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Tom_nirvana14

Usuario (Argentina)

Primer post: 31 dic 2009Último post: 15 feb 2010
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Panorama Agropecuario para el 2010
HumorporAnónimo12/31/2009

Fuente: Revista Barcelona Nº 177. 27/12/09

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El puterio del abuelito usurero del Presidente Kirchner
Apuntes Y MonografiasporAnónimo2/15/2010

El puterío del abuelito usurero del Presidente Kirchner Toda historia es coyuntural, y ésa debería ser su primera cláusula epistemológica. Si se sigue el lugar común de que la prensa es la primera versión de la historia, entonces la segunda condición epistemológica es tener presente que esta primera versión de la historia es doblemente coyuntural. Soslayar estas premisas significa ignorar el modo en que se construye el conocimiento, el sentido social y todas las categorías de adscripción cultural que nos permiten movernos en la vida cotidiana. Digo esto a propósito del puterío del abuelito usurero del Presidente Néstor Kirchner. Cuando el hecho histórico se combina con la portada del matutino, la condición epistemológica se convierte en el juego de la carta robada: todos la ven y entonces nadie la ve. El relato podría comenzar en cualquier sitio. A fin de crear expectativas ―de proponer una afirmación desprovista de contexto cuya exégesis supone dedicar tiempo de consumo a la baratija que uno ha lanzado al mercado―, diría que un buen punto de partida podría ser una prostituta con las tetas al aire, en una madrugada del invierno de 1998, hundiendo sus botas rojas en la nieve acumulada en las afueras de la ciudad de Río Gallegos, capital de la Provincia de Santa Cruz, que quizás ignorando la propia coyuntura de su enunciación, exclama ante un grupo de recién llegados: ―¡¿Y estos marcianos de dónde salieron?! Encabezando el grupo de recién llegados, pienso: hay una prostituta desnuda en la nieve llamándome marciano. Quiero decir: ¡una prostituta desnuda en medio de la nieve me llama, a mí, marciano! ¿No hay algo mal en la escena? Ahora avanzamos más de una década. Pero, al avanzar, debemos retroceder. En la edición del matutino Página 12 del jueves 11 de febrero de 2010, el historiador y escritor Osvaldo Bayer anota: “Cuando hace más de treinta años escribí mi investigación de las huelgas patagónicas, no pensé nunca que mis textos se iban a utilizar para atacar a quien luego fue presidente de la Nación, Néstor Kirchner”. La afirmación tiene un contexto que debe ser explicado, y cuyo punto de inicio, también debidamente coyuntural, es posible ubicar aquí o allá. Tercera condición epistemológica: la arbitrariedad del punto de inicio, a la luz de la coyuntura, nunca es inocente. Tengo mis valores, tengo mis ideas, tengo mis intereses en juego y tengo desprecios apenas contenidos. El punto de inicio, al igual que la historia cuyo comienzo señala, es arbitrario pero no gratuito. Nunca confíes plenamente en la historia. No pongas las manos en el fuego por ella. Mucho menos, por su primera versión. El patrimonio del Presidente Néstor Kirchner y su esposa, la Sra. Presidente Cristina Fernández de Kirchner, se encuentra nuevamente bajo escrutinio público. Durante su gestión de gobierno se hicieron muy ricos, muy pronto. Las defensas que esgrimen sus lacayos son insólitas. Una diputada oficialista, por ejemplo, que se define como estalinista, sostiene que hay que ser acaudalado para enfrentarse contra el establishment, así tus hijos y tus nietos no te reprocharán haberte dedicado a la política en vez de abultar las arcas familiares. Pero la mejor, sin dudas, es la defensa del dirigente piquetero Luis D’Elia. D’Elia explica que si los Kirchner tienen plata es porque el abuelito del Presidente era usurero y pone, como fuente de legitimidad, las anécdotas que el historiador Bayer le contó sobre el susodicho abuelito usurero. Los periódicos se hacen eco de la defensa de D’Elia y salen a revolver archivos. Encuentran entrevistas donde Bayer efectivamente ratifica las historias del abuelito usurero, y algo más: abuelito usurero y tratante de blancas. “La familia Kirchner y mi familia se hicieron amigas en la década del 20 ―decía Bayer en una entrevista reproducida por el diario Perfil―. Eran de los pocos que hablaban alemán en aquella época en Río Gallegos. El abuelo de Kirchner tenía un hotel y era usurero. Mi padre le prestó diez mil pesos (que en ese momento era mucha plata) y él le prometió que se los iba a devolver en una semana. Nunca lo hizo. Así que al hombre que más odiaba mi padre era al abuelo del ex presidente. Muchísimos años después, cuando empecé la investigación sobre las huelgas patagónicas, encontré unos documentos que decían: ‘Kirchner, miserable, explotador’. Contaban que el abuelo de Kirchner tenía un hotel con señoritas que explotaba”. Entonces Bayer escribe en Página 12. Dice que están usando sus textos para atacar al Presidente Kirchner. Dice que nunca le contó ninguna anécdota al piquetero D’Elia, y que, de hecho, jamás lo vio o conversó con él. Dice y repite: los nietos no tienen que pagar las culpas de los abuelos. El texto de Bayer se titula “Cotorreo periodístico, una aclaración” y aparece, como se dijo, en la edición del matutino Página 12 del jueves 11 de febrero de 2010. La portada de esa edición tiene un gran título: “Infierno de mujer”. Se hace eco del músico acusado de rociar a su esposa con alcohol y prenderla fuego, pero aprovecha el caso para señalar “la generalización de la violencia de género, que en el último año causó 231 homicidios”. Es un buen recurso. Toda historia es coyuntural, y doblemente coyuntural en su primera versión: el mismo periódico que señala la generalización de la violencia contra las mujeres pasa por alto que el abuelito usurero del Presidente Kirchner es señalado por un historiador de reconocida trayectoria como un tratante de blancas. Los nietos no deben pagar las culpas de los abuelos. Pues los nietos tienen sus propios infiernos. Era el invierno de 1998, se estaba jugando la Copa Mundial de Francia. Había llegado a Río Gallegos, invitado por el gobierno local, para formar parte del jurado en un concurso de bandas de rock patagónicas. Tenía 23 años y la cabeza quemada por las anfetaminas. Personas muy mal informadas creían que entendía algo. Llegué de noche y la primera parada fue en un bar. Había unos ingenieros de sonido, unos funcionarios del gobierno local, un respetado músico de la escena nacional y yo. Ya era de madrugada cuando los funcionarios, guiñándose los ojos y pegándose codazos, dijeron que íbamos a conocer las casitas. El músico estaba entusiasmado. Los ingenieros se relamieron. ―¿Qué son “las casitas”? ―pregunté. Los tipos sonrieron. Por decirlo en porteño: nos iban a llevar de putas. “Las casitas” estaban a diez minutos del centro de Río Gallegos. Ya eran las dos o tres de la madrugada, nevaba y unos cuantos grados bajo cero pegaban como sólo pueden pegar en las madrugadas del sur patagónico. Las casitas ocupaban unas dos manzanas. Construcciones prefabricadas, de colores chillones, sumidas en una desoladora oscuridad. Las calles eran de tierra y las prostitutas, desde el interior de las casitas, hacían señales con linternas por las ventanas. Estacionamos. Empezamos a caminar por la nieve, y allí estaba, acercándose hacia el músico respetado y hacia mí, que íbamos adelante: una mujer en tetas, a la intemperie, con botas largas y una linterna en la mano, preguntándose que quiénes éramos estos marcianos. Entramos a una de las casitas. Un ambiente amplio, espejado, una barra y muchas mujeres. Los funcionarios señalaron que la diversión iba por cuenta de la casa. Nadie hizo nada. Nos quedamos parados ahí un rato, mientras las chicas insistían en que las invitáramos un trago o las dejáramos llevarnos atrás para chuparnos la pija. A los diez minutos fuimos a la casita de al lado, repetimos la escena y pasamos a la siguiente. Los funcionarios presumían con orgullo de contar con la zona roja más austral del mundo, y yo, que era la primera vez que pisaba un prostíbulo, y que de hecho sería la última, sólo veía unas chicas incluso mucho más jóvenes que yo (que tenía 23), que estaban semidormidas por el cansancio o por las pichicateadas, que habían sido traídas de la otra punta del país, que no podían salir ni a comprar cigarrillos, que parecían convertidas en los objetos-trofeos de la provinciana clase política santacruceña: ¡Vengan, cójanse a nuestras mujeres, la casa invita! Los nietos no tienen que pagar las culpas de los abuelos, pero según la versión de la historia que se cuente ―que es, vale recordarlo, coyuntural― a veces los nietos y los abuelos comparten los mismos infiernos. Si el abuelito usurero regenteaba un puterío, su nieto ―intendente, gobernador, presidente― permitió de buena gana la institucionalización del tráfico y la explotación de personas, la edificación de las simpáticas “casitas”: la legalización de la servidumbre. Eso también es violencia contra las mujeres, aunque la coyuntura haga que el historiador y el editor periodístico miren hacia otro lado. La mirada es arbitraria, pero no gratuita. El infierno de las mujeres coincide con los matutinos en el juego de la carta robada: todos lo ven, y entonces nadie lo ve. FUENTE: http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2010/02/el_puterio_del_abuelito_usurero_del_presidente_kirchner.html# A continuacion la nota de Bayer Cotorreo periodístico, una aclaración Cuando hace más de treinta años escribí mi investigación de las huelgas patagónicas, no pensé nunca que mis textos se iban a utilizar para atacar a quien luego fue presidente de la Nación, Néstor Kirchner. En mi libro La Patagonia rebelde aparece un hotelero del mismo apellido. Como fue en parte protagonista de los hechos, por supuesto lo nombré y describí su accionar. De ninguna manera esa investigación tuvo que ver con el nieto, luego presidente de la Nación, quien cuando hice la investigación era un joven desconocido y no había iniciado su carrera que lo llevaría a primer mandatario. Mi investigación histórica fue tomada, en plena campaña política de treinta años después, para atacar al nieto sobre la base de su abuelo, por la revista Noticias. Me pareció algo que antes se calificaba como un “cotorreo de comadres de barrio”, cuando por ejemplo se criticaba a un vecino porque un tío abuelo de él había tenido un hijo natural con una sirvienta. Veo ahora que ese cotorreo se ha reiniciado aprovechando unas declaraciones de Luis D’Elía, quien habló de que el abuelo de Kirchner había sido un usurero –es decir, hizo un chiste malo para burlarse de los críticos del ex presidente– y desde esas declaraciones del señor D’Elía (quien dijo que conversó conmigo cuando en verdad nunca lo he visto personalmente ni jamás conversé alguna vez por teléfono) radios, diarios y revistas han retomado los ataques al ex presidente Kirchner a través de la figura de su abuelo poniéndome a mí como testigo. Me han llamado aquí a Alemania una docena de radios y de diarios, también de publicaciones del interior. En todos los casos he respondido que “el nieto no tiene la culpa de lo que puede haber hecho su abuelo” y que “me parecía un acto cobarde y contra toda ética” aprovecharse de ello, es decir, repito, cometer lo que antes se llamaba “un cotorreo de comadres de barrio”. Además, por supuesto, se tergiversa mi investigación. Me dio vergüenza ajena, por ejemplo, leer la que trae Perfil y especialmente el diario El Liberal, de Santiago del Estero. Quienes han escrito eso infaman la noble profesión que tendría que ser la que ejerce el periodista. No he visto nunca, en esas publicaciones, estudios de los índices de pobreza de los niños argentinos o sobre el porcentaje de desnutridos. O el porqué aumentan las villas miseria en nuestro país. No, les interesa por sobre todo qué hacía el abuelo de Kirchner hace un siglo. La Argentina. La politiquería mezquina. La falta de grandeza. Las comadres de antes se persignan e intercambian datos sobre los vecinos. Belgrano enrolla la bandera. San Martín llega al Río de la Plata y no desembarca. Un historiador investiga qué hizo hace un siglo el abuelo del dueño de Perfil y de El Liberal. Maradona hace declaraciones. FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-140052-2010-02-11.html

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