A

ade1978

Usuario (Uruguay)

Primer post: 11 sept 2011
4
Posts
1
Puntos totales
1
Comentarios
novelas pulp podcast
novelas pulp podcast
OfftopicporAnónimo7/30/2012

http://www.ivoox.com/especial-pulp-audios-mp3_rf_1096368_1.html

0
0
S
sherlock holmes la órbita de endor
OfftopicporAnónimo7/30/2012

http://www.ivoox.com/lode-2x19-especial-sherlock-holmes-audios-mp3_rf_1003672_1.html

0
0
grandes cantores de tango 2
grandes cantores de tango 2
InfoporAnónimo9/11/2011

jorge falcón Jorge Falcón –seudónimo artístico de Luis Ángel Iglesias- (Buenos Aires, Argentina, 14 de octubre de 1949 - Buenos Aires, Argentina, 2 de julio de 1987) fue un cantante de tangos argentinoNació en la Maternidad Sardá, en el barrio de Parque de los Patricios de la ciudad de Buenos Aires. Desde muy niño le gustó cantar. Interpretaba temas, ya sea en reuniones familiares o en el Instituto Brown, donde cursaría sus estudios primarios. Su primer simple lo grabó a los trece años, en Mar del Plata. Luego ganó un concurso en canal 7 interpretando "Malevo". Estudió contaduría (que no terminó), guitarra, actuación y vocalización; esto último con Bonezi, el maestro de Gardel. Se casó con Alicia Capuzzo, con quien tuvo un hijo llamado Adrián. Integró las agrupaciones "Tango 5", "Buenos Aires 5" y las orquestas de Jorge de Luca y Gabriel Clausi, y grabó su primer disco de manera profesional.Posteriormente se incorporó a la orquesta de Héctor Varela, donde llegaría al éxito y la consagración. Luis Ángel Iglesias, por iniciativa de Varela, pasó a llamarse, “Jorge Falcón” y su debut se produjo el 12 de octubre de 1976. Cantará a dúo primero con Fernando Soler y luego con Diego Solís. Grabará para el sello Microfón más de 20 temas, algunos de los cuales a dúo. En el primer larga duración (1977), registra su primer éxito comercial: la milonga "Azúcar, pimienta y sal" (música de Ernesto Rossi y Héctor Varela, y letra de Abel Mario Aznar), a dúo con Fernando Soler. Posteriormente, y por incitación del mismo Varela, comienza su carrera como solista.Carrera SolistaApenas iniciado su período solista, Falcón fue contratado por el sello CBS para iniciar allí sus grabaciones. El primer álbum, editado en 1982, tuvo como acompañante al bandoneonista Ernesto "Titi" Rossi, músico y arreglador de Héctor Varela. Además, es invitado por la cantante María Graña a grabar una versión de El Día Que Me Quieras. Al poco tiempo, inicia sus apariciones televisivas en un programa conducido por el cantor Enrique Dumas y en Grandes Valores del Tango, presentado por Silvio Soldán.En 1984 edita su disco más exitoso, El Amor Desolado, con arreglos y dirección de Raúl Plate y dirección artística de Soldán. A este material le sigue el último, Para Todos Con Amor, publicado en 1986 y acompañado por José Colángelo.MuerteEn 1986 sufrió un accidente automovilístico y, tiempo después, se desmaya en medio de una presentación en la ciudad de Rosario; hecho que obligó a que se lo internase en una clínica local. Se dijo que el desmayo era producto del choque que había sufrido, pero en realidad, todo se debía, incluso aquel choque, a su delicado estado de salud, al mal que estaba padeciendo. Tenía cáncer. Fue intervenido quirúrgicamente; pero, a pesar del tratamiento médico, Jorge Falcón falleció al amanecer del jueves 2 de julio de 1987, en el “sanatorio de artistas de variedades” del barrio porteño de San Telmo.

1
3
L
la sombra
InfoporAnónimoFecha desconocida

La sombra The Shadow, también conocido como "La Sombra", es uno de los personajes más importantes de la historia del cómic, ya que influyó en generaciones de vigilantes posteriores (Batman se inspiró bastante en él) y protagonizó numerosas aventuras tanto en la radio como en los legendarios pulps de los años 30 y 40. Sin embargo, hace un buen rato que The Shadow no tiene una aventura memorable (fue de la mano deHoward Chaykin que llegó a los 80). Por eso Dynamite Entertainment ha decidido publicar una nueva serie sobre el personaje, de la cual no se sabe absolutamente nada y que podría ser un gran triunfo para Dynamite, que ha construido un interesante repertorio de series clásicas y modernas (tendrán mi eterna gratitud por salvar The Boys luego de que DC tratase de hacerla desaparecer). Para los neófitos, les comento que The Shadow es el alter ego de Lamont Cranston, un rico playboy que aprendió a nublar las mentes de sus enemigos en el Tibet junto a otros poderes mentales. Cranston es también un maestro tirador y del disfraz, y se dedica a proteger New York del mal empleando sus formidables talentos y su red de agentes que le sirven en secreto desde distintas posiciones en toda la ciudad. Creo que lo que más me gusta del personaje es que a diferencia de los héroes Marvel y DC jamás se ha chupado el dedo y no ha tenido problemas a la hora de matar criminales, demostrando que el mal nunca escapa a su vista. Esperemos que su regreso a Dynamite sea tan interesante como entretenido yle inyecte nueva vida a un personaje clásico. Oculto en su santuario en el corazon de New York City, un ser oscuro repasa, bajo una luz azul, los informes enviados por sus agentes secretos.. ¡La Sombra sabe! Poseedor de una vastisima red de informadores y agentes, tiende sus redes y maneja sus piezas con una frialdad estremecedora . La Sombra no es ningun Boy-scout; es un individuo oscuro, no solo en su atuendo sino tambien de alma. Conoce la maldad que acecha en el corazon humano, porque el mismo la ha sentido. Anuncia sus acciones con su susurrante y gelida risa - signo inequivoco de su ataque y profecia que hace temblar a los malhechores. La Sombra no se anda con chiquitas: si Doc Savage disparaba con un pistola especial de balas no mortales, el vengador de negro no tiene tantas contemplaciones: al que pilla se lo carga.. No importa lo cruento del crimen, ni cuan diabolico sea el plan del malhechor, la justicia siempre triunfa. Y como dice La Sombra: "El Crimen no compensa" ¡La Sombra lo sabe! Durante años, su autor, William Gibson (conocido como Maxwell Grant), dio a sus lectores pistas en torno al pasado de La Sombra y sus orígenes secretos. Gradualmente se fue revelando que La Sombra había estado envuelto en actividades de espionaje durante la Primera Guerra Mundial, actuando detrás de las líneas enemigas como el espía conocido como Águila Oscura. Después de la guerra decidió usar sus habilidades y organización para combatir el crimen organizado. Finalmente, en 1937, las piezas del rompecabezas se reunieron todas. En "La Sombra desenmascarado", un relato histórico, La Sombra se reveló como Kent Allard, un famoso aviador internacional, supuestamente "perdido entre una tribu de indios Xinca en la península del Yucatán al mismo tiempo que el asombroso personaje llamado La Sombra comenzaba a acosar el mundo del hampa norteamericano". "El mayor de los secretos de La Sombra", escribió Gibson, "era el hecho de que la identidad que formaba parte de él, la de Lamont Cranston, era en realidad un disfraz. La Sombra había aprendido a vivir el papel de Cranston, hasta el punto que volver a ser Allard le era extraño. Sus agentes y amigos íntimos creían que era Cranston, aunque sabían que en cualquier momento podía asumir cualquier otra identidad. Incluso en sus archivos, La Sombra se refiere a sí mismo como Lamont Cranston, aunque sólo fuera por conveniencia. Desde luego, eso le concedía la ventaja de guardar la identidad de Allard en completa reserva hasta que en el futuro decidiera utilizarla." Mas de 300 aventuras de La Sombra fueron escritas entre 1931 y 1949 en "The Shadow Magazine". Un par de docenas fueron reeditas en los 60 y 70, pero la mayoria de las historias nunca han sido reimpresas. Peor aun es el caso de sus ediciones hispanas, que no llegaron a alcanzar la centena, de las cuales se reeeditaron "recientemente" (en los 80) las diez primeras. «Tu vida», resuena la voz hipnótica desde las sombras, «ya no es tuya. Ahora me pertenece». «Puedo perfeccionarla. Puedo hacerla útil. Pero puedo también arriesgarla. Quizás la pierdas, porque he perdido vidas queriendo salvar a otras. Esta es mi promesa: Una vida con placer, con peligro, con emociones, y con dinero. Una vida, por encima de todo, con honor. Pero al dártela, reclamo obediencia. Absoluta obediencia.» «Acepto», responde el nuevo agente de La Sombra. «Prometo absoluta obediencia». Harry Vincent se convirtió así en un nuevo agente del misterioso personaje conocido como La Sombra. Rescatado del filo de la muerte por un fantasma viviente, Vincent jugaría pronto un importante papel en la batalla de La Sombra contra el mundo del crimen. Bien parecido y de confianza, Harry fue frecuentemente enviado a investigar sucesos sospechosos y preparar el terreno para la llegada de su jefe. La personalidad persuasiva de Vincent le permitió infiltrarse en todos los niveles sociales, ganando fácilmente la simpatía de aquellos que encontró en las misiones para La Sombra. Vincent conoció pronto otros agentes al servicio de La Sombra, empezando por el agente de seguros Claude Fellows. Tranquilo y pasivo, Fellows dirigía las operaciones de La Sombra desde su despacho en el edificio Panorama de Nueva York. El corpulento agente reunía ínformación para su misterioso jefe y sirvió de contacto para La Sombra, recibiendo y enviándole información de la actuación de los agentes. Mientras investigaba actividades de la mafia en Chicago, Claude Fellows fue el único agente, en morir al servicio de La Sombra y sus funciones fueron repartidas entre Rutledge Mann y el misterioso Burbank. Actuando sólo en una habitación a oscuras, Burbank transmitía mensajes entre La Sombra y sus agentes. «Siempre en un segundo plano, siempre escondido, incluso aún más que su amo, Burbank se concentra en las actividades de la compacta organización de La Sombra. Cada palabra es cuidadosamente registrada y transferida a su destino adecuado, todos los informes son comprobados, todas las instrucciones correctamente dadas. Aunque no en activo ni afrontando el peligro cara a cara, él, más que nadie, le sirve, esperando en la oscuridad.» Con su fortuna personal víctima de la Gran Depresión, Rutledge Mann estaba al borde del suicidio cuando La Sombra intervino, prometiéndole seguridad financiera a cambio de la lealtad del agente de bolsa. Mann era miembro del exclusivo Cobalt Club de Nueva York y sirvió a La Sombra en el mundo de las altas finanzas, operando desde sus oficinas en la suite 909 del Edificio Badger. El cronista de sucesos Clyde Burke se convirtió en agente de La Sombra después de que, tras la fusión de varios periódicos, le despidieran del Evening Clarion. Durante un tiempo, Burke se dedicó a recoger recortes de periódico con información de actividades criminales sospechosas. Más tarde consiguió una buena posición como periodista estrella del New York Classic, un diario sensacionalista, en cuyo cargo permaneció a las órdenes de La Sombra. Investigador incisivo, era capaz de sacar a la luz los más oscuros datos de un caso. Su acceso a los archivos periodísticos, sus contactos con la policía y su amistad con el Inspector Joe Cardona le convirtió en un agente clave de la organización de La Sombra. Acusado de un asesinato que no cometió, el hombre conocido como Cliff Marsland se convirtió en una celebridad del mundo del hampa después de pasar ocho años en Sing Sing. Sólo La Sombra sabía su inocencia y cuál era su pasado. «¡Cliff Marsland!» dijo la susurrante voz. «Ese no es tu nombre, cuando hace catorce años vivías más allá de los mares. ¿Recuerdas el pueblo de Esternay, en la primavera de 1918? ¿O ese viaje a Monte Carlo, tres semanas después del Armisticio? ¿Recuerdas a Blanton, el francés?... Como tú, soy un hombre cuyo nombre real ha sido olvidado. No hablemos más del pasado. Tú eres ahora Cliff Marsland. Yo soy... La Sombra». Cliff Marsland comenzó una nueva vida, vagando por el submundo del crimen como un agente de La Sombra. Eficaz con una pistola y sus puños, el conocimiento del hampa y su habilidad para infiltrarse en organizaciones criminales hizo de él uno de los más valiosos agentes de La Sombra. Capturado y hecho prisionero con Cliff Marsland por el «Amo de la Muerte», el Dr. Rupert Sayre fue rescatado por La Sombra. Meses más tarde encontró el medio de pagar su deuda cuando La Sombra, gravemente herido, entró tambaleándose en la consulta de Sayre. El joven médico salvó la vida del justiciero y continuó dando asilo a La Sombra y sus agentes, curando las heridas que recibían en su guerra contra el crimen. Slade Farrow fue uno de los pocos amigos de La Sombra y la única persona que conocía los verdaderos orígenes del Vengador Oscuro. Criminólogo dedicado a la reforma penitenciaria, Farrow estableció una prisión privada en una isla del Caribe, secretamente financiado por la Sombra. Cuando «Diamante» Bert Farwell, el primer enemigo de La Sombra, volvió a amenazar al mundo, el Amo de la Oscuridad amplió su organización y dos de los ayudantes de Farrow fueron empleados por La Sombra. Tapper, un ladrón de cajas fuertes reformado, era un mago de las cerraduras. Hawkeye, un pequeño y encorvado elemento del hampa, era inigualable como rastreador, capaz de seguir una pista en el corazón del crimen organizado. «Hawkeye entraba siempre muy decidido por cualquier puerta como si tuviera allí algún asunto pendiente. El problema o quizás su gran habilidad era que siempre se las arreglaba para abrir la puerta equivocada. Parecía buscar continuamente algo, no a nadie en especial y por eso tal vez nadie sospechaba que le seguían. Frecuentemente actuaba junto a Cliff Marsland en casos turbios del hampa. Para ayudar en la lucha contra «Diamante» Bert Farwell, Harry Vincent reclutó otros nuevos agentes al servicio de La Sombra. Pietro sirvió como vigía, trabajando de obrero como tapadera, mientras el gigante africano, Jericho Druke, probó ser un buen refuerzo en casos en que se necesitaba su hérculea fuerza. Moe Shrevnitz (Shrevvy para los amigos) fue alistado por Vincent después que La Sombra salvara la vida del hábil taxista. Ansioso por reparar la deuda, Shrevvy se convirtió pronto en el más útil de los nuevos agentes. Su pericia al volante y el conocimiento de las calles de Nueva York le daban ventaja en cualquier persecución de coches. Moe se encargaba de conducir a La Sombra y a sus agentes a la «escena del crimen» y, a veces, contactaba él mismo con posibles aliados. Moe Shrevnitz compartió ocasionalmente sus funciones con Chance Labrue, un temerario piloto de feria cuyas acrobacias al volante salvarían a La Sombra y sus agentes en más de una ocasión. El Dr. Roy Tam era amigo personal de La Sombra y un líder progresista de la comunidad chino-americana. Su apoyo y recursos fueron incalculables cuando actividades criminales llevaron al Vengador Oscuro al hampa de Chinatown y a su enfrentamiento con su gran némesis, Shiwan Khan. En esas ocasiones La Sombra contó con los servicios de Myra Reldon, una agente secreta del Departamento de Justicia. Myra se disfrazaba con maquillaje para aparecer como su alter ego, Ming Dwan y moverse así de incógnito entre la comunidad china. Habiendo pasado muchos años en el Oriente, hablaba el chino y conocía sus costumbres, convirtiéndose en una perfecta agente de La Sombra. Durante un crucero por el Caribe, Margo Lane se vió envuelta en un romance con Lamont Cranston, el millonario play boy que permitía a La Sombra «borrar» durante un tiempo su identidad en su guerra contra el crimen. «¿ Querrá unirse a tí después de que acabemos el viaje?» se preguntaba Cranston hablando con su sombrío otro yo. «Naturalmente ella te ha confundido conmigo. A mi me pasa a veces lo mismo. Pero nos será útil». «Muy útil», añadió La Sombra. «Cuando llegue el momento, sabré cómo hacer para que Margo ayude.» Aunque resultó más un obstáculo que una ayuda en sus primeros casos, la bella y morena dama se convirtió más tarde en un valioso agente, capaz de infiltrarse fácilmente entre el ambiente de la alta sociedad. Bajo el liderazgo de su oculto amo, los agentes de La Sombra constituyeron un pequeño pero efectivo ejército contra las fuerzas del crimen. El Hombre de Bronce Una Aventura de Doc Savage por Kenneth Robeson (primeros capitulos) Capítulo 1 EL SINIESTRO -------------------------------------------------------------------------------- La muerte permanecía de pie en la oscuridad. Reptaba furtivamente por una viga metálica. A centenares de pies por debajo, se alzaba una mescolanza de muros de cristal y ladrillos...las calles de Nueva York. Allá abajo, los últimos trabajadores regresaban a su hogar. La mayoría llevaba paraguas, y no se les habría ocurrido mirar hacia arriba. Incluso si hubiesen mirado, probablemente no habrían notado nada. La noche era tan oscura como una caverna de murciélagos. La lluvia caía monotonamente. El cielo encapotado parecía oprimir la cima de los altos edificios. Un rascacielos se hallaba en construcción. Estaba completado hasta la planta dieciocho. Algunas oficinas estaban ya en uso. Por encima de la planta dieciocho, una torre de observación ornamental se alzaba ciento cincuenta pies más. La estructura metálica estaba terminada, pero los albañiles aún no habían comenzado a cubrirla. Los pórticos se asemejaban a un esqueleto de metal. Las vigas desnudas componían un bosque siniestro. Era en este bosque donde la Muerte se hallaba. La Muerte era un hombre. Parecía tener la habilidad de un gato encontrando su camino en la oscuridad. Hacia arriba, trepaba. Las vigas estaban resbaladizas, traicioneras, por la lluvia. La marcha del hombre era lenta, en su vil propósito. De cuando en cuando, mascullaba extrañas, cloqueantes palabras. ¡Una oración de odio! Un catedrático de idiomas se habría perdido intentando identificar la jerga que el hombre hablaba. Un profundo estudioso habría podido identificar el dialecto. Su conclusión sería difícil de creer, pues las palabras eran las de una raza perdida, ¡El idioma de una civilización desaparecida hace mucho tiempo! "¡Él debe morir!" canturreó ásperamente el hombre en su extraña lengua. "¡Está decretado por el Hijo de la Serpiente-Emplumada! ¡Esta noche! ¡Esta noche la muerte golpeará!" Cada vez que mascullaba su letanía de odio, el hombre echaba un vistazo al objeto que portaba cerca del pecho. Este objeto era una caja, negra, forrada de piel. Tenía cuatro pulgadas de ancho por cuatro pies de largo. "¡Esto le llevará la muerte!" susurró el hombre, apretando la caja negra. La lluvia le golpeaba. El espacio metálico quedaba atrás. Un paso en falso sería su muerte. Ascendía escalando yarda tras yarda. La mayoría de las chimeneas que los Neoyorquinos llaman edificios de oficinas se habían vaciado de sus moradores diarios. Sólo se vislumbraba algún ocasional punto de luz en algún despacho. El laberinto de vigas y pilares desconcertó al acechante por un momento. Tanteó una viga maestra desconfiadamente. El balanceo duró un mero instante, pero descubrió una cosa extraordinaria en las manos del hombre. ¡El final de sus dedos era de un rojo brillante! Parecían haber sido sumergidos al menos una pulgada en un tinte escarlata. El hombre de dedos rojos ascendió hasta una plataforma de trabajo. El entrevigado era muy estrecho. La plataforma estaba cerca del exterior de esa selva de metal. El hombre asió su caja negra. En su bolsillo interior le acompañaban unos compactos, poderosos binoculares. Mirando a la recepción de un rascacielos a muchos bloques de distancia, el hombre de dedos púrpura enfocó sus anteojos. Comenzó a contar hacia arriba. El edificio era uno de los más altos de New York. Un larguísimo espolón de acero y ladrillo, que se elevaba casi un centenar de plantas. En la planta ochenta y seis, el hombre siniestro detuvo su cuenta. Sus anteojos se movieron de izquierda a derecha hasta que halló una ventana iluminada. Era en la esquina oeste del edificio. Solo ligeramente emborronados por la lluvia, los poderosos binoculares escrutaron el interior de la habitación. La ancha y pulida coronación de una enorme y exquisitamente trabajada mesa se alzaba directamente ante la ventana. ¡Más allá se hallaba la figura de bronce! Parecían ser la cabeza y hombros de un hombre esculpidos en bronce macizo. Era una vista sobrecogedora, aquel busto de bronce. Las lineas de los rasgos, la frente inusualmente alta, la boca, móvil y musculada, pero no demasiado llena, las enjutas mejillas, denotaban una fuerza de carácter rara vez vista. El bronce del pelo era un poco más oscuro que el bronce de los rasgos. El peinado era recto, y acababa apretadamente, como un casco de metal. Un genio en escultura debía haberlo tallado. Lo más increible de todo eran los ojos. Brillaban como estanques de oro flameante cuando la pequeñas luces de la lámpara de la mesa se reflejaban en ellos. Incluso a esa distancia parecían ejercer una influencia hipnótica incluso a través de las poderosas lentes binoculares, una cualidad que podía causar la vacilacion del más tenaz individuo. El hombre de los dedos teñidos de rojo se estremeció. "¡Muerte!" masculló, como si hubiera estado a punto de sucumbir ante la apaciguadora cualidad de aquellos extraños ojos dorados. "El Hijo de la Serpiente Emplumada ha ordenado. ¡Será su muerte!" Abrió la caja negra. Unos sordos chasquidos metálicos sonaron mientras unía las distintas partes del objeto que había dentro. Tras ello, pasó sus manos amorosamente por el objeto. "¡El instrumento del Hijo de la Serpiente Emplumada!" entonó. "¡Traerá la muerte consigo!" Una vez más, acercó los binoculares a sus ojos y los enfocó a la asombrosa estatua de bronce. La obra maestra de bronce abrió la boca, bostezó...¡Pues no era una estatua sino un hombre vivo! El hombre de bronce mostró unos blancos y fuertes dientes al bostezar. Sentado allí, en el inmenso despacho, no parecía ser un hombre alto. Un observador habría dudado en suponerle seis pies de altura... y se habría quedado atónito al descubrir que pesaba cada onza de sus doscientas libras. El gran hombre de bronce estaba tan bien proporcionado que su impresión no era de tamaño, pero sí de poder. La masa de su gran cuerpo quedaba olvidada tras la suave simetría de una constitución increiblemente poderosa. Este hombre era Clark Savage, Jr. ¡Doc Savage! ¡El hombre cuyo nombre se había convertido en una contraseña en los más recónditos rincones del mundo! Aparentemente ningún sonido había entrado en la sala. Pero el gran hombre de bronce se levantó de la silla. Fue hacia la puerta. La abrió con una mano de largos dedos. Sus enormes tendones eran como cables cubiertos bajo una fina capa de laca de bronce. La extraordinaria habilidad auditiva de Doc Savage era ya famosa. Cinco hombres estaban saliendo del elevador, que acababa de llegar silenciosamente. Aquellos hombres se dirigieron hacia Doc. Había algo salvaje en sus maneras. Pero por alguna solemne razón, no irrumpieron con ruidosos saludos. Era como si Doc arrastrara un gran pesar, y ellos sintieran una profunda empatía hacia él, pero no supieran cómo expresarlo. El primero de los cinco hombres era un gigante que sobrepasaba los seis pies y cuatro pulgadas. Pesaba sus doscienta cincuenta libras. Su rostro era severo, su boca delgada y hosca, y torvamente apretada, como si acabara de emitir el típico sonido de desaprobación, "¡Tsk tsk!". Sus maneras tenían un aire puritano. Era "Renny," o el Coronel John Renwick. Sus brazos eran enormes, sus puños monstruosidades óseas. Su acto favorito era golpear sus grandes puños contra el sólido panel de una puerta pesada. Era conocido además, en todo el mundo, debido a sus avances en ingeniería. Tras Renny vino William Harper Littlejohn. Muy alto, muy pálido, Johnny llevaba gafas con una peculiar y delgada lente sobre el ojo izquierdo. Parecía un medio-desnutrido, estudioso científico. Era probablemente, uno de los mayores expertos vivientes en geología y arqueología. El siguiente era el Mayor Thomas J. Roberts, apodado "Long Tom". Long Tom era físicamente el más débil de la panda, delgado, no muy alto, y con una piel de apariencia no muy saludable. Era un mago de la electrónica. "Ham" seguía a Long Tom. El "Brigadier General Theodore Marley Brooks," Ham era el hombre designado en ocasiones formales. Escurridizo, agudo, de movimientos rápidos, Ham parecía lo que era - una mente rápida y posiblemente el más astuto abogado que jamás salió de Harvard. Llevaba un liso bastón negro... no iba nunca a ninguna parte sin él. Era, entre otras cosas, un bastón con estilete. Por último entró el más significativo personaje de todos. Sobrepasaba los cinco pies de alto en solo unas pocas pulgadas, pesaba algo más de doscientas sesenta libras. Tenía la constitución de un gorila, sus brazos seis pulgadas mayores que sus piernas, un pecho más grueso que ancho. Sus ojos estaban tan metidos en las cuencas que parecían unas plácidas estrellitas reflejándose en un pozo. Sonrió con una boca tan grande que parecía un accidente. "¡Monk!" ¡Ningún otro nombre encajaba mejor con él! Era el Teniente Coronel Andrew Blodgett Mayfair, pero escuchaba su nombre completo en tan contadas ocasiones que incluso había olvidado cómo sonaba. Los hombres entraron en la suntuosamente amueblada sala de recepción de la suite. Tras el primer saludo, estaban silenciosos, incómodos. No sabían qué decir. El padre de Doc Savage había fallecido en extrañas circunstancias desde la última vez que vieron a Doc. El venerable Savage había sido conocido en todo el mundo por su porte imponente y sus buenas obras. En su juventud, había amasado una tremenda fortuna para un propósito. Dicho propósito era ir de aquí para allá, de un confín a otro del mundo, buscando emoción y aventuras, esforzándose en ayudar a aquellos que lo necesitaran, castigando a quienes lo merecieran. A ese credo había dedicado su vida. Su fortuna había devenido a prácticamente nada. Pero en su quiebra, su influencia se había incrementado. Era increiblemente extensa, un legado apropiado a este hombre. Aunque mayor aún era la herencia que había dado a su hijo. No en pecunio, pero sí de entrenamiento, hasta llevar a donde estaba ahora, su carrera de aventuras y de enderezar entuertos. Clark Savage, Jr., había sido aleccionado desde la infancia para convertirse en el supremo aventurero. Acababa Doc de aprender a caminar, cuando su padre comenzó a imponerle la rutina de los ejercicios que aún practicaba. Dos horas todos los días, Doc ejercitaba intensivamente todos sus músculos, sus sentidos, y su mente. Como resultado de estos ejercicios, Doc poseía una fuerza sobrehumana. Aunque no había nada de magia en ello. Doc, sencillamente, había cultivado intensivamente la totalidad de su musculatura durante toda su vida. El entrenamiento mental de Doc había comenzado con medicina y cirugía. Se había ampliado para incluir todas las artes y las ciencias. De manera que Doc podía fácilmente superar al simiesco Monk a pesar de su gran fuerza, y superándole además en el campo de la química. Y lo mismo podía aplicarse a Renny, el ingeniero; Long Tom, el mago de la electrónica; Johnny, el geólogo y arqueólogo; y Ham, el abogado. Doc había sido bien entrenado para este trabajo. Un profundo pesar caía sobre los cinco amigos de Doc. El anciano Savage había estado muy cercano a sus corazones. "La muerte de tu padre... fue hace tres semanas," dijo por fin Renny. Doc asintió lentamente. "Así lo he leido en los periódicos al regresar hoy." Renny dudó, buscando las palabras, diciendo finalmente: "Intentamos encontrarte de todas las maneras. Pero te habías evaporado... como si no te encontraras sobre la faz de la tierra." Doc miró a la ventana. Había tristeza en sus ojos dorados. Capítulo 2 UN MENSAJE DESDE LA MUERTE -------------------------------------------------------------------------------- La lluvia cubría de agua por completo, la cara exterior del cristal de la ventana. A lo lejos, pálidas en la húmeda oscuridad, brillaban las luces de las calles. Sobre el río Hudson, un vapor hacía sonar su sirena de niebla. Aquel sonido de aviso se oía claramente en el interior de la habitación. Algunos bloques más allá, el rascacielos en construcción se erguía como una pila tenebrosa, coronada por un arácnido laberinto de vigas metálicas. De él sólo se distinguía un vago contorno. Era imposible, por supuesto, percibir a aquel extraño sirviente de la muerte de dedos púrpura en esa selva de metal. Doc Savage dijo lentamente: "Estaba muy lejos cuando mi padre murió." No explicó dónde había estado, ni mencionó su "Fortaleza de la Soledad," su refugio construido en una isla rocosa en lo más profundo de las regiones árticas. Allí había estado. Era a este lugar al que Doc se retiraba periódicamente para ponerse al día de los últimos avances en ciencia, psicología, medicina, e ingeniería. Ese era el secreto de su universal sabiduría, pues sus períodos de concentración eran largos e intensos. La Fortaleza de la Soledad había sido una recomendación de su padre. Y nadie en la tierra conocía la localización de su retiro. Una vez allí, nada podía interrumpir los estudios y experimentos de Doc. Sin apartar sus dorados ojos de la ventana mojada, Doc preguntó: "¿Hubo algo extraño en la muerte de mi padre?" "No estamos seguros," musitó Renny, y sus delgados labios adquirieron una expresión ominosa. "¡Yo, por lo menos, sí lo estoy!" increpó Littlejohn. Asentó más firmemente sobre su nariz las gafas con la lente izquierda extremadamente delgada. "¡A que te refieres, Johnny?" preguntó Doc Savage. "¡Me encuentro positivamente seguro acerca de que tu padre fue asesinado!" la palidez de Johnny, su aspecto de científico estudioso, le conferían una expresión profundamente seria. Doc Savage se giró lentamente de la ventana. Su rostro de bronce no había cambiado su expresión. Pero bajo su formal chaqueta marrón, sus músculos se tensaron ensanchando sus brazos varias pulgadas. "¿Por qué dices eso, Johnny?" Johnny vaciló. Su ojo derecho se veló, el izquierdo permaneció ampliamente abierto tras la delgada lente. Se encogió de hombros. "Solo una corazonada," admitió, luego añadió, casi gritando: "¡Tengo razón! ¡Sé que la tengo!" Ese era el estilo de Johnny. Tenía una fe absoluta en lo que él llamaba sus corazonadas. Y la gran mayoría de las veces tenía razón. En ocasiones cuando se equivocaba, entonces, se equivocaba de verdad. "¿Qué causó exactamente la muerte, según los médicos?" preguntó Doc. La voz de Doc era baja, apacible, pero una voz capaz de alcanzar un gran volumen y de cambiar su tono. Renny respondió a esto. La voz de Renny era como un trueno restallando en una caverna. "Los doctores no lo sabían. Era algo nuevo para ellos. Tu padre se derrumbó con unas sospechosas manchas rojas en el cuello. Y duró solo un par de días." "Realicé todas las pruebas químicas posibles, intentando encontrar si era veneno o gérmenes o qué podía haber causado las marcas rojas," añadió Monk, abriendo y cerrando lentamente sus enormes, y encarnados puños. "¡Y no encontré nada!" Monk parecía decepcionado. Su baja frente aparentemente no parecía tener sitio para una generosa masa cerebral. En realidad, Monk era, de hecho el más ampliamente conocido químico de America. Era un Houdini de los tubos de ensayo. "¡No hay hechos en los que podamos basar esas sospechas!" apuntó Ham, el astuto abogado de Harvard cuya rápida mente le había convertido en brigadier general en la Guerra Mundial. "Pero de todos modos, sospechamos." Doc Savage recorrió abruptamente la sala en dirección a una caja fuerte de acero. Era una gran caja fuerte, elevándose por encima de su hombro. La mostró abierta. Al instante se hizo evidente que un explosivo había hecho saltar la cerradura de la caja. Una exclamación de sorpresa se elevó en toda la habitación. "La encontré así al volver," explicó Doc. "Puede que tenga conexión con la muerte de mi padre. Puede que no." Los movimientos de Doc eran rítmicos cuando regresó y se apoyó en una esquina de la gran y ornamentada mesa ante la ventana. Sus ojos observaron lentamente la ricamente amueblada oficina. Había otra oficina que comunicaba con ésta, mayor aún, que contenía una amplia librería técnica, tan completa que no tenía precio. Pegado a ella se encontraba la vasta sala laboratorio, repleta de aparatos para experimentos químicos y eléctricos. Estos eran todos los bienes terrenales que el anciano Savage le había dejado. "¿Qué es lo que te reconcome, Doc?" preguntó el gigantesco Renny. "Todos recibimos tu recado para venir aquí esta noche. ¿Porqué?" Los extraños ojos dorados de Doc Savage excrutaron a los reunidos; desde Renny, cuyo conocimiento de ingeniería en todas sus ramas era profundo, hasta Long Tom, que era un brujo de la electrónica, hasta Johnny, cuyas fuentes de información acerca de la estructura de la tierra y de las ancestrales razas que lo habían habitado eran extremadamente vastas, hasta Ham, el inteligente abogado de Harvard y rápido pensador, y finalmente a Monk, quien, a pesar de su aspecto de gorila, era un gran químico. En esos cinco hombres, Doc sabía que tenía cinco de las más grandes mentes que jamás se reunieron en un grupo. Cada uno de ellos sólo era sobrepasado en su campo por un solo hombre - el mismo Doc Savage. "Creo que podréis suponeros por qué estais aquí," dijo Doc. Monk juntó sus peludas manos. De los seis hombres presentes, la piel de Monk era la única que tenía cicatrices. La piel de los demás no tenía marca alguna de su pasado aventurero, gracias a la increible habilidad de Doc de curar las heridas sin dejar cicatrices. Pero Monk no. Su aspero perfil, como esculpido en hierro estaba tan marcado de grises cicatrices que parecía como si una bandada de gallos se hubieran peleado encima. Esto era debido a que Monk rehusó que Doc le tratara. Monk se enorgullecía de su aspecto rudo. "Nuestro gran trabajo está a punto de comenzar, ¿Eh?" dijo Monk, muy satisfecho de su voz suave. Doc asintió. "El trabajo al que dedicaremos el resto de nuestras vidas." Tras esa declaración, una gran satisfacción apareció en el rostro de todos los presentes. Mostraban impaciencia por lo que iba a acontecer. Doc apoyó una pierna en la esquina de la mesa. Confiadamente - pues nada sabía del asesino de dedos rojos que acechaba en el lejano rascacielos en construcción - Doc había situado su espalda fuera de la línea de la ventana. De hecho, desde que los hombres habían entrado, no había estado ni una vez alineado con ella. "Primero regresamos juntos de la guerra," dijo a los cinco lentamente. "A todos nos gustaba la emoción. Se metió en nuestra sangre. Cuando regresamos, descubrimos que la monótona vida del hombre ordinario no estaba hecha para nosotros. Así que añorábamos algo más." Doc mantenía su atención absoluta, como si los hubiera hipnotizado. Innegablemente, este hombre de ojos dorados era el líder del grupo, además del líder de cualquier actividad que emprendiera. Su persona denotaba un sereno conocimiento de todas las cosas, y una habilidad para controlarse a sí mismo bajo cualquier condición. "Movidos por la mutua admiración hacia mi padre," continuó Doc, "decidimos seguir su trabajo allí donde se había visto forzado a dejarlo. Comenzamos a la vez a entrenarnos para dicho propósito. Es la causa para la que me he preparado desde la infancia, pero vosotros, amigos, por amor a la aventura y a la emoción, deseasteis uniros a mi." Doc Savage se detuvo. Miró a sus compañeros. Uno a uno, en la suave luz de la espléndidamente amueblada oficina, una de las pocas evidencias que persistían de la fortuna que una vez perteneció a su padre. "Esta noche," se alzó solemnemente, "nos haremos cargo de los ideales de mi padre - ir aquí y allí, de un confín a otro del mundo, buscando emoción y aventuras, esforzándonos en ayudar a quienes lo necesiten, y castigando a quienes lo merezcan." Hubo un solemne silencio tras la impresionante locución. Fue Monk, por ser quien era, quien rompió el silencio. "Lo que me escama es quién forzó la caja fuerte, y por qué?" murmuró. "Doc, ¿podría tener alguna relación con la muerte de tu padre?" "Podría, desde luego," explicó Doc. "El contenido de la caja ha sido vaciado. No se si mi padre tenía algo importante en ella. Pero sospecho que si." Doc extrajo una hoja doblada del interior de su chaqueta. La mitad inferior del papel estaba quemada, era evidente por los bordes chamuscados. Doc continuó hablando. "Encontrar esto en una esquina de la caja me indujo a pensarlo. La explosión que abrió la caja, destruyó obviamente la parte inferior del papel. Y el ladrón probablemente no se fijó en el resto. ¡Leed aqui!" La acercó a los cinco hombres. La hoja estaba cubierta con la fina, casi perfecta caligrafía del padre de Doc. Todos reconocieron su letra al instante. Decía así: CLARK: hay muchas cosas que debo decirte. En toda tu vida, jamás hubo una ocasión en la que deseara tanto que estuvieras aquí. Te necesito, hijo, pues han ocurrido muchas cosas que me indican que mi último viaje está a punto de comenzar. Encontrarás que no he podido dejarte gran cosa en cuanto a bienes materiales. Tengo, de todos modos, la satisfacción de saber que viviré en ti. Te he desarrollado desde tu niñez hasta el tipo de hombre en el que te has convertido, y no he escatimado tiempo ni dinero para hacerte el hombre que pensaba debías ser. Todo cuanto he hecho por tí ha sido con el propósito de que te encontraras capaz de asumir el trabajo que con tantas esperanzas comencé, y al cual, en estos pocos últimos años, me ha sido imposible hacer frente. Si no vuelvo a verte, antes de que esta carta esté en tus manos, deseo asegurarte que no aprecio el hecho como una falta de devoción filial. Que hayas estado ausente tanto tiempo, ha sido una secreta fuente de gratificación para mi, pues tu ausencia te ha hecho, lo sé, más auto-suficiente y capaz. Es todo cuanto deseaba para tí. Ahora, en cuanto al legado que estoy a punto de dejarte: Lo que voy a darte puede resultar una herencia dudosa. Puede ser un legado de dolor. Puede, incluso, resultar una herencia que te destruya si intentas capitalizarla. Por otra parte, puede permitirte hacer muchas cosas por aquellos que no son tan afortunados como tu, y ser, de ese modo, una ayuda para realizar tu trabajo de hacer el bien. Aquí está la información general concerniente a ello: Hará unos veinte años, en compañía de Hubert Robertson, fui a una expedición a Hidalgo, en Centroamérica, para investigar los informes de una prehistórica... " Aquí terminaba la misiva. Las llamas habían consumido el resto. "¡Lo que hay que hacer es encontrar a Hubert Robertson!" apuntó el sagaz Ham. Elegantemente, con movimientos rápidos, se acercó al teléfono, y lo descolgó. "Conozco el número de teléfono de Hubert Robertson. Está conectado con el Museo de Historia Natural." "¡No le encontrarás!" dijo Doc secamente. "¿Por qué no?" Doc abandonó la mesa y se detuvo ante el gigantesco Renny. Sólo entonces podía uno darse cuenta de lo grande que era Doc. Ante Renny, Doc era como dinamita ante la polvora. "Hubert Robertson ha muerto," explicó Doc. "Murió de la misma cosa que mató a mi padre... una misteriosa enfermedad que comenzó a manifestarse con la aparición de manchas rojas. Y murió casi al mismo tiempo que mi padre." La delgada boca de Renny se estrechó aún más. La amargura parecía asentarse en su rostro alargado. Parecía un hombre tan disgustado por la maldad del mundo que era incapaz de gritar. Extrañamente contenido, ese aspecto solemne denotaba que Renny estaba comenzando a interesarse. Cuando peor estaban las cosas, mejor funcionaba Renny y más puritano parecía. "¡Eso desvanece nuestras posibilidades de averiguar algo acerca de la herencia que te dejó tu padre!" murmuró. "No del todo," corrigió Doc. "¡Esperad un momento!" Caminó a través de otra puerta, cruzó la sala cubierta de los volúmenes de la gran biblioteca técnica de su padre. Atravesó una segunda puerta, y accedió al laboratorio. los delgados recipientes de productos químicos se alzaban sobre el suelo como árboles en un bosque. Había generadores eléctricos, tubos de vacío, aparatos de rayos, microscopios, retortas, dispositivos eléctricos, todo cuanto pudiera esperarse en semejante laboratorio. De una alacena, Doc extrajo una caja metálica con un aspecto semejante a una anticuada linterna mágica. Las lentes, en lugar de ser de cristal óptico ordinario, era de un púrpura oscuro, casi negro. Tenía un cable que lo conectaba a la corriente eléctrica. Doc llevó el objeto hasta la sala en la que esperaban los cinco hombres, lo situó en un estante, enfocando las lentes a la ventana. Conectó el cable a la corriente eléctrica. Tras poner el aparato en funcionamiento, dejó la caja de metal y se giró hacia Long Tom, el mago de la electricidad. "¿Sabeis lo que es esto?" "Desde luego." Long Tom se pellizcó ausentemente una oreja que era demasiado grande, demasiado delgada y demasiado punteaguda. "Es una lámpara de rayos ultravioleta, conocida comunmente como luz negra. Los rayos son invisibles al ojo humano, pues son más suaves que la luz ordinaria, pero muchas substancias al exponerse a la luz negra brillarán, o se mostrarán fosforescentes, como pintados con pintura luminosa. Ejemplos de dichas sustancias son ordinariamente vaselina, quinina..." "Es suficiente," interrumpió Doc. "Si mirais a la ventana a la que lo he apuntado.... ¿Veis algo inusual en ella?" Johnny, el pálido arqueólogo y geólogo, avanzó hacia la ventana, quitándose las gafas de camino. Se dejó la delgada lente de su ojo izquierdo, y la situó en el derecho inspeccionando la ventana. En realidad, el lado izquierdo de las gafas de Johnny era una lente de aumento de extremada potencia. Su trabajo a veces requería una lupa, así que llevaba una en su ojo izquierdo, que era virtualmente inservible debido a una herida recibida en la Guerra Mundial. "¡No encuentro nada!" declaró Johnny. "¡No hay nada inusual cerca de la ventana!" "Espero que te equivoques," dijo Doc sobriamente, con su increiblemente modulada voz. "pero no podrías ver lo que hay escrito en esa ventana, aunque hubiera algo. La sustancia que mi padre perfeccionó para dejar mensajes secretos es absolutamente invisible. Pero se muestra bajo la luz ultravioleta." "Quieres decir..." murmuró el peludo Monk. "Que mi padre y yo nos dejábamos a menudo notas en esta ventana," explicó Doc. "¡Mirad!" Doc cruzó la sala, un hombre grande, dinámico, ligero de pies como un gato, y apagó las luces. Regresó a la caja de luz negra. Su mano, delicada pese a sus enormes tendones, encendió el interruptor del aparato. Al instante, aparecieron palabras escritas en el oscuro cristal de la ventana. Brillando con un luminoso, eléctrico azul, el efecto de su súbita aparición fue asombroso. ¡Y sólo un segundo despues ocurrió algo terrible! Una bala destrozó el cristal en cientos de fragmentos, desvaneciendo el mensaje de luz azul antes de que pudieran leerlo. ¡La bala pasó atravesando enteramente la puerta abierta de la caja fuerte! Se incrustó en el fondo de la caja. La sala quedó en silencio. ¡Un segundo, dos! Nadie se había movido. Y entonces se oyó un sonido nuevo. Era un sonido bajo, suave, agudo, como el canto de algún extraño pájaro de la jungla, o el sonido del viento filtrándose en un bosque tropical. Era melodioso, aunque no tenía tono; y era inspirado, aunque no hermoso. El asombroso sonido tenía la peculiar cualidad de parecer venir de cualquier parte de la sala en lugar de un sitio en concreto, como producido por un estremecedor tipo de ventriloquía. Una calma intencionada cayó sobre los cinco hombres de Doc Savage al oir ese sonido. Sus respiraciones se hicieron menos rápidas, sus mentes más alerta. Pues este misterioso sonido era parte de Doc - algo pequeño, inconsciente que hacía en momentos de extrema concentración. Para sus amigos suponía tanto un grito de batalla como una canción de triunfo. Podía escucharse, superpuesto a sus labios, cuando se concretaba un plan de acción, precediendo a un golpe maestro que resolviera un enigma. Podía venir en medio de un torbellino, cuando las posibilidades estaban en contra, cuando todo parecía perdido. Y con el sonido, una nueva fuerza les envolvía, y cambiaban las tornas. Y, de nuevo, podía venir cuando algún miembro aislado del grupo, solo y atacado, hubiera agotado su última esperanza de superviviencia. Entonces, ese sonido comenzaría a escucharse, de algún modo, y la víctima sabía que la ayuda estaba al caer. El susurrante sonido era un signo de Doc, y de seguridad, de victoria. "¿Alguien le ha visto?" preguntó Johnny, y pudo escucharse cómo aseguraba sus gafas en su huesuda nariz. "Nadie," dijo Doc. "Arrastrémonos por el suelo, hermanos, arrastrémomonos. Por su sonido...¡no es una bala de rifle ordinaria!" En ese instante, una segunda bala se incrustó en la habitación. Llegó, no a través de la ventana, ¡sino a través de varias pulgadas de ladrillo y mortero que componían el muro! Los fragmentos quedaron esparcidos sobre la delgada alfombra. Capítulo 3 EL ENEMIGO -------------------------------------------------------------------------------- DOC Savage fue el último de los seis en entrar en la habitación de al lado. Pero estaba dentro en menos de diez segundos. Se movían con asombrosa rapidez, estos hombres. Doc cruzó velozmente la biblioteca. La ligereza con la que atravesó la oscuridad, sin golpear un sólo artículo o mueble, demostraba la capacidad de sus sentidos. Ni un gato de la jungla lo habría hecho mejor. Unos lujosos binoculares reposaban en un escritorio, un rifle de caza de gran potencia, en una alacena de esquina. En pocos segundos, Doc los tenía, y estaba en la ventana. Observó, esperó. Ningún disparo siguió a los dos primeros. Cuatro minutos, cinco, Doc escrutaba la noche con los binoculares. Se detuvo en cada ventana de oficina a la vista, y había cientos. Escrutó la estructura, similar a la tela de una araña, de la torre de observación del rascacielos en construcción. La oscuridad cubría el laberinto de vigas, y no pudo discernir rastro alguno del hombre emboscado. "¡Se ha ido!" Concluyó Doc. Ningún movimiento o sonido siguió a sus palabras. Entonces, parte del paño de la ventana que había sido disparada, se derrumbó sobre el suelo. Los cinco hombres se pusieron en tensión, para después relajarse tras una suave llamada de Doc. Doc se había movido silenciosamente hacia el vacío de la ventana, y la observaba. Doc se hallaba tras la caja de seguridad; las luces se encendieron y los demás entraron. El cristal de la ventana estaba completamente esparcido sobre el suelo. Yacía en pedazos y astillas, sobre la lujosa alfombra. El mensaje que había comenzado a aparecer en ella, parecía destruido para siempre. "Alguien estaba vigilando ahí fuera," dijo Doc, sin demasiada procupación en su bien modulada voz. "Evidentemente, no consiguieron, como querían, tenerme a tiro a través de la ventana. Cuando apagamos las luces para mirar el mensaje de la ventana, pensaron que dejábamos el edificio. Así que probaron un par de disparos, a ver si había suerte." "¡La próxima vez, Doc, supón que ponemos cristal a prueba de balas en esas ventanas!" sugirió Renny, con el humor en su voz contradiciendo su adusto aspecto. "Seguro," dijo Doc. "¡La próxima vez! ¡Estamos en el piso ochenta y seis y aqui es habitual recibir disparos!" Ham emitió un sonido sarcástico. Se echó hacia delante, rápido como una avispa, y llegó a meter el brazo entero por el agujero que la bala había abierto en el muro de ladrillo. "Incluso aunque pusieras cristales a prueba de balas, ¡Tendrías que poner cuidado en quedarte en frente de ellos!" comentó secamente. Doc estudiaba el agujero en la puerta de la caja fuerte; no había nada de particular en el ángulo en el que había entrado el potente proyectil. Abrió la caja. La gran bala, aún intacta, estaba incrustada en el muro del fondo. Renny introdujo su gran brazo en la caja, agarrando la bala con sus dedos. Los gigantescos músculos de su brazo se tensaron mientras intentaba arrancarla. Sus manos, que alcanzaban la pulgada de grosor, con las cuales diseñaba con tanta facilidad, fueron desafiadas por el incrustado trozo de metal. "¡Vaya!" bufó Renny. "Este es un trabajo para un cincel y un taladro." Sin decir nada, simplemente como si quisiera ver si la bala estaba tan incrustada como decía Renny, Doc se acercó a la caja. Los grandes músculos que surgieron en su brazo desgarraron la manga de su chaqueta. Echó un vistazo arrepentido a su manga rota, y extrajo su brazo fuera de la caja. La bala yacía inofensiva en su palma. RENNY no habría parecido más asombrado ni aunque un diablo con cola de púas hubiera salido de la caja. La expresión de su cara puritana era ridícula. Doc pesó la bala en su palma. Sus párpados cubrieron sus ojos dorados. Parecía estar facilitando el funcionamiento de su prodigiosa mente ...y eso hacía. Estaba calculando el peso del proyectil hasta unos pocos gramos, con tanta precisión como la balanza de un químico pudiera pesarlo. "Setecientos cincuenta gramos," decidió, "Eso nos pone en un rifle nitro-Express de calibre .577. Probablemente el arma que disparó esto, era una de dos cañones." "¿Cómo te figuras eso?" preguntó Ham. Posiblemente el más astuto de los cinco amigos de Doc; el razonamiento de Doc había desconcertado hasta a Ham. "Sólo hubo dos disparos," aclaró Doc. "Además, los cartuchos de este tremendo tamaño suelen dispararse desde rifles para elefantes, de dos cañones." "¡Tenemos que hacer algo!" estalló Monk. "el tirador debe estar escapando mientras parloteamos!" "Probablemente ya ha huído, pues no he visto ni rastro de él con los prismáticos," replicó Doc. "¡Pero haremos algo, ahora mismo!" Con exactamente cuatro breves frases, cada una dirigida a Renny, Long Tom, Johnny, y Monk, Doc dió todas las órdenes que necesitaba. No explicó con detalle para qué servían. No era necesario. Meramente les dió una idea de lo que deseaba, y se pusieron a trabajr ordenadamente. Eran listos,estos hombres de Doc. Renny, el ingeniero, cogió una delgada regla del escritorio, un par de compases, algo de papel, y un poco de cuerda. Comprobó el ángulo en que la bala había pasado a través de la caja de seguridad, calculó expertamente el desvío que la ventana había, probablemente provocado. En menos de un minuto, tenía la cuerda alineada desde la caja de seguridad a un punto en medio de la ventana, y miraba más allá. "¡Quítate de enmedio, Long Tom!" dijo con impaciencia. "¡Haz el favor de esperarte!" se quejó Long Tom. Estaba ejecutando su propia tarea, y tan rápido como el ingeniero. Long Tom había hecho una rápida incursión en la librería y el laboratorio, recolectando cables y piezas de material eléctrico. Con un par de poderosas bombillas que había desenrroscado de sus casquillos, algo de hojalata, un espejo de bolsillo que cogió prestado a - curiosamente - Monk, Long Tom desarrolló un aparato para proyectar un delgado, pero extremadamente potente haz de luz. Añadió unas lentes de aumento, y las juntó con el monóculo de aumento de las gafas de Johhny hasta que obtuvo el efecto deseado. Long Tom enfocó su rayo de luz según la cuerda de Renny, localizando así con precisión, de entre la masa de rascacielos, el lugar de donde habían provenido los disparos. Mientras tanto, Johnny, con un ojo y unos dedos expertos tras años de recomponer restos de cerámica de antiguas ruinas, y huesos de monstruos prehistóricos, estaba volviendo a componer el destrozado cristal de la ventana. Una tarea que había llevado horas a un profesional, Johnny la realizó en minutos. Johnny dirigió el aparato de luz negra sobre el cristal. El mensaje en azul brillante, volvió a aparecer. ¡Intacto! Monk llegó bamboleándose del laboratorio. En las grandes y peludas manos que colgaban bajo sus rodillas, llevaba sendas botellas, herméticamente selladas. Contenían un fluido de un color desagradable. Monk, con la cantidad de fórmulas químicas que bailaban en su cabeza, había compuesto un gas con el que enfrentarse a sus oponentes, y con el que triunfarían fuera quien fuera quien había disparado. Era un gas que podía paralizar al instante a cualquiera que lo inhalara, pero los efectos eran solo temporales, y no dañinos. Todos se juntaron alrededor de la mesa en la que Johnny había reconstruido el cristal por sus fragmentos. Todos excepto Renny, que aún calculaba sus ángulos. Y cuando Doc enfocó la luz en el cristal, pudieron leer el mensaje que contenía: Papeles importantes bajo el ladrillo rojo - Antes de que el mensaje pudiera significar algo para ellos, Renny aulló su descubrimiento. "¡Es desde la torre de observación, en ese rascacielos sin terminar!," gritó. "¡Es de donde vino el disparo - y el tirador debe estar aún allí arriba!" "¡Vamos!" ordenó Doc, y los hombres se apresuraron al amplio, e iluminado corredor del edificio, derechos a los ascensores. Si notaron que Doc se retrasó un par de segundos, ninguno de ellos lo comentó. Doc siempre se ocupaba de realizar pequeñas cosas - cosas que más tarde acababan teniendo increibles consecuencias. Los hombres se apilaron en el ascensor abierto con una premura que dejó perplejo al pobre ascensorista. ¡No sería capaz de dormir en el trabajo el resto de la noche! Quejándose como un cachorro perdido, el ascensor descendió. En un adusto silencio, Doc y sus cinco amigos resultaban una curiosa colección de hombres. Impresionaron tanto al ascensorista que a punto estuvo de pasarse la planta baja y descender hasta el sótano, si Doc no hubiera agarrado los controles con su bronceada mano de largos dedos. Doc les guió trotando por el vestíbulo. Un taxi estaba aparcado en el bordillo, con el conductor dormido sobre el volante. Cuatro de los seis hombres entraron en el vehículo. Doc y Renny se agarraron al borde exterior del coche. "¡A Barney Oldfield!" se dirigió Doc al taxista. El conductor arrancó del bordillo como picado por una avispa. La lluvia golpeaba el fuerte y bronceado rostro de Doc, y su recto, cerrado cabello de bronce. Un hecho inusual se hizo evidente. La piel de broce y el cabello de Doc tenían la extraña cualidad de parecer impermeables al agua. No parecían mojados; se despojaba del agua como si tuviera piel de pato. Las calles estaban totalmente desiertas en esta zona comercial. Es posible que en la zona del distrito de los teatros hubiera algo de gentío. Los frenos emitieron un largo chirrido, el taxi se acercó al bordillo y se detuvo. Doc y Renny, al instante, corrían en dirección a la entrada del nuevo rascacielos. Los cuatro pasajeros salieron del interior del taxi como si éste fuera a explotar. Ham aún llevaba su liso bastón negro. "¡Mi dinero!" aulló el taxista. "¡Esperenos!" Le soltó Doc. En el vestíbulo del nuevo edificio, Doc gritó llamando al vigilante. No recibió respuesta. Estaba intrigado. Debería haber alguno por allí. Entraron en un ascensor, encaminándolo hacia el piso más alto. ¡Aún sin rastro del guardia! Ascendieron hasta un forjado en el que había cesado toda construcción excepto la estructura metálica. Allí encontraron al sereno. El hombre, un irlandés grandullón con mejillas tan gordas y sonrrojadas que parecían manzanas navideñas, estaba atado y amordazado. Se mostró agradecido cuando Doc le desató - pero bastante asombrado. Pues Doc, no perdió tiempo con los nudos, sino que liberó al irlandés simplemente arrancando las cuerdas con sus dedos, con tanta facilidad como si fueran hilos. "¡Vaya hombre!" masculló el irlandés. "¡Nunca había visto a nadie con una fuerza semejante!" "¿Quién te ató?" Preguntó Doc compellingly. "¿Qué aspecto tenía?" "¡Por mi fe que no lo sé!" declaró el hijo de Erin. "Nada ví ni escuché de él, excepto por una cosa. Los dedos de aquel hombre eran rojos en las puntas. ¡Como si los hubiera sumergido en sangre!" Camino de la selva de vigas metálicas, los seis hombres treparon. Dejaron abajo al irlandés, frotándose las rozaduras que las cuerdas le habían dejado, y hablando consigo mismo sobre un hombre que rompía sogas con sus dedos, y sobre otro hombre con las puntas de los dedos rojas. "¡Parece la altura correcta!" dijo el macilento Johnny, pegado a los talones de Doc. "Debió de disparar más o menos desde aquí." Johnny respiraba con rapidez. Alto, y de pobre aspecto, Johnny sin duda excedía a todos los demás, excepto a Doc, en resistencia. Era famoso por haber caminado firmemente durante tres días y tres noches, con sólo un pedazo de pan y una cantimplora de agua. Doc se desvió a la derecha. Había cogido una linterna de un bolsillo interior. No era como otras linternas, era una de las de Doc. No llevaba batería. Un delgado y poderoso generador, incrustado en el asa y accionado por un sólido resorte de relojería sustituían al habitual. Un giro del asa de la linterna accionaría el resorte, y proporcionaría luz para bastantes minutos. Un receptáculo especial llevaba bombillas de repuesto. No había muchas probabilidades de que la luz de Doc se esfumara. La linterna arrojó un haz de luz blanca. Descubrió una plataforma de trabajo de sólidos tablones. "¡El disparo se hizo desde aquí!" verificó Doc. Una viga de acero, de pocas pulgadas de grosor, resbaladiza por la humedad, ofrecía un breve paso hacia la plataforma. Doc corrió sobre ella, con el paso seguro de una araña de bronce sobre su tela. Sus cinco hombres, sabiendo que estarían jugando con la muerte al moverse sobre esas vigas a centenares de pies del suelo, decidieron dar un rodeo, y lo hicieron con cuidado. Doc había encontrado dos cartuchos vacíos sobre la plataforma, y los observaba cuando sus cinco amigos llegaron caminando sobre los tablones. "¡Un cañón!" engulló Monk, tras echar un vistazo al tamaño de los cartuchos. "No tanto," replicó Doc. "Son cartuchos para el rifle de elefantes del que te hablé. Y era un rifle de doble recámara el que usó el francotirador." "¿Por qué estás tan seguro, Doc?" preguntó el gran y solemne Renny. Doc señaló a la superficie entablada de la plataforma. Apenas visibles dos pequeñas marcas aparecían juntas. Ahora que Doc había llamado su atención sobre las marcas, los demás supieron que habían sido hechas por la boca de un rifle para elefantes de dos cañones, apoyado en las tablas por un instante. "Era un hombre pequeño," añadió Doc. "menor aún que Long Tom. Y más ancho." "¿Eh?" Esto era demasiado hasta para el astuto Ham. Pareciendo ignorar su gran tamaño, y la muerte segura que un paso en falso podría traerle, Doc se aprató del grupo y regresó por el atajo que había cogido antes. Señaló hacia una viga la cual, al estar cobijado por otra viga encima de ella, estaba seca por un lado. Pero había una mancha húmeda en el seco acero. "El francotirador la rozó con el hombro al pasar," explicó Doc. "Esto nos demuestra su altura. Y tambien que es ancho de hombros, ya que sólo un hombre de hombros anchos habría rozado la viga. Ahora... " Doc quedó repentinamente silencioso. Tan rígido como si fuera la escultura de bronce que parecía, se apoyó en la viga. Sus relucientes ojos dorados parecían brillar en la oscuridad. "¿Que es, Doc?" preguntó Renny. "Alguien ha encendido una cerilla...¡en la habitación donde nos han disparado!" Se interrumpió con un sonido explosivo. "¡Allí! ¡Ha encendido otra!" Doc agarró al instante los binoculares - se los había llevado de la oficina - de su bolsillo. Los apuntó hacia la ventana. Sólo obtuvo un vistazo fragmentado. La cerilla estaba a punto de apagarse. Sólo las yemas de los dedos del ladrón se veían con claridad. "Sus dedos...¡Las puntas son rojas!" voceó Doc nada más verlo. MONK: (Teniente Coronel Andrew Blodgett Mayfair) A pesar de su apariencia simiesca y su extraordinaria constitución, es uno de los mejores químicos del mundo. Su mascota es un cerdito llamado "Habeas Corpus" y su afición principal es gastar bromas pesadas a su amigo Ham (el cual se las devuelve con generosidad). HAM: (General de Brigada Theodore Marley Brooks) Es, según sus propias palabras, el hombre mejor vestido de América, y según su amigo Monk, "un leguyelo", "un petrimetre". En realidad es un mago de las leyes y las finanzas, además de un hombre de acción, letal con su bastón de estilete. Tiene un mono al que llama Quimico. RENNY: (Coronel John Renwick ) Un hombre sencillo, enormemente fuerte, con unos puños capaces de derribar cualquier puerta. Es uno de los mejores ingenieros del mundo, autor de los diseños innovadores de dirigibles, submarinos y autogiros que utiliza el grupo en su lucha contra el crimen. LONG TOM: (Mayor Thomas Roberts ) Un genio en el campo de la electronica. Pese a aparentar una constitucion debil, puede medirse con el oponente mas rudo. JOHNNY: (William Harper Little John ) Su pasion por la literatura le lleva a ser incapaz de expresarse con palabras de menos de cinco silabas. Es Experto en Geologia y Arqueologia. El erudito del grupo. PAT: (Patricia Savage): Patricia Savage es la prima guapetona de Doc Savage. Alta y esbelta, con el pelo color bronce, ama la aventura tanto como a su primito. Como es lógico, es la protagonista de las fantasías de los chicos, sobre todo de las de las del pobre Monk. Más que capaz de cuidar de sí misma, se unió Doc y a sus muchachos en muchas de sus aventuras, aunque a Doc no le hiciera mucha gracia. Pat es una increible atleta, y muy certera con el revolver de seis tiros que guarda en su bolso. tiene un salón de belleza - gimnasio en Nueva York. Es curiosa la enorme influencia que han ejercido estos personajes y su entorno en la generacion de futuros Heroes del comic. Debido a su perfeccion fisica e intelectual, el hombre de bronce solia ser mentado en la publicidad con el adjetivo SUPERMAN. Otro dato curioso a este respecto: Doc tiene en el artico, un retiro personal en el que se refugia para pensar y descansar, al que llama "La fortaleza de la soledad". Otro interesante homenaje: Doc y sus muchachos, un grupo heterogeneo en el que cada uno aporta su especialidad (y en el que algunos de sus miembros se estan tirando todo el dia los trastos a la cara : Monk y Ham) habitan en el ultimo piso (el 86) de un conocido rascacielos neoyorquino, donde tienen su base de operaciones y al que acude la gente a pedir ayuda. Los Cuatro Fantasticos de Stan Lee y Jack Kirby estaban formados por un grupo igual de heterogeneo (Si bien un poco mas reducido); dos de sus miembros, la Cosa y la Antorcha estaban todo el dia de trifulca, y tenian instalada su base de operaciones en los ultimos pisos del Edificio Baxter, donde todo el mundo sabia que habitaban. Curioso El verdadero nombre de Doc Savage, fue Clark Savage, Jr. Él era un médico, cirujano, científico, aventurero, inventor, explorador, investigador, y, como se revela en El tesoro Polar, un músico. Un equipo de científicos reunidos por su padre, entrenaron su mente y cuerpo a las capacidades casi sobrehumanas desde el nacimiento, dándole una gran fuerza y resistencia, una memoria fotográfica, un dominio de las artes marciales y un vasto conocimiento de las ciencias. Doc es también un maestro del disfraz y un excelente imitador de voces. Dent describe al héroe como una mezcla de las capacidades deductivas de Sherlock Holmes, destacan

0
1
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.