Rodia88
Usuario (España)

[Un pequeño relato de ficción que escribí hace poco, para tus momentos aburridos] Ella cuidaba sus cosas, ponía solo tres exclamaciones poderosas si algo en la exposición había de enfatizarse. Usaba dos para no gritar demasiado y una para darle emoción al propio significado. La llamaban Ana Crescendo,porque sus emociones era dada a intensificar, solía usar palabras agudas y evitar el masculino singular. Una tarde de agradable tempestad, no había empezado a llover, pero el furioso viento se transformaba en obviedad, caminaba elevando la barbilla, algo escuchó al pasar: “el último de C. fue de los peores”. Dejó caer su mano rechazando su propiedad, hacia cualquier materia que a su paso la sostuviese por propia voluntad de su repentino mareo y suspiró a modo de actriz de teatro: “¡otra vez no!” Diego Calcedo era un hombre metódico y reservado. Siempre saludaba con un “buenas”, para no ser muy cortés, pero tampoco parecer en exceso interesado. Se hacía llamar “Mr.”, así las buenas películas lo habían educado, para tratar a las señoras de señoritas y conversar sobre el estucado. Regalaba a destajo cuentos espontáneos, los temas iban desde la magia del este hasta la infravaloración de los geranios, legítimo era cualquier transeúnte distraído, dispuesto a teñir (él ya lo sabía) de tedio sus oídos. Tenía la ventaja de su cara y un pseudónimo, por su buen… Así se imaginaba él, Mr. cuentacuentos. Acabarían por buscarle, la tradición oral, el haber compuesto en verso para que después resonaran las notas en las cabezas de su público. Seguir con los temas de venganza y muerte del protagonista. Esa era la fórmula. Y no dejar de escribir. La única vez que lo hizo obtuvo resultados catastróficos para su estabilidad mental. Cuando ya no creía en él y se hizo la promesa de no tocar la pluma hasta que pasara al menos un año. Para madurar su mente, organizarla mientras tanto, destaponarla de la mierda de la frustración. En aquel momento aquella era la clave. Pasado el año, tenía ya otros planes para hacerse notar, casi no se dio cuenta cuando cumplió el tiempo dispuesto. Un día cualquiera se sentó más por curiosidad que otra cosa. Miró hacia su ventana: “Pablito clava un clavito. Hoy para la condesa solo hay hamburguesa. A quien madruga, Dios le ayuda”. Una vez preparó su mente para estar en modo verso, trató de escribir. Pero nada, solo le salían rimas absurdas. Se detuvo un rato a esperar una idea. Nada… Probó unos cuantos sentimientos acumulados. No, escribiría sobre Ana. Tenía la ventaja de su cara y un pseudónimo, por su buen porvenir. Su cara no debía ser muy conocida, solo por gente privilegiada, que había escuchado sus cuentos. Pero contaba con ella, era tan típica, tan aburrida, que nadie la recordaba nunca. Así, llegado el momento, cuando todo el mundo se preguntara por el misterioso C. y sus cuentos y cada una de las cabezas en las que resonaran sus versos tuviese registrado un retrato robot de su persona, haría una aparición pública. Debía recortarse el bigote para ese día. Entonces, sería verdaderamente reconocido. Ana Crescendo y Diego Calcedo, se conocieron allí, él altamente interesado, ella cambiaba pegatinas y no hablaba con niños de inferior grado. Un día, Diego se propuso hablarla, llevarla en bicicleta a su casa, esas cosas necesarias para empezar a conquistarla. Allí, en el camino del colegio a su casa, el único momento que Ana Crescendo le consideraba digno de hablarle (quizá por estar fuera de horas lectivas). El mismo que Diego usaba para cantarle las rimas que había escuchado en la radio y que le sonaban a belleza, aunque no entendiese el significado. Allí, que ahora era pisado por sus pies de persona mayor. “Destrozado a pisotones secos, para cargarse los recuerdos.” La rima se le escapaba. Ni si quiera funcionaba hablar de los días niños en los que conoció a Ana. Ya no podía seguir escribiendo, debía volver a la realidad. No se acordaba de escribir. Un año sin hacerlo y había perdido la práctica, no recordaba cómo armonizar la mente con el papel. Ni idea. Recurrió a los libros de decálogos y autoayuda, como hacía al principio. Pero aquello solo fue un susto, superado poco tiempo después. Ahora todo iba bien, la gente oía sus historias. Contaría al mundo que él mismo era C., era Diego Calcedo, él y su personaje. Y que todo lo que contaban sus versos era su realidad. Se haría un celebritie o similar. Pero rechazaría todo eso y atribuiría su aparición en público a un experimento científico social, o algo parecido. Ya pensaría el motivo. Entonces se escondería en los bares más pobres, contando sus historias a las personas más pobres. Esto le daría inimaginable misterio, que le llevaría a tener más fama. No es que le interesase la fama, pero ella no seguiría ignorándole entonces. “Me juraste que dejarías esa tontería de los cuentos”. Ana Crescendo estaba más que disgustada. Diego le había contado su plan y ella, como siempre, le tachó de anormal, trovador farandulero y todo descalificativo que pudiera usar con sentido. Diego, se apartó de la puerta para dejarla entrar en su casa y sonrió para sí. “Esto son solo excusas, me echa de menos…” se dijo. -No te hará caso de esta manera, no sabe que existes, no vas a conseguir nada. -No la conoces, Ana. -Por favor, tu tampoco, solo vas a hacer el ridículo, todo el pueblo habla de ti. -Bien, está a punto. -No, la gente se burla de tus cuentos, si haces esa locura, acabarás rojo y no solo de vergüenza, ¡sueño con bolsas de tomates gigantes! -Pero ella no… dijo que era lo más tierno que había escuchado… -¡¡Por Dios!!, ¡esa niña no sabe ni lo que es un diptongo! -No la conoces… Voy a hacerlo… -Entonces no volveré a verte. -Has venido porque me necesitas, mi consuelo, mi voz, nuestras risas. ¿Qué tal te va con el avispado? -Bien, no es el tema. Te estás volviendo loco y no sé qué hacer. -Tranquila, si no resulta con ella, habré vivido toda una experiencia. Podrás contar que eres la mejor amiga del colgado de los cuentos. Tengo que decidir un apodo para cuando todo pase, la gente no se limitará al pseudónimo. Lo extenderé, a lo mejor lo pinto por las paredes… -¡Por favor! Diego García Ruano… -¡Shhh! En privado no atiendo a ese nombre. -Adiós. “No podía olvidar aquella piel. Su torso desnudo, la suavidad que cubría su figura, su rincón, cómo agitaba su abanico. No la había visto desnuda, era solo un deseo elevado a infinito. Pero el pobre se queda con las ganas, porque ella le dice: <solo me acuesto con artistas>”. Un hombre contaba su historia. “No es que sea malo, es que es aburrido, no vale nada”. “Cierto, no sé de dónde sale tanta curiosidad por este tío”. No era una tontería. Era el momento. Diego no nació escritor. Se hizo. Se forzó, porque no tenía arte para nada. Odiaba los libros, recreadores de mundos inalcanzables. Odiaba soñar, si deseaba algo, se limitaba a conseguirlo y punto. Pero pensó que escribir era lo más asequible. Su vida le daba asco y trató de cambiar las cosas. Al principio solo fue una idea tonta. Después se convirtió en una obsesión y empezó a probar. No podía ser tan difícil, ella era demasiado, siempre estaba viajando, siempre en los brazos de algún intelectual. Iba a verla siempre que podía, un café, 1,50. Pero aquel era distinto, estaba hablando de él. Estaba loca por los relatos que recorrían las calles, las descripciones torpes de alguien de estatura normal, peso normal, cara normal, encandilada por el misterio del tal C.. Alguien dijo que el último cuento era una porquería, que era aburrido. Era el único en el que había hablado del amor que sentía hacia ella, las ganas de ver su piel. “¿Cuál es el último?”. El boca a boca distorsionaba algunos detalles valiosos, pero la esencia prevalecía: “Es lo más tierno que he escuchado…”. Era el momento. Cada día, de madrugada, aparecía una nueva ola de carteles situada en puntos estratégicos. Durante tres días, Diego salió de noche, acudió a tres zonas frecuentadas y pegó 50 carteles en suelo y paredes, sin un solo centímetro de espacio entre ellos. De esta forma, además de conseguir la atención de todo el mundo, la gente que no había oído hablar de él preguntaría y se enteraría. No eran muchos carteles, pero su colocación, su misterio. De este modo consiguió tres lugares conocidos invadidos por un mensaje: “C., el TROVADOR MISTERIOSO toma un café EN LA PLAZA DE LA REINA, el día 10 a las 20.00”. El pseudónimo no era muy inteligente, pero sí fácil de recordar, ya que constaba de palabras simples y una directa descripción. Ante todo debía ser educado, un señor, Ana no le odiaría del todo. La plaza de la reina estaba abarrotada, el público rodeaba la fuente central y preguntaba por él en los bares de alrededor. Imaginó silencio. Atravesó el gentío con una silla y se subió a la plataforma de la fuente. Se sentó en el centro de la plaza y comenzó a beber un café que había comprado para llevar horas antes. Su plan había funcionado. El ruido volvió, era un murmullo inquieto y emocionado. Diego lo mantuvo unos segundos, después alzó la mano y se hizo casi silencio. -¿Alguna pregunta? –dijo dirigiendo los ojos a su público y dio un sorbo al café. Había sido un acierto llevarlo. Cientos de manos se alzaron al unísono. -Tú –Diego señaló a un chico joven. -¿Por qué ha hecho todo esto? -Bueno, creo en mí –señaló esta vez a una anciana excitada: -¡Sus cuentos son malísimos!, ¡payaso! –dijo blandiendo su bastón al aire. -Sobre gustos no hay nada que yo haya escrito, señorita –y señaló al siguiente: -¿Quién es la chica que imagina desnuda en el último cuento?, ¿no estaba enamorado de Ana Crescendo desde la infancia?, ¿por qué cambia de prosa a verso? -La chica del último cuento es mi amor verdadero… -¡C.! -¡¡¡Diego!!! Diego alzó la vista buscando de dónde procedían las voces. Una de ellas le sonaba. Ana Crescendo. Sabía cómo hacerse notar, tan solo una exclamación de más. Cerca de ella, reconoció a otra persona: su amor verdadero. La gente reanudó el ruido, cuchicheos, comentarios, gritos. Diego volvió a alzar la mano para hablar: -Sí, todo lo que cuento es verdad. C. y Diego Calcedo soy yo mismo. Algunas manos se levantaron. -¿Seguirá con sus cuentos? –ella alzó la voz por encima del murmullo general. -Solo si puedo hablar de cómo eres. Su público estalló en gritos. “¡Qué espectáculo!”, “pues al final va a ser interesante”… -Estaría encantada –respondió ella. Diego se levantó y recogió su silla. -Espero que sigan contando mis cuentos. * * * -Después de aquel día, su vida cambió radicalmente, dicen que Ana Crescendo no volvió a verle- contaba un joven en una cafetería. -Ana aún le quería, seguro –dijo una chica que se agarraba de la mano del primero. -Yo creo que lo hizo simplemente para enamorar a la otra, él mismo lo decía en el último –añadió otro. -Sí, he oído que lo intentó de mil maneras y ella solo le rechazaba… pero, ¿qué se puede esperar de alguien que tiene la cafetería más snob de la existencia? Siempre lleno de gente extraña, pintores fracasados que estaban de paso o aburridos con pretensiones de filósofos -el joven que había hablado primero uso un tono burlesco-: que veían en aquel lugar un reflejo de su alma. Nadie normal tiene ese gusto. -Ella solo pretendía hacer un café tertulia con aire de la España liberal, por eso atraía a ese tipo de gente. A mí me parecía un sitio encantador –respondió la joven. -Lo que pretendía era zumbarse a todo intelectualoide que apareciera. Y luego cerraba cada dos por tres por vacaciones. -Ese tío era un psicópata, lo preparó todo para matar a la chica y suicidarse después, ¿quién es capaz de pegar 50 carteles en la calle y contar cuentos malos a todo el pueblo? Un loco, con aspiraciones de loco. ¿Si no, por qué no hemos vuelto a escuchar ninguno de sus cuentos? FIN
Lego me apasiona, así que quería enseñar a todos los que crean que es solo un juego de niños, como puede llegar a ser un arte. Estas son algunas de las esculturas de Nathan Sawaya, un abogado que dejó su carrera en 2001 para dedicarse a hacer estas increíbles estructuras y convertise en el artista más famoso del LEGO: También existen maravillas de aficionados: Un documental de adultos adictos al lego (en inglés): http://vimeo.com/9581676 Y el del National Geographic de la fábrica: link: http://www.youtube.com/watch?v=4tL0cdR2eXg (no pongo aquí todas las partes para no ocupar más espacio del necesario)

Aquí las mejores del hombre de negro: (disculpas si alguna es de Chuck Norris, no tengo mucho discernimiento) El hombre de negro es perjudicial para el tabaco El hombre de negro no hace flexiones...empuja la tierra El hombre de negro no respira, nos roba el aire El hombre de negro hace tortillas sin huevos El hombre de negro va a un burguer king pide un big mac y se la dan El hombre de negro ya tiene la trilogía de Avatar en su casa El Hombre de negro borró de su escritorio la papelera de reciclaje El hombre de negro no usa fotocopiadoras, la pasa todo a mano El hombre de negro, cuando juega a los bolos en la wii, usa una bola de verdad. El hombre de negro no respira, es el aire el que hombrenegrea... El hombre de negro hace llorar a las cebollas!! El hombre de negro se come el hueso y tira la oliva El hombre de negro jugó un partido amistoso y murieron 10 personas El hombre de negro entiende las canciones de Shakira a la primera El hombre de negro es el banquero de allá tú El Hombre de negro le gritó a una montaña y el ECO no tuvo cojones de responder... El hombre de negro no tiene amigos en el facebook El hombre de negro hace cuadrados con el compás. El hombre de negro le miraba los dientes a los caballos regalados... El hombre de negro corre lo sanfermines en sentido contrario.. El hombre de negro no va a los chinos a comer, se come a los chinos! El hombre de negro cobra en los peajes