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cataclismo222

Usuario (Argentina)

Primer post: 22 abr 2011Último post: 26 abr 2011
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HumorporAnónimo4/22/2011

First Person Mario Real Life Mario Kart! Guitar Army Huge Guns (with Smosh!) Future First Person Shooter Near-Death Experience Beach Justice no quiero llenar el post si quieren que postee mas avisenme espero que les hallan gustado

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Mi primer Crucero Buenos Aires - Mar del Plata
InfoporAnónimo4/26/2011

Traemos a estas páginas un hermoso relato-absolutamente verdadero- de Natalio Ricardo Marengo, publicado en su libro HISTORIAS DEL MAR. Si bien es un poco extenso su pluma nos ofrece una visión bastante desopilante de una regata Mar del Plata Buenos Aires. En 1955 mi amigo Roberto y yo éramos muy jóvenes, nuestra experiencia en yachting se limitaba a navegar en "dinghy" por el interior del puerto de Mar del Plata y algunas salidas en grumete a la Bristol o un poco más allá. Pero soñábamos con hacer un crucero que tanto podía ser a Europa como alrededor del mundo, pero también y casi con la misma expectativa, hasta Buenos Aires. La oportunidad se presentó al conocer a Roberto Fernández, que había venido a Mar del Plata con su velero "Martín Fierro", dejando aquí a sus tripulantes y debía volver a su amarra habitual en San Isidro (Buenos Aires) Por supuesto nos ofrecimos a acompañarlo y después de munirnos de algunas provisiones y de precarias indumentarias náuticas (estábamos en otoño y el frío comenzaba a hacerse sentir) se resolvió que partiríamos por la noche. En la rada que Y.C.A. poseía entonces dentro de la Base Naval (aun no se había construido el puerto deportivo en Mar del Plata) nos encontramos con el cuarto tripulante, un ingeniero joven, aunque bastante mayor que nosotros, y abordamos el "Martín Fierro" un balandro de diez metros de eslora y 1,90 mts de calado, muy fuerte y seguro a pesar de sus años. Con algunos tropiezos conseguimos subir a bordo, ya que el dique estaba cubierto de petróleo y la iluminación era precaria. En la reducida camareta nos esperaba el capitán. YO aproveché para tomar una dosis de una medicación infalible para el mareo, que me había proporcionado mi hermano, aclarando que no abusara de ella. Decidimos zarpar esa misma noche. Eran las cero horas de un miércoles, a fines de abril .Soltamos amarras y lentamente nos dirigimos a la boca del puerto. Había poco viento y menos aun en el socaire de los diques por lo que tardamos bastante en cruzar la boca, ya que el Martín Fierro carecía de motor auxiliar. También carecía de radio, baño, equipo eléctrico, luces de posición y todos esos ridículos adelantos que se han venido inventando desde el tiempo de los fenicios para acá. El capitán dispuso las guardias y, tras charlar un rato en cubierta, mientras se perdían a lo lejos las luces de la costa y el ingeniero trataba de amenizar la velada con única melodía que sabía interpretar en su maltrecha guitarra, Roberto y Fernández se acostaron y yo me hice cargo del timón. Mi primera dificultad fue establecer el rumbo ya que, si bien teníamos compás, éste carecía de iluminación y debíamos ahorrar las pilas de la única linterna disponible. Decidí entonces, inspirado en mis lecturas de antiguos navegantes, orientarme por las estrellas. Frente a mi, justito a la izquierda de la primera cruceta, había una redonda y brillante que me pareció ideal. Constaté que el rumbo coincidía con esa enfilación y me dispuse a seguirla en las horas de guardia. El ingeniero estableció el velamen, se acomodó en el cockpit y se quedo profundamente dormido. Aquí fue donde la medicina contra el mareo comenzó ha hacer sentir sus efectos. No puedo negar su eficacia, ya que mantuve mi estomago perfectamente sereno, pero, en cambio, me sucedió algo totalmente inesperado. Me sentía como en un limbo, no podría asegurar si lo que pasaba a mi alrededor acontecía realmente o rea un sueño. Y lo más curioso es que comencé a sufrir alucinaciones. La noche era oscura, no había luna, pero tomando de referencia algunas estrellas, podía formar siluetas tan nítidas que por momentos llegué a creer que había en el mar, rodeando el barco, casas de varios pisos y arboledas espesas. De pronto una luz mas potente me saco de mis delirios. Sí, a estribor y mas o menos a la altura donde calculaba debía hallarse el horizonte, se veía el parpadeo de lo que parecía ser un faro...Pero era imposible, por que la costa debía encontrarse a babor...No podía explicarme el fenómeno, resolví despertar a mi compañero de guardia. Entre ambos llegamos a la conclusión de que tenía que ser un faro, ¿pero donde? ¿acaso en pleno mar, a muchas millas de la costa? Era imposible que fuera una embarcación ya que los destellos eran regulares... Mientras tanto el viento había rolado y aunque habíamos salido casi en popa, ahora soplaba por la misma amura, pero de través Decidimos consultar el compás para verificar el rumbo, aunque mi estrella rechoncha y resplandeciente, seguía brillando junto a la cruceta, quizás un poco mas abajo... Al encender la linterna, una expresión de sorpresa se dibujó en nuestros rostros. Estábamos yendo derechito hacia la playa, ya que el rumbo ahora oeste y hacia allí estaba la costa. Entonces comprendí que era en realidad un faro y que no estaba en pleno mar sino solidamente asentado en tierra, pero nuestro rumbo había descrito, en las horas de guardia, un cuarto de circunferencia por que yo, en mi sabiduría de viquingo, había olvidado que las estrellas declinan y mas la mía que por ser tan brillante, no era estrella sino planeta y así al seguirla, el estrellado iba a ser yo. En fin, suele pasarle todo el que persigue a una estrella... Retomamos el rumbo, deje el timón y me fui a dormir. El día siguiente nos mostró el hermoso paisaje de una costa baja con médanos blancos. Hacía mas calor y el mar estaba completamente calmo, no había viento. Apenas si el barco se movía. El capitán preparo a medio día un alevoso guiso con enormes cantidades de ajo ( para él como parlo antiguos egipcios, el ajo era imprescindible) y unas costillas que, a falta de heladera , habíamos colgado de un obenque para que la brisa marina las conservara frescas. Recién al día siguiente llegamos a la altura del faro San Antonio, mas o menos a mitad de camino ente Mar del Plata y Buenos Aires. La travesía puede hacerse con un buen velero de 50 o 60 horas, nosotros llevábamos 56 de navegación y apenas habíamos cubierto la mitad del recorrido. Y a juzgar por la brisa anémica que soplaba, parecía que el asunto iba para largo... El sábado recién comenzamos a notar camalotes sobre las olas y un tinte algo mas pardusco en el agua. Evidentemente estábamos entrando en el Río de la Plata. Unas nubes bajas hacia popa presagiaban viento. Así cayo la tarde del cuarto día de navegación, entrando al canal de acceso a Buenos Aires, mas o menos a la altura de Punta del Indio. Suponíamos ya que las primeras horas del día siguiente nos encontrarían en puerto, pero no contábamos con la extraña conducta del ingeniero que timoneó esa noche. Parece ser que el ingeniero tuvo un barco y, a raíz de su avanzada miopía, navegando por un canal lo metió debajo de una chata ,de esas que traen fruta del Tigre. Desde entonces no tuvo mas barco, pero adquirió una exagerada prudencia. Así, cada vez que veía un barco en el horizonte (cosa harto frecuente en esa zona) llamaba a gritos al capitán para que salvara la situación. Finalmente el capitán se casó de falsas alarmas y decidió irse a dormir y no lavarle mas el apunte. Por supuesto, el ingeniero, ya en plena oscuridad constatando que sus llamados angustiosos no obtenían respuestas, tomó por su cuenta una solución desesperada. Salió del canal y tomó un rumbo absurdo, eso sí, no volvió a cruzarse con nadie durante toda la guardia, pero cuando nos despertamos, a las cuatro de la mañana, vimos con horror frente a nosotros, unas luces que no eran precisamente las de Buenos Aires sino ¡las costas Uruguayas!. Para colmo de males se desató un pampero que nos obligó a reducir el velamen y nos dificultaba el regreso hacia la costa Argentina. Fernández tomó el timón y los demás nos refugiamos en el interior. Allí las cosas eran muy llevaderas. Los bandazos y el ángulo de escora hacían que cuanto objeto estaba mas o menos suelto ( y eran casi todos) nos cayeran encima, yo trataba de reubicarlos en plena oscuridad, mientras las puertas de los armarios se abrían y cerraban. Roberto, que había hecho el cambio de velas, trataba de dormir sin éxito y el ingeniero había vuelto a subir en busca de barcos amenazantes. Para colmo se me habían terminado la exigua provisión de las mágicas pastillas y mi estómago comenzaba a sufrir también los efectos del temporal. La rosca se prolongó varias horas pero como todo llega su fin y después de la tempestad viene la calma, ésta llegó con el día siguiente. Un sol abrasador más propio del verano que del otoño, parecía hacer hervir las sucias aguas del río y el viento, tan pródigo la pasada noche brillaba por su ausencia. Decir que estábamos hartos de navegación, sería solo dar una pálida idea de nuestro estado de ánimo. Cayó la noche y volví ha hacerme cargo del timón, siempre con la compañía del miopísimo ingeniero que seguía oteando el horizonte en busca de barcos. Poco después apareció uno por el canal, a unos doscientos metros del nuestro. No había la menor posibilidad de que interfiriera en nuestro rumbo, ya que avanzábamos paralelamente y en dirección opuesta. Pero él no pudo soportar la presencia de la otra embarcación sin hacer algo. Encendió el único farol a kerosene que teníamos y ante mi sorpresa, comenzó a agitarlo desesperadamente en dirección al buque. Cuando éste pasó a nuestro lado y su tripulación advirtió los extraños manejos del ingeniero, encendieron a su vez un reflector y nos encandilaron para ver que diablos pasaba. Yo, ante la imposibilidad de justificar la maniobra del farol, opte por esbozar un tímido saludo con la mano el carguero siguió de largo, sin comprender seguramente que hacía allí un pequeño velero, sin luces de posición y con dos locos en el cockpit, uno de los cuales seguía agitando un farol que se perdía en la noche... Al día siguiente, quinto de navegación, estábamos frente a Buenos Aires, debíamos llegar a San Isidro y seguía la calma. Pero aún surgiría otra dificultad. No será difícil de imaginar que, para un barco que cala un metro noventa, la navegación no le resultaría nada fácil mas allá de Dársena Norte. Pero había que llegar a San Isidro de cualquier manera, así que largamos tratando de seguir justito en medio del canal. Esto, sin motor y sin viento, no era difícil, era imposible. Nos varamos. Y lo que es peor, cuando casi avistábamos nuestro destino. A Escasos trescientos metros veíamos la costa, los autos que circulaban y los hermosos chalets de "La Lucila".En 1955 aún no había horizontales. Todos teníamos deseos de llegar, pero el ingeniero tenía desesperación. Trató de llevar el ancla a bordo del chinchorro al centro del canal para arrojarlo allí y luego, cobrando la cadena, hacer zafar al barco de la varadura. Pero el chinchorro del Martín Fierro no era un chinchorro cualquiera, tenia una personalidad inestable. Era de fondo plano, a través del cual hacía abundante agua y poseía un solo remo. Cuando se intentó poner el ancla sobre el chinchorro, éste escoró de tal forma que comenzó a entrar agua por la borda, así que hubo que desistir del intento. Recuperamos el ancla pero el ingeniero quedó en el bote y la corriente comenzó a arrastrarlo, a pesar de sus esfuerzos de bogar con el único remo. De pronto clavó el remo en el fondo cenagoso del río y debió elegir si quedarse con el remo o con el bote. Optó por lo último y perdió el remo, la corriente lo alejó del barco hasta que una lancha que acertaba a pasar por allí, nos lo trajo de vuelta e incluso trató de hacernos zafar de la varadura, sin conseguirlo. El río siguió bajando y el barco comenzó a escorar hasta quedar en casi un metro de agua. El ingeniero se puso histérico; ¡no podremos salir nunca de aquí! -exclamaba con acento dramático ¡y mi mujer estará alarmada esperándome! ¿cómo podremos avisarle? Ahora que dejó ir la lancha tendrá que esperar hasta que suba la marea o irse caminando-dijo ya cansado el capitán- ya que perdió usted mismo el remo del bote...Eran ya las cuatro de la tarde el ingeniero, entre irse caminando sobre el fondo barroso del río y quedarse a esperar, optó por hacer lo último. Poco a poco se fue calmando y hasta propuso hacer panqueques para todos. La masa que coció no tiene calificativos. En lugar de resultar chatos, le salieron esféricos y gomosos y el dulce había que comerlo por separado. No obstante y gracias a que no probábamos bocado desde el mediodía anterior, los comimos. Y también, de postre, los tallarines con tuco que cocinó Roberto con más éxito. Esas eran las últimas provisiones que quedaban, pues no habíamos calculado que el crucero pudiera ser tan largo. A eso de las ocho, ya oscurecido. Comenzó a subir la marea y pudimos zafar de la varadura. Ahora llovía copiosamente y el viento era todavía débil. Debíamos hacer unos quinientos metros más por el canal y luego virar para entrar en un riacho donde Fernández tenía su amarradero. Este fue el digno epílogo de la tortuosa travesía. El ingeniero a un lado, Roberto y yo del otro, con sendos tangones y bicheros que apoyábamos en el fondo, tratábamos que l barco no se arrimara demasiado a la costa y a su vez lo impulsábamos hacia delante. La lluvia era ahora torrencial y la escena parecía sacada de un film de aventuras en África o Amazonas. La histeria había vuelto a apoderarse del ingeniero impidiéndole el mas elemental razonamiento. Solo así se justifica que, vestido como estaba y sin reparar que el barco calaba mas de su estatura, saltara por la borda para empujarlo caminando. Lo vimos desaparecer en las turbias aguas con anteojos y todo, y ala dificultad de la maniobra, se sumo la de recogerlo a él empapado maldiciente, y acostarlo en una cucheta, de donde volvería a salir poco después gritando ¡ llamen a ese barco que está allí! ¡el puede darnos remolque! Lástima que ese barco que "ese barco que estaba allí" era solo un casco varado desde hacía años y abandonado sin esperanza por sus dueños. Una hora mas duró la travesía entre lo clubes donde se veían luces y hasta se escuchaba la música de sus salones. Pero ya estábamos cerca, aunque mojados, muertos de cansancio y hartos de arrastrar el barco por el barro, pero nos daba nuevas fuerzas la perspectiva de una ducha bien caliente y el reconfortante reposo de una cama. Ciento diecisiete horas y media duró el crucero, es todo un record de permanencia entre Mar del Plata y Buenos Aires. Allí constatamos que la mujer del ingeniero no estaba en su casa y ni siquiera tenía idea que íbamos a llegar ese día o algún otro. Roberto y yo volvimos por tierra a Mar del Plata y a pesar de las calamitosas circunstancias, estábamos, estábamos felices de haber completado " con éxito" nuestro primer crucero. Natalio Ricardo Marengo Yapa fotos propias de las fragatas en el puerto de Bs As Buque Escuela Esmeralda (Chile) Cisne Branco (brasil) Juan Sebastián de Elcano (españa) Gloria (colombia) Capitán Miranda (uruguay) saludos espero que lesespero que les halla gustado

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