cristian0523
Usuario (Colombia)

La empresa canadiense D-Wave había dicho que esta semana presentaría el primer ordenador cuántico de la historia, y ha cumplido su palabra: ayer presentaron en Silicon Valley su primer modelo de 16 qubits (16 qubits = 2 qubytes asi como 8 bits = 1 byte y 1000.000 bytes aprox. = 1 megabyte) . ¿Una nueva era en la informática? Este término, tal y como explica la Wikipedia, es la unidad mínima de información cuántica. De hecho, según la enciclopedia online “Un qubit (del inglés qubit, de quantum bit, bit cuántico) es un estado cuántico en un espacio vectorial complejo bidimensional.” y D-Wave ha sido fiel a su palabra: la semana pasada hablábamos de la promesa de la presentación del primer ordenador cuántico de la historia, y ayer Silicon Valley fue el marco en el que la empresa canadiense anunció oficialmente su solución a 400 personas de distintos medios. La informática cuántica puede solucionar problemas del tipo NP-completos, cuyo tratamiento por parte de máquinas actuales era inviable debido al enorme tiempo de computación que se requería. Los estudios científicos relativos a diversas disciplinas como la medicina o la simulaciones físicas son ejemplos claros de este tipo de cálculos, tremendamente complejos. La demostración resolvió algunos de esos problemas, aunque algunos escépticos entre los presentes no estaban demasiado convencidos sobre la eficiencia real del sistema, y si este podría ser considerado como un ordenador cuántico. En Gizmodo US, por ejemplo – de donde procede la imagen del ordenador cuántico, llamado Orion- no estaban demasiado impresionados con el avance. Y en Scientific American titulan su post al respecto de forma realmente crítica: First “Commercial” Quantum Computer Solves Sudoku Puzzles. La idea es la de vender ciclos de computación para resolver problemas complejos, alquilando los servicios de este computador, e invertir en el desarrollo de un computador mucho más potente de 1024 qubits (128 qubytes) FUENTE

"LA ÚLTIMA PREGUNTA" by Sir Isaac Asimov La última pregunta se formuló exactamente, medio en broma medio en serio, el 21 de mayo de 2061. Fue en el momento en que salió a relucir la humanidad. La pregunta se planteó como resultado de una apuesta de cinco dólares tomándose unas copas. Ocurrió así: Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos fieles servidores de «Multivac». Conocían muy bien, tan bien como podía conocerlo un ser humano, lo que había tras la cara fría, resplandeciente, de kilómetros y kilómetros de la gigantesca computadora. Tenían una vaga noción del plano general de relés y circuitos que desde hacía tiempo habían traspasado el punto en que un sólo ser humano podía hacerse cargo del conjunto. «Multivac» se autoajustaba y autocorregía. Tenía que ser así porque ningún ser humano podía ajustaría y corregirla ni con suficiente rapidez, ni con suficiente adecuación. Así que Adell y Lupov servían al monstruo gigante, ligera y superficialmente, pero tan bien como podía hacerlo un hombre. Le suministraban datos, ajustaban preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que se iban recibiendo. Ellos, y todos los demás como ellos, estaban completamente autorizados a compartir la gloria de «Multivac». En décadas sucesivas, «Multivac» había ayudado a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero posteriormente por los escasos recursos de la Tierra no pudieron mantener las naves que precisaban demasiada energía para los trayectos largos. La Tierra explotaba su carbón y su uranio cada vez con mayor eficiencia, pero sus reservas eran limitadas. Poco a poco «Multivac» aprendió a contestar más fundamentalmente a preguntas profundas, y el 14 de mayo de 2061, lo que había sido una teoría, se hizo realidad. Se almacenó la energía del sol, transformada y utilizada directamente a escala planetaria. Toda la Tierra dejó de quemar carbón y de fisionar uranio, bastaba bajar la clavija que lo conectaba a una pequeña estación de kilómetro y medio de diámetro que giraba alrededor de la Tierra a media distancia de la Luna. Todo en la Tierra se hacía mediante rayos de energía solar. Siete días no fueron bastantes para apagar la gloria de aquello y Adell y Lupov consiguieron escapar de la función pública y encontrarse tranquilamente donde a nadie se le ocurriría buscarles: en las desiertas cámaras subterráneas donde se veían partes del enorme cuerpo de «Multivac». Sola, sin prisas, seleccionando datos perezosamente, «Multivac» se había ganado también sus vacaciones. Los muchachos la apreciaban. En un principio, no tenían la intención de molestarla. Se habían llevado una botella consigo y su único deseo en aquel momento era relajarse juntos en compañía de la botella. -Es asombroso cuando uno lo piensa -comentó Adell. Su cara ancha acusaba cansancio; agitó despacio su bebida con una varita de cristal y contempló cómo los cubitos de hielo se movían en el líquido torpemente. Toda la energía que se puede usar, para siempre y gratis. Suficiente energía, si quisiéramos para fundir la Tierra entera en un goterón líquido de hierro impuro, sin echar en falta la energía empleada. Toda la energía que podamos utilizar por siempre jamás. Lupov meneó la cabeza. Era un gesto que hacía cuando quería contradecir, y ahora quería hacerlo, en parte porque había tenido que traer el hielo y los vasos. -Para siempre, no -afirmó. -Vaya, casi para siempre. Hasta que el sol se apague, Bert. -Pero eso no es para siempre. -Está bien, hombre. Miles de millones de años, veinte mil millones quizás. ¿Estás satisfecho? Lupov se pasó los dedos por su escasa cabellera como para asegurarse de que aún le quedaba algo de pelo y sorbió lentamente su bebida: -Veinte mil millones no es para siempre. -Bueno, pero durará mientras vivamos, ¿verdad? -Lo mismo que el carbón y el uranio. -Está bien, pero ahora podemos enchufar las naves espaciales individualmente a la Estación Solar. Se puede ir a Plutón y regresar un millón de veces sin tener que preocuparse del combustible. No se puede hacer eso con carbón y uranio. Si no me crees, pregunta a «Multivac». -No es preciso que se lo pregunte a «Multivac». Lo sé. -Entonces, deja de reventar lo que «Multivac» hizo por nosotros -exclamó Adell, indignado-. Ya lo creo que lo hizo. -¿Quién dice que no lo hizo? Lo que digo es que un sol no durará siempre. Es lo único que digo. Puede que estemos a salvo por veinte mil millones de años, pero, y después, ¿qué? -Lupov señaló a Adell con un dedo tembloroso-. Y no me digas que enchufaremos a otro sol. El silencio duró un instante. Adell llevaba el vaso a sus labios de vez en cuando y los ojos de Lupov se entornaron despacio. Descansaban. Los ojos de Lupov se abrieron. -Estás pensando que nos pasaremos a otro sol tan pronto como el nuestro se acabe, ¿verdad? -No estoy pensando en nada. -Claro que sí. Lo que te pasa es que tu lógica es débil. Eres como el tío aquel de la historia que le caía un chaparrón y corrió hacia un bosquecillo, guareciéndose debajo de un árbol. No estaba preocupado, ¿comprendes?, porque se dijo que cuando su árbol quedara completamente empapado, pasaría a resguardarse debajo de otro. -Lo entiendo -dijo Adell-, y no hace falta que grites. Cuando el sol se haya acabado, las otras estrellas también habrán terminado. -Y ya puedes decirlo -masculló Lupov-. Todo empezó con la primera explosión cósmica, fuera lo que fuera, y todo tendrá un final cuando las estrellas se apaguen. Algunas van más de prisa que otras. Demonios, las gigantes no durarán cien millones de años. El sol durará veinte mil millones de años y quizá las enanas, para lo que sirven, durarán cien mil millones. Pero, bastarán mil billones de años y todo estará a oscuras. La entropía tiene que crecer al máximo, nadamás. -Sé todo sobre la entropía -admitió Adell. -¿Qué diablos sabes tú? -Sé tanto como tú. -Entonces, sabrás que todo tiene que terminar algún día. -Está bien. ¿Quién dice que no? -Lo dijiste tú, pobre idiota. Dijiste que teníamos para siempre toda la energía que necesitáramos. Dijiste «para siempre». Le llegó el turno a Adell de llevarle la contraria. -Puede que algún día podamos volver a construir cosas. -¡Nunca! -¿Por qué no? Algún día. -Pregunta a «Multivac». -¡Jamás! -Pregunta a «Multivac». Te desafío. Apuesto cinco dólares a que te dice que no puede hacerse. Adell estaba lo suficientemente bebido como para intentarlo, y lo bastante sobrio como para marcar los símbolos y operaciones necesarias para formular una pregunta que, dicha en palabras, sería más o menos: ¿Será capaz la Humanidad, algún día, prescindiendo del gasto de energía, de devolver al Sol su vitalidad incluso después de haber muerto de vejez? Quizá podría plantearse más simplemente así: ¿Cómo puede la cantidad neta de entropía del universo ser masivamente disminuida? «Multivac» siguió muerta y silenciosa. Cesó el lento parpadear de luces y cesaron los sonidos distantes del tableteo de los relés. Precisamente cuando los aterrorizados técnicos sintieron que no podían contener el aliento, un súbito renacer del teletipo agregado a «Multivac» hizo aparecer cinco palabras: DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESPECÍFICA. -Todavía, no -murmuró Lupov. Y salieron precipitadamente. A la mañana siguiente, con la cabeza espesa y la boca pastosa, los dos se habían olvidado del incidente. . . . . . . Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II contemplaban el panorama estrellado que iba caminando al terminar el paso por el hiperespacio en su lapso intemporal. El polvo de .estrellas cedió el paso a la preeminencia de un solo disco, centrado, brillante. -Éste es X-23 -dijo Jerrodd con aplomo. Sus manos delgadas se juntaron detrás de la cabeza con los nudillos blancos. Las dos niñas Jerrodette acababan de experimentar el paso por el hiperespacio por primera vez en sus vidas y eran conscientes de la momentánea sensación de dentro-fuera. Ahogaron sus risas y se persiguieron alocadas alrededor de su madre chillando: -Hemos llegado a X-23... Hemos llegado a X-23... Hemos... -Basta, niñas -ordenó su madre-.¿Estás seguro, Jerrodd? -¿Cómo no voy a estar seguro? preguntó Jerrodd mirando al saliente de metal que sobresalía debajo del techo. Corría a lo largo de la estancia y desaparecía por detrás de la pared, a ambos extremos. Era tan largo como la nave. Jerrodd no sabía nada de la gruesa barra de metal sino que la llamaban «Microvac», a la que uno hacía preguntas si lo deseaba; que aunque se hicieran, seguía teniendo la misión de guiar la nave a un destino preestablecido; que se alimentaba de energía procedente de varias estaciones de energía subgalácticas; y que computaba la ecuación necesaria para los saltos hiperespaciales. Jerrodd y su familia sólo tenían que esperar y vivir en el cómodo alojamiento de la nave. Alguien había dicho una vez a Jerrodd que el «ac» al final de «Microvac» significaba «computadora análoga» en lengua antigua, pero estaba a punto de olvidar incluso esto. Los ojos de Jerrodine estaban húmedos al contemplar la visioplaca. -No puedo evitarlo -musitó-. Se me hace raro abandonar la Tierra. -Pero, ¿por qué? -preguntó Jerrodd-. Allí no teníamos nada. En X-23 lo tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. En el planeta hay ya más de un millón de personas. ¡Válgame Dios!, nuestros tataranietos saldrán en busca de nuevos mundos porque X-23 estará abarrotado. -Hizo una pausa-. Te aseguro que es una suerte que las computadoras estudien los viajes interestelares, dado como crece la raza. -Lo sé, lo sé -asintió Jerrodine entristecida. Jerrodette I interrumpió: -Nuestra «Microvac» es la mejor «Microvac» del mundo. -Yo también lo creo así -dijo Jerrodd despeinándola. Era una sensación agradable tener una «Microvac» propia y Jerrodd estaba encantado de formar parte de su generación y no de otra. Cuando su padre era joven, las únicas computadoras eran tremendas máquinas que ocupaban cientos de kilómetros cuadrados de terreno. Sólo había una por planeta. «AC Planetaria» las llamaban. Crecieron de tamaño durante mil años y, de repente, llegó el refinamiento. En lugar de transistores, aparecieron las válvulas moleculares, así que incluso la mayor «AC Planetaria» podía instalarse en un espacio igual a la mitad del volumen de una nave espacial. Jerrodd se sintió orgulloso, como siempre que pensaba que su «Microvac» personal era infinidad de veces más complicada que la antigua y primitiva «Multivac», que había domado al Sol por primera vez, y que era casi tan complicada como la «AC Planetaria» de la Tierra (que era la mayor) que había resuelto por primera vez el problema del viaje hiperespacial y había hecho posible las escapadas a las estrellas. -Tantas estrellas, tantos planetas -suspiró Jerrodine sumida en sus propios pensamientos-, supongo que las familias marcharán siempre a nuevos planetas, como hacemos ahora. -No siempre -objetó Jerrodd sonriendo-, algún día dejarán de hacerlo, pero no hasta que hayan pasado miles de millones de años. Muchos miles de millones. Incluso las estrellas se acaban, ¿sabes? La entropía debe aumentar. -¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II. -La entropía, pequeña, es una palabra que significa la cantidad de desgaste del Universo. Todo se acaba, como tu pequeño robot walkietalkie, ¿te acuerdas? -¿Y no se le puede poner una pila nueva, como a mi robot? -Las estrellas son lo equivalente a la pila, cariño. Una vez se acaban, ya no habrá más unidades de energía. Jerrodette I se puso a gritar: -No las dejes, papá. No dejes que se acaben las estrellas. -¿Ves lo que has hecho? -murmuró Jerrodine, exasperada. -¿Cómo iba a saber yo que se asustarían? respondió Jerrodd. -Pregunta a «Microvac» -lloriqueó Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas. -Adelante -sugirió Jerrodine-. Eso las calmará. (Jerrodette II también había empezado a lloriquear.) Jerrodd se encogió de hombros. -Venga, venga, cariño. Preguntaré a «Microvac». No sufráis, nos lo dirá. Preguntó a «Microvac» y añadió apresuradamente: -La respuesta por escrito. Jerrodd recogió la fina tira de celofilme y dijo alegremente: -Veamos, dice «Microvac» que se ocupará de todo cuando llegue el momento, así que no os preocupéis. -Ahora, niñas, a la cama -dijo Jerrodine-. Pronto estaremos en nuestra nueva casa. Jerrodd leyó las palabras del celofilme antes de destruirlo: DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. Se encogió de hombros y miró por la visioplaca. X-23 estaba exactamente delante. . . . . . . VJ-23X de Lameth miró a la oscura profundidad del pequeño mapa tridimensional, a escala reducida, de la Galaxia. - Me pregunto si no somos ridiculos al preocupamos por el asunto. MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza: -Creo que no. Sabes que la Galaxia estará repleta dentro de cinco años al ritmo de expansión actual. Ambos parecían tener veintitantos años, ambos eran altos y perfectamente formados. - Pero dudo - insistió VJ-23X- en presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico. -Yo no pensaría en ningún otro tipo de informe. Les sacudiría un poco. Hay que hacer que se muevan. -El espacio es infinito - suspiró VJ-23X-. Hay cien mil millones de Galaxias disponibles. Más. - Un centenar de mil millones no es infinito y cada vez se va haciendo menos infinito. Piensa. Veinte mil años atrás, la Humanidad resolvió por primera vez el problema de la utilización de la energía estelar y pocos siglos después se hizo posible el viaje interestelar. La Humanidad tardó un millón de años en llenar un pequeño mundo y sólo quince mil años para llenar el resto de la Galaxia. Ahora, la población se dobla cada diez años... VJ-23X le interrumpió. - Debemos agradecérselo a la inmortalidad. - Muy bien. La inmortalidad existe y debemos tenerla en cuenta. Admito que la inmortalidad tiene su lado malo. La «AC Galáctica» nos ha resuelto muchos problemas, pero al evitar el problema de la vejez y la muerte, nos ha desbaratado todas las otras soluciones. - Pero me figuro que tú no querrás abandonar la vida. - En absoluto - saltó MQ-17J, pero dulcificó el tono para añadir -, todavía no. Aún no soy lo bastante viejo. ¿Cuántos años tienes? - Doscientos veintitrés. ¿Y tú? - Aún no he llegado a doscientos. Pero volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez esta Galaxia esté llena, habremos llenado otra en diez años. Otros diez y habremos llenado dos más. Otra década, y cuatro más. En cien años habremos llenado mil Galaxias. En mil años, un millón de Galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué? - Además de todo - observó VJ-23X- hay un problema de transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar serán precisas para trasladar galaxias de individuos, de una Galaxia a la siguiente. - Buena observación. La humanidad consume ya dos unidades de energía solar al año. - La mayor parte malgastada. Después de todo, solamente nuestra propia Galaxia produce mil unidades de energía solar y nosotros sólo utilizamos dos. - De acuerdo, pero incluso con un cien por cien de eficiencia, solamente retrasaríamos el final. Nuestras exigencias energéticas crecen en progresión geométrica. Se nos acabará la energía antes, incluso, de que se nos terminen las Galaxias. Un punto a favor. Un buen punto. - Tendremos que fabricar nuestras estrellas con gas interestelar. - O con calor de desecho, ¿no? - preguntó irónicamente MQ-17J. - Puede que haya algún medio de invertir la entropía. Deberíamos preguntárselo a la «AC Galáctica». VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J se sacó del bolsillo su «AC» de contacto y la puso en la mesa delante de él. - Tengo ganas de hacerlo -dijo-. Es algo con que la raza humana tendrá que enfrentarse algún día. Contempló, sombrío, su pequeña «AC». Era solamente de treinta centímetros cúbicos y nada más, pero estaba conectada a través del hiperespacio con la gran «AC Galáctica» que servía a toda la humanidad. Teniendo en cuenta el hiperespacio, era parte integral de la «AC Galáctica». MQ-17J se paró a preguntarse si algún día de su vida inmortal llegaría a ver la «AC Galáctica». Estaba en un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que retenían la materia interna que surge de los Submesones ocupaba el lugar de las torpes válvulas moleculares. No obstante, pese a su subetérico funcionamiento, la «AC Galáctica» medía más de trescientos metros de anchura. MQ-17J preguntó de pronto a su «AC» de contacto: -¿Podrá alguna vez invertirse la entropía? VJ-23X pareció sobresaltado y se apresuró a protestar: - Oye, yo no pretendía realmente que le hicieras esta pregunta. -¿Y por qué no? - Los dos sabemos que la entropía no puede invertirse. No puedes volver el humo a cenizas primero y a árbol después. - ¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J. El sonido de la «AC Galáctica» les hizo callar asustados. Su voz salía fina y bella de la pequeña «AC» de contacto sobre la mesa. Les dijo: -NO HAY DATOS SUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. -¡Ya lo ves! -exclamó VJ-23X. Los dos hombres volvieron a preguntarse sobre el informe que debían presentar al Consejo Galáctico. . . . . . . La mente de Zee Prime abarcó la nueva Galaxia con interés por los incontables racimos de estrellas que la envolvían. Nunca hasta entonces la había visto. ¿Las llegaría a ver todas? ¡Había tantas!, ¡y cada una con su carga de humanidad! Pero una carga era casi un peso muerto. La esencia real de dos hombres se encontraba aquí en el espacio. ¡Mentes, no cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, en suspensión sobre los peones. A veces despertaban para actividades materiales pero era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos venían a existir para unirse a la increíble multitud, pero ¿qué importaba? En el universo quedaba poco sitio para nuevos individuos. Zee Prime fue despertado de su sueño al encontrarse con los jirones tenues de otra mente. -Soy Zee Prime -dijo-. ¿Y tú? -Yo soy Dee Sub Wun. ¿Y tu Galaxia? -La llamamos solamente la Galaxia. ¿Y tú? -A la nuestra la llamamos igual. Todos los hombres llaman a su Galaxia, su Galaxia y nada más. ¿Por qué no? -Claro, puesto que todas las Galaxias son iguales. -Todas las Galaxias, no. La raza del hombre debió originarse en una Galaxia determinada. Eso la hace diferente. -¿En cuál? -preguntó Zee Prime. -No sabría decirlo. La «AC Universal» lo sabrá. -¿Se lo preguntamos? De pronto siento curiosidad. Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las propias Galaxias se encogieron y se transformaron en un polvo nuevo y más difuso sobre un fondo mucho mayor. Tantos cientos de miles de millones de Galaxias con sus seres inmortales, llevando a cuestas su carga de inteligencia con mentes que vagaban libremente por el espacio. No obstante, una de ellas era única entre todas al ser la Galaxia original. Una de ellas tuvo, en su vago y lejano pasado, un período en el que fue la única Galaxia poblada por el hombre. Zee Prime se consumía de curiosidad de ver esta Galaxia, y gritó: AC Universal, ¿en qué Galaxia se originó la humanidad? La «AC Universal» les oyó, porque en cada mundo y en todo el espacio tenía sus receptores dispuestos, y cada receptor llevaba por el hiperespacio a algún punto desconocido donde «AC Universal» se mantenía aislada. Zee Prime sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado hasta distancia sensorial de la «AC Universal», y habló únicamente de una esfera brillante de medio metro de diámetro, difícil de ver. -Pero, ¿cómo puede esto ser toda la «AC Universal»? le había preguntado Zee Prime. -Su mayor parte se encuentra en el hiperespacio fue la respuesta-. Pero no puedo imaginar en qué forma está. Ni podía imaginarlo nadie, porque había pasado ya el tiempo en que el hombre tenía que ver con el mantenimiento de «AC Universal». Cada «AC Universal» diseñaba y construía su sucesora. Cada una en un millón de años de existencia, acumulaba los datos necesarios para construir otra mejor y más compleja, una sucesora más capaz en la que se integraría su propio caudal de datos. La «AC Universal» interrumpió las divagaciones de Zee Prime, no con palabras, sino guiándole. La mentalidad de Zee Prime fue guiada al oscuro mar de Galaxias y a una en particular ampliada en estrellas. Y llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro: ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE. Pero era la misma, la misma que cualquier otra y Zee Prime contuvo su decepción. Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a la otra, dijo de pronto: -¿Y es una de esas estrellas, la estrella original del hombre? «AC Universal» contestó: LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE HA PASADO A SER NOVA, AHORA ES UNA ENANA BLANCA. -¿Murieron los hombres que había en ella? preguntó Zee Prime, sobresaltado, sin pensar. Y «AC Universal» respondió: -COMO OCURRE EN ESTOS CASOS, SE CONSTRUYÓ A TIEMPO UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS. -Sí, claro -dijo Zee Prime, pero le abrumaba una gran sensación de pérdida. Su mente se desconectó de la idea de la Galaxia Original del hombre, la dejó volver atrás y perderse entre los puntos borrosos y brillantes. Jamás quiso volver a verlos. Dee Sub Wun preguntó:-¿Ocurre algo malo? -Las estrellas se están muriendo. La estrella original está muerta. -Todas tienen que morir. ¿Por qué no? -Pero cuando toda la energía haya desaparecido, nuestros cuerpos terminarán muriéndose, y tú y yo con ellos. -Pero tardará mil millones de años. -Yo no quiero que ocurra, ni dentro de mil millones de años. ¡«AC Universal»! ¿Cómo puede evitarse que mueran las estrellas? Dee Sub Wu comentó divertido: -¿Estás preguntando cómo puede invertirse la dirección de la entropía? Y «AC Universal» contestó: -HAY AÚN POCOS DATOS PARA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. Los pensamientos de Zee Prime saltaron a su propia Galaxia. No volvió a pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podía estar esperando en una Galaxia a mil billones de años luz de distancia, o en la estrella vecina de la de Zee Prime. Qué más daba. Zee Prime, entristecido, empezó a recoger hidrógeno interestelar con el que formar una pequeña estrella sólo para él. Si las estrellas tenían que morir algún día, por lo menos aún podía construir alguna. . . . . . . Consideraba al hombre como él porque, en cierto modo, el hombre era, mentalmente, uno, formado por un trillen de trillones de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su puesto, cada uno descansando inmóvil e incorrupto, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, pero las mentes de todos los cuerpos se mezclaban libremente unas con otras sin distinción. -El Universo está muriéndose -dijo el hombre. Y el hombre miró a su alrededor a las Galaxias que se iban apagando. Las estrellas gigantes, derrochadoras ellas, se habían apagado hacía tiempo, y habían vuelto a lo más oscuro del oscuro pasado. Casi todas las estrellas eran ya enanas blancas y se acercaban a su fin. Se habían construido nuevas estrellas con el polvo que mediaba entre ellas, algunas por proceso natural, algunas por el propio hombre, y también éstas se iban apagando. Las enanas blancas todavía podían chocar entre sí y por la gran energía producida, nacían nuevas estrellas, pero sólo una entre las mil enanas destruidas viviría y éstas también llegarían a su fin. Y dijo el hombre: -Cuidadosamente economizada, tal como indica la «AC Cósmica», la energía que aún queda en el Universo, durará miles de millones de años. Pero, así y todo -insistió el hombre- fatalmente todo llegará a su fin. Por más que se extreme la economía, la energía una vez gastada se va y no puede recuperarse. La entropía debe aumentar al máximo incesantemente. Y el hombre preguntó: -¿No puede invertirse la entropía? Preguntemos a AC Cósmica. La «AC Cósmica» estaba a su alrededor pero no en el espacio. Ni una parte mínima estaba en el espacio, sino en el hiperespacio. Estaba hecha de algo que ni era materia ni energía. La cuestión de su tamaño y naturaleza ya no tenía significado en ninguno de los términos que el hombre pudiera comprender. -«AC Cósmica» - le dijo el hombre -, ¿cómo puede invertirse la entropía? La «AC Cósmica» respondió: -HAY AÚN POCOS DATOS PASA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. Y el hombre ordenó: -Recoge datos adicionales. «AC Cósmica» declaró: -LO HARÉ. LO HE ESTADO HACIENDO DURANTE CIEN MIL MILLONES DE AÑOS. A MIS PREDECESORAS SE LES HA HECHO MUCHAS VECES LA MISMA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES. -¿Llegará el día - preguntó el hombre- en que los datos serán suficientes, o se trata de un problema insoluble en cualquier circunstancia concebible? «AC Cósmica» dijo: -NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN NINGUNA CIRCUNSTANCIA CONCEBIBLE. -¿Cuándo dispondrás de datos suficientes para contestar la Pregunta? -AÚN HAY POCOS DATOS PARA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. -¿Seguirás trabajando en ello? - preguntó el hombre. - LO HARE - Esperaremos - dijo el hombre. . . . . . . Las estrellas y las Galaxias murieron y se apagaron. El espacio se volvió negro después de diez mil millones de años de agotamiento. Uno a uno, el hombre se fundió con «AC», cada cuerpo físico fue perdiendo su identidad mental de forma que en lugar de una pérdida era una ganancia. La última mente del hombre hizo una pausa antes de fusionarse, mirando por encima de un espacio que no contenía más que los posos de una última estrella oscura y una materia increíblemente fina, agitada al azar por los últimos latigazos de calor que se apagaba asintóticamente en el cero absoluto. Dijo el hombre: -«AC», ¿es esto el fin? ¿No se puede invertir este caos en un Universo una vez más? ¿No puede hacerse? «AC» respondió: -AÚN HAY POCOS DATOS PARA UNA RESPUESTA ESPECÍFICA. La última mente se fusionó y sólo existió «AC», pero en el hiperespacio. La materia y la energía se habían terminado y con ellas el espacio y el tiempo. Incluso «AC» existía solamente para contestar a la única y última pregunta que jamás había sido contestada desde el día en que un técnico medio borracho hacía ya diez mil billones de años, había formulado a una computadora que para «AC» era menos que un hombre para el hombre. Todas las demás preguntas habían sido contestadas y hasta que esta última lo fuera también «AC» no podía liberar su conciencia. Todos los datos recogidos habían llegado a su término final. Nada quedaba por recoger. Pero todo lo recogido tenía que ser completamente correlacionado y unido en todas sus posibles relaciones. Para ello fue preciso un intervalo intemporal. . . . . . . Y ocurrió que «AC» aprendió a invertir la dirección de la entropía. Pero ahora no había ningún hombre a quien «AC» pudiera comunicar la respuesta a la última pregunta. No importaba. La respuesta, por demostración, se ocuparía también de eso. Durante otro intervalo intemporal «AC» pensó en la mejor manera de hacerlo. Y «AC» organizó el programa minuciosamente. La consciencia de «AC» abarcó todo lo que en tiempos había sido un Universo y reflexionó sobre lo que ahora era el Caos. Debía hacerse paso a paso. Y «AC» dijo: -QUE SE HAGA LA LUZ. Y la luz fue hecha.

¿Volver a la luna, algo necesario? El último aterrizaje controlado sobre la Luna fue en 1976. Ya es hora de volver, y las razones son más convincentes que nunca, defienden los científicos espaciales. Han pasado 40 años desde que los últimos humanos visitaron la superficie lunar durante la misión Apollo XVII en diciembre de 1972. De hecho, el último aterrizaje controlado sobre la Luna fue apenas cuatro años más tarde, cuando la misión soviética de retorno de muestras, Luna XXIV, alunizó en julio de 1976. Desde entonces, nada (aunque en los últimos años tanto Estados Unidos como la India han estrellado sondas sobre la superficie lunar). Por lo que ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que fuimos a la superficie lunar, dicen Ian Crawford del Birkbeck College en Londres y algunos colegas. Hoy esbozan las razones sobre por qué deberíamos volver y dicen que son más convincentes que nunca. Para empezar, la Luna es un buen lugar donde aprender sobre la Tierra. A lo largo de su historia, nuestra planeta ha sufrido el impacto de una multitud de asteroides y cometas que expulsaron incontables miles de millones de rocas terrestres al espacio. Parte de este material habrá aterrizado en la Luna, donde casi con toda seguridad aún estará todavía, prístino e intacto. Según algunas estimaciones podría haber hasta 200 kilogramos de la Tierra por kilómetro cuadrado lunar. Esto significa que es el mejor lugar para estudiar las rocas de la joven Tierra, su composición química y, tal vez, incluso el cóctel prebiótico que llevó al origen de la vida aún esté sobre la superficie de la Luna. Luego está el argumento de que la Luna es el único lugar donde es posible realizar ciertas observaciones astronómicas. Los astrónomos han estudiado el universo en todo el espectro electromagnético, pero hay un pequeño rincón del arco iris que aún es inaccesible a los instrumentos situados en la Tierra – las ondas de radio de frecuencia ultra-baja. Por debajo de aproximadamente los 30 MHz, la ionosfera hace un buen trabajo de absorción o reflexión de más o menos todo lo que el universo nos envía. Por consiguiente, el cosmos está esencialmente sin cartografiar a esas frecuencias. El lado oculto de la Luna, por otra parte, es el lugar perfecto sin ondas de radio para observarlas. Crawford y compañía sugieren empezar con unas pocas antenas y, lentamente, añadir más al conjunto para crear un radiotelescopio de cientos o miles de kilómetros de diámetro. Y debería haber muchas cosas por ver. Estas frecuencias estudian la edad oscura – el periodo de varios millones de años tras el Big Bang pero anterior a la formación de las primeras estrellas y galaxias. “Básicamente sólo pueden observarse a través de las emisiones de radio del hidrógeno atómico desplazado al rojo varias decenas de Mhz”, dicen Crawford y compañía. Además de estos objetivos, están los conocidos argumentos sobre una mejor comprensión de la propia Luna y de los recursos que puede tener para exploraciones futuras, tales como agua u otros elementos volátiles. Sin embargo, Crawford y sus colegas se mueven en un terreno menos firme cuando defienden una renovada presencia humana. Dicen que el estudio humano de la Luna daría una importante visión sobre los efectos de la baja gravedad en la salud humana. Tal vez. Un argumento similar se ofrece a menudo sobre los humanos en la Estación Espacial Internacional pero este trabajo ha generado poco, si es que algo, de beneficio para el resto de nosotros. (De hecho, la presencia de humanos es lo que hace de la Estación Espacial Internacional un lugar muy poco adecuado para los experimentos de microgravedad y observaciones astronómicas). Crawford y compañía también defienden que la presencia de humanos aceleraría los procesos de toma de decisiones, permitiendo actividades de investigación que serían imposibles de llevar a cabo de otro modo. Esto parece improbable. Los gastos adicionales operativos y burocráticos que requiere la presencia humana harían que casi cualquier actividad fuese algo increíblemente complejo, imposible de gestionar y muy caro. Crawford y sus colegas parecen no tener en cuenta que el extraordinario progreso hecho en robótica hará que el trabajo automatizado en la superficie de la Luna, y en cualquier otro lugar, sea órdenes de magnitud más productivo y rentable que el esfuerzo humano. Habiendo dicho todo esto, la cuestión es cuándo puede retornar una misión robótica. La respuesta es que no será pronto. Hay numerosas propuestas en perspectiva e incluso una Estrategia de Exploración Global que firmaron las agencias espaciales de todo el mundo en 2007. Sin embargo, los planes firmes son pocos y remotos. Con Europa en crisis económica, la NASA deslizándose hacia la oscuridad y la agencia espacial rusa lamiendo sus heridas después de su reciente pérdida de una misión a Marte, no es difícil imaginar que pasarán otros 40 años hasta que volvamos a la superficie lunar. A menos, desde luego, que alguna de los países emergentes o empresas privadas decidan abordar esta tarea. ¿Richard Branson contra Elon Musk contra China en una carrera a la Luna? Sólo es una idea.
Un reciente estudio financiado por el BBVA apunta, entre otras cosas, que el 69,6% de los españoles piensa que «los átomos son más pequeños que los electrones». La cosa podría no tener mayor trascendencia que la simple anécdota, pero la ignorancia en materia científica siempre tiene un precio. Por ejemplo, según ese mismo sondeo, el 75,7% de los españoles piensa que «los antibióticos destruyen los virus». Esto implica que, para un herpes, mucha gente se automedica e incluso algunos médicos recetan antibióticos. Si esos antibióticos se han conseguido por medio de la Seguridad Social, ya tenemos un ejemplo de cómo estamos derrochando dinero público por ignorancia. A veces, las consecuencias pueden ser tan graves como cargarnos un sector productivo por completo. El mismo estudio certifica que el 54,9% de los españoles piensa erróneamente que las plantas convencionales no tienen ADN, pero las transgénicas sí. El porcentaje es similar en la mayoría de países europeos. No es por tanto casualidad que la gente vea la biotecnología como algo extraño, peligroso, y, por eso, el consumidor europeo, a diferencia del americano o asiático, rechace los transgénicos. Y, dado que el consumidor no los quiere, la ley ejerce un férreo control sobre ellos. La legislación europea solo permite sembrar una variedad de transgénico, el maíz MON810; pero, como también es obligatorio su etiquetado como tal se utiliza básicamente para alimentación animal, dado el rechazo de los consumidores. España es el principal país productor y lo exporta a otros, como Francia, que han decidido no sembrarlo. El caso del maíz MON810 en España es una pequeña victoria dentro de una gran derrota. No tuvo la misma suerte la compañía BASF, que invirtió 12 años y millones de euros en conseguir la autorización de una patata transgénica diseñada para obtener papel con menos procesos químicos, lo que supone un ahorro en los costes de producción y reducir el impacto ambiental. Después de lograr la autorización, el Gobierno alemán se sacó nuevas trabas de la manga. La decisión de BASF fue cerrar toda la división de investigación en biotecnología vegetal de Europa y llevársela a Estados Unidos, centrando su estrategia en proyectos orientados al mercado de ese país. Es decir, la legislación restrictiva en materia de biotecnología ha conseguido que una compañía de referencia cierre uno de sus centros principales ¿Cuál ha sido la consecuencia? Más paro y menos oportunidades de empleo para científicos formados y un golpe a la economía productiva, puesto que perdemos la oportunidad de desarrollar productos útiles para el consumidor, el agricultor y la industria europea. Sin embargo, el caso que mejor ejemplifica el error de la política europea de bloqueo a la biotecnología es el del algodón. La ley europea impide sembrar transgénicos, con la excepción mencionada del maíz. En cambio, permite la importación de los productos derivados. No se puede sembrar, pero sí importar y vender. Los algodoneros españoles cultivan variedades convencionales de algodón y tienen que luchar contra las plagas como el temido gusano rojo con plaguicidas y pesticidas químicos. En cambio, en India y Australia cultivan algodón transgénico tolerante a plagas. La primera ventaja es que estos cultivos no hace falta tratarlos, lo que supone un ahorro de costes de producción que el agricultor español no tiene, sumado al impacto ambiental. El resultado final es un producto mucho más barato. El efecto: precios sin competencia, por lo que la mayoría del algodón que circula por Europa es transgénico importado y hemos impedido a los agricultores competir en igualdad de condiciones. Hace unas semanas, la revista de la Academia Nacional de Ciencia estadounidense ('PNAS') publicó un documentado artículo sobre el impacto económico que la implantación del algodón transgénico ha tenido en India. En contra de la información divulgada por algunas fuentes, el mayor beneficio se ha producido entre los pequeños y medianos productores, puesto que una bajada de costes en pesticidas y en horas de trabajo repercute en un aumento del beneficio que en porcentaje es mucho mayor para explotaciones pequeñas. De hecho, este aumento de beneficios se ha notado en los hábitos de consumo y es uno de los factores que explican que India sea una de las potencias económicas emergentes. Lo más gracioso de esta historia es que la normativa de etiquetado de los productos ecológicos solo afecta a la alimentación, por lo que las prendas de algodón que muchas cadenas de ropa etiquetan como 'orgánica' o 'ecológica' posiblemente sea transgénica porque ninguna ley impide que lo sea. Solo hay que fijarse en el país de producción y si explícitamente dice que no es transgénica. Normalmente, suelen indicar que en su cultivo se han utilizado menos pesticidas, algo que cumple el algodón Bt, resistente a insectos. Podríamos poner muchos ejemplos, como el trigo apto para celíacos, desarrollado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), pero que no puede llegar al mercado porque la ley prácticamente lo impide. Posiblemente, en un futuro cercano, alguna empresa americana lo comercialice y nos tocará importar una tecnología desarrollada con fondos públicos cuando podríamos exportarla. Debemos superar la biotecnofobia y el miedo absurdo a los transgénicos. Nos va el futuro en ello.

Es obvio el uso practico de convertir materia en energía y es que lo hacemos a diario al usar el auto, al comer y luego hacer actividad, y al quemar cosas... ¿pero que pasa con el proceso inverso, acaso es posible? ¿tendría algun uso práctico?, talvez no, pero el experimento mental se plantea a continuación: La fórmula más famosa de Albert Einstein es E = m·c². La energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz. En resumen, significa que la materia no es más que una forma de energía, descubrimiento que tuvo (y tiene) unas consecuencias impactantes en el mundo de la Física. La fórmula además indica que desintegrando cantidades muy pequeñas de materia podemos conseguir grandes cantidades de energía. Esto abrió el camino a la era nuclear. En las reacciones nucleares, parte de la materia se convierte en energía, por ejemplo, en forma de fotones de rayos gamma (los fotones, por definición, no tienen masa). La Humanidad ha conseguido dominar las reacciones nucleares de fisión y fusión con fines destructivos (bomba atómica y bomba H, respectivamente), pero para aplicaciones pacíficas (energía nuclear) sólo la de fisión es viable en la actualidad. Hagámonos la pregunta, ¿es posible recorrer el camino inverso y convertir energía en materia? La respuesta, evidentemente, es que sí. ¿Por qué no? Sólo hay un ‘pequeño’ detalle. Una ínfima cantidad de masa produce una cantidad ingente de energía. Un gramo de materia desintegrada produciría (basta aplicar la fórmula) aproximadamente 90 Terajulios. Esto son unos 25 millones de kilowatios-hora. Con esta energía, podríamos hacer lucir una bombilla de 100 watios durante 285 siglos. Pero al convertir energía en materia todo funciona al revés. Necesitamos una cantidad de energía espectacular para producir una cantidad de materia pequeñísima. Por ejemplo, un fotón gamma muy energético puede dar lugar a un electrón y un positrón (siendo la masa de ambos ridícula). Podemos, por tanto, producir partículas subatómicas a partir de energía, pero sólo tiene interés a nivel científico, experimental. De hecho, sólo podemos obtener partículas sueltas. Sería imposible obtener un ‘pedazo’ de materia de un gramo, ya que deberíamos concentrar toda esa descomunal energía (90 Terajulios) en un sólo punto. Se supone que toda la materia del Universo se originó a partir de energía, pero evidentemente en unas condiciones imposibles de reproducir sobre la faz de la Tierra. En general, aunque la energía no se crea ni se destruye sino que se transforma (considerando la materia como una forma de energía) no todas las transformaciones son igual de viables. Por ejemplo, podemos convertir totalmente la energía mecánica en calor (al frenar un coche, por ejemplo), pero no podemos transformar totalmente el calor en energía mecánica (esto violaría las leyes de la Termodinámica). En el caso que nos ocupa, aunque los humanos hayamos controlado el proceso de transformación de la materia en energía (¡todo un logro!), el paso inverso es físicamente imposible para nosotros. ¡No te olvides de comentar, lo que opinas es importante!