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Un ensayo sobre cómo el progresismo ha ido generando el rechazo a las bases de nuestra civilización tal como la conocemos hoy en día Advertencia: post largo como la lista de "amigos" de tu hermana En el 2017, siguiendo la voluntad del fallecido Paul Ramsay, un filántropo hombre de negocios que hizo su fortuna en la industria de la salud, se creó en Australia el Centro Ramsay para la Civilización Occidental. Paul Ramsay estaba profundamente preocupado por la falta de educación de los australianos en cuanto a cultura occidental, tanto en la escuela, como en la universidad. Así que derivó parte de sus 3.4 mil millones de su fortuna para que se pudiera hacer algo al respecto. Como Director de la Fundación del Programa de Cultura y Civilización Occidental en el Instituto de Relaciones Públicas, he estado siguiendo muy de cerca estos sucesos. El Centro Ramsay ha ideado una Licenciatura en Arte y Civilización Occidental, basada en grandes libros y renombradas piezas de arte, enseñada en colaboración con otras universidades. No obstante, desde el lanzamiento, el centro Ramsay ha encontrado todo tipo de hostilidad y resentimiento por parte de potenciales socios universitarios. En la Universidad de Sydney, por ejemplo, el staff ha lanzado una campaña hace unos meses para "Pedir que el Centro Ramsay quede fuera de la Universidad". El mismo staff que se encuentra rabiando a su Vice-Canciller ahora que anunció que consideraría aceptar la donación de 64 millones de dólares si se garantiza que la Universidad tuviera completo control sobre el currículo, la lista de lecturas, y los temas académicos relacionados a la Licenciatura en Arte y Civilización Occidental. Previamente, la Universidad Nacional Australiana salió de las negociaciones a última hora cuando su Vice-Canciller citó preocupaciones sobre la autonomía académica, después de una muy pública y controversial marcha atrás por parte de otros académicos universitarios y del Sindicato de Educadores Terciarios, quienes se mostraron enérgicamente en contra del programa. Hace algunas semanas, me invitaron a un brindis de ex-alumnos de la Universidad de St. Andrews, en Melbourne. El evento se veía prometedor. Un pequeño smart-bar en un hotel, ocho individuos de distintas edades y ocupaciones, todos juntos con la perspectiva de pasar una tarde amena que seguro iba a recordar. En medio del usual intercambio de cumplidos, descubrí que uno de los allí presentes era un administrador en la Universidad. Cuando él supo que yo era Director de la Fundación de Cultura sobre Civilización Occidental en el Instituto de Relaciones Públicas, en seguida detecté una ligera incomodidad. A partir de ese momento, cualquier afabilidad hasta entonces desapareció en el preciso momento en que me preguntaron qué pensaba acerca de el Centro Ramsay para la Cultura y Civilización Occidental. El rechazo a la Licenciatura en Arte y Cultura Occidentales está basado en la absurda idea de que todo aquel que quiera hablar o estudiar sobre Civilización Occidental, seguro es un supremacista blanco. En algunos círculos académicos, la Civilización Occidental es considerada responsable por todos los males del mundo, pasados, presentes y futuros. A principios de este año, la Decana de Artes de la Universidad de Newcastle escribió un artículo en el diario The Conversation en donde declaró que la Civilización Occidental es historia pasada, y que en la actualidad es demasiado "blanca" para ser enseñada en salones multiculturales. Los académicos de la Universidad de Sydney apoyaron lo planteado, denunciando que la Licenciatura en Artes y Cultura Occidental respalda el racismo, disfrazado como apreciación por la Civilización Occidental. En el sindicato de Educadores Nacionales de Educación Terciaria, el anterior director, sociólogo y teórico de género Raewyn Connell, afirmó frente a los presentes que la currícula "tiene racismo impregnado en su agenda". Cuando respondí a mis colegas que no me sorprendía en lo absoluto la respuesta de las Universidades australianas - mostrando nada más que antipatía hacia los estudios sobre Cultura y Civilización Occidental por parte de muchos académicos-, no creyeron que ese grado de hostilidad era algo negativo. Cuando agregué que pensaba que todos los estudiantes secundarios deberían aprender algo sobre cultura Occidental, me miraron horrorizados. Desde este punto de vista, saber qué pasó en la Revolución Industrial o en el Siglo de las Luces es irrelevante y una pérdida de tiempo para los estudiantes. Para él, la historia se trata de problemas, no de conocimiento. En ese momento me di cuenta de lo mucho que se alejaron las universidades, especialmente las de Humanidades, de su plan original. Desde el Renacimiento hasta los años 1960, los estudios sobre Humanidades, derivados del latín "studia humanitatis" o estudio de la humanidad, tenían como propósito meditar sobre el entendimiento del mundo a través de las grandes tradiciones del arte, la cultura y la filosofía. Sin embargo, en los años 1970 y 1980, surgió una nueva clasificación de "humanidades" cuyas materias rechazaban esa tradición. Las nuevas humanidades fueron diseñadas por grupos afines a teorías post-estructuralistas y post-modernistas, cuyas ideas fueron "rescatadas" de ciertos filósofos franceses de unas décadas atrás, tales como Jacques Derrida, Louis Althusser, Michel Foucault, y el psiquiatra Jacques Lacan. Las nuevas humanidades sostienen que, en los últimos 500 años, la Civilización Occidental ha hecho todo mal en lo que respecta a conocimiento, verdad y ciencia. Esos campos tienden a reclamar que tanto el conocimiento como la verdad no son absolutos, sino relativos. Por ejemplo, no hay una verdad objetiva y la verdad depende de quién la vea y en qué contexto. Más aún, en lo que a la ciencia respecta, reivindican la idea de que las teorías científicas no nos proveen con lo que podríamos llamar conocimiento, ya que son "inventadas" más que descubiertas. La Historia como disciplina, ejemplifica cómo la influencia de los postmodernistas y sus seguidores en las Humanidades. muchos historiadores han sostenido enfáticamente que la verdad ya no va de la mano con la historia, y que es imposible que la historia sume conocimiento sobre la humanidad. Este es el tipo de cosas que usualmente señalan la sentencia de muerte de cualquier disciplina, pero los historiadores se han levantado de sus cenizas y se han fijado un nuevo propósito: alcanzar la justicia social.