calvareze
Usuario (Perú)
La colonia en la mente Viernes, 23 de Marzo de 2012 Hay un conjunto de ideas que se desprenden de un mismo tronco ideológico que todavía nos gobierna y nos lastra. Se trata del síndrome del despojo, de vieja raigambre colonial pero reforzado con el injerto de la ideología marxista de la extracción de plusvalía. Los encomenderos del siglo XVI son las mineras de hoy, el despojo es el mismo y es el Estado el que ha de acudir en defensa del pueblo así como ayer la corona confiscó a los encomenderos en supuesta defensa de los indios. Por ejemplo, el miércoles parte de Arequipa paró contra el alza de los combustibles y contra la traición de Ollanta Humala a sus promesas de campaña, como la de bajar el gas a 12 soles. La pregunta que uno se haría es cómo alguien puede creer una promesa así, antes que nada. Pero la cree porque hay la idea de que si el gas cuesta 35 soles es porque una pérfida transnacional seguramente coimeó a algún ministro para obtener un contrato lesivo que le permite llevarse la diferencia y además, como si fuera poco, reservarse para la exportación parte del lote 88. Es decir, llevarse también el gas. Y si Humala no cumple con las promesas respectivas es porque ya cayó en las redes de los grupos de poder económico y no porque sencillamente no hay tal expoliación y la exportación a México es más bien un pésimo negocio. Pero al presidente sí le es posible cumplir otra promesa que viene del mismo tronco de ideas: subir el salario mínimo de 600 soles a 750, pese a que es una medida excluyente, porque encarece la inclusión de las mayorías desprotegidas en la protección de la planilla formal. Pero la promesa cala porque responde al mismo mecanismo ideológico: si las empresas pagan tan poco a un segmento de trabajadores, es porque los empresarios son codiciosos y se quedan con la mayor parte. Debe intervenir el Estado, entonces, para hacer justicia. Al hacerlo, sin embargo, no solo afecta la libertad empresarial sino que socava el mecanismo real que hará que los salarios suban por su propia fuerza, que es lo que ocurre cuando más y más empresas crecen y acumulan y entonces demandan más trabajadores, hasta que la escasez de mano de obra lleva a las empresas a ofrecer remuneraciones más y más altas para conseguirlos. Y las empresas crecerán si el Estado les impone menos carga. Es lo que ha ocurrido en los valles agroexportadores de la costa, donde un régimen laboral y tributario simplificado ha llevado al pleno empleo y a que los salarios se hayan multiplicado por tres en los últimos cinco años. Por la fuerza del mercado, no del decreto. El afán de crecer, de generar utilidades, de los empresarios, si se despliega en condiciones de mínima interferencia y carga estatal, no empobrece a los trabajadores, sino al contrario, los enriquece. La ideología del despojo, así, debe ser reemplazada en la cultura nacional por la de la redistribución del mercado y la libertad de emprendimiento, si queremos liberarnos de nuestra herencia medieval-colonial para avanzar al desarrollo y la justicia.