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Los sirvientes de Hitler
Los sirvientes de Hitler
InfoporAnónimo10/29/2013

Jesús Hernández rememora en su nuevo libro las espeluznantes actividades de cinco de los sirvientes más sanguinarios del Führer. Autor del libro Sadismo, crueldad, y, sobre todo, una frialdad imposible de entender. Sin duda, estos son los atributos que asaltan la mente cuando se piensa en los soldados que, a las órdenes de Hitler, jugaron con la vida de cientos de miles de personas durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, se quedan cortos a la hora de definir a insignes nazis como Amon Göth –un capitán de las SS que practicaba puntería a diario con los prisioneros del campo de concentración que dirigía- o Ilse Koch –acusada de fabricar lámparas con la piel de decenas de judíos-. Si algo ha demostrado la Historia, es que la brutalidad del ser humano puede ser infinita. A lo largo del tiempo se han ido diluyendo los crueles actos de infamia protagonizados por varios de estos alemanes que, sintiéndose privilegiados por portar la calavera de las SS, daban rienda suelta a sus más sádicas fantasías. Pero, en un intento de luchar contra este olvido, el historiador y periodista Jesús Hernández acaba de publicar «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» (editado por «Melusina»), una excelente obra en la que narra, entre otras cosas, las crueles prácticas llevadas a cabo por cinco de los oficiales más sanguinarios de Hitler durante el Holocausto. Así pues, Hernández nos transporta a un mundo -el de los campos de concentración- en el que la vida de un prisionero valía menos que la de un animal de compañía, y en donde, por muy extraño que parezca, la muerte no era el peor de los destinos. Y es que en estos recintos acechaban desde temibles seres enfundados en uniformes que gozaban torturando durante semanas -y hasta el último aliento de vida- a los cautivos hasta, incluso, extravagantes doctores nazis que practicaban inconcebibles y mortales experimentos en personas vivas. Tres señores de la muerte Uno de los primeros señores de la muerte que plasma Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» es Amon Göth, el popular comandante del campo de concentración de Plaszow (ubicado en Polonia) que fue retratado por Spielberg en la película «La lista de Schindler». Este cruel oficial vino al mundo en 1.908 y, con apenas 23 años –tan sólo 5 después de unirse a los nazis- se convirtió en miembro de las SS. Göth no tuvo que esperar mucho para poder demostrar su crueldad, de hecho, una de sus primeras oportunidades le llegó cuando tenía poco más de treinta años y recibió la orden de destruir el barrio judío que los alemanes habían creado en Cracovia. Así, corría 1.943 cuando acabó en plena calle, y junto a sus hombres, con la vida de más de 2.000 personas en tan sólo dos días y envió a campos de concentración y exterminio a otras 10.000. Pero por lo que se haría desgraciadamente famoso este nazi sería por dirigir con puño de hierro el campo de concentración de Plaszow durante más de dos años. Ese breve periodo de tiempo le valió para ganarse el apodo de «El verdugo» pues, entre otras cosas, gozaba golpeando a mujeres hasta la muerte o asesinando, al azar, a diferentes reos sólo por diversión. A su vez, consiguió que su nombre quedara rubricado en las páginas de la Historia por practicar puntería con un rifle de francotirador indiscriminadamente sobre los cautivos del lugar. Con todo, el autor también tiene tiempo, a lo largo de las 500 páginas que abarca su obra, para contar historias como la de Oskar Dirlewanger, el conocido con el sobrenombre del «Verdugo de Varsovia». «Nacido en la ciudad bávara de Wurzburgo en 1895, luchó en la Primera Guerra Mundial, siendo herido y condecorado. Tras la guerra, Dirlewanger se doctoró en Ciencias Políticas y en 1923 se afilió al partido nazi. Aunque trabajaba como maestro, su vida era muy desordenada; dado a la bebida y a los escándalos públicos, acabó condenado por violar a una menor en 1934, reincidiendo en cuanto salió en libertad. Sus contactos en las SS le rescataron y fue enviado a España, a luchar en la Legión Cóndor. En 1939 alcanzó una posición destacada en las SS, lo que le permitió continuar impunemente con sus tropelías», destaca Hernández en declaraciones a «ABC». «En 1940 se le encargó la creación de un batallón formado por cazadores furtivos convictos. La unidad acabó aceptando delincuentes acusados de delitos graves. En 1941 fue empleada en Rusia para luchar contra los partisanos, en donde sus miembros pudieron dar rienda suelta a sus impulsos criminales. El batallón fue enviado a la región de la ciudad polaca de Lublin, convirtiéndola en escenario de saqueos, incendios, asesinatos, violaciones y atrocidades sin límite. Los hombres de Dirlewanger también serían empleados en la represión del levantamiento de Varsovia en 1944, cometiendo aún mayores excesos, como la irrupción en un hospital en donde los pacientes fueron acribillados en sus camas y las enfermeras violadas y asesinadas. Al acabar la guerra, Dirlewanger fue capturado por los franceses, quienes lo entregaron a unos soldados polacos para que se tomasen cumplida venganza. Al parecer, éstos le torturaron durante varios días, acabando con su vida en torno al 4 de junio de 1945», sentencia el experto. Otro de los hombres a los que Hernández dedica un centenar de sus hojas es al sanguinario Josef Mengele, un cruel doctor nazi cuyos sádicos experimentos le convirtieron en el terror de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Este médico solía asesinar a parejas de gemelos de corta edad creyendo que, mediante sus cuerpos, podría descubrir el secreto de la clonación humana. A pesar de todo, Mengele no llegó a pagar por sus crímenes, pues murió en extrañas circunstancias tras escapar de las autoridades aliadas. Dos ángeles del infierno Sin embargo, la crueldad desmesurada que se ejercía contra los presos en los campos de concentración nazis no fue, ni mucho menos, una práctica exclusiva del género masculino. Así, es imposible no estremecerse ante los actos realizados por personajes como la bella Ilse Köhler (llamada la «Zorra de Buchenwald»). Esta alemana llegó al mundo en 1.906 y, a una corta edad, quedó fascinada ante los hombres uniformados de las SS, por lo que no dudó en solicitar el carnet del NSDAP. De cabellos pelirrojos, ojos verdes y una extrema sensualidad, Ilse contrajo matrimonio a los 31 años con Karl Koch, comandante del, en ese momento, recién construido campo de concentración de Buchenwald. Por ello, la feliz pareja decidió, como era habitual, habitar una de las casas cercanas a la prisión. Una vez en el campo de concentración, Ilse gozaba dando largos paseos a lomos de su caballo y exhibiendo su sensualidad ante los presos. Sin embargo, no dudaba en acabar cruelmente con la vida de aquellos que alzaran la vista para mirarla. A su vez, fue acusada de asesinar y despellejar los cadáveres de cientos de presos para fabricar objetos cotidianos como libretas o pantallas para lámparas. Con todo, la «Zorra de Buchenwald» no era el único ángel de la muerte que rondaba los campos teñidos con la sangre de los presos. «En el libro también explico la vida de Irma Grese, la “Bella Bestia”. Nacida en 1923, su infancia feliz se vio truncada por el suicidio de su madre y el distanciamiento con su padre. Tras abandonar los estudios, y trabajar en una granja y en una tienda, fue enfermera en un hospital de las SS, en donde se vio imbuida de la ideología nazi. De ahí pasó al campo de concentración de Ravensbrück como guardiana, siendo destinada después a Auschwitz-Birkenau», añade Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS». «Pese a su juventud, apenas 20 años, acumuló poder rápidamente, teniendo a su cargo más de treinta mil prisioneras. Con ellas cometería todo tipo de excesos, combinando violencia y un erotismo perverso. A las más jóvenes las azotaba en los pechos hasta descarnarlos, o bien las convertía en amantes suyas para enviarlas después a la cámara de gas. A las embarazadas les ataba las piernas juntas en el parto y asistía a su muerte, visiblemente excitada», destaca el autor. Finalmente, las sanguinarias prácticas de Irma se encontraron con la justicia aliada una vez acabada la II Guerra Mundial. «En 1945 regresó a Ravensbrück y de ahí pasó al campo de Bergen-Belsen, siendo capturada por los británicos. Fue sometida a juicio, en donde se mostró como una nazi fanática. Su atractivo físico, que contrastaba con la fealdad de las otras guardianas acusadas, le llevó a ser bautizada por la prensa sensacionalista como la “Bella Bestia”. Grese eludió cualquier responsabilidad en los crímenes de los que se la acusaba y aseguró que se había limitado a cumplir con su obligación. Fue sentenciada a muerte y ejecutada en la horca el 13 de diciembre de 1945. Sus últimas palabras al verdugo fueron Schnell! (¡Rápido!)», sentencia el autor español. Para mas informacion, seguir el siguiente link http://www.abc.es/historia-militar/20131029/abci-bestias-nazis-libro-201310281217.html Conmovedoras historias!

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River Phoenix - 20 años despues
InfoporAnónimo10/30/2013

La noche más oscura de River Phoenix En el vigésimo aniversario de su muerte, el libro 'Last night at the Viper Room' reconstruye las últimas horas del chico que soñó con ser James Dean. Nunca llevó su cazadora roja ni lo vimos embutido en unos jeans Lee 101 Z Rider (el primer slim fit de la historia), pero al joven River Phoenix −en adelante, simplemente River− lo consideraban el heredero natural de James Dean. Estrella adolescente, curtida en decenas de películas y otras tantas series donde explotaron su aspecto más vulnerable, cuando llegó a la mayoría de edad hubo quien estimó oportuno transformarlo en émulo de Dean. Sus últimos trabajos, deliberadamente diseñados para este fin, desprendían un tufo mal disimulado de ese empeño. Sin demasiado esfuerzo, los vicios a los que se abandonó fueron percutiendo su frágil aspecto y la madrugada del 31 de octubre de 1993, con solo veintitrés años, un cóctel de estimulantes le dio el tiro de gracia. Así lo cuenta el libro Last night at the Viper Room, que reconstruye las últimas horas del chico que jugó a ser James Dean, y cuya publicación coincide con la triste efeméride. Escrito por el periodista Gavin Edwards, el relato cuenta ampliamente lo sucedido aquella noche: "El joven con convulsiones se llama River Phoenix. Su hermano llama al 911 desde un cabina telefónica mientras su hermana, sentada junto al cuerpo lucha tumbado, trata de que este no se autolesione, pues sus músculos se contraen y sus extremidades se agitan contra el asfalto". Y remata fiel al estilo del viejo periodismo: "Víctima de una sobredosis por speedball (mezcla de heroína y cocaína), solo le restan escasos minutos de vida". Según el testimonio de los servicios sanitarios que lo atendieron a las puertas de la discoteca angelina Viper Room, el colocón que le provocó la muerte habría tumbado incluso a un T-Rex. Además de los altos índices de coca y heroína, encontraron restos de alcohol, morfina, diazepam (Valium), marihuana y GHB. La respuesta de su familia no se hizo esperar: "Esperemos que sea una llamada de atención al mundo, pues una cosa así lleva a preguntarse por qué hay gente joven abocada a hacer eso". Quien fuera en su día portada del Vegetarian Times, presumía de las ventajas de una alimentación saludable en la que no cabían ni carnes ni lácteos, lo que hace todavía más incomprensible la causa de su fallecimiento. Tanto él como su familia −sus padres eran misioneros de la secta Niños de Dios− se significaron por su militancia en organizaciones en defensa de los animales y de una vida en comunión con la naturaleza. Pero en los últimos años de su existencia los excesos a espuertas eran de sobra conocidos por la profesión.

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Empleo - Los 10 trabajos mas divertidos
InfoporAnónimo11/4/2013

.t-single-block { clear: both; display: block; font-weight: normal; line-height: 1.2; padding: 5px 0 20px; text-decoration: none; } .t-single-block:hover { text-decoration: none; } .t-single-block img { border: 1px solid #dfdfdf; float: left; margin: 0 10px 0 0; padding: 3px; width: 75px; height: 75px; } .t-single-block h3 { color: #006595; font-size: 19px; font-weight: bold; margin: 5px 0 0; text-decoration: underline; } .t-single-block span { color: #2ba94f; display: block; font-size: 17px; margin: 0 0 6px; } .t-single-block p { color: #000; font-size: 17px; } Si estás a la caza de trabajo te ofrecemos varias opciones para ampliar tu búsqueda. Empleos para los que no cuesta madrugar, algunos en los que incluso pagarías por trabajar, y otros que jamas creerías que existen. Se trata de trabajos tan extraños y/o divertidos que no podrás creer que paguen por ellos. Estos son algunos de los empleos más raros y divertidos que existen en el mundo. 1. Probador de camas de lujo. Posiblemente sea el trabajo más relajante del mundo: dormir en camas de lujo para probar su calidad. El trabajo consiste en tumbarse en una cama de lujo, en mitad de una tienda de camas, y dormir de 10 de la mañana a 6 de la tarde, y luego hablar sobre la experiencia en un blog. El único requisito es tener un sueño profundo! 2. Filero profesional. Es un trabajo tan sencillo como el de estar de pie esperando en una cola. Se trata de rentar a un "filero" profesional, una persona que hace fila por ti para lo que necesites, desde comprar gadgets o boletos para un concierto hasta entradas de cine. En China es un trabajo cada vez más popular, y en Estados Unidos ya hay una web donde se hará cola para aquellos que quieren quejarse en el Congreso, y deben esperar horas; o comprarse un iPad. 3. Fotógrafo conductor de bici para Google Maps. Los conductores deben conducir sus triciclos a sitios históricos a donde no pueden llegar los coches. Los vehículos tienen un tubo alto, el cual soporta nueve cámaras, un GPS, una computadora y un generador. 4. Estilista de alimentos y comida. Son personas que trabajan con compañías de publicidad y fotógrafos. No se necesita haber estudiado algo específico o ser parte de una industria específica, pero sí tener la creatividad para hacer que la comida se vea tentadora y apetecible. 5. Afilador de lapices. Una profesión con monopolio ya que de momento solo existe una persona en el mundo que se dedique a ellao: David Rees, afilador de lápices artesanal. Puedes mandarle tu lápiz, o comprarle un lápiz ya seleccionado y afilado. Rees lo mete en un tubo y te lo manda a casa, asegurando que la punta no se romperá, junto con un certificado de autenticidad. ¿¿Sueldo?? 11 euros por lápiz!! 6. Identificador de sexo de pollos. Todo lo que tienes que hacer es fijarte si son machos o hembras y acomodarlos de acuerdo a su sexo. Con mucho cuidado se analiza su recto, y se determina el sexo mediante la observación de las diferencias sutiles de musculatura entre machos y hembras, ya que su aparato genital no es fácilmente visible. Se requiere un manejo habilidoso del animal. Sólo existe una escuela permanente para formar sexadores de aves y se encuentra en la ciudad de Nagoya en Japón. Aunque, se imparten cursos temporales en todo el mundo. 7. Probador de golosinas. Tan sencillo como oler y probar cada golosina, dando tu opinión. Además, se supervisa la creación de nuevos sabores y aromas y se proponen mejoras. Otra profesion del estilo, es la de Catador de helados. Consiste en degustar distintos sabores hasta dar con el resultado más satisfactorio para ser lanzado al mercado. En concreto la marca Ben & Jerry's tiene a una persona en el mundo cuyo trabajo consiste en probar sus nuevos sabores de helado con una cuchara de oro (porque el oro no tiene sabor). 8. Críticos de aire. Empleados de una aerolínea que se dedican a viajar en las compañías de la competencia para averiguar qué ofrecen. Otra opción es la de trabajar como Probador de lunas de miel. La mejor manera de pasar dos semanas en un lugar turístico y, además, ganar dinero por ello. 9. Probador de toboganes. Tommy Lynch viaja alrededor del mundo probando toboganes en parques acuáticos. Y, obviamente, no hay mejor forma de saber como funcionan que tirándose una y otra vez por ellos. Debe mirar la altura, velocidad, cantidad de agua y aterrizaje de los toboganes, así como los diferentes puntos de seguridad. 10. Probador de cerveza. Antes de que las bebidas salgan al mercado alguien tiene que probarlas, y lo hace cobrando por ello. Debes tener un paladar entrenado para realizar este trabajo. Muchas cervecerías contratan expertos para que prueben sus cervezas y den el visto bueno antes de que salgan al mercado. Otro empleo muy divertidos es el de Experto en videojuegos. En algunos países como Estados Unidos o Japón, los probadores de videojuegos cobran simplemente por dedicarle a su afición ocho horas diarias. Pero si eres bueno en alguno de los videojuegos de moda puedes convertirte en jugador profesional y ganar mucho dinero al año participando en competiciones por todo el mundo.

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Dr Sueño - 1er capitulo Secuela de El Resplandor
Dr Sueño - 1er capitulo Secuela de El Resplandor
InfoporAnónimo11/7/2013

Stephen King - Doctor Sueño Primer capítulo de la secuela de «El resplandor», que hoy se publica en España El segundo día de diciembre de un año en el que un cultivador de cacahuetes de Georgia hacía negocios en la Casa Blanca, uno de los hoteles de veraneo más importantes de Colorado ardió hasta los cimientos. El Overlook fue declarado siniestro total. Tras una investigación, el jefe de bomberos del condado de Jicarilla dictaminó que la causa había sido una caldera defectuosa. En el hotel, que permanecía cerrado en invierno, solo se hallaban presentes cuatro personas cuando ocurrió el accidente. Sobrevivieron tres. El vigilante de invierno, John Torrance, murió en el infructuoso (y heroico) intento de reducir la presión de vapor en la caldera, que había alcanzado niveles desastrosamente altos debido a una válvula de seguridad inoperante. Dos de los supervivientes fueron la mujer del vigilante y su hijo. El tercero fue el chef del Overlook, Richard Hallorann, que había dejado su trabajo estacional en Florida para ir a ver a los Torrance porque, según sus propias palabras, había tenido «una poderosa corazonada» de que la familia se hallaba en problemas. Los dos supervivientes adultos resultaron gravemente heridos en la explosión. Solo el niño salió ileso. Físicamente, al menos. Wendy Torrance y su hijo recibieron una compensación por parte de la propietaria del Overlook. No fue astronómica, pero les alcanzó para ir tirando durante los tres años que ella estuvo incapacitada para trabajar por culpa de las lesiones en la espalda. Un abogado al que la mujer consultó le informó de que, si estaba dispuesta a resistir y jugar duro, podría conseguir una suma mucho mayor, pues la corporación deseaba a toda costa evitarun juicio. Pero Wendy, al igual que la corporación, solo quería dejar atrás ese desastroso invierno en Colorado. Se recuperaría, dijo ella, y así fue, aunque los dolores en la espalda la atormentaron hasta el final de su vida. Las vértebras destrozadas y las costillas rotas sanaron, pero nunca dejaron de gritar. Winifred y Daniel Torrance vivieron en el centro-sur durante una temporada y luego se desviaron hacia abajo y se instalaron en Tampa. A veces Dick Hallorann (el de las poderosas corazonadas) subía desde Cayo Hueso a visitarlos. Sobre todo al joven Danny. Ambos estaban unidos por un fuerte vínculo. Una madrugada, en marzo de 1981, Wendy telefoneó a Dick y le preguntó si podría ir. Danny, dijo, la había despertado en mitad de la noche y la había prevenido de que no entrara en el cuarto de baño. Tras ello, el chico se había negado rotundamente a hablar. Se despertó con ganas de hacer pis. En el exterior soplaba el viento. Era cálido —en Florida casi siempre lo era—, pero no le gustaba su sonido, y suponía que jamás le gustaría. Le recordaba al Overlook, donde la caldera defectuosa había sido el menor de los peligros. Danny y su madre vivían en un estrecho apartamento de alquiler en un segundo piso. Salió de la pequeña habitación, junto a la de su madre, y cruzó el pasillo. Sopló una ráfaga de viento y una palmera moribunda, al lado del edificio, batió sus ramas con estruendo. El ruido propio de un esqueleto. Cuando nadie estaba usando la ducha o el inodoro siempre dejaban la puerta del baño abierta, porque el pestillo estaba roto; sin embargo, esa noche la encontró cerrada. Pero no porque su madre estuviera dentro. Como consecuencia de las heridas faciales sufridas en el Overlook, ahora roncaba —unos débiles quip-quip—, y en ese momento él la oía roncar en el dormitorio. Bueno, debió de cerrarla por error, eso es todo. Ya entonces sospechaba (él mismo era un muchacho de poderosas corazonadas e intuiciones), pero a veces uno tenía que saber. A veces uno tenía que ver. Era algo que había descubierto en el Overlook, en una habitación de la segunda planta. Estirando un brazo que parecía demasiado largo, demasiado elástico, demasiado deshuesado, giró el pomo y abrió la puerta. La mujer de la habitación 217 estaba allí, él sabía que estaría. Se encontraba sentada en la taza del váter, con las piernas separa das y los pálidos muslos hinchados. Sus pechos verduscos pendían como globos desinflados. La mata de vello bajo el estómago era gris; también sus ojos, que parecían espejos de acero. La mujer vio al muchacho y sus labios se estiraron en una mueca burlona. Cierra los ojos, le había aconsejado Dick Hallorann hacía mucho tiempo. Si ves algo malo, cierra los ojos, repítete que no está ahí, y cuando vuelvas a abrirlos, habrá desaparecido. Sin embargo, en la habitación 217, cuando tenía cinco años, no había funcionado, y tampoco funcionaría ahora. Lo sabía. Percibía su olor. Se estaba descomponiendo. La mujer —conocía su nombre: señora Massey— se levantó pesadamente sobre sus pies púrpura, con las manos extendidas hacia él. La carne le colgaba de los brazos, casi goteando. Sonreía como cuando se ve a un viejo amigo. O como cuando se está ante una golosina. Con una expresión que podría haberse confundido con la calma, Danny cerró la puerta con suavidad y retrocedió. Observó cómo el pomo giraba a la derecha… a la izquierda… otra vez a la derecha… y por fin se quedaba inmóvil. Tenía ocho años y, para su terror, cierta capacidad de pensamiento racional. En parte porque, en un lugar profundo de su mente, llevaba tiempo esperándolo. Aunque siempre había pensado que sería Horace Derwent quien se presentaría tarde o temprano. O tal vez el barman, aquel a quien su padre había llamado Lloyd. No obstante, debería haberse imaginado que sería la señora Massey incluso antes de que sucediera. Porque de todas las cosas no-muertas en el Overlook, ella había sido la peor. La parte racional de su mente le decía que la mujer no era más que un fragmento de pesadilla no recordada que le había perseguido más allá del sueño y a través del pasillo hasta el cuarto de baño. Esa parte insistía en que si volvía a abrir la puerta, no habría nada ahí dentro. Seguro que no habría nada, ahora que estaba despierto. Sin embargo, otra parte de él, una parte que resplandecía, sabía más. El Overlook no había acabado con él. Al menos uno de sus espíritus vengativos le había seguido la pista hasta Florida. Una vez se había encontrado a esa mujer despatarrada en una bañera. Había salido e intentado estrangularle con sus dedos de pez (pero terriblemente fuertes). Si ahora abría la puerta del cuarto de baño, ella concluiría el trabajo. Se arriesgó a arrimar una oreja a la puerta. Al principio no sucedió nada. Y entonces oyó un ruido apenas perceptible. Uñas de dedos muertos arañando la madera. Danny caminó hasta la cocina con piernas ausentes, se subió a una silla y orinó en el fregadero. A continuación despertó a su madre y le dijo que no utilizara el cuarto de baño porque dentro había una cosa mala. Hecho esto, regresó a la cama y se hundió bajo las sábanas. Quería quedarse ahí para siempre, levantarse únicamente para hacer pis en el fregadero. Ahora que había avisado a su madre, no tenía ningún interés en hablar con ella. Para su madre, lo de no hablar no era nuevo. Ya había sucedido antes, después de que Danny se aventurase en la habitación del Overlook. —¿Hablarás con Dick? Tendido en la cama, alzando la vista hacia ella, asintió con la cabeza. Su madre llamó por teléfono, pese a que eran las cuatro de la madrugada. Al día siguiente, tarde, llegó Dick. Traía algo. Un regalo. Después de que Wendy telefoneara a Dick —se aseguró de que su hijo la oyera—, Danny volvió a dormirse. Aunque ya tenía ocho años e iba a tercer curso, se estaba chupando el pulgar. A ella le dolió ver que hacía eso. Fue al cuarto de baño y se quedó parada mirando la puerta. Tenía miedo —Danny la había asustado—, pero necesitaba entrar y no pensaba orinar en el fregadero como su hijo. Imaginarse a sí misma haciendo equilibrios en el borde de la encimera con el trasero suspendido sobre la porcelana (aunque no hubiera nadie allí para verla) le hizo arrugar la nariz. En una mano empuñaba el martillo de su pequeña caja de herramientas de viuda. Lo alzó al tiempo que giraba el pomo y abría la puerta del baño. Estaba vacío, por supuesto, pero la tapa del váter estaba bajada. Nunca la dejaba así antes de irse a la cama porque sabía que si Danny entraba, solo un diez por ciento despierto, era propenso a olvidarse de levantarla y mancharlo todo de pis. Además, se notaba cierto olor. Fétido. Como si una rata se hubiera muerto entre las paredes. Dio un paso, luego otro. Vislumbró un movimiento y giró sobre sus talones, el martillo en alto, para golpear a quienquiera (lo que fuese) que se escondiera detrás de la puerta. Pero era solo su sombra. Se asustaba de su propia sombra, a veces la gente se mofaba, pero ¿quién tenía más razones para asustarse que Wendy Torrance? Después de todas las cosas que había visto y por las que había pasado, sabía que las sombras podían ser peligrosas. Podían tener dientes. No había nadie en el cuarto de baño, pero detectó una mancha descolorida en la taza del váter y otra en la cortina de la ducha. Excrementos, fue lo primero que pensó, pero la mierda no tenía ese color púrpura amarillento. Miró más de cerca y distinguió trozos de carne y piel putrefactos. Había más en la alfombrilla de baño, con forma de pisadas. Pensó que eran demasiado pequeñas —demasiado delicadas— para ser de un hombre. —Oh, Dios mío —musitó. Al final terminó usando el fregadero. Wendy sacó a su hijo de la cama a mediodía. Logró que comiera un poco de sopa y medio sándwich de mantequilla de cacahuete, pero después volvió a acostarse. Seguía sin querer hablar. Hallorann apareció poco después de las cinco, al volante de su ahora antiguo (aunque bien conservado y cegadoramente reluciente) Cadillac rojo. Wendy se había apostado tras la ventana, a la espera y expectante, como en otro tiempo esperara expectante la llegada de su marido, con la esperanza de que Jack volviera a casa de buen humor. Y sobrio. Corrió escaleras abajo y abrió la puerta justo cuando Dick estaba a punto de tocar el timbre donde indicaba TORRANCE. El hombre extendió los brazos y ella se lanzó a abrazarlo de inmediato, deseando permanecer allí envuelta por lo menos una hora. Quizá dos. Él la soltó y la cogió por los hombros con los brazos estirados del todo. —Tienes un aspecto estupendo, Wendy. ¿Cómo está el hombrecito? ¿Ha vuelto a hablar? —No, pero contigo hablará. Aunque al principio no lo haga en voz alta, tú podrás… —En lugar de concluir la frase, amartilló una pistola imaginaria con los dedos y la apuntó a su frente. —No necesariamente —repuso Dick. Su sonrisa dejó al descubierto una nueva y brillante dentadura postiza. El Overlook se había cobrado la mayoría de sus dientes la noche en que explotó la caldera. Jack Torrance blandía el mazo de roque que se llevó la prótesis dental de Dick y la capacidad de Wendy para andar sin una ligera cojera, pero ambos comprendían que en realidad el culpable había sido el hotel—. Es muy poderoso, Wendy, me bloqueará si quiere. Lo sé por propia experiencia. Además, será mejor que hablemos con la boca. Mejor para él. Ahora cuéntame todo lo que ha pasado. Hecho esto, Wendy le enseñó el cuarto de baño. Había dejado las manchas para que él las viera, como un agente de policía preservaría la escena de un crimen hasta que apareciera el equipo forense. Y allí se había cometido un crimen, sí. Un crimencontra su hijo. Dick examinó los restos durante un buen rato, sin tocarlos, y luego asintió con la cabeza. —Vamos a ver si Danny ya se ha despertado. Seguía acostado, pero el corazón de Wendy se iluminó ante la expresión de alegría de su hijo al ver quién estaba sentado a su lado en la cama y le sacudía el hombro. (eh Danny te he traído un regalo) (no es mi cumpleaños) Wendy los observaba, consciente de que estaban hablando pero ignorando de qué. —Levántate, pequeño —dijo Dick—. Vamos a dar un paseo por la playa. (Dick ha vuelto la señora Massey de la habitación 217 ha vuelto) Dick volvió a sacudirle el hombro. —Dilo en voz alta, Dan. Estás asustando a tu madre. —¿Cuál es mi regalo? —Eso está mejor. —Dick sonrió—. Me gusta oírte, y a Wendy también. —Sí. —Fue todo lo que ella se atrevió a decir. De lo contrario, habrían oído el temblor de su voz y se habrían preocupado. No quería eso. —Mientras estemos fuera, a lo mejor quieres limpiar el cuarto de baño —le dijo Dick—. ¿Tienes guantes de cocina? Ella asintió con la cabeza. —Bien. Póntelos. La playa estaba a tres kilómetros. Sórdidos reclamos playeros —franquicias de pasteles, puestos de perritos calientes, tiendas de regalos— rodeaban el aparcamiento, pero era la época etiquetadacomo fin de temporada y ninguno hacía mucho negocio. Tenían la playa casi para ellos solos. En el trayecto desde el apartamento, Danny había llevado su regalo —un paquete rectangular, bastante pesado, envuelto en papel plateado— en el regazo. —Podrás abrirlo después de que charlemos un rato —dijo Dick. Caminaron al borde de las olas, donde la arena estaba dura y brillante. Danny andaba despacio, porque Dick era bastante viejo. Algún día moriría. Tal vez incluso pronto. —Tengo intención de aguantar unos cuantos años más —aseguró Dick—. No te preocupes por eso. Ahora cuéntame lo que pasó anoche. No te dejes nada. No tardó mucho. Lo difícil habría sido hallar las palabras para describir el terror que sentía en ese preciso momento, y cómo se enmarañaba en una sofocante sensación de certidumbre: ahora que la mujer lo había encontrado, nunca se iría. Sin embargo, puesto que era Dick, no necesitó palabras, aunque encontró algunas. —Ella volverá. Sé que volverá. Volverá y volverá hasta que me atrape. —¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? Aunque sorprendido por el cambio de rumbo en la conversación, Danny asintió. Hallorann había sido quien les había hecho, a él y a sus padres, la visita guiada en su primer día en el Overlook. Hacía muchísimo de aquello, o eso parecía. —¿Y te acuerdas de la primera vez que hablé dentro de tu cabeza? —Claro que sí. —¿Qué te dije? —Me preguntaste si quería irme a Florida contigo. —Exacto. ¿Y cómo te sentiste al saber que ya no estabas solo? —Genial —dijo Danny—. Fue genial. —Sí —asintió Hallorann—. Sí, por supuesto. Caminaron en silencio durante un rato. Algunos pajarillos —piolines, los llamaba la madre de Danny— entraban y salían a todo correr del oleaje. —¿Nunca te extrañó que me presentara justo cuando me necesitabas? —Dick miró a Danny y sonrió—. No. Claro que no. ¿Por qué iba a extrañarte? Eras un niño, pero ahora eres un poco mayor. En algunos aspectos, mucho mayor. Escúchame, Danny. El mundo tiene sus mecanismos para mantener las cosas en equilibrio. Eso es lo que creo. Hay un dicho: Cuando el alumno esté preparado, aparecerá el maestro. Yo fui tu maestro. —Eras mucho más que eso —dijo Danny. Cogió a Dick de la mano—. Eras mi amigo. Nos salvaste. Dick pasó por alto ese comentario… o eso pareció. —Mi abuela también tenía el resplandor. ¿Te acuerdas de que te lo conté? —Sí. Dijiste que tú y ella os sentabais en la cocina a charlar sin siquiera abrir la boca. —Exacto. Ella me enseñó. Y su abuela le enseñó a ella, allá en la época de los esclavos. Algún día, Danny, te tocará a ti ser el maestro. El alumno vendrá. —Si la señora Massey no me atrapa antes —puntualizó Danny con aire taciturno. Llegaron a un banco y Dick se sentó. —No me atrevo a ir más lejos; no sea que no pueda volver. Siéntate a mi lado. Quiero contarte una historia. —No quiero historias —dijo Danny—. Ella volverá, ¿no lo entiendes? Volverá y volverá y volverá. —Cierra la boca y abre las orejas. Es hora de instruirte. —Entonces Dick le ofreció una amplia sonrisa y exhibió su radiante dentadura nueva—. Creo que captarás la idea. Eres cualquier cosa menos estúpido, pequeño. La madre de la madre de Dick —la que tenía el resplandor— vivía en Clearwater. Era Abuela Blanca. No porque fuese caucásica, claro que no, sino porque era buena. El padre de su padre vivía en Dunbrie, Mississippi, una comunidad rural no muy lejos de Oxford. Su esposa había muerto tiempo antes de que Dick naciera. En aquel lugar y en aquella época, ser propietario de una funeraria para un hombre de color equivalía a ser rico. Dick y sus padres iban a verlo cuatro veces al año, y el jovencito Hallorann odiaba aquellas visitas. Le aterrorizaba Andy Hallorann, al que llamaba —solo en su propia mente, expresarlo en voz alta le habría valido un tortazo en los morros— Abuelo Negro. —¿Sabes qué es un pederasta? —le preguntó Dick a Danny—. ¿Tipos que quieren niños para sexo? —Más o menos —respondió Danny con cautela. Desde luego sabía que no debía hablar con desconocidos ni subirse jamás a un vehículo con nadie que se lo pidiera. Porque podrían hacerte cosas. —Bueno, el viejo Andy era más que un pederasta. Era, además, un maldito sádico. —¿Qué es eso? —Alguien que disfruta haciendo daño. Danny asintió con inmediata comprensión. —Como Frankie Listrone en el colegio. Les estruja el brazo a los niños o les frota los nudillos en la coronilla. Si no puede hacer que llores, para. Pero como te pongas a llorar, nunca te deja en paz. —Eso está mal, pero esto era peor. Dick se sumió en lo que cualquiera que pasara por allí habría tomado por silencio, pero la historia avanzó en una serie de imágenes y frases conectoras. Danny vio a Abuelo Negro, un hombre alto con un traje tan oscuro como su piel, que llevaba una clase especial de sombrero en la cabeza. Vio los brotecillos de saliva que siempre tenía en la comisura de los labios, y sus ojos ribeteados de rojo, como si estuviera cansado o acabara de llorar. Vio cómo sentaba a Dick —más pequeño de lo que era Danny ahora, probablemente de la misma edad que Danny en aquel invierno en el Overlook— en su regazo. Si había gente delante, a lo sumo le hacía cosquillas. Si estaban solos, ponía la mano entre las piernas de Dick y le apretaba las pelotas hasta tal punto que él pensaba que iba a desmayarse de dolor. «¿Te gusta? —jadeaba Abuelo Negro Andy en su oído. Olía a tabaco y a whisky White Horse—. Claro que sí, a todos los niños les gusta. Pero te guste o no, no vas a decir ni pío. Si lo cuentas, te haré daño. Te quemaré.» —¡Mierda! —exclamó Danny—. Qué asqueroso. —Había más cosas —prosiguió Dick—, pero solo te contaré una. Después de que su mujer muriera, el abuelo contrató a una señora para que le ayudara con las tareas de la casa. Ella limpiaba y cocinaba. A la hora de la cena, servía todos los platos a la vez, desde la ensalada hasta el postre, porque así era como le gustaba al viejo. De postre siempre había tarta o pudin. Se ponía en una bandejita o en un platito cerca del plato principal, para que lo vieras y te entraran ganas de comerlo cuando todavía estabas escarbando en la otra bazofia. Una regla inflexible del abuelo era que el postre se miraba pero no se tocaba hasta que te hubieras terminado el último bocado de carne frita con verduras cocidas y puré de patatas. Incluso tenías que rebañar la salsa, que estaba llena de grumos y era bastante insípida. Si me dejaba un poco de salsa, Abuelo Negro me tiraba un trozo de pan y me decía: «Úntala con eso, Dickie-Bird, hasta que el plato brille como si el perro lo hubiera limpiado a lengüetazos». Así me llamaba, Dickie-Bird. De todas formas, a veces no podía con todo, por mucho que lo intentara, y me quedaba sin tarta o pudin. Entonces él cogía el postre y se lo comía. Y otras veces, cuando sí me terminaba toda la cena, me encontraba con que había aplastado una colilla en mi porción de tarta o en mi pudin de vainilla. Eso era porque siempre se sentaba a mi lado. Luego fingía que había sido una broma. “Ups, no he acertado en el cenicero”, decía. Mis padres nunca le pusieron freno, pero bien debían de saber que, aunque fuera una broma, no era justo que se la gastara a un niño. Ellos tambiénfingían. —Qué mal —dijo Danny—. Tus padres tendrían que haberte defendido. Mamá lo hace, y antes también papá. —Le tenían miedo. Y hacían bien. Andy Hallorann era un mal bicho, de lo peor. Decía: «Vamos, Dickie, cómete lo de alrededor, que no te vas a envenenar». Si le daba un bocado, mandaba a Nonnie, que así se llamaba el ama de llaves, a que me trajera un postre nuevo. Si no, ahí se quedaba. La situación llegaba al extremo de que nunca podía acabarme la comida porque se me revolvía el estómago. —Tendrías que haber movido la tarta o el pudin al otro lado del plato —comentó Danny. —Ya lo intenté, por supuesto, no nací tonto. Pero él lo volvía a poner ahí diciendo que el postre iba a la derecha. —Dick hizo una pausa, contemplaba el agua, donde una embarcación blanca de gran eslora surcaba despacio la línea divisoria entre el cielo y el golfo de México—. A veces, cuando me pillaba solo, me mordía. Y una vez que le amenacé con contárselo a mi padre si no me dejaba en paz, me apagó un cigarrillo en el pie descalzo. Dijo: «Cuéntale también esto, y ya verás de qué te sirve. Tu papá ya conoce mis costumbres y jamás dirá una palabra, porque es un cagado y porque quiere el dinero del banco cuando me muera, lo que pasa es que no tengo planeado hacerlo pronto». Danny escuchaba con estupefacta fascinación. Siempre había pensado que la historia de Barba Azul era la más aterradora de todos los tiempos, la más aterradora que jamás haya habido, pero esta la superaba. Porque era verdad. —A veces decía que conocía a un hombre malvado que se llamaba Charlie Manx, y que si no le obedecía, llamaría a ese individuo, que vendría con su coche de lujo y me llevaría a un sitio para niños malos. Después el Abuelo me ponía la mano entre las piernas y comenzaba a apretar. «Así que no vas a decir ni pío, Dickie-Bird. Si hablas, vendrá el viejo Charlie y te meterá con los otros niños que ha robado hasta que te mueras. Y luego irás al infierno y tu cuerpo arderá para siempre. Por haberte chivado. Dará igual que te crean o no, un chivato es un chivato». Durante mucho tiempo creí al viejo cabrón. Ni siquiera se lo conté a Abuela Blanca, la del resplandor, porque tenía miedo de que creyera que yo tenía la culpa. De haber sido mayor, habría sabido que eso no pasaría, pero era un crío. —Hizo una pausa, y luego añadió—: Además, tenía otro motivo. ¿Sabes cuál era, Danny? Danny estudió el rostro de Dick durante un rato largo, sondeando los pensamientos e imágenes tras su frente. Por fin, respondió: —Querías que tu padre recibiera el dinero. Pero nunca lo consiguió. —No. Abuelo Negro lo dejó todo a un orfanato para negros en Alabama, y me figuro por qué. Pero eso ahora no viene al caso. —¿Y tu abuela buena nunca se enteró? ¿Nunca lo adivinó? —Sabía que algo ocurría, pero yo lo bloqueaba, y ella no me molestó con el tema. Lo único que me dijo fue que cuando yo estuviera preparado para hablar, ella estaría preparada para escuchar. Danny, cuando Andy Hallorann murió a causa de un derrame cerebral, fui el chaval más feliz de la tierra. Mi madre dijo que no hacía falta que asistiera al funeral, que podía quedarme con la abuela Rose, Abuela Blanca, si quería, pero no me lo iba a perder. Por nada del mundo. Quería estar seguro de que el Viejo Abuelo Negro había muerto de verdad». Aquel día llovía. Todo el mundo se hallaba alrededor de la tumba, bajo paraguas negros. Observé cómo su ataúd, el más grande y el mejor de su funeraria, no me cabe duda, desaparecía bajo la tierra, y me acordé de todas las veces que me había retorcido las pelotas y de todas las colillas en mi tarta y del cigarrillo que me apagó en el pie y de cómo mandaba en la mesa igual que el viejo rey loco de aquella obra de Shakespeare. Pero, sobre todo, me acordé de Charlie Manx, que sin duda era pura invención del abuelo, y que el Viejo Abuelo Negro ya nunca le llamaría para que viniera en mitad de la noche y me llevara en su coche de lujo a vivir con los demás niños y niñas raptados. »Me asomé al borde de la tumba (“Deja al chaval que mire”, dijo mi padre cuando mi madre intentó frenarme), escruté el ataúd en ese agujero mojado y pensé: “Ahí abajo estás dos metros más cerca del infierno, Abuelo Negro, y muy pronto llegarás, y espero que el diablo te dé mil veces con una mano ardiendo”. Dick rebuscó en el bolsillo de sus pantalones y sacó un paquete de Marlboro con un librillo de cerillas encajado en el celofán. Se puso un cigarrillo en la boca y luego tuvo que perseguirlo con el fósforo porque le temblaba la mano, y también le temblaban los labios. Danny se quedó atónito al advertir lágrimas en los ojos de Dick. Sabiendo ahora hacia dónde se encaminaba esa historia, Danny preguntó: —¿Cuándo volvió? Dick dio una profunda calada a su pitillo y exhaló el humo a través de una sonrisa. —No has necesitado atisbar el interior de mi cabeza para captarlo, ¿verdad? —No. —Seis meses más tarde. Un día llegué a casa de la escuela y lo encontré tumbado en mi cama, desnudo y con el pito medio podrido empinado. Dijo: «Ven y siéntate aquí encima, Dickie- Bird. Tú dame mil y yo te daré dos mil». Grité, pero no había nadie que pudiera oírme. Mis padres…, los dos estaban trabajando, mi madre en un restaurante y mi padre en una imprenta. Salí corriendo y cerré la puerta de golpe. Y oí que Abuelo Ne gro se levantaba… pum… y cruzaba la habitación… pum-pumpum… y lo que oí después… —Uñas —concluyó Danny con voz apenas audible—. Arañando la puerta. —Exacto. No volví a entrar hasta la noche, cuando mis padres ya estaban en casa. Se había ido, pero quedaban… restos. —Ya. Como en nuestro cuarto de baño. Porque se estaba pudriendo. —Exacto. Cambié las sábanas yo solo, sabía hacerlo porque mi madre me había enseñado dos años antes; decía que ya era demasiado mayor para necesitar una canguro, que las canguros eran para niños y niñas pequeños como los que cuidaba ella antes de conseguir el trabajo de camarera en Berkin’s Steak House. Una semana más tarde, vi al Viejo Abuelo Negro en el parque, sentado en un columpio. Llevaba puesto su traje, pero estaba todo cubierto de una sustancia gris, el moho que crecía en su ataúd, creo. —Sí —dijo Danny. Su voz fue un vítreo susurro. Fue lo máximo que logró decir. —Pero tenía la bragueta abierta, con el aparato asomando. Siento contarte todo esto, Danny, eres demasiado joven para oír estas cosas, pero es necesario que lo sepas. —¿Acudiste entonces a Abuela Blanca? —Tenía que hacerlo. Porque sabía lo que tú sabes: seguiría volviendo. No como… Danny, ¿has visto gente muerta alguna vez? Me refiero a gente muerta normal. —Se echó a reír porque le pareció gracioso. A Danny también—. Fantasmas. —Algunas veces. Una vez había tres cerca de un cruce de ferrocarril: dos chicos y una chica. Adolescentes. Creo… es posible que murieran allí. Dick asintió con la cabeza. —La mayoría se quedan cerca de donde fallecieron hasta que por fin se acostumbran a estar muertos y siguen adelante. Algunas de las personas que viste en el Overlook eran de ese tipo. —Lo sé. —El alivio por poder hablar de esas cosas (con alguien que realmente las entendiera) resultaba indescriptible—. Y una vez había una mujer en un restaurante. ¿Sabes esos sitios que tienen las mesas fuera? Dick volvió a asentir. —Esta no se transparentaba, pero nadie más la veía, y cuando una camarera empujó para dentro la silla donde estaba sentada, la mujer fantasma desapareció. ¿Tú también los ves a veces? —Hace años que no, pero tu resplandor es más intenso que el que yo tenía. Se retrae un poco a medida que creces… —Bien —dijo Danny con fervor. —…pero a ti te quedará mucho incluso cuando seas adulto, eso creo, porque empezaste con una cantidad enorme. Los fantasmas normales no son como la mujer que viste en la habitación 217 y en tu cuarto de baño. Es así, ¿verdad? —Sí. La señora Massey es real —afirmó Danny—. Va dejando trozos de sí misma. Tú los viste. Mamá también… y ella no resplandece. —Volvamos —propuso Dick—. Es hora de que veas lo que te he traído. El regreso al aparcamiento fue aún más lento, porque Dick se quedaba sin resuello. —El tabaco —explicó—. No empieces nunca, Danny. —Mamá fuma. Ella cree que no lo sé, pero sí. Dick, ¿qué hizo Abuela Blanca? Algo tuvo que hacer, porque Abuelo Negro no te atrapó. —Me dio un regalo, el mismo que yo voy a darte a ti. Esa es la misión de un maestro cuando el alumno está preparado. La enseñanza es un regalo en sí misma, ¿sabes? El mejor regalo que cualquiera puede dar o recibir. Ella no llamaba al abuelo Andy por su nombre, sino que le decía… —Dick sonrió burlonamente— el previrtido. Le dije lo mismo que tú, que él no era un fantasma, que era real. Y dijo que sí, que era cierto, porque yo lo hacía real. Con el resplandor. Me contó que algunos espíritus, principalmente los espíritus que están enfadados, no abandonan este mundo porque saben que lo que les espera es todavía peor. Con el tiempo, la mayoría se consumen hasta desaparecer, pero algunos encuentran comida. “Eso es el resplandor para ellos, Dick”, me dijo. “Comida. Estás alimentando a ese previrtido. No lo haces adrede, pero es así. Tu abuelo es como un mosquito que no deja de revolotear y picarte en busca de sangre. Yo no puedo hacer nada, pero tú puedes volver en su contra aquello que viene a buscar.” Habían llegado al Cadillac. Dick abrió el coche y luego se sentó al volante con un suspiro de alivio. —En otro tiempo habría sido capaz de andar quince kilómetros y correr otros siete u ocho. Ahora, un paseíto por la playa y mi espalda protesta como si un caballo le hubiera pegado una coz. Venga, Danny. Abre tu regalo. Danny rompió el papel plateado y descubrió una caja de metal pintado de verde. En la parte delantera, bajo el cierre, había un pequeño teclado. —¡Eh, qué chula! —¿Sí? ¿Te gusta? Bien. La compré en Western Auto. Acero cien por cien americano. La que me dio Abuela Blanca Rose tenía un candado, con una llavecita que yo llevaba colgada alrededor del cuello, pero hace mucho tiempo de eso. Estamos en los ochenta, la edad moderna. ¿Ves el teclado numérico? Lo que tienes que hacer es marcar cinco números que estés seguro de que no olvidarás y pulsar el botoncito en el que pone SET. Luego, cada vez que quieras abrir la caja, teclearás tu código. Danny parecía encantado. —¡Gracias, Dick! ¡Guardaré aquí mis cosas especiales! Estas incluirían sus mejores cromos de béisbol, su rosa de los vientos de los Lobatos, su piedra verde de la suerte y una foto de su padre y él tomada en el jardín delantero del edificio de apartamentos donde habían vivido en Boulder, antes del Overlook. Antes de que las cosas se volvieran malas. —Eso es estupendo, Danny, me gusta la idea, pero además quiero que hagas otra cosa. —¿Qué? —Quiero que conozcas bien esta caja, por dentro y por fuera. No te limites a mirarla; tócala. Pálpala. Luego mete la nariz y averigua a qué huele. Es necesario que sea tu amiga íntima, al menos durante un tiempo. —¿Por qué? —Porque vas a crear una igual en tu mente. Una caja todavía más especial. Y la próxima vez que esa perra de Massey aparezca, estarás preparado. Te explicaré cómo, igual que la vieja Abuela Blanca me lo explicó a mí. Danny apenas habló en el trayecto de vuelta. Tenía mucho en que pensar. Sujetaba su regalo —una caja de seguridad hecha de resistente metal— en el regazo. La señora Massey regresó una semana después. Volvió a aparecerse en el cuarto de baño, esta vez en la bañera. A Danny no le sorprendió. Al fin y al cabo, había muerto en una bañera. Esta vez no huyó. Esta vez entró y cerró la puerta. La mujer, sonriendo, le indicó por señas que se acercara. Danny, también sonriendo, avanzó. Desde la habitación contigua le llegaba el sonido de la televisión. Su madre estaba viendo Apartamento para tres. —Hola, señora Massey —dijo Danny—. Le he traído algo. En el último momento ella lo entendió y empezó a gritar. Instantes después, su madre llamaba a la puerta del baño. —¿Danny? ¿Estás bien? —Perfectamente, mamá. —La bañera estaba vacía. Quedaban restos de alguna sustancia viscosa, pero Danny creyó que podría limpiarlos. Un poco de agua se los llevaría por el desagüe—. ¿Necesitas entrar? Saldré enseguida. —No, solo es que… me ha parecido que me llamabas. Danny agarró su cepillo de dientes y abrió la puerta. —Estoy bien al cien por cien. ¿Ves? —Le brindó una amplia sonrisa. No fue difícil ahora que la señora Massey se había esfumado. La expresión de preocupación abandonó el rostro de Wendy. —Bien. No olvides cepillarte los de atrás. Ahí es donde la comida va a esconderse. —Lo haré, mamá. Dentro de su cabeza, muy dentro, en el estante donde estaba la gemela de su caja de seguridad especial, Danny oía gritos amortiguados. No les prestó atención. Pensó que cesarían pronto, y no se equivocaba. Dos años más tarde, el día antes de las vacaciones de Acción de Gracias, en mitad de una escalera desierta en la Escuela Primaria de Alafia, Horace Derwent se le apareció a Danny Torrance. Había confeti en los hombros de su traje. Una pequeña máscara negra le colgaba de una mano en descomposición. Hedía a tumba. —Magnífica fiesta, ¿verdad? —preguntó. Danny dio media vuelta y se alejó, muy rápido. Al acabar las clases, telefoneó al restaurante de Cayo Hueso donde trabajaba Dick. —Otro de la Gente del Overlook me ha encontrado. ¿Cuántas cajas puedo tener, Dick? En mi cabeza, quiero decir. Dick soltó una risita. —Tantas como necesites, pequeño. Esa es la belleza del resplandor. ¿Crees que Abuelo Negro es el único al que yo he tenido que encerrar? —¿Se mueren ahí dentro? Esta vez no hubo risitas. Esta vez en la voz de Dick había una frialdad que el chico nunca antes le había oído. —¿Te importa? A Danny le traía sin cuidado. Cuando el otrora propietario del Overlook volvió a presentarse poco después de Año Nuevo —esta vez en el armario del dormitorio de Danny—, el chico se hallaba preparado. Se metió dentro con su visitante y cerró la puerta. Instantes después, una segunda caja de seguridad apareció en la balda superior de su estantería mental, junto a la que confinaba a la señora Massey. Se oyeron más golpes y varias maldiciones ingeniosas que Danny se guardó para poder usarlas más adelante. Cesaron enseguida. De la caja Derwent solo salía silencio, igual que de la caja Massey. Que estuvieran o no vivos (a su manera no-muerta) ya no importaba. Lo que importaba era que jamás saldrían. Estaba a salvo. Eso pensó entonces. Por supuesto, también pensaba que jamás probaría la bebida, no después de ver lo que le había hecho a su padre. A veces sencillamente erramos el tiro.

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El misterio de "La ciudad Luz" en el Atlantico
El misterio de "La ciudad Luz" en el Atlantico
InfoporAnónimo11/5/2013

Un mapa nocturno de la Tierra realizado por un satélite muestra una gran cantidad de luces completamente inesperadas a unos 300 km de la costa de Argentina, donde no debería haber nada. Ahora tenemos la explicación En diciembre de 2012, el Centro Nacional de Datos Geofísicos de la Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera de EE.UU. (NOAA) y el Observatorio Terrestre de la NASA dieron a conocer un nuevo mapa de la Tierra tal y como aparece de noche. Elaborado con los datos del satélite Suomi NPP, este mapa de luces nocturnas ofrecía una claridad y una resolución sin precedentes, y mucha más sensibilidad a la luz. Tanta, que el resultado ofreció más de una sorpresa. Por ejemplo, el satélite detectó una gran cantidad de actividad humana en medio de los campos rurales de gas natural en Dakota del Norte (EE.UU.), una gran cantidad de luces en Australia Occidental, donde se creía que no debía de haber ninguna y, sobre todo, encontró algo muy raro en la costa de Argentina: una «ciudad de luz» aparecía en el medio del Océano Atlántico Sur, entre 300 y 500 kilómetros mar adentro. No existen asentamientos humanos en ese lugar, ni incendios ni pozos de gas. ¿Qué era entonces esa especie de visión lumínica triangular? Ninguna similitud con el triángulo de las Bermudas ni nada de índole paranormal, por mucho que a algunos les guste hacer volar su imaginación. Se trata de barcos de pesca en alta mar, iluminados en la noche, que se agrupan a lo largo de líneas invisibles: el borde submarino de la plataforma continental, la corriente de las Malvinas rica en nutrientes, y los límites de las zonas económicas exclusivas de Argentina y las Islas Malvinas, donde los barcos de otros países no pueden pescar. Esos pescadores nocturnos están a la caza del Illex argentinus, una especie de calamar de aleta corta, el segundo más pescado en el planeta. El calamar se encuentra a lo largo de decenas de cientos de kilómetros desde la costa de Río de Janeiro hasta Tierra del Fuego. Viven de 80 a 600 metros bajo la superficie, se alimentan de camarones, cangrejos y peces y, a su vez, sirven de merienda a los peces más grandes, ballenas, focas, aves marinas, pingüinos... y, claro, a los seres humanos . Potentes focos de agua El calamar se concentra en esa zona porque hay una gran cantidad de fitoplancton, una «hierba del mar» de la que se alimentan el zooplancton y los peces, que luego se convierten en alimento para el Illex argentinus y otras criaturas marinas. Al trabajar en estas áreas, los pescadores iluminan el océano con potentes lámparas que atraen el plancton y los peces. El calamar sigue a sus presas hacia la superficie, donde son más fáciles de pescar. Los barcos pueden llevar más de un centenar de estas lámparas y generar hasta 300 kilovatios de luz por barco. Oficialmente, unos 100 barcos reciben permisos cada año para trabajar la pesquería del calamar, pero las imágenes de satélite indican que hay muchos más en la zona. «Las imágenes de satélite son una herramienta para comprender lo que está sucediendo con la pesca, especialmente en aguas internacionales», afirma Ezequiel Cozzolino del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero en Argentina. La explicación a este enigma puede que decepcione a los aficionados a las historias de misterio, pero ciertamente puede ser muy útil para saber qué ocurre en realidad con la pesca en ese lugar del mundo y, como es habitual, demuestra que las teorías extrañas tienen menos consistencia que un puntito de luz.

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Mapa - Donde estan las mujeres mas faciles
InfoporAnónimo11/8/2013

Crean un mapa del mundo para saber cuales son las mujeres mas faciles de conquistar No está exento de polémica. La creación de un mapa donde se han clasificado a las mujeres del mundo en cinco categorías, según su facilidad o dificultad para ser conquistadas por un hombre, ha generado todo tipo de reacciones en la Red. El portal Target Map ha publicado este mapa mundial qué refleja cuáles son los mejores países para seducir a una mujer. Tantas quejas ha tenido de mujeres que lo han tachado de sexista, que el portal se ha visto obligado a crear otro mapa reflejando dónde están los hombres más fáciles de persuadir. Entre las mujeres más difíciles de hacer que se enamoren (color rojo) están las de los países de Oriente Medio como Siria, Arabia Saudita, Irán, Irak, entre otros. A continuación, en color marrón, figuran aquellas que también cuesta seducir, pero un poco menos, entre ellas las españolas, italianas, argentinas, coreanas y de países africanos. El color amarillo indica las féminas que se encuentran en un término medio, se las ha calificado como «normales» a la hora de que se enamoren. En esta categoría entra el resto de países de Europa Occidental, Canadá, Estados Unidaos, Australia, Chile, Paraguay, Japón, India y Corea del Sur. Los colores verde y verde oscuro se reservaron para las mujeres consideradas más «fáciles» y «muy fáciles» respectivamente. En estos dos grupos se enmarcan las mujeres de la mayor parte de las naciones de América Latina y América Central, China, Rusia y los países de Europa de Este, África del Sur e Indonesia. Para ellas han hecho otro mapa mundial, mostrando dónde localizar a los hombres más fáciles para la conquista:

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Un cañon de fuego de 320.000 Km
InfoporAnónimo10/29/2013

Con las imágenes capturadas por la SDO el 29 y el 30 de septiembre, la NASA ha elaborado un vídeo en el que se observa cómo una especie de enorme lengua parece cortar la corona solarmientras emerge disparada hacia el espacio link: http://www.youtube.com/watch?v=Qurh_BZ-O2E#t=108 El pasado 29 de septiembre, el Sol emitió una llamarada que abrió en su atmósfera un cañón de fuego de 320.000 kilómetros, algo menos que la distancia de la Tierra a la Luna. Este momento sobrecogedor fue captado por la sonda de la NASA Solar Dynamics Observatory (SDO), un satélite que gira en torno a la Tierra a 36.000 kilómetros de distancia sobre su base terrestre en Nuevo México (EE.UU.) y que se dedica en exclusiva a observar nuestra estrella. Según ha informado la NASA en un comunicado, el fenómeno ocurrió cuando el Sol expulsó un gigantesco “filamento magnético de material solar”, que abrió lo que parece un gran canal de fuego en el lugar “donde los campos magnéticos elevaron el filamento antes de la explosión”. Con las imágenes capturadas por la SDO el 29 y el 30 de septiembre, la NASA ha elaborado un vídeo en el que se observa cómo una especie de enorme lengua parece cortar la corona solar mientras emerge disparada hacia el espacio, dejando tras de sí un enorme surco de fuego. El vídeo muestra el disparo del filamento en diferentes colores, correspondientes a imágenes grabadas en distintas longitudes de onda para apreciar las zonas de temperatura. “Las imágenes rojas ayudan a destacar el plasma a 50.000 grados centígrados y son buenas para observar los filamentos a medida que se forman y expulsan. Las imágenes amarillas, que muestran temperaturas de 555.000° C, son útiles para observar el material que se mueve a lo largo de las lineas del campo magnético del Sol, que en el vídeo se ven como un conjunto de arcos a través del área de la erupción. Las imágenes de tono más marrón al comienzo del vídeo muestran material a temperaturas de un millón de grados, y es aquí donde la analogía del cañón de fuego se hace más obvia”, explica la descripción de la NASA. “Las dos franjas turbulentas que se apartan la una de la otra son, de hecho, las huellas de las líneas del gigantesco campo magnético, que crecen y se expanden a medida que el filamento las empuja hacia arriba”. Meteorología espacial Estas inmensas diferencias de temperatura no son algo inusual en el Sol; uno de los mayores misterios de la heliofísica es precisamente por qué su superficie está solo a poco más de 5.000° C, mientras que su atmósfera, la corona, es un mundo de fuego a más de un millón de grados. Pero aunque hablemos de fuego, en realidad el ingrediente principal del Sol es el plasma, un material tan caliente que hace que los electrones se separen de los núcleos de los átomos y queden inmersos en una especie de sopa ardiente. El movimiento de las partículas crea un potente campo magnético que es responsable de las violentas erupciones solares. Cuando estas llamaradas se disparan en dirección a la Tierra, son responsables de lo que se conoce como meteorología espacial. Nuestro planeta está protegido de los efectos más dañinos gracias a su propio campo magnético, pero estas erupciones provocan tormentas geomagnéticas que, en sus versiones más agresivas, pueden dañar los sistemas electrónicos y de comunicaciones, tanto en los satélites como en superficie. Otro conocido resultado de estas tormentas son las auroras polares. La erupción de septiembre, que viajó a través del espacio a 850 kilómetros por segundo y alcanzó la Tierra el 2 de octubre, provocó hermosas auroras boreales y australes que pudieron verse en latitudes menores de lo acostumbrado. En América, el fenómeno pudo verse en Canadá y en una docena de estados septentrionales de EE. UU., llegando hasta Oregón y Nueva York. En el hemisferio sur, la aurora pudo contemplarse desde Nueva Zelanda.

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No digas Guau - mejor Hola
No digas Guau - mejor Hola
InfoporAnónimo1/22/2014

Investigadores escandinavos desarrollan un aparato capaz de convertir en palabras los pensamientos de los perros Los perros parlantes ya no pertenecen solo a las películas, dibujos animados y aplicaciones para Android. Un grupo de investigadores escandinavos se propuso la tarea de sacar las mascotas fantásticas de las pantallas y meterles en la vida real. Y ahora ya están listos para enseñar al mundo la primera versión del No More Woof (no más ladridos), un dispositivo portable y externo que es capaz de traducir los pensamientos de los canes al lenguaje humano. El proyecto puede sonar un tanto disparatado, pero sus creadores señalan que es bastante sencillo, puesto que se valen de mecanismos técnicos ya utilizados en otras áreas, como la electroencefalografía y la microcomputación. “La tecnología ya está ahí, lo que hacemos básicamente es empaquetarla de una manera diferente”, dice Per Cromwell, cofundador de la Sociedad Nórdica para la Invención y el Descubrimiento, el laboratorio que se dedica a desarrollar este producto. Lo primero que hace el dispositivo es medir las señales eléctricas de la mente del animal a través de sensores de encefalogramas. Luego una interfaz computadorizada los convierte en palabras, que son proferidas por un pequeño altavoz acoplado al aparato. “Cada cerebro genera patrones cuando piensa, por lo que solo tenemos que mapear estos patrones e interpretarlos. En el caso de los perros, hemos logrado identificar y distinguir entre las sensaciones de cansancio, enfado, curiosidad y hambre”, explica Cromwell. Aunque de momento los perros solo pueden expresarse con un único tipo de voz, los investigadores están trabajando para que haya un abanico de timbres y sonidos que se adapten a la raza y personalidad de cada can. Además, pretenden ofrecer el producto no solo en inglés, sino también en francés, español y chino. “Escuchar lo que está pensando un animal es un concepto fascinante, y poder comunicarse con ellos es un sueño para muchas personas”, opina Cromwell sobre el enorme interés que generó su proyecto en la plataforma de crowdfunding Indiegogo. En apenas un mes consiguieron recaudar 20.000 dólares –el doble de la meta que habían establecido- para financiar su investigación. “Ha sido abrumador, debo decir”, dice el cofundador. En la página de la campaña se puede aportar pequeñas donaciones o adquirir por adelantado un prototipo del producto. Hay cuatro versiones disponibles en la preventa, cuyos precios varían entre 65 y 600 dólares, de acuerdo con la cantidad de funciones y el grado de precisión del dispositivo. Los investigadores resaltan, sin embargo, que todos los prototipos iniciales (que los compradores recibirán dentro de dos meses) serán muy básicos: “Aunque estamos encantados con los resultados hasta el momento, nos gustaría enfatizar que este es un trabajo en proceso y no un producto acabado. Todavía”. La Sociedad Nórdica para la Invención y el Descubrimiento es un pequeño laboratorio fundado por un grupo de comunicadores de profesión que descubrieron que “crear productos interesantes es mucho más divertido que hacer publicidad o relaciones públicas”. Además del No More Woof, se empeñan en desarrollar otros aparatos igualmente inusitados, como la alfombra que vuela por medio de imanes, la escopeta que dispara semillas de flores en vez de balas o el sillón hamaca que recarga tu tableta. Guau!!!!

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10 Claves sobre implantes dentales
InfoporAnónimo11/27/2013

Aunque no hay datos exactos, se calcula que cada año se ponen en España entre 300.000 y 400.000 implantes dentales. Los implantes, según explican desde la Sociedad Española de Periodoncia y Osteointegración (SEPA), son aditamentos, como raíces artificiales, creados para sustituir dientes ausentes o perdidos por cualquier causa, capaces de integrarse hasta el punto de convivir de forma sana y totalmente natural con el resto de los tejidos de la boca. Actualmente están fabricados preferentemente de titanio químicamente puro. Tras su colocación dentro del maxilar o de la mandíbula sirven para que, una vez que estén osteointegrados, den soporte a los nuevos dientes artificiales que irán unidos a ellos. Debemos saber que: 1) El 98% de los implantes se integran en el hueso tras su colocación. A los 15 años, más del 90% de los implantes colocados en el maxilar superior e inferior siguen funcionando adecuadamente. 2)Esto sitúa a los implantes dentales osteointegrados entre las técnicas quirúrgicas con mayor fiabilidad de todas las que se realizan en humanos. 3) No es posible ofrecer una estimación general para todos los pacientes del tiempo de permanencia previsto para los implantes, pero en cualquier caso los implantes dentales actuales no tienen una caducidad conocida. 4) Los tratamientos con implantes dentales han demostrado unos resultados de duración, confort, estética, fiabilidad y predictibilidad muy superiores a otros tratamientos sustitutorios de dientes naturales. 5)Tras valorar su caso concreto, su equipo implantológico podrá ofrecerle una estimación aproximada de la probable duración de su tratamiento. 6) Los implantes no están exentos de sufrir enfermedades que, a medio o largo plazo, hacen que se puedan perder. Así, los implantes tienen los mismos condicionamientos ambientales que los dientes naturales. 7) La falta de una correcta higiene y la consecuente acumulación de placa bacteriana, asociada a factores genéticos, la posible presencia de periodontitis y/o el tabaquismo predisponen a la aparición de enfermedades periimplantarias. 8) La vida de los dientes e implantes transcurre de forma paralela; si el paciente con implantes sigue perdiendo dientes por periodontitis, también perderá implantes por periimplantitis. 9) En aquellos casos en que la periimplantitis se deja a su libre evolución, sin tratamiento adecuado, se pueden producir grandes pérdidas de hueso, que para su recuperación precisarán cirugías muy complejas. 10) Las infecciones periimplantarias pueden desarrollarse después de varios años de existencia del implante dental. Y no olvidar... Se estima que entre un 28 y un 56% de las personas con implantes sufrirá periimplantitis, una situación cuyo tratamiento es, por ahora, menos predecible que el realizado sobre los dientes naturales afectados por periodontitis. Por ello, los expertos insisten en que las personas con implantes dentales deben extremar el cuidado y el mantenimiento de estos implantes para prevenir especialmente la aparición de enfermedades periimplantarias. Las enfermedades más frecuentes en los implantes dentales mal cuidados son la mucositis y la periimplantitis. La primera se produce por la acumulación de la placa bacteriana que causa inflamación de la encía alrededor del implante, aunque es reversible. Ahora bien, si se acumula la placa bacteriana por un periodo de 6 semanas, se producirá pérdida de hueso o periimplantitis. Los principales factores de riesgo de la periimplantitis son la presencia de placa bacteriana, antecedentes de periodontitis, factores genéticos y el tabaco. Afortunadamente estos factores de riesgo se pueden prevenir o eliminar fácilmente mediante una cuidadosa higiene bucal, acudiendo regularmente al odontólogo y suprimiendo hábitos perjudiciales. La clave para evitar que aparezca la periimplantitis es mantener una muy buena higiene bucal y eliminar adecuadamente la placa bacteriana y para ello existen en el mercado un amplio abanico de cepillos con variados diseños, tanto manuales como eléctricos; aunque es muy importante que el dentista aconseje cuál es el más adecuado para cada paciente, en función del tipo de prótesis. Mejor prevenir: Una boca sana evita estragos Si antes de colocar los implantes se trata la periodontitis de base y, posteriormente se va controlando correctamente, se minimizará el riesgo de pérdida ósea alrededor de los implantes. Para poder conseguir una buena función y estética con un implante dental es imprescindible un correcto mantenimiento de la higiene bucal, tanto a nivel personal como por parte del profesional (odontólogo, periodoncista, higienista...).

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Por que tememos a las serpientes?
Por que tememos a las serpientes?
InfoporAnónimo10/29/2013

El cerebro tiene neuronas especializadas que detectan a estos reptiles más rápido que a otros animales, según un estudio Entre los miedos a los animales, las serpientes se llevan la palma. Es mas, tenemos un “sexto sentido” para detectarlas que compartimos con el resto de los primates, o mejor dicho, unas neuronas especializadas en reconocerlas con mayor rapidez que cualquier otro estímulo, según explican Lynne Isbell y otros colegas en el último de PNAS. Estudios previos habían demostrado que incluso los niños de tres años, que no tienen ninguna experiencia sobre estos reptiles, son capaces de detectarlas con gran rapidez, mayor que a cualquier otro objeto amenazante. Se trata de una respuesta ancestral, que aseguran los expertos, ha debido quedar grabada en nuestro código genético. Este tema ha sido objeto de estudio desde la psicología, antropología, primatología o incluso la filosofía. Sin embargo, las aportaciones de la neurociencia han sido escasas y los mecanismos neurobiológicos que hacen posible ese modo de respuesta, del que podría depender nuestra vida, no se conocen apenas. Respuesta de emergencia Sin embargo todos hemos experimentado en alguna ocasión la alarma inmediata que suscita la imagen de uno de estos reptiles o incluso las formas que nos los recuerdan. Imagine que pasea por el campo y descubre una serpiente o simplemente una cuerda enrollada que a primera vista se puede confundir con el reptil. La primera reacción es apartarnos rápidamente. Es cuestión de segundos, pero es vital. El neurocientífico Joseph Ledoux, autor del cerebro emocional, explica que esta respuesta de emergencia parte del tálamo, una estructura del cerebro que se encarga de recibir la información que procede de los sentidos, a excepción del olfato, y procesarla de forma muy rudimentaria. Después, esta información poco detallada se envía a la amígdala, donde se guarda guardan recuerdos emocionales relevantes, como el miedo a una serpiente. A la amígdala le basta la “visión” borrosa del reptil o cualquier forma que se le asemeje para poner en marcha una reacción de huída. Esta transmisión de información visual rápida, aunque poco precisa, permite al cerebro responder ante un posible peligro incluso antes de que seamos plenamente conscientes de él, lo que ocurre cuando la información llega a la corteza cerebral. Paralelamente, el tálamo envía la misma información a la corteza cerebral, que se toma su tiempo para procesar la información que recibe y formar una imagen detallada que nos permita distinguir si lo que estamos viendo es o no una serpiente. En caso afirmativo, refuerza la respuesta de la amígdala, incrementando el ritmo cardiaco, la presión sanguínea y la contracción muscular, para asegurar la huída. Neuronas que nos alertan El grupo de Isbell ha encontrado en un estudio con Macaca Fustata que el origen de esta respuesta de emergencia reside en un grupo de neuronas que se localizan en la parte posterior del tálamo, en el núcleo pulvinar, especializado en la información visual. Estas células responden selectiva y rápidamente a las imágenes de serpientes de una manera que permite la detección visual rápida de estos reptiles. Los investigadores midieron la respuesta de las neuronas del sistema visual de dos macacos a imágenes de serpientes y otros objetos del entorno. En particular, núcleo pulvinar medial y dorsolateralexaminaron las neuronas del , implicadas en la atención visual y el procesamiento rápido de imágenes que pueden representar una amenaza. Evaluaron la respuesta de 91 neuronas a imágenes de serpientes, a rostros y manos de otros macacos y a formas geométricas simples. Y observaron que las serpientes no sólo suscitaron la activación del mayor número de neuronas respecto a otros estímulos, sino que esta fue la más intensa y rápida de todas las imágenes utilizadas. Este estudio, señalan los investigadores, identifica una base neurobiológica que explica por qué los primates muestran una gran sensibilidad visual a las serpientes y son capaces de detectarlas rápidamente, incluso en una escena visual llena de otras imágenes. Teoría de detección de serpientes Según Isbell, su descubrimiento aporta una base científica a su “teoría de detección de las serpientes”, que sostiene que las regiones del cerebro implicadas en la visión, como el núcleo pulvinar del tálamo, evolucionaron en parte para detectar y evitar a las serpientes. De hecho, las zonas medial y dorsolateral de esta estructura talámica encargada de procesar la visión, recibe información directa de la retina y sólo existe en los primates, que se basan sobre todo en la vista para interactuar con el entorno en el que se desarrollan, argumenta Isbell. Este grupo de neuronas están además conectadas con la amígdala, además de con otras estructuras encargadas de procesar información visual y respuestas motoras rápidas, formando parte de la respuesta automática rápida de huida detallada por Ledoux. El hallazgo ahora de que el tiempo de respuesta de estas neuronas es muy corto, fortalece su papel como mediadoras de la información que afecta a la supervivencia mediante una ruta rápida que no pasa por la corteza cerebral.

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