SantiMayor
Usuario (Argentina)

Este sábado Notas estuvo de guardia en la Carpa Villera instalada hace casi un mes frente al Obelisco. Cómo es pasar una noche junto a las personas que realizan huelga de hambre para exigir la urbanización de las villas. A lo lejos, yendo por la Avenida Corrientes, el Obelisco se asoma en el medio de una noche muy fría. El 24 viene lleno. La ausencia de subtes por las reparaciones de la línea B hace que viajar por la superficie un sábado a la noche sea similar a hacerlo un lunes a la mañana. Al bajar del colectivo y encarar hacia el Obelisco ya se empieza a ver la Carpa Villera. Parece el toldo de un circo o un campamento medieval. Las banderas de la Corriente Villera Independiente (CVI) -espacio que desde hace más de dos años nuclea a vecinos y vecinas de las villas de la Ciudad de Buenos Aires- rodean la carpa dando la imagen de ser una trinchera. Junto a ellas, los estandartes de las organizaciones que forman parte y apoyan el reclamo: el Movimiento Popular La Dignidad, Marea Popular, la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional, La Garganta Poderosa, entre otras. Efectivamente, al llegar, es una trinchera. Un espacio de lucha donde miles de vecinos de las villas de la Ciudad de Buenos Aires expresan sus reclamos por mejores condiciones de vida. Ese sábado los enormes carteles de publicidad que se encuentran en Corrientes y 9 de Julio iluminan la carpa. Ahí se ve clarito el cartel que dice “día 27 de huelga de hambre”. Es que hace prácticamente un mes que, de manera rotativa cada cinco días, entre seis y siete personas realizan esta medida de fuerza frente a la absoluta falta de respuesta del Gobierno de la Ciudad. En la puerta de la carpa un grupo de personas está frente una mesa hablando con gente que pasa. Uno de los muchachos de la Corriente Villera habla con una señora rubia y le cuenta que es lo que se reclama y por qué. Tiene en su mano el petitorio que ya han firmado más de 15 mil personas apoyando la lucha. Me acerco y le pregunto al pibe que habla con la señora rubia si conoce a Juan (el huelguista que yo fui a ver) y me dice “si, pasá, está atrás”. Al entrar a la carpa se ven varias banderas, de organizaciones y también de países latinoamericanos. Unos chicos juegan al fútbol con una pelota hecha de papel y cinta. Además, un enorme telón blanco con la cara del Padre Mujica y el Che Guevara divide ese enorme ambiente en dos. Al pasar del otro lado uno se encuentra con los huelguistas en su “habitación”. Siete camas de distinto tipo están ahí desplegadas. Algunos carteles pegados en las paredes transparentes de la carpa dan intimidad y frenan un poco la luz del enorme cartel luminoso de Coca Cola. Al fondo una mesa con incontables sobres de sopa, té, termos, yerba. Todo lo necesario para engañar al estomago mientras no se puede comer nada sólido. Dos mujeres que están de huelga están ya en la cama y alrededor una ronda tomando mate. Ahí está Juan, con su pañuelo blanco al cuello que lo identifica como huelguista. Me saluda, le pregunto como la está llevando y me dice que está muy bien. Que le dijeron que los primeros dos días son los más difíciles (él va por el segundo) pero afortunadamente no los sufrió. Nos vamos para la parte de adelante y, aprovechando que hasta las 12 de la noche funciona el grupo electrógeno, pone un poco de música. Suenan Los Redondos. Nos sentamos en la puerta a tomar unos mates, más compañeros y compañeras se nos acercan y nos quedamos hablando. Juan se hace una sopa con sabor a pollo para sentir que come algo de carne. Pone doble sobre para que sea más espesa (todos los huelguistas hacen lo mismo). Al rato nos paramos en la ventilación del subte, donde sale aire caliente para aguantar el frío del centro porteño. Debatimos sobre los metros que tiene la enorme bandera que flamea en la Plaza de la República y observamos a los cientos de transeúntes que pasan en esta ciudad que no duerme. Cerca de las doce guardamos la mesa y empezamos a planificar la guardia. Los huelguistas tienen que descansar y el resto tenemos que ocuparnos de cuidar que nadie se quiera meter en la carpa o utilizar los baños químicos que son exclusivamente para las personas que están en la protesta. Además, estar atentos a que los compañeros y compañeras en huelga no tengan ningún inconveniente. Un compañero médico, del Movimiento Popular La Dignidad, se ocupa de revisarlos a todos antes de que se vayan a dormir. Dos huelguistas no se sienten del todo bien así que el médico les recomienda que descansen e ingieran bebidas con azúcar para levantar la presión arterial. La guardia la dividimos en tres turnos, como ya es casi la una el primer grupo tendrá que funcionar entre las 1 y las 3 de la mañana, el segundo entre las 3 y las 5, el último de 5 a 7 cuando ya empiecen a llegar compañeros y compañeras que renovarán la guardia. Más allá de las divisiones en los turnos, la mayoría nos quedamos despiertos. Los partidos de truco (iluminados por las luces de la calle que se filtran) y más mates amenizan la noche. La historia argentina, el Mundial que se viene y anécdotas militantes son los temas de conversación que intercambiamos con Juli, Santi, Manu, Joaco, Luchi y los demás que estamos de guardia. El frío empieza a pegar más fuerte y vamos gastando los termos que cargamos antes de que se apague el generador. A eso de las tres de la mañana un hombre entra a los gritos a la carpa. Evidentemente no está en todos sus cabales, varios nos sorprendemos, sin embargo solo pide firmar el petitorio. Lo hace y se va. Cerca de las cuatro de la mañana llegan Damián y Clara. Me vienen a reemplazar. Sin embargo me quedo un rato más hablando con ellos y, si, tomando mate también. A eso de las cinco y media de la mañana me voy. El 100 llega rápido y estoy en Constitución en 10 minutos. De ahí el tren y de vuelta a casa después de vivir una noche en la Carpa Villera. Ahí se quedan los y las huelguistas que todavía tienen tres días por delante. Además decenas de compañeros y compañeras que todos los días pasan, realizan actividades, charlan con la gente y le cuentan sobre esta lucha que ya tiene casi un mes. La dignidad de un pueblo se encuentra bajo ese toldo que representa las ganas de cambiar las cosas, de no conformarse, de construir un mundo donde todos y todas podamos tener una vida digna. Santiago Mayor – @SantiMayor Artículo publicado originalmente en

En el mar de Bering se encuentran las Diómedes. Dos islas, de un lado Rusia y del otro Estados Unidos. Las separan solo 3,7 kilómetros de distancia, pero 21 horas de tiempo. Bienvenidos al lugar del mundo donde en minutos se puede perder o ganar un día de vida. El estrecho de Bering es el lugar donde los continentes de Asia y América se encuentran más cerca. Se estima que por allí, en la era del hielo cuando el estrecho estaba congelado, llegaron habitantes desde Rusia a la actual región de Alaska. Cuando la era glaciar terminó, el hielo dejó lugar al océano. Sin embargo dentro del estrecho de Bering, entre el mar de Chukchi y el mar de Bering, se encuentran las Islas Diómedes. La isla occidental, conocida como Diómedes Mayor, Imaqliq, Nunarbuk o Ratmanov, pertenece a la Federación Rusa, mientras que la isla oriental, Diómedes Menor, Krusenstern o Inaliq, pertenece a los EE. UU. Estas dos formaciones rocosas están a tan solo 3,7 kilómetros de distancia y, en invierno cuando el mar se congela, se puede cruzar de una isla a la otra caminado. Es el único lugar del mundo donde se puede pasar de Asia a América por tierra. El telón de hielo Durante la Guerra Fría (1945 – 1991), cuando el mundo entero se dividía por el Muro de Berlín, las dos superpotencias enfrentadas tenían una única frontera. Estados Unidos y la Unión Soviética se encontraban a 3,7 kilómetros de distancia en el medio del Pacífico. Los misiles intercontinentales que amenazaron con destruir el mundo durante décadas podían ser reemplazados con un enfrentamiento a piedrazos desde una isla a la otra. Allí, pegándole la vuelta al mundo desde Berlín, se encontraba el “Telón de hielo”. Las poblaciones nativas de las Islas Diómedes tenían prohibido interactuar entre ellas y cruzar de un lado a otro. No podían ni siquiera intercambiar información. Para evitar complicaciones, la Unión Soviética retiró a la población de la Diómedes Mayor y la trasladó al continente reemplazándola por una pequeña base militar que hoy está abandonada. Del lado estadounidense se mantuvo el poblado de Diomede, perteneciente al Estado de Alaska, donde actualmente viven 170 habitantes. En la mudanza soviética decenas de familias nativas, que habitaban las islas desde hacía siglos, fueron separadas para siempre y nunca se volvieron a ver, ni siquiera a la distancia que separa las Diómedes. En el año 1987 la norteamericana Lynne Cox cruzó nadando los escasos kilómetros de agua del estrecho entre las dos islas con la intención de mostrar un acercamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Su audacia fue celebrada por ambos gobiernos. Pero lo más sorprendente no fue eso, sino que Cox había comenzado a nadar a la 1 de la tarde del 7 de agosto y había llegado a la otra orilla a las 12 del mediodía del 8 de agosto, a pesar de que solo había estado en el agua durante dos horas y seis minutos. Y aquí radica quizás el dato más interesante de esta historia. Un viaje en el tiempo Entre las Diómedes pasa no sólo la frontera que separa Rusia y EE.UU. sino también la línea internacional de cambio de fecha. La diferencia horaria entre una isla y la otra es de 21 horas por lo que, mientras en la Diómedes Mayor comienza el día, en la Menor apenas son las 3 de la mañana del día anterior. Suponiendo que la Diómedes Mayor todavía estuviera habitada, una persona podría festejar el Año Nuevo allí, caminar durante 10 minutos por el tramo de mar congelado, llegar a la isla Menor, dormir, y prepararse todo el día para otra celebración de Año Nuevo, otra vez. ¿Cómo es esto? Bueno, resulta que en 1884 una convención de geógrafos estableció los usos horarios de todo el mundo. Allí se definió que el meridiano de Greenwich, ubicado en Inglaterra, sea el meridiano 0°. En ese momento se estableció también el antimeridiano o meridiano 180° como la Línea Internacional de Cambio de Fecha. La razón para elegir este meridiano como el empalme final del mundo es que atraviesa zonas oceánicas prácticamente despobladas. Se dividió el planeta en 24 bandas verticales de 15º de longitud partiendo del meridiano 0. Hacia el oriente se restaría una hora por cada meridiano y hacia occidente se iría sumando una. Sin embargo, en el caso de la línea del meridiano 180°, esta va en zigzag porque debe adaptarse a las decisiones horarias de cada Estado. Así resultó ser la historia de Samoa, que en el año 2011 realizó un cambio drástico en su calendario. Perdió un día para acercarse al horario semanal de Nueva Zelanda y Australia, países con los que tenía más relaciones comerciales. Antes de hacer su traslado en el tiempo se solían perder dos días de negocios, pues cuando en Samoa era viernes, en Nueva Zelanda y Australia era sábado. Y a las horas del domingo en las que los samoanos iban a playa, en Sidney y Wellington ya era lunes y sus habitantes estaban de vuelta en el trabajo. De ser, junto con Hawái, uno de los últimos lugares en recibir el año, se volvió uno de los primeros. Esto generó algunos problemas e indignación en sectores de la población porque perdieron un día de su vida. Allí, desde entonces, la comunidad judía celebran el Sabbat el domingo y no el sábado como dicen las escrituras. Antes de Samoa, otras poblaciones como Tonga y Fiji habían cambiado ya de hemisferio y de día, realizando igualmente el viaje al otro extremo del mundo sin moverse de su sitio. Pero volvamos a las Islas Diómedes. Allí no hubo modificación y entre una isla y la otra hay 3,7 kilómetros pero 21 horas de diferencia. En este alejado y olvidado rincón del mundo uno puede pararse en la isla Menor y mirar a través del estrecho para contemplar el mañana. Mientras que desde la Diómedes Mayor se puede observar como el ayer todavía sucede. Durante años ha habido planes para construir puentes o túneles que unan los dos continentes. Sin embargo por distintos motivos económicos y burocráticos nunca se han llevado a cabo. Si esto algún día sucederá, no lo sabemos, mientras tanto las dos islas estarán tan cerca en la geografía como lejos en el tiempo. Un día de historia las separa. Santiago Mayor – @SantiMayor Artículo publicado originalmente en http://notas.org.ar/islas-diomedes-donde-empieza-y-termina-el-mundo/
Un estudio reciente de la Universidad de Oxford demostró que cierto género de moscas “piensa” antes de actuar de determinada forma. La posibilidad de tomar decisiones y no moverse simplemente por instinto es una muestra de inteligencia antes desconocida en estos insectos. Investigadores del Centro para los Circuitos Neuronales y de Comportamiento de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, demostraron que la “mosca de la fruta” (cuyo nombre científico es Drosophila) razona antes de tomar determinadas decisiones. En concreto se pudo observar cómo, ante decisiones más difíciles, las moscas se tomaban más tiempo del habitual. Los científicos realizaron experimentos en los que las moscas debían distinguir entre concentraciones de olor cada vez más cercanas. Previamente se las había preparado para rechazar una de las concentraciones, de esta forma se ponían cada vez más cerca dificultando la posibilidad de distinguir cual era la correcta. De esta forma se pudo observar que las moscas, al tener más separadas las concentraciones reaccionaban más rápido que cuando estaban más cerca. El resultado, según los investigadores, demostró que los insectos acumulaban información antes de tomar la decisión. “La libertad de acción de los impulsos automáticos se considera una característica de la cognición o la inteligencia”, dijo el profesor Gero Miesenböck, en cuyo laboratorio se realizó la investigación. “Lo que nuestros resultados muestran es que las moscas de la fruta tienen una sorprendente capacidad mental que no se ha reconocido previamente”, añadió. Otro dato relevante de la investigación fue que los autores de este estudio rastrearon la actividad del gen FOXP en un pequeño grupo de alrededor de 200 neuronas de las 200.000 que tiene el cerebro de una mosca de este tipo. Este gen está involucrado en el proceso de toma de decisiones. Los seres humanos tienen cuatro genes FOXP relacionados. Los FoxP1 y FoxP2 humanos se han asociado previamente con el lenguaje y el desarrollo cognitivo, así como con la capacidad de aprender secuencias de movimientos finos.”No sabemos por qué este gen aparece en diversos procesos mentales, como el idioma, la toma de decisiones y el aprendizaje motor. Una característica común a todos estos procesos es que se desarrollan con el tiempo”, sostuvo Miesenböck. Previamente a esta investigación se sabía que las moscas tienen un cerebro muy veloz capaz de decidir en 100 milisegundos (más rápido que una computadora) cómo escapar del peligro. Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Tecnología de California demostró que cuando la mosca percibe una amenaza, su cerebro calcula su localización, un plan para escapar e idea una posición óptima para apartarse en dirección opuesta. Según Michael Dickinson, uno de los científicos que ha realizó ese estudio “la mosca debe integrar información visual de sus ojos que le dice de dónde procede la amenaza, con información mecanosensorial de sus patas, que le dice cómo moverse para alcanzar la postura adecuada antes de emprender el vuelo”. Tanto este estudio como el de Oxford amplían el conocimiento sobre la capacidad cerebral de las moscas y demuestran que estos insectos son más inteligentes que lo que comúnmente se cree. Artículo publicado originalmente en "Las moscas piensan"