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cavb28

Usuario (Colombia)

Primer post: 17 oct 2012Último post: 13 may 2014
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Diferencias Sustanciales entre sexo porno y sexo real
InfoporAnónimo8/2/2013

El porno es diferente al sexo real. Veamos por qué: Los penes de actores porno miden de 6 a 9 pulgadas; los penes normales, de 5 a 7. Mientras las pornstar tienen muy poco vello público, en la vida real el 65% de mujeres tienen pelo ahí, como el 85% de los hombres. De hecho las vaginas del porno suelen parecerse mucho entre sí, pero las vaginas del mundo real vienen en todas las formas, tamaños y colores Para excitarse la gente normal necesita entre 10 y 12 minutos; para la gente del porno es instantáneo. [color=darkred]Los actores porno puede bombear durante días, mientras que de los hombres normales el 75% eyacula en menos de 3 minutos En el porno todas las mujeres parecen tener un orgasmo por penetración; el 71% no los tienen.[/color] ¿Y qué hay de todo lo demás? Al contrario que las pornstars, solo el 11,5% de las mujeres ha tenido relaciones con su mismo sexo, y solo el 40% han probado el sexo anal. Solo el 22% de las mujeres han recibido corridas en la cara, y solo el 30% se lo ha tragado alguna vez. Menos del 20% de mujeres han participado en un trío, y aunque en el porno es habitual ver squirts, solo el 6% de mujeres dicen eyacular líquido habitualmente. Sobre el bondage ligero, sol el40% lo ha probado. ¡Un momento! Eso en realidad es mucho. Y esa es la diferencia entre sexo porno y sexo real. ¿Tiene hambre?

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MI Fobia a ....
InfoporAnónimo11/7/2012

MI FOBIA A LOS AMPUTADOS Desde que tengo uso de razón me siento incómoda cuando tengo cerca a una persona amputada. Cuando era muy chiquita, si por ejemplo me cruzaba con una señora con una sola pierna por la calle, me asustaba muchísimo, me ponía a llorar y me escondía detrás de mis papás para no tener que mirarla. Ellos no le prestaron mucha atención al principio, supongo que pensaron que era normal que una niña se impresionara con ese tipo de cosas. Lo realmente preocupante, tanto para ellos como para mí, llegó cuando tenía ocho años y vi una película llamada Hombres de honor, en la que Cuba Gooding Jr. interpreta a un buzo que pierde una pierna haciendo su trabajo. Hay una escena que me impresionó muchísimo, pues le hacen un zoom a la pierna recién cortada: todavía revivo el pánico, las lágrimas, la angustia, las pesadillas… No pude dormir bien esa noche ni las siguientes: soñaba que mi mamá se bajaba de un bus ¡pero no tenía piernas! O que estaba con mi familia en medio de una guerra cuando alguien, no recuerdo quién, pisaba una mina y perdía alguna parte de su cuerpo. Desde entonces entro en crisis cuando veo a un amputado. No importa si es en televisión, en cine o de frente: tiemblo, se me escurren las lágrimas, quedo como paralizada, no me puedo controlar. Hace poco me pasó algo horrible: estaba con mi novio en la Terminal de Transportes de Bogotá, cuando pasó un señor en muletas y con una sola pierna. Como el tipo tenía puesta una pantaloneta y yo estaba sentada, le alcancé a ver el muñón (juro que me duele el simple hecho de digitar esta palabra). Sentí como si estuviera frente a un bus que avanzaba hacia mí rapidísimo para atropellarme. Entonces bajé la cabeza, cerré los ojos y apreté los puños. Me puse a llorar como una niña chiquita, me ahogué, deseé con todas mis fuerzas que se fuera. No pude moverme hasta que mi novio me dijo que el hombre ya se había montado en un bus. De solo acordarme me pongo nerviosa, se me acelera el corazón. Aclaro que no es algo de lo que me sienta orgullosa. Tenerles fobia al señor de la Terminal y al resto de mutilados me da vergüenza.  No quiero discriminar a nadie, y menos a ellos, que sufren tanto. Pero ¿qué hago? Es algo irracional, inevitable. Nadie cercano a mí ha sufrido una amputación, hasta ahora. Por eso suelo preguntarme qué pasaría si algún familiar o un amigo perdiera una pierna, un brazo u otro miembro. Sería terrible. En principio creo que no podría volver a verlo. ¿Y si es alguien muy cercano, como mi mamá? No sé, no sé. Creo que haría todo lo posible para acercarme poco a poco, pero ni idea. De hecho mi novio me ha preguntado: “¿Si me pasa algo así me dejarías?”. Y lo peor es que creo que la respuesta sería “sí”. He visitado a dos psicólogas. La primera lo tomó como algo normal y se centró en otros temas. No me gustó. La segunda no me convenció tampoco. Debe ser porque estudio Psicología y sé cuándo me están ayudando y cuándo no.  La carrera también me ha ayudado a darme cuenta de que no podría trabajar en la parte clínica. Si no puedo ayudarme a mí misma, ¿cómo voy a ayudar a otros? ¿Qué podría hacer si un paciente mutilado entra a mi consultorio? He aprendido, por ejemplo, que esta fobia se puede tratar con terapia de desensibilización, enfrentando el miedo hasta que desaparezca. Pero yo no soporto ni ver una prótesis en una foto, ni ver la película 127 horas, ni ver el video que circula en internet del señor sin brazos que toca guitarra con los pies. Así, ni modo de hacerlo. MI FOBIA A LOS PENES Tengo 25 años y esto comenzó cuando intenté iniciar mi vida sexual, a los 17. Tenía un novio que quería y por el que sentía gran atracción sexual. Un día al salir de una fiesta nos fuimos a un hotel, nos besamos y nos acariciamos delicioso. De pronto él me sentó en la cama, se paró y se lo sacó. Yo comencé a temblar, le pegué sin darme cuenta y creo que me desmayé. Cuando desperté, el pobre estaba asustadísimo. Seguimos un tiempito más juntos pero le terminé porque no quería volver a sentir eso. Comencé de nuevo a tener novios dos años después, pero les decía que yo no iba a la cama con ellos hasta casarnos.  Así, hasta que apareció mi actual esposo: me dijo que nunca me presionaría, y eso me mató. La noche de bodas fue una pesadilla. Tomé mucho y le pedí que apagara la luz para poder cumplir.  Duré varios meses así hasta que un día me desmayé en pleno acto, y él se dio cuenta. Entonces le conté y él me comprendió. Hoy tenemos un hijo de un año y medio.  La gente no se imagina lo que me pasa. Soy sociable y me encanta vestirme sexy. Cualquiera podría pensar que me gustan las mujeres, pero no: me encantan los hombres, aunque suene contradictorio. Hace poco descubrí que puedo tener varios orgasmos con sexo oral. Lo que me desespera es que yo no puedo retribuirle a mi marido. Llegué a pensar en que se buscara otra mujer para que lo complaciera o en hacer un trío. Como el baile me excita, lo que hago es que, cuando nos vamos de rumba, tomo bastante antes de tener relaciones... pero solo penetración y sin luz. No puedo seguir así o me voy a volver alcohólica. En este momento estoy en terapia de desensibilización gradual (tengo que ver penes y tocar consoladores). Sueño con salir adelante y liberar toda mi sensualidad reprimida para hacer muy feliz a mi pareja y, de paso, a mI MI FOBIA A LOS OJOS CLAROS Todo empezó cuando tenía siete años y vi It, una película basada en una novela de Stephen King en la que aparece un payaso diabólico con los ojos muy azules. Desde ese momento le tengo pavor a cualquier ‘ojiazul’ u ‘ojiverde’. Y no solo siento susto, también una desconfianza absoluta. Creo que me van a hacer lo mismo que les hacía ese payaso a los niños: atraerlos y después matarlos. Decidí entonces no relacionarme con esas personas. ¡Nunca! Si me cruzo con alguna, le quito la mirada y corro como una loca. Hace tres años tuve la desgracia de ver, mientras caminaba por Valledupar, a una mujer con los ojos grades, redondos y ¡azules! Aunque solo los vi un segundo, hoy todavía me da escalofrío. A mi mejor amiga le fascinan los hombres de ojos claros. La última vez que salió con uno así, empecé a criticarlo sin siquiera conocerlo. Le repetí que no le convenía, que la iba a hacer sufrir. Evité verme con ella y, aunque suene cruel, fui la más feliz cuando terminaron. Para colmo, uno de mis compañeros de la carrera de Derecho tiene los ojos verdes. Creo que él me tiene simpatía, pero yo no puedo confiar en él. A veces siento que se da cuenta y me siento mal. Me gustaría que las cosas fueran diferentes, poder retribuirle su amabilidad pero, honestamente, no puedo ni mirarlo. De resto, no comparto con nadie más que tenga esa característica. Si lo hiciera, podría enloquecerme. El problema es que los ojos de esos colores se ven infinitos, indefinidos. Eso me angustia muchísimo. En cambio los ojos oscuros, como los míos, sí son definidos, y uno como que sabe a qué se enfrenta. Yo sé que la gente piensa que estoy loca, pero no puedo hacer nada. MI FOBIA A LAS AVES No sé cuándo ni cómo se originó el trauma; puede que lo llevara incorporado nueve meses antes de nacer. Pero tengo dos recuerdos de esos alojados en las insondables brumas de la infancia, que son los primeros en atestiguar de mi indefensión ante todas las aves, con sus garras maléficas, ese pico ganchudo de bruja, su cuerpo medio viscoso que solo de pensar en tocarlo me dan escalofríos. Y esas estampas son las siguientes, por orden cronológico: un día que iba con mi prima Asunción en un tranvía de Palma de Mallorca, vimos que por el otro extremo del vehículo entraba una señora con un par de gallinas, puede que incluso muertas, colgando boca abajo, y sin decir palabra, ignorantes ambos del sentimiento compartido, nos apresuramos a apearnos huyendo del íncubo emplumado que se aproximaba. O sea que la cosa viene de familia. Y la segunda, que, de nuevo en la casa de veraneo de Palma, me contaron —o puede que incluso lo viera, pero el recuerdo es difusísimo porque no podía tener más de seis o siete años— que habían metido un pavo de más que buen tamaño en la jaula del rey de los gallos, el amo y señor de un harén de parloteantes gallinas, con la consecuencia de que se empeñara una lucha titánica entre aquellos dos paladines del horror, prolongada, sanguinolenta, atroz, que solo pudo concluir cuando el pavo logró romperle la pata al gallo, para rematarlo cuando se encontraba ya inerme en el piso. En una Edad más contemporánea, cuando estudiaba en Inglaterra en los años sesenta, trabajé unas semanas en una granja cercana a la localidad de Fladbury, y allí me tocó, ¡cómo no!, trastear pollos. Recuerdo que fui a la tienda del pueblo a comprar los guantes de goma más gruesos que tuvieran — “the thickest gloves” — que aunque lo fueron, nunca me habría parecido ser lo suficiente. Mi cometido en aquel pavoroso e interminable corral era pintar el ano de las gallinas —pollos de solo unas semanas, a los que se hacía crecer manteniéndolos bajo luz artificial o diurna— con un insecticida, y para mi eventual supervivencia tuve la suerte de que el que sujetaba el bicho, mientras yo lo inmunizaba, era un muchacho francés, con el que mantuve contacto durante algunos años. Pero que no se malinterprete. Soy perfectamente capaz de admirar el majestuoso vuelo del águila y su veloz desplome en picado para atrapar a su víctima, aunque siempre en la distancia, o, aún mejor, en televisión. En los años sesenta se estrenó en España una película en la que unas hormigas, que habían crecido como rinocerontes, atacaban al género humano. Aquella rebelión zoológica me dejó medio indiferente, porque solo me habría sobrecogido de pavor si en vez de insectos hubieran sido pavos como elefantes. Y ahora me levanto del diván. Esto ha sido como ir al psiquiatra

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La broma de la niña zombie abandonada
HumorporAnónimo5/13/2014

De los creadores de la buenísima la broma del francotirador nos llega la broma de la niña abandonada, en la que los creadores se aprovechan de la buena voluntad y el buen gesto de los ciudadanos que se paran a ayudar a una pobre niña que se encuentra desamparada en medio de la calle. Las reacciones son cojonudas link: https://www.youtube.com/watch?v=a5BndX88NAg#t=147

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Hechos y estadísticas del onanismo
Salud BienestarporAnónimo11/8/2012

Hechos y estadísticas de la masturbación El estudio sobre el uso del vibrador de las mujeres afirma lo que muchos médicos y terapeutas han sabido por décadas - que el uso del vibrador es común, está relacionada con una función positiva sexual tales como el deseo y la facilidad de orgasmo, y es raramente asociado con ningún efecto secundario", dijo el estudio Debby Herbenick investigador, director asociado del Centro de la Universidad de Indiana para la Promoción de la Salud Sexual. La masturbación se asocia con una mejor salud cardiovascular y menor riesgo de diabetes tipo-2 En una serie de estudios, las mujeres que experimentan más orgasmos, y la frecuencia global superior y la satisfacción con el sexo -. Sea con una pareja o no - han demostrado tener una mayor resistencia a la enfermedad cardíaca coronaria (CHD) y la diabetes tipo-2. La masturbación puede ayudar a trabajar contra el insomnio, naturalmente, a través de la liberación hormonal y la tensión. Muchas mujeres se masturban como un medio para relajarse después de un día agitado o para conciliar el sueño por la noche, pero a menudo no saben que hay una razón hormonal por qué funciona. La dopamina, o el "sentirse bien" la hormona, está en aumento durante la anticipación de un clímax sexual. Después del clímax, el calmante oxitocina y las hormonas se liberan endorfinas, que nos hace sentir el cálido resplandor que nos ayuda a conciliar el sueño. El orgasmo aumenta la fuerza del suelo pélvico. Hay muchos beneficios de tener un sano suelo pélvico . En la "meseta" etapa del orgasmo, el piso pélvico obtiene un entrenamiento real. El clítoris surge con la presión arterial. El tono muscular, frecuencia cardíaca, frecuencia respiratoria y aumento. El útero "levanta" del piso pélvico, aumento de la tensión muscular pélvico. Esto refuerza toda la región, así como su satisfacción sexual.

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La niña de “the ring” en las calles
HumorporAnónimo10/17/2012

Quizás sea una de las escenas más escalofriantes del cine de terror, seguro que todos hemos bromeado alguna vez con la imagen de Samara Morgan la niña de “the ring”, hace tiempo vimos un vídeo donde gastaron una broma en el hormiguero, en el pasillo de un hotel, donde una niña con camisón y pelo desaliñado causó el pánico entre los huéspedes… Ahora compartimos un vídeo un poco más bestia, un estilo Remi Galliard, donde el protagonista, disfrafado cómo la aterradora Samara campa por las calles y supermercados de la ciudad buscando la reacción de los transeúntes.

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