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Primer post: 16 jun 2011Último post: 16 jun 2011
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Cuentos Cortos... O No Tanto Volumen 1
Cuentos Cortos... O No Tanto Volumen 1
ArteporAnónimo6/16/2011

En esta oportunidad les vengo a traer dos de mis cuentos preferidos, y sí! quizás los conoces, tal vez alguien te hablo de ellos, probablemente tus padres de chico alguna vez te los leyeron, pero vale la pena volver a revivir estas historias. Y sí no es así, es un buen momento para que los "descubras". A mi parecer son tan distintos el uno del otro, abarcan temas completamente diferentes y aun así el impacto es certero en mi. Espero, deseo, anhelo que los disfruten. El Príncipe Feliz Oscar Wilde En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico. Y realmente no lo era. -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. -Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa. -Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas. -¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca? -¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños. Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar. Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás. Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle. -¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos. Y el Junco le hizo un profundo saludo. Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata. Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano. -Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia. Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante. -No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa. Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias. -Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo. -¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar. -¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós! Y la Golondrina se fue. Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad. -¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme. Entonces divisó la estatua sobre la columnita. -Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco. Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz. -Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo. Y se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua. -¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo. Entonces cayó una nueva gota. -¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea. Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro. Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad. -¿Quién sois? -dijo. -Soy el Príncipe Feliz. -Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi. -Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar. «¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas. -Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover. -Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre! -No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto. Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada. -Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera. -Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco. Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio. -¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor! -Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras! Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio. La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño. -¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor. Y cayó en un delicioso sueño. Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. -Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío. Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño. -¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno! Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!... -Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina. Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre. Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia. Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros: -¡Qué extranjera más distinguida! Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz. -¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo? -Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido. -Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí? -¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra. -Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido. Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas. -Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra. Y parecía completamente feliz. Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos. -¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente. -¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. -He venido para deciros adiós -le dijo. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más? -Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano. -Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará. -Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando. Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo. Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano. -¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre. Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe. - Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre. -No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto. -Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina. Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas. -Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas. Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas. Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse. -¡Qué hambre tenemos! -decían. -¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia. Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto. -Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices. Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle. -¡Ya tenemos pan! -gritaban. Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían. Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo. La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo. Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas. Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe. -¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano. -Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo. -No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies. En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo. El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible. A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua. -¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz! -¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde. Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua. -El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero. -¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales. -Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí. Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea. Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz. -¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal. -Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. -O la mía -dijo cada uno de los concejales. Y acabaron disputando. -¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho. Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta. -Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. -Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas. “Relato de un utilero” RobertoFontanarrosa Algunos dicen que el mejor puesto, en el fútbol, es el de número nueve. Otros dicen que es el diez, pero me estoy refiriendo a cómo se jugaba antes, cuando el diez era el conductor del equipo, el más hábil, el talentoso. Pero yo siempre digo que el mejor puesto es el mío, el puesto de utilero, con toda la cuestión de las camisetas, los pantaloncitos y los botines. Porque lo de ser director técnico jodido y mire si lo sabré yo, que he visto pasar por el club a infinidad de técnicos y quien más quien menos, todos vivían con una úlcera así de grande por la presión de los resultados, las puteadas de la gente y las exigencias de los directivos. Yo he visto llorar a técnicos en el cuartito de la lavandería, después de perder un partido, como Esteban Turbio, pobrecito, que llegó al club siendo un gordito jodón y rubicundo y se fue con una patada en el culo, tres meses después, con ocho kilos menos y un color en la cara que daba pena, se lo juro. En cambio el utilero, como en mi caso, siempre está ahí, calladito, anónimo, preparando el mate para los muchachos, doblando las camisetas, contando los pares de medias, viendo si no desapareció algún pantaloncito. Oculto bajo el cemento de la tribuna, como si fuera un búnker ¿sabe? Uno de esos búnkeres que uno veía en las películas de guerra, que eran todos de cemento y apenas sobresalían de la tierra. Y usted está ahí, todo el día, día y noche, siempre con luz artificial, enterrado en vida, pero seguro, escuchando, a lo sumo, el rugir arriba de la tribuna, el griterío, la silbatina. E incluso, a veces, le juro que es impresionante, el temblar incontrolable del cemento, la vibración del cemento, como si fuera un terremoto, como si en cualquier momento se le fuera a caer a usted encima toda esa masa de concreto y piedra y hormigón, además de miles y miles de personas, sobre la cabeza. Admito que es un trabajo anónimo, muy anónimo. Siempre sueño que algún día la AFA disponga que cuando se da la constitución de los equipos se incluyan los nombres de los utileros. O que los pongan en el tablero electrónico, con la formación, en chiquito nomás, en letra más chica que la letra con que se ponen los nombres de lo jugadores, los técnicos y los suplentes. Pero que se ponga. Mi mujer siempre me lo reprocha. Siempre me dice que yo daba para más, porque yo hace veinticinco años que estoy laburando de esto en el club. Dígame cuantos técnicos han estado 25 años en alguna parte. Ella es maestra y a veces me ayuda con la ropa de los muchachos planchando o zurciendo alguna camiseta. Usted habrá visto ahora como se agarran, se tironean. Antes no era así. Y le digo que éste, aunque no lo parezca, es un trabajo muy espiritual, no se vaya a creer. Y no sólo por el contacto con los pibes de distintas culturas; acá llegan muchachos de Santiago, del Chaco, de Corrientes, hasta de Venezuela han venido; sino también por el tiempo libre que siempre me queda para leer. Es cierto que uno, si es responsable, si es serio, si encara su trabajo con profesionalismo, siempre tiene algo para hacer, siempre: que engrasar los botines, que cambiar un juego de tapones, que coser de nuevo el número en una camiseta; bueno, eso era antes, cuando los números eran de hule y venían cosidos a las camisetas, no como ahora que son impresos. Pero también queda mucho tiempo libre para hacer otras cosas, no es todo urgencia. Y yo le recalco eso a mi señora, que se trata de un trabajo seguro, como antes cuando usted entraba a trabajar en un banco. Que era siempre lo que me aconsejaba mi viejo, que si yo no tenía un título, arquitecto o médico o abogado, tratara de entrar a trabajar en un banco, que era un trabajo para siempre y muy respetado. Bueno, yo no entré a un banco, pero empecé a laburar de utilero casi como una changa y aquí estoy, 25 años viviendo de esto. Porque, por otra parte… ¿Qué tiene que hacer un utilero para que lo echen? Es muy difícil. No le pueden achacar nada si el equipo anda mal, no le pueden achacar una mala ubicación en la tabla de posiciones. ¿Cuándo le pueden echar la bronca? Podría ser, por ejemplo, si jugando de visitantes se olvida, por ahí, de llevar un juego de camisetas, como le pasó al Sordo Mansilla, de Platense, una vez jugando contra Almirante Brown y tuvieron que jugar con las transpiradas de la reserva. ¡Y el Sordo Mansilla estuvo en la Selección como utilero, mire lo que le digo! O como le pasó a este muchacho Gregorini, de Patronato de Mendoza, que se robaba las camisetas y lo descubrieron porque una vez lo sorprendieron al hijo, pobrecito, dando misa con la camiseta de Patronato debajo de la ropa de monaguillo. Pero sólo en casos así. Y le digo que también tiene satisfacciones. Más de una vez, algún muchacho, después de hacer un gol, me lo ha dedicado por la radio al terminar el partido. No muchos, lo reconozco, pero más de uno. El Perro Alarcón, por ejemplo, sin ir más lejos. O el mismo Garrido. Garrido me dedicó varios, y no sólo para mi cumpleaños, no, en cualquier partido por ahí me lo dedicaba. Lo que pasa es que, más que nada los chicos que llegan del interior, o de afuera, son los que más tiempo pasan en el club, porque están muy solos al principio. ¿Me entiende? Están muy solos. Viven por ahí en algunas de las pensiones del club, lejos de la familia, sin muchos amigos, entonces a veces se quedan más tiempo después de las prácticas. O llegan muy temprano a practicar. Garrido hacía mucho a eso. Y es a lo que quería llegar, de ahí viene el origen de la conversación. Con Garrido fue con el que tuve, si se quiere, más relación, más contacto, porque era un tipo muy instruido, muy informado, como así también un poco raro. Porque era parco, muy parco. Aunque conmigo hablaba bastante, se venía al cuartito de la utilería, tomaba mate y hablábamos. De cualquier cosa, de la vida, de la política, de pintura. No era como el paraguayo Egusquiza, que vino con él, los dos de Olimpia de Asunción, que también llegaba temprano a las prácticas y se quedaba, pero al que no se le podía sacar una palabra ni a garrote. Era una piedra ese paraguayo. Fueron los dos últimos que llegaron ese año porque el club se lanzó a una búsqueda de refuerzos desesperada. Trajeron como catorce, no le miento. Como catorce jugadores, buenos, malos, horribles, y discretos, flojas incorporaciones en general pese a la gran campaña, salvo Dardo Garrido que era un fenómeno, pero un fenómeno de los que se ven de tanto en tanto. Al punto que, cuando yo lo vi en la cancha; porque yo veo algunos entrenamientos, no vaya a creer, me gusta el fútbol, lo he jugado, pensaba: “¿Como es que no ha llegado más alto este muchacho? ¿Cómo es que no viene con mucha más fama?”. Porque cuando llegó al club no lo conocía nadie, ni el técnico. Fue uno de esos tantos compromisos que tienen los clubes con algún intermediario, que ubica a algún jugador suyo en otro equipo, pero a cambio le mete a usted algún bagayo o a algún otro muchacho que le queda colgado por el cierre del libro de pases y quiere tenerlo en actividad en alguna parte. Y Dardo Garrido venía de una punta de clubes, después se supo. Había estado en México, en el Toluca; en Austria; también Bélgica, pero siempre en equipos de segunda división, en el ascenso. En el Arys de Salónica, en Grecia; en el Estudiantes de Mérida, en Venezuela; y el último equipo donde había estado era en el Olimpia de Paraguay y de allí era que había venido junto con el otro paraguayo, ése al que le cuento que no se le sacaba una palabra ni a garrote. ¿Y sabe lo primero que me atrajo de Garrido? Usted se va a reír: la cabeza que tenía Garrido. Una cabeza así, maciza, sólida, armónica. Una cabeza para dibujarla, le juro. Le digo esto porque yo he sido siempre medio aficionado al dibujo y tiempo atrás, ahora no, a veces me llevaba al cuartito un block de de hojas Romaní y dibujaba. Copiaba cosas, ¿sabe? Láminas, por ejemplo, que cortaba de las revistas. Imágenes sagradas, a veces, esos Cristos crucificados. O santos. A lápiz, con efumino, en ocasiones le daba volúmenes o degradés con el dedo, así, con el dedo gordo. Y la cabeza de Garrido daba ganas de dibujarla. Porque no era cabezón, lo que se dice estrictamente cabezón. Cabezón era el otro, el Luís Almada, un correntino que vino de All Boys un poco antes. Porque ya le conté que el doctor Folch, al asumir la presidencia del club, se propuso firmemente salvarlo del descenso. Folch es un tipo joven, un empresario, un hombre de negocios. Y muy ambicioso, créame, muy ambicioso. Su intención, en rigor de verdad, es llegar a ser intendente de la ciudad, digamos, lo suyo tiene una aspiración política muy definida. Pero a nivel de política nacional, no de clubes. Para él, el club es nada más que una vidriera, un trampolín para otras cosas, una oportunidad para hacerse ver en la prensa y aparecer en televisión. ¿No ve que aparee en cuanto programa usted mira por televisión? El hombre apunta a eso, es su objetivo. Y apenas ganó las elecciones, poniendo mucha plata, con la promesa de que iba a salvarnos del descenso, para empezar a cumplir con su promesa compró esa cantidad enorme de jugadores. Como catorce. Y entre ellos estaba el Luís Almada ese, el cabezón, “Cabezón” le decían los muchachos, que no anduvo mal y que jugaba de lateral izquierdo. Pero la cabeza de Dardo Garrido era otra cosa, yo no sé. Porque tenía esos rulos rubios, muy rubios; el “Rulo” le decían los compañeros, el “Rulo” Garrido, que normalmente estaban paradas, cómo decirle, bastante flotantes sobre la cabeza, pero apenas transpiraba, y ese sí que transpiraba la camiseta, los rulos se le pegaban al cuero cabelludo y quedaban ahí, inmóviles, como un bajorrelieve, como esculpidos. Eso era. Era como la cabeza de una estatua, más que para un dibujo, era para una escultura, con esa nariz recta y fina que le continuaba la línea de la frente. Y los labios bien marcados, ¿vio?, como los de las muñecas antiguas. Había algo, como le diría… de femenino en los labios de Garrido y no quiero que esto se interprete mal, porque no se puede negar que adentro de la cancha lo demostró a través de todo el año. Era el más macho de los machos. Pero la boca, los labios, tenían una protuberancia, una carnosidad, que los hacía un tanto feminoides. Le juro, no me malinterprete, por favor –le he dicho que llevo toda una vida de casado, tengo dos hijos- pero a veces, lo confieso, no le podía sacar la vista de encima a Garrido cuando estaba en el vestuario. Especialmente, cuando estaba en la camilla del masajista, el Chino Pico. Porque no le diré que tenía un gran físico, pero tenía un físico de una armonía notable, Garrido. Fibroso, ¿me entiende? De espalda muy ancha, tanto, que parecía que las piernas fueran flacas. Y no lo eran. Lo que pasa es que la espalda y los pectorales estaban muy expandidos, como los abdominales, que parecían marcados como con un cincel. Parecía una tabla de lavar ese abdomen. Yo a veces no quería observarlo demasiado mientras lo masajeaban porque, ¿vio?, a veces los muchachos son muy malignos, muy malintencionados en sus bromas y sus chacotas. Los jugadores a veces parecen muy calladitos, muy tímidos, negritos que apenas si hablan, pero el más lento se coge un avestruz al trote, con perdón de la expresión. Son muy bichos, están mirando todo, siempre atentos, siempre en guardia, no se les escapa nada, como esos animalitos que ventean el aire tratando de localizar alguna amenaza, algún peligro… Pero estos pendejos están siempre a la pesca de un motivo de diversión, de cargada. Pregúntenle si no al Chino Pico, el masajista. De él se comentaba que era homosexual. ¡El Chino Pico! Si usted lo viera, un negrazo enorme con bigotes tipo mexicano, picado de viruela, buenazo el Chino, con unas manos que parecían dos bolsas de agua caliente. Pero a él siempre lo cargaban con esas cosas los muchachos, se hacían jodas cuando alguno tenía que pasar por la camilla del masajista. “Cuidado con el Chinito”, se reían. “ojo por donde te masajea”. “No dejés que te ponga boca abajo”. Y se lo decían directamente al Chino, no se vaya a creer. “Chino, ahí te mandamos un pibe nuevo”, le avisaban. “Tratalo con cariño que es muy tiernito.” Y el Chino se reía. Pero nada más. Se reía. Yo nunca supe que lo que se decía de él fuera cierto. Siempre alrededor de los masajistas se arman esas historias un poco sucias. A lo sumo se podría decir, hilando fino, que a veces cuando lo masajeaba a Garrido lo tenía mucho más tiempo en la camilla. Y lo cubría de aceites, le pasaba mucho las manos por arriba, cerca de las ingles, que se yo… Yo notaba eso. Alguien se lo remarcó, en una ocasión, creo que fue don Aníbal, el técnico. Le dijo que se estaba retrasando mucho con los masajes y el Chino argumentando que Dardo tenía que ser el más concienzudamente preparado porque siempre era el del mayor esfuerzo o el que venía más castigado por los rivales, el que sufría los golpes más despiadados, como el que tuvo en la final, que después pasaré a contarle. Y las otras dos cosas que me sorprendieron de Garrido fueron su juego de cabeza y sus remates. Porque le digo que yo veía las prácticas. A veces me asomaba y las miraba. Garrido se elevaba en el aire de una manera, cómo decirle, aerostática. Saltaba, parecía de pronto que se detenía un momento en el aire, que quedaba suspendido ahí, en lo alto, y luego continuaba subiendo. Algo increíble. Algo que sólo recuerdo en Pelé, que parecía que encontraba un escalón invisible en el aire. Garrido, también. Daba la impresión de que ya había conseguido su máxima altura y que no había sacado suficiente ventaja sobre los demás como para cabecear con soltura y de pronto continuaba su ascenso y metía el frentazo. O le sacudía con el parietal. Si hasta parecía, a veces, que se detenía en el espacio para esperar la llegada de la pelota como si fuera un colibrí, como si hubiese saltado antes de tiempo, fuera de distancia. Y le metía el cabezazo, con esos rulos que le contaba, siempre de pique al suelo, jodido, dañino para los arqueros. No se olvide que yo conozco de esto porque he jugado mucho en el patio del Colegio San José, cuando era chico. Y después, el remate. Le pegaba con una violencia y una precisión increíbles. Desde cualquier parte, tenía una mira de fusil en los ojos. Con las dos piernas. Y lo refrendó en el campeonato. Empezó a hacer goles y goles y goles. Al principio, cuando no lo conocían y le daban espacio… ¡Y cuando lo conocieron también! Se empecinaba, se ponía terco, tozudo, y la metía adentro. Pese a la marca, a los golpes, a las trompadas criminales que le pegaban los defensores. ¡Si todos sabían que era el único que jugaba! ¡El único! Los otros muchachos ayudaban, lo complementaban un poco, corrían, ponían voluntad, no mucho más que eso. Pero nada más. Yo nunca he visto a un equipo depender tanto de un jugador como este equipo dependía de Garrido. Algo increíble, nunca visto. Y un equipo que hiciera tan buena campaña, gracias a un solo hombre, a un solo hombre. Y él, siempre callado, calladito la boca, aguantando todo, los golpes, los insultos, las porquerías. Hasta ingenuo parecía a veces, desde ese punto de vista. Pero contestaba golpe por golpe. Más le daban y más se agrandaba. Un fenómeno, un verdadero fenómeno. Por supuesto, con Garrido el equipo empezó a ganar. A ganar y ganar y ganar. Entonces, lo que había parecido una simple fantochada del doctor Folch empezó a tener visos de realidad. Todo el mundo comprendió que, con ese jugador, se podía concretar la hazaña. Y le cuento que, matemáticamente, era casi imposible salvarse del descenso. Casi imposible. Yo le confieso que nunca ha sido mi fuerte la matemática. Me han gustado el dibujo, la geología, la historia, pero las matemáticas, no. Y cada día que pasa el fútbol está más relacionado con las matemáticas, con toda esa cuestión de los promedios y esas estupideces. Antes, el que salía último, se iba al descenso, y a otra cosa, era todo más simple. Ahora, con esa cuestión del promedio de los últimos años, usted tiene que seguir un curso de trigonometría para adivinar lo que puede pasar. Pero le conté que mi esposa es maestra y un día me dijo: “Mirá viejo, que saqué la cuenta para que ustedes se salven del descenso, tienen que sacar cuatro puntos más que los que sacaron los dos últimos campeones en los dos últimos campeonatos”. ¡Cuatro puntos más que los campeones, imagínese! Había que salir campeones para salvarse del descenso. Una locura, una verdadera locura. Y con un equipo recién armado, lleno de jugadores nuevos, sin ninguna estrella aparente, un montón de mediocres, un plantel de aventureros al paso. El mismo doctor Folch, que le dije que es un empresario, llegó a la misma conclusión que mi señora pero por otros medios, tecnológicos estos. Alguien me contó, muy confidencialmente, que había hecho meter en una computadora todos los datos de los últimos quince torneos y que los resultados daban que ni absolutamente de pedo nos podíamos salvar. Antes del torneo el doctor decía a los cuatro vientos que la salvación era un hecho, pero él íntimamente sabía, como todos nosotros, que estaba hablando de una quimera. Bueno, toda esa realidad oscura, todo ese pronóstico fatal, lo cambió Garrido con sus actuaciones. Y a medida que avanzaba el campeonato y nos manteníamos en la punta, sus actuaciones eran más y más heroicas. Épicas podría decirse. Combatía en el campo contra lo que se le pusiera enfrente. Como se dice ahora, se ponía al hombro el equipo y lo llevaba adelante, luchaba por cada pelota como si estuviera tratando de rescatar a un hijo suyo de una ciénaga y volvía al vestuario con el cuerpo destrozado por las patadas, los codazos y los arañazos. Como la patada que le rompió la pierna en el partido final, algo increíble. Porque llegamos a la final, como usted sabe. Contra todos los pronósticos, contra todas las opiniones, contra todas las presiones de los equipos grandes y de los árbitros, llegamos al último partido, contra Defensores, y ganando conseguíamos las dos cosas más ansiadas: la salvación del descenso y el título de campeones. Paradojas del fútbol nuestro, tan desconcertante. El estadio, para que le cuento, estaba repleto, hasta la bandera, como dicen los españoles. Nunca vi tanta gente allí, salvo en el Mundial. Yo, abajo, en mi búnker bajo las tribunas, percibía el trepidar del cemento, la palpitación del concreto, el sacudirse –no le miento- de los vasos, de la yerbera, de las cucharitas, en mi mesa del cuartito, cuando la hinchada gritaba eso de que “el que no salta es un tal cosa”. Y saltaban todos, cientos, miles de tipos enfervorizados, como probando la solidez de la construcción. Se me cayó el azúcar al suelo, recuerdo, mire el detalle. Y no era fácil la cosa, porque Defensores no tenía posibilidades de salir campeón ni de irse al descenso, pero le habían puesto millones de dólares para que fuera al frente, eso me había dicho el Mingo Caruso, el utilero de ellos, con quien hicimos un intercambio de camisetas antes de empezar el partido, cuando vino a saludarme y a desearme buena suerte al vestuario. Un fenómeno el Mingo, el mejor utilero a mi juicio. ¡Ese debería estar en la selección y no Azevedo! Serio el Mingo, responsable, prolijo. Atildado. Usted lo ve salir a Defensores a la cancha y es un lujo. Las camisetitas bien planchadas, ningún puño deformado, la raya de los pantaloncitos, el cuellito marcado, los botines lustrados… Un lujo, siempre un lujo los equipos del Mingo. Y él me dijo que los de Defensores estaban incentivados hasta la manija, por supuesto. Pero, a los treinta del primer tiempo, gol de Garrido. Fue una explosión nuclear, mire. Porque fue de improviso, después lo vi por televisión. No una de esas jugadas en las que usted ve venir el gol, no. Salió de un entrevero entre tres o cuatro rivales, como a cuarenta metros del arco y miró hacia el área como para meter el centro. Pero le pego directo. Un balinazo impresionante, recto y a media altura que se metió al lado del primer palo, con el arquero mirando. Sacudió la red y yo, ahí abajo, escuchando la radio, oí como si una bomba de profundidad hubiese estallado arriba de mi cabeza. Creí que quedaba sepultado allí para siempre y que, dentro de unos años, mi recuerdo sería nada más que una plaqueta, pequeña, sobre los escombros. Cuando los muchachos volvieron para el entretiempo, había euforia. La hazaña parecía a un paso. Sólo una cosa empañaba el festejo. Garrido venía rengueando. Le habían metido una plancha, tras un corner, que casi le había partido la pierna derecha. Y eso había sido al comienzo, a los cinco minutos, cumpliendo un defensor de ellos con la conocida consigna de eliminar desde el vamos al más importante de los rivales. Casi diez minutos había estado fuera de la cancha Garrido, ante la angustia de todo el estadio, siendo atendido por el doctor Medina. Y Garrido no era de hacer teatro, porque era de una fortaleza y de una bravura formidables, aparte de que su amor propio lo llevaba a no demostrar dolor ante terceros. Pero después volvió, metió, luchó y corrió más que nunca y llegó al entretiempo rengueando. El doctor Medina lo hizo tender entonces en la camilla preocupado. Le bajó la media, le saco la canillera plástica y le juro que lo que vimos era un horror. Garrido tenía la pierna fracturada. Una fractura expuesta. Se escuchó en ese vestuario, recuerdo; recuerdo y se me pone la piel de gallina; como el soplar de un viento fuerte cuando todos, le digo todos los que estábamos allí, hicimos fuerte con la boca, “Fsssss”, aspirando hacia adentro, con fuerza, estirando los labios, tensionando los músculos del cuello, impactados por el espanto. “Está quebrado, pibe” atinó a decir el doctor, en un hilo de voz que su escuchó en todo el vestuario porque nadie ni siquiera respiraba. La canillera, le cuento, estaba partida por el medio como si le hubiesen acertado con un hacha. Y allí nos dimos cuenta que la media, arrollada ahora arriba del tobillo, estaba pesada y pringosa por la sangre. Una de las puntas del hueso quebrado asomaba casi un centímetro por sobre la piel perforada. Garrido, que fruncía la cara de dolor y de bronca, dejó de gesticular y me señaló, agitando la mano en el aire. “El cinturón, José” me gritó “Dame el cinturón”. Me saqué rápido el cinturón; un cinturón muy lindo, de cabritilla, regalo de mi hija Sara; y se lo di ante la mirada expectante de los otros. Se reincorporó en la camilla y, de una palmada brutal sobre su canilla rota, se enderezó la pierna. Gritó de dolor, como un animal, pero fue un instante. Luego, se ciñó el cinturón mío firmemente sobre el lugar de la fractura para impedir la circulación de la sangre, pidió a los gritos otra canillera, se subió la media tinta en sangre y saltó al piso. Imaginé su dolor al chocar los tapones contra la baldosa y un millón de agujas heladas se me clavaron en la columna vertebral. “Una aspirina” me pidió después, “Una aspirina”. Se la alcancé. La tomó, sin agua. “Vamos” ordenó Garrido, tonante, y arrancó para la cancha. Ya el árbitro reclamaba para el segundo tiempo. “¡No podés jugar así, pibe!” reaccionó entonces el doctor Medina, un buen hombre, intentando atajarlo. Pero Garrido le dijo: “Si jugué así casi todo el primer tiempo, puedo jugar el segundo”. Y se fue hacia la salida del túnel acompañado por el resto de los muchachos. El doctor Medina quiso insistir pero Folch, que estaba en los vestuarios, lo retuvo por un brazo. Estoy seguro de que, con tal de conseguir sus objetivos, el presidente hubiera sido capaz de permitir a Garrido salir a jugar aunque hubiera sufrido una fractura de cráneo. Lo cierto es que los muchachos salieron para el segundo tiempo, con Garrido al frente, descompuesto el rostro por el dolor, manchadas las ropas de sangre y con mi cinturón ajustándole la pierna para evitar que el hueso volviera a salirse de lugar. Recuerdo que lo miré al Chino Pico y estaba llorando, llorando por la emoción de ver a un hombre en la cúspide de su hombría. No me sorprendió. Yo también lloraba. Después, en el segundo tiempo, vino lo terrible, lo difícil de asimilar, de entender, de aceptar. No podíamos meter otro gol para asegurar la conquista. El partido se puso difícil y complicado. Yo, enfermo por los nervios, apagué la radio a eso de los veinte minutos. Pero el silencio que me llegaba desde arriba era todo un anuncio. No pasábamos la mitad de la cancha. A Garrido lo marcaban de a cuatro, conscientes de que era el único que podía desnivelar definitivamente el partido. A los cuarenta escuché un estallido enorme. ¡No podía ser gol de ellos! ¡No habían traído tanta gente como para gritar así! Volvieron a sacudirse los vasos, el mate, la yerbera, las cucharitas, los pocillos de café como atacados por paludismo. Corrí a la radio y la prendí de un manotazo. Era penal para nosotros. Salté solo por el vestuario con los puños en alto, en silencio, y lloré de nuevo. Era el campeonato, el milagro del campeonato junto a la salvación del descenso. Lo pateó Garrido y lo tiró afuera. Así de simple. Lo tiró afuera. Como lo digo, como se lo cuento ahora. Tomó carrera, le pegó alto y lo tiró afuera. Pero muy alto, muy alto y muy afuera. Sentí un dolor enorme en la garganta y bajaba un silencio de la tribuna que parecía un presagio de la tragedia. Lo primero que hice fue mirar el reloj. Faltaban tres minutos, solamente tres minutos para alcanzar la gloria pese a ese puto penal errado, el primero que erraba Garrido en todo el campeonato. Había rematado ocho y todos adentro. Pero nada de casualidad, por poco o con un poquito de fortuna. Nada de penales que pegaban en el palo y luego entraban, o que los manoteaba el arquero y se metían o que salían mordidos y mal pateados y entraban pidiendo permiso, picando por el medio del arco. Nada de eso. Los había metido a todos con unos taponazos sublimes, secos y altos, junto al palo, sin darle al arquero ni tiempo de moverse. Y ahora erraba este, el casi definitivo, el más importante… Tres minutos apenas, pese a todo. Escuché, de pronto, que la tribuna comenzaba a alentar atronadoramente, como sacando fuerzas de la flaqueza, como tratando de mandar hacia adelante a un equipo que podía caerse por completo ante el inesperado error de su ídolo máximo. Se pedía, nada más, que un último esfuerzo, un sacrificio postrero. En un rapto de valor, tal vez contagiado por el clamoreo, prendí la radio. Estábamos dominando, con furia y coraje Garrido había sacado hacia adelante el equipo, lo había puesto en campo contrario y alejaba cualquier peligro de nuestro arco. Sin embargo, y créame que me cuesta recordar esto, ya en tiempo de descuento, ellos sacan un contragolpe aislado y fuerzan un corner. Me agarré la cabeza con las manos y me desplomé en una silla, junto a la radio. No sabía si apagarla o escuchar. Decidí escuchar. Vino el corner, saltaron un montón y, en su afán de despejarla, Garrido la peinó y la metió en contra, abajo, junto al palo opuesto del arquero. Perdóneme la pausa… Me resulta difícil evocar esto sin acongojarme, créame… Pero, en fin… Así es el fútbol… En un minuto, en un segundo, en una milésima de segundo, se nos hizo pedazos el sueño de la hazaña, se nos hizo trizas la ilusión… No salimos campeones y nos fuimos al descenso, simultáneamente. Creo que nadie volvió por el club en una semana. Y yo tampoco. Aquello era un velorio. Supe después, por los diarios, que la mayoría de los jugadores se habían marchado. Vendidos algunos, a diversos clubes, a préstamo otros, dejados libres en muchos casos. Una dispersión, una diáspora, una migración colectiva, una huída general ante el fracaso. Volví a los vestuarios, tiempo después. De a poco, usted bien sabe, las heridas se restañan, el dolor se apacigua, la amargura se mitiga. Comencé, de nuevo, a arreglar las cosas, acomodar las camisetas, completar los juegos, replanchar las medias. Fue entonces que pasé frente al casillero que había pertenecido a Dardo Garrido. Sabía que Dardo también se había alejado del club tras aquella noche de pesadilla cuando borró, con dos errores monumentales, todo un campeonato de éxitos extraordinarios. El casillero estaba cerrado con candado, pero tuve la curiosidad por ver si había quedado algo adentro, que él hubiese olvidado o que pudiese ser útil. Mi cinturón por ejemplo, el que había contenido su fractura expuesta casi más de cuarenta y cinco minutos. Busqué un manojo de llaves y las fui probando hasta que logré abrir. En el estante de arriba, el más largo, no había nada. Sólo un rollo de vendas blancas, mal enrolladas, casi ocultas en un ángulo oscuro. Pero en la parte de abajo había un bollo de ropa. Saqué un buzo azul oscuro, de una marca deportiva remota, “Arpegio”, paraguaya quizás que Garrido siempre usaba en los entrenamientos. Al sacarlo, encontré atrás, una carpeta bastante voluminosa. La tomé, entonces. Era de cartulina gris y estaba llena de tierra como así también ondulada por la humedad que las ropas transpiradas posiblemente, le habían transmitido durante mucho tiempo. Contenía una buena cantidad de hojas, un alto así, más o menos, como de diez centímetros, bastante maltratadas. En las primeras, las de arriba del todo, había pegados recortes de diarios, notas, titulares, fotos donde se veía a Dardo Garrido en acción, jugando al fútbol. Me sonreí. Sin duda, el aparente desinterés de mi amigo por la prensa no era tanto. Pese a su conducta un tanto esquiva, de bajo perfil como dicen ahora, de eludir los micrófonos y las cámaras, alguna parcela de su ego gustaba de releer artículos donde se lo halagaba, gustaba de repasar fotos donde se lo veía saltando a cabecear, disparando al arco, forcejeando con los rivales. Continué hacia atrás y comencé a encontrarme con notas en otros idiomas, en inglés, por ejemplo, sueco. Alemán también, y flamenco. A lo último, en las páginas más amarillas y quebradizas, me encontré con artículos escritos en griego, con la firma constante al pie: “Píndaro”. Fue lo único que pude reconocer con mi pobre aprendizaje de griego en la escuela secundaria. Pero me asaltó una suerte de inquietud, una ansiedad por saber qué decían esos artículos que parecían provenir desde el fondo mismo de la historia del deporte. Envolví la carpeta y esa misma noche se la llevé a don Aristo Konialidis, un tío de mi mujer que es profesor de griego. Y él me la tradujo, sin sospechar que tuviera ninguna relación con la realidad porque creo que don Konialidis no tiene ni siquiera conocimiento de la existencia de un juego llamado fútbol. Me dijo, y le juro que esto fue lo que me dijo, que Píndaro había sido uno de los más importantes críticos deportivos de la antigua Atenas. Y que los artículos narraban que Dardo Garrido, fue concebido por la unión de Clístenes, dios de la Zarza, y Alcmena, prima de Argos. Poco antes de dar a luz a Dardo, Alcmena escuchó de boca de Tisífona, diosa de la filatelia, una profecía anunciando que su hijo sería quien dominara el mundo. Temerosa de perder sus poderes. Alcmena escaló la cima del monte Samos y rogó a Taumas, padre de los genios de la tempestad y dios de la fertilidad asistida, que la embarazara de cuatro jóvenes más, con los que Garrido tuviese que compartir sus poderes. Taumas, hijo de Colofón, odiaba a Clístenes porque éste había devorado los ojos de Periferia; madre de Taumas; en un ataque de ansiedad oral inexplicable y decidió castigarlo más duramente aún. Llamó al jabalí de Minucia, que asolaba los huertos de Hecateo, y le ordenó devorar a todos los hijos de Alcmena. Pero ya allí, apenas nacido, Garrido demostró su valentía sin límites, cortando los testículos del jabalí de Minucia con un trozo afilado de la Tinaja de Calcídica, roto a la sazón por un puntapié de Ceos, gigante del calzado. Furioso ante la muerte del jabalí, Taumas impuso a Garrido una serie de terribles castigos. Debía, en principio, quitar uno a uno los frutos venenosos de los árboles más altos de la Estigia, custodiados por feroces aves rapaces. De allí; deduje yo entonces; la prodigiosa que mostraba Dardo Garrido en sus piernas, cuando saltaba. Luego, Taumas, le ordenó derribar a puntapiés las rocas que cerraban el estuario de Siracusa, protegiendo la cueva donde moraba Perséfone, rey de la noche ateniense y primo de Tifeo. Y aquello explicaba la potencia asombrosa de sus remates. Por último, Taumas impuso a Garrido una condena para toda la eternidad. Debería construir por si solo, casi sin ayuda de nadie, un templo gigantesco que asombrara a las criaturas vivientes y a los mismos dioses, por su magnificencia y belleza. Y cada vez que estuviese a punto de concretar su maravillosa obra, debía derrumbarla de un golpe, para luego comenzar de nuevo. Volví muy impresionado a mi casa, y le aseguro, nunca le conté nada a nadie. Pienso, por otra parte, que no me creerían. Pero me subleva, le juro, que se dude ahora de la honestidad de Garrido en ese último partido. No volví más a hablar sobre el tema. Tiré la carpeta también por cualquier parte. Hace unos días, en una de esas revistuchas de fútbol, que cayó en mis manos, leí que Dardo Garrido había firmado para un equipo de Costa Rica, no recuerdo el nombre del equipo. Y que le iba muy bien. Habían ganado los primeros cuatro partidos. GOD BLESS YOU ALL!!!

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