d8a492
Usuario (Chile)
"El Universo, es una cuestión que tenemos encima de nosotros y que está más lejos que la cresta". Profesor Salomón ------------------------------------------------ Día 1 Querido diario: La noticia del día: me hice un maldito tajo en un dedo, a sabiendas de que eso me iba a ocurrir. Un segundo de terror que empezó en el momento mismo en que tomé la estúpida decisión de usar la sierra para cortar la punta del tornillo que somaba al otro lado del palo. ¿Era necesario cortarla? ¡No, señor! ¿Entonces? ¡El pinche perfeccionismo! Esa manía pendeja de hacer que todo parezca como si yo supiera lo que hago, cuando en realidad tengo un talento de porquería que apenas me alcanza para fabricar “muebles” que se camuflan lo suficiente como para parecer que están bien hechos. La cosa es que cuando mi mano derecha sujetó el palo y la izquierda (soy zurdo) se preparó para aserrar el tornillo, inmediatamente me di cuenta que me iba a cortar el dedo. Y en vez de detenerme, en vez de hacerle caso al aviso de la intuición, mi mente llena de neuronas weonas que nadie sabe para qué sirven, divagó por un segundo acerca de la inmortalidad del cangrejo o alguna imbecilidad parecida, y ¡záz!...¡me hice mierda el dedo! Obviamente, me fui al carajo con mi “obra” del día, y mi querida mujer (después de putearme como sólo putean las mujeres que te quieren) me taponeó el chorreadero de sangre y no me quedó otra que irme a recostar y ver la tele. La cara de Sampaoli se me apareció repetidamente en el zaping. Fue entonces cuando decidí agarrar la laptop y me puse a escribir enrabiado: “...La “sabiduría popular” es una basura tradicional que existe. Es como esas pócimas indigestas para recuperar el amor perdido que alguna machi o alguna bruja de porquería fabrica haciendo humitos con cosas raras como orejas de gallinas cojas o los órganos sexuales de un sapo cordillerano. Es esta misma “sabiduría popular” chilena la que no tuvo nunca idea que don Eliodoro Matte se había metido en los baños de sus casas subiéndole el precio al papel-poto en concomitancia con otros amigos de lo ajeno que tienen muchísima plata, pero que siempre están dispuestos a tener más, y mucha más. No sirvió de nada haber ganado la Copa América porque ahora en Chile, no sólo hay más ladrones que nunca, sino también hemos podido comprobar que el escandaloso arte de afanar y apropiarse de lo ajeno se ha extendido hasta las más altas esferas de nuestra sorprendida sociedad siempre tan dispuesta a engatusarse frente al espejo y a suspirar con profunda satisfacción por los logros conseguidos. ¿Cuales? A saber: más pajas que realidades. Ahora, Sampaoli se quiere ir, desesperadamente, pero no está dispuesto a desenvainar ningún morlaco de los 6 millones de billetes gringos que asumió pagar en el contrato que firmó sin pensar jamás que en un futuro cercano tendría tantos deseos locos de mandarse a cambiar y aunque fuera por la puerta que da a los basureros, y que una jauría de aquellos que le amaban (como sólo se ama a los dioses desechables) le gritarían improperios en los aeropuertos, incluyendo salivadas menciones a su mamacita allá en Casilda. Mientras tanto, y a unos cuantas horas de los partidos que vienen por las Eliminatorias a Rusia 2018, no tenemos entrenador a la vista y la ANFP es un despelote que no se entiende, gracias al gentil auspicio del “ahueonao” de Jadue (según la versión del finado Bonvallet) quien ve pasar los horrores del futbol chileno acomodado en su silla de playa con un catálogo de las tiendas y restoranes de Miami donde -con la venia del FBI y sus ahorros en Islas Caimán- se pueden comprar cosas muy lindas y, a la vez, comer cosas muy ricas. Se me olvidó lo de mi tonto accidente, y por hacerle un gesto obceno a la cara del “ahueonao” de Jadue, se me abrió de nuevo la herida de mi tajeado dedo del medio.
Una de las señales más concretas -además de otras tantas- de que muchísima gente con dinero y recursos está hastiada de llevar una vida de porquería en un planeta que parece encaminarse a ninguna otra parte que no sea a una rutina de lo mismo con lo mismo y por una pendiente al desastre, es que ya han aplicado más de 100.000 personas para irse a Marte, en un largo y peligroso viaje sin escala ni retorno. Y ni siquiera se trata de una aventura de esas que prometen oro y diamantes o fabulosos descubrimientos de ciudadelas perdidas y abarrotadas de tesoros. Esta, es una expedición con muy poco glamour y menos comodidades que cruzar el Atlántico en medio de una tempestad y a bordo de una bañera. Dentro de las cosas que tendrá que hacer para alcanzar las inhóspitas, áridas y tormentosas tierras marcianas -si es que el “avión” no se jode en el trayecto- será la de echar mano a todos los ahorros posibles (propios y ajenos), juntar un cerro de plata y firmar un maldito cheque al día por US$ 500.000 sólo para pagarse el pasaje. Como el proyecto es más inestable que una candidatura al senado con plata propia, olvídese de los cheques a fecha o los co-deudores solidarios. Aquí, todo es cash. Si tiene la loca idea que entablará relaciones con algún marciano o que tendrá posibilidades de encamarse con una habitante roja de color verde, pues le informo que mejor se olvide de tales calenturas. Según nos señalan los científicos más acreditados, en Marte hay menos vida que en las proyecciones del Banco Central de Grecia. De hecho, se desconoce aún si existe alguna forma de vida en el subsuelo o debajo de los casquetes de hielo que se han detectado por las exploraciones del robot “Curiosity” que aterrizó en Marte en el 2012. La aventura que el proyecto “Mars One” ofrece a los viajeros, es de un nivel extremo absoluto, y tiene de todo menos sentido turístico o algo remotamente parecido a un viaje de placer. Para empezar, se tendrá que acostumbrar a beber de su propia orina porque en Marte no hay agua disponible. Y si el plato del día es un puré con forma de rollito y con un crespón al tope, pues tendrá que comérselo sin hacer preguntas porque en este viaje a lo desconocido todo lo que va adentro suyo (de su cuerpo) es reciclable y comestible. El ambiente de la atmósfera de Marte no da para pensar en tirarse en alguna playa a tomar el sol, porque, para empezar, no hay playas, y la temperatura promedio en días “soleados” alcanza para coleccionar cubitos de hielo de orina reciclable, con una media de 55 grados bajo cero. Y luego, está ese asunto del aire: Nuestros pulmones, en la Tierra, aspiran una mezcla de nitrógeno y oxígeno (principalmente). Pues, en Marte el aire es menos respirable que en una pelea entre Mayweather y Pacquiao, porque está compuesto por un 95% de dióxido de carbono, un 2.7% de nitrógeno y apenas un 0.13% de oxígeno. O sea, tendrá que disfrutar la vida encerrado en un domo con aire artificial, y todos sus paseos al “aire libre” los tendrá que hacer vestido de astronauta. Y ni se le ocurra pensar en calenturas espontáneas con la científica rusa aquella entre las dunas de Marte, porque pasará a modo cadáver apenas se baje la cremallera. Lo otro que seguramente le hará pasar rabias y le llenará los ojos de tierra marciana, son las benditas tormentas de viento que asolan el ambiente del planeta y que alcanzan los 400 kms/h. Lo suficiente como para despeinarlo para siempre. Gracias a estas tormentas, en la atmósfera marciana hay más concentración de polvo que en una fiesta organizada por Ronaldinho y Maradona. La parte más interesante de este viaje a la conquista y la colonización de Marte es el abanico de posibilidades de negocios que se abren para los gestores económicos que, de seguro, llegarán en tropelía pensando en temas como la minería, oro, diamantes u otras piedras preciosas factibles de llevar a la Tierra. También, habrá un gran número de científicos que estarán en la gloria explorando los elementos y componentes del planeta en la búsqueda de vida o de otras vidas del pasado. Demás está decir que habrá grandes desafíos para construir la infraestructura que albergará la existencia de los colonos, y para conseguir crear atmósferas y métodos que permitan cultivar la tierra, ya que el medio ambiente marciano tendrá que pasar por un proceso de “terrificación” antes de cualquier otra cosa. Así que, ya está advertido e informado: para cubrir el largo viaje de unos 7 meses a través de los 56 millones de kilómetros (que es la menor distancia posible que nos separa del planeta rojo) y hacerse de una parcelita en alguna parte de los 145 millones de kms2 de su superficie, tendrá que estar en perfectas condiciones físicas, además de exhibir un cerebro y una inteligencia emocional a prueba de cualquier cosa. Esta aventura es peor que un reality maldito encerrado en una caja de fósforos con 50 asesinos en serie. Una vez que la cuenta regresiva llegue a 0 ya no hay vuelta atrás de ninguna manera y el largo camino hasta Marte (que incluye el riego de un “octavo pasajero”) no se detendrá sino hasta cuando la nave se haya posado sobre la fina capa de polvo que cubre gran parte del planeta. De las muchas formas que hay para pasar desde el aquí al “más allá”, este viaje promete inconcebibles emociones y muchísimo mastique mental frente a la amenaza de un horizonte oscuro e insondable, un abismo infinito, al que algunos se dirigen diariamente en sus vidas, pero con la íntima convicción de que una aventura como esta, sometida al espanto de lo desconocido, es muchísimo mejor que continuar batallando en sus bobas y aburridas vidas de terrícolas sumidos en el consumismo y la autodestrucción. El hombre sigue siendo el cazador implacable, y el Universo se extiende frente a él como la evidente continuación de sus dominios. ...Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje... (Sabina)