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Usuario (México)
Compositores que se adentran en aceleradores de partículas del CERN para grabar lo que el oído no oye, fotógrafas de celebrities fichadas por la NASA o teoremas que transmiten tanta belleza como el más delicado de los poemas. La ciencia ha encontrado en el arte un aliado para transmitir sus avances a la sociedad. En el mayor laboratorio de física de partículas del mundo, las bibliotecas son un lugar sagrado al que los científicos acuden para seguir trabajando y perder de vista (aunque sea por unas horas) las paredes de su despacho. Rodeados de un silencio sepulcral, casi confundiéndose con las estanterías, tres jóvenes bailarines se contorsionan ante las miradas agradecidas de los físicos. Desconectar por unos minutos puede que les esté resultando más útil para llegar a su momento ‘eureka’ que una hora de estudio. “Diferentes puntos de vista estimulan la creatividad, la imaginación y las formas de trabajar, además de abrirte los ojos a nuevos conocimientos”, explica a Sinc Ariane Koek, directora y creadora de Arts@CERN, el programa artístico del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN). Convencida de que arte y ciencia debían trabajar unidos, Koek propuso a la dirección del organismo desarrollar la política cultural del centro, basada en la creación artística. El requisito, que estuviera al mismo nivel que la científica y siguiera sus mismos criterios de exigencia. Así, en 2010, nacía Arts@CERN, formada por tres iniciativas: Collide@CERN, Accelerate@CERN y el programa de Visitas de Artistas. Emulando los choques de partículas que se recrean en sus laboratorios, “el objetivo es colisionar la mente y la imaginación de artistas y científicos para llegar a nuevas formas de pensar que se hagan realidad”, compara la directora artística. El compositor estadounidense Bill Fontana es un ejemplo de este maridaje. Equipado con acelerómetros muy sensibles –una herramienta que detecta vibraciones–, Fontana se adentró en los 27 kilómetros que mide la galería del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) para grabar sonidos imperceptibles por el oído humano. “Cuando entras en el túnel sientes un sentimiento de respeto”, confiesa a Sinc el artista, en videoconferencia desde San Francisco (EE UU). “Me interesaba averiguar cómo viaja el sonido dentro del túnel”, asegura. Para ello registró cientos de grabaciones, acompañado muchas veces por su ‘padrino’ científico del programa Collide@CERN, el cosmólogo Subodh Patil. Entre los dos surgió un sentimiento de admiración y respeto mutuo que continúa en la actualidad. “Lo que más me impresionó de Bill fue el espíritu empírico con el que se aproximaba a sus creaciones”, afirma Patil a Sinc. Hasta entonces, el cosmólogo pensaba en los artistas únicamente como creadores de obras, sin la curiosidad por el descubrimiento tan típica en los científicos. Una idea que cambió radicalmente al conocer al compositor. La filosofía de Collide@CERN es que, cada año, en una residencia de tres meses, dos artistas elegidos por un jurado exploran los principios de la física de partículas conviviendo con los científicos en el laboratorio de Ginebra (Suiza). No tienen la obligación de producir ninguna obra al final de su estancia, pero la inspiración que experimentan es tal que, desde 2012 que empezó el programa, todos han terminado su residencia con una creación bajo el brazo. “¡Bill Fontana creó una nueva pieza sonora a los tres días de estar con nosotros!”, exclama asombrada Koek. En esta experiencia, el papel de los científicos que apadrinan a los artistas es clave, y por eso son elegidos cuidadosamente por la organización. Durante los meses que dura la residencia, los investigadores disfrutan de un paréntesis en su ritmo frenético de producción de resultados. Un oasis cultural que les permite reflexionar y conocer nuevos puntos de vista, con ideas de vanguardia que, a la larga, beneficiarán a su investigación. “Las esculturas sonoras de Bill, además de ser bellas en sí mismas, tienen una poesía en su concepción que, como físico, encuentro muy atractivo”, admite Patil. Junto a Collide@CERN –financiado con fondos privados–, el programa artístico del CERN incluye Accelerate@CERN, residencia de un mes en el que participan artistas de un país concreto, y el programa de Visitas de Artistas, de uno o días. Una experiencia de este tipo vivió Jayne Wilton, interesada en explorar todo lo relacionado con la respiración humana. Acompañada por Peter Hobson, físico de partículas en la Universidad Brunel (Reino Unido) e investigador en el experimento CMS del CERN, pasó dos días registrando las agitadas respiraciones de los físicos que andaban buscando el escurridizo bosón de Higgs, hace un par de años. Como cuando echamos el vaho frente a un espejo y se condensa, el experimento consistió en que los científicos respiraran sobre una superficie de cobre brillante, de forma que su huella se quedaba grabada para crear un negativo. El resultado son formas evocadoras que plasman la interacción entre el investigador y su entorno. “Este trabajo emplea y trastoca los procesos de impresión tradicionales; es una alternativa al retrato”, indica Wilton a Sinc. Además de este tipo de iniciativas centradas en los artistas, la física de partículas utiliza ilustraciones para hacer llegar conceptos complejos al público general. “Hemos hecho un esfuerzo importante para poder presentar los resultados de forma gráfica de una manera más accesible y atractiva, algo que se ve claramente con el LHC y las reconstrucciones del bosón de Higgs”, declara a Sinc Isidoro García Cano, responsable de divulgación del CPAN, el Centro Nacional de Física de Partículas, Antipartículas y Nuclear. El centro potencia la conexión entre arte y ciencia en numerosas iniciativas, como su concurso de divulgación o la exposición del fotógrafo Peter Ginter, que el CPAN trajo a España y que mostraba espectaculares imágenes sobre el proceso de construcción del Gran Colisionador de Hadrones. Para dar a conocer los beneficios de la física de partículas a los ciudadanos, han organizado una nueva muestra con imágenes impactantes. “Los grandes experimentos como el LHC, los telescopios de rayos gamma MAGIC o la instrumentación para el futuro laboratorio de física nuclear (FAIR) tienen un componente visual muy importante; son realmente impresionantes y por eso, bellos”, destaca García Cano. Sin cierto esfuerzo creativo resultaría complicado que esta rama de la física llegara al público, algo que la astronomía y astrofísica consiguen sin apenas esfuerzo. Consciente de la emoción que despierta el cosmos, en 1962, James Webb, máximo responsable de la NASA, puso en marcha el Programa de Arte de la agencia espacial estadounidense. “Un registro artístico del programa de exploración espacial de esta nación será valioso para las futuras generaciones y podrá ser una contribución importante en la historia del arte americana”, señaló Webb. Como consecuencia de los ajustes presupuestarios en la NASA, el proyecto, a día de hoy, está parado. “Ya no comisariamos artistas. Detuvimos el programa hace años por falta de fondos”, confirma a Sinc Bert Ulrich, su responsable desde los años 90. Con 800 dólares de presupuesto en sus inicios, la iniciativa reunió a destacados artistas internacionales, que se convirtieron en los primeros ciudadanos en poder acceder a las instalaciones y laboratorios de la agencia, incluyendo las plataformas de lanzamiento y la posibilidad de hablar de tú a tú con científicos y astronautas. A cambio de una pequeña compensación económica, la NASA les pedía que donaran a la agencia al menos una pieza artística que generaran de la experiencia. “Tenían total libertad para crear sus obras de arte. La NASA no iba a marcarles ningún estilo, como ocurrió con el realismo socialista de la Unión Soviética”, subraya Ulrich. Dentro de este programa, la conocida fotógrafa Annie Leibovitz (premio Príncipe de Asturias) inmortalizó en 1999 a Eileen Collins, la primera mujer piloto y comandante de un transbordador espacial. La cara oculta de la Luna fue menos desconocida gracias a una recreación que Robert T. McCall pintó en 1969, y el escritor Ray Bradbury escribió una oda a los viajes espaciales. En total, alrededor de 200 artistas compusieron unas 3.000 obras, de las que se seleccionaron 50 para la exposición NASA-Arte: 50 años de exploración, organizada por el Smithsonian Institution Traveling Exhibition Service. Probablemente lo más emotivo de la muestra fuera un crespón negro con forma de estrella, como homenaje a los siete astronautas fallecidos en el accidente del Columbia (2003), que la artista Chakaia Booker elaboró a partir de caucho y piezas de neumático de otro transbordador. En recuerdo del trágico suceso, la cantante Patti Labelle interpretó “Way Up There”, nominada al Grammy. Esta emoción que transmite el arte también llega a la neurociencia. “Si lo pensamos bien, el trabajo de un pintor no es muy diferente al de un neurocientífico”, compara Luis Miguel Martínez Otero, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante (UMH-CSIC), en declaraciones a Sinc. Él intenta comprender cómo el cerebro interpreta visualmente el universo, a partir del reflejo en dos dimensiones que este proyecta sobre las retinas. Con esa proyección, y utilizando reglas que todavía no se conocen bien, el ser humano es capaz de reconstruir una imagen subjetiva del entorno que le rodea. El pintor, por su parte, trata de generar en un soporte bidimensional, un lienzo, sus impresiones sobre el mundo, utilizando sus propias reglas. Y aquí está el paralelismo. “El cerebro parte de una imagen plana para generar una impresión subjetiva del mundo, y el pintor (el cerebro del pintor) termina representando en una imagen plana su impresión subjetiva del mundo”, equipara el investigador. “No sería extraño que las reglas funcionales del cerebro y la lógica creativa de los pintores fuesen esencialmente las mismas”, sugiere. A pesar de estas similitudes, el arte nunca podrá ser considerado como una ciencia, puesto que no sigue el método científico, ni tampoco persigue los mismos objetivos. “La ciencia puede ser usada como materia prima del arte –se puede escribir un poema a una supernova–, mientras que el arte no puede ser usado como materia prima de la ciencia, que solo tiene acceso a la observación de la naturaleza y al contraste entre teoría y experimentación”, explica a Sinc el físico y escritor Juan José Gómez Cadenas, profesor de investigación del CSIC y director del experimento NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC). En este noviazgo entre disciplinas, la figura del genial Leonardo da Vinci (siglos XV-XVI), maestro de ambas, se convierte en una especie de Cupido. “En aquella época los grandes sabios lo eran en las artes y las ciencias. Hoy en día se tiende a la especialización”, comenta a Sinc Marta Macho-Stadler, matemática de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). La filosofía de Leonardo –según Martínez Otero– la han seguido otros muchos personajes como Salvador Dalí, que integraba en sus obras los nuevos descubrimientos científicos. “A día de hoy sigue habiendo muchos Leonardos tendiendo puentes”, mantiene. Opiniones aparte, es un hecho que arte y ciencia son manifestaciones de la cultura humana, diferentes aproximaciones para interpretar la realidad. Ambas avanzan planteándose preguntas y se necesitan para explorar juntas la belleza que nos rodea. Gómez Cadenas lo resume de la siguiente manera: “La percepción de la naturaleza y del ser humano precisa de ambas ópticas. Para entender un agujero negro o una estrella de neutrones en todas sus dimensiones, necesitamos verlos con los ojos de la ciencia y del arte, que nos llevan a interpretaciones complementarias y a apreciar diversos ángulos de esa misma belleza”. Fruto de la curiosidad y de la experimentación han surgido géneros híbridos, como la divulgación poética o la poesía científica. Es el caso de la literatura experimental OuLiPo (Ouvroir de Litttérature Potentielle en francés, que significa Taller de Literatura Potencial). Creado en 1960 a iniciativa del escritor Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais, OuLiPo rechaza la inspiración como única fuente creativa y propone a los escritores nuevas estructuras de naturaleza matemática que apoyen esta creatividad. “Las matemáticas subyacen fundamentalmente en la estructura de los textos: a veces son de tipo combinatorio –cien mil millardos de poemas–, existen textos que siguen las aristas de un determinado grafo, se juega con los desplazamientos y algunos ser rigen por movimientos de ajedrez”, enumera Marta Macho-Stadler, codirectora del taller OuLiPo que el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) y el Círculo de Bellas Artes organizaron este año en Madrid. Otro ejemplo es el texto Mai quai Conti, un homenaje a la Comuna de París (1871) de la mano del teorema de Pascal, en el que el problema geométrico y el texto se desarrollan al mismo tiempo que se va demostrando el teorema. “Un teorema bien demostrado puede ser tan sublime como el más bello de los poemas”, sostiene la matemática. (Fuente: SINC/Laura Chap
Imaginemos la sorpresa, el interés y la curiosidad que tendríamos si recibiésemos de los habitantes de las cuevas de Lascaux, o de Altamira o del Gualicho, además de sus pinturas rupestres, mensajes individuales que nos contaran sus hábitos, modo de vida, angustias, aspiraciones profundas. Imaginemos lo que podrían explicarnos de sus relaciones con los otros miembros de su tribu, las divisiones del territorio, las luchas por abrigo y alimento, las alianzas y las guerras. Imaginemos que tuviéramos la respuesta a la pregunta de por qué sentían la necesidad o la obligación de representar las escenas que nos han llegado hasta nuestros días. ¿Y quiénes eran los que las hacían? ¿Sacerdotes? ¿Artistas? ¿Cumplían alguna función ritual? ¿Pedagógica? ¿Estética? Imaginemos aún que nos hubieran enviado la riqueza de su vocabulario. Imaginemos que nos hubieran explicado lo que significaba para ellos amar y cómo lo manifestaban. Imaginemos todavía que nos hubieran explicado las normas de sus sociedades, los objetivos de su vida, su relación con la naturaleza, sus miedos, sus ilusiones. Qué distinta sería entonces nuestra visión de la historia y, por lo tanto, nuestra visión de nosotros mismos. Cuán enriquecedor sería para nosotros conocer los pensamientos de quienes nos han precedido en el camino de la vida, sin tener que limitarnos sólo a la palabra de unos pocos informadores que voluntaria o involuntariamente nos cuentan su recortada visión de los hechos. ¿Qué no daría un antropólogo por tener una charla de una hora con un homo neanderthalensis o un homo sapiens, en lugar de devanarse los sesos tratando de entender qué función podían cumplir esos extraños objetos esparcidos en el piso de su morada? En parte para ahorrarles dolores de cabeza a los antropólogos del futuro, Jean-Marc Philippe concibió en 1994 el proyecto KEO. Un satélite que será lanzado al espacio (previsiblemente) en torno a 2014-15 y que regresará a la Tierra dentro de 50000 años para entregar a nuestros lejanos descendientes todos los mensajes que cada persona en la Tierra desee transmitir a las generaciones futuras. Pocas veces un proyecto logró fusionar tantas ramas del conocimiento, del arte, de la historia. Los distintos enfoques interdisciplinarios que plantea el proyecto KEO son particularmente interesantes. Nos permiten entender el mundo de hoy, reflexionar sobre las sociedades humanas, repensar el lugar del ser humano, responsabilizarnos en nuestro rol de antepasados de nuestros lejanos bisnietos, y comprender que el arte, la belleza y la poesía pueden tener su sitio al lado de las ciencias, las tecnologías y los debates sobre la sociedad. El proyecto no sólo propone reflexionar acerca de cuestiones de orden cultural, científico, técnico y artístico, sino que también despierta sentimientos, interrogantes, dudas, temores y esperanzas. Jean-Marc Philippe, científico y artista francés, nos desplaza del papel de espectadores para pasar a ser parte integrante de la obra. Dentro de unos cincuenta mil años un gran resplandor en el cielo, semejante a una aurora boreal, indicará el regreso a la Tierra de KEO. Bajo el efecto del calentamiento y de la combustión de su escudo térmico cuando atraviese las capas densas de la atmósfera, KEO desprenderá una fuerte ionización que anunciará su regreso. ¿Habrá alguien allí para recibirlo? ¿Podrán leer los mensajes? ¿Se verán reflejados en nosotros? ¿Habremos ya aprendido algo? Un nombre pluralista El proyecto necesitaba un nombre que reflejara su espíritu: un proyecto para compartir y dialogar entre todos los habitantes del planeta. El nombre KEO procede de la sucesión de los tres fonemas más utilizados dentro de los cien idiomas más hablados hoy en día en la Tierra. Así este nombre puede ser pronunciado por todas las gargantas humanas como símbolo de unión entre las personas. Más aún, no hace referencia a ninguna mitología particular, prueba de su neutralidad y de su universalidad. Curiosamente, o quizás no tanto, KEO es un anagrama de EKO; y es que precisamente este proyecto pretende eso, ser un EKO de nuestra propia voz y poder vernos a nosotros mismos desde una perspectiva más lejana. Nosotros somos los emisores y destinatarios de esos mensajes cuyo EKO nos invitará a vernos de una manera diferente. La historia (no siempre) la escriben los que ganan Hasta el presente sólo los poderosos o los (auto) “elegidos” (faraones, ricos comerciantes, generales (sólo los vencedores), juristas, sacerdotes, poetas, artistas) nos han legado los frutos de su pensamiento. Imaginemos pues que pudiéramos recoger el testimonio de los 100.000 hombres que, según Heródoto, construyeron la Gran Pirámide, o de los soldados rasos que constituían las hordas de Gengis Khan, o de los nativos americanos antes de ser colonizados. Nuestra mirada sobre la historia sería sin duda diferente. Si hasta ahora la historia la han escrito los que ganan, ésta es una gran oportunidad para todos de escribir nuestra propia historia, la de la gente común, con sus miedos, ilusiones, deseos, frustraciones, esperanzas, temores, odios y amores. Si bien KEO incluirá una versión pluralista de la historia “oficial”, la idea de escribir nuestra propia versión de los hechos es más que interesante. Cada persona de la Tierra, sin ninguna restricción de raza, credo, sexo, condición social, económica o ideológica, dispone de cuatro páginas para expresar, sin ningún tipo de censura, su mensaje al futuro. Si cada uno de nosotros contribuye con sus cuatro páginas tendríamos una versión “no-oficial” de la historia de unos 24000 millones de páginas, que traducido en libros de 600 páginas representa unos 40 millones de volúmenes. Una radiografía nada despreciable de este comienzo de milenio. En el próximo post, la segunda y última parte del Proyecto KEO con todos los detalles técnicos, artísticos y humanísticos.
Una consecuencia conocida del consumo de cannabis son los problemas de memoria que provoca esta sustancia. Un nuevo estudio, publicado en la revista Molecular Psychiatry, por el grupo de investigación en Neuropsicofarmacología Humana del Instituto de Investigación Biomédica del Hospital de Sant Pau e investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, en colaboración con el grupo de Cognición y Plasticidad Cerebral del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge, en España, muestra que los consumidores de esta sustancia tienen una mayor propensión a experimentar falsos recuerdos . Según los expertos, los consumidores crónicos de esta sustancia muestran más dificultades que la población general para retener nueva información y recuperar recuerdos almacenados en la memoria. La memoria es un proceso maleable que se va construyendo de forma progresiva y que es, por tanto, susceptible a distorsiones o falsos recuerdos. Estos 'errores' de la memoria se observan con mayor frecuencia en diversos trastornos neurológicos y psiquiátricos, pero también en la población sana, sobre todo a medida que aumenta la edad. "Un fenómeno habitual es tener falsos recuerdos de situaciones vividas en la infancia y que creemos recordar porque las personas de nuestro entorno nos las han contando muchas veces", aseguran. Para la investigación se utilizó una tarea en la que se mostró, a un grupo de consumidores crónicos de cannabis y a un grupo de controles sanos, una serie de palabras que debían aprender. Pasado unos minutos se volvieron a presentar las palabras originales junto con palabras nuevas no relacionadas y palabras nuevas relacionadas semánticamente, y se les pidió a todos los participantes que indicaran qué palabras pertenecían a la lista original. La figura muestra el patrón de activación cerebral que permite descartar un estímulo como falso recuerdo. En el grupo de control las activaciones son mucho más intensas y extensas que en los consumidores de cannabis. (Imagen: UAB) Los consumidores de cannabis creyeron haber visto con anterioridad las palabras relacionadas semánticamente con mayor frecuencia que el grupo de control. Usando la técnica de imagen por resonancia magnética, los científicos descubrieron que los consumidores de cannabis mostraban menor activación en áreas del cerebro asociadas al procesamiento de los recuerdos y al control general de los recursos cognitivos. El estudio encontró estos déficits de memoria a pesar de que los participantes habían abandonado el consumo de cannabis un mes antes de la realización de la prueba. A pesar del tiempo transcurrido desde el último consumo, la activación del hipocampo, una estructura clave vinculada al almacenamiento de los recuerdos, fue menor cuanto mayor había sido el uso de cannabis a lo largo de la vida del participante. Estos resultados demuestran que los consumidores de cannabis presentan una mayor vulnerabilidad a sufrir distorsiones de memoria incluso semanas después de cesar el consumo. Esto sugiere que se produce una afectación prolongada de los mecanismos cerebrales que nos permiten distinguir entre sucesos reales e ilusorios. Estos errores de memoria tienen implicaciones sobre todo en el ámbito judicial, por las repercusiones que pueden tener en las declaraciones de testimonios y de víctimas. Asimismo, desde el punto de vista médico, los resultados apuntan a que el uso crónico de cánnabis podría acentuar los problemas de memoria asociados al envejecimiento. (Fuente: Universidad Autónoma de Barcelona)

La erupción de un volcán es un espectáculo que impacta a los sentidos y deja en evidencia la energía de la naturaleza. Esta semana, al volcán Calbuco en Chile logró cautivar al mundo, al activarse tras cuarenta y dos años de silencio, y desplegar durante dos erupciones un cuadro de singular belleza. Uno de los fenómenos más llamativos fueron los rayos que se vieron cuando el cielo se volvió oscuro por la densa nube de cenizas que emanaba del volcán. ¿Se trató de una casualidad meteorológica o los rayos son parte del proceso eruptivo que se produce ante tanta liberación de energía? “Los volcanes liberan a la atmósfera distintos gases, material sólido fragmentado, llamado piroclastos, y lava. La proporción de cada uno depende de las características de cada volcán”, explicó Romina Daga, doctora en Ciencias Geológicas que trabaja en Centro Atómico de Bariloche, y que estuvo abocada al análisis de las cenizas del Calbuco para determinar su grado de toxicidad. “Por lo general –continuó– lo que más afectación genera es la emisión de piroclastos, denominada comúnmente ceniza volcánica, ya que se puede dispersar por grandes distancias, alcanzando cientos a miles de kilómetros, como lo han demostrado las últimas erupciones ocurridas, por ejemplo la del Chaitén en el 2008, el Cordón Caulle en el 2011, y la actual erupción del Calbuco”. Con respecto a los rayos, la investigadora dijo que aunque se trata de un fenómeno que normalmente se observa durante las erupciones, la explicación hay que buscarla en el campo de la meteorología y no de la vulcanología. “De todo el material que se libera, hay partículas y gases a alta temperatura que generan cargas eléctricas. Estas partículas podrían dar origen a los rayos”, arriesgó. La relación entre rayos y volcanes no es nueva. El historiador griego Plinio el Joven, que fue testigo de la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., mencionó este fenómeno en sus anotaciones. “Una negra y horrible nube, rasgada por torcidas y vibrantes sacudidas de fuego, se abría en largas grietas de fuego, que semejaban relámpagos, pero eran mayores”, escribió en una carta al recordar su huida de Pompeya. Consultado sobre este tema el ingeniero Ignacio Cristina, miembro del Centro de Informaciones Meteorológicas (CIM) de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas de la Universidad Nacional del Litoral, en Argentina, dijo que los trabajos publicados indican que posiblemente haya un asidero teórico que coincide con la formación de los rayos en una nube de tormenta. “Las partículas de hielo que circulan al interior de una nube interactúan con las gotas de agua y generan cargas estáticas, las cuales tienen diferente polaridad. En un momento dado, la interacción entre ambas produce la disociación de las cargas y se forma el arco eléctrico, que en definitiva es el rayo”. El mismo proceso se ocasiona en una nube volcánica. “Las partículas volcánicas en su movimiento van generando corrientes estáticas, las cuales llegan a un punto en el que se produce la misma disociación y se produce el arco eléctrico”, explicó. Una pregunta que todavía queda pendiente es cómo se genera la electrificación de una nube volcánica, es decir, cómo esa nube densa de gases y piroclastos se carga de electricidad. Para Cristina, el proceso está asociado a la energía con la que se produce una erupción. “Hay erupciones que generan una importante carga estática y otras que no. Por eso, el umbral para que se disocie la carga eléctrica, unas veces no se produce y otras veces sí”. Un trabajo publicado por investigadores argentinos analiza el fenómeno de los rayos durante la erupción del Cordón Caulle en 2011. En base a la observación de diferentes erupciones en el mundo, los investigadores repasan las teorías que explican la electrificación de las nubes volcánicas. Uno de los casos que citan es la erupción del volcán Sutsery en Islandia, ocurrida en 1963, donde la electrificación de las cenizas estuvo asociada a las interacciones con el agua. Diferente fue lo que sucedió con la erupción del volcán Sakurajima de Japón, donde la carga se produjo por mecanismos de la fragmentación, sin la presencia explícita de agua. Aunque en este trabajo no dan resultados concluyentes sino descriptivos de un fenómeno y una región específica, los investigadores plantean una hipótesis interesante: dada la estrecha relación entre rayos y erupciones, se podría medir la actividad eléctrica para monitorear la actividad volcánica y generar un sistema de alarma temprana. De esta forma, los rayos funcionarían como marcadores naturales de una incipiente actividad volcánica. Si está teoría se prueba, en un futuro cercano el bellísimo y terrible espectáculo natural que es la erupción de un volcán, pueda ser conocido de antemano link: https://www.youtube.com/watch?v=ZjA2Flx5R7I