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TheLorinx

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Primer post: 15 oct 2013Último post: 16 oct 2013
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Destellos de color en el desierto
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/16/2013

Un equipo de restauradores devuelve el antiguo esplendor a los murales del castillo de Qusair Amra, en Jordania, y llevan a cabo un importante hallazgo. La escritura, en cúfico antiguo, no deja lugar a dudas: «Allahumma aslih Al-Walid ibn Yazid» («Oh, Alá, haz virtuoso a Al-Walid, hijo de Yazid»). Cubiertas por una intervención poco afortunada que había dejado ilegibles los caracteres, las palabras que bordean una de las ventanas de Qusair Amra suponen una revolución que ha reescrito todo cuanto se sabía de este pequeño castillo abandonado en medio del desierto jordano, a 85 kilómetros al este de la capital, Ammán. Y, sobre todo, son muy reveladoras acerca de la variedad artística de sus pinturas murales, con imágenes de la vida cotidiana, escenas de caza y retazos de la vida cortesana, pero también muestras de ternura maternal e incluso desnudos femeninos. Los frescos de esta fortaleza son un testimonio único del arte islámico de ámbito privado –del que apenas se conservan unos pocos fragmentos–, que en 1985 fueron incluidos como bien cultural en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Hasta ahora estas licencias iconográficas se explicaban por la datación del edificio, que se remonta al siglo VIII d.C. La civilización de los omeyas, dinastía de califas sucesores del profeta Mahoma que gobernaron durante un siglo la primera comunidad islámica, estaba impregnada de una cultura relativamente laica. Por consiguiente, el arte carecía de la rigidez que habría de prevalecer posteriormente, y las herencias culturales helenística, romana y bizantina se hacían sentir con todo su peso, sobre todo en una región surcada por las caravanas y encrucijada de intercambios comerciales entre el Mediterráneo y la península Arábiga. Pues bien, hoy se puede decir que a esta explicación hay que añadir el descubrimiento llevado a cabo por técnicos del Instituto Superior de Conservación y Restauración (ISCR) italiano, con sede en Roma, que están recuperando las pinturas de Qusair Amra en el marco de un proyecto desarrollado con el Departamento de Antigüedades de Jordania y el World Monuments Fund (WMF), en colaboración con la Unesco. Gracias a la inscripción, ahora es posible afirmar que quien construyó el «pequeño palacio de Amra», según la traducción literal, no fue, como muchos pensaban, Al-Walid I, el célebre constructor de la Gran Mezquita de Damasco, sino su sobrino Al-Walid II. Este fue un califa de vasta cultura, poeta y amante de la buena vida, tanto que sus adversarios lo dejaron retratado para la posteridad como «el hermoso y el impío». Un calificativo quizás inevitable para un príncipe que personificó los padecimientos del final de la dinastía, que fue amado por el pueblo y por el ejército pero no por su familia, y que acabó siendo víctima de una conjura. «La inscripción descubierta permite atribuir al mismo Al-Walid la construcción del edificio y el encargo de las pinturas, y también reconocer con gran probabilidad al personaje retratado en el centro de la pared –explica el arquitecto Carlo Birrozzi, que dirige la misión–. Además, el hecho de que no se le mencione como califa permite datar con cierta seguridad el monumento antes de que ascendiera al trono en el año 743, durante el reinado de su tío Hisham, de quien fue el cuestionado heredero.» Al-Walid fue asesinado en 744 a los 38 años de edad, apenas 14 meses después de su ascenso al poder, mientras leía el Corán; ironías del destino, tratándose de un príncipe al que se consideraba demasiado disoluto. Esta circunstancia quizá no se sostenga históricamente, pero no se debe desdeñar desde el punto de vista simbólico, puesto que fue precisamente la dinastía de los omeyas la que se encargó de la codificación escrita del texto sagrado, que hasta entonces se había transmitido solo por vía oral. En cualquier caso, el destino del cuerpo de Al-Walid dice mucho de la brutalidad de aquella época: le cortaron las manos y le arrancaron jirones de piel, y los pasearon como trofeos en señal de victoria. Según cuenta la tradición, tras su decapitación la cabeza fue enviada a Damasco, la capital, en donde quedó expuesta durante un mes como advertencia a sus partidarios. En vida, el príncipe había hecho de Qusair Amra su morada preferida, un tesoro inigualable. «Todo está pensado para reflejar la personalidad poliédrica y fascinante del soberano, quien con sus prolijas invectivas contra el odiado tío Hisham movió a los censores de la época a estigmatizar su imaginación y sensibilidad cultural –dice Giovanna De Palma, la arqueóloga que ha dirigido los trabajos de conservación–. Sin embargo, algunas de las virtudes de este príncipe tan cuestionado sobreviven a la condena de sus detractores y aparecen en los relatos de Las mil y una noches: en uno de ellos, de hecho, Al-Walid es presentado como ejemplo de generosidad y lealtad. La poesía, la música y la danza marcaban el ritmo de la vida en la corte, y observando las pinturas y la riqueza del palacio de Jirbat al-Mafyar (cuya traducción del árabe es "El lugar donde el agua brota de la tierra", también atribuido a Al-Walid, es posible imaginar los banquetes que se celebraban con ocasión de las audiencias, privadas y políticas. También la cultura del baño y las imágenes asociadas a ella, heredadas de la antigua Roma, gozaron de gran predicamento en la civilización islámica.» El príncipe incluso mandó construir unas termas siguiendo el modelo romano, recubiertas de mosaicos con teselas de oro, y sobre la cúpula del caldarium hizo representar un zodíaco, insistiendo en que las diferentes constelaciones se reprodujeran con precisión. En la bóveda de los oficios se subraya el papel de Al-Walid como constructor, según el patrón de los grandes califas omeyas que erigieron la mezquita de Damasco o la Cúpula de la Roca en Jerusalén. Pero es en la representación del grupo de soberanos donde el estilo alcanza una de las cotas más elevadas de todo el conjunto pictórico. En los seis reyes representados los estudiosos han identificado otros tantos enemigos del islam: un soberano chino, uno turco o hindú, el emperador persa Cosroes, el de Bizancio, el negus de Abisinia y el último rey de la España visigoda, don Rodrigo, vencido pocos años antes en la batalla de Guadalete (711) por los árabes, que permanecerían en la península Ibérica durante casi ocho siglos hasta la definitiva Reconquista cristiana. La reproducción de las vestiduras es plana, según los cánones bizantinos, pero los rostros son únicos. Un fragmento con la inscripción «Caesar» fue arrancado y hoy se conserva en el Museo de Pérgamo de Berlín, pero de los dos reyes que siguen completos impresiona la extrema exquisitez, su realismo casi cuatrocentista: uno tiene la barba cuidada, como un imán de nuestros días; el otro lleva melena sobre la espalda, bigotes en punta y perilla, como si fuese un mosquetero de diez siglos después. De las escenas de la vida en la corte emerge el precioso testimonio de una civilización, la de los omeyas, caracterizada por la falta de fuentes en parte debido a la demonización llevada a cabo por la dinastía abasí, que ocupó su puesto a partir del año 750. En los frescos recuperados por los restauradores del ISCR descubrimos el protocolo de las audiencias: Al-Walid, tumbado bajo una tienda sobre un diván con mullidos cojines, tiene a su lado a sus dos hijos y a un escriba, mientras una esclava le da aire con un abanico de plumas de pavo real. Tampoco faltan las odaliscas, escenas de música, danza. Al lado de figuras reproducidas con gran naturalidad, como el carpintero cepillando o el cantero levantando un bloque de piedra, hay otras más rígidas y esquemáticas; una señal de que en el castillo trabajaron diversos pintores con diferentes grados de habilidad técnica. No pertenecían a un único taller, sino a varios, explica De Palma: «Es la prueba de que existía una auténtica escuela pictórica, de la que no teníamos testimonio si no era a través de los mosaicos. Hemos recuperado los colores originales y hemos descubierto un empleo profuso de azul lapislázuli. Teniendo en cuenta que este pigmento venía de Afganistán, es fácil imaginar cuál pudo ser su coste». Hoy, gracias a la restauración, es posible tener una mejor visión del conjunto, si bien las pinturas murales están articuladas de tal modo que resulta prácticamente incomprensible su hilo conductor. Algunos interrogantes siguen sin respuesta. Un ejemplo: de las figuras de las musas que hay en las lunetas emergen dos profetas, Jonás y Job, ambos mencionados en el Corán. ¿Por qué motivo representaron a estos dos personajes? ¿Qué significan en ese contexto? Aunque Qusair Amra sea un tesoro único, devolverle su esplendor original no ha sido tarea fácil, quizá debido a la suerte que también corrió el propio Al-Walid. Los primeros grafitos son sin duda en cúfico antiguo, uno de los primeros estilos con los que se codificó la lengua árabe escrita, lo que confirma un abandono casi inmediato del castillo. Tras sobrevivir a la incuria, a la erosión causada por las tormentas de arena y a las ocupaciones de los beduinos del desierto, que encendían hogueras en su interior para calentarse, cubriendo de hollín las paredes, el castillo ha tenido una vida complicada incluso en el último siglo a causa de ciertas restauraciones torpes. Alphons Mielich, el pintor que documentó por primera vez el monumento (descubierto a finales del siglo XIX por Alois Musil, explorador y arabista), puso en peligro el estado de las pinturas al pulirlas con sosa. En los años setenta llegó el turno de una expedición española dirigida por el arqueólogo Martín Almagro, quien aplicó sobre los frescos goma laca (que con el tiempo amarillea y se agrieta). El resultado, después de cuatro decenios, ha sido un agravamiento del estado de conservación. Todo ello sin contar con el hecho de que el revestimiento de los frescos es irregular y discontinuo. Por esta razón, antes de intervenir, el equipo italiano ha dedicado un año solamente a evaluar, mediante una escrupulosa campaña de investigación, si el estado de degradación era subsanable. Después ha intervenido un grupo de trabajo mixto, constituido por restauradores del ISCR y del WMF y cinco técnicos jordanos, cuatro de ellos dedicados a las pinturas y uno a las escrituras y grabados. «En 2008 el Departamento de Antigüedades de Jordania nos envió un dosier sobre el sitio pidiéndonos que lo incluyéramos en nuestra lista Watch, además de solicitar asistencia técnica para afrontar el problema de las pinturas murales, que ellos consideraban en riesgo –cuenta Gaetano Palumbo, director del WMF para el norte de África y Oriente Medio–. El edificio ha sobrevivido casi intacto porque sin duda tenía un valor especial para los beduinos del lugar: pretendemos descubrirlo entrevistando a los ancianos de las tribus locales. La idea es recoger las historias transmitidas en la zona para implicar a las comunidades y autoridades locales en un programa de conservación a largo plazo que pueda reportarles ventajas económicas.» Cerca del edificio, en medio del trasiego de visitantes y agentes de la policía turística, Akhim, guardián y guía, ofrece un poco de sombra bajo su tienda. Es un beduino de la tribu Beni Sakher y antes que él, en este puesto, estaba su padre. Señala hacia la extensión de arena que se pierde en el horizonte e ironiza sobre el apelativo de «castillos del desierto» que se aplica a las construcciones como Qasr al-Jarana o Qasr al-Azraq. De hecho, hasta no hace mucho tiempo esta árida región de Jordania era rica en agua gracias a la presencia de la gran cuenca lacustre de Azraq. Así es como hay que imaginar estos castillos, inmersos en una vegetación que sirve de telón de fondo para las escenas de caza organizadas por Al-Walid. La misma vegetación entre la que se esconden los onagros, los asnos salvajes autóctonos tan abundantes en aquella época y hoy casi extinguidos, hasta tal punto que son objeto de un programa de repoblación. «El paisaje que rodea el castillo no ha cambiado en cientos de años, tal vez incluso desde los tiempos de los omeyas –afirma Palumbo–. El riesgo está en que cambie ahora, tras la construcción de algunos diques más arriba que podrían bloquear el flujo de las aguas estacionales y dificultar la supervivencia de cerca de 600 terebintos, árboles en algunos casos centenarios. Estamos intentando convencer a las autoridades de que redimensionen esos proyectos.» El regalo más hermoso de un recorrido por esta región es el descubrimiento de un desierto cargado de historia. El agua está omnipresente en los topónimos. Qasr al-Azraq, por ejemplo, significa «castillo azul» y lo llamaron así por el lago que se extendía prácticamente a sus pies. Se erguía en medio de un oasis que representaba la única fuente de agua en más de 10.000 kilómetros cuadrados de desierto. Un oasis que desde hace 20 años ha quedado reducido a la mínima expresión debido a la extracción de agua para uso agrícola y para dar de beber a Ammán. Sin embargo hace un siglo, cuando Lawrence de Arabia instaló aquí su cuartel general durante la Rebelión Árabe, todavía era posible contemplar este espectáculo de la naturaleza. En sus memorias, el oficial británico recuerda los prados y manantiales exuberantes y dedica palabras de admiración al fortín de época romana, reformado varias veces a lo largo de los siglos: «Cada una de sus piedras y cada una de sus briznas de hierba resplandecían con el vago recuerdo del espléndido y luminoso Edén que allí había florecido hacía tanto tiempo». El pequeño castillo era ideal para la guerra: la infinita llanura del desierto circundante para aterrizar y despegar los aviones, y un puesto avanzado en las proximidades desde donde avistar al enemigo, el castillo de Usaykhim, reducido hoy a un cúmulo de piedras. Un cementerio pétreo en donde solo un arco ha sobrevivido a la acción del tiempo, como una puerta metafísica de acceso a la nada. Con los camiones atestados que pasan a toda velocidad por delante de Qasr al-Azraq recorriendo de nuevo las antiguas rutas caravaneras entre Siria y Arabia y las burdas construcciones modernas a poca distancia, hace falta mucha imaginación para visualizar aquí al último héroe romántico, que soñaba con dar a los árabes la base sobre la cual edificar «el inspirado palacio de ensueños de su pensamiento nacional». Sin embargo fue aquí donde permaneció entre el invierno de 1917 y la primavera de 1918 por culpa del hielo que interrumpió temporalmente las operaciones militares. Meses de reclusión, bloqueado por la lluvia. Ante el asombro de los beduinos de la zona, Lawrence se instaló en la torre de guardia de la entrada sur y ordenó llevar las ametralladoras a las torres más altas para responder al fuego. Para evitar las corrientes de aire, hizo cubrir las partes derruidas del techo con follaje, ramas de palma y hiedra. No cabe duda del resultado, por lo menos en el plano espiritual, pues años después escribió: «Durante aquellas noches interminables, estábamos a salvo del mundo».

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Mi opinión sobre Minecraft
Mi opinión sobre Minecraft
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/15/2013

Hola amigos de Taringa!, bueno, este es mi primer post aquí y será sobre una opinión personal sobre Minecraft, mi sueño es ser un futuro YouTuber y pienso que este es un buen lugar para comenzar a postear mis críticas, bueno, sin más preámbulos, vamos al post: Minecraft: la Wikipedia lo define como un videojuego independiente de construcción, de tipo «mundo abierto» o sandbox. Minecraft, según mi opinión, es un excelente juego, su creador es Markus Persson, mejor conocido como "Notch" tuvo la ayuda de la empresa MOJANG para desarrollarlo, según mi opinión, es uno de los mejores juegos que he tenido la oportunidad de jugar, bueno, no te ha pasado que haz visto el anuncio de un juego para PC, o para Play, y miras el anuncio y dices "Mmm, parece bueno, debo jugarlo", y cuando lo juegas, dices "Verga, este juego es genial" y se vuelve sorprendentemente adictivo y no puedes parar de jugarlo?, bueno, esto pasa con Minecraft, pero, Minecraft, a simple vista parece un juego muy común y simple, pero, al jugarlo, te darás cuenta que no es así, yo juego Minecraft desde la versión 1.1 y te puedo asegurar que vale la pena jugarlo, cuando mi primo me mostró Minecraft comencé a buscar imágenes para ver de que trataba el juego, a simple vista me pareció un simple mundo cúbico sin más, cuando comencé a jugarlo me di cuenta de que el juego era realmente asombroso!, jaja, recuerdo que mi primer refugio fue de tierra y solo tenía un hueso para defenderme!, actualmente Notch y MOJANG han logrado llevar Minecraft hasta la 1.7, como han avanzado, no?, pero para mí, la mejor versión siempre será la 1.5.2, no se si piensan lo mismo pero yo digo que la cagaron con el nuevo launcher para versiones desde la 1.6 para adelante, la actualización es muy buena, ya que contiene caballos que son x3 veces más rápidos que un Minecart, pero no me gusta por el tema del launcher, y, que no se si les pasa a ustedes también, que no se puedo moddear el archivo .JAR, si tu quieres instalar mods como "Optifine HD" o "Too Many Items" no puedes porque si modificas el .JAR el launcher te hace instalar el juego nuevamente. Una de las cosas que más aprecio de Minecraft es la minería, para mi siempre fue emocionante ir de minería, descubrir minerales, encontrar cuevas, minas abandonadas, y, lo más emocionante que no se compara, ENCONTRAR DIAMANTES!!. Si eres de los que no le gustan las texturas de este juego (mi caso como por ejemplo), te recomiendo instalarle TEXTUREPACKS, el más recomendado es R3D CRAFT, que le da un toque de realismo y un efecto 3D a los bloques, pero no solo tienes R3D CRAFT, tienes millones de opciones más en texturas. Si recién estas comenzando a jugar Minecraft y necesitas aprender, te recomiendo instalar a 1.5.2, es genial para principiantes y aficionados a la versión vieja. Bueno amigos, bueno amigas, esto ha sido todo y espero que te guste mi crítica, dejaré el link de la página oficial del juego por si quieres comprarlo con la versión original, o si no puedes descargar una versión pirata gratuita de cualquier otra página. www.minecraft.net Mi canal de Youtube: https://www.youtube.com/user/TheLorinxYT Mi Twitter: https://twitter.com/TheLorinx

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El portentoso tesoro mixteca de la tumba 7 de Monte Albán
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/15/2013

En 1932, el arqueólogo Alfonso Caso descubrió en el yacimiento de Monte Albán, en México, una tumba intacta del siglo XIV d.C. En la década de 1920, el arqueólogo mexicano Alfonso Caso fijó su atención en Monte Albán, una montaña del valle de Oaxaca. Décadas atrás, en su cumbre se habían localizado restos de la cultura zapoteca, que dominó la región entre los siglos IV a.C. y VIII d.C., pero aquellas ruinas no se habían estudiado a fondo. En 1928 Caso visitó por primera vez el enclave, acompañado del arqueólogo italiano Guido Valeriano Callegari. Tras hora y media de penoso ascenso a caballo entre una densa niebla, los dos estudiosos llegaron a la Gran Plaza de la antigua ciudad, un espectacular recinto repleto de restos de antiguos templos y palacios. Entusiasmado, Caso hizo gestiones ante el gobernador de Oaxaca para construir una carretera hasta el monte, mientras él reunía fondos y un buen equipo de científicos para iniciar la excavación de aquel conjunto monumental. Empieza la aventura Por fin, en 1931, con fondos propios y de algunas instituciones, Caso comenzó su gran aventura en Monte Albán, que duraría 18 temporadas. El objetivo inicial del equipo –formado, entre otros, por Martín Bazán, Juan Valenzuela, Eulalia Guzmán, Ignacio Marquina y María Lombardo, esposa de Caso– era estudiar los signos de las estelas zapotecas y excavar la Gran Plaza Norte. Empezaron a trabajar en la escalinata de la Plataforma Norte, pero Caso pronto se interesó en las decenas de montículos que salpicaban el yacimiento, sospechando, con razón, que eran tumbas. Pronto descubrió que la mayoría estaban saqueadas y en su interior sólo había murciélagos; pero hubo una que le llamó especialmente la atención, al descubrir junto a ella los muros de un pequeño templo. Al día siguiente, 6 de enero de 1932, Caso tenía que ir a Oaxaca a recoger el salario de los peones, por lo que dejó a Valenzuela al mando de la excavación. Volvió a las once de la mañana acompañado de su esposa y se encontró a Valenzuela que le esperaba con una gran sonrisa y un collar de jade con el que le rodeó el cuello. No hicieron falta palabras; los tres corrieron hacia la tumba donde habían aparecido el collar y tres orejeras de jade, tan pulidas que podía leerse a través de ellas, además de una trompeta hecha con una caracola marina. Enseguida hallaron rastros de una escalera y dos capas de estuco, lo que les hizo sospechar que estaban sobre el techo de la tumba. Tres días después, el 9 de enero, lograron mover una losa que dejaba al descubierto un pequeño hueco. Valenzuela se descolgó por él, mientras Caso esperaba ansioso intentando ver algo, hasta que, ante las exclamaciones de su compañero, él mismo se lanzó por el angosto hueco, a pesar de que era más bien corpulento. Ya reunidos, los dos arqueólogos se enfocaron las caras y fueron iluminando el suelo de la tumba. El pequeño haz de luz descubrió primero las cuencas vacías de un cráneo humano, luego dos copas de cristal de roca primorosamente pulidas y, a continuación, esparcidas por el suelo, miles de cuentas que brillaban como luciérnagas. Caso y Valenzuela salieron para buscar un recipiente donde guardar las piezas del extraordinario tesoro que yacía a sus pies. A las once de la noche, con una caja de zapatos forrada de algodón, regresaron a la tumba. Con cuidado de no pisar ningún objeto, fueron descubriendo pectorales y brazaletes de oro y plata en pechos y brazos descarnados, un cráneo humano forrado de turquesas, una urna de alabastro que se tornó traslúcida en contacto con la luz, orejeras, anillos y uñas postizas. Eran las seis de la mañana cuando salieron de la tumba. Martín Bazán, que había permanecido en el exterior, esperaba el relato de los hechos, pero Caso se limitó a abrir la caja, que contenía 35 objetos de oro que habían recogido. Caso marchó a Oaxaca y volvió junto con su esposa, portando una pistola que les acompañó hasta que el descubrimiento se hizo público, por temor a posibles saqueos. En los días siguientes todos trabajaron frenéticamente, anotando, midiendo y limpiando las magníficas piezas; participaron incluso las hijas de Caso y de Ignacio Marquina, que recuperaron más de 3.000 perlas dispersas por la arena milenaria. No faltaron anécdotas. Confundían las boquillas doradas de los cigarrillos que apagaban en la arena con anillos de oro, y la mujer de Caso envió incluso un apremiante telegrama a sus familiares: «Descubridores tesoro muertos de hambre. Cobren sueldo de Alfonso y remitan dinero en el acto». La clave mixteca A Caso le intrigaba lo diferentes que eran los objetos hallados en la tumba. Entre ellos había unos huesos con glifos tallados que al analizarlos le dieron la clave: la sepultura había sido reutilizada después de que los zapotecas abandonaran la ciudad, en el período de dominio de los mixtecas (1325-1521), consumados artesanos. El 13 de enero de 1932, Caso anunció su hallazgo en un lacónico telegrama: «Descubierta tumba más importante América, enviaré detalles. Alfonso Caso. Arqueólogo». La repercusión mundial fue enorme y atrajo a grandes medios como National Geographic, aunque algunos lanzaron absurdas acusaciones de falsificación contra Caso. Hoy día nadie duda de que el descubrimiento de la tumba 7 de Monte Albán fue uno de los mayores hitos de la arqueología americana.

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