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Usuario (Argentina)
LA MASACRE DE RINCON BOMBA Extracto de “Los indios invisibles del Malón de la Paz” Marcelo Valko Dada la gravedad del hecho y la cercanía temporal con el Malón de la Paz, creo conveniente ampliar este episodio. De acuerdo a lo consignado por los periódicos, en octubre de 1947, grupos pilagás “en tren de malón” llegaron hasta Las Lomitas, Formosa. “Acosados por el hambre, se habrían rebelado 2000 indios en Formosa” (Clarín 12/10/1947: 8). Sin embargo, pronto la situación se “normalizó” dado que los indígenas “se desbandaron después del primer encuentro con las fuerzas de la gendarmería nacional” (Democracia 13/10/1947: 17). Las informaciones indican que estos indios casualmente trabajaban en ingenios de Salta y Jujuy, e “intentaron entrar en malón a Las Lomitas para reclamar justicia social” (Noticias Gráficas 12/10/1947: 8). En cuanto a las pérdidas humanas, las cifras brindadas a los lectores son “tranquilizadoras” y aparentan ser las habituales para estos casos: “alrededor de 4 muertos y otros tantos heridos”. Recapitulando, tenemos un par de datos importantes. En octubre de 1947, grupos de indios vecinos de los kollas, que oficiaban como mano de obra barata, por no decir gratuita en ingenios de Jujuy y Salta, intentaron salir de la invisibilidad en busca de la anhelada Justicia Social. Sin embargo, el desenlace histórico fue muy distinto. La supuesta escaramuza con algunas muertes, en realidad encubría un etnocidio de proporciones con visos de solución final y que se conoce como la matanza de Rincón Bomba. Desde el año 2005 equipos de antropología forense se encuentran trabajando en la recuperación de cadáveres de las fosas comunes descubiertas, en lo que aparenta ser la mayor matanza de indios del siglo XX en la Argentina, esta vez a manos de la Gendarmería. Es necesario puntualizar que el gobierno nacional no propició la masacre, muy por el contrario, trató de aquietar los enviando tres vagones con comestibles. Sin embargo, debido a una demora deliberada en la entrega, en la que aparentemente tuvo que ver justamente el delegado provincial de la Dirección Nacional del Aborigen, los vagones permanecieron estacionados a la intemperie durante 10 días. Dos de ellos fueron “vaciados” y sólo uno llegó completo a Las Lomitas, pero con su cargamento en mal estado. Pese a lo peligroso de su ingesta, igualmente fue distribuido entre los indios. Al día siguiente cientos de indígenas sufrieron una intoxicación masiva y muchos agonizaron sin ningún tipo de asistencia. Varias decenas murieron. Los ánimos se caldearon aun más y la situación se agravó. Los indios fueron cercados y por motivos que la justicia deberá investigar, fueron asesinados. Una vez desatada la masacre, se persiguió a los sobrevivientes para que no hubiese testigos. Las cifras de muertos oscilan entre 400 y 800 hombres, mujeres y niños, por lo cual la Federación Pilagá interpuso en junio de 2005 en el Juzgado Federal Nro. 1 de Formosa una denuncia por crímenes de lesa humanidad. El equipo de Antropología Forense, a la fecha de escribir estas líneas, lleva desenterrados 27 cadáveres (Página/12 28/12/2005 y 18/03/2006). Si bien el gobierno central no tuvo participación en la matanza, una vez producida prefirió desviar la mirada, propiciar la desmemoria y mantener el status quo. Se comenzó por minimizar las cifras. Por eso los diarios hablaron de apenas 4 muertos. Las masivas fosas comunes, la selva y el terror borraron las huellas. No hubo investigación alguna, no hubo castigos, no hubo reparación ni arrepentimiento. Sólo indios muertos. Es sabido que los testigos de eventos dolorosos necesitan tiempo para elaborar el episodio traumático. La memoria individual requiere tiempo para transformarse en memoria colectiva. Confío en que la memoria individual de los distintos familiares de los asesinados, se anime a confluir en una enriquecedora memoria colectiva y salga a la luz la verdad.
El factor dios - José Saramago En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares. Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa. Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.