Sepahaka
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ADRENALINA POR FAVOR Mark Kingwell* La velocidad es una droga, no solo al viejo estilo de la Dexadrina o las benzedrinas, ni de aquellas anfetaminas ingeridas en el camino, ni siquiera bajo la forma del novedoso cristal de la metadona de última generación que probablemente podríamos encontrar en la esquina de cualquier colegio. La experiencia de la velocidad libera en nuestras cabezas una cascada de drogas de origen natural, entre las que se destacan la epinefrina y la norepinefrina, hormonas que recorren nuestro cerebro en el apabullante, extenuante clímax de la atracción sexual. He volado quizás a cinco o seis millas por hora viajando en una aerolínea comercial. Una leve presión contra el asiento en el momento del despegue, aislado del rugido del motor y envuelto en la irrealidad de las alfombras, los portatrajes y las laptops; la breve contundente aplicación de los frenos y la revisión de los motores en el aterrizaje, especialmente si el aeropuerto es viejo y las pistas son cortas. Por lo demás, obviamente, nada. La sensación de estar flotando: Música en mis oídos, una bebida en mi mano, la sal de los maníes en mis dedos, y muy poco en mi cabeza. Un viaje en tobogán es veloz, y más apasionante. En un avión de verdad sería diferente. Crecí en una familia de la fuerza aérea. Mi padre era piloto y cruzó los cielos en enormes aviones cuatrimotores de patrulla llamados Argos que, como su tocayo de cien ojos en la mitología griega, estaban siempre alertas en busca de las timoneras blindadas de los submarinos soviéticos u observando con suspicacia los pesqueros varados en las cercanías de los puertos del Báltico. La base donde vivíamos no alojaba ningún avión verdaderamente veloz, pero de vez en cuando nos visitaban pesados F-101 o insectoides F-5 cargados de armas, con sus agujas salientes perversamente pulidas. Velocidad máxima: 1.72 Mach. Los mirábamos azorados: eran los veloces aviones que cumplían su promesa de romper barreras y superar límites, y sus potenciales trascendentes brillaban sobre los paneles de pintura mate tan visiblemente como las advertencias de NO PASAR Y ENTRADA DE AIRE. Nos decían: La velocidad transforma, la velocidad mata, la velocidad te hará libre. Colgué fotos de esos aviones en toda las paredes de mi cuarto, armé modelos miniaturas y soñé con la velocidad, con lo que ahora llamo “velocitización” La velocidad de la técnica Comienzo a leer la novela “La lentitud”, de Milán Kundera, una tarde de domingo. Lo hago con el televisor encendido, los rebotes de la pelota en un partido entre los Bulls y los Rockets me acompañan como música de fondo. “Un pase de película, a velocidad perfecta”. Como mucha gente, a menudo leo mientras miro televisión. No me siento particularmente orgulloso de este hábito, pero por algún motivo tampoco me siento avergonzado de cultivarlo. Como la mayoría, también soy capaz de escuchar música y, simultáneamente, llevar adelante una conversación y comer un sándwich... todo ello mientras conduzco por la autopista superando el límite de la velocidad permitido, escrutando el horizonte en busca de implacables signos de autoridad. ¿Acaso soy el orgulloso propietario de un nuevo cerebro dotado de un sistema de procesamiento paralelo? ¿Podría ir incluso más rápido con la ayuda de drogas inteligentes, ésas que nos acompañan desde hace miles de años en forma de cafeínas y nicotina, estimulantes que cada día utilizamos para activar nuestra conciencia?. A fin de no tener que marcar el texto de Kundera, abro mi laptop para tomar notas. Es una PowerBook 5300/100 que utiliza un chip Power PC 603e de 100 megas. Esta máquina era considerada muy veloz cuando la compré hace dieciocho meses: No terriblemente veloz, sólo indiscutiblemente rápida. Pero ahora la siento lenta, porque sé que allá afuera hay otras máquinas más veloces. De hecho, los fabricantes de productos Macintosh han colocado a mí 5300 en el “archivo de discontinuas”, destinándola a un rápido olvido en el gran cementerio de las máquinas muertas. “La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha otorgado al hombre”, escribe Kundera en la segunda página de su libro. Allí condena la falsa velocidad “extática” del hombre en el interior de la máquina, la aniquilación artificial del tiempo, comparándola con la velocidad corporal de un atleta. El hombre que corre siente los numerosos y variados “costos” pasados, presentes y futuros de la velocidad: El ardor en los pulmones, la fatiga en las piernas. El atleta debe resistir la constante urgencia de abandonar, de detenerse y descansar. Debe tenderse trampas mentales, establecer metas inmediatas, y luego otras y otras, sabiendo que eventualmente llegará a ese punto en el que el dolor desaparece; la frágil, breve euforia de la velocidad humana en estado puro. Levanto la vista de la novela de Kundera. Cualquiera sea el estado de sus pulmones o sus pies, los Rockets y los Bulls están en los agonizantes momentos del último cuarto y el tiempo comienza a medirse en décima de segundos, un sistema preciso, hermético, que produce el irritante efecto de transformarlo en una especie de tartamudeo. Los diez jóvenes gigantes recorren velozmente el campo de juego, gritando y gruñendo como de costumbre, pero en el reloj del partido el tiempo no pasa. El jugador que tiene la pelota, suspendido en esta artificial ausencia de duración, no puede encontrar una salida, no puede hacer que el tiempo vuelva a ponerse en marcha y el procedimiento se repite. Los últimos tres minutos del partido tardan veinticinco minutos en jugarse. Jamás satisfechos “Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido”, dice Kundera, presentando una figura que expresa algo esencial acerca de la política de la velocidad. Alejandro Magno y Napoleón se movieron en sus respectivos mundos de ambición y conquista exactamente a la misma velocidad. La velocidad máxima era para ellos y para todos los demás el galope de un caballo. Las máquinas cambiaron todo. Entre el 18 de Diciembre de 1898, día en el que el Conde Gastón de Chasseloup-Laubat estableció el primer récord de velocidad terrestre en automóvil (su Jeantaud de 36 caballos de fuerza alcanzó una velocidad máxima de 39,24 millas por hora en un camino abierto cerca de Hacerse, Francia); y el 15 de Octubre de 1997, cuando Richard Noble rompió la barrera del sonido en su auto-jet ThrustSSC a una velocidad de 763,035 millas por hora (1,01 Mach) en el desierto de Nevada, el arco de la velocidad humana tensó irremediablemente su curva. Los milenios de la velocidad en estado constante han pasado y en este siglo loco de superación de límites, los récord se establecen y se baten en cuestión de días, horas, incluso minutos. Chasseloup-Laubat mantuvo su record menos de dos meses: su archirrival belga Camille Jenatzy se lo arrebató en Enero de 1899 al alcanzar las 49,92 millas por hora. El francés se las ingenió, arreglos aerodinámicos elementales mediante, para responder el desafió haciendo que su vehículo alcanzara la muy respetable velocidad de 57,6 millas por hora. Pero Jenatzy se obsesionó. Diseñó un nuevo automóvil eléctrico aerodinámico, el primero expresamente construido para batir un récord, y en Abril de ese mismo año superó las 65,79 millas por hora. ¿El nombre de su nuevo automóvil? “La Jamais Contente”, “Jamás satisfecho”. Y aquí tenemos la síntesis de la modernidad: La misma alegre fascinación por la velocidad, la misma celebración de la belleza de la era de la máquina y sus imperativos incesantes que encontraremos una década más tarde en el original Manifiesto Futurista de Emilio Filippo Tomasso Marinetti, publicado en Le Fígaro en el año 1909. “Hurra”, escribió Marinetti, dando la bienvenida a las veloces máquinas que tanto amaba: Los coches de carrera, los biplanos y los rápidos vehículos de guerra. “¡No más contacto con la tierra vil!” Pero el feliz Marinetti y su amor por la velocidad de las máquinas alcanzaron su apoteosis, su propia velocidad terminal, cuando éste se autoproclamó fascista una década más tarde, en 1919. La velocidad de la vida moderna acababa de encontrar su complemento político perfecto. Cosas más rápidas para una vida más rápida. ¡Póngase a tono con el plan! ¡Ahora mismo! Máquinas de guerra El movimiento de nuestro siglo puede representarse mediante una curva parabólica; un violento cálculo de progreso, rapidez y excitación neural que, finalmente, nunca resulta satisfactorio... porque todavía no ha alcanzado el límite puro de la velocidad: Infinito sobre cero. El imperativo ascendente de esta parábola se encuentra profundamente arraigado en la lógica de la velocidad, según la cual las máquinas no solo son más rápidas con cada generación sino que también se mueven de una generación a otra a un ritmo más energético. La velocidad de las computadoras personales, conforme a la ley de Moore, actualmente se duplica en menos de dieciocho meses. Sin embargo no son las únicas máquinas vertiginosas. La velocidad, dijo Sun Tzu, es la esencia de la guerra. “La historia progresa a la velocidad de los sistemas de armamento”, agrega el filósofo francés Paul Virilio. “La Guerra ha sido siempre un esfuerzo de movimiento, una fábrica de velocidad.” A los antiguos guerreros griegos les llevó más de una década avistar, y luego destruir, una ciudad sitiada; ahora podemos hacerlo, desde cualquier punto del planeta, en apenas unos minutos. Un solo submarino nuclear puede reducir docenas de ciudades lejanas a vidrio molido y metal retorcido a velocidad relámpago. En la década de 1940 la velocidad del “ataque naval”, que era todavía la forma dominante del poderío militar, se medía en nudos: Es decir, en millas náuticas por hora. En los años sesenta, cuando los astronautas del Apolo 10 establecieron un récord de velocidad de 24791 millas por hora, se medía en Machs; miles de millas por hora. Ahora, la velocidad de las operaciones se acerca cada vez más a la velocidad de la luz. La aniquilación de tiempo y lugar por parte de la velocidad significa, finalmente, la veloz aniquilación de lugares y tiempos. La carrera de la Globalización La lógica interna de la tecnología no es de índole técnica sino comercial, y en el dominio de esta lógica la ubicación geográfica del comercio es un concepto cada vez menos importante. En la actualidad enfrentamos un mundo de contacto instantáneo y directo entre todos los puntos del planeta. En este mundo, las transacciones, el proyecto de globalización totalizadora, se realiza a la velocidad de la luz, la velocidad propia del cable de fibra óptica. Hay 228958 millas de este tipo de cable en las profundidades del océano. Hacia el final del siglo, esa cantidad se habrá duplicado. El material dominante de nuestro mundo veloz no es el metal sino el vidrio: El vidrio utilizado en las conexiones telefónicas, la silicona de chips y procesadores, el vidrio de la pantalla en la en la que estoy tipeando estas palabras. En este mundo de siliconas el dinero corre incluso más rápido, urgido en su trayecto por voluminosos programas comerciales e interfaces electrónicas que remplazan la comunicación demasiado lenta de la voz humana. Solamente en la Bolsa de Comercio de Nueva York se realizan 1 millón de transacciones por minuto; en el año 1900 se concretaban menos de 2000 operaciones por minuto. El antiguo operador bursátil provisto de micrófonos u auriculares, o en un estadio más primitivo gritando desde la planta baja, está siendo reemplazado por un hombre que observa en la pantalla de su computadora como las representaciones de la riqueza y la pobreza, los códigos de barra los mapas cartesianos, fluctúan; barriendo en cuestión horas la economía de Corea del Sur o hundiendo a Indonesia en la penuria internacional con sólo tocar una tecla. Un modo de trascender a la muerte Todos decimos: “Hay que ir más rápido”. Todos decimos: “Hay que ascender”. Todos nos colgamos de la curva, temerosos de caer. Pero la curva no es solamente una parábola; es también una paradoja. Es posible que jamás llegue a su meta última, que sólo se aproxima a ella por ínfimos incrementos de minutos, porque el punto final de este insistente arco no existe en realidad. Sabemos que Aquiles puede alcanzar a la tortuga en la famosa fábula de Zenón... pero cuando lo pensamos desde la lógica es frustrante: El guerrero célebre por sus pies ligeros se acerca a la pesada y lenta tortuga sin alcanzarla jamás, por más rápido que corra. “Leer”, dice Virilio, “implica para la reflexión, una relatización que conspira en contra y destruye la eficiencia dinámica de la masa”. Como Kundera, sentimos que deberíamos resistirnos a la velocidad realizando actividades como la lectura, la jardinería o el paseo, que son por fuera más lentas. Creemos que deberíamos volvernos más lentos. Pero volvamos a la paradoja. El tiempo de reflexión, condición previa e indispensable para la lectura o cualquier otra actividad “lenta”, sólo es posible con el beneficio anterior de la velocidad. El tiempo libre es un bien suntuario, el “plus” de ser capaz de moverse rápido cuando uno se lo permita o quiera hacerlo. Aquellos jardines idílicos, tan propios para el descanso del cuerpo y la restauración del espíritu, se encuentran casi siempre en las inaccesibles terrazas de los edificios lujosos o en los boscosos confines amurallados de las mansiones de un millón de dólares. Para la mayoría de nosotros, los momentos preciosos en la cancha de golf o en el resort de una isla tropical se adquieren exclusivamente mediante largas, desoladas horas en la autopista o esperando un cambio de vuelo en algún aeropuerto. ¿Hacia dónde, pues, nos dirigimos en nuestra veloz carrera hacia el futuro? ¿De dónde viene esta urgencia, este imperativo veloz? ¿Habrá que hecharle la culpa a la “tecnología?”. Podríamos obtener algún consuelo distanciándonos del principio de nuestra rapidez o culpando a nuestras máquinas, pero sería mentira. Nuestros vehículos veloces no son la causa de nuestro pánico, de nuestra ansiedad desesperada. El núcleo de la velocidad, el impulso trascendental, no yace enterrado en el motor o el microprocesador sino dentro de cada uno de nosotros, en nuestra mortalidad. La velocidad nació de la muerte, tanto del deseo de infligirla con armas como del deseo de trascenderla. La ironía final de nuestras manía por la velocidad es la muerte, cuando finalmente lleguemos a ella o ella nos alcance, tal vez no sea una suerte de velocidad de escape sino algo semejante a lo que imaginaron los antiguos griegos: Un deseo torpe e impaciente de estar en otro lugar. *Mark Kingwell es filósofo, docente en la Universidad de Toronto. Escribió varios libros, entre ellos “A civil tangue” y “Dreams of millenium”. El presente texto ha sido extractado de la revista “Harpers magazine”, 2000