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Usuario (Argentina)

Un mal día en la oficina Hay días buenos, malos o regulares para todo el que trabaje en una oficina, como para todo el mundo. Pero hay días pésimos en los que el universo parece conspirar para convertir una monótona jornada de trabajo en una trampa mortal. Fue un veraniego sábado, que cayó en 28 de julio de 1945 según el calendario, aunque por el aspecto del paisaje más bien podría haber pasado por una invernal mañana pues una espesa niebla cubría todo Nueva York. Ese día, el más célebre edificio de la ciudad, el rascacielos más alto de la época, el Empire State Building, amanecía mejos ajetreado de lo normal. En una jornada normal solían trabajar en el gigantesco edificio más de diez millares de personas pero, tratándose de fin de semana, apenas eran mil quienes se hallaban en las oficinas. El ambiente era festivo en la ciudad, de hecho llevaba siendo así desde que la guerra en Europa había terminado. Aunque en el Pacífico continuaba la lucha contra los japoneses, la caída de Alemania hacía que un número considerable de tropas regresaran a los Estados Unidos, siendo su puerta de acceso a casa el puerto de Nueva York. En esos días, mientras sin cesar llegaban barcos repletos de combatientes desde el viejo continente, algunas chicas de las oficinas del Empire State suspiraban al asomarse a las elevadas ventanas. Allá, a lo lejos, la vieja dama de la Libertad saludaba a los muchachos que volvían del horror de la guerra. ¿Se encontraría entre ellos algunos de sus novios o esposos? La esperanza del encuentro hacía que las chicas jugaran con espejos que, al ser reflejados por el sol, emitían fuertes destellos desde su atalaya hacia el puerto. En ocasiones, esos relfejos parecían ser respondidos de igual forma desde los barcos, lo que alborozaba a las oficinistas. Por desgracia, en ese brumoso sábado no podían jugar con sus espejos. Lo que se veía al otro lado de la ventana no era más que un muro blaquecino en el que no se percibían ni siquiera las formas de los edificios cercanos. Esa misma bruma estaba poniendo en aprietos al Teniente Coronel William Franklin Smith Jr. que, desde el alba, se encontraba pilotando un antiguo bombardero B-25 Mitchell llamado Old John Feather Merchant, transformado en vehículo de transporte de personal militar y de autoridades, desde Boston hacia el aeropuerto de LaGuardia. Smith era un piloto con mucha experiencia, condecorado por sus más de cincuenta misiones de combate sobre Alemania y Francia llevadas a cabo con éxito. Le acompañaban en la nave su compañero en el B-25, Christopher Domitrovich, y un pasajero de última hora, un joven soldado que regresaba a casa de sus padres después de recibir la noticia de que su hermano había muerto en el frente del Pacífico durante un ataque kamikaze japonés. El vuelo se desarrolló normalmente hasta que llegó la niebla, precisamente cuando el aeropuerto se encontraba ya muy cerca. Smith comenzó entonces a volar siguiendo referencias visuales, que apenas pudo identificar, confundiendo el rumbo. Cuando el piloto se percató de su situación real, era demasiado tarde. Giró bruscamente para no estamparse contra un edificio y avanzó a toda velocidad entre la niebla hasta divisar una amenazadora sombra en su frente. Era el Empire State, un gigante que se hallaba justo en su línea de vuelo, imposible de ser esquivado. Smith elevó todo lo que pudo el morro del avión, pero terminó empotrándose a la altura del piso 79 en la cara norte del rascacielos en medio de una imponente bola de fuego, mientras restos del avión atravesaban la estructura del edificio y caían sobre las calles cercanas. Los gritos y el terror llegaron en ese momento. El estruendo sorprendió a las chicas que, a esa hora, hacia las nueve y cuarenta minutos de la mañana, estaban tomando un desayuno ligero. No sabían qué estaba sucediendo, alguien gritó que los japoneses atacaban, otros decían que los alemanes se estaban vengando y que, en realidad no se habían rendido. Más allá hubo quien murmuró que era un ataque de los marcianos. Lo único claro era que había mucha gente herida y que un viscoso líquido desconocido lo invadía todo. Se trataba del combustible de alto octanaje del avión, que amenazaba con incendiar el edificio. Pronto llegó la ayuda, pero para la tripulación del avión y para otras catorce personas, era demasiado tarde. Una de las chicas que trabajaban el rascacielos, Betty Lou Oliver, ascensorista que se encontraba en el piso 80 en el momento del impacto, pudo dar gracias al cielo por sobrevivir. Sí, había sufrido graves quemaduras, pero los equipos de rescate lograron llegar a ella muy pronto. Sin duda, había sido un mal día, pero lo que no sabía Betty era que iba a ser peor. ¿Qué puede fastidiar el milagro de sobrevivir al impacto de un bombardero en lo alto de un rascacielos? Su propia herramienta de trabajo, el ascensor. Allá arriba, tendida en el suelo, entre enfermeras y bomberos, Betty no salía de su asombro al comprobar que continuaba viva. Curiosamente, era su último día trabajo y, además, estaba alegre porque su marido regresaba de la guerra. No sé si lo pensaron mucho, o no, pero el caso es que los equipos de emergencia decidieron bajar a Betty Lou en el ascensor. Parecía funcionar correctamente, pero varias piezas del avión habían seccionado los cables, de tal forma que el ascensor se encontraba suspendido prácticamente por un hilo de metal. Asegurada y tranquila, Betty comenzó a descender en el interior del ascensor hasta que, de repente, los cables cedieron y la cabina entró en una caída libre de 75 pisos. Nadie ha sobrevivido a algo así jamás, salvo Betty, que a pesar de sufrir diversas fracturas, salió del edificio con vida y con ganas de permanecer en este mundo hasta que falleció cinco décadas más tarde. Fuente!

En busca del bidón perfecto Planear una guerra es algo complicado, sobre todo si tu intención es conquistar el mundo por la fuerza. Tendrás que desplegar tropas por lugares lejanos y mantener líneas de suministros fiables si no quieres perder el terreno conquistado. En esas estaban los nazis con su locura a finales de los años treinta, planeando su gran asalto a Europa cuando, haciendo números, se dieron cuenta de que los suministros iban a ser todo un dolor de cabeza. ¿Cómo transportar agua y combustible al frente con la misma velocidad con la que planeaban lanzar sus divisiones acorazadas en lo que, más tarde, se conocería como “guerra relámpago”? Eso por no hablar de servicios médicos, munición, raciones de alimentos y repuestos. A la hora de pensar en cualquier tipo de líquido necesario, sobre todo el combustible y agua mencionados, era absolutamente vital disponer de una manera rápida de almacenar y transportar ingentes cantidades de ellos. ¿Cómo organizar semejante esfuerzo? El ejército alemán solicitó a un equipo de ingenieros que crearan un método para solucionar el problema. Su respuesta fue la Wehrmachtskanister, una simple lata, de la que se guardaron a buen recaudo antes del inicio del conflicto decenas de miles de unidades, sabiendo que iban a ser necesitadas a lo largo de la guerra. Por desgracia, no sólo hicieron falta esas latas, sino muchas más, pero lo que había nacido de un siniestro fin encontró con el tiempo utilidades dispares porque, al otro lado del Atlántico tenían el mismo problema y no sabían cómo solucionarlo. La Wehrmachtskanister era una lata de acero, nada más que dos simples láminas de metal prensadas y soldadas entre sí, con capacidad para veinte litros de combustible, pero tenía algo especial. Su forma estaba diseñada para que las latas fueran apiladas de forma óptima, encajando prácticamente unas con otras. Además, contaba con tres asas que facilitaban su transporte y manipulación, además de un sistema de cierre a presión muy sencillo y una pequeña abertura para el aire, que mejoraba el vaciado. Además, estaba diseñada de tal forma que, aunque se intentara llenar del todo, siempre hubiera una cámara de aire en un saliente de su estructura para que pudiera flotar en caso de tener que lanzarse al mar. Se pintaban de diversas formas para diferenciar contenidos y, en los almacenes, se manipulaban en bloques con numerosas unidades, porque se podían unir entre sí como si se tratara de piezas de un juego de construcción. Bien, ya se podía empezar la guerra, y lamentablemente lo hizo con la invasión a Polonia de 1939. Las Wehrmachtskanister pronto comenzaron a desplegarse por toda Europa siguiendo a los ejércitos, cumpliendo fielmente su misión de suministro. Nunca antes había sido tan sencillo movilizar y distribuir combustible o agua, cosa esta última que fue vital para las operaciones en África. Los alemanes partían con ventaja con respecto a los aliados en lo que se refiere a la organización de redes de suministros y mucha de la culpa en ello la tuvieron esas dichosas latas de aspecto tan inofensivo pero de diseño impecablemente perfecto. Los británicos todavía usaban latas pensadas para la Gran Guerra, de muy diversos modelos, difícilmente almacenables y, además, frágiles. Realmente eran un desastre, con fugas entre las juntas de latón con el que estaban fabricadas y, por lo general, con un cierre pésimo. Se conformaron con eso, sin pensar en que se podía diseñar una lata óptima hasta que, ya bien iniciada la guerra, se toparon con las Wehrmachtskanister. Fue amor a primera vista, un modelo de lata perfecto, sin fugas, de sencillo almacenaje, cierre hermético y mil cualidades más. Cada vez que lograban capturar una, casi hacían una fiesta, se convirtieron en todo un tesoro y los alemanes, sabiendo esto, incluso las empleaban como cebos para realizar emboscadas. Tanto británicos como norteamericanos llamaban “jerry” a los alemanes de forma despectiva, por lo que no tardaron en conocerse a las Wehrmachtskanister como jerrycans, nombre que permanece hoy día. Curiosamente los estadounidenses también tenían el mismo problema, todos su bidones eran poco eficaces y las fugas en ellos escandalosas. No lo sabían al comienzo de la guerra, pero ya en 1939 una extraña amistad hizo que el conflicto, que todavía estaba por venir, cambiara para siempre. Paul Pleiss, un ingeniero americano que, además, era oficial del Ejército de los Estados Unidos, se empeñó en montar un coche con sus propios repuestos e imaginación para recorrer una ruta hasta la India. Decían que estaba como una cabra por pensar en aventuras así, pero es que, además, su compañero de viaje no era precisamente convencional. Se trataba de su mejor amigo, también ingeniero, que para colmo era alemán y militar en la Luftwaffe. ¡Extraña pareja! Resultó que, por ironías del destino, su automóvil era muy robusto pero tenía un punto débil: ¿dónde llevar provisiones de agua para la arriesgada ruta? Pleiss no había pensado en ello, pero su amigo de inmediato ofreció una solución: la Wehrmachtskanister. Y, así, la pareja se hizo con varias latas perfectas alemanas procedentes del aeropuerto de Tempelhof en Berlín. Con ese gran invento en el vehículo ya podían empezar su particular ruta por el mundo pero, cuando ya habían cruzado la frontera de once países el ingeniero alemán fue requerido para regresar a su país para unirse al esfuerzo de guerra. Lo que no sabían los alemanes era que no sólo le había regalado las latas a Pleiss, sino que además le había facilitado planos y detalles constructivos porque, a fin de cuentas, era sólo una lata… ¿no? Su inocencia le costó cara a Alemania, por fortuna para los Aliados. El ingeniero americano continuó su ruta hacia la India, dejó su coche aparcado en una cochera en Calcuta y regresó a los Estados Unidos para unirse, también él, a la guerra. Y allí quedaron las latas, olvidadas en la India sin que nadie se fijara en ellas hasta que el propio Pleiss, al escuchar las historias de los británicos sobre las geniales Wehrmachtskanister se le ocurrió decir algo así como “¡anda! si yo tengo varias de esas y, además, los planos para construirlas.” Al principio sus superiores se lo tomaron a risa, pero luego montaron toda una operación de rescate del coche aparcado en la India, que recorrió medio planeta a manos de agentes secretos norteamericanos para llegar finalmente a Nueva York. Mediado el año 1940 una de las latas llegó por fin a Washington, acompañada de las indicaciones técnicas de Pleiss. Los mandos del ejército no se dejaron impresionar, leyeron todos los informes y, con la lata delante de sus narices, concluyeron que no valía la pena molestarse en producir algo así, a fin de cuentas, los Estados Unidos no habían entrado en guerra y no pensaban hacerlo. Pearl Harbor les hizo cambiar de idea, con un inmenso frente abierto en el Pacífico hacía falta algo especial para transportar combustible al otro lado del mundo. La lata de Pleiss, que había sido guardada, y casi olvidada en un almacén en el puesto del US Army en Camp Holabird, Maryland, fue rescatada. Sometida a ingeniería inversa, rediseñada y puesta en producción. Por desgracia, la copia era bastante mala, en vez de dos piezas de metal prensadas y soldadas, el conjunto estaba formado por planchas unidas por costuras dobladas, mala idea, las fugas eran comunes. Viendo esto, los mandos ordenaron algo muy claro: ¡nada de imitaciones! Así, se empezaron a fabricar en los Estados Unidos miles y miles de Wehrmachtskanister, o jerrycans, idénticas a las alemanas siguiendo las instrucciones que fueron ofrecidas tan sorprendentemente por el amigo germano de Pleiss. No mucho más tarde los británicos hicieron lo mismo y, con el paso de los años, el modelo original, con ciertas mejoras en los materiales y formas, se convirtió en el bidón portátil estandarizado para la OTAN. No es raro cruzarse con jerrycans, pues aparecen por doquier y se han fabricado en cantidades millonarias. Fuente!
Las bromas de la BBC La BBC tiene una reputación de seriedad que le ha valido el sobrenombre de «Tiíta Eeeb». Pero, en realidad, les ha jugado varias bromas a sus oyentes y espectadores. Miles de personas creyeron que había algo mágico en el aire una mañana de 1976, cuando el astrónomo Patrick Moore dijo a los oyentes de la BBC que, a las 9:47 de la mañana, exactamente, el planeta Plutón pasaría por detrás de Júpiter, produciendo una atracción gravitacional creciente desde el cielo. Moore dijo que, en ese preciso momento, la gente se sentiría liviana. Los invitó a saltar hacia arriba para experimentar una sensación parecida a la de flotar; ésa es la razón por la que miles de personas estuvieren saltando, a todo lo ancho de las Islas Británicas, a las 9.47 de ese día de abril, llamado el Día de los Inocentes. Centenares de oyentes llamaron luego a la BBC para afirmar que la experiencia de saltar había tenido éxito. Richard Dimbley, un famoso locutor de la BBC, chasqueó a miles de personas otra Ola de los Inocentes, otro mes de abril, en 1957, cuando mostró un documental televisivo sobre la cosecha de spagheti en Italia. Los espectadores vieron cómo los spagheti flameaban al viento mientras «crecían» en las ramas de los árboles. Pero a veces son los locutores los que resultan burlados. Cierta vez, la radio City de Liverpool invitó a un importante personaje árabe, su Alteza Serena el príncipe Shubtill de Sharjah, a visitar Gran Bretaña para ser entrevistado acerca de las exploraciones petrolíferas en el golfo Pérsico. La entrevista fue grabada para un noticiero y la dirección de la radio saludó al príncipe cuando éste se retiraba. Pero su Alteza Serena resultó ser un bromista llamado Neviile Duncan, un experto en computación bancaria. Su personificación fue descubierta 20 minutos demasiado tarde, cuando el reportero Peter Gould, un fanático de los crucigramas, se dio cuenta de que el apellido del príncipe Shultul no era, después de todo, árabe, sino un vulgar anagrama de esos que aparecen a menudo en la penúltima página de los periódicos. En 1977 hubo pánico cuando un desconocido mago de la electrónica interrumpió la transmisión, en una hora punta, del noticiero nacional de la televisión británica, y anunció que seres del espacio exterior habían aterrizado al sur de Inglaterra. La estación de TV y las redacciones de los periódicos se abarrotaron de llamadas telefónicas. El bromista nunca fue descubierto. Fuente!