz se puede sentir un héroe de guerra) 25. La tenia o solitaria es un parásito intestinal que llega a alcanzar los 10 metros de longitud. 26. El avestruz es el animal que más velocidad puede alcanzar corriendo sobre 2 patas. Puede alcanzar los 67 Km/h y puede mantenerse corriendo grandes distancias a esa velocidad. 27. El elefante africano es el animal terrestre más grande. Para mantenerse necesita diariamente más de 200 kilos de comida 28. El cuello de la jirafa tiene el mismo número de huesos que el nuestro 29. El guepardo es el animal más rápido a cuatro patas pudiendo alcanzar hasta 100 Km/h. 30. El único animal visible desde el espacio son los corales. 31. Un cocodrilo no puede sacar la lengua. (Les da culpa, son muy educados) 32. El "cuac" de un pato no produce eco y nadie sabe porqué. 33. Los elefantes son los únicos mamíferos que no pueden saltar 34. Los erizos ven todo de color amarillo. (erizos = feos) 35. En un gran lago de Bélgica se vio una bandada de libélulas que abarcaba una extensión de 170 kilómetros cuadrados. 36. Un león, es el animal de mayor actividad sexual del mundo; puede copular con la misma hembra cien veces al día. (¡Como el señor Bukowski!) 37. Los camellos tienen tres párpados para protegerse de las tormentas de arena. 38. Los delfines duermen con un ojo abierto. (Y si tú duermes con estudiantes de teatro cerca te recomiendo que también lo hagas) 39. Se estima que millones de árboles en el mundo son plantados accidentalmente por ardillas que entierran sus nueces y se olvidan donde las escondieron. 40. El mamífero más pequeño del mundo es el murciélago abejorro de Tailandia que pesa menos que una moneda de un centavo americano. 41. La lengua de una ballena azul pesa como un elefante adulto. 42. Cada año muere más gente por picadas de abeja que por las que son matadas por tiburones. ("matadas" suena chistoso...) 43. El Koala Australiano nunca toma agua, pues se alimenta únicamente de hojas de eucalipto y de ellas obtiene la humedad que necesita. 44. Los peces de mar pueden padecer de sed. 45. Las ballenas duermen mientras nadan lentamente. 46. Hay peces en las profundidades que generan su propia luz. 47. Si una medusa llamada "avispa de mar" te pica, tienes 45 segundos de vida, ya que es el animal más venenoso del mundo. 48. El topo puede excavar en tierra 5 metros por hora. 49. Las cigarras. Pueden oírse a 400 metros de distancia. 50. El tábano Hybomitra hinei wrighti alcanza la velocidad de 145 km/h. (¿Cuál?) 51. El perezoso de tres dedos se mueve a una velocidad de 2,2 metros por hora. 52. El hámster es capaz de mantener 65 acoplamientos en una hora (menos de 1 por minuto) (no me salen las cuentas..) 53. Algunos ciempiés tienen normalmente entre 15 y 150 pares de patas. 54. La cobra asiática, Naja naja, causa la muerte de 15.000 personas al año. 55. La ballena franca de Groenlandia (Balaena mysticetus) puede vivir 210 años. 56. Las tortugas gigantes de las islas Galápagos pueden alcanzar los 150 años. 57. Los animales predicen cuando va a haber una catástrofe. (la vecina y la señora de coyoacán predicen muchas más cosas) 58. El tiburón ballena tiene 4.500 dientes. 59. La lombriz tiene 10 corazones situados a los lados del cuerpo. (Siiii, son muy enamoradizas) 60. Los mosquitos prefieren picar a los niños que a los adultos y a los rubios que a los morenos. (No se porqué me acordé de Michael Jackson, QEPD) 61. El pájaro tejedor republicano construye los nidos más grandes del mundo, los cuales pueden medir 5 metros de ancho. 62. El pelaje de un oso polar no es blanco, sino que carece de color. Aparece blanco porque tiene diminutas burbujas de aire para su aislamiento que dispersan la luz, apareciendo el pelaje como blanco. (Lo que es lo mismo que tener el pelo blanco, ¿no? ¬¬) 63. Los bigotes de los gatos sirven para orientarse en la oscuridad. 64. Un hipopótamo corre más rápido que un hombre. (Y sobre 2 patas) 65. El hombre tiene 32 dientes, el perro 42. 66. La Anaconda es la serpiente más grande del mundo: llega a medir hasta 9 metros. 67. La "canción" que canta una ballena puede durar meses enteros. Se trata de un sonido continuo y monótono muy propio. 68. Las cotorras tienen tanta inteligencia natural como un niño de tres años de edad. 69. Un cocodrilo puede correr tan rápido como un caballo. 70. Una sola cucharada del veneno de una serpiente cobra, puede matar a 165 personas. 71. A los gatos les encanta saltar al regazo de las personas a las que, precisamente, no les gustan los gatos. Esto se debe a que las personas que odian a los gatos tratan de no mirarlos y, con ello, el felino sabe que se puede acercar, pues esa persona tratará de no molestarlo para nada. 72. Cuando una hormiga muere dentro de una casa, de su cuerpo suelta un olor que atrae a otras hormigas que se encargan de enterrarla. 73. Si las moscas están pesadas desde primeras horas de la mañana, las horas próximas al mediodía pueden ser de fuerte calor. (Entonces si quieres saber si salir tapado o con algo ligero, ignora el pronóstico del clima, pesa a tus moscas) 74. Aproximadamente el 80% de las criaturas de la tierra tienen seis patas. 75. Las orugas tienen cuatro mil músculos. Los humanos tienen 600. 76. La mosca vomita su comida y después se la vuelve a comer. 77. Los grillos tienen sangre blanca. 78. Las tarántulas no pueden tejer telarañas. 79. Los sapos tienen que cerrar sus ojos para tragar. 80. La larva de la mariposa come 86 mil veces lo que pesa. 81. Un hilo de araña es más fuerte que un alambre de acero con el mismo grosor. 82. Las rayas de las cebras son distintas en cada individuo y les ayudan a reconocerse unas a otras y también a camuflarse. 83. La libélula vive un día. 84. El murciélago es el único mamífero que vuela. 85. El Tiburón Enano no supera los 25 cm. 86. La mosca domestica tiene 4000 ojos simples. 87. Si la tigresa no protege a sus cachorros el tigre se los come. (Qué malvado) 88. El canguro rojo puede dar un salto de hasta 12 metros. 89. El caracol tarda una hora en caminar medio metro. (Como mi hermano) 90. Aunque el caimán puede cerrar sus mandíbulas con fuerza suficiente como para romper el brazo de una persona, los músculos que las abren son tan débiles, que un hombre puede mantener cerrada la boca de un lagarto adulto solamente con una mano. 91. El pez más pequeño del mundo mide 8 milímetros. 92. La mayoría de los peces de colores solo tienen tres segundos de memoria. 93. Se calcula que el 99,9% de los seres vivos existentes se extinguieron antes de la aparición del hombre. 94. Los latidos cardíacos de un hámster pueden ser de 250 a 500 por minuto. 95. En China las familias de Pekín tendrán derecho a tener un solo perro por casa y por familia. 96. Cuando los ingleses conquistadores llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles. Inmediatamente llamaron a un nativo y les intentaron preguntar mediante señas. Al notar que respondía KAN_GHU_RU adoptaron el vocablo ingles canguro. Los lingüistas determinaron tiempo después el significado de esa palabra que era muy claro los indígenas querían decir "No le entiendo". 97. Las estrellas de mar no tienen cerebro. 98. En el mundo hay aproximadamente el mismo número de ratas que de personas. 99. Las abejas nacen con el mismo tamaño que tienen a lo largo de su vida. 100. El tiburón ballena tiene más de 4,500 dientes. 101. Los cuernos de los rinocerontes no son óseos, sino que están compuestos de gruesos pelos densamente comprimidos. 102. La ballena azul es probablemente el animal de mayor tamaño que ha existido en la Tierra, y que puede alcanzar los 30 metros de longitud y llegar a pesar 180 toneladas. 104. El ave más rápida es el halcón peregrino que puede alcanzar los 340 km/h al lanzarse en picada sobre su presa. 105. Todos los perros tienen como antepasado al lobo. 106. Los chimpancés son los únicos animales aparte de los humanos que pueden reconocerse en un espejo.

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Historia colonización Marte
Ciencia EducacionporAnónimo6/7/2015

www.historiasficcion.wordpress.com EL PICNIC DE UN MILLÓN DE AÑOS Por Ray Bradbury De algún modo mamá tuvo la idea de que quizás a todos les gustaría ir de pesca. Pero Timothy sabía que no eran palabras de mamá. Las palabras eran de papá, y las dijo mamá en vez de él. Papá restregó los pies en un montón de guijarros marcianos y se mostró de acuerdo. Siguió un alboroto y un griterío; el campamento quedó reducido rápidamente a cápsulas y cajas. Mamá se puso un pantalón de viaje y una blusa, y papá llenó la pipa con dedos temblorosos, mirando fijamente el cielo marciano, y los tres chicos se apilaron gritando en la lancha de motor, y ninguno de ellos, excepto Timothy, se ocupó de mamá y de papá. Papá apretó un botón. El motor emitió un zumbido que se elevó en el aire. El agua se agitó detrás, la lancha se precipitó hacia delante, y la familia gritó: —¡Hurra! Timothy, sentado a popa, puso dos deditos sobre los velludos dedos de papá y miró cómo se retorcía el canal y cómo se alejaban del lugar en ruinas adonde habían llegado en el pequeño cohete, directamente desde la Tierra. Recordaba aún la noche anterior a la partida, las prisas y los afanes, el cohete que papá había encontrado en alguna parte, de algún modo, y aquella idea de pasar unas vacaciones en Marte. Marte estaba demasiado lejos para ir de vacaciones, pero Timothy pensó en sus hermanos menores y no dijo nada. Habían llegado a Marte, y ahora iban a pescar. Así decían al menos. La lancha remontaba el canal. La mirada de papá era muy extraña, y Timothy no la podía entender. Era una mirada brillante, y quizá también aliviada; le arrugaba la cara en una mueca de risa más que de preocupación o de tristeza. El cohete, ya casi frío, desapareció detrás de una curva. —¿Durará mucho el paseo? —preguntó Robert. La mano le saltaba como un cangrejito sobre el agua violeta. Papá suspiró: —Un millón de años. —¡Zas! —dijo Robert. —Mirad, chicos. —Mamá extendió un brazo largo y suave—. Una ciudad muerta. Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún marciano hacedor de climas. Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta. Eran unas pocas piedras rosadas, dormidas sobre unas dunas; unas columnas caídas, un templo solitario, y más allá otra vez las extensiones de arena. Nada más, un desierto blanco a lo largo del canal, y encima un desierto azul. De repente un pájaro atravesó el espacio, como una piedra lanzada a un lago celeste; golpeó, se hundió y desapareció. Papá lo miró con ojos asustados. —Creí que era un cohete. Timothy observó el profundo océano del cielo, tratando de ver la Tierra en llamas, las ciudades en ruinas y los hombres que no dejaban de matarse unos a otros. Pero no vio nada. La guerra era algo tan apartado y lejano como el duelo a muerte de dos moscas bajo la nave de una enorme catedral silenciosa; e igualmente absurda. William Thomas se enjugó la frente y sintió en el brazo la mano de Timothy, como una tarántula joven, arrobada. —¿Qué tal, Timmy? —Muy bien, papá. Timothy no alcanzaba a imaginar qué estaba funcionando ahora dentro de ese vasto mecanismo adulto que tenía al lado. Era un hombre de gran nariz aguileña, tostado y despellejado por el sol, de brillantes ojos azules, como las bolitas de ágata con que había jugado en la Tierra en las vacaciones de verano, y de piernas largas y gruesas como columnas envueltas en pantalones holgados. —¿Qué miras, papá? —Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad. —¿Todas esas cosas están allá arriba? —No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca lo estuvieron. —¿Eh? —Mira el pez —dijo papá señalando el agua. Se oyó un clamor de voces de soprano. Los tres chicos doblaron los cuellos delgados sobre el canal, sacudiendo la lancha, diciendo «¡oh!» y «¡ah!». Un anillado pez de plata nadaba junto a ellos. De pronto onduló y se cerró como un iris, devorando unos trocitos de comida. Papá miró el pez y dijo con voz grave y serena: —Es como la guerra. La guerra avanza nadando, ve un poco de comida, y se contrae. Un momento después... ya no hay Tierra. —William —dijo mamá. —Perdona —dijo papá. Inmóviles, en silencio, miraron pasar las aguas del canal, frescas, veloces y cristalinas. Sólo se oía el zumbido del motor, el deslizamiento del agua, el sol que dilataba el aire. —¿Cuándo veremos a los marcianos? —preguntó Michael. —Quizá muy pronto —dijo papá—. Esta noche tal vez. —Oh, pero los marcianos son una raza muerta —dijo mamá. —No, no es cierto. Yo os enseñaré algunos marcianos —replicó papá. Timothy frunció las cejas, pero no dijo nada. Todo era muy raro ahora. Las vacaciones y la pesca y las miradas que se cruzaba la gente. Los otros dos chicos ya estaban buscando marcianos, y protegiéndose los ojos con las manitas examinaban los pétreos bordes del canal a dos metros por encima del agua. —Pero ¿cómo son los marcianos? —preguntó Michael. Papá se rió de un modo extraño y Timothy vio que un pulso le latía en la mejilla. —Lo sabrás cuando los veas. La madre era esbelta y suave, con una trenza de pelo de oro rizado en lo alto de la cabeza, como una tiara, y ojos morados, con reflejos de ámbar, del color de las aguas profundas del canal cuando la corriente se deslizaba a la sombra. Se le podían ver los pensamientos nadando como peces en los ojos; unos brillantes, otros sombríos, unos rápidos y fugaces, otros lentos y pacíficos; y a veces, como cuando miraba la Tierra, los ojos eran sólo color y nada más. Estaba sentada a proa, con una mano en el borde de la lancha y la otra sobre los oscuros pantalones azules; una línea de piel tostada por el sol le asomaba bajo la blusa, abierta como una flor blanca. Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante. Y como él añadía algo de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se volvió otra vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar. Timothy miraba también. Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían hasta el borde del cielo. Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido. Eran cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del verano y en los sueños de las noches frías de invierno... La familia había viajado millones de kilómetros para esto: una excursión de pesca. Pero en el cohete tenían un arma. Era una excursión, pero ¿para qué habían escondido tanta comida cerca del cohete? Vacaciones. Pero detrás del velo de las vacaciones no había caras dulces y risueñas, sino algo duro y huesudo y quizá terrible. Timothy no podía levantar ese velo, y los otros dos chicos estaban ocupados ahora, pues sólo tenían diez, y ocho años. Robert apoyó la barbilla en forma de V en el hueco de las manos y observó con ojos muy abiertos las orillas del canal. —No veo marcianos todavía. Papá había traído una radio atómica de pulsera. Funcionaba según un anticuado principio: se aplicaba contra los huesos del oído y vibraba cantando o hablando. Papá la escuchaba con un rostro que parecía una ciudad marciana en ruinas: pálido, enjuto y seco, casi muerto. Luego pasó el aparato de radio a mamá. Mamá escuchó con la boca abierta. —¿Qué... ? —empezó a preguntar Timothy, pero no terminó lo que quería decir. En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores. Alzando bruscamente la cabeza, papá aumentó en seguida la velocidad de la lancha. La lancha saltó y se torció y voló. Esto acabó con los temores de Robert, y Michael, dando gritos de miedo y sorprendida alegría, se abrazó a las piernas de mamá y miró el agua que le pasaba por debajo de la nariz en un alborotado torrente. Papá desvió la lancha, aminoró la velocidad, y llevó la embarcación por un canal estrecho hasta debajo de un antiguo y ruinoso muelle de piedra que olía a carne de crustáceo. La lancha golpeó el muelle, y todos fueron despedidos hacia delante, pero nadie se lastimó, y papá se inclinó en seguida sobre la borda para ver si los rizos del agua borraban la estela de la lancha. Las ondas del canal se entrecruzaron, golpearon las piedras, retrocedieron encontrándose otra vez, se detuvieron, moteadas por el sol. Desaparecieron. Papá escuchó. Todos escucharon. La respiración de papá resonaba como si unos puños golpearan las húmedas y frías piedras del muelle. En la sombra, los ojos de gato de mamá observaban a papá buscando algún indicio de lo que iba a pasar ahora. Papá se tranquilizó y suspiró, riéndose de sí mismo. —Era el cohete, por supuesto. Estoy cada vez más nervioso. El cohete. —¿Qué ha pasado, papá, qué ha pasado? —preguntó Michael. —Nada, que hemos volado el cohete —dijo Timothy tratando de hablar en un tono indiferente—. He oído antes ese ruido, en la Tierra. El cohete estalló. —¿Por qué volamos el cohete? —preguntó Michael—. ¿Eh, papá? —Es parte del juego, tonto —dijo Timothy. La palabra entusiasmó a Michael y a Robert. —¡Un juego! —Papá lo arregló para que estallara. Así nadie puede saber dónde estamos. Por si vienen a buscarnos, ¿entiendes? —¡Qué bien! ¡Un secreto! —Asustado por mi propio cohete —le dijo papá a mamá—. Estoy muy nervioso. Es tonto pensar en otros cohetes. Quizás uno... Si Edward y su mujer consiguieron salir de la Tierra. Se llevó otra vez el diminuto aparato de radio a la oreja. Dos minutos después, dejó caer la mano como quien deja caer un trapo. —Por fin se acabó —le dijo a mamá—. La radio acaba de perder la onda atómica. Ya no hay más estaciones en el mundo. Sólo quedaban dos en estos últimos años. Todas callaron ahora, y así seguirán probablemente. —¿Por cuánto tiempo, papá? —preguntó Robert. —Quizá vuestros bisnietos vuelvan a oírlas —contestó papá, y tuvo una sensación de terror, derrota y resignación que alcanzó a los niños. Finalmente papá guió otra vez la lancha hacia el canal y continuaron el paseo. Se hacía tarde. El sol descendía. Una hilera de ciudades muertas se extendía delante de ellos a lo largo del canal. Papá les habló a sus hijos muy serenamente y en voz baja. Muchas veces, en otros tiempos, se había mostrado inaccesible y severo, pero ahora les hablaba acariciándoles la cabeza. Los niños lo notaron. —Mike, elige una ciudad. —¿Qué papá? —Elige una ciudad. Cualquiera. —Bueno —dijo Michael—. ¿Cómo la elijo? —Elige la que más te guste. Y vosotros, Robert, Tim, elegid también la que más os guste. —Yo quiero una ciudad con marcianos —dijo Michael. —La tendrás —dijo papá—. Te lo prometo. Hablaba con los chicos, pero miraba a mamá. En veinte minutos pasaron ante seis ciudades. Papá no volvió a hablar de explosiones. Prefería, aparentemente, divertirse con sus hijos, verlos reír, a cualquier otra cosa. A Michael le gustó la primera ciudad, pero los demás no le hicieron caso, pues no confiaban en juicios apresurados. La segunda ciudad no le gustó a nadie. Era un campamento terrestre de casas de madera que ya estaba convirtiéndose en serrín. La tercera le gustó a Timothy porque era grande. La cuarta y la quinta eran demasiado pequeñas, y la sexta provocó la admiración de todos, incluso de mamá, que se sumó a los «¡ah!» y «¡oh!» y a los «¡mirad eso!». Era una ciudad de cincuenta o sesenta enormes estructuras, en pie todavía; había polvo en las calles de piedra, uno o dos surtidores latían aún en las plazas. Lo único vivo: unos chorros de agua a la luz de la tarde. —Ésta es la ciudad —dijeron todos. Papá guió la lancha hacia un muelle y desembarcó de un salto. —Ya estamos. Esto es nuestro. Aquí viviremos desde ahora. —¿Desde ahora? —exclamó Michael, incrédulo, poniéndose de pie. Miró la ciudad y se volvió parpadeando hacia el lugar donde había estado el cohete—. ¿Y el cohete? ¿Y Minnesota? —Aquí —dijo papá, y tocó con el aparatito de radio la cabeza rubia de Michael—. Escucha. Michael escuchó. —Nada —dijo. —Eso es. Nada. Nada, para siempre. No más Minneapolis, no más cohetes, no más Tierra. Michael meditó unos instantes en la fatal revelación y rompió en unos sollozos entrecortados. —Espera, Mike —le dijo papá en seguida—. Te doy mucho más a cambio. Michael, intrigado, contuvo las lágrimas, aunque dispuesto a continuar si la nueva revelación de papá era tan desconcertante como la primera. —Te doy esta ciudad, Mike. Es tuya. —¿Mía? —Sí, de los tres: tuya y de Robert y de Timothy. Exclusivamente vuestra. Timothy saltó de la lancha. —¡Todo es nuestro, todo! Continuaba jugando con papá, y jugaba a fondo y bien. Más tarde, cuando todo concluyera y se aclarara, podría separarse de los demás y llorar a solas diez minutos. Pero ahora era todavía un juego, una excursión familiar, y los otros dos chicos tenían que seguir jugando. Mike y Robert saltaron de la lancha y ayudaron a mamá. —Cuidado con vuestra hermana —dijo papá, y nadie supo, hasta más tarde, lo que quería decir. Entraron en la vasta ciudad de piedra rosada, hablándose en voz baja, pues las ciudades muertas invitan a hablar en voz baja, y observaron la puesta del sol. —Dentro de unos cinco días —dijo papá— volveré al lugar donde estaba el cohete y recogeré la comida escondida en las ruinas y la traeré aquí. Después buscaré a Bert Edwards, su mujer y sus hijas. —¿Hijas? —preguntó Timothy—. ¿Cuántas? —Cuatro. —Ya veo que eso nos traerá preocupaciones —dijo mamá meneando la cabeza. —Chicas —dijo Michael, y torció la cara como una vieja y pétrea imagen marciana—. Chicas. —¿También vienen en cohete? —Sí. Si consiguen llegar. Los cohetes familiares se construyen para ir a la Luna, no a Marte. Nosotros tuvimos suerte. —¿Dónde conseguiste el cohete? —susurró Timothy mientras los otros dos chicos corrían adelantándose. —Lo guardé durante veinte años, Tim. Lo escondí, esperando no tener que usarlo. Supongo que tenía que habérselo entregado al gobierno, para la guerra, pero pensaba constantemente en Marte... —Y en un picnic. —Eso es. Esto queda entre nosotros. Cuando vi que todo acababa en la Tierra, y después de haber esperado hasta el último momento, embarqué a la familia. También Bert Edwards tenía escondido un cohete, pero nos pareció mejor no partir juntos, por si alguien intentaba derribarnos a tiros. —¿Por qué volaste el cohete, papá? —Para que nunca podamos volver. Y de este modo, además, si alguno de aquellos malvados viene a Marte, no sabrá que estamos aquí. —¿Por eso miras siempre el cielo? —Sí, es una tontería. No nos seguirán nunca. No tienen con qué seguirnos. Me preocupo demasiado, eso es todo. Michael volvió corriendo. —¿Esta ciudad es de veras nuestra, papá? —Todo el planeta es nuestro, hijos. Todo el bendito planeta. Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente un mundo. La noche cayó rápidamente en la delgada atmósfera, y papá los dejó en la plaza, junto al surtidor intermitente, llegó hasta la embarcación, y volvió con un paquete de papeles en las manos. Amontonó los papeles en un viejo patio y los encendió. Todos se agacharon alrededor de las llamas calentándose y riéndose, y Timothy vio que cuando el fuego las alcanzaba, las letritas saltaban como animales asustados. Los papeles crepitaron como la piel de un hombre viejo, y la hoguera envolvió innumerables palabras: «TÍTULOS DEL GOBIERNO; Gráficas comerciales e industriales, 1999; Prejuicios religiosos, ensayo: La ciencia de la logística; Problemas de la Unidad Americana; Informe sobre reservas, 3 de julio de 1998; Resumen de la guerra...» Papá había insistido en traer estos papeles, con este propósito. Los fue arrojando al fuego, uno a uno, con aire de satisfacción y explicó a los chicos qué significaba todo eso. —Ya es hora de que os diga unas pocas cosas. No fue justo, me parece, que os las haya ocultado. No sé si entenderéis, pero tengo que decirlo, aunque sólo entendáis una parte. Arrojó una hoja al fuego. —Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido... »Hemos tenido suerte. No quedan más cohetes. Ya es hora de que sepáis que esto no es una excursión de pesca. He ido demorando el momento de decirlo. La Tierra ya no existe; ya no habrá viajes interplanetarios, durante muchos siglos, quizá nunca. Aquella manera de vivir fracasó, y se estranguló con sus propias manos. Sois jóvenes. Os repetiré estas palabras, todos los días, hasta que entren en vosotros. Hizo una pausa y alimentó el fuego con otros papeles. —Estamos solos. Nosotros y algunos más que llegarán dentro de unos días. Somos bastantes para empezar de nuevo. Bastantes para volver la espalda a la Tierra y emprender un nuevo camino... Las llamas se elevaron subrayando lo que decía papá. Y luego todos los papeles desaparecieron, menos uno. Todas las leyes de la Tierra fueron unos pequeños montículos de ceniza caliente que pronto se llevaría el viento. Timothy miró el papel que papá arrojaba al fuego. Era un mapa del mundo. El mapa se arrugó y retorció entre las llamas, y desapareció como una mariposa negra y ardiente. Timothy volvió la cabeza. —Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice —dijo papá tomando a mamá de la mano. Michael lloraba ruidosamente, y papá lo alzó en brazos y todos caminaron por entre las ruinas, hacia el canal. El canal. Por donde mañana, o pasado mañana, vendrían en bote las futuras esposas, unas niñitas sonrientes, acompañadas de sus padres. La noche cayó envolviéndolos, y aparecieron las estrellas. Pero Timothy no encontraba la Tierra en el cielo. Se había puesto. Era algo que hacía pensar. Un pájaro nocturno gritó entre las ruinas. —Vuestra madre y yo procuraremos instruiros —dijo papá—. Tal vez fracasemos, pero espero que no. Hemos visto muchas cosas y hemos aprendido mucho. Este viaje lo planeamos hace varios años, antes de que naciérais. Creo que aunque no hubiese estallado la guerra habríamos venido a Marte y habríamos organizado aquí nuestra vida. La civilización terrestre no hubiese podido envenenar a Marte en menos de un siglo. Ahora, por supuesto... Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche. —Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste. —Ahí están —dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal. Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció. Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá. Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...

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