SonnyForelli
Usuario (Argentina)

Coronel Don Martiniano Chilavert Bueno.. Navegando encontre esta info bastante completa de este gran personaje de nuestra historia. Hago este post mas que todo por un deber, el deber de ser argentino y compartir con mis hermanos un poco de nuestro verdadero pasado que dista mucho a lo que nos cuentan o a lo que nos enseñan en las aulas de pequeños. A modo de reflexión propia, sería bueno imitar los valores que demuestra Don Chilavert u otros mal entendidos de la historia oficial como el grandioso Rosas. Estos fervientes nacionalistas defendieron nuestra Patria palmo a palmo, no como un Rivadavia que solicitó un préstamo a los ingleses poniendo de garantía a "todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata". Transcribí los ultimos episodios de su vida dejándoles la info completa en la pagina original. Disfruten amigos y hagan el uso que ustedes más crean conveniente ------ Una vida ejemplar y una muerte honorable... El coronel Martiniano Chilavert, héroe de Ituzaingó, prestó servicio bastantes años en el Partido Unitario al mando del General Juan Lavalle y sus aliados Colorados en Montevideo. Durante mucho tiempo estuvo haciéndole la guerra al Partido Federal y a su jefe Rosas cuando realmente cayó en si que no estaba atacando a un partido sino a la Confederación Argentina. Lo refutan estas palabras de Chilavert a Fructuoso Rivera, jefe del Partido Colorado aliado de Lavalle: “Hace tiempo que veo que la guerra que Ud. hace no es a Rosas sino a la República Argentina, ya que su lucha es una cadena de coaliciones con el extranjero. De resultas de ello Argentina ha sido ultrajada en su soberanía, favoreciendo esto a Rosas ya que la opinión pública ve amenazada la Patria”. En estos tiempos Chilavert se enteró del combate de la Vuelta de Obligado, en la cual la Confederación Argentina se impuso ante una flota coligada franco británica que atacó el territorio argentino. Así fue que, aunque opositor político decidido de Juan Manuel de Rosas en abril de 1846 le ofreció humildemente sus servicios, “por ser opuesto a mis principios combatir contra mi país unido a fuerzas extranjeras, sea cual fuera la naturaleza del gobierno que lo rige”. El combate de Obligado. La Confederación Argentina resistió a más no poder los atropellos imperialistas. En mayo escribió, al general federal-oriental aliado de Rosas, Manuel Oribe: “El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante un solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y de gloria para ella.”… En esto también, Chilavert compartía las ideas de su formador y líder el general Don José de San Martín. Chilavert privilegiaba la defensa de la Patria más allá de los intereses de facción. El 11 de mayo del año 1846, Chilavert se dirigía desde San Lorenzo (Río Grande) al general Oribe, pidiendo el honor de servir a su patria, en los términos siguientes: “En todas las posiciones en que el destino me ha colocado, el amor a mi país ha sido el sentimiento más enérgico de mi corazón. Su honor y su dignidad me merecen religioso respeto. Considero el más espantoso crimen llevar contra él las armas del extranjero. Vergüenza y oprobio recogerá el que así proceda; y en su conciencia llevará eternamente un acusador implacable que sin cesar le repetirá: traidor! traidor! Traidor!” “Conducido por estas convicciones me reputé desligado del partido al que servía, tan luego como la intervención binaria de la Inglaterra y de la Francia se realizó en los negocios del Plata… Me impuse de las ultrajantes condiciones a que pretenden sujetar a mi país los poderosos interventores, y del modo inicuo como se había tomado su escuadra. Ví también propagadas doctrinas a las que deben sacrificarse el honor y el porvenir de mi país. La disolución misma de su nacionalidad se establece como principio. El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante un solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y de gloria para ella.” “Todos los recuerdos de nuestra inmortal revolución, en que fui formado, se agolpan. Si, es mi patria… anunciándose al mundo por esta verdad: existo por mi propia fuerza. Irritada ahora por injustas ofensas acredita que podrá quizás ser vencida, pero que dejará por trofeos una tumba, flotando en un océano de sangre y alumbrada por las llamas de sus Lares incendiados.” Al recibir su despacho de Coronel de Artillería de la Confederación, expresó: “Lo felicito por su heroica resolución, y oro por la conservación del gobierno que tan dignamente la representa, y para que lo colme del espíritu de sabiduría. Al ofrecer al gobierno de mi país mis débiles servicios por la benévola mediación de V.E., nada me reservo. Lo único que pido es que se me conceda el más completo y silencioso olvido sobre lo pasado.” A comienzos de 1847 regresó a Buenos Aires y se dedicó a reorganizar el cuerpo de artillería. Por supuesto, los unitarios lo llamarían traidor. En cartas a Juan Bautista Alberdi y otros prohombres de la oposición, se defendió con energía; pero no pudo convencerlos de seguirlo. En 1851 tenía el comando del Regimiento de artillería ligera. En octubre de ese año, con muchos otros jefes, reiteró su adhesión al Gobierno, amenazado por el pronunciamiento de Urquiza. Organizado el ejército federal por Ángel Pacheco, Chilavert tomó el mando en jefe de la artillería. Integró la famosa junta de guerra que reunió a los jefes federales la noche anterior a Caseros en donde reclamó la batalla contra el invasor, diciendo, que él no sabría dónde ocultar su espada si había de envainarla sin combatir con el enemigo que estaba enfrente y que en cuanto a él, acompañaría al gobierno de su patria hasta el último instante, porque así era cien veces gloriosa para él la muerte al pie de sus cañones combatiendo. Cuando Rosas se enteró de lo que había acaecido en aquella junta de guerra, le tendió la mano al bravo coronel y le dijo: “Coronel Chilavert, es Ud. un patriota; esta batalla será decisiva para todos. Urquiza, yo, o cualquier otro que prevalezca, deberá trabajar inmediatamente la Constitución Nacional sobre las bases existentes. Nuestro verdadero enemigo es Brasil, porque es un imperio.” Chilavert propuso un plan de batalla, pero fue desoído. Ubicó su artillería en el palomar de Caseros donde emplazó treinta cañones que apuntaban directamente a las fuerzas brasileñas a las que le provocó numerosas bajas (Tanto es así, que el nombre de la batalla fue designado para homenajear a los invasores brasileños, ya que los jefes de ambos ejércitos -Rosas y Urquiza- se enfrentaron en Morón, así debió llamarse esa batalla). Batalla de Caseros en 1852. Banderas ajenas a nuestra patria ondeaban en las filas del "Ejercito Grande" de Urquiza. En el conflicto que enfrentó a Rosas con Justo José de Urquiza y el Imperio del Brasil, dirigió todas las fuerzas de artillería de la Confederación en la batalla de Caseros. El historiador Adolfo Saldías así relata este hecho épico: “Haciendo fuego contra el grueso de las tropas invasoras brasileñas hasta agotar la munición. La última resistencia fue la de la artillería de Chilavert y la infantería de Díaz (también de origen unitario). Como se agotaron las municiones, mandó recoger los proyectiles del enemigo que estaban desparramados alrededor suyo y disparó con éstos. Y cuando no hubo nada más que disparar, finalmente la infantería brasileña pudo avanzar… y así terminó la batalla.” Con tan sólo 300 artilleros soportó por todo el tiempo que duró la arremetida de casi 12.000 brasileños, hasta que la impresionante superioridad numérica y el agotamiento de las municiones rindieron al bravo coronel. Habiendo tenido ocasión de escapar, permaneció sin embargo fumando tranquilamente al pie del último cañón, que él mismo disparó. Al ser tomado prisionero por el capitán de infantería José María Alaman, éste le tomó de la rienda el caballo que aquél montaba, Chilavert le apuntó con su pistola y le dijo: “Si me toca , señor oficial, le levanto la tapa de los sesos, pues yo lo que busco es un oficial superior a quien entregar mis armas”. Poco después llegó el coronel Cayetano Virasoro, entonces al verlo de poncho de vicuña, Chilavert le expresó: “Señor comandante o coronel, me tiene Ud. a su disposición, previniéndole que sufro de hemorroides y antes de quitarme el caballo, hágame pegar cuatro tiros porque no puedo caminar.” No obstante esto, y contra la voluntad de Virasoro, Chilavert por expresa orden de Urquiza debió hacer una parte del trayecto a pie. Desde el campo de Caseros fue conducido a Palermo, donde Urquiza había instalado su cuartel general, allí fue reconvenido por Urquiza por su “defección” del bando unitario, a lo que Chilavert respondió “Mil veces lo volvería a hacer”, lo que desató la ira de Urquiza que le espetó “vaya nomás…” y ordenó que se le pegaran cuatro tiros por la espalda, ejecución infamante que a modo de castigo se le propinaba a los cobardes y a los traidores. El sargento mayor Modesto Rolón afirmó: “Recuerdo que el hombre iba con toda tranquilidad, pues lo llevaba a mi lado. Al llegar al paraje designado, le comuniqué la tremenda orden que portaba. Está bien, me contestó, permítame señor oficial, reconciliarme con Dios -y dio unos cuantos pasos rezando en voz baja- hasta que pasados algunos segundos dijo: estoy pronto, señor oficial, sacó su reloj y pidió lo entregasen a su hijo; se quitó asimismo su pequeño tirador y arrojándolo al suelo, manifestó que había en él algunos cigarros y un poco de dinero. También regaló a los soldados su poncho y sombrero, pidiéndoles no le destrozaran la cabeza.” Llevado al paredón y cuando un oficial quiso ponerlo de espaldas para cumplir las órdenes de Urquiza, lo rechazó de un violento bofetón y luego mirando fijamente al pelotón les gritó: “tirad, tirad aquí, que así mueren los hombres como yo!”. El pelotón bajo sus armas. El oficial los contuvo. Sonó un tiro y Chilavert tambaleó y su rostro se cubrió de sangre, pero manteniéndose de pie les repitió a los gritos: “tirad, tirad al pecho!”. El oficial y sus soldados quisieron asegurar a la víctima y se produjo una lucha salvaje, espantosa: las bayonetas, las culatas y la espada fueron los instrumentos de martirio que finalmente vencieron a aquel león. Envuelto en su sangre, con la cabeza partida de un hachazo y todo su cuerpo convulsionado por la agonía, hizo aún ademán de llevarse la mano al pecho. Esto sucedió el 4 de febrero de 1852, al otro día de la batalla de Caseros y desmentían groseramente la frase de “Ni vencedores ni vencidos” que tan mendazmente había proclamado Urquiza, quien no ahorró sangre de los vencidos y vayan como ejemplo los ahorcados de la división de Aquino; (Esta división estaba compuesta de más de 800 hombres que pertenecían al ejército federal de Manuel Oribe y que al ser derrotado éste, fueron incorporados por Urquiza, de manera forzada al llamado “Ejército Grande”. Los levados al arribar a suelo argentino se sublevaron dando muerte al Cnl Pedro León Aquino, que los comandaba por imposición de Urquiza, y fueron a Luján a reunirse con sus camaradas federales. Chilavert fue fusilado por un pelotón del batallón mandado por el coronel Cayetano Virasoro. El anciano Francisco Castellote y su hijo Pedro, padre y hermano políticos de Chilavert, fueron a implorar a Urquiza la vida del sentenciado a muerte, pero Urquiza fue insensible al dolor, inclusive le negó cristiana sepultura exponiendo sus restos a la descomposición de su carne, sólo después de unos días les entregó el cadáver destrozado del heroico artillero. Martiniano Chilavert fue un paradigma de héroe porque a su coraje personal (indispensable en esos tiempos) unió un talento y una preparación profesional y científica que lo convirtió en un artillero de excepción en una época en que no abundaban quienes se dedicaran a menesteres tan complejos. Sin embargo, la historia “oficial” o liberal, como quiera llamarse, puso en práctica su remanido y deleznable método de borrar de sus anales la memoria del héroe ya que para ellos Chilavert “sacó los pies del plato”… y todo porque tuvo la dignidad suficiente para no actuar como un traidor a su Patria. Actualmente sus restos descansan en el cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires, en una bóveda de la familia del coronel Argüello. Fuente original y la Info Completa en: Espero que les haya gustado y dejen algun comentario

En gran parte debido a la leyenda negra que se ha tejido en torno al decenio menemista, muchos han olvidado – o directamente no conocen – los impresionantes logros económicos del riojano: entre 1990 y 1998 el PBI creció un 57%, a una tasa interanual promedio del 5,8%. Unos meses antes de las elecciones del 14 de mayo de 1989, un argentino que vivía en los EEUU y que, por entonces, visitaba al país, le comentaba a este cronista un título reciente de uno de los diarios más importantes de Washington: “Si viene de la Argentina, seguro son malas noticias”. Hiperinflación, saqueos, inestabilidad política y aislamiento internacional era el cóctel que amenazaba al gobierno radical de Raúl Alfonsín. Eran pocos los argentinos que creían que aquella situación tuviera algún tipo de remedio. El resto del mundo pensaba lo mismo. Fue entonces que, veinticinco años atrás, tuvieron lugar las elecciones presidenciales, adelantadas de apuro por Raúl Alfonsín para ver si Eduardo Angeloz – su delfín vergonzante – podía llegar con mejores chances al compromiso electoral. El intento fue en vano. La fórmula Carlos Menem – Eduardo Duhalde se imponía con casi el 48% del total de los votos emitidos. La participación fue una de las más altas de la historia: aquél día, más del 85% del padrón concurrió a votar. La crisis fenomenal, extrema, que se abatía sobre el país explicaba aquél récord. Es que, aunque buena parte de los actuales chapuceros de la información se hagan los distraídos, el país se encontraba al borde del abismo, un extremo que no le resultaba indiferente a la enorme mayoría de la población. Menos de dos meses después de la victoria de Menem, Alfonsín anunciaba unilateralmente que “resignaba” su mandato y que dejaba el poder al riojano, habida cuenta que este había manifestado públicamente que estaba preparado para asumir “en cualquier momento”. Nadie se preguntó si era constitucional que un presidente en ejercicio le cediese el poder a otro que estaba recién electo seis meses antes que finalizara su mandato. La angustia en que vivía la Nación hacía que todo el país colaborase en una interpretación de la Constitución que, actualmente, ya no sería posible. Menem asumió a pesar de lo irregular de la situación. No hizo ni muchas preguntas ni culpó demasiado al atribulado Alfonsín por aquella precipitación. Simplemente comenzó a gobernar, tomando decisiones duras, de fondo, y leyendo correctamente hacia donde se encaminaba el mundo. Muchos olvidan que, cuando Menem asumió el gobierno, aún existía la Unión Soviética y que, técnicamente, el comunismo era un modelo que rivalizaba con el capitalismo occidental. Faltaba poco menos de un semestre para que el Muro de Berlín cayera estrepitosamente y desnudara el patético fracaso del colectivismo, pero la Argentina ya se había alineado decisivamente con los EEUU y repudiado sus anteriores coqueteos con el mundo no democrático. Cuentan que, en su primera visita de estado a la Casa Blanca, Menem sorprendió al presidente George H. Bush al preguntarle “qué podía hacer la Argentina por los EEUU”. Parecía inverosímil que aquél pintoresco mandatario, venido del sur del continente y cuyo país era noticia por sus astronómicas tasas de inflación, pudiera ofrecer ayuda alguna. Pero a medidas de 1990, ya dos fragatas argentinas participaban de la coalición multinacional que habría de liberar a Kuwait del yugo de Saddam Hussein al tiempo que, en 1998, la Argentina se convertía en “aliada extra OTAN” del propio EEUU. Resulta innegable que Menem tuvo una vigorosa y decidida política exterior que, con sus lógicos detractores, posicionó firmemente al país en el mundo, un vivo contraste con la esquizofrénica relación que el kirchnerismo ha mantenido con la comunidad internacional a los largo de sus tres mandatos. En gran parte debido a la leyenda negra que se ha tejido en torno al decenio menemista, muchos han olvidado – o directamente no conocen – los impresionantes logros económicos del riojano: entre 1990 y 1998 el PBI creció un 57%, a una tasa interanual promedio del 5,8%, en tanto que el PBI per cápita lo hizo a razón de 42,7%. En el decenio anterior, el PBI se había contraído un 8,5%, mientras que el PBI per cápita caído nada menos que un 17,7%. En 1997 la Argentina fue el país del mundo que más inversión extranjera recibió por habitante, en tanto que, en el mismo año, la producción de petróleo y de gas eran 72% y 67% más elevadas, respectivamente, que en 1990. Ya en el autoabastecimiento, el país exportaba energía a sus vecinos, un logro que hoy hemos perdido y que condiciona gravemente al desarrollo genuino. No parecen ser estos indicadores de la decadencia nacional, ni mucho menos las ratios que expliquen el origen de todos los males nacionales que, gracias a la extendida jerigonza del progresismo, se le endilgan a aquellos años. Desde el punto de vista de la gobernabilidad, aquél período no le fue en zaga a sus logros económicos. En diciembre de 1990 Menem reprimió con la fuerza de la ley al último de los levantamientos carapintadas que habían comenzado en 1987 y que tanto había padecido Alfonsín. Fue el primer presidente constitucional en la era moderna que ordenó (y que logró que sus órdenes se cumplieran de inmediato) que las unidades del Ejército abrieran fuego contra sus camaradas de armas sublevados. Desde 1930, nunca hubo el grado de subordinación de las FFAA al poder político como el que tuvo aquella década, algo de lo que hoy disfrutan – afortunadamente – los actuales gobernantes. Fue Menem el que reformó la constitución mediante un proceso ejemplar, quién (tal vez equivocadamente) intentó pacificar el país otorgando indultos tanto a militares represores como a guerrilleros fuera de la ley, habiendo sido él mismo un preso político de la dictadura. Tampoco puede olvidarse que, durante su gobierno, el régimen federal fiscal alcanzó su apogeo mediante el sistema de transferencias automáticas de la coparticipación y los pactos fiscales, instancias de coordinación macroeconómica entre las diferentes jurisdicciones que, lamentablemente, nunca más se intentaron (vale recordar que, en la actualidad, la participación de las provincias sobre el total de recursos históricos se encuentra en sus mínimos históricos). Tampoco puede soslayarse que, con el menemismo, el partido justicialista volvió al gobierno que había abandonado tras el golpe militar de 1976, y que lo hizo con ideas muy diferentes a las que había postulado el general Perón en su primer mandato. No obstante este desafío, la fuerza se mantuvo en general unida y jamás recibió un destrato semejante al propinado por el matrimonio Kirchner. Con Menem no hubo intentos de transversalidad ni el propósito de constituir aparatos satélites y alternativos, tales como Unidos y Organizados o La Cámpora; Eduardo Duhalde, el gran contrincante interno en el último tercio de su mandato, no intentó quebrar el partido, ni Menem lo forzó a hacerlo. Fue recién en 2003 cuando, irresponsablemente, se abrieron las heridas que, con otros actores, todavía perduran. Hoy el PJ está peor que nunca. No es más un partido de gobierno, sino el apéndice partidario de un gobierno que no parece ser el suyo. No sucedió tal cosa en los ’90. Veinticinco años atrás el mundo era muy diferente al actual y el país crujía ante una crisis terminal. La mayoría dudaba que aquél riojano tan excéntrico, que se había mostrado empático con Alfonsín al promediar el mandato radical y que luego había ganado tan sorpresiva como democráticamente una interna nacional a los ascendientes Antonio Cafiero y José Manuel de la Sota, pudiera hacer gran cosa con la brasa caliente que le habían arrojado entre las manos. Pero Menem se las arregló para terminar con la hiperinflación, reedificar el prestigio nacional ante el mundo, acabar con la ingobernabilidad que parecía la marca registrada del sistema político y ganar casi todas las elecciones durante sus dos mandatos. Fernando de la Rúa, su sucesor, destruyó todo aquello – a nuestro juicio, sin que su amargo final estuviera predeterminado por el país gestado en los ‘90 – y, lo que es más lamentable, hundiendo en el descrédito a una época que, con sus innegables problemas y dificultades, merece páginas mejores a las que burdamente se escriben por estas épocas. DÁVILA, PABLO ESTEBAN para Diario Alfil. http://diarioalfil.com.ar/2014/05/14/a-25-anos-del-triunfo-de-carlos-menem/