carme_za
Usuario (Venezuela)
Noche de Oscarla del domingo con 800 millones de personas en todo el mundo pegadas a las pantallas de sus dispositivos para ver, en directo, la entrega de los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Tras un error monumental que atribuyó el galardón al musical “La La Land”, “Moonlight” se alzó con la estatuilla a la mejor película, ganadas ya la de mejor actor secundario y mejor guion adaptado. Aún no estrenada en las salas de cine venezolanas, “Moonlight” es la historia de un niño negro nacido en un barrio pobre de Miami, que también los hay. Chiron, que así se llama el protagonista, es un niñomarcado por las dificultades, con una madre drogadicta que no se ocupa en nada de él. En la escuela es víctima frecuente de burlas y palizas por su condición de gay. Abandonado por los suyos termina con una pareja de narcotraficantes, Juan y Teresa, que a su manera lo cuidan.Su dura infancia moldeará su personalidad y sus recuerdos le atormentarán por mucho que pasen los años. “Moonlight” está estructurada en tres épocas diferentes de la vida de Chiron que crece sin modelos ni guías que seguir y en procura de una identidad que busca desesperadamente. “Un día tienes que decidir por ti mismo quién vas a ser. No puedes dejar que otros lo decidan por ti” le aconseja Juan para proclamar más tarde “En esta casa solo caben el amor y el orgullo”; dos frases que resumen un potente mensaje. Yo que recorro barrios y caseríos de Monagas y en ocasiones, de la mano de Larissa, en Delta Amacuro, me topo todos los días con niños, también niñas, como Chiron o en peor situación que él. Sumergidos en la pobreza extrema, viviendo en la calle cuando más en ranchos destartalados, escarbando tantos en la basura en búsqueda de que comer, sin referentes familiares, desertores de la escuela, en un ambiente signado por las carencias, la violencia y la inexistencia de valores, ávidos de amor pero orgullosos algunos de lo que son sin saber cuan diferentes pudieran ser por no afirmar cuan mejores. Historias como las de Chiron hay decenas de miles, cuidado sino centenares de miles, en Venezuela y en nuestro caso no es el de personas desfavorecidas que viven en los márgenes de la sociedad, se trata dada su abrumadora cuantía de la sociedad misma porque gracias a un modelo de gestión político.-económico-social que fracasó los desfavorecidos son los más. “Moonlight” se queda sin conclusión, con una pregunta abierta -“¿Quién eres, Chiron?”-que bien en plural pudiéramos hacernos hoy: “¿Quiénes somos”? o más bien, ¿Quiénes queremos ser? ¿Quiénes somos como pueblo? ¿Quiénes queremos ser? Pareciera que llegó el día que, parafraseando a Juan, urge decidir quiénes deseamos ser, no siendo posible dejar que otros, por poderosos que parezcan, decidan por nosotros que somos la gran mayoría de los venezolanos.
Han pasado 25 años y la gente olvidó. En 1992 el país discurría en una dinámica diferente cuando unos militares alzados irrumpieron en la vida de todos nosotros. Moisés Naim hizo un extraordinario trabajo al recordarnos esos días con la nueva serie de Sony, “El Comandante”, inspirada en la vida de Hugo Chávez, que transmite en la actualidad RCN en Colombia (ver entrevista a Moisés Naim en NTN24 en https://youtu.be/ftCh9tLYv9c). Me sorprendió conocer que Naim había sido el creador de la serie y uno de sus principales productores, porque comencé a ver los capítulos de “El Comandante” antes de saberlo y ahora entiendo porque esta historia me enganchó desde el primer capítulo. Nadie como Naim podría contextualizar tan bien la Venezuela de esos días, no solo por haberse desempeñado como ministro de CAP II, particularmente en una cartera como la que el él tuvo en el Ministerio de Fomento, sino por el extraordinario analista político que es. Ese conocimiento transformado en novela política es lo verdaderamente valioso de esa producción. Al ser una serie de ficción en un género que particularmente me fascina, que es la historia fabulada, los productores pueden darse unas licencias bien sabrosas basándose en la realidad vivida en la Venezuela de ese entonces, que aunque pasaron ya hace 25 años y algunos recordamos muy bien esos días, no dejan de reflejar el por qué razón Chávez resultó el fenómeno telúrico que fue en esa Venezuela y porque aun sigue teniendo la aceptación que tiene su causa en una gruesa capa de la población. Hay que entender ese fenómeno si se quiere lograr sobrevivir con éxito a esta pesadilla que representa ahora los antivalores más despreciables, lo más alejado de aquella idea de cambio que movió a muchos venezolanos a votar por él en 1998. De la serie resaltan de inicio dos cosas muy importantes que todavía no se resuelven. Lo primero, el derrumbe del entonces sistema político y la percepción generalizada de los venezolanos que los políticos estaban tan distanciados de los problemas de la gente llana que vieron con muchísima simpatía que alguien irrumpiera haciendo algo para sacarlos. Naim me recordó lo que todos decíamos de los adecos y los copeyanos. La gente los mimetizó, eran a los ojos de todos la misma vaina corrupta. Caldera, al alejarse de su partido y aglutinar sin una base militante a una población descontenta logró ganar las elecciones presidenciales en 1993. Pero aún así, no tomo las decisiones necesarias para salvar un sistema que ya estaba condenado. Lo segundo es que recordé algo que yo mismo había olvidado: “¡por fin llegó alguien que se responsabiliza por algo en Venezuela!”, al ver a Chávez con su “por ahora” en televisión. Todos los venezolanos queríamos, deseábamos esa irrupción. Para mí significaba una cosa, pero para la mayoría de los venezolanos se traducía en otra muy diferente. Yo era –y sigo siendo, aunque disminuido- de la clase media. Me eduqué en un estrato social diferente de esa gran mayoría de personas que sintieron al golpista como una suerte de héroe que venía a su rescate, y en consecuencia tenía una percepción distinta. Uno de los personajes populares de la serie ya lo ponía el un altar con la Virgen para que nada le pasara en Yare. Y ese detalle es muy significativo. Allí empezó a gestarse un mito, una cercanía popular muy difícilmente igualada por otro dirigente político en Venezuela. Eso será tal vez lo más difícil de resolver en el futuro, aun cuando Chávez haya muerto. Es el mismo mito de los “descamisados” peronistas que todavía llevó hasta anteayer a Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia de Argentina. Otro aspecto muy importante de la historia y que para pocos era conocido en ese entonces, es que Chávez no era solo un golpista cualquiera, era un conspirador ideologizado desde hacía muchísimo tiempo, proveniente de las mismas Fuerzas Armadas. Con el disfraz “bolivariano” escondía en el fondo la misma idea de transformación de la izquierda comunista que mueve a los movimientos guerrilleros en el continente, particularmente en Colombia. ¿Pero de donde vino eso? Del mismo lugar de siempre, de la pobreza en la que han vivido –o mejor aún, sobrevivido- nuestros países producto precisamente del olvido de la dirigencia política de gobernar para disminuir progresivamente ese cordón de miseria que nos ha rodeado históricamente. Chávez y sus sucesores se encargaron de usar esa mayoría en pobreza estructural para afianzar su poder y seguir generando más pobreza. Llama particularmente la atención la importancia que le dio la producción de la serie a la pobreza que rodeó el origen del protagonista en el interior de Venezuela, donde sabemos que la necesidad es mucho mayor de la que se vive en Caracas. Las vicisitudes pasadas por ese niño pobre dan lugar a un resentimiento que persiste en su vida adulta y que se tradujo en una “viveza” que concibe el éxito de una manera distorsionada. Como dicen los expertos, la pobreza se lleva en la mente, pero aun cuando muchos se deslastran de ella, la mayoría sucumbe. Y Chávez encarnó ese sentimiento de venganza resentida de esa mayoría… Pero ahora hay más pobreza y más resentimiento, que el régimen se está encargando de desviar muy astutamente desde ellos, que son los responsables, hacia donde siempre lo han hecho los comunistas (“el imperio” o “la derecha entreguista”), afianzando ese círculo vicioso que fue el origen del mal que nos acompaña. Se han agravado entonces esas dos cosas presentes en la Venezuela de 1992: a) la percepción generalizada que los políticos siguen aprovechándose de sus posiciones de poder para negociar y enriquecerse, y; b) esperan a que otro alguien aparezca para que los rescate. ¿Cómo enfrentamos eso? Es claro que no será fácil. Debemos volcarnos hacia nosotros mismos y entender que no podemos seguir haciendo lo mismo. Que la cosa no es simplemente decir que Chávez fue el malo de la partida –que lo fue- sino que el mal que lo creó sigue allí presente, vivito y coleando, exponenciado en muchos órdenes de magnitud, y que la cosa no es regresar a lo que había antes, porque eso fue precisamente lo que el venezolano despreció, abrazando a Chávez como su salvador. El proceso constituyente tal vez no sea la panacea para resolver un problema de hondas raíces humanas, culturales y políticas, pero si ofrece la oportunidad de volver a empezar. Discutir con qué país debemos comenzar de nuevo. De allí debería salir una nueva clase política. Una muy diferente, no la que había antes ni mucho menos la que hay ahora. Nos debe permitir darles la oportunidad a voces que nunca han sido oídas, de todos los rincones del país, y provenientes de todos los sectores, no solo del político, que exigirán la reivindicación de sus luchas más sentidas. Por otro lado, de esa discusión constituyente deberá salir una propuesta estructural y política que determine el comienzo de la solución de la pobreza, con una nueva manera de concebir al país. Nosotros proponemos una, la autonomía de las regiones y darle a cada venezolano a lo largo y ancho del país la oportunidad de explorar sus alternativas de desarrollo desde la entidad territorial más básica, el Municipio. El Proyecto País Venezuela es nuestra propuesta para sacar al país de la pobreza. Nos gustaría oír otras que no sean volver al pasado, a lo mismo que gestó a un fenómeno como Chávez. Tal vez esa sea la manera de evitar que otro muchacho, incapaz de deslastrarse de la pobreza de su mente y resentido de espíritu, recorra la historia de El Comandante convirtiéndose en Presidente de la República para desgracia de todos los venezolanos.
Hoy multiplicadas, las redes sociales de antes estuvieron también representadas por la televisión y la radio. Ésta, particularmente, nos familiarizaba con el mundo de acuerdo a la versión de quienes se convirtieron en referentes de la comunicación y, por ello, desde los inicios de nuestro bachillerato, Iván Loscher ocupaba una buena porción del pequeño aparato de transistores, debajo de la almohada, varias veces extendido en el comentario de alguna pieza musical. Incluso, inexplicablemente aún recordamos la noche de un domingo en el que exaltaba las virtudes de “Escaleras al cielo” de Led Zeppelin, con las pausas y entradas de la voz, la guitarra y la batería; o aludía al estudio de grabación que tenía Leon Russell – recientemente desaparecido – en casa, mientras combatíamos el sueño a sabiendas que debíamos madrugar para ir el lunes al liceo. Marcó nuestra predilección por el rock progresivo y sinfónico, como si cupiese alguna distinción, aunque descubrimos el género en español con dos diales más allá de la 710 AM. Sobrevino la etapa de sus libros de entrevistas y relatos, avalados por sendos programas realizados junto a Corina Castro, adquiriendo una cada vez más acentuada sobriedad el micrófono, diluyendo el estereotipo físico que Joselo recreó y consagró a través de uno de sus populares personajes en la viva época de la nacionalización petrolera. A la vuelta de los años, le dispensamos una mayor atención, a propósito de una novela por la que José Balza nos reconoció en la historia de la industria de la radio en Venezuela y, en definitiva, reconoció a la generación que tuvo en Loscher uno de sus más destacados integrantes (*). Escaseando las oportunidades para escucharlo, en este siglo, nos lo reportaba la 104.5 FM con una buena selección musical que prontamente nos teñía de nostalgia. En la edición de la FIA 2013, lo conocimos personalmente gracias a Nicomedes Febres, pidiéndole una fotografía y, quizá extrañado porque el diputado no lo convocase para un vanidoso selfie al alimón, lo colocamos con un fondo favorito de Rafael Barrios, aunque lo ideal hubiese sido una pieza de su hermano Rolando Peña (El Príncipe Negro). Apenas, un par de años atrás, conocimos a otro profesional del micrófono, Julio César III Venegas, en el cumpleaños de Sara Lizarraga, y fue inevitable preguntarle por Iván: ya tenía dos o más ACV en su haber. Se ha ido Loscher y con él, toda una etapa de la radio en Venezuela. El liceísta que fuimos desea rendirle un sentido tributo, pues, con él aprendimos de muchas cosas en los tiempos que un profesional de la locución, despierto, serio e inteligente, se hizo tambiénred social.
No se dice nada nuevo ni original si se insiste en que Venezuela vive hoy una de sus más graves crisis. Pero nunca está demás repetirlo. Sin embargo, el régimen, mentiroso y perverso, intenta mantenerse en el poder como sea, lejos de cualquier escrúpulo y apelando a la inmoralidad y la corrupción, pasando por encima de la Constitución y las leyes, mostrando total desprecio por la voluntad popular y la comunidad democrática internacional. Y es que, luego de casi 18 años de ejercicio pleno del poder, su único logro es haber destruido a Venezuela como el país democrático y soberano que fue hasta 1998, así como arruinado nuestras inmensas potencialidades de desarrollo y -por si fuera poco- nuestras riquezas petroleras y mineras, en lugar de haberlas utilizado como palancas para asegurarle un mejor porvenir para los venezolanos. Nada de eso fue posible, repito, a pesar de estas casi dos décadas de ejercicio omnímodo del poder y de haber manejado una masa inmensa de petrodólares, como nunca antes lo hizo gobierno alguno. Y esta es hoy nuestra gran tragedia como nación, por culpa del grupo de irresponsables, corruptos y demagogos que asumieron el poder en 1999, luego de haber engañado a millones de ilusos con una falsa bandera de cambio, ahora convertida en imperdonable tragedia para todos los venezolanos. Por desgracia, esa colosal burla a quienes votaron entonces y después por Chávez, y luego por Maduro, no los libera de haber incurrido en una irresponsabilidad histórica que no podrían nunca justificar ante sus hijos y nietos, las principales víctimas -por cierto- del desastre que hoy sufrimos. Menos puede liberar a quienes fueron dirigentes de aquel delirante “cambio”, aunque luego se hayan pasado a la oposición, y algunos aceptados como sus dirigentes, sin haberles escuchado, al menos, una disculpa. Y este es el otro asunto que no se puede obviar. A pesar de que la demagogia de algunos dirigentes opositores les impide decirlo, la verdad es que la actual crisis se va a prolongar por algún tiempo, al igual que la inacabable maldición peronista que acompaña al pueblo argentino desde hace sesenta años. No será fácil sacar a Venezuela en lo inmediato del precipicio en que la ha hundido el actual régimen, aunque tal vez la recuperación sea más corta que la trágica experiencia de Argentina. Pero hay que decirlo claramente. Y es que, a pesar de la repetida ilusión alrededor de “los nuevos líderes” (olvidan que también Chávez llegó gracias a esa misma prédica), lo cierto es que requerirá fundamentalmente de un liderazgo experimentado, al igual que de un equipo con las mejores inteligencias venezolanas para diseñar y ejecutar un plan de emergencia que, junto al trabajo y la dedicación de los venezolanos, pueda poner otra vez al país en marcha. Porque aquí no hay que llamarse a engaño sobre lo que vendrá luego, una vez que se produzca el necesario cambio en la conducción de Venezuela . Será ciclópea la inmensa tarea de sacar a millones de venezolanos de la pobreza, mediante la creación de empleos bien remunerados y estables; implantar un sistema de seguridad jurídica, social y personal para todos; obtener financiamiento internacional para recuperar nuestra economía y reabrir las miles de empresas industriales y agropecuarias cerradas, expropiadas o saqueadas en estos 18 años. Será igualmente ciclópea la tarea de regresar la probidad administrativa al gobierno, así como devolver su carácter apolítico y no partidista a la institución militar, y derrotar la cultura del populismo y el clientelismo corrupto con que el actual régimen sostiene su maquinaria y sus cuerpos paramilitares. Las crisis por lo general son también oportunidades para producir cambios trascendentes en la historia de los pueblos. Confiemos entonces en que esta que ahora nos ha producido tanto daño pueda traer consigo también el imprescindible cambio que tanto anhelamos la mayoría de los venezolanos.
Ha sido nuestra cultura e idiosincrasia el colchón donde rebotan la fatalidad o el rigor de nuestros problemas. En muchos casos, ciertamente, es así. El humor es un antídoto contra el infortunio. La capacidad de reírnos del poder y de nosotros mismos, explican en cierta forma el mantenimiento de un estado de cosas que, aunque incómodas o detestables, no terminan probablemente de desagradarnos del todo. ¿O sí? Como al régimen de Nicolás Maduro no le interesa hacer públicas las encuestas y estudios de opinión que seguramente manda a efectuar, porque no puede aceptar que las cifras e indicadores de la realidad le escupan en su cara el rotundo fracaso y el doloroso saldo de su desastrosa gestión ejecutiva, gremios e instituciones académicas realizan los suyos, para radiografiar la economía y calidad de vida del venezolano. La encuesta Condiciones de Vida 2016, elaborada por la USB, la UCV y UCAB junto a un grupo de ONG, reveló que 74,3% de la población ha perdido al menos 8,7 kilos de peso de forma no controlada en el último año. El citado estudio indica que 82,8% de los venezolanos es pobre de ingresos, y señala además que un 10% de los niños deja de asistir a clases porque no tienen que comer ni en su casa ni en su plantel. (www.runrunes.com , 18-2-17). En tono jocoso, no falta quien culpe de tal situación a la “dieta de Maduro”. Y es difícil encontrar alguna gracia en el hecho de que dicha dieta implica no sólo un empobrecimiento acelerado, producto de un modelo de destrucción de la economía y empresas, de controles, regulaciones generadoras de una hiperinflación inédita en el país, sino también la supresión del texto constitucional, y el cierre y clausura de la democracia, y de las elecciones que, se supone, es uno de sus principales rasgos distintivos. El país marcha a la deriva, bajo una vocación tiránica que se asume eterna e inamovible, viola derechos y garantías constitucionales, persigue, detiene y enjuicia sumariamente a todo tipo de disidentes, y se refugia en un estamento militar que le sostiene y sirve de brazo ejecutor del amedrentamiento y represión, en los más amplios y diversos sentidos que de esa palabra puedan extraerse. El deslave institucional en Venezuela es evidente. Muchos venezolanos a duras penas sobreviven, medio se alimentan y rezan por su buena salud, so pena de morir por no encontrar medicamentos o tratamientos. La política, avanza a un ritmo demencialmente lento, al contrastarlo con el drama cotidiano de quienes ven su vida desgastarse ante la inseguridad, ante una cola, una nevera vacía o plata en la mano que no vale nada y no le alcanza. Les hacía a mis alumnos una pregunta recientemente, en medio de un debate sobre estos temas. En nuestro país, hay hambre y hay miedo. Pero, en este momento, que sensación es mayor…¿El hambre…o el miedo? El silencio de las calles apunta a que pareciera ser mayor el miedo. La pregunta es…¿Por cuánto tiempo?