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chiefmaster5

Usuario (México)

Primer post: 26 feb 2017Último post: 26 feb 2017
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Historias a través de carátulas: Kreator
OfftopicporAnónimo2/26/2017

Hace eones, en las heladas tierras del norte, existió un guerrero mítico, cuyo origen permaneció envuelto en el misterio, así como su verdadero nombre. Sin embargo, sus campañas de terror a lo largo y ancho del continente lo llevaron a ganarse el mote de "Atormentador", y en todos lados, desde los reinos septentrionales hasta los meridionales, se difundían historias de masacres y destrucción en que su brutalidad era protagonista. Pocos eran los que sobrevivían a los asaltos de su horda, un florilegio de los esbirros más sanguinarios sobre la tierra, y menos aún los que lo vieron de cerca y vivieron para contarlo, pero gracias a estos escasos afortunados se llegó a tener un esbozo del aspecto del Atormentador; una bestia, más que un hombre, de curtida piel grisácea como roca de montaña, musculatura titánica y atavíos y ornamentos dignos de los bárbaros. Una bandera negra y raída encumbrada en el horizonte era siempre el preludio de los ataques. Era la bandera del odio que el Atormentador y sus huestes sentían por la humanidad, pues sus sádicas proezas no parecían tener otro objetivo que la devastación, el dolor interminable y la muerte total de sus víctimas. Para ello, autoproclamándose La Muerte misma, se armó de una guadaña con la que podía eviscerar, decapitar y descuartizar a diestra y siniestra con la soltura de un segador de trigo. Nada terrenal lo podía detener, solo el Diablo, quien fuera el único capaz de crear un ser así, un verdadero hijo del mal. Y eso fue lo que sucedió. Un día, así como apareció, el Atormentador se esfumó sin dejar rastro. Sus tropas se dispersaron, encontrando algunos la muerte a mano de tribus bárbaras y otros debido a las inclemencias de la naturaleza. La tormenta de la bestia encontró su final y la relativa paz de los hombres regresó. El Atormentador, sin embargo, no estaba muerto. Su cuerpo sin alma había sido reclamado por Abadón, quien lo condujo a las profundidades del averno en que ejerce su potestad. Sin esperar demasiado, lo descarnó con furia y arrojó su esqueleto a un abismo pútrido y humeante, donde otros despojos de las creaciones de Satanás luchaban y se destruían entre sí por la eternidad. El que una vez fue el Atormentador ya no era más que carroña, viviendo en medio de la pestilencia y el derroche de violencia, escuchando los incesantes gritos que componen el coro de los condenados. Transcurrió un milenio de intenso suplicio, tiempo en que el Atormentador, en vez de sucumbir, se hizo más fuerte. Abadón lo moldeó paulatinamente hasta darle la forma de uno de sus sayones, con la piel roja, garras, prominentes cuernos, una larga cola como recio apéndice y brazaletes de hierro en ambas muñecas. "La muerte es tu salvador", le decía el demonio, y bajo esta consigna el placer de matar crecía en el Atormentador, se volvía una obsesión. Cuando su transformación concluyó, todo residuo de su vida mortal había desaparecido. Invirtió los siguientes siglos en la interminable tarea de aniquilar los esqueletos, que se regeneraban cada vez. El cuadro del Atormentador sobre una montaña de restos esqueléticos combatiendo las osamentas armadas que arremetían contra él, se volvió recurrente en aquel apartado rincón del infierno. Y con cada cráneo que destrozaba, con cada hueso que reducía a polvo, el nuevo Anticristo se hacía más insaciable y poderoso. Esa fue la revelación final de Abadón. Lucifer, quien lo contenía con denuedo, evitando así que el Día del Juicio sucediera, no le pudo impedir el transformar a su hijo pródigo y entrenarlo para llevar a cabo el exterminio de la Tierra. El Atormentador fue entonces liberado de los abismos; le fueron retirados los cuernos y los brazaletes y fue lanzado al mundo exterior, donde se sintió dotado de un poder sin límites, como nunca lo estuvo en sus años de cautiverio. Cada fibra de su cuerpo latía, desbordando una energía descomunal, sofocante. Siguiendo una fe ciega, ansioso únicamente por satisfacer ese voraz apetito de destrucción, echó una ojeada a esa nueva era, a las moles de concreto que habían sustituido a montañas y bosques, y por el oscuro piélago de su mente nadó la certeza terrible de que el Apocalipsis había llegado. No hubo piedad para la humanidad. El demonio desató el caos en el mundo, llenando con él cada recoveco, ahogando en él cada cosa mortal que encontró a su paso. Azotó con toda su ira a países enteros, vació los océanos, abrió los suelos, ennegreció los cielos, estableció el reinado del fuego, ejerció su sadismo con mórbido deleite, dejó su rastro tóxico hasta en los parajes más recónditos del orbe. Al final del cataclismo, de los exiguos grupos de sobrevivientes surgió un hombre convencido de que había que glorificar al Anticristo, el enviado de Abadón, e inició una secta enteramente devota a él. Sacrificios, cánticos satánicos y otros rituales se empezaron a efectuar sobre los remanentes del Viejo Mundo. Pero el Atormentador no buscaba ser deificado; su objetivo era arrasar con todo lo que era y cortar de tajo lo que sería. Irónicamente, las acciones del fanático líder de la secta salvaron a la Tierra de su completo asolamiento, pues terminó llamando la atención del Maligno, quien encerró al Anticristo en el tártaro y se divirtió jugando un poco con la precaria sociedad. Para empezar, arrastró al mesías a las grutas del averno, donde lo encontró tan fervoroso que dejó que su cuerpo y alma fermentaran detrás del espejo de la existencia, donde ningún ser humano había estado antes, un espacio donde la realidad está perdida y el tiempo permanece quieto, donde sueños y pesadillas son uno. Ahí, su mente colapsó, pero su alma sufrió una mutación irreversible, se entremezcló en todas las dimensiones con energías y entidades. A lo largo de lo que parecieron eones, su esencia eclipsó en los fantasmagóricos hálitos de las estrellas, penetró en auras inconcebibles de la oscuridad más remota, fue absorbida y regurgitada por agujeros negros, vagó por cada átomo del universo y se fundió con el núcleo de los planetas. Finalmente, regresó del cósmico exilio. Emergiendo de las turbias aguas del infierno, el ser se mostró nuevamente en la Tierra, pero la carne de ese cuerpo ajeno estaba putrefacta y lo que yacía bajo él ya no era un hombre. Lo que él, fuera lo que fuera, encontró, era la sociedad involucionada, caída nuevamente en un estado primitivo, un pandemónium terrenal. Los áridos paisajes lucían aún más desolados gracias al hombre adicto a la violencia, que luchaba ya no por sobrevivir, sino por demostrar su poderío, recurriendo a agresiones extremas sin ningún tipo de restricción. Hasta los cielos se habían teñido de un intenso rojo sangre, oscurecidos únicamente por las polvaredas del desierto. El agua y los animales escaseaban. El que fuera alguna vez el mesías de aquellas tierras se halló sofocado por un mundo derruido, abandonado, sin razón para existir, en que la tortura era el pan de cada día y solo el delirio o el suicidio parecían las mejores alternativas de salvación. Pero era tan solo un poco peor que cuando lo dejó, y no comprendió por qué sentía esa opresión en el pecho, por qué le hormigueaba todo el cuerpo, o el alma, pues ese hormigueo era más bien intrínseco, inherente a la entidad levitante que era ahora, y que poco a poco se desprendía del cadáver que había poseído, y que de repente se hallaba a sí misma dentro de un inmenso remolino... ...en que empezaron a vaciarse otras entelequias de cuerpos amorfos, fantasmas de vidas perdidas en el tiempo, quintaesencias de criaturas de mil mundos diferentes, que con una cadencia que tendía al infinito desfilaron al interior de su mente, de alguna manera, convirtiéndose en molduras que reforzaban su cualidad de ser y estar en un plano sin tiempo ni espacio, pero donde sentía que percibía todo en un enmarañado de sensaciones inimaginables. Pronto dio cuenta que estaba en el remolino, pero asimismo el remolino era él, dando pie a una paradoja casi tangible, que no comprendía, pero podía asimilar en cada poro de su cada vez más pesado organismo, en cada palpitante rincón de su cada vez más lúcida conciencia. Estaba en el mundo más allá de los mundos, en una dimensión que se reflejaba a sí misma en la distancia eterna, en una galaxia de luces y colores inexistentes. Había actuado como una centrifugadora, absorbiendo miles de espíritus de todas las eras y todos los lugares del universo. Ahora descansaba, todavía aturdido, y no tardó mucho en entrar en un coma de almas, porque, como en un sueño, se halló repentinamente en la Tierra, ese lugar del que se había olvidado. La veía, la veía incluso mejor que todos los que allí vivían. Vivir. Qué extraño destino para la humanidad. Habían transcurrido, para entonces, muchos siglos, tal vez milenios, pues los hombres habían vuelto a la estabilidad, habían erigido una sociedad utópica, tecnológicamente más avanzada de lo que alguna vez fue antes del Apocalipsis. Y él se podía mover entre ellos sin ser percibido, sentía que podía incluso tener dominio sobre ellos, ser un Dios, un Creador para ellos... O al menos así sería una vez que el coma hubiera pasado, pues el poder que recolectó de todas esas ánimas tardaría en ser absorbido. Mientras tanto, se limitó a observar. Pero echó un vistazo a la gente de la mentira, a la esclavitud mental, a la zona de terror en que vivían los marginados, a los agentes de la brutalidad que hacían cumplir las draconianas leyes, a la paranoia del mundo material en que estaban los acaudalados, y una serie de impulsos retorcidos empezaron a nacer en él, y desde su inadvertido punto de visión se convirtió en un dictador oculto del porvenir. "Cuando el momento sea propicio", se dijo, "cuando el sol arda en rojo..."

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