braian1001
Usuario (Argentina)
link: http://www.youtube.com/watch?v=wtaWBkEB2o8 link: http://www.youtube.com/watch?v=dRwJ1F2auZk link: http://www.youtube.com/watch?v=DSlS6B2O8aU link: http://www.youtube.com/watch?v=fXHrBEYKQE0 Callejón maldito Mi mejor amiga y yo fuimos a pasar la noche antes de un examen a repasar a casa de unas amigas, pero por el camino un número desconocido nos manda un mensaje al móvil para darnos otra dirección y como nos quedaba cerca esa dirección fuimos. Al llegar, vimos a un chico alto, con pelo oscuro y cubierto con una misteriosa gabardina negra. Nos hizo una señal para que le siguiéramos e, intrigadas, le hicimos caso. Así nos condujo hacia un oscuro callejón en el que nos invadió un extraño frió ya que esa noche no hacia ningún frió. Además se escuchaban gritos ahogados.¡Aunque allí solo estábamos nosotras y el extraño hombre!. De pronto, la cara del chico se transformó por completo. En posos segundos había pasado de ser una persona normal a un horripilante monstruo con enormes colmillos. Aunque queríamos movernos, nuestros cuerpos no nos obedecían, y vimos como iba acercándose a nosotras, lentamente. Cuando faltaba un paso para poder tocarnos, nos dijo con una voz llegada del más allá y muy baja y pronuncio estas palabras: “Debéis sufrir, morir y vigilar este callejón maldito durante roda vuestra vida. A menos que, como yo, encontréis a otro mortal a quien pasarle el testigo” Nosotras intentamos salir pero no podíamos porque estábamos en el callejón atrapadas. Mi amiga lo despista y logro escapar pero a mí me toco peor suerte ya que saco un hacha y me cortó la cabeza. Ahora soy yo el monstruo que vigila el callejón y la cobarde de mi amiga no ha vuelto a pasar nunca más ¡cobarde! Queréis vosotros / as ven ir a visitarme. La trampa En Berlín, después de la Segunda Guerra Mundial, había poco dinero, muy poca comida y todo el mundo estaba hambriento. En aquel entonces la gente contaba la historia de una mujer que vió a un hombre ciego por cruzar la calle y se ofreció a ayudarlo. Ambos se pusieron a hablar y el hombre le pidió un favor: llevar una carta a la dirección escrita en el sobre. Como a la mujer le quedaba de pasada para su casa aceptó. Cuando se disponía a llevar la carta volteó a preguntarle al ciego si había algo más que pudiera hacer por el pero el hombre se iba corriendo entre la multitud sin su bastón ni sus lentes oscuros. Sospechando del hombre, llevó la carta a la policía. Cuando los policías fueron a la dirección que indicaba el sobre, se encontraron con una macabra escena: tres carniceros cortaban carne humana y se la vendían a la gente hambrienta. ¿Y que había en el sobre que le dió el hombre ciego a la mujer? Solamente una nota que decía: "Esta es la última que les mando por hoy" Las fotografías Hace unos meses una amiga mía, que es una fotógrafa por naturaleza y con mucho futuro, decidió pasar un día y la noche sola en los bosques fuera de nuestra ciudad. Ella quiso conseguir las fotos de los bosques y la fauna tan naturalmente como ella podría para su portfolio. No tuvo miedo de estar sola, porque ya había acampado por su cuenta muchas veces antes. Estableció una tienda en medio de un pequeño claro y pasó el día tomando fotos. Se llenó cuatro rollos de la película por aquel viaje, pero algo era extraño sobre ellos. Lo que vio en aquellas fotografías se ha quedado con ella desde entonces, y todavía trata de reponerse del trauma le han causado. Casi todas las imágenes fueron normales, salvo una imagen en cada rollo de la película. Estas fotos eran de ella, dormida en su tienda en medio de la noche Y la mejor.. creo 666 Estaba escrito que el fin del mundo, el Apocalipsis, llegaría por obra del hijo de Satán, el Anticristo. Satán, como ya había hecho en anteriores ocasiones a lo largo de la historia, viajó al mundo terrenal con apariencia humana. Como las otras veces, buscó una mujer joven y fuerte para que fuera la madre de su hijo. Tenía que ser una mujer casada, y que mantuviera relaciones con su marido periódicamente para no despertar sospechas. Se encaprichó de una joven rubia y atlética, muy atractiva. Entró en su casa y la poseyó practicando el sexo más salvaje y depravado que se pueda imaginar. Satán con su malvado poder hizo que su mente lo olvidara, y nueve meses después nació su hijo. Su nombre era Software. Este niño empezó a prepararse para su misión estudiando a sus hermanos de tiempos pasados: Atila, Gengis Khan, Hitler… Todos ellos fueron hijos de Satán que fallaron en su misión. Al igual que ellos se preparó para ser un gran líder y formar un poderoso imperio. Creció observando a los humanos para conocer sus debilidades, haciéndose pasar por uno de ellos, ganándose su confianza. Viendo que todos sus hermanos fallaron a pesar de haber construido grandes imperios, decidió cambiar de táctica. Su imperio no debía ser militar. Se fijó en el posible potencial de la industria informática, y vio en ella su medio para dominar a los humanos. Utilizando su poder sobrenatural, empezó a apoderarse de diversos sectores de esta industria, y logró formar un poderoso imperio informático. Ya formado, el Imperio extendió sus malévolos tentáculos introduciéndose en todos los campos empresariales e industriales. En poco tiempo toda la economía mundial estaba bajo su poder. Ninguna empresa, ningún banco, nada podía funcionar sin los programas informáticos del Imperio. Incluso estaban bajo su dominio usuarios particulares en sus casas. El Imperio llegó a tener más adeptos que cualquier religión del mundo. Como una secta destructiva, obligó a sus súbditos a pagar un tributo cada poco tiempo. Había que comprar actualizaciones de los programas continuamente, pues estos se quedaban obsoletos en cuestión de semanas. Todos los programas del Imperio fueron la droga más usada del mundo. Prácticamente todo el planeta estaba enganchado. Software en su trono se reía viendo como los pobres humanos intentaban inútilmente manejar sus productos. Pero estos fallaban inteligentemente, arruinando proyectos, trabajos, vidas. Todo el planeta sufría pero no podía hacer nada, eran adictos a las drogas informáticas del Imperio. Pero esto no era suficiente, el broche final para llevar a cabo su plan fue el "Efecto 2000". Algunos profetas lo predijeron, y los humanos aterrados intentaron prepararse para ello durante meses, pero fue inútil. El 31 de diciembre de 1999 a las 00:00 h, cuando comenzó el año 2000, empezó también el Armaguedón. Todos los ordenadores fallaron, la industria y la economía se colapsó, la electricidad dejó de funcionar, los trenes descarrilaron, los aviones se estrellaron… Los misiles de todos los países se dispararon controlados por los ordenadores, destruyendo todas las fuerzas militares y policiales del mundo. El caos y la destrucción reinaron en la Tierra. La ley había sido eliminada, los humanos empezaron a pelearse por comida y ropa. Pero había desaparecido todo vestigio de humanidad en ellos. Ya no eran humanos, se comportaban como alimañas egoístas y enloquecidas, peleándose y matando por un trozo de pan. Software había triunfado. Por fin un hijo de Satán se había apoderado del mundo. La risa de Satán resonaba ensordecedora en los confines del infierno. Dios observaba apenado como su creación se había destruido. Pero aquello no fue el fin del mundo, fue un nuevo origen. Satán mandaba ahora y Dios era el que debía actuar en las sombras. Se había producido un cambio de Dirección General, y aquello era solo el principio… bueno este fin del post espero que duerman bien XD y que lo disfrutaran
link: http://www.youtube.com/watch?v=u7qLJwiWDlslink: http://www.youtube.com/watch?v=WTZ9P4VvsSsy el ultimo de chicas jajalink: http://www.youtube.com/watch?v=DE-n5HLJUVocomenten si les gusto... y recomienden!!
Algunos de estos wallpapers me hacen acordar al viejo silent hill 1 que nunca va a pasar de moda yapa historias de abitaciones de terror La Habitación de la Torre (de Edward Frederic Benson) Es probable que todo aquel que fuera sobre todo un constante soñador, haya tenido al menos una experiencia de un evento o una secuencia de circunstancias que, luego de haber sido visionada en el sueño, se convirtiera en realidad en el mundo material. Pero, en mi opinión, no sería esto tan raro; más extraño sería si el cumplimiento no ocurriera inmediatamente, ya que nuestros sueños son, como regla, concernientes con gente que conocemos y lugares que nos son familiares, tales como los que estamos durante la vigilia. En verdad, estos sueños son casi siempre interrumpidos por algún incidente absurdo y fantástico, que los pone en una tapete de espera para su subsiguiente cumplimiento, pero en el mero cálculo de chances, parecería improbable que al menos un sueño imaginado por alguien que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese realidad. No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño que me pareció nada remarcable y no tener significancia psíquica alguna. Esta es la historia. Un cierto amigo mío, que vive en el extranjero, es tan afecto que me escribe casi cada quincena. Así, que cuando han pasado catorce o quince días desde la última vez que tuve noticias de él, mi mente, probablemente, tanto conciente como inconcientemente, está expectante de una carta de él. Una noche, durante la semana pasada, soñé que subía para vestirme para la cena y escuchaba, o creí escuchar, el golpe del cartero en la puerta de calle. Así que en vez de subir, bajé y me encontré con, entre la correspondencia, una de sus cartas. Aquí es donde lo fantástico entra a jugar, ya que al abrir su carta, encontré dentro el as de diamantes, y escrito con su letra característica: “Te lo envío para que lo custodies, ya que como tu sabes, corro un gran riesgo si guardo ases en Italia.” A la noche siguiente, me estaba preparando para ir arriba y cambiarme, cuando escuché el típico golpe del cartero, e hice precisamente lo que en mi sueño. Por supuesto, entre otras cartas, estaba la de mi amigo. Solamente que la suya no contenía el as de diamantes. No tengo duda alguna sobre que yo esperaba, conciente o inconcientemente una carta de él, y esto me fue sugerido a través del sueño. Lo mismo que el hecho que mi amigo no hubiera escrito por espacio de dos semanas, me sugestionó a esperar su misiva. Pero no siempre es tan sencillo encontrar una explicación, y la siguiente historia no parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad, y hacia la oscuridad se ha ido de vuelta. Toda mi vida he sido habitualmente un soñador: pocas fueron las noches, debo decir, que no propiciaron a la mañana siguiente haberme despertado con el recuerdo de alguna experiencia mental. Algunas veces, durante toda la noche, en apariencia, vivía una serie de apasionantes aventuras. Casi sin excepción, estas aventuras fueron placenteras, y a menudo meras trivialidades. La única excepción es el hecho que voy a narrar. Fue cuando tenía unos dieciseis años que comencé a tener cierto sueño. Comenzaba conmigo sentado a la puerta de una gran casa de ladrillos rojos, donde sabía que tenía que estar. El sirviente que me abrió la puerta, me dijo que el té sería servido en el jardín y me llevó a través de un vestíbulo de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre césped en todo el alrededor. Había un pequeño grupo de personas en torno a la mesa del té; pero todos me eran por completo extraños, a excepción de uno, que era un ex compañero del colegio, llamado Jack Stone, que me pareció era el chico de la casa, y él me presentaba a sus madre y padre y a un par de hermanas. Recuerdo que yo estaba algo así como sorprendido por encontrarme en ese lugar, ya que al muchacho en cuestión apenas lo conocía, y me era desagradable; era más, él había abandonado la escuela hacia cosa de un año. Hacía bastante calor, y reinaba una intolerable opresión en el lugar. A un lateral del jardín había una pared de ladrillos rojos, con una puerta de hierro en su centro, fuera se veía un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de largas ventanas, dentro de las que pude ver una mesa con un mantel, llena de objetos de plata y de cristal. Este jardín frente a la casa era muy largo, y al final del mismo se erguía una torre que tenía tres pisos, que me pareció mucho más antigua que la casa. Mrs. Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en absoluto silencio, me dijo: “Jack te mostrará tu cuarto: yo te di el cuarto en la torre.” Inexplicablemente, con sus palabras, el alma se me fue al piso. Me sentí si ya hubiera conocido el cuarto en la torre, y como que allí había algo espantoso. Jack se paró instantáneamente, y yo comprendí que tenía que seguirlo. En silencio pasamos a través del vestíbulo, y subimos una gran escalera de roble, con muchas esquinas, llegando por fin a un pequeño pasillo con dos puertas. Él abrió una de las puertas para mí, y yo entré, luego de lo cuál, él la cerró. Fue entonces que me di cuenta que la anterior conjetura estaba correcta: había algo desagradable en la estancia, y con el terror de la pesadilla que me envolvía, desperté en espasmos de pánico. Este mismo sueño, o variaciones del mismo, fue el que experimenté con intermitencias, durante quince años. Muy a menudo sucedía exactamente de esta manera: el arribo, el té en el jardín, el silencio mortal quebrado por una sentencia mortal, la subida con Jack Stone hacia el cuarto en la torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre llegaba a acercarme al terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces experimentaba variaciones sobre el mismo tema. Ocasionalmente era que estábamos sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana por el jardín. Sin embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo, la misma sensación de opresión y aburrimiento. Y el silencio siempre era roto por Mrs. Stone que me decía: “Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto de la torre.” Luego de esto (esto era invariable), tenía que seguir a Jack a través de la escalera de roble, con muchas esquinas y entrar en ese mismo lugar, que cada vez odiaba más y más. O, de nuevo, podía ser que estaba jugando a las cartas en un cuarto con inmensos candelabros, los que daban una iluminación lúgubre. Qué juego era, no tenía idea; lo que si recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, que es que pronto Mrs. Stone se pararía y me diría su “Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre”. Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la habitación siguiente del comedor, y siempre estaba iluminado, aunque el resto de la casa permanecía siempre en penumbras. Y aún, a pesar de estos bouquets de luces, no podía darme cuenta de las cartas que me habían tocado, ya que por alguna razón no podía distinguirlas. Sus diseños, también, me eran extraños: no había colores rojos, sino que todas eran negras, y entre ellas había ciertas cartas que eran todas negras. Odiaba y temía aquello. A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la mayor parte de la casa. Más allá del cuarto de juegos, al final de un pasillo tras una puerta revestida de paño verde, había un salón de fumar. A los personajes que poblaban este sueño también le pasaban curiosos acontecimientos, como si fueran gente viva. Mrs. Stone, por ejemplo, que, cuando la vi por primera vez, tenía cabello oscuro, se había encanecido, y su voz, al principio enérgica, se había debilitado, como si la fuerza abandora sus labios. Jack también creció, y se convirtió en un tipo enfermizo, con un bigote marrón, mientras una de sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí al tiempo que se había casado. En un momento pasó que no tuve este sueño por un lapso de unos seis meses o un poco más, y comencé a esperar, inexplicablemente, que lo había superado, y que se había ido para siempre. Pero una noche, luego de este intervalo, nuevamente regresé al jardín del té, y Mrs. Stone ya no estaba allí, mientras todos los demás estaban vestidos de negro. Al momento adiviné la razón, y mi corazón dio un brinco, ya que tal vez en esta ocasión, no tendría que ir a dormir al cuarto de la torre. Como era usual, todos estaban sentados en silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento de alivio me hizo hablar y reír como nunca antes lo había hecho. Pero los demás no se sentían igual, ya que nadie habló, limitándose a mirarse entre ellos en forma furtiva. Y cuando el raudal de mi conversación enmudeció, paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor que cualquier otra que previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta que la luz se extinguió. Súbitamente una voz rompió la quietud, era la voz de Mrs. Stone, diciendo: “Jack te mostrará tu habitación: te di el cuarto en la torre.” Pareció como si surgiera desde algún lugar cercano a la puerta de hierro en la pared de ladrillos rojizos, y mirando hacia allí, vi entre la hierba la presencia de unas tumbas. Una curiosa luz gris emanaba de cada sepulcro, y pude leer el epitafio de la lápida más cercana, que decía: “En maldita memoria de Julia Stone.” Y como era usual, Jack se levantó, y nuevamente lo seguí a través del vestíbulo y por la escalera con muchas esquinas. En esta ocasión todo estaba mucho más oscuro que lo habitual, y al entrar en el cuarto, solo pude ver los muebles, la posición de aquellos que me eran familiares. También había un aroma a descomposición en la estancia, y esa noche me desperté gritando. El sueño, con algunas variaciones y circunstancias, como las que he mencionado, siguió, con intervalos, por quince años. Algunas veces lo soñaba durante tres noches seguidas; otras veces, como narré, había recesos de seis meses, sin embargo, para tomar un promedio, podría decir que lo soñé tan periódicamente como una vez al mes. El sueño siempre terminaba en pesadilla, ya que la entrada en el ominoso cuarto me provocaba cada vez más temor. Había algo, también, una extraña y pavorosa coherencia sobre ello. Los personajes, como he mencionado, iban envejeciendo, y la muerte y el matrimonio visitaban a esta silenciosa familia. Jamás volví a ver en el sueño a Mrs. Stone. Pero siempre era su voz la que me informaba que el cuarto en la torre estaba preparado para mí, y tanto la escena estuviera en un té en el jardín, o en cualquiera de las otras habitaciones de la casa, siempre veía su tumba junto a la puerta de hierro. Pasaba lo mismo con la hija que se casó; usualmente ella no estaba presente, pero cada tanto, regresaba acompañada por un hombre, que supuse sería su marido. Él, al igual que los demás, permanecía siempre en silencio. Debido a la constante repetición del sueño, le comencé a restar importancia. Nunca volví a ver a Jack Stone durante todos aquellos años, y jamás vi ninguna casa que me diera la impresión de parecerse a la temible casa del sueño. Hasta que algo pasó. Este año estuve en Londres hasta fines de julio, y durante la primer semana de agosto me instalé con un amigo en una casa que había rentado por el verano, en el bosque de Ashdown, en el distrito de Sussex. Partí de Londres temprano, ya que John Clinton me esperaba en la estación Forest Row, para ir a jugar al golf, y marchar a su casa por la noche. Él estaba con su automóvil, y alrededor de las cinco de la tarde, luego de un día esplendoroso, partimos ya que teníamos que recorrer unas diez millas. Como llegamos tan temprano, no tuvimos el té en el club, así que esperamos a llegar a casa. A medida que ibamos por la carretera, el clima, que hasta el momento estaba si bien cálido, con brisas frescas, comenzó a estancarse y a darme una sensación de opresión, tal y como la ominosidad que siento antes de un trueno. John, sin embargo, no compartía mi sensación, atribuyendo mi pérdida de claridad a que había caído derrotado en el juego. Los siguientes eventos probaron que yo tenía razón, aunque no creía que los nubarrones que hubo esa noche fueran la única causa de mi depresión. Nuestro camino a través de poco transitadas sendas, me indujo a una somñolencia y posterior sueño, del que solo desperté cuando John detuvo el motor del automóvil. Y con súbita emoción, mayormente de temor, pero también de curiosidad, me encontré parado frente a la puerta de la casa de mi sueño. Entramos y yo me preguntaba si esto no sería también un sueño, mientras caminaba a través del vestíbulo con grandes paneles de roble, y al llegar al jardín, donde el té había sido servido a la sombra de la casa. Al fondo estaba la pared de ladrillos rojos, con una puerta en ella, y también estaba el nogal erguido en una parte del césped. La fachada de la casa era muy larga, y al final de la misma se veía la torre con los tres pisos, que parecían ser más antigua que el resto de la construcción. Aquí cesaban todas los parecidos con el sueño tantas veces repetido en mi mente. No había ninguna silenciosa familia, sino en cambio una gran asamblea de excitadas y alegres personas, todas las cuales me eran conocidas. Además no sentía ninguna opresión ni temor, como la que en el continuo sueño me asaltaba. Sin embargo estaba con mucha curiosidad acerca de lo que iba a pasar. El té prosiguió su alegre curso, y en determinado momento Mrs. Clinton se paró. Y en ese momento yo supe que era lo que me iba a decir. Ella me habló y me dijo: “Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre.” Y por medio segundo, el horror del sueño me atacó de nuevo. Pero esta aprehensión pasó rápidamente, y de nuevo no sentí más que una intensa curiosidad. Y no pasó mucho hasta que esta fue totalmente satisfecha. John se volvió a mí. “Justo en el techo de la casa,” me dijo, “pero creo que estarás cómodo. Estamos con todas las habitaciones ocupadas. ¿Te gustaría ir a verla ahora? Por Dios, creo que tenías razón, vamos a tener tormenta eléctrica. Qué oscuro se está poniendo.” Me levanté y lo seguí. Pasamos a través del vestíbulo, y por la ya perfectamente familiar escalera. Entonces él abrió la puerta, y entré. Y en ese momento un terror puramente irracional se apoderó de mí. Y no sabía a que le temía: simplemente temía. Fue como un recuerdo súbito, cuando uno recuerda un nombre que hacía tiempo se le había escapado de la memoria, y supe a que le temía. Le temía a Mrs. Stone, cuya tumba tenía la siniestra inscripción “En maldita memoria”, tantas veces había visto en sueños, casi sobre el césped que yacía justo bajo mi ventana. Y entonces, una vez más, el temor se esfumó por completo, a tal punto que me estaba preguntando que era a lo que temía, y me sentía tranquilo y calmado, en el cuarto de la torre, el nombre que tantas veces había escuchado en mi sueño, y la escena que ya me era familiar. Miré alrededor con cierto derecho de propiedad, y me di cuenta que nada había sido cambiado del sueño nocturno que conocía tan bien. A la izquierda de la puerta estaba la cama, longitudinalmente con la pared, con la cabeza apuntando al ángulo. Alineada a la misma estaba la chimenea y un pequeño armario de libros; opuesta a la puerta, la otra pared estaba atravesada por dos ventanas enrejadas. Entre las mismas había una mesa de tocador, en tanto que alineada con la cuarta pared había una cubeta para lavarse. Mi equipaje ya había sido desempacado, ya que mis prendas estaban ordenadas sobre el cobertor de la cama. Y entonces, con un súbito e inexplicado desfallecimiento, vi que había dos objetos conspicuos que no había visto antes en mi sueño: uno era una gran pintura al óleo de Mrs. Stone, y el otro era un dibujo en blanco y negro de Jack Stone, representándole tal y como se me apareció en la última serie de estos sueños recurrentes que había tenido la pasada semana, un hombre de unos treinta años con apariencia maligna. Su retrato colgaba entre las ventanas, mirando derecho a través de la habitación hacia el otro cuadro, que colgaba a un costado de la cama. Y nuevamente volví a experimentar el horror de la pesadilla que me atenazaba. Representaba a Mrs. Stone como la había visto por última vez en mi sueño: vieja con el cabello encanecido. Pero en vez de la evidente debilidad del cuerpo, la pintura mostraba una espeluznante exuberancia y la vitalidad brillaba a través de la cobertura de la carne, una exuberancia por completo maligna, una vitalidad que burbujeaba con inimaginable maldad. El mal resplandecía desde esos angostos ojos; y en su boca tenía una sonrisa demoníaca. El rostro entero estaba llevado por una horrorosa y sobrecogedora hilaridad; las manos, una encima de la otra sobre la rodilla, parecían conmocionadas con una inenarrable jovialidad. Entonces vi la firma del cuadro, en la esquina inferior izquierda, y, preguntándome quien habría sido el artista, me acerqué más para poder echar un vistazo, y leí la inscripción: “Julia Stone por Julia Stone.” Hubo un golpe en la puerta, y John Clinton entró. “¿Necesitas algo más?” me preguntó. “Mucho menos que lo que tengo,” dije, apuntando al retrato. Se rió. “Una vieja y severa señora,” dijo, “de cualquier manera, ella no puede estar muy halagada.” “¿Pero, no lo vés?” cuestioné. “Apenas es un rostro humano. Es la cara de alguna bruja o algún demonio.” Él miró el cuadro de más de cerca. “Si, no es muy agradable,” dijo. “Al lado de la cama, ¿eh? Si; me imagino la pesadilla que voy a tener si llego a dormir con esto tan cerca de mi cama. Lo bajaré si quieres.” “Realmente deseo que lo hagas,” dije. Él tocó la campana, y con la ayuda de un sirviente, removimos el retrato y este fue llevado fuera, al pasillo, y puesto el rostro contra la pared. “Por Dios, la vieja señora es bastante pesada,” dijo John, secándose la frente. “Me pregunto si ella tendría algo en mente.” El extraordinario peso del cuadro también me había molido. Estaba a punto de replicar, cuando me miré la mano. Había una considerable cantidad de sangre, que me cubría toda la mano. “Me corté con algo,” dije. John pegó una pequeña exclamación. “¿Cómo puede ser? Yo también,” dijo. Simultáneamente el sirviente sacó su pañuelo y le vendó la mano. Vi que también la mano del lacayo estaba sangrando. John y yo salimos del cuarto y fuimos a enjuagarnos la sangre; pero ni en su mano ni en la mía había rastros del menor raspón. Me pareció que, habiéndonos cerciorado de ello, ambos, por una especie de tácito consentimiento, no nos referimos al hecho de nuevo. En mi caso, algo se me había ocurrido y no deseaba pensar sobre ello. Era solo una conjetura, pero supuse que la misma cosa le había ocurrido a él. El calor y la opresión del aire, por la tormenta que esperábamos y que aún no se había desencadenado, se incrementó mucho luego de la cena, y luego la concurrencia, entre los que nos contábamos John Clinton y yo, nos sentamos fuera, en el jardín, donde habíamos tomado el té. La noche estaba absolutamente oscura, y no había estrellas o luna que pudiera penetrar el paño mortuorio que opacaba el cielo. Paulatinamente, nuestra reunión se fue despejando, las mujeres se fueron retirando a dormir, los hombres se dispersaron hacia el salón de fumar o al cuarto del billar, y a eso de las once de la noche mi anfitrión y yo quedamos solos. Toda la noche estuve cavilando que él tendría algo en mente, y en cuanto estuvimos solos, habló. “El hombre que nos ayudó a cargar el cuadro, tenía sangre en su mano, ¿lo notaste?” dijo. “Le pregunté había sido él quien se había cortado, y me dijo que supuso que sí, pero al final no pudo encontrarse ninguna herida. Ahora bien, ¿de dónde provino la sangre?” De golpe al decirme esto, echaba por tierra todos mis propósitos de no acordarme del tema, especialmente justo antes de ir a dormir. “No lo se,” dije, “y realmente no quiero averiguarlo en tanto que el cuadro de Mrs. Stone no esté cerca de mi cama.” Él se paró. “Pero es raro,” dijo. “¡Ha! Ahora verás otra cosa extraña.” Su perro, un terrier irlandés de raza, había salido de la casa cuando estábamos hablando. La puerta detrás nuestra, hacia el vestíbulo, estaba abierta, y una luz iluminaba el jardín hasta la puerta de hierro que daba afuera, donde el nogal estaba plantado. Vi que el perro estaba encrispado y con todos sus pelos erizados, sus labios doblados hacia afuera de su dentadura, como si estuviera listo para brincar sobre algo, gruñiendo solo. Fue como no se diera cuenta de la presencia de su amo o la mía, y se quedó tensamente dando vueltas en torno al césped frente a la puerta. Luego se detuvo por un momento, mirando a través de los barrotes, aunque continuó gruñendo. Después pareció como si su coraje lo abandonara: pegó un largo aullido, y corrió de nuevo a la casa con un curioso paso. “Lo hace una media docena de veces por día.” dijo John. “Parece que ve algo que odia y teme.” Caminé hacia la puerta y miré a través de ella. Algo se movía fuera, entre las matas de pasto, y pronto llegó a mis oídos un sonido que no pude identificar inmediatamente. Luego recordé que era: el ronroneo de un gato. Prendí una linterna y vi que era lo que ronroneaba: un gran gato persa que daba vueltas alrededor de un pequeño círculo frente a la puerta, con la cola flameando como una bandera. Sus ojos estaban brillantes, y a cada rato bajaba su cabeza y olisqueaba el césped. Me reí. “El fin del misterio, me temo.” Dije. “Aquí está este gato enorme, el origen de todas las noches de Walpurgis.” “Si, este es Darius,” dijo John. “Se pasa medio día y el resto de la noche ahí. Pero este no es el fin del misterio del perro, ya que Toby y él son los mejores amigos. Aquí comienza el misterio del gato. ¿Qué es lo que hace ahí? ¿Y porqué Darius está complacido y Toby aterrorizado?” En ese momento recordé aquel horrible detalle en mi sueño, cuando veía la puerta, justo donde el gato estaba ahora, la blanca lápida con la siniestra inscripción. Pero antes que pudiera responder a mi pregunta, comenzó el aguacero, súbita e intempestivamente, como si se hubiera destapado el cielo, y simultáneamente el gran gato saltó a través de las rejas de la puerta de hierro, y corrió por el jardín hasta la casa en busca de refugio. Luego se sentó en el portal y se quedó mirando ansiosamente a la oscuridad. De alguna manera, con el retrato de Julia Stone fuera, en el pasillo, el cuarto en la torre no me alarmaba en absoluto, y cuando fui a la cama, me sentía con mucho sueño y cansancio. No sentía más que curiosidad por el incidente de las manos manchadas de sangre, y por la conducta del gato y del perro. La última cosa que vi antes de apagar la luz fue el rectángulo de espacio vacío, a un lado de mi cama, donde había estado el retrato. En esa porción el empapelado poseía su tinte original, que era rojo: sobre el resto de las paredes este color se había desgastado. Luego apagué mi vela y quede dormido casi instantáneamente. Mi despertar fue igual de instantáneo, y me senté recto sobre la cama bajo la impresión fuerte que una luz brillante me había alumbrado la cara, a pesar que estaba todo muy oscuro. Sabía perfectamente en donde estaba, en el cuarto que tantas veces había temido en sueños, pero ningún horror que hubiera sentido en sueños se comparaba al que ahora me atenazaba y congelaba mi mente. Inmediatamente después el bramido de un trueno sacudió toda la casa, pero la probabilidad que esto hubiera sido el origen de la luz que me despertó no fue consuelo para mi agitado corazón. Sabía que había algo más, conmigo, en la habitación, e instintivamente saqué mi mano derecha, que era la que estaba más cercana a la pared, y palpé el borde de un marco, como de un cuadro, colgando cerca mío. Salté de la cama, volcando la mesita de luz, y escuché mi reloj, vela y fósforos cayendo contra el piso. Pero por el momento, no había necesidad de luces, ya que otro enceguecedor relámpago iluminó la estancia y me mostró que sobre mi cama colgaba de nuevo el cuadro de Mrs. Stone. Otra vez el cuarto quedó sumido en la penumbra. Pero en este relámpago pude ver otra cosa, particularmente una figura que estaba apoyada a los pies de la cama, que me miraba. Estaba vestida con una suerte de vestimenta blanquecina, manchada con musgo, y su rostro era el del retrato. Más arriba, bramió el trueno y cuando cesó y regresó la mortal quietud, escuché un susurro como de movimiento, que se me acercaba, más y más, horriblemente, percibiendo al mismo tiempo un olor a corrupción y putrefacción. Entonces una mano se colocó a un lado de mi cuello, y muy cerca de mi oído pude escuchar una ansiosa y acelerada respiración. Y supe que esa cosa, a pesar que podía ser percibida por el tacto, el olfato, la vista y el oído, no era de este mundo, sino que era algo había podido transponer al cuerpo y que tenía el poder de manifestarse a sí misma. Entonces una voz, que ya me era familiar, se dejó oir: “Supe que vendrías al cuarto en la torre,” dijo. “Te he estado esperando por mucho tiempo. Al final has venido. Esta noche cenaré; en breve cenaremos juntos.” Y la respiración entrecortada se acercó un poco más; la podía sentir sobre mi cuello. Y este terror, que yo creía me había paralizado por el momento, derivó en un salvaje instinto de auto preservación. Manoteé el aire salvajemente con ambos brazos, pateé al mismo momento, y escuché un chirrido bestial, y algo blando cayó frente mío con un ruido sordo. Di unos pasos hacia adelante, esquivando lo que fuera que yacía ahí, y por casualidad encontré el picaporte de la puerta. Al siguiente instante salté al pasillo, y azoté estrepitósamente la puerta tras mío. Casi al mismo momento escuché una puerta que se abría en algún sitio, abajo, y John Clinton, candelabro en mano, acudió corriendo escaleras arriba. “¿Qué pasa?” preguntó. “Dormía justo aquí abajo, y escuché ruidos como sí… Dios santo, hay sangre en tu hombro.” Me quedé parado ahí, según me contó después, moviéndome de un lado a otro, pálido como una hoja de papel, con la marca sobre mi hombro como si una mano cubierta de sangre se hubiera apoyado ahí mismo. “Está ahí dentro,” dije, apuntando. “Ella, tu sabes. El retrato está dentro, también, colgando del mismo lugar de donde lo sacamos.” A esto contestó con una sonrisa. “Mi querido amigo, esta ha sido meramente una pesadilla,” me contestó. Abrió la puerta, y yo quedé parado inerte, presa del terror, incapaz de detenerlo, incapaz de moverme. “¡Phew! Huele horrible,” dijo. Luego hubo un silencio; desapareció de mi vista. Al siguiente momento salió tan pálido como estaba yo mismo, y cerró rápidamente. “Sí, el cuadro está ahí,” dijo, “y sobre el piso hay una cosa, una cosa manchada de barro, como las que hay en los sepulcros. Vamos, rápido, vámonos de aquí.” Como bajamos las escaleras difícilmente lo supe. Un estremecimiento y unas náuseas más espirituales que carnales me apresaron, y más de una vez él me tuvo que ayudar a poner el pie en el escalón, mientras a cada momento echaba miradas de terror y aprehensión hacia atrás. Pero al final, cuando llegamos a su habitación, en el piso de abajo, le conté todo lo que aquí he descripto. La segunda puede ser corta, ciertamente como muchos de mis lectores quizás ya lo hayan adivinado, si recuerdan el inexplicable asunto de la iglesia en West Fawley, hace unos ocho años atrás, donde se en tres oportunidades se trató de enterrar el cuerpo de cierta mujer que se había suicidado. En cada ocasión el ataúd fue encontrado salido de su sitio, como emergiendo del suelo. Luego del tercer intento, con el objetivo de que la cosa no trascendiera, el cuerpo fue incinerado en algún lugar sobre tierra no consagrada. ¿Y dónde había sido enterrado? Justamente frente a la puerta de hierras del jardín de la misma casa en que la mujer había vivido. Ella se había suicidado en el cuarto superior de la torre, su nombre era Julia Stone. Subsecuentemente el cuerpo fue desenterrado en secreto, y el ataúd fue hallado repleto de sangre. La Habitación 66 (Historia De Terror) (Hay que dejar descansar a los muertos) Aquel caso había llenado las portadas de varios diarios nacionales durante días. Fue tal el revuelo, que los responsables del hotel decidieron clausurar aquella habitación para siempre. Ahora, el hotel volvía a ser noticia. Tras el cambio de titularidad de la cadena, la habitación iba a ser reabierta. Raúl quería tener información de primera mano. - ¿Y dice usted que esta habitación permanece tapiada desde hace casi seis años? Preguntó el periodista. - Así es. Tras aquellos horribles sucesos, todos los que trabajábamos en el hotel convenimos que era mejor así. Contestó el hasta entonces encargado del Meridien. - Pero, ¿qué fue exactamente lo que ocurrió aquí? - Uff... por lo visto la historia se remonta al 1890, aproximadamente. - ¿Ya existía este hotel por aquel entonces? - Más o menos. En aquellos años, donde hoy está el Meridien había un hotel pequeño y de mala reputación. Cuentan que allí los hombres pudientes de la época llevaban a las queridas y a las prostitutas. - ¿Y qué pasó? - Pues bien,...la leyenda dice que uno de esos hombres llevó al hotel a una niña. Probablemente, su hijastra. Por lo visto, la violó y maltrató hasta que la criatura falleció, sin que nadie hiciese nada por socorrerla. Cuando descubrieron el cuerpo, la gente del pueblo se tomó la justicia por su mano. Aquel hombre fue linchado y sus restos esparcidos por todo el pueblo para que su alma nunca descansara en paz. - ¿Y qué relación tiene el actual hotel con ese suceso? - Aparentemente, la única relación es el terreno donde se ubicaba aquel hotel y el número de la habitación, la 66. - Curioso... ¿y qué ocurrió después? - Parece ser que el hotel fue clausurado. La gente de la zona decía que el edificio estaba embrujado y que por las noches se oían lamentos. Al tiempo, el hotel fue vendido y se tiró abajo para construir el actual. - Ya veo. - Los fenómenos empezaron tan sólo inaugurar el Meridien. - ¿Fenómenos como cuáles? - Al principio, el tema se limitó a alguna que otra queja por parte de los clientes. Cuando se hospedaban en la 66 muchos pedían que se les cambiara de habitación debido a los ruidos, lamentos y quejidos. - ¿Y después? - Bueno, hubo muchos casos. Ahora me viene a la mente el de un directivo de la Samsung. El pobre hombre relataba así la noche que pasó en la 66 cuando la policía le interrogó: “Aquella noche estaba cansado. Me cambié, me lavé los dientes y me metí en la cama sobre las once. Primero fueron los ruidos. Era como si estuviesen peleándose en la habitación contigua a la mía. Se oían gritos, golpes y lamentos. La verdad es que pensé en llamar a recepción para quejarme pero, dada la violencia de aquella discusión, creí que llamarles la atención podía volverse en mi contra. Al cabo de algo más de un hora aquellos ruidos pararon. Después, cuando ya había conseguido conciliar el sueño, la luz de mi habitación se encendió sola. Me incorporé extrañado pero, al no ver a nadie la apagué y seguí durmiendo. Después, el teléfono. No dejaba de sonar y cuando descolgaba no había nadie. Traté de llamar a la recepción, pero el teléfono no daba señal. Fue entonces cuando algo empezó a agredirme. Aquella habitación cobró vida propia. Los muebles salieron volando contra mi cama, las luces y la televisión se apagaban y se encendían solas,...creí que me volvía loco” - Al pobre hombre lo encontraron por la mañana en estado de shock acurrucado tras la puerta del baño y lleno de sangre y de heridas. Según explicó, ni la puerta, ni las ventanas se abrían. El teléfono estaba arrancado de la pared y los muebles hechos trizas. - ¿Y nadie oyó nada? - Nada que llamase demasiado la atención. Las dos habitaciones contiguas estaban ocupadas pero, en ambos casos, pensaron que sus vecinos de habitación tenían un riña. Teniendo en cuenta el destrozo no comprendo con nadie se quejó. - ¿Hubo más casos? - Muchos más. Al menos, unos quince o veinte de distinta consideración. Hasta que ocurrió la tragedia. - ¿Qué fue lo que ocurrió aquella vez? - De todo. Aquella noche se dieron un cúmulo de terribles coincidencias. - Cuénteme. - Verá, dada la experiencia con aquella habitación, yo tenía por costumbre dejarla vacía y si la ocupaba solía hacer una ronda nocturna. Solía además llamar a última hora del día con alguna excusa y, por la mañana, me ocupaba personalmente de verificar que el huésped bajaba a desayunar. - ¿Qué fue lo que falló? - Todo. Aquella noche tuve que irme a casa, estaba indispuesto. Pedro, el recepcionista, se quedó a cargo de todo. Sobre las once de la noche llegó un hombre buscando una habitación. El hotel no estaba del todo lleno, pero Pedro le dio la 66 sin más. La verdad es que no se me ocurrió avisarle de que no la diera, o pedirle que en caso de darla hiciese la ronda, ni que verificará que el huésped bajaba a desayunar. - Siga. - Para más casualidades, las habitaciones contiguas estaban libres aquella noche. - Ya. - No fue hasta casi la tarde siguiente en que la mujer de la limpieza dio la voz de alerta. El espectáculo era dantesco. - ¿Por? - El cuerpo del huésped estaba despedazado y los restos repartidos por toda la habitación. No recuerdo haber visto algo semejante en toda mi vida. La sangre de aquel hombre había sido esparcida por toda la habitación, salpicando paredes y muebles, como si de un lienzo se tratara. Las vísceras habían sido colgadas de la lámpara del techo y la cabeza puesta dentro del inodoro, con los ojos perfectamente abiertos mirando hacia el exterior. - ¡Jesús! - Según la autopsia el hombre aún estaba con vida cuando le extrajeron las vísceras. ¿Puede usted imaginarse el dolor? - Dios mío.... - ¿Y ahora qué? - No sé lo que puede pasar si reabren esa habitación. - ¿Y el actual propietario sabe la historia? - Por supuesto. Yo mismo me encargué de contarle todo, pero no me creyó. Se tomó todo a risa. - ¡Que insensato! - El hotel reabre sus puertas la próxima semana y la 66 estará nuevamente en funcionamiento. Increíble pero cierto. Raúl salió de aquella cafetería pensativo. Por un instante, pensó en hospedarse en aquella habitación. Seguro que a la revista le podría interesar un reportaje de investigación así. - Buenas tardes, querríamos una habitación para una noche. Dijo Raúl - Por supuesto. Respondió el recepcionista del Meridien. - ¿Podría ser la 66? Es que a mi mujer le hace gracia por lo de la leyenda. Afirmó Raúl agarrando a Sara, la fotógrafa de la revista, por la cintura. - Ningún problema. Una vez en la habitación, Sara empezó a instalar las cámaras y los dispositivos para la detección de movimiento y calor. - ¿Sabes que igual no pasa nada no? - Lo sé, pero tenía que hacerlo. Contestó Raúl. - Ponte cómodo, la noche va a ser larga. La noche, al contrario de lo que creían, para ellos fue extremadamente corta. A la mañana siguiente, el hotel se llenó de policía. Nuevamente, el Meridien volvía a ser noticia nacional. “Se encuentran los cuerpos descuartizados de una pareja en la habitación 66 del hotel Meridien. Como ya ocurrió hace seis años, hoy el Hotel Meridien vuelve a ser, por desgracia, titular de todos los periódicos por un trágico y macabro suceso. Hayan los cuerpos descuartizados de una joven pareja de periodistas que pasaba la noche en la famosa habitación 66. La policía está ahora investigando el suceso. Fuentes del hotel apuntan a que la pareja estaba realizando un reportaje y que las grabaciones están en manos de la autoridad competente.” - ¿Qué hay en la cinta? Preguntó el jefe de policía la inspector encargado del caso. - Verá señor, casi toda está en blanco. Es decir, parece como si se hubiese grabado a oscuras y sin ningún ruido. Pero al final... - ¿Al final qué? - Mejor véalo usted mismo. El inspector conectó la cámara al televisor y le dio al play. Entonces, tras unos minutos en completa oscuridad y silencio, una cara blanquecina y medio desdibujada apareció súbitamente frente a la pantalla y una voz fuerte, profunda, ronca y entrecortada que parecía provenir de otro mundo dijo: - ¡Fuera de aquí! ¡Este...es ahora mi hogar! ¡He dicho fueeerrrrraaaaa! Al tiempo, la habitación 66 volvió a ser clausurada, pero esta vez, por orden judicial. Y para los que me vinieron a trolear aca esta la imagen que buscan: Aca termina el post... , chau a todos