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Sir_Belias

Usuario (Uruguay)

Primer post: 21 feb 2014Último post: 2 may 2016
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Sredni Vashtar - Cuento
ArteporAnónimo2/21/2014

Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir. La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado. En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión. La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria. En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado. La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad. Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora. -No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media. -Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado. -A veces -dijo Conradín. Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor. -Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar. No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba. Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín: -Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar. La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa. -¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos. Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado: Sredni Vashtar avanzó: Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos. Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte. Sredni Vashtar el hermoso. De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana. La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar. -Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora? -Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín. Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada. -¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona. Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.

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El hambre - Cuento [Manuel Mujica Lainez]
ArteporAnónimo3/1/2014

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes. Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos. Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador. El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos. ¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde. Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse? El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda. El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces... Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose. Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más... Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria. Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester... Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento. El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala. Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones. Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad... No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

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Casa tomada - Cuento [Julio Cortázar]
ArteporAnónimo3/1/2014

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: -Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. -¿Estás seguro? Asentí. -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza. -No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía: -Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. -Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. -¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada. Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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Entrevistas a habitantes de la paloma
TurismoporAnónimo5/2/2016

4 JOVENES, 16 AÑOS, URUGUAYOS Hay una diferencia entre la cantidad de gente en invierno, en verano hay mucho más, que tipo de gente, jóvenes? Ahora este verano jóvenes, pero depende del mes también en enero más jóvenes y en enero más familia, Turismo también Que busca esa gente? Los brasileros la tranquilidad y el carnaval, los argentinos son más familia, alejarse del ruido, y los jóvenes este año joda Que ofrece la paloma así para quien quiera venir? Tranquilidad, playa, el faro Le falta algo? Le cambiarían algo? El centro, si la noche es todo lo mismo, Ósea como que le faltan servicios para los jóvenes, Le falta cambios así como una noche especial, no que sea todos los días ruido pero que haya algo Tipo que cosas pondrían? Y los bailes, porque solo están en verano Creen que se deja un poco de lado los locales, y que debería haber un poco más todo el año? Si Y que piensan que faltaría, ta un baile, pero algún centro de algo? Tipo casino así, que esta cerrado Algo que no les guste? Y que no hay nada para hacer, tienes que ir a la pedrera Y para hacer deporte que les gusta? La playa, la playa o el skate Que playa? La aguada, por las olas y piedra alta que esta cerca del faro, es una piedra que te puedes tirar Mas o menos cuantos años tienen? 16 Un lugar verde así para ir a toar un mate o juntarse con un amigo? Andresito Un lugar para salir con la familia o la novia? En el centro MUJER, 46 AÑOS, URUGUAYA Hola estamos investigando la paloma A mira Hay una diferencia entre el movimiento en verano y en invierno verdad? Ah nada que ver Mucho más tranquilo en invierno, y en verano, que gente viene, viene mucho joven, mucha familia? Cuando traen los boliches viene mucho joven Notas alguna diferencia entre los diferentes meses? Generalmente febrero es más tranquilo y más familiar que enero, la primer quincena es la que hay más barullo la que viene toda la fiesta los eventos más importante son ahí Y por ejemplo las familias que vienen a visitar vienen en enero o es más o menos lo mismo? No las familias vienen cuando está más tranquilo, generalmente en febrero Y algún extranjero, hay muchos? Vienen extranjeros, y hay unos que están acá hace meses, les digo por si los quieren encuestar porque son simpáticos, son chinos Ah no los vimos, vimos un australiano Y sabes distinguir que es lo que vienen a hacer la gente en verano? Playa, playa y boliche Y donde se queda esa gente? Ah generalmente en casa, en casas, cabañas Casas particulares? Si si, casi todo el mundo tiene una casa para alquilar en la paloma, generalmente se van para la del fondo y alquilan la del frente Yo trabajo acá en la mutualista de comero y cada vez que se pregunta un domicilio en verano dicen “ahí en Solari, del navio pero mira que tienes que pasar por una puerta al fondo que es una casita chiquitita porque a de adelante esta alquilada” todo el mundo te dice lo mismo, es como una regla general acá Entonces vienen a buscar playa? Si porque no hay más nada para hacer, antes teníamos un cine hermoso con la sala grande El casino? Está funcionando? No los slots nomas, el casino se lo llevaron que eso le quito pila Crees que e deja un poco de lado a los locales durante el invierno que se note? Si en algunos aspectos si, viste a nosotros nos tratan como los turistas en verano, por ejemplo los precios todo el año en el mismo lugar en el mismo súper, y los precios que pagamos en verano son impresionantes, que siempre los suben y después no los bajan en marzo, vivimos una vida de rico, tu vas a punta del este y encuentras cosas a los precios de acá en los dorados, que no es justo pero lo hacen Te parece que hay algo que se pueda mejorar, como los servicios que están como venido a menos? Yo no pido servicios pero si que tuviéramos lo que tuvimos, porque yo soy nacida acá, 46 años y antes teníamos casino y tenis un bar tipo pub al lado y habían espectáculos musicales, entonces tu ibas a mirar porque no eras timbero, el bingo se dejó, las mesas de black Jack, se dejó todo eso que daba trabajo también, ahora solo las maquinitas, y el cine que era lindo, yo me acuerdo que había matiné y había cine de noche y trasnoche, después que hicieron las salas esas chiquitas que no sé cómo se llaman se terminó eso Un lugar que te guste? La paloma vieja, donde está el faro, que esta de la avenida solari hacia la zona del faro, el casco viejo de la ciudad, las primeras casas Porque te gusta? Porque hago una cuadra corta y estoy en el agua, y estoy cerca de la policlínica y del dorado pero tu ahí no tienes el bullicio, tu sales a una cuadra al avenida y es otro mundo, en la paloma vieja no hay zona comercial, siempre me gusto esa zona, después me gusta el faro, me gustan los barcos todo lo que es del mar Una playa favorita? Las canaletas Un lugar para estar con la familia, salir, tomar un mate? El cerro de la virgen, es por la rambla, o sino por el puerto, la vista al mar Un lugar verde? Y puede ser este de la bahía que tienes verde y tienes mar y puedes hacer un deporte Hay un lugar que no te guste? El que me gusta menos es la parte barrio parque, porque hay una casa pegada a la otra, no hay terrenos espaciosos, es como un lugar que la gente se fue haciendo su casita a medida que pudo, entonces hay calles sin salida, es asimétrico, no hay comercio, no hay vereda, hay calle sin alumbrado, son de tierra, cuando hace calor te tapa la tierra no puedes ni abrir la puerta de tu casa, es como un barrio feo Que le cambiarias, le cambiarias algo? Luz, le pondría mas luz, porque es lindo salir de noche y a todo esto el falta luz, la ciclo vía la hicieron y tu ves que la iluminaron pero en general le falta luz Y hay alguna cosa que no sea de las que ya hubo que te gustaría que hubiera? Y un shopping estaría lindo, porque el día que esta feo ayudaría muchísimo, y a veces que en vacaciones de junio las familias no tienen donde ir, es mas yo diría que el cine debería estar dentro del shopping como en todos lados Y que me dices de la seguridad? Acá los que están son los oportunistas, que dejas la puerta abierta y te llevaron la laptop y el celular, cosas así, pero demás muy poco, homicidios para robarte un celular no existe, que te rompan la cabeza para sacarte la billetera tampoco, yo siempre ando sola Tu edad? 46 Uruguaya? Si HOMBRE, 54 AÑOS, URUGUAYO Qué lugar te gusta? Tamos hablando de la zona? El faro la balconada, el puerto, la bahía, en realidad a mi me gusta todo Tu playa favorita seria la balconada? No tengo, relativamente me manejo según donde este mas cerca, viste, pero yo que trabajo en la calle cuando no tengo un tiempo después de estar libre lo aprovecho si estoy trabajando y paso justo, osea Un lugar que no te guste? La verdad que no hay Un lugar verde pasa salir con la familia? Ir a tomar mate Sigue siendo las playas, no hay un parque en si, acá siempre domino a balconada Para el turista te parece que también predomina la balconada? Y si es como la moda, después esta mucho hacia curumba, hacia la laguna, porque claro es tanta la gente ahora que no da, después la aguada, es otro lugar que es impresionanda, la pedrera Deporte? Si correr, bicicleta, en todos lados Y un lugar como para compartir? Si un momento de charla, yo te digo lo bueno que tiene, al menos lo que apreciamos la paloma asi, es que es todo, osea y en ese sentido siempre digo, no es el lugar, es las personas, las personas hacen el lugar, las personas, por eso muchas veces se cambia y en realidad es al revés Si tuvieras que cambiarle algo a la paloma? Nada, en la paloma no hay que cambiarle nada, el cambio de la paloma, si algún día viene, tiene que pasar en las personas, para mí no es un lugar es todo el conjunto pero está en las personas porque el turista viene y ta pero el que está siempre en la vuelta, tamo hablando de que el mayor compromiso es de la gente, a pesar de los políticos, recién estaba mirando un programa de eso, primero elegimos al político, pero después hay que tener cabeza para controlarlo, si presionamos un poquito más y nos involucrarnos, porque la cultura de acá es elegir al intendente, al alcalde a mí me tiene que limpiar, no se involucra como en otros lugares, yo soy oriundo de nueva alvecia, y la cabeza de la gente es diferente, la gente se involucra, no esperan a la intendencia que venga y te barra, cada uno se barre se limpia, se concientiza de la basura, viste, me la llevo, la tiro donde haya, no digo que sea igual pero más o menos para ese lado y más unida socialmente, compartir más, con el vecino, esas cosas, eso sería lo ideal, si cambiara eso, es como la energía, la buena energía se mantiene y todo va mejorando Entonces mejorarías la actitud de la gente sobre el lugar? La actitud de las personas sobre las personas mismas, tanto individual como colectivamente, eso acá se acentúa, en algún momento depende las épocas, pero siempre pasa por las personas Hace cuanto que estas acá? 23 años Sos de aca? No, vengo todos los fines de semana En verano vienes? Si Notas la diferencia? Por supuesto Que actividades realizas en la paloma? En la paloma nada, absolutamente nada, caminar y eso Te parece que es lo que todos los turistas vienen a buscar? Que vienen a descansar? Si pero depende la edad Notas diferentes edades? Por supuesto Y dentro de la misma temporada, asi en verano, notas diferencias entre enero y febrero? Si en enero hay mas movimiento, están los jóvenes, y en carnaval tambien, pero si no hay boliches bailables no aparecen Que hace esa gente? Da para distinguir que vinen a hacer? Vienen a disfrutar, la mayoría de ellos acampan, o tienen familiares y vienen a visitar, y otros vienen circunstancialmente, los fines de semana; la hotelería es pobre, comparada con otros lugares, y es cara, es caro vivir todo el año, los que viven todo el año se les hace difícil Y como ves a la paloma en el futuro? Yo pienso que es un balneario que no tiene futuro, siempre se va a mantener asi, hace 30 años que vengo y siempre esta igual, no avanza, no le ofrece nada nuevo y pienso que el turista que se va y no queda durante 2 o 3 años esa familia pierde la costumbre de venir y se van a otros lugares, como te digo a gente lo que busca es tranquilidad, y hasta cierto punto, en este momento esta difícil la seguridad FARERO, 51 AÑOS, URUGUAYO Volvimos porque queríamos hacerles unas preguntas. Hola, ¿qué tal? ¿Quizás les podamos hacer unas pequeñas preguntas? Son rápidas. Si es del faro sí. Sí, es de los turistas en general. si Bueno. Es claro que hay una diferencia entre la gente que viene en el invierno y la gente que vienen en verano… la cantidad de gente. Ah, sí. ¿Notan alguna particularidad? ¿que sean las edades, que sean mucho de una cierta edad? No, son las mismas edades. ¿Que vienen acá al faro? ¿Es lo que tú ves? Sí, son las mismas edades. Vienen extranjeros, vienen escuelas, vienen excursiones… Y, por ejemplo ¿vienen familias, así? Familias también. Más gente grande igual. Y, por ejemplo, en el mismo verano, en los diferentes meses, ¿hay alguna diferencia? Hay menos gente, menos turismo hay. Desde el 2011 pa’ adelante como que… Paró. Paró, sí. Y, ¿tu dices que... Menos gente. ¿No todos los que vienen a La Paloma vienen al faro? No. ¿Tu crees que hay un tipo de gente de turista que vienen acá en particular? Algunos vuelven, se repiten. De repente, ¿una familia viene más que un joven de mi edad? ¿le llama más la atención? No, vienen todos. No, vienen todos, vienen todos. Porque el faro es un lugar muy… El faro es… - Lo único que hay en La Paloma. Está abierto todo el año. No se, capaz que alguna… pero el faro está abierto. Ustedes se van de acá ahora ¿y qué hacen? ¿a dónde van? ¿qué van a ir a visitar? Eh… ay… no sé. Creo que no hay mucho para ver. Esto es arena y agua en verano. Y el faro. Y el faro. Puede haber en verano algún evento ¿no? Hay mucha gente, hay juegos para niños, puede haber algún evento de música, alguna… pero ahora… ¿qué es lo que entenderías que busca la gente cuando viene a La Paloma? Tranquilidad. ¿Tranquilidad? Sí. ¿En todas las edades? No. Hay gente que le gusta estar dentro de la gente. La joda. No se si la joda. En general, lo que le gusta es estar con gente. Hay gente que dice: ta, este mes es para mi porque es tranquilo. Después, familias así buscan más tranquilidad. Hay gente que busca tranquilidad y gente que le gusta estar en el ruido o la gente. En enero se llena de gurises como ustedes. - Gurises. Tienen fiesta we color, el carnaval de febrero, está La Pedrera cerca, van a Punta del Diablo, lo boliches. Claro. ¿De dónde son ustedes? Yo, en realidad, soy del Chuy. Y yo soy de Tacuarembó No, pero… Somos estudiantes de arquitectura, de Montevideo. Ah. No se si había alguna otra pregunta… Está bien así. Voy a hacer una pregunta porque quería saber. Dale, la última. Este… por ejemplo, ¿hay un lugar específico que a ustedes les guste o es acá también el faro? Porque la mayoría de la gente que hicimos la encuesta nos marcó como uno de los lugares como más lindo que le gusta es acá, pero como ustedes trabajan acá, quizás no es este lugar el que les guste porque pasan todo el día. Nosotros no salimos casi, así que… (Risas) La Paloma en sí. La naturaleza, las costas. Claro. El Chuy ta’ bueno. Comida barata, freeshop, whisky, garoto… (Risas) Bueno, muchas gracias. Muy amables, gracias. HOMBRE, 21 AÑOS, AUSTRALIANO ¿Es tu primera vez en La Paloma? Sí. ¿Elegiste esta época del año por alguna razón en particular? No, es cuando termine de trabajar. ¿Viniste con amigos o solo? Solo. ¿Tenés alguna idea de lo que vas a hacer durante tu estadía? Descansar, o algún deporte? Surf ¿Por qué elegiste La Paloma y no otra ciudad? Yo solo vengo bajando por la costa, desde Punta del Diablo caminando. ¿Dónde vas a pasar la noche? Todavía no lo sé, espero encontrar algún lugar. ¿Sabes algo de este lugar? No, no tengo idea. ¿ Cuanto tiempo te vas a quedar? 2 o 3 noches. ¿Qué tipo de transporte utilizaste para venir? A dedo. Le pido a alguien si me puede arrimar a algún lado y si no camino. ¿Por qué elegiste este lugar? Es barato. ¿Tenés alguna expectativa de conocer gente, salir? No, solo caminar en la playa y ver que hay en el lugar, es muy tranquilo. HOMBRE, 46 AÑOS, URUGUAYO ¿Hay una diferencia muy grande entre el movimiento de gente en verano y en invierno, notas mayoría en alguna edad en particular? No, este año fue general. Adultos, jóvenes, familias. ¿¿Y que vienen a hacer? La mayoría a descansar. ¿¿Sabés dónde se quedan? Alquilan bastante, casas y cabañas. Usan mucho los complejos chicos, van ahí están 3 o 4 días y se van. ¿¿En el mismo verano, notas alguna diferencia en los distintos meses? Hace diez años atrás venían familias o amigos y se quedaban 30 días seguidos. Hoy en día son 4 o 5 días son los que se quedan, se van y vuelve otra gente. Hay más movimiento de gente y más gente. ¿¿Cómo percibís el movimiento a lo largo del transcurso del día? De mañana van a la playa, de noche hay más movimiento de jóvenes que salen y de tardecita hay movimiento de todo tipo de gente. ¿¿Qué te gusta hacer en La Paloma? Ir a la playa, caminar y disfruto la tranquilidad.

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