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ShadwellTopdog

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Primer post: 5 dic 2015Último post: 5 dic 2015
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Legendarios Duelos De Honor Argentinos - Parte 1
Legendarios Duelos De Honor Argentinos - Parte 1
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/5/2015

Legendarios, caballerescos, románticos y absurdos; epítomes y símbolos de la irracionalidad; artística y teatralmente sangrientos; ornamentados por majestuosos y solemnes rituales; históricos unos, olvidados otros; despojados de sus dramáticas circunstancias y evaluaciones morales, los duelos nos revelan, también, un mundo poblado por seres provistos de valores, principios y códigos inalterables. A más de una centuria, estos fantasmales seres, regresan para invitarnos a reflexionar sobre nuestras 'irresistibles' e 'indispensables' futilidades. LANCE ENTRE LISANDRO DE LA TORRE E HIPÓLITO YRIGOYEN: UN DUELO CÉLEBRE En el amanecer del 6 de septiembre de 1897, dos hombres, uno de 28 años y el otro de 45, salieron con sables en sus manos de uno de los galpones portuarios de las Catalinas Sur, en Buenos Aires. Iban a batirse a duelo. Las condiciones pactadas eran a filo, contrafilo y punta, y autorización para liquidar al oponente si uno podía lograrlo. El más joven de los duelistas era delgado y ágil, conocía todas las técnicas de la esgrima y practicaba asiduamente y con brillantez este deporte en clubes lujosos. Por eso, se pensaba, iba a matar con facilidad a su oponente, que tenía diecisiete años más y un gran sobrepeso, se movía con lentitud y sostenía con dificultad su arma. El primero era Lisandro de la Torre, un convencional santafesino del radicalismo; el otro, Hipólito Yrigoyen, el jefe de ese partido. Las causas de este enfrentamiento eran, obviamente, políticas. Poco antes, Lisandro había acusado a Yrigoyen ante los otros convencionales de "egoísta, malsano y paternalista", declarando a continuación que "su influencia es hostil y perturbadora". Inmediatamente, el caudillo lo retó a duelo con el arma que se le antojara, aunque con el deseo íntimo de que eligiera los puños. "Quiero romperle la jeta a ese cajetilla perfumado", declaró entonces. Como el líder radical no sabía nada de esgrima, todos sus conocidos se horrorizaron y trataron de hacerlo desistir del duelo. No y no. Eligió como padrinos al coronel Tomás Vallée y a Marcelo Torcuato de Alvear, otro "cajetilla" que llegaría a ser presidente de la Nación; y con calma se preparó, una vez más, para jugarse la vida. De la Torre, que eligió como representantes a Carlos Rodríguez Larreta y a Carlos Gómez, les dijo a estos: "Usaré sable porque lo voy a moler a planazos a ese viejo de mierda". Y se floreó ante ellos, en el Jockey Club de Buenos Aires, con unas elegantes fintas con el arma elegida. El duelo duró una media hora. Le pusieron fin, de común acuerdo, los padrinos. Los contendientes estaban muy transpirados, pero había una gran diferencia: Lisandro, el gran esgrimista, tenía heridas en un antebrazo, la cabeza, la nariz y las mejillas (esto último lo obligaría a usar barba desde entonces); por su parte Yrigoyen, el neófito en esta materia, no tenía ni un tajo. Los padrinos acordaron la reconciliación. No se pudo saber lo que iba a decir Lisandro cuando extendió su mano porque su duro rival, que entre otras cosas había sido comisario de Policía, lo miró con desprecio, le tiró el sable a los pies y se fue sin mirar una sola vez para atrás. EL GENERAL MANSILLA MATA A DON PANTALEÓN GÓMEZ La geografía espiritual de Lucio V. Mansilla era la de un telón de teatro. Cumbres, abismos, bosques y desiertos; todo en un mismo plano. Tenía las siete virtudes capitales y otras de su invención. No admitía bromas sobre sus virtudes, aún cuando siempre estaba dispuesto a perderlas para demostrar que las tenía. Aristóbulo del Valle lo retrató muy bien: "Mansilla, cuando va por la calle, se sonríe delante de todos los espejos. Si se mirara con el ceño adusto, mandaría los padrinos a su propia imagen reflejada en el vidrio...". Una tarde -hace ya cincuenta y siete años- "El Nacional", que fundó Vélez Sársfield, publicó un suelto humorístico, amable, sin veneno, criticando el sombrero del general Mansilla. El general, ciego de indignación, envió los padrinos al director del diario, Pantaleón Gómez, quien aceptó el lance, a pesar de no ser el autor de la sátira. "Como director de "El Nacional" yo debo hacerme solidario hasta de la responsabilidad de los anuncios", declaró Pantaleón Gómez. El duelo se realizó a pistola. A la voz de ¡fuego!, Pantaleón Gómez disparó su arma contra el piso, diciendo: "Yo no mato a un hombre de ta..." No logró terminar la palabra "talento". Cayó atravesado por la bala del general Mansilla. Gómez murió en el mismo campo del honor. Sin embargo, antes de expirar, pudo ver a Mansilla que, llorando, lo besaba en la frente. El autor del suelto de "El Nacional", que provocara el incidente, había sido el doctor Lucio V. López, quien veinte años después moriría también en un desafío con el coronel Carlos Sarmiento. UN DUELO QUE TERMINA EN TRAGEDIA "Hace poco concertóse un lance a sable entre los señores Oscar Posse y Carlos Juárez Celman, actuando como padrinos del primero los señores Aníbal Villamayor y Máximo César Paz. Como padrinos del segundo, los señores Edmundo Lagos y José Vayo y como médicos, los doctores Urquiola y Viale. El encuentro debía celebrarse en un stud pero no lo permitió el tiempo lluvioso, así que los duelistas tuvieron que buscar otro sitio, resolviéndose, por último, que el lance se llevara a cabo en un salón del Pabellón de las Rosas, local hoy de la Sociedad Sportiva Argentina. Comenzó el duelo y en el segundo asalto, el señor Posse recibió una herida leve en el antebrazo derecho. Los médicos se opusieron a que continuara el lance y éste se dio por terminado y se suscribieron las actas. Pocos instantes después se presentó, en el Pabellón de las Rosas, el señor Francisco Posse, padre del herido, y penetró en una pieza donde se hallaban el señor Juárez, varios testigos así como los médicos. Preguntó por el señor Juárez Celman, éste se dio a conocer y el Sr. Posse, con un revólver, hizo dos disparos. El Sr. Juárez Celman logró cerrar una hoja de la puerta. El Sr. Posse continuó haciendo disparos. En estas circunstancias, Juárez Celman tomó un revólver de manos de uno de los presentes e hizo dos disparos. Los proyectiles hirieron al señor Posse, uno le atravesó el corazón y otro se alojó en el codo derecho. El señor Posse cayó al suelo, expirando segundos después. Uno de los proyectiles disparados por el señor Posse hirió en el brazo derecho al doctor Urquiola, y otro al señor Juárez Celman, en el parietal derecho. La policía de la sección 19 tuvo conocimiento del suceso por aviso telefónico, recibido de uno de los padrinos. En seguida se dio parte al juez de instrucción, doctor Eduardo F. Newton, quien en compañía de su secretario, el doctor Colombres, y del fiscal Eduardo Naón, se trasladó al lugar del hecho. Instantes después llegaron el jefe de policía, los señores Laguarda y Almanza, y algunos otros empleados de la institución policial. Como primera providencia, el aludido magistrado dispuso que la policía procediese inmediatamente a detener y conducir presos a los padrinos y a los duelistas que faltaban, tarea que se cumplió en el acto. Todos los presos fueron alojados en las oficinas del primer piso del departamento central, siendo puestos en libertad, bajo fianza, después de los trámites del caso" (Caras y Caretas del 19 de abril de 1913). POR AMOR AL ARTE "Eduardo Schiaffino y Max Eugenio Auzón viven, felizmente, a pesar de sus años. Ambos son artistas. Y, sobre todo, apasionados, con devoción, por las cosas del arte. El señor Auzón publicó en «Sud América», diario de Carlos Pellegrini, una opinión estética contraria a la de Schiaffino. - Usted ofende a Miguel Angel. - ¡Quién lo ofende es usted! Las ofensas eran tan graves para Miguel Angel que Schiaffino y Auzón tuvieron que batirse. El duelo se verificó a sable de combate el 25 de diciembre de 1891. Los padrinos del primero fueron Aristóbulo del Valle y Pedro Luro; del segundo, Mariano Mansilla y Félix Alberto de Zavalía. Nombróse un árbitro: el doctor Roque Sáenz Peña, quien aconsejó: - No deben batirse. Es una tontería. - ¿Tontería?, ¿ofender a Miguel Angel es una tontería? ¡Que me traigan al árbitro! ¡El duelo debe ser a muerte!, gritó Auzón. - ¡A muerte!, replicó Schiaffino. Corrió mucha sangre. Auzón le cortó a Schiaffino el tendón extensor de la mano derecha. ¡NO SEA ZONZO! "El duelo es la civilización de la venganza". Esta frase, que pertenece a Leopoldo Lugones, es el mejor anatema contra la barbarie de los caballeros. Nadie cree en la utilidad del "campo del honor". Sin embargo, la costumbre subsiste. Los hombres siguen batiéndose, no por valentía, sino por miedo a parecer cobardes. El duelo es un producto de la imaginación. ¿Tiene coraje quien se expone a morir en un duelo? Más coraje demuestra quien se niega a batirse. Para desafiar sin deshonra la vergüenza de rechazar un desafío, hay que tener el tamaño colosal de un gran educador: Sarmiento. "El duelo es el arte caballeresco de practicar a mansalva un crimen honorable", decía Sarmiento. Cierta vez, Nicolás Calvo mandó sus padrinos a Sarmiento. El maestro ciruela de San Juan los recibió correctamente: "Muy bien. Hoy daré mi respuesta". Esa misma tarde publicó en "El Nacional" una carta abierta, dirigida a Calvo, que decía: "Señor Calvo: acepto el desafío a que usted me provoca. Hora: doce del día. Lugar: la plaza 25 de Mayo. Padrinos: el jefe de policía y el señor arzobispo. ¡No sea zonzo!". UN MUERTO Fue en 1887. Una noche, el doctor Carlos Carlés -inolvidable director de Correos- regresaba del Tigre con Angelino Zorraquín. En el mismo tren viajaba otro joven muy distinguido, Bernabé Rodríguez, en compañía de una señorita -su novia- una dama encantadora. ¿Qué ocurrió?, ¿Una mirada?, ¿Una ironía?, ¿Una broma sutil? Cosas de juventud. Pero Rodríguez, al llegar al Retiro, exigió explicaciones. Al día siguiente, Carlés y Rodríguez, estaban en el terreno del honor. Rodríguez cayó muerto de un balazo en el pecho. PALACIOS SE BATE CON SU PROPIO PADRINO El doctor Estanislao Zeballos era especialista en derecho internacional. En 1912, ofendido por comentarios que hizo el socialista Alfredo Palacios en su cátedra de la Facultad de Derecho, le envió los padrinos para retarlo a duelo y poner a salvo su honor. Palacios les pidió al médico Fermín Rodríguez y al capitán de fragata Mariano Beascoechea que resolvieran los términos del duelo con los representantes de Zeballos. Los cuatro padrinos se reunieron y los de Palacios explicaron por qué su ahijado había dicho lo que dijo: fue porque Zeballos, unos días atrás, lo había ofendido a él. Los representantes de Zeballos respondieron que su ahijado jamás había pretendido ofender a Palacios cuando se refirió a los socialistas en su disertación. Entre todos resolvieron que: si uno no había dicho lo que se supone que había dicho, entonces el otro se retractaba de lo que había respondido. Se dieron la mano y cada pareja le envió una nota a su ahijado para comentarle el feliz desenlace. Pero surgió un problema. A Palacios no le pareció que ésa fuera la solución. Les escribió a sus padrinos agradeciéndoles la gestión y les informó que de todas maneras iba a publicar una carta de lectores en los periódicos para dejar en alto su honorabilidad. ¿Y qué pasó, entonces? Los padrinos de Palacios se sintieron ofendidos con Palacios y le mandaron sus representantes. Sí, ¡lo retaron a duelo! Palacios nombró dos nuevos padrinos para entenderse con los padrinos de sus ex padrinos. No lograron un acuerdo. Se resolvió que zanjarían las diferencias en el campo del honor. Correspondía a los representantes de Palacios definir el contendiente y optaron por el capitán Beascoechea, mientras que los delegados del marino escogieron las armas y el método: pistolas de caño largo y dos series de disparos a 25 metros de distancia. Buena opción, porque Palacios era un esgrimista notable y hubiera sido una pésima idea escoger sables. El 9 de agosto, a la hora señalada, Beascoechea faltó a la cita. Había sido detenido por la policía, ya que los duelos estaban prohibidos en Argentina y el pleito había tomado estado público. No era bien visto ser detenido, porque de inmediato corría el rumor de que uno se había hecho aprehender para esquivar el compromiso. Hubo cumbre de padrinos y se decidió que el doctor Fermín Rodríguez ocupara el lugar del capitán. Resignado, con la frente en alto y la autoestima no tanto, Rodríguez aceptó. El duelo se consumó por la tarde en la Casa del Ángel, una quinta que era propiedad del doctor Carlos Delcasse, en el barrio de Belgrano. Luego de las dos rondas de disparos, ninguno había dado en el blanco y allí terminó el duelo, con abrazo de los contendientes. ¿Palacios le salvó la vida a Rodríguez? No. En realidad, quien les salvó la vida a los dos fue el dueño de casa, que había puesto balas de fogueo en las armas. "En materia de valentía personal, debe procederse con cierta cautela; los desplantes, los alardes de valor, la ostentación de condecoraciones, no demuestran nada; la mayor parte de las espadas argentinas están vírgenes, felizmente. No hablemos, pues de espadas en retiro ni tachemos de cobarde al que no acepta duelos. Hay hombres valientes que creen que no deben batirse nunca; hay todo un partido político que cree eso mismo, y es el partido político más respetable, por su integridad moral. Yo he sido la excepción dentro de ese partido. No me jacto; al contrario; reconozco mi prejuicio caballeresco que obedece a la índole de mi espíritu. Pero no me creo valiente; me considero sólo un hombre digno, y cuando un hombre tiene dignidad no necesita ser valiente para aceptar todas las consecuencias de sus actos". Alfredo Palacios.

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