dafirenze01
Usuario (México)
No, no es el protagonista de una película de serie B de ciencia ficción irradiado por rayos gamma sino un insecto real, el weta gigante, el insecto más grande del mundo. No en vano, pesa 71 gramos con unas alas que tienen una envergadura de 18 centímetros: es decir, pesa más que un pequeño rodeor y es más grande que muchos pájaros. La foto que encabeza el post fue tomada por un entomólogo aficionado en la isla Little Barrier, en Nueva Zelanda. Los wetas son de la orden de los ortópteros (Orthoptera) de hábitos nocturnos y originarios de Nueva Zelanda. Además, durante el tiempo frío en el cual la temperatura se encuentra debajo del 0°C, los wetas hibernan en un estado de supensión animada en el cual pese al total congelamiento de su cuerpo y la desaparición de signos vitales.
-La sangre se ve azul bajo la piel porque, al incidir la luz en la piel, las longitudes de onda más largas y más rojas penetran en mayor profundidad y son absorbidas por los vasos sanguíneos. Por esa razón, la luz que se refleja en la piel a través de un vaso sanguíneo cuenta con una alta proporción de las longitudes de onda más cortas del espectro azul-violeta. -Aunque hay gente con la sangre verde. Ésta se produce cuando un átomo de sulfuro se incorpora en la molécula de la hemoglobina. La excesiva ingestión de sumatriptan (fármaco empleado para las migrañas), que contiene un grupo sulfonamida, puede causar su sulfahemoglobinemia. -Un estudio español, realizado entre mayo de 2004 y agosto de 2008, analizó el nivel de mercurio en el cordón umbilical de 1.883 partos en Valencia, Barcelona, Asturias y Guipúzcoa, detectando que en un 64% de los casos había niveles de mercurio por encima del nivel que la Agencia de Protección Ambiental de EE UU considera seguro. -Hay gente que se marea con la presencia de sangre. El motivo se debe generalmente a una respuesta vasovagal hiperactiva, un miedo reflejo ancestral. Esta respuesta ralentiza el corazón y disminuye la presión sanguínea, haciendo que la sangre drene hacia las piernas. Así, la sangre menos rica en oxígeno se dirige al cerebro, produciendo mareos o incluso el desmayo. Para evitar estas sensaciones, ya se usan alternativas a las agujas para medir la glucosa en sangre, por ejemplo, como la Espectroscopia Raman, que emplea tecnología de luz no invasiva para medir los niveles de glucosa en sangre escaneando el brazo o el dedo del paciente con infrarrojo cercano. -En un individuo de 75 kilogramos podemos encontrar unos 6 litros de sangre que discurren por una especie de autopista viscosa que comunica todas las células que integran el cuerpo humano a una velocidad de 2 kilómetros por hora. -Está formada por un 55 % de un líquido amarillo llamado plasma. El otro 45 % son glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Estos elementos son reemplazados a un ritmo de 3 millones por segundo. -Muy pocas especies de sanguijuela chupan sangre. Aunque las que chupan sangre lo hacen a conciencia: comen durante una hora seguida y aumentan entre 5 y 10 veces su tamaño original. Desde la época de los romanos, los médicos han usado las sanguijuelas para extraer sangre sin dolor. En 1837, un hospital londinense usó 96.000 de estos gusanos para tratar a 50.557 pacientes. En 1820, las reservas de sanguijuelas se agotaron y tuvieron que ser importadas. -En cada menstruación se pierden de 50 a 100 gramos de sangre. El líquido menstrual es una mezcla de sangre, mucosidades segregadas por las glándulas del útero, fragmentos de mucosa necrosada y células vaginales descamadas del resto.

-El lenguaje no verbal para seducir a una pareja potencial es tan importante como el lenguaje verbal, tal y como se señala en ‘La nariz de Charles Darwin’ de José Ramón Alonso: Se ha calculado que cuando te encuentras con un desconocido, la impresión que tiene de ti se basa en un 55 % en tu apariencia y lenguaje corporal, un 33 % en tu forma de hablar y tan solo un 7 % en lo que realmente dices. (…) Hay una serie de actos sencillos que le dicen a otra persona “me gustas”. Adoptar una postura abierta, acogedora, sin cruzarnos de brazos, ni escondernos detrás de una mesa, así como copiar las posturas del otro, ayudan a crear un sentimiento de afinidad y disponibilidad. Un aspecto interesante en este sentido es copiar el lenguaje corporal ajeno. La mayoría de las personas no se dan cuenta de que las estás imitando pero tienden a evaluar más favorablemente a aquellos que lo hacen. -En 2004, los psicólogos Arhtur Aron y Barbara Fraley realizaron un experimento en el que dos individuos desconocidos tenía que llevar a cabo una actividad juntos. Una de las actividades provocaba la risa (por ejemplo, aprender pasos de baile mientras uno llevaba una venda en los ojos). Los sujetos que se rieron con sus parejas desconocidas se sintieron más cercanas y atraídas hacia ella. En la misma línea, las parejas que compartían detalles mínimos de sus vidas personales y dedicaban unos minutos a mirarse a los ojos también experimentaban mayor cercanía y atracción. Ya dijo Shakespeare que el amor no está en el corazón sino en los ojos. -La música es importante para que se produzca la magia del amor, tal y como sugiere un estudio de 1980 llevado a cabo por los psicólogos May y Hamilton. En el estudio, las mujeres evaluaban fotos de hombres de forma más halagüeña cuando sonaba de fondo un rock suave, con ritmos de batería y tempo rápido. -El miedo o la adrenalina de una situación también favorecen el contacto romántico entre dos personas, tal y como refiere un estudio de 1970 de los psicólogos Don Dutton y Arthur Aron realizado en el puente Capilano, una de las principales atracciones turísticas de Vancouver. Este puente colgante tiene 136 metros de longitud y una caída de 70 metros. Una atractiva mujer se acercó a los turistas varones y les preguntó si deseaban tomar parte en un experimento. Los que dijeron que sí, tuvieron que realizar un breve comentario sobre una foto que les mostró, algo sencillo, pero con la complicación de encontrarse en un puente que oscila y cruje. Al terminar, la chica les dio su número de teléfono garabateado en un papel por si querían formular alguna pregunta adicional. Como control, la chica hizo el mismo paripé con sujetos similares que acababan de cruzar un pequeño y seguro puente de un parque público. Los comentarios de los hombres que habían cruzado el puente arriesgado tuvieron una mayor carga efectiva, e incluso sexual, que los de los hombres del parque. Además, 9 de los 18 hombres que se cruzaron el puente colgante llamaron al número que les había proporcionado la joven, mientras que sólo lo hicieron 2 de los 16 varones abordados en el parque.
Si bien tildamos alegremente a un tipo muy sucio como un cerdo (inmerecidamente, porque el cerdo es un animal especialmente limpio), lo cierto es que las personas, aunque a veces lo parezcan, y mucho, son personas, no animales. Sin embargo, hay personas que se creen animales. Que se lo creen de verdad. Al menos es lo que sugieren algunas investigaciones psicológicas. Por ejemplo, Aaron Kulick, psiquiatra de la facultad de Medicina de Harvard, publicó en 1990 un informe acerca del caso de un hombre que creía ser un gato. El paciente incluso decía comunicarse con maullidos con otros felinos. Es lo que se denomina licantropía: el delirio de creerse un animal. El nombre procede del mito griego de Licaón, a quien Zeus transformó en lobo. El informe se publico en The Journal of Nervous and Mental Disease. Otro caso lo presentó Paul Keck, también de Harvard, que fue el principal autor de un estudio realizado en 1998 titulado “Lycanthropy: Alive and Well in the 20th Century”. En el estudio se revisaban cinco casos, tres de lobos y dos de perros. También se aportaron doce nuevos casos: seis se identificaban con la especie canina, dos creían ser gato, una, jerbo, una más, pájaro, y finalmente dos que no se identificaban con ningún animal en concreto pero que presentaban conducta asilvestrada, como gruñir, ulular, reptar y aullar. Actualmente, la licantropía se considera una enfermedad psiquiátrica.
Para los japoneses, el sushi es casi un religión. De hecho, la gastronomía en general es casi una religión: Tokio cuenta con una concentración de restaurantes apabullante y una gran mayoría son reconocidos a nivel internacional; gran parte de la programación televisiva está consagrada a la comida; la carne de kobe se considera la carne más exquisita y elaborada del mundo; y el sushi tiene un tratamiento casi de piedra preciosa. Pero los japoneses parece que consiguen digerir mejor el sushi que los occidentales. La razón parece haberla encontrado un estudio publicado en la revista Nature por un equipo de expertos encabezado por Jan-Hendrik Hehemann, de laUniversidad de Pierre y Marie Curie (UPMC) de París (Francia): al parecer, los japoneses poseen en su sistema digestivo grandes cantidades de unas enzimas, las porfirasas, que digieren un tipo especial de hidratos de carbono llamados porfiranos, presentes en ciertas algas rojas. Estas algas, del género Porphyra, son lo que los japoneses llaman nori, y las utilizan desde hace varias generaciones tanto para cocinar sopas y ensaladas como para envolver el pescado y el arroz en la modalidad del sushi llamado maki. Es posible que las bacterias incorporaran los genes necesarios para fabricar dichas enzimas a través del contacto con bacterias marinas, ubicuas en la dieta de los japoneses pero ausentes en la dieta europea y norteamericana.
Probablemente el pene que fue disfrutado por más mujeres fue el del rey Fatefehi de Tonga, quien supuestamente desfloró a 37.800 mujeres entre los años 1770 y 1784, alrededor de siete vírgenes al día. Los hombres con buen aspecto pueden tener un esperma más fuerte. Investigadores españoles mostraron a unas mujeres fotos de chicos que tenían semen bueno, regular y pésimo y les dijeron que eligieran al más guapo. Casi todas las mujeres eligieron a los mejores productores de esperma. El pene de los mapache tienen huesos (un amuleto popular entre los habitantes de Texas, muy raritos ellos). No hace falta cerebro para eyacular. La orden viene de la médula espinal. El candirú, un pez al que le atrae la orina, es capaz de entrar en el pene de un bañista para anclarse con sus ganchos y alimentarse de su anfitrión. Este pez, de entre 2 y 6 centímetros de longitud, es casi transparente y nada a gran velocidad, por lo que es muy difícil detectarlo en el agua. Como podéis suponer, los habitantes del Amazonas (región donde se encuentra este animal) tienen sus métodos para evitar el ataque. Mientras que los indígenas siguen métodos sencillos como bañarse de espaldas a la corriente, o taparse los orificios con las manos, algunos exploradores de la zona optan por bañarse con preservativo. ¿Y cómo lo hacemos para sacarlo, si ha entrado en nuestro cuerpo? Habitualmente se tiene que recurrir a la cirugía, aunque en algunos casos se ha tenido que amputar el pene para evitar una hemorragia interna extendida. La principal causa de fracturas de pene es la masturbación vigorosa. El museo denominado Faloteca Islandesa, en Húsavík, Islandia, se dedica a coleccionar penes de especies terrestres y marinas, tanto las que viven en ese país, como también las de otras regiones del mundo.
Seguro que a todos vosotros os suenan esos dibujos en los que la lengua, a modo de mapa político, se divide en distintas regiones especializadas en detectar un sabor específico. Algo así como si los españoles fueran muy salados, los franceses muy sosos y demás. Bien, esto es un mito. Lo de que los franceses sean muy sosos, no (es broma). Es un mito que en nuestra lengua haya un mapa de sabores. Lo cierto es que las papilas gustativas se hallan repartidas por toda la lengua y pueden detectar, más o menos, todos los sabores básicos con la misma eficacia. Según el mapa de la lengua que ha cristalizado en la cultura popular, concebido en por Edwin Boring, un influyente psicólogo de Harvard, la punta de la lengua detectaría el sabor dulce, la parte posterior, el amargo, los laterales anteriores, la sal, y los laterales posteriores, el sabor ácido. El problema es que Boring se había basado en una investigación alemana de 1901, y la había traducido mal, algo parecido a lo que había ocurrido también con el hierro de las espinacas. Lo que señalaba la investigación original es que la lengua humana tiene áreas de sensibilidad relativa ante los distintos sabores, no que cada sabor sólo se pudiera detectar en una zona. Además, es muy fácil desmentir el mapa de la lengua: la punta de la lengua, supuestamente, solo sirve para detectar el sabor salado. Poneos un poco de sal y veréis lo que pasa. A pesar de todo, hasta 1974 no se desmintió oficialmente esta teoría. La revisión corrió a cargo de la doctora estadounidense Virginia Collings, que si bien admitió que la sensibilidad a los cuatro sabores variaba en función de la zona de la lengua, esa variación no era significativa. Por otro lado, no es cierto que solo haya cuatro sabores. Al menos hay cinco. El quinto sabor sería el umami, el de las proteínas en la comida salada, como el beicon o las algas, y fue descrito por primera vez por Kikunae Ikeda, profesor de Química de Tokio, ya en 1908. Hasta el año 2000, sin embargo, no fue confirmado oficialmente como un quinto sabor, hasta que investigadores de la Universidad de Miami descubrieron receptores de proteínas en la lengua humana. Doy fe del quinto sabor porque no solo lo he probado, sino porque en la estantería de mi despacho descansa un frasco de forma vagamente antropomórfica lleno de una especie de sal con sabor a umami, traído directamente de Japón, y que guardo como un fetiche a raíz de que uno de los personajes principales de mi novela Jitanjáfora, una mujer de paladar demasiado fino, se llamara precisamente Umami. Si os interesa saber más sobre el sabor umami, tal vez os interese revisar el artículo que publiqué sobre El nacimiento del imperio del Ketchup. Otra cosa curiosa en relación al sabor es la llamada neofobia. Es decir, el evitar gustos nuevos. Esto se produce exclusivamente en los niños: una vez cumplen 2 o 3 años de edad entonces evitan cualquier gusto nuevo. Definido por el psicólogo estadounidense William James (1842-1910), este trastorno se caracteriza por “una tendencia a rechazar cualquier cosa nueva, un miedo anormal y persistente hacia casi cualquier novedad”. Recientemente, en un importante estudio con gemelos, llevado a cabo por el equipo de la Dra. Cooke, del Departamento de Epidemiología y Salud Pública del University College de Londres, halló que aproximadamente el 80% de la tendencia infantil a rechazar alimentos nuevos, se debe a causas genéticas.