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Usuario (Argentina)
Se trata del último anuncio de la agencia espacial estadounidense NASA que enviarán una nave a un asteroide para tratar de desviar un asteroide en posible curso de colision con nuestro planeta. La NASA tiene previsto realizar la misión en 2016, en la cual por primera vez se enviará una nave a un asteroide. La misma será una sonda no tripulada que tardará unos cuatro años en llegar, con el fin de desviar el curso del asteroide “1999 RQ36” (por el año en que fue descubierto) y evitar la posible colision a la Tierra. El objetivo de la misión que lleva el nombre de "Osiris-Rex". La sonda sin tripulantes no se posará sobre el cuerpo rocoso, pero llegará lo suficientemente cerca como para extender un brazo robot y depositar en la superficie hasta 15 libras de materiales altamente explosivos.. Este es un paso importante para cumplir con los objetivos del presidente de EE.UU., Barack Obama”, dijo el director de la NASA, Charlie Bolden, según un comunicado. Obama había encomendado a la agencia a llevar antes del año 2025 a los seres humanos a un asteroide y, luego, en lo posible antes de 2035 a Marte. Pero ante este nuevo suceso explico que se utilizara toda la tecnologia de que dispone la raza humana actualmente para utilizar el acontecimiento como un gran campo de experimento de cara al futuro y ampliacion de los limites espaciales de la humanidad". La sonda necesitará cuatro años para llegar al asteroide y, desde una altura de cinco kilómetros, estará unos seis meses confeccionando un mapa de la superficie. Posteriormente, un equipo de científicos determinará desde la Tierra cuál es el mejor lugar para que deposite la carga nuclear. Para el año 2023, la nave espacial deberá estar de regreso en la Tierra. La misión costará unos 800 millones de dólares, según indicaron desde el organismo. Los asteroides se consideran remanentes de la formación del sistema solar hace unos 4.500 millones de años. Su estudio podría arrojar luz sobre las condiciones del joven sistema solar y cómo surgió la vida. Estas rocas gigantes vuelan cerca de la Tierra, la mayoría de las veces sin causar daño, pero ocasionalmente han golpeado el planeta con resultados desastrosos. El director científico del proyecto Michael Drake, de la Universidad de Arizona en Tucson, describió el asteroide como una “cápsula del tiempo que probablemente contiene los cimientos de la vida”. Aunque la Tierra está llena de meteoritos, fragmentos de asteroides que se desprenden constantemente y caen incendiándose cuando entran en contacto con la atmósfera, los científicos están ansiosos por obtener las muestras que no han sido contaminadas para asi conocer aun mas de su composicion. fuente : www.nasa.gov
El que más el que menos, todos hemos escuchado alguna vez los viejos rumores sobre los peligros que conlleva la masturbación. Aquellos que durante décadas, los defensores de la castidad se encargaron de pregonar en un sociedad bastante falta de información sobre temas relacionados con la sexualidad. Cegueras, anemias, acné, resecamiento de la médula espinal o la condenación eterna son solo algunos de los síntomas que, antaño, podía uno sufrir por el mero hecho de hacerse, coloquialmente hablando, una paja. Sin dar ni quitar crédito a estas amenazas, hablaremos hoy de unos riesgos mucho más inmediatos y tangibles; los que acarrean los tocamientos demasiado fantasiosos e imprudentes. En todos los hospitales del mundo circulan rumores que cuentan cómo avergonzados pacientes acuden al doctor para que les arregle los daños que se han ocasionado por usar, en su búsqueda del placer, artilugios diseñados para otro fin. veamos algunas de las más típicas. Tal vez el rumor número uno sea el de la mujer que pide ayuda para extraerse una botella parcialmente introducida en la vagina. Resulta que ha usado una botella vacía y destapada, por lo que se ha hecho el vacío y ya no la puede sacar. Una segunda versión de la historia presenta el problema de una mujer que llega a urgencias con unos extraños cortes en la vagina. Al final se descubre que se los ha hecho al romper por su cuenta la botellita de marras. En algunos casos, la víctima de sus propios ardores no puede culpar al vicio de sus males, sino a una desafortunada combinación de malas compañías y sustancias químicas. Se escucha por ahí la historia de una pobre chica a la que unos aprovechados atiborran de productos afrodisíacos. Por una cosa o por otra, al final no hay cópula, por lo que la moza no encuentra alivio a su febril excitación. Al día siguiente, es descubierta empalada en la palanca de cambios de su coche. Caso aparte es cuando el placer sexual queda de lado y la vagina es usada como “porta objetos”. La siguiente historia surge en una prisión, los carceleros ven que una reclusa estaba alterada mentalmente y tenía síntomas de haber tomado algún estupefaciente y creen que podría estar ocultando droga en su organismo. La llevan a urgencias y le hacen numerosas pruebas que curiosamente revelan que un arma se encontraba en el interior de su vagina. La llevan directamente a quirófano, la anestesian y por precaución los cirujanos se colocan chalecos antibalas. De repente, en un tenso momento, un medico afirmó que el arma tenía una bala en la recamara y podría dispararse en cualquier momento y había que tener mucha cautela. La decepción de los médicos sobrevino cuando extrajeron el objeto y comprobaron que era nada más que un mechero de butano con forma de pistola y el objeto que se podía ver en la radiografía al lado del era una pipa de crack. Los carceleros estaban en lo cierto, la paciente estaba ocultando droga pero de una manera un tanto peculiar. Los equivalentes masculinos de estas historias relatan insólitas extracciones de objetos introducidos por el ano como fundas de puros, botellines de refrescos, muñecas… El caso más espectacular lo protagonizó un veterano de guerra que acude al hospital con un proyectil antiaéreo insertado en el ano. Los doctores llaman a los artificieros, que escuchan aterrorizados de boca del viejo que el proyectil mantiene intacta su carga explosiva. Dice: “Este pepino aún podría tirar abajo un Messerschmitt”. Otro grupo de accidentes tienen que ver con erecciones inoportunas e incontroladas. La más grave cuenta cómo un adolescente se entretenía introduciendo el pene en una arandela. Llegado un momento, el engrosamiento del miembro hizo que la arandela comenzara a estrangularlo. La erección fue a más, con lo que el estrangulamiento era aún más severo y se hacía imposible volver al estado de flaccidez. Cuando el mozo llegó al hospital, los tejidos, a partir del lugar donde estaba colocada la arandela, habían sufrido una privación de oxígeno demasiado prolongada. Hay también cientos de casos de lesiones por uso inadecuado de maquinaria. Tal vez no haga falta decirlo, pero se llevan la palma las aspiradoras y las ordeñadoras, aunque no hay que descartar otro tipo de artilugios. Y si no que se lo pregunten al carpintero de la leyenda, que acude a urgencias con los testículos hinchados como globos. El hombre cuenta a los facultativos que la hinchazón ha empezado después de que se cosiera el escroto con una grapadora. El motivo de tan drástica reparación era el desgarro genital que se había auto infligido con la lijadora que acostumbraba a usar para estimularse.
En el principio fueron las ordalías o juicios de Dios. Eran pruebas que, especialmente en la Edad Media occidental, se hacían a los acusados para probar su inocencia. El duelo era un tipo: ofendido y ofensor elegían un representante que luchaba por ellos. El vencedor imponía su derecho. Hacia el 200 después de Cristo tuvo breve auge una curiosa prueba. El acusado debía comer cierta cantidad de pan y de queso. Los jueces retenían que, si era culpable, Dios enviaría a un ángel para apretarle la garganta y que no pudiera tragar. La prueba del hierro candente, en cambio, fue un clásico. El acusado debía tomar con sus manos un hierro al rojo por cierto tiempo. A veces debía dar siete pasos. Si se quemaba las manos era culpable. Hacia el siglo XIII las ordalías comenzaron a ser reemplazadas por sistemas de prueba más complejos. La intervención divina cedió ante la humana, por lo cual las reglas debían ser lo más objetivas posible. Así nació el principio de que la condena debía fundarse en dos testigos oculares inobjetables. Sólo si el acusado confesaba voluntariamente se lo podía condenar sin recurrir a los dos testigos. La prueba circunstancial no era admitida porque significaba confiar demasiado en el criterio personal de los jueces. Por más que al sospechoso se lo viera huir de la casa de la víctima y se le encontrara una daga con sangre y el botín, si dos testigos no lo habían visto apuñalar a la víctima, no se lo podía condenar. Pero entonces el sistema sólo era efectivo en delitos flagrantes o con acusados dispuestos a confesar con lo cual los delitos de autor desconocido o con involucrados no dispuestos a hablar hacía caer todo el mecanismo. La exigencia de los dos testigos oculares no se podía eludir, pero de aceptar una confesión voluntaria a inducir por la fuerza a confesar había un paso. El derecho de la tortura surgió para regular este proceso de inducción de confesiones. Sólo se podía torturar a personas con altas probabilidades de resultar culpables. La tortura fue permitida cuando había “semiplena prueba” contra el sospechoso. Semiplena prueba significaba tanto un testigo como prueba circunstancial suficiente. Así, la prohibición contra el uso de prueba circunstancial fue superada. Los juristas medievales consideraban a la confesión bajo tortura como involuntaria y, por eso, inválida, salvo que el acusado la reiterara sin tortura. Si entonces se retractaba, se lo volvía a torturar. La gente confesaba “voluntariamente” antes de ir a los tormentos por primera vez. Nadie quería poner a prueba su capacidad para soportar el dolor. Edad media e Inquisición Durante la inquisición española, los herejes eran encarcelados sin ser acusados formalmente. Eran encadenados en frías y hediondas mazmorras infestadas de insectos y ratas, solo ellos y su excremento. Pan duro y enmohecido con agua sucia suplementaban la dieta de cucarachas y arañas. “O de nuevo, un prisionero que se rehusaba a confesar era dejado en soledad y oscuridad por semanas, meses o hasta años, porque a la inquisición el tiempo no le incumbía, podía esperar y así mediante, poder salvar otra alma perdida para el Cristo. Si unas pocas semanas o meses no convencían al hereje acusado, el tiempo se transformaba en años, los años en décadas y así el prisionero quedaba en su horrible mazmorra sin nunca ser juzgado. Hay muchos casos donde tres, cinco o hasta diez años pasaron entre la primera audiencia y el juicio final del reo, tiempo en el cual el acusado se pudría en su celda. Periodos mas largos han sido reportados.” Una vez convicto, el prisionero se enfrentaba a los verdaderos terrores. “Ambos, el inquisidor y el obispo debían de estar presentes. Al prisionero le eran mostrados los instrumentos de tortura y era incitado a confesar. Al rehusarse era desnudado y atado y de nuevo instado a confesar. Se le prometía misericordia si lo hacía. Estos hombres y mujeres estaban atados y desnudos ante los agrios e implacables frailes mientras veían como calentaban los hierros al rojo vivo, probaban las ruedas de tortura y engrasaban los mecanismos en preparación para su uso en sus propios huesos y cuerpo”. La Inquisición en Otras Partes de Europa y America con una Pequeña Reseña de los Hombres de Dios Protestantes Durante el apogeo de la Caza de Brujas terribles torturas fueron utilizadas para obtener información y confesiones. Mediante la tortura el inquisidor también lograba que la victima implicara a otros y así el también podía tener seguridad de trabajo y continuar la obra de Jesús. El Malleus Maleficarum indicó que la “justicia común exige que una bruja no sea condenada a muerte al menos que su propia confesión la condene”. La tortura era el medio aceptable para obtener dicha confesión. La tortura ha existido desde la antigüedad, pero fue la furia Papal de Inocencio VII quien produjo las mas deshumanizadas técnicas. Después de la Inquisición Española, las peores torturas ocurrieron en Alemania, Francia, Italia y Suiza. Estos crímenes fueron perpetrados por inquisidores católicos y protestantes por igual. Después que el Rey Jaime VI llegara al trono en Escocia, ese país comenzó a utilizar brutales métodos de tortura también. La tortura no fue menos extrema y común en Inglaterra, Irlanda y Escandinavia. Durante los Juicios de Salem en América, la tortura también fue utilizada, pero era extremadamente suave comprado a los métodos usados en Europa. La mayoría de los métodos empleados en Europa siguieron un modelo. Al igual que los inquisidores españoles, el torturador comenzaba su labor explicándole a su “cliente” los pasos a seguir y el daño que se le iba a ocasionar es sus cuerpos. Muchas veces obtenía una confesión del acusado con la simple explicación y un rápido vistazo al taller del inquisidor. Sus herramientas de trabajo hacían una gran impresión sobre las mentes de los acusados. Una declaración en estas condiciones era considerada una “confesión voluntaria”. Si el acusado no confesaba se decretaba que su falta de miedo ante las circunstancias era prueba de su alianza con el demonio. Habiendo superado esta primera etapa, generalmente a la víctima se la desnudaba y afeitaba, después se la pinchaba en diferentes partes del cuerpo con puntas de metal, frias o al rojo vivo, estos procedimientos causaban terribles marcas y quemaduras las cuales eran interpretadas como las marcas del demonio, por otra parte algunos inquisidores utilizaban pinchos retractables, así de ésta forma el acusado no sentiría ningún dolor, comprobando asi que el demonio asistía a la bruja o al hereje. La mayoria no confesaba a esta altura de los ejercicios y por lo tanto continuaban las torturas a un nivel mas alto. Mientras la victima era torturada, el sacerdote o ministro realizaba preguntas y el notario tomaba notas. Había un gran margen de error, especialmente cuando la interrogacion no era en su lengua natal o dialecto. La tortura duraría hasta que la victima confesara. El torturador debía tener mucho cuidado y no matar a la victima antes que ésta confesara de otra forma el Señor perdería un alma. Si la victima no llegaba a confesar en la primera ronda de tortura, el delirante desafortunado era llevado nuevamente a su mazmorra para que pueda recuperar fuerzas y poder volver otro día. Cada ronda seria más brutal que la anterior. Los “servicios” efectuados por el torturador y demás oficiales eran pagados con dinero de la víctima. Si la víctima no tenía dinero, se le forzaba a sus parientes a pagar no solamente la comida y alojamiento del torturador y los oficiales sino también sus honorarios profesionales, viatico, entretenimiento para despejar su mente y forraje para sus caballos. Pero la labor divina no terminaba allí. Una vez que la victima confesaba, generalmente porque no aguantaba más las torturas se la condenaba a muerte. En su camino hacia su final, se la torturaba aun mas por medios de golpes, latigazos, quemaduras, hierros al rojo vivo y cercenacion de dedos, manos y lenguas. Las partes del cuerpo cortadas eran clavadas al patíbulo y así el torturador lograba cobrar un bono especial. La tortura en nuestros días La aberración de la tortura sobrevivió por siglos. Hoy, clandestina u oficialmente, se tortura en todo el mundo. Los métodos ha llegado hasta la aplicación de electricidad. Se le dice “picana” en la Argentina, donde hay una larga y vil historia de torturas aplicadas por policías y dictaduras militares. La tortura busca quebrar el espíritu y el cuerpo. Se denuncia su uso en comisarías; en cárceles; entre colegas, como el caso que se investiga de policías federales que la habrían aplicado para descubrir a un grupo de colegas que secuestraban, entre ellos a Mauricio Macri en 1991. La ley argentina prevé de 1 a 5 años en caso de severidades, vejaciones o apremios; de 8 a 25 en caso de tortura; perpetua si la tortura causa la muerte; y de 10 a 25 si provoca lesiones gravísimas. Vejar es maltratar, molestar, perseguir, perjudicar o hacer padecer. Los mismos verbos marcan que las vejaciones pueden ser físicas o morales y que su fin es castigar, hacer doler. Apremiar, igual que torturar, es oprimir, apretar, obligar a que se haga algo. Dar una confesión, por ejemplo. ¿Cómo distinguirlos? Hay teóricos que dicen que por la intensidad. ¿Acaso dependerá del voltaje de corriente eléctrica, o del tiempo que se mantengan una bolsa en la cabeza? Por esta rendija se cuelan todos los torturadores. ¿Por qué? ¿Por qué no hay condenas por torturas? Funcionarios de derechos humanos y de organizaciones no gubernamentales señalan que fiscales y jueces califican los hechos como apremios y no como torturas, lo que les permite conceder excarcelaciones, hacer pocos juicios y pocas condenas, en suspenso. Esto desvirtúa la respuesta del Poder Judicial, que queda tan comprometido como los acusados en estas historias de torturas. Así, se seguirá torturando. La tortura y el torturador tienen un aliado de hierro: el miedo, el mismo miedo que hacía que el sospechoso medieval confesara cualquier delito para evitar el dolor. La naturaleza humana no ha cambiado. Tortura y apremio son gemelos, hasta ríen igual. Así lo cuenta Henry Elleg en el libro de 1963 “Djamila Boupacha”, de Giselle Halimi. “A pesar de la electricidad como cien mil aguijones hurgando los nervios… los gritos de angustia y de sufrimiento…, hay torturados que piensan que lo peor de todo es, sin duda, el desprecio y la risa de los torturadores mientras ‘trabajan’”. Fuentes: www.geocities.com
EL arropiero, el mayor asesino en serie de España. Su primer abogado defensor –de oficio–, el letrado catalán Juan Antonio Roqueta Quadras-Bordes, dijo que si saliera en libertad “no tardarían en aparecer, a las pocas horas, cuatro o cinco cadáveres”. Para Roqueta era como un volcán: tan pronto estaba en calma como entraba en erupción y te abría “en canal” porque le negaras un cigarrillo.Los encargados del caso creyeron que se encontraban ante un fabulador extraordinario, por lo que acotaron sus crímenes probables a una lista más verosímil, de sólo 22, de los cuales llegaron a probarle ocho. Pero el Arropiero dio tantos detalles, y tan precisos, de sus delitos –algunos cometidos fuera de nuestro país– que su abogado siempre creyó que su cliente era, sin lugar a dudas, “el más grande asesino de la historia”. Nunca fue legalmente juzgado ni, por tanto, culpado por sus crímenes. Al serle detectada una grave enfermedad psiquiátrica se le declaró falto de responsabilidad penal, y la Audiencia Nacional ordenó en 1978 su internamiento en un centro psiquiátrico. Estuvo mucho tiempo en Carabanchel (Madrid) y en Fontcalent (Alicante). Los últimos años de su vida los pasó ingresado en el psiquiátrico de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona), de donde podía salir a pasear libremente. Falleció en 1998, víctima de una afección pulmonar. En los psiquiátricos subsistía con altibajos en su esquizofrenia, que se completaba con un cuadro de delirio megalomaníaco y desorientación tempo-espacial, así como con una fuerte tendencia al autismo, lo que le aislaba del mundo que le rodeaba. La enfermedad pulmonar que finalmente le mató fue debida al tabaco, ya que se pasó los largos años de reclusión fumando un cigarrillo tras otro, devorando cajetillas, hasta desarrollar una EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Es irónico que el mayor asesino de España fuera a su vez asesinado por el tabaco, uno de los mayores asesinos del mundo. El Arropiero debe su apodo a que su padre vendía arrope, un dulce de higos; primero fue “el hijo del arropiero” y luego se quedó con el mote. Manuel Delgado Villegas nació en Sevilla el 25 de enero de 1943. Su madre, que contaba entonces 24 años, murió al dar a luz, por lo que él y su única hermana, Joaquina, fueron criados por su abuela. Aunque fue a la escuela, no sabía leer ni escribir. A los 18 años ingresó voluntario en la Legión, donde aprendió uno de los golpes mortales –el de la mano abierta en el cuello– con que dio fin a muchas de sus víctimas. Tras desertar, emprendió un largo vagabundeo por España, Italia y Francia; y fue dejando su camino sembrado de cadáveres. Fue detenido el 18 de enero de 1971 en el Puerto de Santa María, Cádiz, por la muerte de Antonia Rodríguez Relinque, con la que mantenía relaciones sentimentales. El Arropiero presentaba entonces un aspecto muy singular: corpulento y atlético, caracterizaba su rostro con un inconfundible bigote a lo “Cantinflas”, en homenaje al que era su personaje más admirado. Salía con Antonia Rodríguez, una mujer subnormal, soltera, de 38 años, mucho mayor que él, a la infligía malos tratos. El día del crimen la llevó en moto a un lugar del campo, solitario, donde mantuvieron relaciones sexuales. Movido por el impulso irrefrenable que le hizo cometer tantos crímenes, rodeó el cuello de Antonia con los leotardos que le había quitado y la estranguló mientras hacían el amor. Los policías se ganaron la confianza del asesino y lograron que les llevara donde había ocultado el cuerpo. Uno de los detalles más espeluznantes que sabrían sobre la marcha fue la necrofilia del criminal, pues abusaba sexualmente de los cadáveres. El arropiero, el mayor asesino en serie de España. Su primer abogado defensor –de oficio–, el letrado catalán Juan Antonio Roqueta Quadras-Bordes, dijo que si saliera en libertad “no tardarían en aparecer, a las pocas horas, cuatro o cinco cadáveres”. Para Roqueta era como un volcán: tan pronto estaba en calma como entraba en erupción y te abría “en canal” porque le negaras un cigarrillo. Confesó tantos crímenes a la policía que los agentes encargados del caso creyeron que se encontraban ante un fabulador extraordinario, por lo que acotaron sus crímenes probables a una lista más verosímil, de sólo 22, de los cuales llegaron a probarle ocho. Pero el Arropiero dio tantos detalles, y tan precisos, de sus delitos –algunos cometidos fuera de nuestro país– que su abogado siempre creyó que su cliente era, sin lugar a dudas, “el más grande asesino de la historia”. Nunca fue legalmente juzgado ni, por tanto, culpado por sus crímenes. Al serle detectada una grave enfermedad psiquiátrica se le declaró falto de responsabilidad penal, y la Audiencia Nacional ordenó en 1978 su internamiento en un centro psiquiátrico. Estuvo mucho tiempo en Carabanchel (Madrid) y en Fontcalent (Alicante). Los últimos años de su vida los pasó ingresado en el psiquiátrico de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona), de donde podía salir a pasear libremente. Falleció en 1998, víctima de una afección pulmonar. En los psiquiátricos subsistía con altibajos en su esquizofrenia, que se completaba con un cuadro de delirio megalomaníaco y desorientación tempo-espacial, así como con una fuerte tendencia al autismo, lo que le aislaba del mundo que le rodeaba. La enfermedad pulmonar que finalmente le mató fue debida al tabaco, ya que se pasó los largos años de reclusión fumando un cigarrillo tras otro, devorando cajetillas, hasta desarrollar una EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Es irónico que el mayor asesino de España fuera a su vez asesinado por el tabaco, uno de los mayores asesinos del mundo. El Arropiero debe su apodo a que su padre vendía arrope, un dulce de higos; primero fue “el hijo del arropiero” y luego se quedó con el mote. Manuel Delgado Villegas nació en Sevilla el 25 de enero de 1943. Su madre, que contaba entonces 24 años, murió al dar a luz, por lo que él y su única hermana, Joaquina, fueron criados por su abuela. Aunque fue a la escuela, no sabía leer ni escribir. A los 18 años ingresó voluntario en la Legión, donde aprendió uno de los golpes mortales –el de la mano abierta en el cuello– con que dio fin a muchas de sus víctimas. Tras desertar, emprendió un largo vagabundeo por España, Italia y Francia; y fue dejando su camino sembrado de cadáveres. Fue detenido el 18 de enero de 1971 en el Puerto de Santa María, Cádiz, por la muerte de Antonia Rodríguez Relinque, con la que mantenía relaciones sentimentales. El asesinato de su novia fue la última de sus fechorías. Durante los interrogatorios dejó atónitos a los policías con el relato de sus crímenes. Se atribuyó desde el asesinato de una hippie francesa hasta el célebre “crimen de la tinaja”. El Arropiero presentaba entonces un aspecto muy singular: corpulento y atlético, caracterizaba su rostro con un inconfundible bigote a lo “Cantinflas”, en homenaje al que era su personaje más admirado. Salía con Antonia Rodríguez, una mujer subnormal, soltera, de 38 años, mucho mayor que él, a la infligía malos tratos. El día del crimen la llevó en moto a un lugar del campo, solitario, donde mantuvieron relaciones sexuales. Movido por el impulso irrefrenable que le hizo cometer tantos crímenes, rodeó el cuello de Antonia con los leotardos que le había quitado y la estranguló mientras hacían el amor. Los policías se ganaron la confianza del asesino y lograron que les llevara donde había ocultado el cuerpo. Uno de los detalles más espeluznantes que sabrían sobre la marcha fue la necrofilia del criminal, pues abusaba sexualmente de los cadáveres. El primero de sus asesinatos comprobados lo cometió en Cataluña el 21 de enero de 1964, en la playa de Llorach (Garraf). Se acercó a un hombre que dormía apoyado en un muro –el cocinero de 49 años Adolfo Folch Muntaner– y le destrozó el cráneo con una piedra. Luego le robó el dinero, la cartera y el reloj. Su segundo crimen comprobado se descubrió el 20 de junio de 1967, cuando se encontró el cadáver de una estudiante francesa de 21 años, Margaret Helene Boudrie, en Can Planas, una masía de Ibiza. Su cuerpo estaba totalmente desnudo y tenía un fuerte golpe en un ojo, así como contusiones y arañazos en el cuello. En la espalda había recibido una puñalada. El Arropiero dijo a los policías que se había ganado su confianza, que le robó una cadena con una medalla que llevaba al cuello y que abusó de ella una vez muerta. El tercer asesinato admitido y probado fue el de Venancio Hernández Carrasco, vecino de Chinchón, al que hallaron muerto en las aguas del Tajuña el 20 de julio de 1968. Había salido al trabajo en un viñedo de su propiedad, a orillas del río, cuando se encontró con Delgado Villegas, que le pidió algo de comer. Venancio le respondió que si quería comer, trabajara, que era joven. Esto ofendió a Delgado Villegas, que atacó a su víctima con el “golpe legionario” y la arrojó al río. Hasta la confesión de Villegas todo el mundo creyó que había muerto ahogado por accidente. El cuarto asesinato fue descubierto en Barcelona, a primeras horas del 5 de abril de 1969, por las limpiadoras de un almacén de muebles de la Avenida del Generalísimo. Éstas hallaron al propietario, Ramón Estrada Saldrich, inconsciente pero aún con vida. Murió en el Hospital Clínico. El Arropiero le había conocido en un bar y se habían hecho amigos. Con cierta frecuencia iban al almacén. La noche del crimen Delgado Villegas le pidió mil pesetas y Estrada se negó a dárselas. Aquél golpeó a éste en el cuello, como solía hacer con sus víctimas, y le remató estrangulándolo. Luego le robó las sortijas, el reloj y la cartera. La quinta víctima comprobada fue una anciana de 68 años: Anastasia Borrella Moreno, una mujer menuda y vivaracha que trabajaba en la cocina del bar Iruru de Mataró. El 23 de noviembre de 1969 salió camino de su casa… y nunca llegó a ella. Cuatro días más tarde unos niños que jugaban en el túnel de la Riera Sirena, a unos 300 metros del domicilio de Anastasia, encontraron el cadáver. Estaba cubierto con un plástico, boca arriba, con las ropas subidas. La habían matado a golpes con un ladrillo. Villegas explicó que aquel día tenía ganas de una mujer. Al encontrarse con la anciana le preguntó si quería tener acceso carnal con él. Anastasia reaccionó indignada y le amenazó con avisar a la policía. Por eso la mató y la tiró al torrente seco. Como se veía desde arriba, bajó para esconderla en el túnel. Se sintió excitado y abusó de su víctima. Este acto de necrofilia lo repitió todas las noches siguientes, hasta que el cuerpo fue encontrado. El sexto crimen reconocido tuvo lugar el 3 de diciembre de 1970, y la víctima era un amigo de el Arropiero. Se llamaba Francisco Marín Ramírez, tenía 24 años, era de Córdoba y vivía en la misma calle que Antonia Rodríguez, la novia oligofrénica del criminal. Según Delgado Villegas, iba con Francisco en una moto cuando, en medio de la carretera, el muchacho le hizo algunas caricias, cosa que le sacó de quicio. Paró la moto y le asestó su célebre golpe en el cuello. El muchacho se quedó sin respiración y le pidió que lo llevara a recuperarse junto al río. Allí, según Villegas, volvió a insinuársele, y por eso lo tiró al agua. A partir de aquí, el Arropiero se culpó de tal cantidad de crímenes que desbancó a muchos considerados en el mundo como los primeros en cuanto a número de víctimas. En San Feliú de Guixols dijo haber estrangulado a una extranjera; en Alicante dio muerte a una mujer a navajazos; en Barcelona, a un homosexual, al que estranguló con un cable; en Valencia, a una mujer, a la que metió en una cuba. Manuel Delgado Villegas no tuvo abogado defensor hasta seis años y medio después de ser detenido. Entre sus récords está el de la detención preventiva más larga sin protección legal. Fue el primer criminal al que se llevó en avión por España para comprobar la veracidad de sus estremecedores relatos. En las pruebas médicas se le detectó el cromosoma XYY, conocido universalmente como el de la criminalidad. Por su “doble Y”, distintivo de virilidad, a quienes lo poseen se les ha llamado también “superhombres”, lo que no deja de ser un sarcasmo, dado que es frecuente observarles alteraciones sexuales de inmadurez y homosexualidad. El Arropiero, en sus últimos años, fue un hombre muy singular, con enormes barbas y pelo largo, como si fuera el Robinson de los psiquiátricos. El avance de su enfermedad hizo imposible, en los últimos tiempos, mantener una conversación coherente con él.
Como podran saber en los ultimos tiempos se a posteado mucho sobre unas misteriosas luces azules que aparecen alrededor de las grandes ciudades del mundo generalmente cuando hay tormentas y se corta la luz. Asimismo y pese a las explicaciones oficiales de los organismos encargados de dichos sucesos existe gente que le aplica a todo suceso llamativo una explicacion extraterrestre, magica, o galactica. Aqui esta de cerca lo que pasa en los tendidos electricos de un barrio cuando hay cortocircuitos , lo que genera que al pasar un tiempo logico los transformadores exploten y la electricidad se corte. Magnifiquen esto a las lineas de generacion de grandes ciudades y todo se duplicara. Vamos Che somos grandes ¡¡¡¡ no mandemos fruta ¡¡¡¡¡¡ link: http://www.youtube.com/watch?v=VxBw68cL0pE

] Uno de los asesinos en serie más prolíficos del mundo y que aún sigue vivo. “Personalmente pienso como decía el apóstol San Pablo en ‘Romanos’, capítulo 7, versículo 15, porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Aparezco como un ser diabólico, despiadado y malvado pero eso no es así, soy un ser humano que sufrí terriblemente y sigo sufriendo…” Luis Alfredo Garavito en su confesión. Luis Alfredo Garavito Cubillos nació en Génova, Quindío (Colombia), el 25 de enero de 1957. Es el mayor de siete hermanos y durante su infancia vivió la falta de afecto y el maltrato físico por parte de su padre. Según su testimonio fue víctima de abusos sexuales por dos vecinos. Se convirtió en un chico retraído, taciturno, profundamente infeliz, que tenía explosiones violentas. Vivía en Génova, un pueblo de praderas verdes y cafetales, en el departamento del Quindío en Colombia. Estudió hasta quinto grado de primaria y un día se marchó. Nada se sabe de su familia, tan sólo de un primo que le facilitó una buena coartada en alguna ocasión Tuvo varios trabajos, generalmente en almacenes como vendedor. Hasta principios de los noventa intentó llevar una vida normal. Pero ya era alcohólico y tenía accesos de ira que le movían a golpear a sus compañeros y a enfrentarse con sus jefes. Cuando rondaba los treinta y cinco años, decidió someterse a tratamiento psiquiátrico en el Seguro Social. Lo recibió durante cinco años y si bien no le ayudó a corregirse, el certificado médico de tratamiento le sirvió varias veces para impedir que le despidieran por violento. Cada día su comportamiento era menos sociable y le resultaba imposible mantener un empleo formal. A mediados de los noventa comenzó a recorrer el país como vendedor ambulante. Vendía estampas religiosas con la imagen del Papa Juan Pablo II y del Niño del 20 de Julio, uno de los más venerados en Colombia. En esos años dejó un reguero de telegramas a sus mujeres y a algunos amigos. Eran mensajes cortos, sobre la fecha en que llegaría a algún sitio o indicando que se encontraba bien. De vez en cuando volvía a su casa. Con las dos mujeres con las que convivió mantenía una relación compleja, como marido y protector, pero nunca como amante. A Garavito le gustaban los niños y era muy cariñoso con ellos. Pero al alcoholizarse su violencia afloraba y se convertía en un monstruo. Golpeaba a las dos mujeres con las que convivió en diferentes momentos, pero, curiosamente, nunca le pegó a los dos hijos que cada una de ellas tenía, y que eran fruto de otras relaciones. Sobre eso, Garavito alguna vez escribió: “Siempre desde niño tuve muchas frustraciones, todo me salía mal, yo fui un hombre bueno, sufría y me daba mucho dolor cuando los demás sufrían. Había algo que me acontecía, no sé, que repasaba era algo extraño que me obligaba a ser esto y embriagarme y cuando volvía a mi estado normal yo sufría terriblemente porque yo a nadie le podía contar qué era lo que me pasaba, que era algo extraño y terrible; mas nunca me metí con los hijos de mis amigos y de la gente que era buena conmigo, yo los respetaba, antes los aconsejaba al bien, los veía como si fueran mis propios hijos, mas la señora que compartió el techo conmigo al hijo de ella yo lo quería como si fuese un hijo mío, nunca lo irrespeté ni con mi pensamiento”. Llegó a recorrer cinco veces todo el país, viajaba sin rumbo fijo. Visitó sesenta y nueve municipios, en treinta y tres de los cuáles cometería sus crímenes. Llegó a inventar dos Fundaciones, una para ancianos y otra para menores, que le permitían dar charlas en escuelas y en otros lugares en donde podía estar cerca de niños. También empezó su afición por los disfraces. En repetidas ocasiones se hizo pasar por vendedor ambulante, monje, indigente, discapacitado y representante de fundaciones ficticias en favor de niños y ancianos. Usaba además sobrenombres y alias; era conocido como “Alfredo Salazar”, “El Loco”, “Tribilín”, “Conflicto” y “El Cura”. A lo largo de su vida, el aspecto físico de Garavito fue siempre cambiante. En 1992 inició su carrera criminal. Su modus operandi era siempre el mismo. Primero recorría el lugar e identificaba su objetivo. Escogía campesinos, escolares, trabajadores. Le gustaba que fueran agradables físicamente. Garavito abordaba a los niños que llamaban su atención en parques infantiles, canchas deportivas, terminales de autobuses, mercados y barrios marginales. Sus objetivos eran chicos de entre seis y dieciséis años, de bajo nivel socioeconómico. Tras entablar conversación con ellos, les ofrecía dinero y los invitaba a caminar. Cuando los niños se cansaban, Garavito se bebía una botella de alguna bebida alcohólica, casi siempre brandy, y una vez alcoholizado, atacaba a los niños en sitios despoblados. Primero los amarraba; una vez hecho esto, se dedicaba a golpearlos: les pateaba el estómago, el pecho, la espalda y la cara; les rompía las manos a pisotones; les daba puñetazos en los riñones; y les saltaba encima para romperles las costillas. Luego sacaba un cuchillo y un desatornillador, y los mutilaba. Amputaba dedos y manos, sacaba ojos, cercenaba orejas. A otros, además, los violaba. Una vez terminado el tratamiento, los degollaba con un cuchillo. Luego sacaba una libreta y anotaba: fecha, lugar y rayitas; una raya por cada niño muerto. En su casa, que ya sólo utilizaba de guarida, escondía los recortes de periódicos que hablaban de los niños que desaparecían, las pesquisas policiales que nunca lograban desvelar lo ocurrido y el drama de las familias. También un calendario de pared o almanaque, donde iba señalando las fechas de sus crímenes. Garavito fue sumando cadáveres. Tan sólo en 1997, la policía encontró treinta y seis cadáveres putrefactos de niños en las afueras de la ciudad de Pereira. Sólo en ese momento se abrió una investigación. Las explicaciones policiales indicaban varias líneas: sectas satánicas, tráfico de órganos y prostitución infantil. Unas de sus víctimas fueron los gemelos Tascón, a quienes torturó, violó y asesinó juntos, de la misma manera. El 23 de junio de 1998 aparecieron tres cadáveres más en Génova. Durante la investigación y por casualidad, se supo que en otra zona del país se había enviado una orden de captura contra Luis Alfredo Garavito Cubillos, por la violación y muerte de un niño a quién le había cortado la cabeza y cercenado el pene, que luego introdujo en la boca del cadáver. Meses después, se descubrieron doce osamentas de niños a las afueras de Villavicencio; uno de ellos había sido decapitado. Días más tarde se encontraron nuevos cuerpos: pertenecían a nueve niños, de edades comprendidas entre los siete y los dieciséis años. El 22 de abril de 1999, en la plaza Centauros de Villavicencio, Garavito se dirigió a un chico llamado John Iván. Cuando estuvo cerca de él, le mostró un cuchillo, obligándolo a subir con él a un taxi. Siguiendo sus órdenes, el niño hizo el trayecto en el taxi en completo silencio, hasta llegar a las afueras de la ciudad. Se apearon en un lugar despoblado y solitario. Garavito llevó al niño detrás de una alambrada; obligó a John Iván a quitarse la ropa, lo ató y lo hizo caminar hasta que el cansancio no le permitió continuar. Entonces intentó violarlo, pero en ese momento se le desató el nudo del pañuelo que cubría su boca y comenzó a gritar. Otro niño que escucho los gritos de John Iván se acercó para ayudarlo. Garavito, al ser descubierto, desató a John Iván para ir a esconderse en el bosque, pero esté consiguió escapar. Los dos niños corrieron y consiguieron huir. Otro niño que consiguió salvarse después de ser agredido sexualmente por Garavito fue Brand Fernery Bernal. Los testimonios de John Iván y de Brand Fernery serían claves para la condena de Garavito. El 24 de junio de 1998, los cuerpos de tres niños de nueve, doce y trece años fueron hallados sin vida en la finca La Merced, en Génova (Quindío), con evidentes signos de tortura y desmembración de las extremidades. Los menores fueron vistos por última vez cinco días antes en el parque central del municipio, en compañía de un adulto, quien al parecer les ofreció dinero para que lo ayudaran a buscar una res en las fincas cercanas a Génova. Este caso inició una alarmante ola de desapariciones de niños en más de once departamentos de Colombia. A raíz de ello, se creó una Comisión Especial de Investigadores de la Fiscalía General de la Nación. En un comienzo se orientó la investigación hacia la prostitución infantil, el satanismo, el tráfico de órganos y la pedofilia Con base en un cruce de información entre la policía de Tunja, Armenia y Pereira, se logró establecer que los casos de desaparición de menores en esas ciudades guardaban similitud, ante lo que se conformó un álbum con fotografías de veinticinco posibles sospechosos. Asesinatos similares ocurrieron en los departamentos del Meta, Cundinamarca, Antioquia, Quindío, Caldas, Valle del Cauca, Huila, Cauca, Caquetá y Nariño. En julio de 1999 se celebró una reunión cumbre en Pereira, con todos los investigadores, fiscales y equipos científicos comprometidos con cada uno de los casos. En la mayoría de las escenas de los crímenes de niños se hallaron elementos comunes: fibras sintéticas de ataduras, bolsas plásticas, botellas y tapas de bebidas alcohólicas. El hallazgo de las osamentas, en su mayoría completamente deterioradas y fragmentadas, complicó las labores de identificación de las víctimas y exigió un cotejo genético que proporcionara resultados exactos. En ocasiones, sólo se encontraban un fémur, un cráneo, o huesos mezclados pertenecientes a distintos cuerpos humanos en el lugar donde Garavito enterró a sus víctimas. La primera tarea del entonces recién creado Laboratorio de Genética Forense de la Fiscalía General de la Nación, fue la de realizar un estudio de identificación especializada, con base en muestras de sangre y restos óseos, de las supuestas víctimas de Luis Alfredo Garavito. El Laboratorio inició sus labores en 1999, precisamente a raíz del caso Garavito. Gracias al cotejo genético se logró la identificación de algunas víctimas: Juan David Marín Vélez, su hermano Jeison David Vélez, Carlos Andrés Zapata Giraldo, Jairo Andrés Marulanda, Oscar Adrián Grisales y Jonnatan Quirama Uchima Otros noventa y tres niños han sido identificados por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, mientras que ochenta y dos cuerpos permanecen como “No identificados”. Mediante el cruce de información entre los diferentes equipos investigativos, se estableció que una de las fotografías del álbum con el nombre de Bonifacio Morera Lizcano correspondía a Luis Alfredo Garavito Cubillos,. Mediante el cruce de información entre los diferentes equipos policiales, se estableció que una de las fotografías del álbum con el nombre de “Bonifacio Morera Lizcano” correspondía en realidad a Luis Alfredo Garavito Cubillos, persona sobre quien pesaba una orden de captura de la Fiscalía 17 Especializada de Tunja por el homicidio de un niño de 12 años de edad. El 22 de abril de 1999, miembros del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía capturaron in fraganti a Garavito en Villavicencio, en los momentos en que intentaba agredir sexualmente a un menor. Pese a que Garavito dio un nombre falso, la policía lo identificó gracias a sus huellas digitales. Lo interrogaron durante horas; cuando se vio acorralado por el fiscal que le interrogaba, Luis Alfredo Garavito cayó de rodillas, soltó el llanto, pidió perdón por lo que había hecho y dijo que iba a confesar. Sacó su pequeña libreta negra y detalló, uno a uno, todos sus crímenes. Por ejemplo, el ocho de junio de 1996, en Tunja, había una raya. Esa anotación correspondía a Ronald Delgado Quintero, una de sus víctimas. La libreta ayudaba a Garavito a recordar a los muertos; era el recuento de sus andanzas. Cuatro de los asesinatos los había cometido en Ecuador. Confesó ser el responsable no sólo de la muerte del menor hallado en Tunja, sino también de los tres niños de Génova y lo peor: de otros 172 crímenes cometidos contra niños y adolescentes en once departamentos del país y en el extranjero, entre 1992 y 1998. Garavito se convertía así en el segundo asesino en serie más prolífico de la historia contemporánea. Sobre uno de sus crímenes declaró: “Yo no veía la forma de yo salirme de esto tan terrible, es algo que yo no sé explicar, mas nunca pensé hacerle daño a Ronald Delgado Quintero; lamentablemente se apareció cuando yo estaba bajo ese estado; y a las circunstancias como lo maté me vengo a enterar cómo fue que quedó el cuerpo”. Garavito fue juzgado por 172 asesinatos. Era la primera vez que un asesino en serie sudamericano acumulaba tantos cargos de homicidio. De todos ellos, Garavito recibió 138 fallos condenatorios; 32 casos quedaron pendientes, uno en apelación y uno esperando sentencia. La suma de las condenas era de 1.853 años y nueve días. En una entrevista concedida al periodista Guillermo Prieto Larrotta “Pirry” y transmitida por el canal Colombiano RCN el 11 de junio de 2006, Garavito negó haber violado a sus víctimas; en este mismo trabajo periodístico dicho asesino aseguraba que había cometido los crímenes por supuestas órdenes del diablo. Anunciaba además que había sido ordenado Pastor de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia (Iglesia Unitaria) y que aspiraba, algún día, a tener una curul en el Congreso de Colombia… ¡para defender los derechos de los niños! La pena máxima en Colombia es de 60 años, y por colaborar en la recuperación de los cuerpos y por buena conducta le disminuirían la condena a 12-16 años. A raíz de este caso, se adelantó una propuesta para convocar a un referendo de enmienda a la constitución colombiana para permitir la instauración de la cadena perpetua para violadores, secuestradores e infanticidas. Garavito estuvo a punto de ser puesto en libertad en 2010, pero la presión de la opinión pública a raíz de la entrevista que le hizo “Pirry” logró que se abriera un nuevo proceso por otro crimen, lo que dio como resultado una condena de veintitrés años más. Al saberlo, Garavito intentó suicidarse golpeándose la cabeza contra las rejas de su celda. En la actualidad Garavito está recluido en el Penal de Máxima Seguridad de Valledupar, en el norte de Colombia, una de las cárceles más seguras del país. Dado que es un infanticida, se encuentra aislado de la población carcelaria y goza de atenciones especiales, entre ellas el derecho a utilizar el teléfono hasta por cuatro horas, siendo que los demás reos sólo pueden hacerlo veinte minutos. Esto lo ha logrado manipulando a la administración del penal con sus repetidos intentos de suicidio. Actualmente tiene el dudoso honor de ser el segundo asesino en serie de los últimos 20 años, con más victimas de la historias tras violar, torturar y asesinar a 172 niños. Fuentes: http://www.fiscalia.gov.co/pag/divulga/InfEsp/Garavito.htm