Trubaedo
Usuario (Colombia)
Hola, lo siguiente es un fragmento de el libro que todos los bachilleres deberían leer: "La Cultura todo lo que hay que saber" del erudito alemán Dietrich Schwanitz (1940-2004). Aunque en este fragmento hace una crítica a la sociedad en general, mostrando lo que NO habría que saber. Esto, recuerda la frase de Groucho Marx : "La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro." Lo que no habría que saber También forma parte de la cultura saber lo que no hay que saber. Hasta el momento, este tema no ha sido suficientemente investigado. «El saber nunca está de más», se dice, «cuanto más se sabe, tanto mejor»; pero esto no son más que prejuicios. El mismo pecado original debería habernos enseñado ya otra cosa: el saber también puede ser perjudicial y contrario a la verdadera cultura. Así, por ejemplo, normalmente no se considera un signo de cultura conocer a la perfección los barrios chinos de todas las grandes ciudades del país. Y mostrar entusiasmo por las distintas formas de subliteratura puede perjudicar a quien pretende hacerse pasar por una persona culta. Por lo tanto, el recién llegado al país de la cultura debería conocer las costumbres del país y recordar qué zonas del saber conviene evitar o, en caso de haberse familiarizado con ellas, intentar por todos los medios que nadie lo note. A continuación mencionaré algunas de estas zonas. 1. Las casas reales europeas son uno de los terrenos más peligrosos para las mujeres. En este punto existe una clara contradicción entre el pasado histórico y el presente; por una parte, se ve bien que una persona culta conozca las uniones dinásticas entre los Habsburgo, los Borbones y los Wittelsbach durante el siglo XVIII. Pero, por otra, conocer con todo lujo de detalles los actuales problemas familiares de la Casa de Windsor o los problemas matrimoniales de la familia monegasca puede dar mala fama. De este tipo de cosas hay que hablar con la máxima discreción. Así, cuando uno se vea obligado a hablar de ellas, deberá hacerlo siempre de pasada, como si fuesen temas sobre los que hubiese leído por casualidad; y tratarlos como algo a lo que no se da ninguna importancia, que no se recuerda bien porque realmente no interesa. En este punto es aconsejable demostrar falta de memoria. ¿Por qué es aconsejable este desconocimiento? A diferencia de lo que acontece con las uniones dinásticas del pasado, los conocimientos sobre los actuales problemas matrimoniales de la realeza forman parte de una especie de cotilleo que vive a costa de la high-society, y cuyos chismorreos son difundidos por la llamada prensa rosa, especializada en informar sobre la vida privada de los famosos. Haciendo partícipes a sus lectoras de la vida de aristócratas y gente de dinero, esta prensa les da la posibilidad de envolver con trajes exquisitos sus propios sentimientos y de renunciar a sus ansias de grandes emociones. Este interés concuerda con el que se siente por las novelas rosas y denota un espíritu que, incapaz de detectar las cuestiones verdaderamente importantes, no tiene más remedio que alimentarse de sandeces. Quien pretenda que los demás le consideren una persona culta debe evitar dar la impresión de interesarse por este tipo de cosas. Lo mejor es no conocerlas en absoluto. 2. Pero un terreno todavía más peligroso es la televisión, un auténtico campo minado. Si desempeña un papel tan importante en la conversación cotidiana, es porque todos saben que sus programas los ve mucha gente. Por lo tanto, como todos están al corriente, el conocimiento de los distintos programas y espacios televisivos dice mucho del nivel intelectual y de los intereses de una persona y de cómo emplea su tiempo. Si alguien se muestra ante los demás como un perfecto conocedor de los vulgares talk-shows que se emiten por la tarde, o es un escritor o es un parado con muy mal gusto y pocas relaciones sociales que cada tarde, en vez de leer Hamlet en su versión original, se sienta ante el televisor con una cerveza en la mano. En consecuencia, quien conozca las convenciones, los moderadores, la dramaturgia y las historias de estos talk-shows tiene que tener precaución, o bien debería mantenerlo en secreto, o bien debería presentarlo como consecuencia de un estudio sobre los medios de comunicación de masas. Lo mismo cabe decir de las series televisivas, a menos que se trate de viejas series como Dallas, que llegó a convertirse en un programa de culto —los programas alcanzan esta categoría cuando se convierten en una especie de liturgia y congregan ante el televisor a la comunidad de sus fieles seguidores, que al acabar el programa debaten embelesados el nuevo episodio—. Se considera especialmente estúpidos a quienes ven los concursos televisivos y las distintas formas de reality-show, los programas sobre sucesos catastróficos; los espectáculos con lágrimas aseguradas dirigidos a voyeurs sentimentales, como los llamamientos a hijos que se han ido de casa; los encuentros entre familiares que no se ven desde hace mucho tiempo; las reconciliaciones y las bodas, todo esto se considera un signo de estupidez. A esta misma categoría pertenecen los programas amables dedicados a la música popular y las canciones de moda, los programas que ofrecen un entretenimiento burdo y, en general, todas aquellas iniciativas que ponen la televisión al servicio exclusivo de la conversión diaria de la gente a la estupidez. Hay que evitar decir que se conoce estos programas y, para ello, lo mejor es no verlos. Como no siempre resulta posible mantenerse al margen de una conversación, si los demás hablan de estos programas, lo mejor es fingir desconocerlos; algo no siempre sencillo, pues si en la pausa del mediodía todos los colegas recapitulan con entusiasmo la discusión televisiva entre un sacerdote y un violador de niños resultará muy difícil dominarse y no participar en la conversación. Naturalmente, el tabú del que es objeto la televisión presenta distintos grados. El «non plus ultra» en latín (el «nada más allá», el grado máximo) de la cultura es no tener televisor. Quien llega a este punto, puede dejar de preocuparse por su reputación. Si se está hablando del programa de la noche anterior y le toca dar su opinión, el asceta de la televisión murmurará: «Desgraciadamente, no tengo televisor». Lo dirá bajito y en tono de disculpa, para evitar que los demás vean en ello una denuncia encubierta de la adicción a la televisión del hombre corriente. Pero esto hará que los demás le pregunten: «¡Cómo! ¿No tiene usted televisor? ¿Nunca ve la tele? ». Volverá a sonreír disculpándose, con lo que eliminará de raíz la sospecha de esnobismo cultural y se ganará el respeto de los demás o quizá su odio: «¿Qué? ¡Se creerá que es mejor que nosotros!». Pero hay un tipo de programas que se han de ver, los programas de política, los debates y los magacines. En ellos la televisión ofrece la única información no banal y, en este caso, uno puede reconocer que los ve. Todo lo demás debería evitarlo. Sólo los intelectuales pueden permitirse confesar que consumen televisión, dado que para ellos este acto representa una especie de viaje de estudios al ámbito de la vulgaridad y del mal gusto. La persona culta que reconoce ver la basura informativa o la ramplona pornografía sentimental en la que la gente desnuda su alma, lo hace enorgulleciéndose de la vitalidad de su intelecto; también él se aproxima a la escoria del mundo actual, pero lo hace porque es capaz de descubrir información valiosa incluso entre un montón de chatarra. Alguien así está capacitado para ello y, por ejemplo, puede establecer una relación entre un programa de sadomasoquismo y La Divina Comedia de Dante. 3. Algo similar cabe decir de las revistas, como es lógico, la prensa rosa es tabú y la mujer sólo lee revistas femeninas por equivocación cuando está en la peluquería. Las informaciones que aquí se contienen son o puramente técnicas —referidas a la comida, el hogar, la moda y el cuidado del cuerpo—, o banales. Pero, en realidad, las supuestas informaciones técnicas sobre recetas de cocina, mobiliario, moda, dietas y el amplio campo del consumo, son seudónimos de señalizaciones simbólicas que indirectamente dicen cosas sobre el nivel cultural de un individuo; a través del consumo, cada cual encuentra su posición en el mapa del gusto. Y hay determinados modelos, conjuntos homogéneos de gustos que, o bien señalan cierta proximidad con la cultura, o son incompatibles con ella. Por ejemplo, en el ámbito de la cocina sólo demuestra tener cultura quien muestra un marcado cosmopolitismo. Quien odia la comida china porque dice saber de buena tinta que los chinos cocinan con carne de perro, revela un temor pequeño-burgués a lo diferente que también podría estar relacionado con el odio a los extranjerismos. Quien, por el contrario, domina a la perfección el lenguaje de la cocina francesa, da a entender que es un conocedor de la forma de vida y de la lengua francesas. Naturalmente, nunca ha de hacerse ostentación de esta habilidad, ni aprovechar cualquier ocasión para exhibirla ante los demás. Lo mejor es no darle demasiada importancia e incluso bromear sobre ella. Sólo así se evitará causar un efecto de ostentación. Otro tanto se puede decir de la decoración del hogar; cierto conocimiento de los distintos estilos decorativos nunca viene mal, habría que saber distinguir el Biedermeier del Imperio y el Modernismo del Funcionalismo. En cualquier caso, puede resultar chocante que alguien considere antigua una silla de la década de 1950, o que muestre una clara predilección por las pinturas con motivos gitanos o ciervos bramantes que se venden en los grandes almacenes. Ser un experto en el ámbito de la falta de gusto sólo puede resultar perjudicial. 4. Las observaciones anteriores sobre las ventajas de la ignorancia se refieren a ámbitos especialmente femeninos, aunque en realidad dichos ámbitos del saber superfluo carecen de especificación sexual. No obstante, el mundo masculino está estructurado de una forma un tanto distinta: por una parte, este mundo también presenta montones de conocimientos incompatibles con la cultura y expertos en la banalidad que, como es habitual en los hombres, puede llegar al fanatismo; en este caso, el campo de entrenamiento más importante lo constituye el deporte. Pero, por otra parte, en el mundo masculino no sólo hay conocimientos alejados de la cultura, sino un problema de presentación, porque uno de los vicios más arraigados en la psique masculina es su tendencia a la fanfarronería. A los hombres les gusta fanfarronear, jactarse de sí mismos, marcarse faroles y demostrar a los demás su superioridad. Son de esta manera —no se sabe a ciencia cierta si por razones genéticas o por educación—, porque compiten entre sí por obtener mujeres, riquezas, reputación y todo tipo de cosas, lo que explica su gusto por la competitividad y el deporte. A los hombres, excepto a los intelectuales, les convendría ignorar ciertas cosas, sobre todo en materia de fútbol. El que sea capaz de decir cómo jugó el Schalke 0 4 frente al Borussia Dortmund en 1969, quién metió los goles y qué jugadores fueron sustituidos durante el partido, está demostrando ser un experto en fútbol; pero es bastante más difícil que al mismo tiempo sea un conocedor de la obra tardía de Goethe, incluidos sus trabajos sobre morfología. No obstante, después de 1968 se consideró chic que los intelectuales tuviesen conocimientos de fútbol, siempre que además se fuera marxista o al menos sociólogo y se buscara el contacto con las masas trabajadoras. Ser liberal o conservador y un seguidor del Borussia Dortmund se habría considerado sencillamente una vulgaridad. Toda ostentación, incluida la cultural, es absolutamente incompatible con el concepto de cultura. La fanfarronería lo único que delata es la ignorancia. La cultura no se ostenta, no es un campo en el que se busque el aplauso de los demás. Está totalmente prohibido demostrar la inferioridad del interlocutor sometiéndolo a una batería de preguntas y el esnobismo cultural es una prueba de incultura. La capacidad de comportarse civilizadamente forma parte de la cultura, cuyo verdadero objetivo es una comunicación libre de coacción que enriquezca la vida humana. Puesto que el esnobismo cultural es ilícito y se desacredita por sí mismo, también es impropio mostrarse receptivo a él. La cultura es incompatible con todo complejo de inferioridad y, por lo tanto, son especialmente contraproducentes las sospechas paranoicas de que los demás pretenden constantemente corregirnos. Igual de funestas son las reacciones del tipo, «Usted se cree que, por el simple hecho de tener estudios, sabe más que yo», pues lo único que demuestran es que quien así reacciona es una persona muy insegura. Y si, por desgracia, alguna vez tenemos que vérnoslas con alguien que hace ostentación de sus conocimientos, podemos estar seguros de que, actuando con serenidad, es decir, sin responder a su provocación, contaremos con el apoyo del resto de interlocutores, mientras que el arrogante se desangrará lentamente. Pero no menos vergonzoso es soltar prolijos discursos sobre temas que están fuera de la cultura, o hacerlo cuando lo propio sería mantener una conversación animada. En este sentido hay ciertos temas que tientan a muchos hombres. Los más tentadores son los milagros de la técnica en general y los automóviles en particular. El hombre que, cuando está visitando una exposición de arte en compañía de una señora, le demuestra con un discurso de media o de tres cuartos de hora de duración que un Porsche es superior a un Ferrari —aduciendo para ello doce razones técnicas relativas a la construcción de motores—, y lo hace con tanta pasión como erudición, no necesariamente se mostrará ante la señora como un hombre más culto que antes, por más que el director de General Motors pudiese considerar esta presentación como una obra maestra de precisión, lógica y brillantez retórica. Lo mismo cabe decir de los discursos sobre bombas, aviones de caza, estaciones espaciales, reactores nucleares, subestaciones de transformación, centrales de energía eléctrica y todo tipo de aparatos. Lo cierto es, pues, que ciertos conocimientos delatan tanta incultura como las lagunas culturales. Los límites existentes entre lo que hay que saber, los conocimientos permitidos y los conocimientos prohibidos, varían lógicamente con las épocas; lo que hoy está prohibido, mañana puede estar permitido. Pasado cierto tiempo las zonas banales de la cultura de masas suelen elevarse a la categoría de esferas culturales; afirmación válida tanto para las nuevas formas como para los nuevos medios de comunicación. Así, por ejemplo, en el momento de su invención en la Inglaterra del siglo XVIII, la novela fue considerada como una forma literaria banal apropiada únicamente para las mujeres y no para los gentlemen con una formación clásica, por lo que muchos escritores se ocultaron tras un seudónimo. Un siglo después la novela fue reconocida como una forma literaria apta para el gran público. Algo similar le ha ocurrido al cine durante los últimos treinta años; si en 1960 era considerado como un producto de la industria cultural americana por el que una persona culta no podía interesarse, hoy los suplementos de los mejores periódicos incluyen críticas cinematográficas; y, de repente, los profesores de literatura enseñan cinematografía como si aquellos a quienes se les ha amputado las piernas enseñasen a caminar a los demás. Hoy, el cine forma parte de la cultura, y las personas cultas ya no tienen necesidad de ocultar que entienden de cine. Prueba de esto es que los grandes cines se esfuerzan por hacer que los espectadores vivan su visita como un espectáculo teatral. En realidad la cantidad de saber prohibido que se ha de ocultar depende del nivel cultural de cada persona. En este punto se debe observar esta regla práctica, el recién llegado al país de la cultura debería ocultar todo el saber prohibido, pues todavía no conoce exactamente las costumbres del país; y como aún no puede distinguir ni valorar correctamente los conocimientos permitidos y los totalmente prohibidos, debería tomar todas las precauciones que estén a su alcance. En cambio, la persona completamente formada puede permitirse echar una ojeada a las zonas del saber más banales y más vulgares. Con ello contribuirá a su reputación, pues se supone que le interesan desde un punto de vista superior y que, entre toda esta porquería, es capaz de encontrar cosas realmente valiosas. En cambio, la esfera de la denominada «segunda cultura » es una esfera neutral. Este concepto procede de una controversia en materia de política cultural desencadenada en los años 1950 por el inglés C.P. Snow. Snow era físico y escritor de novelas al mismo tiempo. Durante el debate sobre la implantación de la escuela integrada en Inglaterra, pronunció una importante conferencia titulada «Las dos culturas ». Con esta expresión Snow hacía referencia a la cultura humanista y literaria de la formación clásica, por una parte, y por otra a la cultura científico-natural y técnica. En su conferencia, Snow acusaba a la tradición cultural inglesa del gentleman y del amateur en general de haber dado siempre prioridad a la cultura humanista y literaria en detrimento de las ciencias naturales, con lo que habría contribuido al retraso de Gran Bretaña respecto a EE. UU. y Japón, países entusiastas de la tecnología. Consecuentemente, Snow exigía que los planes de estudio de colegios y universidades prestasen mayor atención a los conocimientos técnicos y científiconaturales. Esta conferencia provocó un amplio debate sobre la relación entre las dos esferas de la cultura. En Alemania, la expresión «las dos culturas» también se hizo popular. No obstante, la exhortación de C. P. Snow quedó prácticamente sin efecto; ciertamente hoy la escuela imparte los conocimientos propios de las ciencias naturales, que, en cierta medida, contribuyen a una mayor comprensión de la naturaleza, pero no a la comprensión de la cultura. Por eso sigue considerándose imposible que alguien no sepa quién fue Rembrandt (Schwanitz en este libro solo trata sobre Europa, no se sientan mal si no saben quién es, el seguro no sabría el nombre de tal o tal pintor suramericano); en cambio, si no sabe qué dice el segundo principio de la termodinámica o qué relación guardan entre sí el electromagnetismo y la fuerza de gravedad, o qué es un quark —aunque este término procede de una novela de Joyce—, nadie llegará a la conclusión de que está ante una persona inculta. Por más lamentable que pueda parecerles a algunos y aunque nadie se vea forzado a ocultar sus conocimientos científicos, hemos de reconocer que no forman parte de lo que se entiende por cultura. En las universidades y en el mercado laboral observamos lo siguiente, la primera cultura es un ámbito fundamentalmente femenino, la segunda cultura es un ámbito masculino (si incluimos en él las ciencias económicas y otras disciplinas afines). Esto trae consigo cierta asimetría en el ascenso social de hombres y mujeres. Imaginemos que Sabine y Torsten son dos niños educados en el mismo entorno social que se enamoran durante el bachillerato y planean casarse cuando acaben sus estudios. Torsten estudia ingeniería mecánica y se convierte en ingeniero; Sabine estudia psicología, filología germánica e historia del arte. El tiene que estudiar en Aquisgrán; ella en Hamburgo, París y Florencia. Cuando acaban sus exámenes, vuelven a encontrarse. Torsten es un excelente ingeniero y pronto encontrará un buen trabajo; los estudios han hecho de Sabine una persona completamente distinta. Torsten sabe construir máquinas; el estudio de los presupuestos de la comunicación y del sistema simbólico de la cultura ha cambiado a Sabine. El comportamiento, las opiniones y las costumbres de él apenas han evolucionado, pero sus conocimientos le capacitan para ganar mucho dinero; en el caso de ella esto es más bien dudoso. En cambio, las capacidades y exigencias de Sabine en el terreno de la comunicación se han hecho mayores, habla francés e italiano, ha leído mucho, ha hecho amigos entre los intelectuales y artistas de París y Florencia y está al tanto de las últimas investigaciones en el ámbito de la teoría de la literatura. Cuando vuelven a encontrarse, Torsten le parece un hombre de Neandertal. Y Sabine será afortunada si se da cuenta a tiempo de que ya no puede casarse con él, porque su matrimonio no funcionaría. Pero si se empecina en casarse con Torsten, o con cualquier otro Torsten de su medio de procedencia —al fin y al cabo, él gana mucho dinero—, acabará haciéndose feminista, una persona profundamente convencida de la incultura y el salvajismo de los hombres. Torsten también será un infeliz y sólo le quedará una alternativa, leer este libro. En otras palabras, la esfera de la cultura también marca con distinta intensidad el ascenso social de los dos sexos, algo que se convierte después en una de las causas inadvertidas de muchos conflictos de pareja. Dietrich Schwanitz