SGHOsT14
Usuario (México)

Eran las 4:03 de la madrugada y me desperté gritando. Fue un sueño. En mi sueño, vi a todo aquel que conozco o amo ser asesinado por una criatura. Su cuerpo era de baja estatura aunque voluminoso, con largos brazos delgados que terminaban en garras similares a espadas. Sus ojos eran aberturas que despedían un rojo vibrante en la oscuridad, y exhibía hileras de dientes afinados como cuernos. Me observaba antes de aniquilar a mis allegados, y reía cada vez que los mutilaba blandiendo sus garras. ¿Y cómo nos había encontrado? Me engañó para que lo dejara entrar a mi habitación imitando la voz de mi papá. No podía entrar sin que se le concediera el permiso, me dijo esto cuando estrujó el corazón de mi mamá. El sueño acabó con la criatura produciendo su cacareo burlesco y moviéndose lentamente hacia mí, raspando el suelo con sus garras. Yo grité y me levanté. Estaba en mi dormitorio, a salvo una vez más. 4:03, escuché que llamaban a mi puerta. Me congelé al instante. —Tomás, oí que gritaste. ¿Te encuentras bien? —escuché decir a mi mamá. Qué alivio, mi mamá había llegado. —No pasa nada, solo tuve una pesadilla —contesté en tanto el sosiego me inundaba. —Está bien, cariño. Te traje un vaso con agua. ¿Lo quieres? —Sí, entra. Cuando esas palabras abandonaron mis labios, recordé que era septiembre, y que me había mudado devuelta a los dormitorios de la universidad hace dos semanas.
Les voy a contar una historia. Mi nombre es Adriana, a simple vista tan normal como cualquier otra persona. Había concluido mi carrera poco tiempo atrás. Trabajaba desde casa, auxiliada por la tecnología podía enviar los archivos por correo a la editorial. A pesar de que mis vecinos me apreciaban como una joven promedio, tenía mis gustos… no eran poco comunes ni extraordinarios, solo eran mis gustos. De la forma en que a algunos les gusta leer u otros se inclinan por salir a correr, así como algunos disfrutan de una buena taza de café, a mí me gustaban el yaoi y el slash. Nada como el amor entre dos personas del género masculino para animar mi día; no tengo idea de cuántos mangas o series de esos géneros llegué a poseer. Pero la historia no trata de mí, sino de él… Jeremiah. Un pequeñín que vivía cruzando la calle. ¡Deberían haberlo visto! Hubieran pegado en el cielo un grito fangirl, se los aseguro. Es una lástima que ya no esté aquí para que lo conozcan, pero yo se los describiré. Jeremiah tendría unos ocho años como mucho. Fue adoptado por mis vecinos, quienes no pudieron engendrar por cuenta propia. Esto les resultó bastante bueno, pues a cambio obtuvieron a ese muñequito de porcelana, con unas mejillas tan regordetas y sonrojadas que daban ganas de morderlas como manzanas. Siempre quise enredar mis dedos entre sus largos cabellos dorados y rizados, sostener su menudo peso entre mis brazos para mirarlo directo a esos enormes ojos azules con largas pestañas y peinar sus cejas pobladas con mis dedos pulgares. Pero siempre fui muy tímida, creo que él también lo era, ya que no jugaba con los otros niños. Y les explico, cuando alguien con mis gustos se vuelve tan devota al amor entre dos chicos, comienza a ver el mundo completo desde un ángulo que muchos consideran distorsionado, aunque para mí solo es más «divertido»… y de esta manera me gustaba fantasear. Jeremiah, mejor conocido como Miah, era lo que mi tribu llamaría un uke perfecto. Él no jugaba con muñecos de acción, decepcionantemente tampoco lo hacía con muñecas, pero era adicto a los peluches, los tenía de todos colores, tamaños y formas. Un conejillo rosa era su preferido, lo llevaba consigo a sol y a sombra. Sus maneras eran tan femeninas. ¿Saltar en charcos de lodo y jugar fútbol? Ni soñarlo, sin embargo, bebía el té y ayudaba a su madre con las flores del jardín. Me sentía perdida por él, cada día ese niño me mostraba un nuevo encanto suyo que me ataba más a él. Me convertí en su admiradora secreta, podía abrir la cortina de par en par y pasar horas mirándolo desde mi estudio, recargada en mi mesa de dibujo, donde por cierto, llegué a inmortalizar cien veces su pureza en papel. Descubrí también mis aptitudes con la cámara, compré una que bien valió lo que costó, pues gracias a ella conseguí unas tomas que capturaban con precisión y nitidez la belleza del rubio. Así pasé días acompañándolo sin que se diera cuenta. Las cosas no marcharon tan bien siempre, tuve que colocar una cortina de tergal muy delgadito para poder mirar a través de ella, pues creo que Jeremiah ya sospechaba de mí; mi mirada se había cruzado con la de él varias veces y, tras esos encuentros visuales, el menor entraba a su casa y no salía más por el resto del día. Un lunes de marzo fue especial, a ese bebito le regalaron un conejo de carne y hueso; fue la tarde más conmovedora de mi vida. Miah salió al jardín con el obsequio orejudo, se tiró sobre el pasto y me deleité por largos cuarenta y seis minutos que permaneció así, con su cuerpo recostado en un costado; un brillo naranja del ocaso dibujaba su apetecible y tierna figura mientras que los dedillos de infante recorrían el pelaje blanco del conejo. Lo vi también mover su naricita imitando a su mascota. La noche lo alcanzó y acabó por dormirse allí mismo. Su padre debió salir y llevárselo en brazos, pero yo me quedé ahí, mirando el espacio vacío aún cuando él no estaba. Ese lunes me descubrí con mariposas en la panza, como colegiala enamorada. ¿Por qué no tenía yo un maldito pene para hacerlo mío, como en todo buen anime japonés?… Ese uke necesitaba un seme, y yo se lo creé. Usando mi talento con el lápiz, mis conocimientos sobre el tema, sumado a mis gustos personales, fabriqué un hombre que cubría mis normas de calidad. Era apuesto, varonil y con cara de pocos amigos. ¿Por qué será que a los semes siempre los dibujan con esa cara? Lo importante es que estaba listo. Di rienda suelta a mi imaginación, entre dibujos shota y fanfictions lemon, las mariposas en mi estómago se tornaron un circo completo, había payasos haciendo sus malabares y un elefante sobre una pelota. Difícilmente podía yo ser igual de feliz leyendo un doujinshi, o así fue… hasta que la tragedia ocurrió. Jamás me lo imaginé, nunca cruzó mi mente la posibilidad de que a él… le gustaran las mujeres. Todo comenzó con una amiguita de la escuela. Traté de verlo como algo casual, esas niña iba a casa de Miah para cumplir tareas en equipo, incluso jugar al té con él. Hice caso omiso de cómo el rubio de mis sueños se sonrojaba y ponía nervioso ante ella, pero admito que, desde el primer día, sentí asco al ver que compartían ese conejo de felpa rosa del cual Jeremiah siempre fue muy celoso. Fui capaz de soportarlo todo, si tan solo ella no lo hubiera besado; seguro que se trató del primer beso para ambos. La boquita acorazonada de mi pequeño dejó de ser virgen. No puedo describir mi tristeza, sentí como si lo hubiera perdido, aunque en realidad nunca fue mío. En sueños fui el chico que creé para él y tomé ese primer beso para mí, sin embargo, todo se quedaría en sueños, ellos lo habían arruinado. Conforme el día avanzó, mi tristeza se volvió decepción tras haber puesto tanta fe en él, después de haberlo adorado tanto. Lo siguiente fueron ansias, como cuando una serie tiene un final distinto al que esperabas y no puedes dormir. Igual no conciliaba el sueño, porque sabía que no podía evitarlo. Finalmente fue coraje, ese que te hace querer retorcerle el cuello al director de la película Thor porque él y Loki no se besaron en la escena borrada del filme. Y con ese coraje me levanté de noche, tomé mi abrigo y crucé la calle más el jardín de mis vecinos. ¡Golpe de suerte! Pues la ventana de la habitación perteneciente a Miah se hallaba de par en par. Hacía calor, sí, ¿pero quien deja la ventana de un niño tan pequeño abierta? De cualquier forma, eso solo me facilitó adentrarme. Allí estaba yo, con el sentimiento a flor de piel. No planeaba nada que no fuera asustarlo. Estaba oscuro, no me reconocería. Era una mente joven, podría manipularla con facilidad, quedaría aterrado y haría lo que yo le pidiera, de pura ley: no volver a juntarse con esa zorra de ocho años. Caminé muy despacio, cada paso que me aproximaba a la cama llenaba mi cuerpo de una sensación indescriptible, casi como tener un pase VIP para ver a tu cantante favorito tras bambalinas. Era increíble que lo vería de frente. Y no solo lo vi, pude olerlo, un aroma tan fresco, eran fresas me parece. También pude tocarlo, con la temperatura del verano nadie se echa encima una cobija. Solo me senté a su costado, en el borde de la cama. Con mis manos recorrí sus gruesos y bien formados muslos, subiendo hasta la cadera y llevándome al paso su bata. Sonreí al sentir su barriguita, estaba panzoncito; no se trataba de gordura, solo su cuerpo de niño. Mi piel se erizó hasta en la nuca cuando él suspiró entre sueños. Me incliné sobre él para besarle una mejilla; mis labios ardieron ante el contacto, era tan cálido y suave… me daban ganas de morderlo. Mi placer duró tan poco, pues entonces él despertó. Lo hizo lento, sus ojos grandes se abrieron con calma, pero apenas me divisó entre la oscuridad, se le llenaron de miedo. Pude distinguirlo, él pensaba gritar, estaba muy asustado y yo desprevenida. Mi reflejo fue buscar la manera de evitar que alertara a sus padres o estaría perdida, me alejarían para siempre de él y estaría perdido sin mí, descarriaría su vida con alguna tonta chica, era mi deber evitarlo a como diera lugar. Cogí lo que supuse que era una almohada y apagué su grito con ella. La presioné con la fuerza suficiente para mantener su cabecita llena de risos contra esta; lo sentí tratando de luchar, por lo que debí aumentar mis fuerzas. En algún momento no fueron solo mis manos las que estaban sobre aquella almohada, las pequeñas manitas del rubio estaban sobre las mías; supongo que quería detenerme, pero era tan débil que lo no consiguió. Hacia el final apreté mis dientes, así como la funda llena de algodón contra su cara. La vida se le esfumaba a cada segundo que trascurría, sus manos me liberaron lentamente, cayendo inertes, una al costado de su torso y la otra entre sus cabellos, junto a la cabeza. Me doblé sobre el pequeño cadáver, mi frente se apoyó en el objeto que le arrebató la vida; lo bañe con mis lagrimas. Dolía tanto la idea de que su belleza sería comida por los gusanos, sin embargo, fue lo correcto. Al retirar aquello que finalmente distinguí no como una almohada, sino como el conejo rosa que Jeremiah siempre cargó a cuestas. El infante y su conejo estuvieron juntos hasta el último momento. Descubrí que, incluso en la muerte, era hermoso, lucía tranquilo, sumido en un plácido sueño. Cualquiera hubiera jurado que despertaría por la mañana, pero no fue así. Hoy, años después de esa experiencia, cada vez que miro el conejo rosa sobre mi cama, recuerdo a Miah. Cada vez que acerco mi nariz a la felpa rosada, percibo ese suave olor a fresas. Sé que no hay manera de encontrar alguien igual que él, que jamás lo olvidaré y me doy cuenta de mi error. Debí pensarlo dos veces… matar a mi pequeño ángel no fue lo correcto, ¿cierto? Debí matarla a ella, a la niña que se interpuso en el camino, ¿no es así? De esa manera él aún estaría aquí, cruzando la calle. ¿Cómo pude ser tan ciega?
Durante mi infancia, mi familia era como una gota de agua en un río vasto, nunca permaneciendo en una misma locación por mucho. Nos asentamos en Rhode Island cuando tenía ocho, y ahí nos quedamos hasta que fui a la universidad en Colorado Springs. La mayoría de mis recuerdos están arraigados a Rhode Island, pero hay fragmentos en el ático de mi cerebro que pertenecen a los varios hogares en los que vivimos cuando era mucho menor. La mayoría de estos recuerdos son vagos y sin sentido —perseguir a otro niño en el patio de una casa de Carolina del Norte, tratar de construir una balsa para flotar en el lago detrás del apartamento que rentamos en Pensilvania, y la tendencia continúa—. Pero hay un repertorio de memorias cristalinas, como si las hubiese experimentado hace solo una temporada. Con frecuencia, me preguntaba si estos recuerdos eran simplemente sueños lúcidos causados por la enfermedad prolongada que contraje en primavera. Dentro de mi corazón, sin embargo, sé que son reales. Vivíamos en una casa afuera de la metrópolis desbordante de New Vineyard, Maine. Era una estructura grande, en especial para una familia de tres. Hubieron varias habitaciones que nunca me molesté en revisar durante los cinco meses que residimos ahí. En varios sentidos, era una pérdida de espacio, pero era la única casa en el mercado en aquel momento, al menos una que quedara a la hora de viaje de donde mi papá trabajaba. Transcurrido mi quinto cumpleaños (al que solo atendieron mis padres), caí en cama enfermo por fiebre. El doctor dijo que era mononucleosis, lo que significaba que no podía sobreesforzarme y que la fiebre se quedaría conmigo por tres semanas más. La necesidad de estar encamado no pudo ser más inconveniente, puesto que estábamos en el proceso de empacar nuestras cosas para mudarnos a Pensilvania y la mayoría de mis posesiones ya habían sido confinadas a cajas, dejando mi habitación desértica. Mi mamá me traía ginger ale y libros varias veces al día. El aburrimiento siempre acechaba desde el otro lado de la esquina, queriendo asomar su desagradable rostro y martillar sobre mi miseria. No recuerdo precisamente cómo conocí a Mr. Widemouth (Señor Bocón). Creo que fue alrededor de la semana en la que me dieron el diagnóstico. Mi primera memoria de la pequeña criatura fue preguntarle si tenía nombre. Me dijo que lo llamara Mr. Widemouth, porque su boca era larga. De hecho, todo en él era grande en comparación a su cuerpo —su cabeza, sus ojos, sus orejas curvadas—, pero su boca era, por mucho, lo más largo. —Te ves como un Furby —le dije en tanto él se sumergía en uno de mis libros. Mr. Widemouth se detuvo y me lanzó una mirada de confusión. —¿Furby? ¿Qué es un Furby? —preguntó. Me encogí de hombros. —Ya sabes, el juguete. El robot pequeño de orejas grandes. Lo puedes acariciar y alimentarlo, casi como si fuera una mascota. —Ah —Mr. Widemouth retomó su actividad, para luego decir—: No necesitas uno de esos. No son iguales que tener un amigo de verdad. Recuerdo que Mr. Widemouth desaparecía cada vez que mi mamá se pasaba para ver qué tal seguía. «Me escondo debajo de tu cama —me aclaró después—. No quiero que tus padres me vean, porque temo que no nos permitan seguir jugando». No hicimos mucho durante los primeros días. Mr. Widemouth solo ojeaba mis libros, fascinado por las historias y las imágenes que contenían. A la tercera o cuarta mañana luego de haberlo conocido, me saludó con una gran sonrisa en su rostro. —Tengo un juego nuevo al que podemos jugar. Tenemos que esperar hasta que tu mamá te venga a revisar, porque ella no nos debe ver jugar. Es un juego secreto. Después de que mi mamá me trajera más libros y soda a la hora usual, Mr. Widemouth se deslizó de debajo de mi cama y me tomó de la mano. —Tenemos que ir a la habitación al final de este pasillo. Me opuse al comienzo, dado que mis padres me habían prohibido abandonar la cama sin su permiso; pero Mr. Widemouth persistió hasta que desistí. El cuarto en cuestión no tenía ningún mueble o papel tapiz. Su única característica distintiva era una ventana en el lado opuesto a la entrada. Mr. Widemouth corrió por la habitación y abrió la ventana con animosidad. Luego me alentó a ver hacia el terreno debajo. Estábamos en el segundo piso de la casa, pero ahora nos ubicábamos en una colina, y desde ese ángulo la caída era mucho más precipitada debido a la inclinación. —Me gusta fantasear aquí —explicó Mr. Widemouth—. Pretender que hay un gran y acolchonado trampolín bajo la ventana, y saltar. Si fantaseas con empeño, rebotas hasta acá como una pluma. Quiero que lo intentes. Yo era un niño de cinco años con fiebre, así que solo una pizca de escepticismo atravesó mis pensamientos en tanto miraba hacia abajo y consideraba la posibilidad. —Es una gran caída —le dije. —Pero eso es parte de la diversión. No sería entretenido si solo fuera una caída corta. Si fuera así, mejor saltas en un trampolín real. Jugué con la idea, imaginándome mientras buceaba entre la delicadeza del aire, solo para rebotar devuelta hacia la ventana en algo invisible para el ojo humano. Pero el realismo prevaleció. —Quizá en alguna otra ocasión —concluí—. No sé si tengo suficiente imaginación. Me podría lastimar. Apenas por un instante, el rostro de Mr. Widemouth se contorsionó en un semblante de desaprobación. Y el enojo dio lugar a la decepción. —Si tú lo dices —me contestó. Pasó el resto del día bajo la cama, tan callado como un ratón. La mañana siguiente, Mr. Widemouth llegó sosteniendo una caja. —Quiero enseñarte a hacer malabares —me dijo—. Aquí hay unas cosas que podemos usar para practicar, antes de que comience con las lecciones. Miré en la caja. Estaba llena de cuchillos. —¡Mis padres me van a matar! —le grité, aterrorizado con que hubiera traído cuchillos a mi habitación, objetos que mis padres nunca me permitirían tocar—. ¡Me van a nalguear y castigar por un año! Mr. Widemouth frunció el ceño. —Es divertido hacer malabares con estos. Quiero que tú lo intentes. Empujé la caja lejos de mí. —No puedo. Me meterá en problemas. No tiras los cuchillos al aire. El ceño de Mr. Widemouth se acentuó. Agarró la caja y se deslizó bajo mi cama, permaneciendo ahí por el resto del día. Me comencé a preguntar qué tan a menudo estaba debajo de mí. Tuve problemas para dormir luego de esto. Mr. Widemouth me despertaba por la noche con frecuencia, diciéndome que había puesto un trampolín real en la caída de la ventana, uno grande, uno que no podría ver por la noche. Siempre lo ignoré y traté de volver a dormir, pero Mr. Widemouth persistía. Más de una vez se quedó despierto a mi lado hasta temprano por la mañana, alentándome a saltar. Ya no era divertido jugar con él. Mi mamá vino una mañana y me dijo que tenía su permiso para caminar afuera. Pensó que el aire fresco me caería bien, especialmente luego de estar confinado a mi habitación por tanto tiempo. Eufórico, me puse mis tenis y troté hacia el porche, añorando la sensación del sol en mi rostro. Mr. Widemouth me estaba esperando. —Tengo algo que quiero que veas —me dijo. Debo haberle respondido con una miraba reticente, porque luego acotó—: Es seguro, te lo prometo. Lo acompañé por el inicio de un sendero que se extendía desde el bosque tras la casa. —Este es un camino importante —me explicó—. He tenido muchos amigos de tu edad. Cuando están listos, los llevo por este sendero hacia un lugar especial. Tú no estás listo aún, pero un día espero poder llevarte. Regresé a casa preguntándome qué clase de lugar yacía más allá del camino. Dos semanas después de que conocí a Mr. Widemouth, la última carga de nuestras cosas había sido empacada en un camión de mudanza. Yo estaría en la cabina del camión, sentado junto a mi padre, durante el largo viaje hacia Pensilvania. Consideré decirle a Mr. Widemouth que me iría, pero incluso a los cinco años de edad comenzaba a sospechar que quizá las intenciones de la criatura no tenían en mente mi bienestar, a pesar de que estipulara lo contrario. Por esta razón, decidí mantener mi partida en secreto. Mi papá y yo estábamos en el camión a las cuatro de la madrugada. Esperaba llegar a Pensilvania por la tarde del día siguiente con la ayuda de suministros infinitos de café y bebidas energéticas. Parecía más un hombre que estaba por correr en un maratón que uno que estaba por pasar dos días sentado. —¿Suficientemente temprano para ti? —me preguntó. Yo asentí y coloqué mi cabeza contra la ventana, esperando dormir antes de que el sol saliera. Abrí mis ojos en tanto nos colocábamos en la carretera. Vi la silueta de Mr. Widemouth en la ventana de mi cuarto, parado y sin moverse hasta que el camión avanzó por la carretera principal. Entonces se despidió lastimeramente con una mano. No le devolví el gesto. Regresé a New Vineyard luego de varios años . La parcela de tierra sobre la que se alzaba nuestro hogar ahora estaba vacía, excepto por los cimientos, dado que la casa sucumbió a un incendio años después de que nos mudamos. Por curiosidad, seguí el camino que Mr. Widemouth me enseñó en el bosque. Una parte de mí esperaba que me sobresaltara desde atrás y me sacara la mierda del susto, pero sentí que Mr. Widemouth se había ido, como si estuviera atado de alguna forma a la casa que ya no existía. El camino terminó en un cementerio de New Vineyard. Noté que muchas de las lápidas pertenecían a niños.
Ok, necesito vuestra ayuda con algo. Esto no es un copia y pega, es una lectura larga, pero siento como si mi seguridad y mi bienestar estuviesen dependiendo de esto. Tiene que ver con un videojuego, más concretamente el Majora’s Mask, y es la mierda más aterradora que me ha sucedido en toda mi vida. Habiendo dicho esto, hace poco me mudé a un piso como estudiante de segundo año de la universidad, y un amigo mío me regaló su antigua Nintendo 64 para jugar. Eso me animó bastante, por así decirlo, finalmente podría jugar a todos aquellos juegos antiguos de mi juventud que llevo sin tocar desde hace una década. Su Nintendo 64 venía con un controlador amarillo y una copia del Super Smash Brothers, y aunque dicen que a caballo regalado no hay que mirarle el diente, no tardé mucho en aburrirme de jugar contra la máquina todo el rato. Ese fin de semana decidí dar una vuelta con mi coche por varios vecindarios a unos 20 minutos de mi campus, echando un ojo a los rastrillos de los garajes esperando hacerme con unos buenos juegos, a grandes precios, gracias a unos padres ignorantes. Conseguí una copia de Pokémon Stadium, Goldeneye, F-Zero y otros dos controladores a 2 dólares cada uno. Satisfecho, estaba preparado para abandonar el vecindario cuando preste atención a una última casa. Aun no tengo ni idea de por que me atrajo, no vi coches en ella y solo había una mesa llena de basura pero algo me dijo que tenia que ir. Suelo hacer caso a estas sensaciones, así que salí del coche y un anciano me dio la bienvenida. Su apariencia era, a falta de una palabra mejor, inquietante. Era extraño, si me preguntas por que me inquietaba no sabría realmente señalar nada, pero había algo en el que me hacia permanecer alerta. No lo puedo explicar. Solo os digo que si no llega a ser por la tarde, y oyendo a otras personas de fondo, jamás podría haberme acercado a ese hombre. Majoras mask.jpg Me sonrío con su mandíbula torcida cuando le pregunte lo que estaba buscando, y inmediatamente me di cuenta de que debía estar ciego de un ojo, el derecho, el cual mantenía una mirada perdida a la distancia. Intente forzosamente mantener la mirada en su ojo izquierdo, intentando no ofenderle, y le pregunte si tenía algún videojuego antiguo. Cuando ya estaba pensando como podría pedir disculpas de buena manera si me dijera que no tenía ni idea de que era un videojuego, para mi sorpresa, me dijo que tenía algunos en una caja vieja. Entonces me aseguro que volvería en un instante y se fue hacia el garaje. En cuanto vi. como se fue cojeando, no pude evitar darme cuenta de lo que estaba vendiendo. Sobre la mesa había unas... cuanto menos, pinturas bastante peculiares. Varias obras de arte que parecían manchas de tinta que un psiquiatra te mostraría. Curioso, las mire todas (estaba claro por que nadie visitaba este garaje, no eran ni mucho menos una vista muy agradable). Cuando llegue al ultimo, por alguna razón me recordó a " Majora Mask " -El mismo cuerpo con forma de corazón, con pequeñas estacas hacia fuera. Realmente, en mis adentros, pensé que, al haber albergado la esperanza de poder encontrar este juego en los rastrillos, alguna cosa Freduniana estaba proyectándose a si misma en esas manchas de tinta, pero después de los eventos ocurridos no sabría decirlo. Debería haberle preguntado al hombre sobre ellas. Desearía haberlo hecho. Después de mirar el dibujo que se parecía a la mascara, mire hacia arriba y vi. como el hombre había vuelto de nuevo, como a un brazo de distancia, justo delante de mi, sonriendo. Admito que salte de forma refleja y sonreí nerviosamente cuando el me acerco un cartucho de Nintendo 64. Era un cartucho estándar, color gris, excepto que alguien había escrito Majora en el con permanente negro. Tenia mariposas en mi estomago tan pronto como me di cuenta de la coincidencia y le pregunte cuando quería por el. El anciano sonrío y me dijo que podía llevármelo gratis, que había pertenecido a un chico de mi edad que ya no vivía en este sitio. Había algo extraño en como se expresó el anciano, pero realmente no le preste demasiada atención, estaba demasiado contento no solo de haber conseguido el juego, además había sido gratis Estaba un poco escéptico pensando que este cartucho no tenia ninguna garantía de funcionar, pero el optimismo me inundo cuando pensé que podría ser alguna versión Beta o Pirata del mismo y era mas que suficiente para poder irme. Agradecí nuevamente al hombre y este me sonrío, despidiéndose de mi con buenos modales, para terminar diciendo "Adiós entonces" (Goodbye Then). Al menos eso me pareció. Todo el camino a casa estuve dudando, y pensé que el hombre había dicho algo mas. Mis pensamientos fueron confirmados cuando arranque el juego (para mi sorpresa, funcionaba correctamente) y solo había un fichero, llamado simplemente "BEN". Adiós Ben (Goodbye Ben), había dicho Adiós Ben. Me sentí mal por el hombre, obviamente tenia un nieto y estaba volviéndose senil, y por alguna le había recordado -de una forma u otra- a su nieto "Ben". Con curiosidad, eche un vistazo al fichero durante largo rato. Puedo decir que había llegado muy lejos -Tenia casi todas las mascaras y 3/4 restos de los jefes. Vi que uso una estatua de búho para guardar el juego, estaba en el día 3 en el Templo de la torre de piedra con algo menos de una hora para que la luna se estrellara. Recuerdo haber pensado que era una pena que hubiese llegado tan lejos en el juego, pero nunca lo hubiera acabado. Cree un nuevo archivo llamado "link", como era tradición, y empecé el juego, preparado para revivir mi infancia Para un cartucho con tan mala pinta, estaba impresionado de lo fluido que funcionaba. Literalmente parecía una copia legal del mismo salvo por algunos problemillas aquí y allá (como algunas texturas donde no deberían estar, algunos flash aleatorios en intervalos cortos, no estaba nada mal). Aun así, la única cosa que era un poco enervante era que algunas veces los NPC me llamaban "Link", y otras veces me llamaban "BEN". Supuse que era un bug -Un fallo de programación derivado de que nuestra partidas se hubiesen mezclado, o algo así. Estuvo molestándome un buen rato hasta que, cuando me pase el Templo de WoodFall fui a las partidas salvadas y borre el archivo "BEN" (Intentaba preservar este archivo por respeto al dueño original del juego. No es que necesitara dos partidas), esperando que esto resolviera el problema. Lo hizo, y no lo hizo, ahora los NPC no me llamaban nada, donde debía estar mi nombre había un espacio en blanco (el archivo seguía llamándose "Link" aun así). Frustrado, y con deberes por hacer, deje el juego por un día. Volví a jugar al juego la pasada noche, consiguiendo las Gafas de la verdad y completando el Templo de la Cabeza de Nieve. En ese momento algunos de vosotros, jugadores mas hardcore de La mascara de Majora, conoceréis el glitch de "El cuarto día" -Para aquellos que no pueden Googlear, hay que esperar a que el reloj este cerca de llegar a 00:00:00 en el día final y hablar con el astrónomo para mirar el telescopio. Si lo hacías en el momento correcto, la cuenta atrás desaparecería y podrías contar con otro día para terminar aquello que estuvieras haciendo. Decidido a hacer este glitch para terminar el Templo de la cabeza de Hielo, parece que me salio bien en el primer intento pues el cronometro de arriba desapareció. Descarga-1434066102.jpg Sin embargo, cuando pulse B para dejar el telescopio, en vez de recibir las gracias del astrónomo me encontré en la zona donde debía luchar contra el Jefe Majora al final del juego, en la arena, mirando fijamente al niño Calavera que flotaba en el aire. No había ningún sonido, solamente el flotando en el aire por encima de mi, y la música de fondo normal de la zona (seguía siendo inquietante). Inmediatamente mis manos empezaron a sudar, definitivamente esto no era normal, El chico calavera NUNCA aparece ahí. Intente recorrer la zona, y no importaba a donde fuera, el chico seguía moviendo su cabeza, mirándome fijamente, sin decir nada. Nada pasaba, y estuve así como unos sesenta segundos. Pensé que el juego estaba estropeado o algo así, pero empezaba a dudarlo. Estaba apunto de tocar el botón de reset cuando un texto apareció en mi pantalla "No estas seguro de por que, pero aparentemente tienes una reserva...". Instantáneamente reconocí ese texto, aparece cuando consigues la llave de la habitación, por parte de Anju en la posada Stock Pot, pero, ¿Por que había aparecido aquí? Descarte pensar que era casi como si el juego intentara comunicarse conmigo. Empecé a recorrer la habitación de nuevo, comprobando que durante algunos momentos el juego tenia alguna especie de momento en el que me daba la opción de interactuar con alguien, entonces me di cuenta de lo entupido que parecía, pensar que alguien re-programaría un juego así era absurdo. Seguro de mi mismo, quince segundos después otro mensaje apareció en la pantalla, y era como el anterior, una frase ya existente "¿Ir a la guarida del jefe del templo? Si/No". Pause por un momento, pensando que debería elegir y como reaccionaria el juego, cuando me di cuenta de que no podía seleccionar no. Entonces respire fuerte y presione "Si", y la pantalla se volvió blanca, con las letras "El amanecer de un nuevo día" y el subtexto "|||||||" en el. A donde fui transportado me lleno del mas intenso terror, casi paralizante, que nunca haya experimentado. La única manera de la que puedo describir como me sentía en ese momento era tener un sentimiento deprimente a una escala muy profunda. Nunca he sido un chico deprimido, pero lo que sentí era algo que ni siquiera sabia que existía. Era como si una presencia retorcida y poderosa estuviera encima de mí. Aparecí en una extraña versión Crepuscular de la ciudad Reloj. Camine hacia fuera (como normalmente harías cuando empiezas en el día 1) y me di cuenta de que todos los habitantes habían desaparecido. Normalmente, incluso con el glitch del "Cuarto Día", sigues viendo a los guardias y el perro que corre fuera de la torre. Esta vez, todos habían desaparecido. Habían sido reemplazados por un sentimiento de que algo estaba fuera de lugar allí, en el mismo lugar que yo, y me vigilaba. Tenía cuatro corazones y el arco del Héroe, pero en este punto ya no me importaba mi avatar. De alguna manera, sentía que yo mismo estaba en peligro. Puede que lo mas chirriante fuera la música -Era la canción de curación, retocada del mismo juego, pero tocada al revés. La música no paraba de hacerse más fuerte, haciéndote esperar que algo apareciera de repente delante tuya, pero no pasaba nada, y el bucle constante empezó a hacer mella en mi estado mental. En todas partes, oía de manera tenue la risa del vendedor de mascaras en el fondo, lo suficientemente débiles para que no estuviera seguro de si estaba oyendo cosas pero suficientemente alto para que mi determinación me obligara a buscarlo. Busque por las cuatro zonas de la torre del reloj, y no encontré nada... ni a nadie. Algunas texturas se habían perdido, la torre oeste del Reloj me hacia caminar en el aire, toda la zona parecía... rota. Sin esperanza de poder ser salvada. Cuando la canción de curación se repitió la que debió ser su 50a vez, aun me recuerdo permaneciendo en mitad de la torre Sur del reloj, dándome cuenta de que nunca me había sentido tan solo en un videojuego. Mientras caminaba por la ciudad fantasma, no se si fue por culpa de la mezcla de las texturas y atmósfera del lugar, unidos la música que me atormentaba, antes tranquila y pacifica, había sido distorsionada y destrozada, me sentía al borde de las lagrimas y no tenia idea por que. Difícilmente he llorado alguna vez, pero algo me había agarrado y se unía al fuerte sentimiento de depresión que se me hacia tan extraño. Intente huir de la torre del reloj, pero cada vez que lo hacia, la pantalla se volvía negra y me llevaba a otra parte de la torre. Intente tocar la ocarina. Quería escapar, no quería estar ahí. Pero siempre que tocaba la canción del tiempo o vuelo solo me decía "Tus notas resuenan a lo lejos, pero no ha pasado nada". Para entonces, era obvio que el juego no quería que me fuera, pero no tenia ni idea de por que quería mantenerme allí. No deseaba ir a los edificios. Sentía que ahí seria muy vulnerable contra aquello que me estaba aterrorizando. No se por que, pero me vino la idea de que era posible que si me ahogaba a mi mismo en el agua de la lavandería aparecería en otro lugar y podría salir de allí. Tan pronto como pase la zona y fui al agua, ocurrió todo. Link se agarro la cabeza y la pantalla me lanzo un flash de el vendedor de mascaras sonriéndome - no a link- y el grito del niño Calavera en el fondo. Tan pronto como la pantalla volvió estaba justo delante de una estatua de Link de las que aparecen tocando la Elegía de vacío (Elegy of emptiness). Grite tan pronto como esa cosa apareció detrás de mí, con esa horrible expresión en la cara. Me di la vuelta y corrí hacia la torre sur del reloj, pero para mi horror la maldita estatua estaba persiguiéndome, de una manera solo comparable con los Ángeles del Llanto del doctor Who. Siempre, en intervalos aleatorios, aparecía una animación que invocaba la estatua detrás de mí. Es como si estuviera persiguiéndome o-No quiero decirlo- atormentándome. En ese momento ya estaba al borde de la histeria, pero en ningún momento se me ocurrió apagar la consola. No se por que, pero estaba envuelto en esto -El terror era tan real. Intente mover la estatua, pero literalmente aparecía justo detrás de mi en cada momento. Link empezó a hacer animaciones extrañas que nunca le había visto hacer, empezó a agitar sus brazos y tener espasmos aleatoriamente y la escena no paraba de cortarse para mostrarme de nuevo al vendedor de mascaras sonriendo, para justo después volverme a poner cara a cara con la maldita estatua. Fijamente corrí al dojo de los maestros de la espada, no se por que, pero en el pánico que sentía quería tener alguna certeza de que no me encontraba solo. No encontré a nadie, pero cuando iba a volverme para abandonar la zona, la estatua me arrincono en el cuchitril de atrás. Intente atacarle con la espada pero no había ninguna reacción. Descarga (1)-1434066066.jpg Confundido, y arrinconado, me quede mirando a la estatua esperando que esta me matara. De repente, la pantalla volvió a lanzarme un flash con el vendedor de mascaras y link, mirando fijamente a mi pantalla, permaneciendo de manera vertical como un reflejo de la estatua, mirándome junto a su copia. Literalmente, estaban mirándome a mi. Todo lo que había dejado atrás del cuarto muro estaba totalmente destrozado cuando salí del dojo, asustado. Y nuevamente, el juego me transporto a un túnel subterráneo y la canción de curación revertida paro como si me dieran un tiempo de descanso antes de que la estatua apareciera otra vez detrás mío, esta vez, mucho mas agresiva. Solo podía dar un par de pasos antes de que volviera a aparecer detrás de mí. Rápidamente salí del túnel y aparecí en la torre más al sur del reloj. Corriendo sin fijarme a donde, en un estado de puro pánico, se oyó por el fondo un grito y la pantalla se volvió oscura, y el texto "Amanecer de un nuevo día |||||" inundo mi pantalla. La pantalla volvió a cambiar a negro y tras esto yo me encontraba en la parte más alta de la torre del reloj, con el Chico Calavera sobrevolándome nuevamente, en silencio. Mire hacia arriba, la luna había vuelto, y estaba justo unos metros encima de mi cabeza, pero el chico Calavera no paraba de mirarme, atormentándome, con su maldita mascara. Una nueva canción empezó a sonar - La canción del templo de piedra tocada en reverso. En un desesperado intento, equipe mi arco y dispare al Chico calavera, y conseguí darle como pude comprobar cuando hacia una animación en la que volvía hacia atrás su cuerpo. Le dispare otra vez y en la tercera flecha, un texto apareció, diciendo "Esto no te va a hacer ningún bien... jeeee, jeee". Me levantaron del suelo, levitando de espaldas y Link empezó a gritar mientras empezó a arder en llamas que instantáneamente acabaron con su vida. Di un salto cuando esto pasó. Nunca había visto este movimiento usado por NADIE en el juego y el mismo Chico calavera no tiene ningún movimiento. Cuando la escena de muerte apareció mi cuerpo muerto seguía en llamas, y el Chico calavera se río mientras la pantalla se descoloría a negro otra vez, solo para volver a aparecer en el mismo sitio. Decidí cargar contra el, pero volvió a pasar, el cuerpo de Link fue elevado por alguna fuerza misteriosa y inmediatamente fue rodeado por las llamas. Esta vez durante la escena de muerte, volvió a sonar la canción de curación revertida. En mi tercer (y ultimo intento) me di cuenta de que ya no había música, y que solo un silencio fantasmal me acompañaba. Recordé que en el encuentro original con el chico calavera debías tocar la ocarina para volver en el tiempo o invocar a los gigantes. Intente tocar esta canción pero antes de que tocara la ultima nota, el cuerpo de Link fue engullido en llamas y murió. Cuando la escena de muerte estaba cerca de acabar, el juego empezó a fallar, como si el cartucho estuviera intentando procesar demasiado de... algo y la escena volvió. Fue la misma escena que las tres veces anteriores, excepto que Link yacía muerto de una manera que nunca había visto en el juego, con su cabeza inclinada hacia la cámara, y el Chico Calavera flotando sobre el. No podía moverme, no podía presionar ningún botón, todo lo que podía hacer era fijarme en el cuerpo muerto de Link. Después de unos treinta segundos así, el juego simplemente se descolorió con el mensaje "Te has encontrado con un destino terrible, ¿No es así?", antes de enviarte de nuevo a la escena de titulo. De nuevo en la pantalla de titulo, mientras reiniciaba el juego, me di cuenta de que mi archivo ya no se estaba. En vez de "Link" había sido reemplazado por "TU TURNO" (YOUR TURN). "TU TURNO" tenía 3 corazones, 0 mascaras y ningún objeto. Seleccione "TU TURNO" y tan pronto como lo hice, me enviaron de vuelta a la escena en la punta de la torre del reloj con Link muerto y el Chico Calavera sobrevolándole, con su risa sonando una y otra vez. Rápidamente pulse el botón de reset y cuando el juego se inicio de nuevo, había un nuevo archivo debajo de "TU TURNO" llamado... "BEN". La partida de "BEN" había vuelto tal y como estaba antes de que la borrara, en el templo de piedra, poco antes de que la luna se estrellara. Para entonces había apagado el juego. No soy supersticioso pero esto me ha jodido incluso a mi. No he jugado en todo el día, dios, ni siquiera he dormido esta noche. No paraba de oír la canción de curación revertida y no paraba de recordar el sentimiento de terror cuando recorría la torre del reloj. Me subí al coche y volví a la casa del anciano dispuesto a hacerle unas preguntas con un compañero mío (De ninguna manera iba a ir allí solo) solo para encontrarme con un cartel de se vende delante, y cuando toque la puerta, nadie me contesto. Ahora estoy de vuelta, escribiendo el resto de mis pensamientos y grabando lo que paso, lo siento por algunos errores gramaticales. No he dormido nada. Estoy aterrorizado con este juego, mas ahora que he escrito por segunda vez esto entero, pero siento que hay algo mas de lo que el ojo ve, y algo me esta llamando para investigarlo mas a fondo. el juego maldito Creo que "BEN" tiene algo que ver en la ecuación, pero no se como, y si puedo reencontrarme con el anciano entonces podré conseguir algunas respuestas. Necesito otro día para recuperarme antes de enfrentarme a este juego de nuevo, ya se ha llevado por delante parte de mi cordura, pero la próxima vez que haga algo grabare mi trabajo todo el rato. Video: https://www.youtube.com/watch?v=Dy3B5asZFBE (Es un video que encontre)
No sé exactamente si es correcto que cuente estos hechos aquí, pero después de lo famosa que se hizo la historia de “Ben Drowned”, creo que debería aclarar algunas cosas. Mi nombre es Jon Coiffure, y conocí a Ben. Estuve bastante tiempo investigando sobre él y sobre lo irrealistas que parecían los hechos que ocurrieron poco después de su muerte. Empezaré desde el principio, tanto Ben como yo teníamos la misma edad, ahora mismo yo tengo 24 años mientras que él murió a los 12. Nos conocimos a la edad de los 10 años y la verdad que llegamos a ser muy amigos. Aunque él era muy tímido, nos unía el hecho de que a ambos nos gustaba jugar a videojuegos, entre ellos el juego de The Legend of Zelda: Majora's Mask. Este juego es un pilar importante en la historia de Ben, llegó a comentarme algo del juego en algún momento, cosas que en cierto modo me hicieron sentir incómodo. Ben y yo íbamos a la misma clase, era un chico rubio, de estatura baja y cuerpo delgado, más bien debilucho. Con el pelo rozándole los hombros y ojos de color celestes. No se llevaba bien con la gente debido a su timidez. Era el raro de la clase, según todos. Tres chicos siempre estaban metiéndose con él, le pegaban o se reían de él a la salida del colegio constantemente. Alguna vez que otra llegaron a propasarse dejándole heridas más grave que el par de moretones que solían hacerle de costumbre. Sus nombres eran Jacke, un chico delgado pero con músculos marcados, Alex , un niño más bien rellenito que tenía bastante fuerza, y luego estaba Matt. Se podría decir que Matt era el líder de la pandilla, el que más molestaba a Ben y le asestaba más golpes. Matt era un año mayor, a diferencia de todos nosotros. Estaba en nuestra clase porque había repetido curso. Era un niño más alto que Ben, mucho más fuerte y con una cicatriz en el labio de la que solía alardear. Decía que esa cicatriz era de una vez que había peleado con un chico de 15 años, y mientras el chico sólo le dejó aquella cicatriz, él le había destrozado la cara a puñetazos. Ben drowned where is the hope by liizesparza chan-d6o5ro8.jpg Sólo le creían Jacke y Alex , aunque nadie se atrevía a decirle que aquello era mentira. Ben estaba harto de la situación que vivía en el colegio, además, su circunstancia en casa tampoco era del todo buena. De madre viuda, su padre murió un año atrás. Ben me había contado sobre la muerte de su padre, fue un accidente de coche en invierno. Ese día nevó, Ben quería acompañarle a recoger unas cosas del trabajo pero su padre no le dejó porque tenía que ir a clase. Poco después le informaron de que el coche de su padre patinó en la nieve hasta estrellarse con un muro. Su padre había fallecido, con el cráneo aplastado contra el volante. Antes de morir, antes de que su padre se fuera, Ben había estado hablando con él sobre los matones del colegio. Después de calmarlo, diciendo que iría al colegio a quejarse, le dijo a Ben: Seguro que esto tiene un final maravilloso, ¿no es así? Le dio un beso en la frente y rió, sin saber que esas serían sus últimas palabras hacia Ben. Su madre se quedó sola con él y sus dos hermanos pequeños, y normalmente no estaba en casa porque tenía que trabajar. Los hermanos pequeños de Ben solían quedarse en la escuela hasta las 6 o 7 de la tarde, ya que la escuela hacía también la función de guardería (siempre y cuando los padres pagaran un cargo adicional). Ben, sin embargo ya era lo suficientemente mayor como para ir a casa y saber cuidar de sí mismo, así que él nunca se quedaba allí. El día que Ben logró ahorrar el dinero suficiente para comprarse el juego de Majora’s Mask, fue uno de los pocos que verdaderamente le vi sonreír. Recuerdo perfectamente que íbamos al colegio, cuando sacó el cartucho de su bolsillo y me dijo: "Eh Jon, ¡Mira lo que he conseguido!" Entonces sonrió. Me puso muy contento que sonriera, porque nunca lo había visto hacerlo de forma sincera. La verdad que por un momento lo envidié, en mi familia nunca hemos andado sobrados de dinero, así que no pude comprármelo, pero Ben era muy noble. Me dijo que me lo dejaría cuando pudiera. Durante esos días, Ben sólo me hablaba del juego . Más de una vez me dijo: You shouldn't have done that.jpg “Ojalá yo fuera como Link, y pudiera ser valiente y enfrentarme a esos matones” Yo me sentía incómodo en estos casos, no sabia que decirle. Todos en clase sabíamos lo de los matones. Quería ayudarle pero no era lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a alguien como Matt. Unos dos días después, antes de entrar a clase estuve con Ben mientras jugaba al juego . Guardó la partida y dejo de jugar justo en la parte del Chico Calavera. Ese mismo día, después del descanso entre clase y clase, Ben vino a buscarme desesperadamente. El juego había desaparecido de su mochila y estaba seguro de que había sido Matt o alguno de sus secuaces. Es más, me dijo que vio a Matt rebuscar en su mochila durante el descanso. Acompañé a Ben a la sala de profesores y buscamos a nuestra profesora. Estuve con él mientras le contaba lo ocurrido. Después de eso explicar el suceso, fuimos a buscar a Matt y entramos en una clase vacía. La profesora miró en la mochila de Matt, y sacó un cartucho del cual había sido removida la pegatina del juego . A decir verdad, no sé que hacía yo con ellos, pero a Ben le reconfortaba que su mejor amigo estuviera con él en ese momento. La profesora preguntó a Ben si estaba seguro de que había sido Matt, y él dijo varias veces: "¡Yo lo ví!" Oí algo que, sinceramente, no quise haber escuchado. Cuando Ben dijo que había visto a Matt, éste murmuró: “Ten por seguro que no vas a volver a verlo”. Lo dijo con una voz tan fría que se me heló la sangre por un segundo. Miré de reojo a la profesora y a Ben, y me dio la impresión de que no lo habían escuchado. La profesora le devolvió el juego a Ben y tanto ella como Matt se fueron a hablar con el director del colegio. Al parecer, iban a ponerle un castigo. Ben todavía estaba preocupado de que a la salida de clase le dieran su habitual paliza y le volvieran a robar el juego , así que me pidió que lo guardara y esa tarde llevara el juego a su casa, que me llamaría al llegar para decirme una hora exacta. Acepté. Al salir de clase, él tomó el camino habitual para ir a su hogar y yo fui a la mía como normalmente hacia. Normalmente Ben llegaba a casa antes que yo, ya que yo tenía que pasar por el trabajo de mi padre para que me diera las llaves de casa, y la paliza que los tres matones propinaban a Ben todos los días no duraba más de 10 minutos, así que esperaba oír el teléfono justo al abrir la puerta, pero no. Pasaron diez minutos, veinte, treinta, y no llamaba. Me preocupé, por si lo habían dejado inconsciente al pegarle esta vez, pues como ya dije antes, a veces se propasaban. Pero nunca llegué a imaginar lo que sucedía. Salí corriendo hacia la casa de Ben con el juego en la mano, y justo antes de llegar, en la orilla del lago que había frente a su casa, oí unas risas, algunos gemidos y algún que otro grito. Ben vivía en las afueras y nadie solía pasar por allí, así que me extrañó oír jaleo. Busqué con la mirada y entonces, lo vi. Aquellos tres matones estaban pateando algo, algo que estaba tirado en el suelo. Después de forzar un poco la vista, vi que era Ben, quien emitía gemidos de dolor y se cubría el rostro con las manos. El miedo me paralizó, y me quedé quieto, observando. Vi que Matt cogió un palo de madera y le gritó a Ben: Ben drowned by zenaizunomichi-d646r5f.jpg “Decías que me viste coger tu asqueroso juego , ¿no? Tranquilo, ¡No vas a volver a ver nada!” Entonces alzó la mano e hincó el palo en el ojo derecho de Ben. No pude contener el gemido y unas lágrimas salieron de mis ojos mientras Matt sacaba el palo y lo clavaba con fuerza en el otro ojo de Ben. Caí de rodillas sobre el asfalto y vomité mientras oía los gritos de desesperación de Ben. Quería acercarme, pero la sensación de miedo que me recorría el cuerpo me lo impedía. Levanté la vista, me sequé las lágrimas y al ver con más claridad, noté que todo estaba lleno de sangre. La ropa de Matt y el rostro de Ben estaban manchados de una sustancia roja que salía a borbotones por sus ojos. Y entonces lo oí. A pesar de estar a 10 metros de ellos, oí a Ben decir con una voz entrecortada: “No debiste hacer eso”. Matt cogió del cuello a Ben y lo levantó, arrojándolo al lago y poniéndose de cuclillas a su lado. Tomándolo del cuello, hundió su cabeza en el agua. Matt reía al observar a un Ben sin ojos, con los pulmones llenándose de agua, vi como su vida se escapaba por entre sus manos, pero en el rostro de Jacke y Alex había una expresión de terror. Les oí decir: “¡Detente! ¡Es suficiente!” Trataron de detenerle pero Matt les propinó una patada a ambos y estos se alejaron de él. Al poco tiempo de haberlo tenido bajo el agua, diciéndole todo tipo de insultos, Matt le soltó. Se puso de pie y lo miró. Jacke y Alex se habían ido, y temiendo que lo viera alguien, salió corriendo. Imagino que iría a su casa, ya que una vez desaparecido de la escena morbosa, no presté atención a donde se dirigía. Me acerqué a Ben con las piernas temblorosas, llorando, y lo zarandeé. Le abracé con toda la fuerza que pude y lloré. No sé cuanto tiempo estuve allí, llorando mientras lo abrazaba, sólo recuerdo que en todo momento traté de no soltar el juego de Majora’s Mask que aún tenía en la mano. Estuve allí, sollozando hasta que llegó la policía. Una vecina de Ben los había llamado al oír esos gritos en el lago. Y esto no pude perdonármelo jamás, no ayudar a mi mejor amigo es algo con lo que todavía tengo pesadillas. Ben drowned you shouldn t have done that by kittykat852-d73mp2t.png Me llevaron a casa, y una vez estuve allí, me duché y, mientras me limpiaba la sangre de Ben, me di cuenta de que el cartucho de Zelda también estaba manchado. Se me escaparon unas cuantas lágrimas y lo limpié con un trapo. Debajo de la gruesa capa de sangre, había una palabra escrita: “Majora”. Esa palabra no estaba esa mañana, cuando Ben me dio el juego , pero lo pasé por alto, pues no era lo que más me preocupaba en ese momento. Dejé el juego en la mesita de noche, ya que quería guardar el último recuerdo que tenía de él. Al día siguiente desperté y el juego no estaba en mi mesita, y aunque lo busqué no lo encontré por ningún lado, ni mis padres lo habían visto. No quería pensar mucho en el tema, pero me deprimí más de lo que ya estaba por no guardar ningún recuerdo suyo. Los próximos días estuve todo el día dando declaraciones a la policía sobre lo que ocurrió, lo que no me permitió distraerme sobre Ben y todo lo sucedido. A Matt no le metieron en la cárcel por ser menor de edad, pero planeaban internarlo en un centro de menores. Tres días después, me enteré de su muerte. Decían que los ojos se le salieron de sus cuencas mientras jugaba a un videojuego, The Legend Of Zelda: Majora’s Mask y en la televisión salió una foto del cartucho. ¡Una foto del mismo cartucho que desapareció de mi mesita días antes, con las mismas letras escritas en él! Ese cartucho desapareció después del crimen. Al oír esto, un sentimiento de terror y de curiosidad me recorrió el cuerpo. Entonces fue cuando empecé a investigar sobre Ben, y descubrí que tanto Alex como Jacke habían muerto de forma similar a Matt. Supe que Ben estaba detrás de todo esto, que tenía ansias de venganza, pero esperaba que fuera a parar tras matar a sus verdugos, aunque para mi desgracia, me equivoqué: hubo más muertes, gente que no tenía nada que ver con lo sucedido. Luego de un tiempo, la masacre se redujo, ya no se cometían con tanta frecuencia. Logré hablar con gente y me describieron cómo era el juego y en qué se diferenciaba del original. A Ben le gustaba jugar con sus mentes, quería que sintieran miedo. Alguien que tenía el juego , me dejó jugar una vez. Miré la partida vacía. Si no hubiera pasado aquello, mi nombre estaría ahí, y debajo el de Ben. Conforme pasaban las pantallas, me di cuenta de que en una parte decía: “Encontraste un final terrible, ¿no es así?” Eso me recordó a esa historia que me contó con lágrimas en los ojos, la de la charla antes de que su padre haya salido de casa para encontrarse con un destino mortal. Hubo una parte, que según me dijeron, no les salió a los demás jugadores. Sólo a mí. Cuando Link se quemaba, abajo aparecía un diálogo, donde ponía: “Aunque no me ayudaras, no te guardo rencor, amigo” Esta parte hizo que se me empaparan los ojos. Ben drowned by ana loki asakura-d5sqg3y.png Quizás ustedes piensen que mis reacciones eran demasiado sentimentales, pero no es fácil ver a tu mejor amigo morir cuando sólo tienes 12 años. Las muertes causadas por el juego habían llegado a su fin pero de vez en cuando, Ben cometía algún crimen a través de él. El anciano que vendió el juego al usuario que lo compró, era el abuelo de un niño ahora muerto. El niño dejó el juego en su casa, y quería irse de allí para no recordarlo más, además de vender alguna que otra de sus pertenencias. Logré hablar con el anciano, siguiendo la pista del juego . No puedo dejar de pensar que podría haberle salvado, podríamos haber seguido jugando juntos, pero no. A pesar de eso, después de 12 años, me he dado cuenta de que no puedo seguir viviendo con esta culpa que llevo en la espalda, me está comiendo por dentro. Pero antes de precipitarme a la muerte y acabar con esto de una vez por todas, sentía la necesidad de aclarar la historia de Ben, el amigo al que nunca pude salvar. El amigo del que pude evitar su muerte, pero no lo hice por miedo.
Después de semanas de asesinatos inexplicables, el desconocido asesino todavía ronda por este lugar. Tras las escasas pruebas encontradas, una joven afirma que sobrevivió a uno de los ataques del presunto asesino. Con valentía, nos cuenta su historia.Jeff el Asesino "Tuve un mal sueño y me desperté en medio de la noche", dice la joven, "vi que por alguna razón la ventana estaba abierta, aunque recuerdo que la cerré antes de irme a la cama. Me levanté y la cerré una vez más. Luego, simplemente me metí debajo de las sábanas y traté de volver a dormir. Fue entonces cuando tuve una sensación extraña, como si alguien me estuviera observando. Miré hacia arriba y casi salto de la cama. Ahí, descubiertos por el pequeño rayo de luz que iluminaba entre las cortinas, había un par de ojos. No eran ojos normales, sino oscuros y siniestros, bordeados de negro. En ese momento vi su boca. Una sonrisa ancha, tan horrenda que hizo que todos los pelos del cuerpo se me erizaran. La figura se quedó allí, mirándome. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, habló. Dijo algo, una simple frase, pero dicho de una manera que solo un loco podría hacerlo: "Ve a dormir." Se me escapó un grito. Él sacó un cuchillo. Su objetivo era mi corazón, saltó a mi cama, pero yo me defendí. Le di una patada, que él esquivó, en seguida me derribó de un golpe y me sujetó. Fue entonces cuando mi padre entró. El hombre lanzó su cuchillo, como respondiendo a un acto reflejo, que atravesó el hombro de mi padre. Probablemente habría acabado con él de no ser porque uno de los vecinos alertó a la policía, quien había sorprendido al intruso cruzando el techo de nuestra casa. La policía descendió de sus coches patrulleros. Incluso yo me quedé anonadada cuando escuché sus pisadas en el césped de la entrada: había sido muy silenciosa y precavida, por alguna razón que no tardaría en conocer. El hombre se volteó, mientras la puerta principal se quebraba ante los golpes de los policías armados, y huyó por el pasillo. Escuché un ruido, como si se hubiera roto un cristal. Cuando salí de mi cuarto, vi que la ventana que estaba apuntando hacia la parte posterior de mi casa se había roto. Lo vi desaparecer en la distancia. Te puedo asegurar una cosa: nunca olvidaré esa cara, aquellos ojos fríos y esa sonrisa psicótica nunca saldrán de mi cabeza. La policía todavía está en la búsqueda de este hombre. Si ves a alguien que encaja con la descripción del sujeto de esta anécdota, por favor, ponte en contacto con su departamento de policía local. Ahora que sabes un poco sobre Jeff, seguramente te preguntarás por qué lo hace. Para saberlo, tendremos que retroceder un poco más en el pasado. Jeff y su familia acababan de mudarse a un nuevo vecindario. Su padre había conseguido un ascenso en el trabajo. Pensó que sería mejor vivir en una de esas casas de "fantasía". Sin embargo, Jeff y su hermano Liu no podían quejarse. Mientras desempacaban, uno de sus vecinos pasó por allí, era una mujer relativamente joven. "Buenos días, soy Bárbara, vivo al otro lado de la calle, solo quería presentarme a mí y a mi hijo", se da la vuelta y llama a su hijo, "Billy, estos son nuestros nuevos vecinos." Billy dijo hola y corrió de nuevo a jugar en su patio. “Bueno”, empezó la madre de Jeff, "Yo soy Margaret, este es mi marido Peter, aquí están mis dos hijos, Jeff y Liu." Cada uno de ellos se presentó, Bárbara los invitó al cumpleaños de su hijo. Jeff y su hermano intentaron protestar, pero su madre aceptó encantada. Cuando Bárbara por fin se fue, Jeff encaró a su madre. “Mamá, ¿por qué una fiesta infantil? Por si no lo ha notado, ya no soy más un niño." "Jeff", replica su madre, "Nos acabamos de mudar aquí, debemos demostrar que queremos pasar tiempo con nuestros vecinos. Iremos a esa fiesta." Jeff intentaba protestar, pero se detuvo, sabiendo que él no podía hacer nada. Siempre que su mamá decía algo, era definitivo. Jeff se encierra en su cuarto y se deja caer sobre su cama. Él se acuesta allí mirando su techo, poco a poco lo invade una extraña sensación. No es tanto un dolor, pero sí una sensación extraña. Lo ignora y lo confunde con un sentimiento al azar, de esos que te persiguen cuando experimentas una duda muy profunda. Al día siguiente, Jeff se prepara para la escuela. Mientras estaba sentado, tomando su desayuno, una vez más padece esa sensación, esta vez más fuerte. Y le afligió un dolor, como un leve tirón, pero nuevamente lo ignoró. Liu y él terminaron su desayuno y se dirigieron hasta la parada de autobús. Mientras aguardaban, un chico montado en una patineta salta sobre ellos, a solo unos centímetros por encima de sus rodillas. Ambos se sobrecogen por la sorpresa. "¡Hey! ¿Qué diablos?" El chico se cayó y se volteó hacia ellos. Pateó la patineta y, al rebotar esta por uno de sus costados, la sostuvo con sus manos. El chico parece tener cerca de doce, un año menor que Jeff. Lleva una camisa de Aeropostal y pantalones vaqueros azules algo rasgados. "Bien, bien, bien. Parece que tenemos un poco de carne nueva." De repente, aparecen otros dos chicos. Uno de ellos es súper delgado y el otro es enorme. "Bueno, ya que son nuevos aquí, me gustaría presentarnos. El de ahí es Keith y el otro es Troy. Y yo soy Randy. Ahora, para todos los niños en este barrio hay un pequeño precio por el pasaje, si es que me entienden." Liu se puso de pie, listo para golpear al chico, pero sus dos amigos levantan sendas navajas hacia él, en actitud ofensiva. "Esperaba que fueran más cooperativos. Parece que tendremos que hacerlo de la manera difícil." Keith le pegó un puñetazo en el estómago a Liu, y Troy lo estrechó contra el piso. Randy se acercó a Liu, rebuscando en sus bolsillos y extrajo, al fin, una billetera. Jeff, inmóvil, padecía esa sensación desagradable, fría, erizada de ardores insoportables. Ahora ha sido muy potente, demasiado potente. Se pone de pie, pero Liu le hace gestos para que vuelva a sentarse en la banca de espera. Jeff lo ignora y se acerca a los chicos. "Escúchame bien, pequeño punk, devuélvele la billetera a mi hermano, de lo contrario…" Randy guarda la billetera en su bolsillo y saca su cuchillo. "¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer?", se mofa, mientras desfila su cuchillo frente a la cara de Jeff. Pero este, en un movimiento rápido, toma la muñeca de Randy y se la rompe. Randy soltó un terrible grito; de inmediato, Jeff tomó el cuchillo caído. Troy y Keith se asustaron, indecisos ante los chillidos de dolor de su líder, y trataron de huir, pero Jeff es demasiado rápido. Lanza a Randy al suelo y arremete contra Keith, apuñalándolo en el brazo. Keith se arranca el cuchillo y lo deja caer al piso, cayendo al suelo en medio de gritos espantosos. Troy continúa corriendo, pero Jeff logra alcanzarlo. No necesita ni siquiera el cuchillo. Le aprieta la garganta y con la otra mano le da de lleno en el estómago una serie de puñetazos, que obligan a Troy a vomitar incluso la cena de la noche pasada. Liu está perplejo, mudo de asombro. "Jeff, ¿cómo?", susurra brevemente. Saben que serán culpados por todo el asunto, así que empiezan a correr tan rápido como les es posible. En tanto corren, ladean sus rostros hacia atrás y logran ver al conductor del autobús corriendo hacia Randy y sus compinches. Cuando Jeff y Liu llegaron a la escuela, no se atrevieron a contar lo que pasó. Todo lo que hacen es sentarse y escuchar. Liu se apacigüaba pensando en que su hermano solo había golpeado a unos cuantos chicos, pero Jeff disfrutaba del oscuro goce de sentirse poderoso, superior, la necesidad de lastimar por el mero placer de demostrarlo. Cuando llegó a casa, sus padres le preguntaron cómo había sido su día, a lo que Jeff respondió con una voz un tanto desanimada: "Fue un día maravilloso." A la mañana siguiente, oyó que llamaban a su puerta. Caminó hacia abajo para encontrar a dos policías en la puerta y a su madre mirándolo con expresión de enojo. "Jeff, estos oficiales me dicen que atacaste a tres niños, que no fue una pelea normal, los heriste con un cuchillo." La mirada de Jeff se sepultó en el suelo. "Mamá, fueron ellos los que nos atacaron a Liu y a mí". "Hijo", se pronunció uno de los policías, "encontramos a tres chicos, dos apuñalados y uno tiene un moretón en el estómago, tenemos varios testigos de que los vieron huyendo de la escena. Ahora, ¿qué tienes que decir ante esto?". Jeff sabía que era inútil. Él podía decir que su hermano y él habían sido atacados por ellos, pero no había pruebas de tal hecho. No podría decir que no estaban huyendo, porque a decir verdad sí lo hacían. Así que Jeff no podía defender ni a Liu ni excusarse a sí mismo. "Hijo, llama a tu hermano." Jeff no podía hacerlo, ya que fue él quien golpeó a todos los niños. "Señor... Fui yo", declaró Jeff, "yo fui quien atacó a los niños, Liu trató de detenerme, pero no pudo." El policía miró a su compañero y ambos se sorprendieron. "Bueno, chico, parece que te espera un año en prisión..." "¡Esperen!", gritó Liu. Todos se sorprendieron al verlo sosteniendo un cuchillo. Los oficiales sacaron sus armas y apuntaron a Liu, "Esperen por favor, no disparen, Jeff es inocente yo hice todo, perdí el control, me golpearon un poco esos punks y me enojé. Tengo las marcas para probarlo." Él levantó su camisa para revelar heridas y moretones, como si hubiera estado en una lucha. "Hijo, solo tienes que dejar el cuchillo", dijo el oficial. Liu soltó el cuchill, levantó las manos y se acercó a los oficiales. "No, Liu, fui yo, ¡yo Lo hice!", gemía Jeff con lágrimas corriendo por su rostro. "¿Eh?, pobre hermano, tratando de tomar la culpa de lo que hice", sonrió tristemente Liu. La policía llevó a Liu a la patrulla. "¡Liu, diles que fui yo, diles, yo fui quien golpeó a los niños!" La madre de Jeff puso las manos sobre sus hombros. "Jeff, por favor, no tienes que mentir, sabemos que fue Liu, puedes detenerte." Jeff observa con impotencia cómo la patrulla se aleja. Unos minutos más tarde, el padre de Jeff se detiene en el camino de entrada, examina rápidamente la cara de Jeff y sabe que algo anda mal. "¿Qué sucede?" Jeff no puede responder. Sus cuerdas vocales están tensas por el llanto. En cambio, la madre de Jeff lleva a su padre a una habitación aparte. Jeff llora sin descanso. Tras una hora de pensamientos extraviados y deseos fallecidos, vuelve a entrar a la casa. Sus padres están tristes y decepcionados. Él solo quiere a dormir, en la esperanza de que el sueño le haga olvidar sus males. Pasaron varios días, sin noticias sobre Liu. No hay amigos para distraerse, nada más que tristeza y culpabilidad; por lo menos, hasta el sábado, día en que Jeff se despertó y vio a su madre jovial y risueña. "Jeff, hoy es el día", saluda mientras abre las cortinas y la luz alumbra el cuarto de Jeff. "¿Qué, qué día es hoy?", pregunta Jeff semidormido. "Hoy es el cumpleaños de Billy", le responde su madre. Jeff se despierta rápidamente. "Mamá, debes estar bromeando, ¿verdad? Cómo puedes esperar que vaya a una fiesta después de...” Hay una larga pausa. "Jeff, ambos sabemos lo que pasó. Creo que esta fiesta podría ser lo que ilumine estos últimos días. Ahora, vístete." La madre de Jeff sale de la habitación y baja para prepararse. Jeff lucha por levantarse, realmente no tiene ánimos de hacerlo. Elige al azar una camisa y un par de pantalones vaqueros y baja por las escaleras. Su madre y padre se han vestido muy formalmente. "Jeff, ¿es eso lo que vas a usar?" "Mejor ve y busca otra cosa", le recomienda su madre, disimulando su fastidio con una sonrisa. "Jeff, a esta fiesta tienes que ir bien vestido, si quieres causar una buena impresión", explica su padre. Jeff empieza a gruñir y vuelve a subir a su habitación. "¡No tengo nada de ropa elegante!", grita desde las escaleras. "Solo tienes que elegir algo decente", insiste su madre. Mira a su alrededor, pero no encuentra nada "decente". En su armario hay un par de pantalones de vestir negros que tenía para las ocasiones especiales, pero le hace falta una camisa que combine perfectamente. Hurgando durante unos minutos todavía, lidiando con que eso sí encaja y aquello no, logra toparse con una sudadera con capucha blanca, tendida en una silla. Le convence, así que la usa. "¿Eso es lo que llevarás?", le preguntan sus padres. Su madre mira el reloj. "Oooh, no hay tiempo para cambiarse, vámonos de una vez." Cruzan la calle hacia la casa de Bill. Tocan a la puerta, siendo recibidos en el acto por Bárbara junto y su esposo, quienes los invitan a pasar. Dentro de la casa abundan los adultos, Jeff no descubre el menor indicio de un niño. "Los chicos están en el patio, Jeff… ¿Qué te parece si conoces a algunos de los niños?", le invita Bárbara alegremente. En efecto, los niños están corriendo por el patio en trajes de vaqueros y se disparan los unos a los otros con pistolas de plástico. Jeff se queda de pie, algo incómodo. Entonces un chico se le acerca y le entrega una pistola de juguete y un sombrero. "Hey, ¿no quieres jugar?" "Ah, no creo, eso es para niños, estoy demasiado viejo para estas cosas." El chico lo mira con expresión de cachorrito enternecedor. "Por fa", suplica. "Está bien", murmura Jeff. Se pone el sombrero y finge dispararle a los niños. Al principio piensa que es totalmente ridículo, pero luego comienza a sentir que es realmente divertido. Puede que no sea algo súper genial, pero es la primera vez que él ha hecho algo que tiene fuera de su mente a Liu. Así que juega con los niños por un rato hasta que escucha un ruido, como de pesadas y diminutas ruedas girando en sus ejes. Luego, algo lo golpea en la nariz, parece una piedra. Cuando reacciona, se encuentra ante Randy, Troy y Keith, todos acaban de saltar a través de la valla, balanceándose en sus patinetas. Jeff deja caer el arma de juguete y se quita el sombrero. Randy le clava en los ojos una mirada llena de ardiente odio. "Hola, Jeff, tenemos algunos asuntos pendientes." "Creo que estamos a mano, después de todo, los vencí a todos ustedes… ¡Son una mierda!", le espetó Jeff. "Oh, no, no hay manera. Te patearé el culo ahora mismo." Randy se lanza sobre Jeff. Los dos caen al suelo. Randy golpea a Jeff en la nariz, y Jeff lo agarra por las orejas y le da de cabezazos. Luego lo aparta de un fuerte empujón. Los niños gritaban, corriendo donde sus padres, quienes aún estaban dentro de la casa. Troy y Keith desenfundan pistolas de sus bolsillos: "Será mejor que nadie nos interrumpa." Randy saca un cuchillo y apuñala a Jeff en su hombro, quien pierde el equilibrio al intentar evitar la hoja fría del arma. Randy se le abalanzó sin darle tiempo de respirar, cubriéndole el rostro de patadas. Jeff hizo fuerzas y tomó del pie a Randy, torciéndolo a sangre fría. Mientras Randy chilla, hecho un ovillo, Jeff se levanta y se dispone a retirarse cuanto antes. Pero entonces la mano de Troy le detiene, cogiendo su hombro herido. "No lo creo." Toma a Jeff por el cuello, sin dejar de apretar la herida de su hombro, y lo lanza contra el piso. Cuando Jeff trata de ponerse de pie, recibe una patada por parte de Randy, descargando más patadas hasta que le obliga a escupir sangre. "Vamos, Jeffy, ¡pelea conmigo!" Coge a Jeff del brazo y lo avienta fuera del patio, a la cocina. Toma una botella de vodka, puesta sobre la mesa, y rompe el cristal en la cabeza de Jeff. "¡Pelea!", vocifera Randy, fuera de sí, empujando a Jeff a la sala de estar a fuerza de patadas y puñetazos, "Vamos, Jeff, ¡mírame!". Jeff levanta la vista, con el rostro ensangrentado. "¡Conseguí que tu hermano fuera a prisión, y ahora solo vas a sentarte aquí y dejar que se pudra allí durante un año entero! ¡Deberías avergonzarte!" Jeff empieza a levantarse. "Oh, ¡por fin! Parece que ya quieres pelear." Jeff permanece en silencio, con la sangre y el vodka goteando de su rostro. Esa extraña sensación carcome su corazón, arde en sus venas, ese impulso animal de supervivencia que se pervierte, que adquiere el fuego de la locura primitiva. "Por fin, ¡vamos, arriba!" En ese momento algo sucede dentro de Jeff. Todo pensamiento piadoso ha muerto, toda represión racional ha desaparecido, excepto el deseo de la muerte, la capacidad de engendrar dolor por el placer de saborear el sufrimiento ajeno. Incluso experimenta un vigor, una energía poderosa que alimenta sus músculos, que frunce su entrecejo y oprime su cerebro al máximo de adrenalina. No, no hay pensamientos, no hay siquiera una palabra en su mente, solo instintos, impulsos terribles e insondables como la naturaleza. Alza el puño y derriba a Randy, quien ha estado desprevenido, hablando de más. Instantáneamente, en cuestión de segundos, concentra la fuerza de su cuerpo en su puño y lo imprime directo en el corazón del pobre diablo. Randy jadea, cubierto de abundante sudor, agitándose con desesperación. Golpe tras golpe, Jeff le arrancó su último aliento. Todo el mundo está mirando a Jeff ahora. Los padres, los niños llorando, incluso Troy y Keith. A pesar de que esos dos tiemblan sin control ante su horrible mirada, sostienen sus armas, apuntándolo. Jeff, veloz, se precipita sobre las escaleras, mientras Troy y Keith abren fuego hasta agotar inútilmente sus balas. Jeff se encierra en el baño. Toma el pequeño estante donde reposan utensilios higüiénicos, como la toalla y el cepillo de dientes, y lo arranca de la pared. Troy y Keith golpean la puerta del baño, forcejeando. Jeff, entonces, los recibe con el estante en la cabeza, el cual desploma a Troy, dejándolo inconsciente. Keith, que es más ágil, se inclina y toma impulso sobre sus pies, esquivando los puños de Jeff y reteniéndolo contra la pared, hundiendo las uñas en su garganta. Desde lo alto de un escaparate superior, el recipiente de lejía se tambaleó por el impacto y terminó por derramarse. Ambos se quemaron, chillando alocadamente por el escozor. Jeff se secó los ojos con el dorso de su manga y, a ciegas, le propinó a Keith unos cuantos golpes en el cráneo con el estante arrancado, que recogió del suelo. Mientras se desangraba lentamente, a Keith se le escapó una sonrisa siniestra. "¿Qué es tan gracioso?", preguntó Jeff, desconcertado. Keith sacó un encendedor. "Lo que es gracioso", dijo, en tanto activaba el aparato y la llama ardía en la punta del encendedor, "es que tú estás cubierto de lejía y alcohol."' Keith tiró el encendedor sobre Jeff. Tan pronto como la llama entró en contacto con él, encendió el alcohol del vodka. El alcohol lo quemaba... La lejía le blanqueaba la piel... Jeff dejó escapar un grito terrible, sintiéndose desmayar del dolor. Corrió por el pasillo, desesperado, aullando, y cayó por las escaleras. Todo el mundo empezó a gritar, despavorido, procurando auxiliar al adolescente en llamas, casi muerto, tendido en el piso. Lo último que vio Jeff era a su madre y a los otros padres de familia tratando de apagar las llamas. Cuando despertó, tenía un yeso envuelto alrededor de su rostro. No podía ver nada, también sintió el peso de otro yeso en su hombro. Trató de levantarse, pero se desplomó. Se sentía tan débil y enfermizo... Una enfermera se apresuró a ayudarlo. "No creo que puedas salir de la cama todavía", le dijo. Jeff se sentó en su lecho, confundido. Finalmente, después de unas horas, oyó la voz de su madre. "Cariño, ¿estás bien?" Jeff no podía responder, su rostro estaba cubierto por el yeso: era incapaz de hablar. "Cariño, tengo una gran noticia. Después de que todos los testigos le dijeron a la policía lo que pasó en la fiesta, ellos decidieron liberar a Liu. Él estará aquí mañana. Volverán a estar juntos de nuevo." Jeff por poco pega un salto de alegría que le habría retirado el tubo que conectaba su brazo al suero. Su madre lo abrazó y le dijo adiós. Las siguientes semanas lo visitaron sus familiares y, al cabo de unos meses, llegó el día en que sus vendas habrían de desplegarse. Su familia se reunió para presenciar cómo removían el último vendaje de su rostro. "Esperemos lo mejor", dijo el médico. Rápidamente tiró de la última venda, dejando expuesto el rostro de Jeff. La madre de Jeff dio gritos. Jeff notó los rostros atemorizados de Liu y su padre "¿Qué? ¿Qué pasó?", susurró Jeff. Salió corriendo de la cama y corrió hacia el baño. Se miró en el espejo y comprendió la angustia de su madre y el temor de su padre y su hermano. Su rostro. Su rostro es horrible, sus labios se han quemado, semejantes a una sombra profunda de color rojo; la piel que se extiende sobre su faz es blanca como la nieve, y su pelo chamuscado ofrece a la vista el negro marchito que reemplazó a su cabellera castaña. Deslizó una mano por su rostro. Se sentía como cuero. Volvió a mirar a su familia y luego al espejo. "Jeff", suspiró Liu, "No está tan mal..." "¿No es tan malo?", murmuró Jeff, "¡Es perfecto!" Su familia quedó completamente sorprendida. Jeff comenzó a reír incontrolablemente, sus padres notaron que sus manos temblaban. "Uh... Jeff, ¿estás bien?" "¿Estar bien? ¡Nunca me he sentido más feliz! Ja, Ja, Ja, Ja, Jaaaaaa, mírenme, este rostro combina a la perfección conmigo!" No podía parar de reír. Él se acarició el rostro, mientras se miraba en el espejo. ¿Por qué se comportaba así? Ustedes recordarán que cuando Jeff peleó con Randy su mente fue devastada por la locura, una que dormía en su espíritu y que se alzó infernal y demoníaca cuando su juicio crítico no pudo contener más los instintos oscuros de Jeff. "Doctor", inquirió la madre de Jeff, "¿Está bien mi hijo... Bueno, ya sabe, de la cabeza." "Oh sí, este comportamiento es típico de los pacientes que han tenido grandes cantidades de calmantes para el dolor. Si su comportamiento no cambia en unas pocas semanas, tráiganlo de vuelta aquí y le realizaremos un examen psicológico."' "Oh, gracias, doctor." La madre de Jeff se acercó a este: "Cariño, es hora de irse." Jeff mira hacia otro lado del espejo, su cara todavía se ensancha en una sonrisa loca. "Ay mamá, ja, ja, jaaaaaaaaaaaa!" Su madre lo tomó del hombro y lo condujo despacio a tomar su ropa. "Esto es lo que traía", se limitó a decir la señora de la recepción. Los pantalones de vestir negro y la sudadera blanca se hallaban libres de rastros de sangres. La madre de Jeff lo vistió dentro de una habitación pequeña. El crepúsculo de la tarde enrojecía el cielo cuando la familia de Jeff volvió a casa, ignorantes de que ese sería su último día. Más tarde, a mitad de la noche, la madre de Jeff se despertó por causa de un sonido proveniente del cuarto de baño. Parecía el ruido de llanto y de suspiros entrecortados. Intrigada, se aproximó al baño y abrió la puerta. El espectáculo era horrendo. Jeff había tomado un cuchillo y se había tallado una sonrisa de oreja a oreja, surcando sus mejillas exageradamente. "Jeff, ¿q-qué estás haciendo?" Jeff miró a su madre. “No podía seguir sonriendo mamá. Me dolió un poco, ahora puedo sonreír para siempre.” La madre de Jeff notó sus ojos, rodeados de negro, ni siquiera pestañeaba. "¡Jeff tus ojos!" "No podía ver mi rostro, me cansé y mis ojos comenzaron a cerrarse, me quemé los párpados. Ahora siempre podré ver..., mi nuevo rostro." La madre de Jeff retrocedió lentamente. “¿Qué pasa mamá? ¿Acaso no soy hermoso?” "Sí, sí lo eres. D-déjame ir a buscar a papá para que pueda ver tu bello rostro." Ella corrió a la habitación y sacudió al padre de Jeff. "Mi amor, saca el arma que...", se detuvo cuando vio a Jeff en la puerta, con un cuchillo. "Mami me mintió." Eso es lo último que dijo Jeff, antes de lanzarse contra ellos con el cuchillo de carnicero en alto. Su hermano Liu despertó de improviso con un desagradable sabor en la boca y el corazón palpitándole a mil por hora. Creyó que era cuestión de un mal sueño, así que cerró los ojos. Cuando se encontraba a un paso de sumirse en el sueño, tuvo la extraña sensación de que alguien lo estaba observando. Miró hacia arriba, pero antes de poder decir algo, la mano de Jeff cubrió su boca. Poco a poco, su propio hermano levantó el cuchillo, con la muerte sombría en sus ojos. Liu se esforzó por incorporarse, luchó y pataleó, pero el oxígeno huía de su pecho, ahogándose. Entonces Jeff le susurró con una sonrisa gigantesca y retorcida: "Shhh ve a dormir."