aikedance
Usuario (Argentina)
¡Hola hola, gente taringuera! Este será el nuevo post de lo que llamo yo la ''Sección Paranormal'' (?) Bueno, en esta ocasión les traigo otro cuento de terror Al igual que en No mires hacia atrás, esta historia es de mi autoría Para no aburrirlos más, les dejo el cuento: Hace tiempo, tuvo lugar un hecho del que hasta hoy día no se encuentra explicación, o eso dicen las noticias... Los que dicen haber estado ahí, aseguran que nadie ha sobrevivido. Entonces, ¿cómo pudieron salir de allí con vida...? Bueno, lo que es seguro, es que esas personas no se volvieron a encontrar después de haber dicho que estuvieron en el subte, y no aparece ningún documento de ellos... Como si hubieran desaparecido de la faz de la Tierra. En fin, esta es la historia: ''Eran ya las nueve de la noche cuando Juan, Diego y Marcelo, tres hermanos trillizos de veinte años, pudieron tomar el último subte que iba hacia su ciudad (la cual omitiré nombre, pero nombrémosle ''St. City''). Los tres charlaban sobre cualquier tema sin aparente conexión, intentando calmar el silencio de aquella noche. -Espero que lleguemos pronto a casa -pensó Juan en voz alta. -Sí. La verdad que esta vez nos fuimos de tiempo. Ojalá que la próxima vez que salgamos no nos pase esto -contestó Marcelo, mirando su boleto. -Bueno, para eso hay que traer relojes, y listo -terminó Diego, haciendo reir a sus hermanos. Cuando la puerta del subte se abrió, los tres ingresaron junto a un grupo de gente. Por suerte, encontraron tres asientos vacíos. Se sentaron sin pensarlo dos veces, mientras reanudaban la charla. Marcelo, cuando se hartó de hablar, observó a su alrededor. Las personas estaban sumidas en diferentes temas, algunas con su teléfono móvil, otras leyendo libros o diarios, o bien hablando con sus compañeros de viaje. Bostezó, y se puso su campera de jean. Juan, en tanto, miraba su boleto con gesto pensativo. Diego bostezaba cada tanto, parpadeando con dificultad a causa del sueño. Después de un tiempo prudencial Juan miró para todos lados, observó a sus hermanos, y preguntó a una señora que tenía en frente: -Disculpe, ¿no me podría decir la hora? -Cómo no -respondió ella amablemente. Miró su reloj por un momento, y le dijo: -Las diez y media, joven. -Gracias. Él se acomodó en su asiento, y dirigió su mirada a Diego. Su hermano le devolvió la mirada, para después observar nuevamente a su alrededor. -Ya es un poco tarde, y todavía no llegamos... -comentó Marcelo, acostumbrado a llegar a su casa cerca de las diez y cuarto- ¿El conductor se habrá confundido de camino? -No creo, estas vías tienen un único camino hacia Saint City -respondió Juan-. Tal vez tomamos el camino incorrecto... O el subte equivocado. -No, no -interrumpió Diego. Mostró su boleto, y dijo: -Aquí dice el nombre de nuestro destino, ¿no es así? Bueno... De seguro fuimos nosotros los que tomamos el subte un poco tarde, y por eso llegaremos a casa un poco retrasados -sus hermanos le dieron la razón. De todas formas, Marcelo no pudo con su preocupación, y se fue hasta la cabina del conductor. Éste observaba el camino con gesto de saber perfectamente hacia dónde iba. El joven le preguntó tímidamente: -Señor, ¿este subte pasa por...? Observó los nombres de las ciudades por donde pasaba el subte, y se asombró de que no esté la de ellos. Para disimular, señaló una que estaba de paso a la suya, y terminó la pregunta: -¿Este subte pasa por aquí? -Sí -respondió el hombre en voz baja, casi sin quitarle la mirada a las vías iluminadas por las luces. Marcelo suspiró aliviado, y volvió a su lugar. Juan observó a su hermano, y lo consultó con la mirada, al igual que Diego. -Tenés razón, Juan. -¿Razón de qué? -Este subte no pasa por Saint City. Ambos muchachos, al oírlo, se estremecieron. Se miraron con preocupación, mientras Marcelo seguía: -Al menos, le pregunté si pasaba por la que está de paso... -Venturey, ¿no es así? -Exacto. Me dijo que sí, así que podremos bajarnos ahí, y volver en colectivo, o lo que se nos ocurra. -De acuerdo... Los tres se quedaron en silencio por unos minutos, sumidos en sus pensamientos. Al cabo de un rato, el subte paró en una cierta estación, donde se bajó un tercio de las personas. Por sus conocimientos, Juan ponsó que ese lugar era St. Thomas, una ciudad un poco lejos de su ciudad. Cuando Diego consultó la hora a un hombre que estaba leyendo el diario, se asombró de que fueran las once y media, y aún no hubieran llegado ni a Lusert City, poblado vecino a Venturey. Su preocupación fue notada por sus hermanos, quienes le dijeron que seguro el subte pararía pronto en algún lugar cerca de St. City, y que allí bajarían para no tardar más. Efectivamente, el subte se detuvo en otro destino, el cual resultó ser precisamente Lusert City. Los chicos se miraron, e intentaron bajarse junto con el resto de la gente, pero por alguna razón decidieron quedarse y esperar hasta Venturey, que quedaba más cerca de su ciudad. El subte retomó la marcha cargando sólo a seis personas, incluyendo al conductor. Marcelo preguntó si sería más conveniente ir junto a las demás personas, así tendrían un poco de compañía. -¿Acaso tienes miedo? -preguntó Juan, mirándolo con una sonrisa pícara. -¡Claro que no! -respondió el muchacho-. Es que... Como estamos solos aquí, pensé que sería mejor ir con aquella gente -señaló con su mano a la pareja que estaba en otro compartimiento. -No, no. Mejor quedémonos aquí -interrumpió Diego, sacudiendo la cabeza-. Además, ¿no somos nosotros una buena compañía? -Sí, la verdad que sí... -dijo tímidamente su hermano. Cerca de las doce menos veinte, el subte se detuvo bruscamente en medio del camino. Los chicos, luego del momento de sorpresa, fueron a preguntarle al chofer qué pasó. Grande fue su asombro cuando éste no se encontraba sentado en su lugar, frente a los controles. Los tres se miraron con duda, y volvieron a sus lugares, pensando que tal vez el hombre haya bajado para ver si había un desperfecto en la máquina. Al cabo de cinco minutos, el subte no se movía, y las luces comenzaron a debilitarse. Marcelo tenía fobia a la oscuridad, de modo que empalideció cuando se dio cuenta que, de un momento a otro, se iría la luz. Juan y Diego se sentaron alrededor de su hermano, y lo tomaron por los brazos para que no se asustara por si ocurriera un corto. Efectivamente, la luz se fue de manera un poco brusca, haciendo sobresaltar un poco a Diego y a Juan. Seguido de ese apagón, se escucharon dos gritos desgarradores, que parecían venir de alguno de los tres compartimientos del subte. Marcelo no hablaba a causa de su terror al ver todo tan oscuro, mientras que sus hermanos miraban para todos lados, intentando buscar alguna salida. -Diego, quedate acá a cuidar a Marce -le dijo Juan a su hermano, mientras se paraba-. Yo me voy a buscar algo para alumbrar este lugar... -¡No, no! ¡No te vayas! -gimió Marcelo, tomando el brazo de Juan con fuerza-. ¡No quiero quedarme solo! -Diego te va a cuidar, tontín -le respondió, safándose del apretón. -De... De acuerdo. -Calmate che, ya nos iremos de aquí -lo tranquilizaba Diego al chico, quien estaba realmente espantado. Juan, entretanto, fue hasta la cabina del conductor para ver si encontraba alguna linterna. Como no obtuvo resultados, fue hasta el otro compartimiento para ver si la pareja que iba con ellos podrían darle lo que buscaba. -Disculpen... -dijo el muchacho, cuando abrió la puerta del compartimiento- ¿No tendrían alguna linterna para prestarme? Se quedó en silencio por unos segundos, y esperó una respuesta. Como sólo obtuvo silencio, repitió la pregunta, en voz alta, pero sin éxito. -Será posible... -dijo para sí, tanteando en la oscuridad los asientos de los jóvenes. Sintió la goma del suelo, los caños de los asientos, y algo que no supo de qué se trataba. Era algo líquido, un poco espeso, y que se impregnó a sus dedos con facilidad. Acercó sus manos a su cara, y se espantó al sentir el olor de la sangre en ellas. Retrocedió rápidamente, y tropezó con un objeto cilíndrico. Lo tomó, y se alegró al percatarse de que era una linterna. La encendió, y apuntó a los asientos que acababa de tocar, al mismo tiempo que lanzaba un fuerte grito: ambas sillas estaban manchadas de sangre; las ventanas tenían manos impregnadas en sangre, y hasta había un charco casi debajo de los asientos. Empalideció del horror, y volvió con rapidez hacia sus hermanos. Éstos, preocupados por el grito, le preguntaron qué había pasado. -¡Miren! -alumbró sus manos, haciendo que los chicos lancen pequeños gritos de sorpresa y horror-. Las personas desaparecieron, y ahora sus asientos están llenos de sangre. Marcelo se levantó de su asiento al oírlo, le arrancó la linterna a su hermano, y se dirigió, a la luz de la misma, hacia el final del pasillo, rumbo a la puerta del conductor. -¡Yo no me quedo aquí! -gimió, preso del miedo-. ¡Quédense si así lo desean, pero yo me marcho! -¡Marce! -exclamaron a dúo sus hermanos, intentando alcanzarlo. Llegaron hasta la mitad del pasillo, cuando un grito desgarrador los detuvo e hizo paralizar del miedo. -¡Marcelo! -volvieron a gritar, yendo con rapidez a la cabina del conductor. Allí Diego casi se cae al tropezar con un objeto duro y gomoso. Se agachó, y encontró la linterna, apretada entre algo que le empezó a provocar náuseas, al tener estómago sensible. Juan notó ese cambio en su hermano, de modo que lo levantó, percatándose de que temblaba. -¿Qué encontraste? -le preguntó. -Esto. Diego le tendió la linterna casi que con asco; por alguna razón, apretó sin querer el botón para encenderla, alumbrando el lugar donde la encontró. Allí había un brazo humano cortado y ensangrentado. Juan empalideció, mientras que Diego se tapó la boca, a punto de vomitar. Ambos se recuperaron en seguida y, abrazándose a causa del terror que sentían, volvieron al compartimiento. Allí, un ruido extraño que provenía del segundo vagón los hizo sobresaltar. Juan casi arrastró a su hermano hacia allí, e intentó abrir la puerta, pero un golpe en el vidrio de la misma lo hizo gritar. Una mano manchada de sangre había dado de lleno en la salida, arrastrándose hacia abajo, dejando un rastro en el cristal. Ambos jóvenes no sabían qué hacer, sólo atinaban a mirar la puerta. -¿Qué... Fue eso? -preguntó Diego, con la voz ahogada. -No sé... -respondió Juan, a punto de llorar. Se acercó a la salida, abrió la puerta doble con sus manos, y observó a la oscuridad. Allí no había nada, sólo se oía el más intenso silencio. Diego respiró aliviado cuando Juan volvió a su lado, pero pronto se espantó con un nuevo sonido desconocido. Eran pasos que se alejaban, pasos pesados y ruidosos. También, se oía que alguien estaba arrastrando algo por el suelo, en la misma dirección que el extraño caminar. -Quiero irme de aquí -dijo Diego-. Este lugar me provoca escalosfríos. -Ya saldremos de esta, no te preocupes -contestó Juan, intentando darle ánimos. Por la fuerza, llevó a su hermano hasta el segundo compartimiento. -Ven, no podemos quedarnos aquí, y la salida de adelante no funciona. Tendremos que irnos por otro lado. -Pero... Pero... En ese momento, las luces volvieron. Para sorpresa de ambos, las manchas de sangre aumentaron. La que más los aterrorizó fue una línea gruesa que iba hacia el tercer compartimiento. Supusieron que fue lo que habían oído antes, el caminar y el ruido de arrastre. Lo que más les asustó fue pensar que Marcelo sea quien iba siendo arrastrado. -Vamos -decidió Juan-. Sigamos este rastro. A lo mejor, nos conduce a una salida. Diego aceptó no muy convencido. Los dos estaban más asustados que nunca. Las luces, para empeorar la situación, parpadeaban intermitentemente. Esos parpadeos pondrían nervioso a cualquiera, pero ellos supieron contenerse. Al llegar al fondo de aquel vagón, vieron que el rastro de sangre desaparecía al tocar la puerta. Juan abrió la misma con un poco de trabajo, y saltó al otro vagón. Le hizo señas a Diego para que haga lo mismo, pero él sólo atinó a aferrarse aún más a la linterna. De pronto, las luces se fueron completamente, seguidas de un nuevo grito desgarrador. Diego empalideció de horror, y apuntó la linterna hacia el compartimiento donde estaba su hermano. -¿Ju... Juan? -preguntó-. ¿Dónde... Estás? Como respuesta, obtuvo el estruendo de una persona al caer de bruces al piso, para luego volver a oír los pasos desconocidos, y el ruido de arrastre. -Juan... Contestame... -insistió, pero pronto el silencio fue su única respuesta. Se aferró al poco valor que le quedaba, y saltó al tercer vagón. Allí, estaba completamente solo. Dio unos pasos, se detuvo, y comenzó a llorar casi en contra de su voluntad. En medio de ese horror, las luces volvieron, aliviándolo un poco. Aún así, se sentó en un asiento, y se cubrió la cara con ambas manos. Estaba muy asustado en aquel momento, y sentía que no podría dar un paso más. Lo que más le hacía enojar era que no podía evitar el llanto. Las lágrimas salían una tras otra de sus ojos. En medio de ese miedo, notó algo en el suelo. Lo tomó, y vio que era la página de un periódico. Tenía un titular en letras muy grandes y llamativas, las cuales decían: ''Asesino en serie sigue suelto en St. City''. Había una foto que abarcaba gran parte de la hoja, pero no pudo ver mucho a causa de que las luces comenzaron a parpadear nuevamente, hasta apagarse. -A ver... La linterna está por acá -dijo, tanteando cerca suyo. Pronto dio con lo que buscaba, la encendió, y apuntó a su mano. Vio a un hombre de cara tosca, desfigurada por una gran cicatriz que abarcaba todo el lado derecho del rostro. -Me suena familiar este hombre... -murmuró. Se guardó la hoja en el bolsillo, se levantó de la silla, y fue directo a la cabina del chofer rápidamente. A la par que se acercaba, las luces se encendían y se apagaban. Pensó que tal vez su carrera hacía que los circuitos malfuncionaran por las vibraciones de los pasos, de modo que detuvo su andar. Cuando llegó al primer vagón, notó que en el cartel de los nombres de las ciudades pasaba en letras rojas: ''St. City''. Se alegró, entonces, porque estaba en su ciudad, y eso significaba que podría escaparse de allí e irse a su casa directamente. Ingresó a la cabina del chofer, y sintió un extraño respirar a sus espaldas. -Llegó a su destino -dijo una voz masculina. Diego se volteó, y vio al chofer sentado en su asiento, aferrado al volante, y con la mirada baja. Se espantó cuando vio que tenía sangre impregnada en parte de la ropa y en los brazos. -¿Disculpe? No le entendí... -preguntó con un hilo de voz. A la par que el hombre hablaba, su cabeza iba girando hacia él. -Llegó... A... Destino. Diego lanzó el grito de horror más desgarrador de su vida al verle la cara.'' Esto es lo último que se supo acerca de la suerte de Diego, Juan, y Marcelo. Mucha gente cree que no les pasó nada, pero a mí todavía me quedó la intriga... ¿A ustedes no? Espero que les haya gustado... Y para concluir, les dejo el link del día: Imágenes OM NOM NOM Para cambiar la foto, click! sobre ella: OM NOM NOM NOM NOM!!
![Server minecraft maldito [historia verídica]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2013/01/22/w13-GfW-QCaxfyJ.webp)
Como todos sabrán, el juego Minecraft es muy adictivo, llegando a ser conocido en la mayoría de los cybernautas. Sin embargo, lo que les presentaré a continuación es una hisoria basada en un hecho muy extraño que me ocurrió hace poco más de dos años, exactamente en Septiembre de 2010. ¿Cómo olvidar cada detalle? He aquí mi relato: ''Era una tarde de primavera como otras cuando yo abrí el Minecraft. Estaba muy ansiosa por jugarlo, ya que quería inaugurar un server. Tenía todo listo, sólo faltaba habilitarlo. Tenía el messenger abierto porque quería invitar a mi amigo Juan a jugar Minecraft conmigo. Vi un video en Youtube sobre cómo crear un server con Hamachi, seguí los pasos, y lo conseguí. Estaba más que satisfecha con lo que logré. Abrí el mapa, y para mi sorpresa aparecí en el agua. Me pareció raro ya que por lo general el spawner está en tierra firme (cosa que lo confirmé un año después creando varios servers y mapas singleplayer de prueba). Bueno, como sea, nadé hasta la costa más cercana que conseguí, la cual estaba frente a mí, y le avisé a mi amigo que copie mi IP de Hamachi (la cual omitiré por cuestiones de seguridad). Un aviso en letras amarillas me alegraron sobremanera: ''[nombre del jugador] have joined the game''. Le había avisado antes que tenía que nadar porque aparecería en el agua. Cuando llegó, nos hablamos por minecraft, y comenzamos a hacer una casa. Como todavía yo no conocía el ni modo CREATIVE o algunos comandos, tuve que usar el único comando que conocía (/give) conmigo y con Juan. Terminamos la casa, y él se puso a hacer un túnel dentro de ella. Yo estuve decorando la casa por un rato, pero después se me antojó hacer un diseño de castillo arriba de la casita. Me givié algo de piedra cobblestone (sí, ya sé que está pasado de moda usarla porque ahora usan los ladrillos o la obsidiana o cualquier otra cosa, pero bué, dejémoslo ahí), e hice el techo en unos minutos. Juan me vio, y me preguntó qué estaba haciendo afuera. Yo justo estaba terminando el portal Nether, y por supuesto se lo dije. Aquí viene la parte más extraña de mi relato. Él entró en el mapa, y yo lo esperé desde el mundo minecraft. Después de un rato, quise entrar, pero para mi mala suerte él justo me empujó y salió antes de que yo entrara. En fin, me givié una armadura y espada de diamante, algunas antorchas, y entré. Estaba en el nether, pero no había casi nada de bichos. Me pareció raro, ya que estaba en dificultad HARD. Exploré un poco, le hablé a mi amigo sobre lo que iba haciendo mientras él seguía minecrafteando (palabra inventada por él xD), y llamándome ''la reina del nether'' en broma, hasta que di con un lago GIGANTE de lava (nada extraño, pero quiero decirlo igual ). No era un océano porque vi que cortaba un poco lejos de mi vista. Bajé con cuidado de no morirme (repito: no conocía aún el comando /gamemode, y estaba en modo SURVIVAL), y me paré al lado de la lava. No sé por qué, pero se me dio por ver cómo andaba el ''minecraft server'', y vi que Juan intentó entrar al nether. MALA IDEA. Se me tildó el minecraft de una manera rara (era como un lag fuera de lo común), y le avisé. Yo lo había hecho op por si acaso. Él intentó usar el comando /tp (teleport) pero le tiraba error (cosa común cuando los jugadores están en dos mundos diferentes). Estaba atrapada en el nether. Volví al portal como pude, y me paré en el medio de las espirales violetas. Para mi horror, la pantalla se cubría de la espiral gigante, pero no volvía al minecraft. En este punto comencé a desesperarme. Para calmarme, salí del juego por un momento, le pedí a Juan que saliera también, y me fijé en el archivo properties. Ví que decía ''Allow nether=true''. Me asusté bastante, ya que se supone que debe estar en FALSE (yo le había puesto false antes) para poder entrar al nether. Lo cambié, guardé los cambios, y volví al juego con mi amigo. Esta vez, aparecí de espalda al portal. Yo había dejado a mi jugador dentro del portal, por lo que corrí lo que más pude para intentar otra manera de salir. El comando /tp no servía, el portal tampoco, así que me quedaba una opción: morirme. Salté a la lava, caí, me hundí hasta el fondo, PERO NO MORÍ. Repito mil veces lo mismo: ESTABA EN MODO SURVIVAL. Parecerá un cuento inventado, pero esto es real. Juan ya estaba preocupado de que yo no volviera, y me preguntó qué me pasaba. Salí de la lava, me puse en un bloque de netherrack para dejar al jugador en tierra firme, y le contesté qué me pasó, incluyendo lo de properties. Se asustó mucho, y abandonó el server. Me habló por el messenger, y me dijo que tal vez así, sin jugadores, pueda salir. Volví al portal, pero no sirvió. Ambos estábamos más que asustados. Yo cerré nuevamente el minecraft, y no me animé a volver a abrirlo por un rato. De todas formas, a los cinco minutos (o menos...) quise volver. Abrí el juego, me fijé en el server, y vi que había alguien más dentro, osea, decía el nombre de mi server, y 1/6 (el límite de jugadores era poco porque mi PC es medio lenteja). Entré con un poco de miedo, ya que Juan me dijo que no estaba en el juego, y para mi sorpresa aparecí en el ''techo'' del nether (arriba y abajo tiene bedrock, ya lo confirmé hace un tiempo). No sé cómo pasó, pero sinceramente nunca me asusté tanto en mi vida. Como no podía en mí de la desesperación que tenía, me fijé en el inventario y vi que tenía suficiente obsidiana como para hacer otro portal. Aliviada, lo hice con rapidez, y me givié un encendedor para terminarlo. Cuando apareció el objeto, me quedé quieta para que aparezca en mi inventario. Sin embargo, me corrí un poco, y vi que se había tildado en el suelo. Sólo seguía flotando como cuando se arroja algo al piso. Como no pude agarrarlo, me givié el portal (el número 90 en el comando /give para los curiosos xD). Éste fue peor, ya que se tildó de manera rara, era como si arrojaras el objeto, y volvieras a tomarlo (una especie de bug). De esta forma se quedó, mientras que yo lo observaba, y pensaba cómo salir de ahí. De última, tuve que borrar el server. Ahora, cuando quiero crear un server, evito el portal al nether y, si lo armo, no dejo que NADIE entre. Además, no puedo crear un server con el nombre del anterior. Lo intenté varias veces, pero sólo me tiraba un error muy raro, con letras fuera de lugar, y no es el que dice ''fatal error'' o algo así. Tiene símbolos y números sin sentido. Pregunté si esto era normal, pero nadie logró darme una explicación que me saciara mis dudas. Además, siempre que estoy por entrar al server con aquel maldito nombre, en el número de jugadores dice SIEMPRE 1/6. CREANME, DÍGANME LOCA, LO QUE QUIERAN, PERO ESTO ME OCURRIÓ DE VERDAD. NO MENTÍ EN NADA, TODO PASÓ TAL Y COMO LO (re)LEYERON PD: Perdón por no tener imágenes, sin querer borré la carpeta que tenía todas las fotos (me quiero rajar un tiro en la c...)