TrollacioPigna
Usuario (Argentina)

Más allá del mito, detrás de la formal figura de Sarmiento se escondía un hombre que gustaba mucho de las mujeres. Según se cuenta, los arrebatos amorosos del prócer lo condujeron a desilusiones constantes y sufrimientos repetidos por amor, ya que si bien era un hombre que poseía un excelente poder de oratoria, algo que atraía a las jovencitas idealistas de la época, lo cierto es que su apariencia no lo ayudaba demasiado. La vida amorosa del Padre del Aula se inicia alrededor de 1831, cuando Sarmiento parte exiliado hacia Chile. En su nueva residencia, comienza a trabajar como maestro en San Francisco del Monte, donde conoce a una joven chilena llamada Jesús del Canto. El fugaz amor de la pareja dejó una marca indisoluble en el tiempo, ya que tuvieron una hija, quien fuera bautizada como Faustina. La pareja no volvió a verse jamás, y la pequeña niña fue criada y educada por Doña Paula Albarracín, la madre de Sarmiento, con la ayuda de sus hermanas en la humilde casa de San Juan. Aquella pequeña se convertiría con el transcurrir de los años en la única compañía de Sarmiento durante sus últimos días de vida en el Paraguay. Más de una década después de su primer amor, precisamente en 1845, y luego de un largo viaje por Europa, Estados Unidos y África, Sarmiento regresa a Chile, esta vez a Valparaíso, donde comienza una relación clandestina con Benita Martínez de Pastoriza (imagen der.) , una mujer casada. Por aquella época, Benita da a luz a su único hijo, del cual siempre se ha dudado la identidad de su padre biológico, ya que muchos aseguran que se trata del hijo legítimo de Sarmiento. Lo cierto es que en 1848 el Padre del Aula regresa a Valparaíso con el objetivo de contraer matrimonio con Benita, además de adoptar al pequeño niño y darle su apellido, quien pasa a llamarse Domingo Fidel Sarmiento. No obstante, los celos constantes de Benita hacen que la pareja comience a tener problemas, que conducen al matrimonio al fracaso inevitable, por lo Sarmiento decide alejarse durante un tiempo. Así es que Sarmiento regresa a su patria, y en Buenos Aires encuentra a una joven que había conocido de niña, pero que el paso de los años la habían convertido en una adolescente hermosa, inteligente, y amante de la política: Aurelia Vélez Sársfield, hija de Dalmácio Vélez Sársfield, quien fuera amigo de Sarmiento. Aquella era la mujer ideal para él, pero lamentablemente aún estaba casado, y Aurelia también, ya que había contraído matrimonio con su primo Pedro Ortíz Vélez. En 1857 Benita cansada de esperar el regreso de su marido, decidió viajar a Buenos Aires, algo que en realidad fue una mala noticia para el Padre del Aula, por lo que su desprecio por Benita crece, de la misma manera que se acrecienta su amor por Aurelia. Cuando Sarmiento se muda a San Juan para cumplir con su cargo de Gobernador, comienza a escribir cartas a Buenos Aires, para su esposa Benita, para su hijo Dominguito y para su amada Aurelia. Pero el destino que nada perdona, hizo que una de las cartas de amor destinadas a Aurelia cayera en manos de Dominguito, quien inmediatamente se la mostró a su madre. Aquello que al principio había sido una mala pasada casual se convirtió en el motivo que permitió a Sarmiento separarse definitivamente de Benita, después de 14 años de matrimonio. Cabe destacar que fue en esa época que Sarmiento se entera de que su mujer lo engañaba, y que además estaba esperando un hijo de otro. Dos años después, parte a Estados Unidos para desenvolverse como Embajador, y a pesar de seguir enamorado de Aurelia, allí mantiene un romance con una joven profesora de ingles llamada Ida Wickersham, quien también estaba casada. Aquella aventura perdura por mucho tiempo, incluso mantuvieron el contacto a través de cartas, cuando en 1868 Sarmiento regresa a Argentina siendo elegido Presidente de la República. Mientras tanto, Sarmiento continúa profundamente enamorado de Aurelia Vélez Sársfield. Los años pasaron, y al cumplir 77 años Sarmiento parte a Paraguay. Una vez allí le escribe a su gran amor para que se reúna con él, a lo que Aurelia, quien también se confesó enamorada del Padre del Aula, responde de manera positiva viajando a Paraguay. Nuevamente el destino les jugaría una mala pasada, ya que Aurelia no alcanzó a hallarlo con vida a Sarmiento, quien daría su último respiro el 11 de septiembre de 1888.

La sexualidad de Belgrano Desde hace muchos años, algunos historiadores con demasiado tiempo para perder hurgando en los detalles más personales y privados de nuestros próceres argentinos, y por supuesto con una fuerte dosis de mala intensión, comenzaron a poner en dudas la verdadera sexualidad de Manuel Belgrano. En realidad no la pusieron en duda, sino que directamente aseguraron que el creador de la bandera argentina era homosexual, intentando con ésto perjudicar su imagen. Una verdadera falta de respecto, no sólo a Belgrano, porque no era homosexual y su vida lo demuestra, sino también a toda la comunidad gay, ya que estos "expertos en historia argentina" utilizan la palabra homosexualidad como si se tratase de un término insultante. Pero más allá de la homofobia de ciertos autores, en realidad ¿De dónde surge esta hipótesis que sostiene que Belgrano era homosexual? Se supone que de tiempos remotos. Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano comenzó a ser perseguido por un rumor que indicaba que prefería a los hombres antes que a las mujeres a raíz de los dichos de personas cercanas a él. Este rumor surgió supuestamente de una serie de características que reunía la personalidad de Belgrano, ya que se trataba de un hombre que poseía modales demasiado delicados para la época, además por supuesto de ser un verdadero caballero, respetuoso, educado y ordenado. Por otra parte, su voz tenía un tono realmente aflautado, lo que no lo ayudaba en nada para evitar la diseminación del rumor, que surgió como burla entre los hombres que integraban sus tropas. Incluso se cuenta que Manuel Dorrego se burló de Belgrano ante el general San Martín, quien inmediatamente lo destinó a Santiago del Estero como reprimenda, y por ese motivo Dorrego comenzó a cosechar un odio profundo por Belgrano. Asimismo, como para agregar más condimentos a las dudas acerca de la sexualidad de Belgrano, cabe mencionar que su formación religiosa era muy rígida, por lo que decidió imponer a sus soldados un orden monacal, mediante el cual se prohibieron los bailes, las relaciones con mujeres fáciles, los juegos de naipes, el alcohol y aquellos que cometían infidelidad eran castigados. A raíz de esta actitud, fueron muchos los soldados a su cargo que comenzaron a llamarlo con el apodo de Bomberito de la Patria, mientras otros decidieron echar a correr el rumor de que Belgrano era homosexual. Lo cierto es que esta teoría está muy lejos de la realidad, y ha quedado demostrado a través de diferentes documentos que verifican que a Belgrano no sólo le gustaban las mujeres, sino que además tenía una amante, a quien amó hasta sus últimos momentos de vida. Dejo la película sobre su vida basada en estos testimonios... con sus amantes mujeres

A qué responde el fenómeno Pigna Por PABLO POZZI (Docente de la Carrera de Historia en de la Fac. de Filosofía y Letras de la UBA y Fac. de Filosofía y Humanidades de la UNC. ) En relación al éxito del programa de Pigna "Algo habrán hecho por la historia Argentina", como también con respecto a sus libros Los mitos de la historia argentina, creo que hay que considerar varias cosas distintas. Una es la búsqueda de respuestas a la situación actual de crisis y falta de futuro de muchos sectores de la población. Estos sectores buscan en la historia una respuesta y también experiencia para tratar de salir de los problemas que nos aquejan. Otra es que los argentinos (y realmente la población en todo el mundo) siempre han tenido un gran interés por la historia nacional. Esto se puede ver en la cantidad de publicaciones de divulgación histórica, novelas, e inclusive en la discusión cotidiana. Basta decir ¿porqué la Argentina no es un gran país? Y más de uno va a responder cosas tipo "por que echamos a los ingleses durante las invasiones". La respuesta es superficial y muchas veces revela desconocimiento, pero también demuestra una inquietud de buscar en nuestro pasado las causas de la decadencia argentina. En este sentido siempre hubo "Pignas". Antes de éste estuvo Lanata, que fue después de Anguita y Caparros, que sucedieron a Félix Luna. En una época eran José María Rosa y Abelardo Ramos. Lo notable es que ninguno de éstos sería reconocido hoy como historiadores por la profesión, sino más bien como divulgadores o periodistas. Es más, recuerdo una vez que cuando salía de la Argentina, en el formulario se preguntaba la "profesión". Yo puse "historiador". El de inmigraciones lo mira y me dice: "No. Usted es profesor de Historia. Historiador es Félix Luna". Para muchos de mis colegas Luna era un "empresario de la historia". Que a nivel popular se reconozca a toda una serie de gente como historiadores, y que la profesión no lo haga, es por demás revelador. El problema con los historiadores académicos es muy complejo. Por un lado la historia es imprescindible tanto para establecer la hegemonía de la clase dominante como para gestar una oposición y alternativa revolucionaria. Muchos historiadores profesionales de hoy fueron militantes de la izquierda o del peronismo combativo en la década de 1966-1976. El problema es que la lección que derivaron de esa experiencia fue que los habían reprimido por haberse "metido en política". Como tales se intentaron acomodar al poder y se ofrecieron para articular un nuevo discurso histórico que reconstruyera una hegemonía en crisis. Así se acercaron al calor alfonsinista. El problema es que no gestaron tal discurso. Un discurso hegemónico debe intentar cooptar las demandas de los sectores oprimidos e incorporarlas a la explicación histórica que ofrece la burguesía. Pero su propuesta fue reescribir la historia planteando una infinidad de temas que ellos creían que podría reforzar lo que entendían como la democracia y la ciudadanía. Pero los problemas de la sociedad argentina eran otros. En medio del desempleo, de la corrupción, de la destrucción de las conquistas sociales, los historiadores estudiamos la democracia, los partidos políticos y cosas similares. Tras un supuesto objetivismo no se intentó explicar nada de lo que pasaba hoy. Así, por ejemplo, no se investigaron cuestiones como la guerrilla, el movimiento obrero, las formas de organización popular, o inclusive el por qué había golpes de Estado en la Argentina. Es notable que esto sí lo hicieron historiadores extranjeros como Potash, Rouquié o Daniel James, todos best seller en su momento. Lo que resultó fue una historia anodina, que muchos sienten aburrida y que es realmente irrelevante a la vida de la gente común. La profesión se volcó hacia adentro, escribiendo para los historiadores y no para la sociedad en general. A esto hay que agregar el hecho de que tanto Alfonsín como Menem hicieron disponibles cuantiosos fondos en becas, subsidios a la investigación, etc. Los historiadores se dedicaron a captar estos fondos haciendo proyectos que fueran aprobados y por ende no debían enemistarse con ningún posible jurado. El resultado fueron investigaciones anodinas, hechas correctamente pero de escasa relevancia. A esto debemos sumarle que la argentina es una sociedad con una profunda crisis orgánica. Por ende, lejos de apuntar a analizar la historia como un elemento para explicar y resolver los problemas del hoy (aún los de burguesía), la profesión se convirtió en un negocio. En este sentido no le sirve ni siquiera a la clase dominante. Lo que sí le sirve es que ha vaciado de contenido y cooptado a importantes sectores intelectuales quitándole un elemento fundamental a la gestación de alternativas populares y obreras. En este sentido se comprende más el éxito de Pigna. Su visión es profundamente desmovilizadora de la participación popular pero entronca con sentires de la gente. O sea, para él la historia argentina es una de grandes hombres (y muy pocas o ninguna mujer) que eran buenos y honestos, pero que fueron siempre boicoteados o imposibilitados de actuar por los corruptos que los rodean. Así el problema es conseguir un líder bueno y apoyarlo en contra de la corrupción generalizada que está enquistada en los grupos de poder. Como muchos se sienten impotentes frente a la situación actual, y sienten que la corrupción (entendida no sólo como económica sino también de ideas) entonces el discurso de Pigna parece algo razonable y de sentido común. Realmente es algo funcional a la burguesía y emerge ante la carencia de ideas de los historiadores para articular un discurso hegemónico. Y no es accidente que Pigna emerja cuando también hay una reactivación de la movilización obrera y popular: es una propuesta histórica que dice básicamente que no hay nada que la gente común pueda hacer y que la única alternativa es apoyar a uno de los "grandes hombres" en contra de la corrupción. Digamos, Kirchner sería ese gran hombre. Con respecto a la vinculación entre una producción historiográfica que aporte a una explicación profunda del pasado y su difusión de manera comprensible para las amplias masas, creo que la clase obrera necesita de sus intelectuales y por ende de sus historiadores. Lo que necesita son trabajos serios, bien investigados y científicos para de ahí poder elaborar políticas basadas en lo mejor del conocimiento. La buena difusión ha tenido un trabajo serio y profesional previo. No se trata de ser populachero sino de ver cómo cuestiones y temas complejos se pueden expresar en forma accesible. Cuando esto ocurre encontramos que las grandes masas tienen interés y utilizan lo que hacemos. Lo que pasa es que es muy difícil hacerlo. Es más fácil expresar las cosas en jerigonza o escudarse detrás de definiciones teóricas complicadas que tratar de hacer accesible algo complejo. Esto es aún más complicado si nos damos cuenta que la cultura intelectual de los argentinos dice que el ser humano inteligente es el pedante que habla en raro: se dice periplo en vez de viaje. Sin embargo, tenemos ejemplos múltiples de buena historia, accesible: Juan Alvarez y Saldías a principios del siglo XX, Milcíades Peña, Duhalde y Ortega Peña o Rodolfo Puiggrós; y entre los extranjeros E.P. Thompson, Eric Hobsbawm, Pierre Vilar, Howard Zinn y tantos, tantos otros. Hay toda una serie de historiadores, tanto en la academia como fuera de ella, que han desarrollado una visión crítica del pasado. Los trabajos de Eduardo Azcuy Ameghino y de Gabriela Gresores sobre el siglo XIX son un buen ejemplo de eso, o Ernesto Salas sobre la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, o el de Alejandro Schneider sobre la clase obrera entre 1955 y 1973. Cada uno desde su perspectiva histórica e ideológica ha desarrollado una historia crítica, bien investigada y relevante al día de hoy. El problema sigue siendo de difusión, por un lado, y por otro de que nos articulemos en una discusión o proyecto historiográfico que permita avanzar no individualmente sino colectivamente. También está el problema de ganarse el pan. Tanto la profesión como el Estado (y por ende la burguesía) no ven con buenos ojos este tipo de investigación histórica, por lo que tanto las posibilidades de tener recursos para investigar, como el de sobrevivir profesionalmente, el de publicar, o el de tener la posibilidad de formar nuevos historiadores, es muy difícil. ¿Qué campos están menos explorados? Realmente está todo por hacerse y en este sentido el problema no es tanto de campos sino más bien de perspectivas de medios.

En su libro reciente "Madres de Próceres", Karina Bonifatti vuelve sobre un tema dramático: la madre biológica real de San Martín habría sido una india guaraní de las misiones jesuíticas, de nombre Rosa Guarú. La tesis ha sido rechazada por los historiadores acreditados, pero sin embargo es una versión irresistiblemente bella -cierta o no- de la historia. Y es inteligente repasarla. ¿Por qué no? La historia no es "revisionista" o "liberal". Es historia, nomás. El relato documentado de los hechos que han sucedido, enmarcados en su contexto social: las costumbres, creencias y valores de su tiempo. ¿Qué otra cosa puede ser la historia? Por lo tanto, agrupamos las noticias consignadas por Bonifatti. SOBRE JUAN DE SAN MARTIN Y GREGORIA MATORRAS El Capitán Juan de San Martín (nacido en Cervatos de la Cueza, España) arribó a Buenos Aires en 1764, con 36 años de edad. Estuvo un año en la Colonia del Sacramento, y luego en un solitario puesto de vigilancia, en la desembocadura del Arroyo de las Bichas sin hacer nada que valiera la pena. En 1767, le encomendaron ocupar la estancia y calera de Las Vacas, cerca del actual Carmelo. El jesuita que se hallaba al frente del establecimiento fue enviado detenido a Buenos Aires, en el marco de la expulsión de la Compañía de la América Española, y don Juan quedó a cargo del establecimiento. Debido a su gestión, aumentó la producción ganadera y la provisión de materiales de construcción para Montevideo, de modo que lo promovieron a ayudante mayor. Como ya era hora de tener casa y mujer, en 1770 arregló su matrimonio con Gregoria Matorras, también de Palencia, de una familia castellana de cierta prosapia, que había llegado a Buenos Aires con su primo (designado Gobernador de Tucumán) en 1767. A los 32 años, Gregoria ya no era joven, y aceptó la propuesta de aquel modesto oficial: casarse por poder, y luego reunirse con él en Uruguay. A fines de 1770, tenemos a Gregoria casada, viviendo en esa enorme estancia frente a la isla Martín García. En 1771 nace María Elena, la mayor. En 1772 Manuel Tadeo y en 1774 Juan Fermín. Ese mismo año, don Juan es nombrado Teniente Gobernador de Yapeyú, y en 1775 van todos a vivir allá. Esto resulta posible porque se había levantado la disposición que, para evitar abusos, prohibía la entrada a los españoles y el ejercicio del comercio privado. Yapeyú, fundada por la Compañía de Jesús en 1626, sobre la margen derecha del río Uruguay, fue el pueblo de las misiones con la mejor posición estratégica y la mayor riqueza económica. Tanto en la abundancia de ganados como en la fertilidad de la tierra. Antes de la llegada de los funcionarios españoles, encargados de la expulsión de los jesuitas, en 1768, había sido uno de los pueblos más pujantes. Por ejemplo: los indios guaraníes cantaban en latín y fabricaban violines. Casi no había analfabetos. Una utopía entre el kibbutz de Israel y Shangri-La, demasiado buena para ser verdad. Por ejemplo, la semana jesuítica tenía tres feriados. José de San Martín nace dos años después, cuando Gregoria Matorras está por cumplir 40 años, y Juan 50. Esto si creemos que José nació el 25 de febrero de 1778. Tengamos en cuenta que el acta de bautismo nunca se halló, ya que Yapeyú fue arrasada por los portugueses (subraya Bonifatti) lo que introduce una primera duda: ¿Puede que José no fuera el quinto hijo de Gregoria Matorras y Juan de San Martín, sino el único descendiente de la pareja clandestina integrada por la criada guaraní Rosa Guarú y el capitán español don Diego de Alvear? Seguimos, esencialmente, el resumen de Bonifatti, recogiendo diversos documentos, y especialmente la tradición oral. Los tatarabuelos de María Elena Báez relataron a sus hijos, nietos y bisnietos, y a ella misma, así como los pobladores antiguos de Yapeyú, y especialmente las mujeres más añosas como Zoila Daniel, Elisa Coronel y Yuntina Ferreyra: "Rosa Guarú fue la indiecita que tuvo un niño y la familia San Martín lo adoptó como propio, pero ella siguió en la casa, cuidándolo y criándolo hasta que se marcharon a Buenos Aires. El niño tenía entonces tres años, y le prometieron que volverían a llevarla también a ella, pero no aparecieron más. Cuando atacaron y quemaron Yapeyú, se fue a la isla brasilera. Estuvo mucho tiempo allá y volvió. Levantó un ranchito por Aguapé y mantenía la esperanza de que volvieran. Tenía un gran apego por José Francisco. Nunca se casó, aunque tuvo otros hijos". SOBRE DIEGO DE ALVEAR El hipotético padre de San Martín nació en España en 1749. Padre de Carlos de Alvear, abuelo de Torcuato y bisabuelo de Marcelo T. Llegó a Montevideo en 1774. Peleó contra los portugueses por la propiedad de Colonia. Integró las comisiones demarcatorias de límites sobre los ríos Paraná y Uruguay. Elaboró informes sobre los indios tupís y guaraníes: hablaba ambas lenguas. Tuvo que visitar Yapeyú, más de una vez, entre 1774 y 1778. Considerando que el capitán Juan de San Martín fue gobernador de Yapeyú desde 1775, debió alojarse en su residencia o dependencias próximas. Cuentan que, al suceder las cosas que a veces suceden, Rosa parió un varón. El padre era don Diego. Se interesó para que el niño tuviera una crianza e instrucción que le permitieran trascender las limitaciones del medio. No hay que descartar que Rosa Guarú, en su condición de india y criada, fuese considerada por Juan y Gregoria como de su propiedad, y en este sentido se entiende la actitud que toma don Diego: no podía reconocer a un hijo ilegítimo sin empañar su reputación, y como a un mestizo sin padre le estaba vedado ocupar posiciones en la sociedad, encomendó a Juan que lo adoptara, comprometiéndose a hacerse cargo de los gastos de su educación. Desde la publicación de "El Secreto de Yapeyú" (Héctor Chumbita) otras personas han reconocido tener noticias del origen mestizo de San Martín. La señora Magdalena Cristophersen, cuyo bisabuelo se casó con Carmen de Alvear, nieta de Carlos, es una de ellas. El RP Eduardo J. Maldonado realizó una investigación en 1915 entre más de 40 ancianos, aborígenes, castellanos y franceses, que tuvieron trato con personas fallecidas más de 50 años atrás. Estos, entre ellos la mismísima Rosa Guarú, contaron que habían conocido personalmente a Gregoria y a Juan, y también a San Martín niño, en su propia casa. Para todos ellos, Rosa Guarú no había sido más que la niñera de José, pero ella bien pudo guardar un secreto encomendado especialmente. Otras niñeras, como en el film "La mano que mece la cuna", se apoderan patológicamente de los niños a su cargo. Uno de los documentos que generó mayor polémica fue el manuscrito de la segunda hija de Carlos de Alvear, María Joaquina: ella conocía la versión por relatos familiares. Casada con un francés y radicada en Francia, visitó a San Martín en Boulogne-Sur-Mer y escribió en su diario: "Cuando en Europa, por primera y última vez vi al general San Martín, no vi más en él que una gloria de su patria que se desvanecía para no morir jamás... Este fue el general don José de San Martín, natural de Corrientes. Su cuna fue el pueblo de Misiones, hijo natural también del capitán de fragata y general español señor don Diego de Alvear Ponce de León". Es cierto que la señora Joaquina, en su tiempo, fue declarada demente, pero ignoramos las causas, y de todos modos un demente puede, perfectamente, decir la verdad. En el período 1878-1881, el padre de San Martín enfrenta una serie de conflictos y procesos, bastante delicados, en Yapeyú, a raíz de los cuales es separado del cargo. En agosto de 1873 le escribe al virrey Vértiz, que estaba en Montevideo, solicitando su traslado a España. Este le es concedido el 25 de marzo de 1973. En noviembre, toda la familia vuelve a España, y la madre biológica de José queda en Yapeyú. No sé sabe si, cuando los San Martín vuelven a España, José tenía cuatro, seis u ocho años. Es difícil precisarlo. Pero sí consta que, igual que todos sus hermanos varones, hizo la carrera militar desde los 11 años. En su caso, en el Regimiento de Murcia. En 1811, contando 33 de edad, toma la dramática decisión de pedir la baja en el Ejército. Formalmente, para viajar a América, por asuntos particulares en Lima. CARRERA EN ESPAÑA: ¿LO AYUDÓ ALVEAR PADRE? Gregoria Matorras hace su testamento en España, en 1803, diez años antes de su muerte, y allí dice: "Puedo asegurar que el que menos costo me ha tenido ha sido don José Francisco...he gastado muchos maravedís en Justo Rufino". ¿Por qué? ¡Porque (dice Bonifatti) Diego de Alvear costeó su carrera! Lo confirman historiadores militares que estudiaron la trayectoria de San Martín en España, los archivos acopiados por Sabina de Alvear y sus descendientes actuales. Justo Rufino le costó más porque se había incorporado a la compañía americana Guardia de Corps, donde los cadetes debían pagar su manutención diaria y costear su equipo. Sigue diciendo Bonifatti: Gregoria y Juan eran pobres, y sin embargo San Martín puede incurrir en gastos y adquisiciones impensables, como por ejemplo: libros. Reunió una gran biblioteca, cuyo valor equivaldría a su sueldo íntegro de militar durante tres años. Agustín de Herrán Matorras dice que podía incurrir en estos gastos porque tenía "ingresos extras": ¿Una asignación de su padre verdadero, don Diego de Alvear? Esto explicaría sus aficiones más bien refinadas: la guitarra, el dibujo, el ajedrez, la lectura. Una frase de las memorias de don Diego de Alvear sugiere que en su vida pudo haber un encuentro amoroso con una guaraní: "los indios son débiles, tibios y fáciles para el amor". En cuando a los rasgos físicos de San Martín y sus padres, cabe apuntar lo siguiente. Gregoria Matorras tenía los rasgos fisonómicos típicos del blanco europeo. Juan de San Martín era rubio, de ojos azules, y medía 1,43 m. según su foja de reclutamiento. Ambos son reconocidos como cristianos viejos, de probada pureza de sangre, sin mezcla de infieles, moros ni judíos. San Martín, en cambio, tenía el pelo lacio y negro, la piel morena, ojos negros rasgados y penetrantes. Era alto: 1,80m. Escribió Alberdi, que lo conoció en Europa: "Yo lo creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, pero no es más que un hombre de color moreno, más alto que el común". Los godos lo llamaron "indio misionero". El general napoleónico Brayer, que actuó a sus órdenes en la batalla de Maipú, lo tachó de "tape de Yapeyú". Otros lo llamaron "el cholo de Misiones". También fue apodado "el paraguayo" o sencillamente "el Indio". Interpretaciones sobre el regreso de San Martín al Río de la Plata. Mitre: "Volvió los ojos a la patria lejana, a la que siempre amó como a la verdadera madre". Ricardo Rojas menciona el subconsciente del niño, que toda una vida en España no pudo borrar (?). Vicuña Mackenna afirma que San Martín "sirvió a la independencia americana porque la sentía circular en su sangre de mestizo".